El Spirou perfecto

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La mujer leopardo (Olivier Schwartz y Yann). Dibbuks, 2018. Cartoné, 128 págs. Color, 22 €.

Dupuis ha entendido muy bien el valor icónico de los personajes que se amparan bajo su paraguas editorial y que para que estos sigan funcionando económicamente de vez en cuando hay que darles un giro, o al menos dejar que ciertos autores revisiten al personaje poniéndolo en situaciones ajenas al canon prefijado. El ejemplo más claro de esto es “Una aventura de Spirou por….” en la que se dan ciertas licencias tanto a nivel estético como narrativo. Algo que aparte de ser que funciona en un aspecto creativo dando oxígeno a unas narrativas longevas permite la entrada de nuevos lectores a la colección regular. Se trata de relatos más cerrados y, por lo general, con menos capacidad de continuidad que los cómics de la franquicia.

De todos los autores que han pasado por esta iniciativa creo que los que más rendimiento le han sacado a Spirou como icono del cómic franco belga son el duo compuesto por Schwartz y Yann, pero eso sí, dotando de continuidad, no narrativa pero si de trasfondo de personajes al relato. En el caso nos encontramos con un relato que continua El botones de verde caqui poniéndonos en antecedentes sobre la situación emocional de este joven trabajador de hotel. Aun así, el elemento de continuidad viene dado por el contexto sociopolítico de una Bélgica que sale del periodo de ocupación nazi. Eso da pie a una lectura sobre el colaboracionismo, el relativismo del gobierno estadounidense con los genocidas alemanes, poner en duda la valía intelectual de Sartre, y hacer referencias visuales a otros personajes del tebeo francobelga.

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En este volumen no solo veremos la Bélgica continental sino la colonial, aquella que fue maltratada por Leopoldo II, allí se desarrollará la segunda parte del relato, en realidad es un segundo álbum que lleva por nombre El señor de las hostias negras. La excusa para tal viaje se inicia en Bruselas cuando la mujer leopardo que da título al volumen inicia la búsqueda de un tótem sagrado para su comunidad que ha sido partido en dos. Por el camino se verán involucrados, como no, Spirou y Fantasio que les llevará Francia hasta toparse con la intelligentsia parisina. En esa primera parte los autores se muestran críticos con una gauche divine alejada por completo de los problemas reales que azotan al resto de conciudadanos. La segunda parte, que transcurre en tierras africanas nos encontramos con un sosias de Mobutu Sese Seko con aspiraciones dictatoriales en toda África a costa de destruir occidente.

La historia cumple por completo con el relato de aventuras, de hecho, podríamos equipararlo con cualquier obra de Haggard en cuanto a emoción y acción. En ese sentido se trata de un relato trepidante que no para en ningún momento y que todavía registra, no sin cierta sorna, el reflejo del racismo inherente en la Europa colonial, sin jugar al típico elemento maniqueo de carácter racista, pero si por la construcción de los personajes nativos. Se representan como sociedades establecidas, las cuales no son juzgadas y si plasmadas por los autores.

La mujer leopardo es uno de los tebeos más emocionantes que he leído en los últimos años, si estuviésemos hablando de cine diríamos que es el blockbuster perfecto. Engancha desde el primer momento, la narrativa está escrita para enganchar al lector, apenas hay tiempos muertos, los personajes tienen la profundidad suficiente y un pasado mucho más allá de la planicie del personaje franquiciado, los secundarios son de lujo y no hacen más que sumar valor al relato, etc… en resumen, que lo tiene todo. A eso hay que agregarle el valor del comentario cultural en la utilización de todo tipo de referentes sin abandonar cierto toque pulp de villano que nos cuenta su plan para destruir el mundo en su primera aparición. El volumen en su conjunto es una maravilla, obra de dos autores en estado de gracia que saben con qué elementos jugar sin perder la esencia de los orígenes.

@Mr_Miquelpg

@lectorbicefalo

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Lo mejor más allá de las fronteras nacionales del 2015

Esta lista no es que sea mala, es que está tan incompleta como dominada por la subjetividad. Aún tengo bastantes cómics amontonados por leer, la mayoría editados en el 2015, e incluso puede que alguno del 2014, y como sé, porque me pasó el año pasado, alguno merecería estar en la lista de lo mejor de este año, pero no lo va a estar porque no lo leeré hasta dentro de algún tiempo. Así que supongo que si alguien hecha en falta algún título es primero porque no me lo he podido leer, y a lo mejor, es posible, porque lo he leído y no ha sido tanto para mí. Pero en fin, estaría feo disculparme, o siquiera dar razones al porqué de un cómic u otro. Son los que son. Son los diez cómics extranjeros que más le han gustado a Barto durante sus lecturas del 2015.

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10. La cólera de Fantomas 1: La guillotina (Oliver Bocquet y Julie Rocheleau)

Los verdaderos protagonistas de esta obra no son Fantomas y sus maldades, si no sus perseguidores, los hombres de bien encargados de acabar con el caos del Príncipe del Crimen. Oliver Bouquet y Julie Rocheleau recrean un París de principios de siglo XX lleno de magia y personalidad, consiguiendo que la ciudad de las luces sea un escenario tan evocador como misterioso, capaz de albergar la mayor belleza y la más repulsiva maldad. Por el momento, el segundo volumen de lo que será una trilogía cumple lo expuesto con anterioridad, lo que puede cerrar un perfecto tríptico sobre la maldad pura y los hombres que la combaten.

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9. Navilandia (Tronchet)

La idea de una dictadura de la felicidad no es un tema que nunca se haya trabajado, pero por suerte, el intento de contar el terror a través de la felicidad por parte de Tronchet se asienta en el humor, lo que lo hace aún más malsano y divertido de leer. Navilandia es un cuento perverso que mezcla la obligatoriedad de la felicidad con la devoción malsana por el calendario, haciendo que la vida se convierta en un círculo vicioso del que no se puede salir, y es que uno se cansa de todo, incluso de ser feliz. Pero no sólo de esto habla Tronchet, pues también tiene espacio para divagar sobre las revueltas sociales y el amor, todo desde el prisma del héroe involuntario que se ve arrastrado a la épica por el simple interés de llamar la atención de una bella mujer.

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8. Mater Morbi (Roberto Recchioni y Massimo Carnevale)

Las historias de Dylan Dog son un perfecto ejemplo de un buen producto comercial, una obra de publicación regular con el único fin de entretener al lector. Mater Morbi consigue este fin sin problemas, pero le añade el valor de tratar un tema tan esquivo al arte como la enfermedad. Todos estamos hartos de ver como la muerte se presenta como un mal necesario, un ente casi seductor depredador de los vivos. Pero mientras la parca es fulminante y poderosa, la enfermedad es lenta, cruel de forma innecesaria y carente de cualquier sensualidad. Recchioni y Carnevale le dan la vuelta a la tortilla, nos muestran la enfermedad de otra forma y obligan a Dylan Dog a luchar contra un enemigo tan macabro como patético, digno de su propia y esquiva belleza, o al menos comprensión.

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7. El botones de verde caqui (Schwartz y Yann)

Hay pocas cosas que me gusten tanto como los juegos dentro de las obras de ficción, con personajes que cambian sus coordenadas existenciales o los creadores que les insuflan vida. En este sentido, El botones de verde caqui era una lectura obligada, tanto por el cariño que tengo por el personaje como los gratos recuerdos que guardo de una ciudad como Bruselas, más cuando la misma está bajo dominación nazi. Pero Schwartz y Yann no se limitan a realizar una buena obra de aventuras bélicas, también crea un extraño entramado dentro de la resistencia, consiguiendo un fresco de personajes buenos pero obligados por las circunstancias a vivir en la mayor desconfianza, como toda buena obra ambientada en la guerra, llena de épica, pero con un regusto tan amargo como triste.

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6. Neptuno (Jean-Yves Delitte)

Jean-Yves Delitte mezcla la influencia del mejor Julio Verne con su talento para el dibujo realista. Poco más se le puede pedir a una obra como Neptuno, aunque por suerte es más lo que ofrece. Una historia llena de imaginación y desprecio al límite, pero llena de un realismo y complejidad cercano a los engranajes de un reloj. Neptuno está llena de aventuras y acción, pero sus parámetros y universo está construido desde una lógica fría, casi matemática, para después calentarse con la furia y bondad de los personajes que la pueblan. En un mundo lleno de steampunk que se limita a la estética vacía y la excusa de la fantasía, es meritorio encontrar una obra que nos recuerda que el género no es más que ciencia-ficción aplicada al pasado.

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5. La isla de las mujeres (Zanzim)

Este año no han faltado las obras que de una u otra forma están relacionadas con la primera mitad del siglo XX, especialmente en su plano más bélico, pero tampoco son pocas las que han utilizado ese marco para hablar de algo completamente diferente. Quizás una de las más llamativas sea La isla de las mujeres de Zanzin, que aunque está centrada en un piloto seductor nato, se vale de dicho personaje para hablar del amor y del cambio en las relaciones entre hombres y mujeres. El piloto seductor puede ser un ejemplo de las nuevas relaciones amorosas donde la caza y la servidumbre dan lugar a los juegos y los sentimientos, un camino que no siempre es sencillo y que obliga a los sacrificios. Por fortuna, Zanzim sabe que habla de amor y tiene un hueco reservado al humor y la ternura.

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4. The Bomb (Steve Mannion)

Este año no han faltado obras que recuperen la esencia de los cómics de terror clásico, autores y obras que han reintentado los años 50 del baby boom americano del siglo pasado desde la óptica actual. Entre ellos sobresale Steve Mansión con su The Bomb, un cómic que es algo más que el lugar de nacimiento de su personaje estrella Fearless Dawn. En las páginas de The Bomb encontramos desde nazis zombies hasta piratas con horribles tatuajes, todo desde la perspectiva personal de Steve Mannion, empeñado en recuperar cierta edad dorada del horror y la cultura popular, una lectura tanto para nuevos lectores, que descubrirán un nuevo universo, como para los más entendidos, que disfrutan con este tributo.

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3. Vil y miserable (Samuel Cantin)

Una de las mejores cosas que hay es amar a un personaje mezquino, pues nos debatiremos en una lucha infernal entre empatizar con su dolor y disfrutar de sus desgracias. Esto es lo que nos regala Samuel Cantin en Vil y miserable un personaje tan ruin como patético, presa de las mayores injusticias pero culpable al fin y al cabo de las mismas. Vil y miserable es la historia de un demonio que vende libros usados en un concesionario de coches de segunda mano, alguien empeñado en conseguir lo mejor de la forma más sencilla y egoísta posible, con la salvedad de que la desgracia siempre llama a su puerta y sus planes de grandeza sólo están a la altura de su mediocridad.

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2. Sunny 1 (Taiyô Matsumoto)

La lectura de Sunny sólo se puede definir como la victoria moral de los derrotados llevada a su máxima potencia. Nos encontramos con una historia sencilla sobre unos niños en una casa de acogida, llena de los sinsabores y alegrías de cualquier niño pero desde el prisma de unos chavales que viven una situación anormal a ojos de la mayoría. En este sentido, hay que alabar el trabajo de Taiyô Matsumoto, que obviando cualquier atisbo de sentimentalismo barato, consigue que una obra llena de contención conmueva a niveles insospechados, haciendo que unas historias simples, que no sencillas, muestren una ternura tan desnuda que duele, todo desde una perspectiva casi anecdótica, casi insustancial, pero llena de profundidad y verdad.

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1. Preciosa oscuridad (Fabien Vehlmann y Kerascoët)

Posiblemente uno de los cómics más bellos y crueles que he leído nunca. Un arma traicionera que se vale de la ternura y la inocencia para desatar el mayor terror y golpear nuestras mentes. Lo que hacen Fabien Kehlmann y Kerascoët no tiene perdón, estos dos nombres ocultan a tres artistas capaces de jugar con lo más sangrado para desmontarlo todo y dejarnos incapaces de reconstruirlo. Una obra que obliga a la relectura instantánea, pues tras la primera nos quedamos con la duda de si hemos leído realmente lo que hemos leído, algo que se confirmará tras volver a recorrer esas páginas llenas de amor y tortura.

@bartofg
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El botones contra el nazismo

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El botones de verde caqui (Schwartz y Yann). Dibbuks, 2015. Cartoné. 64 págs. Color. 16 €

Bruselas es una ciudad donde tuve la suerte de vivir varios meses, y a parte de comer muchos gofres y mejillones aprendí algo sobre la ciudad y el país que lo rodea. Bélgica es un país raro hasta el extremo, dividido entre dos sociedades, Flandes al norte y Valonia al sur, que ni siquiera comparten el idioma, dos grupos que viven en una continua tensión que no explota porque ambos han decidido ignorarse el uno al otro. Sin embargo, a pesar de vivir de espaldas, llegando incluso a aprender el idioma cooficial en su país, los belgas tienen un gran aprecio por sus símbolos nacionales, como pueden ser desde las patatas fritas hasta el chocolate o su cómic, un tesoro nacional que ocupa un lugar prominente en la capital del país. Es lógico que al pensar en Bélgica y cómic nos venga a la cabeza la figura de Tintín, pero tampoco se puede pasar por alto a Spirou, un personaje quizás más abierto al tener padres múltiples y haber seguido creciendo con el tiempo, a medida que lo hacía la sociedad que lo cobijaba.

Pero no vamos a hablar ahora de la actualización del joven botones, si no de un experimento más interesante, la reimaginación imposible de Spirou como un botones de hotel durante la Bélgica ocupada por los alemanes, un joven dispuesto a arriesgarlo todo, incluso a introducirse en la boca del lobo para liberar a su país. El caso de El botones de verde caqui de Schwartz y Yann es una interacción más de la colección Una aventura de Spirou por… que recoge propuestas de diversos autores que juegan con los personajes de la colección fuera de su cronología oficial. Algo que ha permitido al guionista y al dibujante retroceder en el tiempo para ver como se las tendría que ver nuestro héroe como miembro de la resistencia luchando contra los nazis. Dicho experimento sólo se puede definir como un éxito, ya que el guión de Yann consigue darnos por un lado una aventura frenética llena de dinamismo y al mismo tiempo entrar en los temas más grises, cuando no negros, de la Segunda Guerra Mundial. Por su parte, el dibujo de Olivier Schwartz es una delicia que pivota entre el respeto por el arte clásico de la cabecera y una apuesta personal que insufla de personalidad propia al álbum, capaz de dar el mayor tenebrismo con los uniformes nazis y de crear una atmósfera naïf con los trajes de los zazou.

La relación de Bélgica con su pasado durante la Segunda Guerra Mundial es más bien optimista, el país se ve a si mismo como un luchador que sobrevivió a la ocupación con tesón y la resistencia adquiere tintes casi de leyenda entre la población. Un caso paradigmático es el museo militar de Bruselas, donde una buena parte del fondo del mismo está dedicado al imaginario nazi, mostrando toda la perversidad del régimen y la respuesta inventiva, y en la teoría futil, de la resistencia. En Bélgica se respira orgullo por su papel en la Segunda Guerra Mundial, y Yann recoge este espíritu en las páginas de El botones de verde caqui. La mayoría de los personajes se enfrentan de un modo u otro a los nazis, la mayor parte del tiempo sin saber que sus amigos se dedican a la misma tarea. Ya sean como miembros de la resistencia, dando cobijo a pilotos aliados o sólo negándose a dar información a los alemanes, los personajes belgas son individuos derrotados que se agarran a su última fibra de dignidad para al mismo tiempo sobrevivir y hacerles la ocupación lo más amarga posible a los nazis.

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En cierto sentido, Yann juega de forma cruel con los lectores, pues la historia tiende sola hacia el folletín de aventuras, hacia las huidas imposibles y los planes estrambóticos, pero la realidad, en especial la realidad de la guerra, salta una y otra vez a las páginas. Escenas como los enfrentamientos de la guerrilla, las torturas en el sótano del hotel e incluso el beso osado de una chica judía, están ahí para recordarnos que aunque exista un arma ultra secreta propia de la novela más pulp, la muerte y la desgracia están más que presentes. Este difícil equilibrio por parte de Yann es lo que hace tan especial El botones de verde caqui, porque todos los que hemos leído las aventuras de Spirou reconocemos los elementos básicos de su cosmología, podemos refugiarnos en la nostalgia… Momento que Yann aprovechará para darnos un buen guantazo y restregarnos por la cara la dureza del racionamiento, la crueldad de los colaboracionistas o las estúpidas luchas internas de quienes deberían estar luchando codo con codo contra la enorme y monstruosa bota del fascismo.

El botones de verde caqui es quizás una de las mejores historias de Spirou, quizás por la libertad que le da saberse deudora con una tradición pero conociéndose libre de la dictadura de la cronología. Schwartz y Yann pueden jugar con nosotros y con sus personajes, alterando la historia a su conveniencia y permitiéndose juegos propios como esa discusión sobre el colaboracionismo o no de Hergé. Bromas, volteretas y juegos, elementos plásticos y circenses que hacen del drama del nazismo algo masticable, una historia donde se limpian bañeras llenas de sangre, donde la resistencia se ve legitimada para hacer una limpieza entre las víctimas, y sobre todo, donde Spirou huye de la Gestapo por los tejados de Bruselas para dar con una chica judía de 15 años que se esconde en un desván.

@bartofg
@lectorbicefalo