Las hormigas se comen la luna de queso

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Wet Moon 2 y 3 (Atsushi Kaneko). ECC, 2016. Rústica. 256 y 344 págs. ByN. 10,95 y 13,95 €

Stanley Kubrick es uno de mis directores favoritos. La naranja mecánica es una de mis películas favoritas de Stanley Kubrick. Pero aún así me gusta más la novela de Anthony Burgess que la adaptación fílmico. Todo por el Nadsat, la jerga inventada por el autor. Al final de la novela hay un pequeño diccionario de nadsat, pero lo recomendable es obviarlo y leer la novela sin red, para que a medida que avance la lectura ir comprendiendo, aprendiendo por asimilación, el vocabulario nadsat, una experiencia cultural mágica que mezcla el aprendizaje involuntario con el esfuerzo por la asimilación. Algo equiparable a desentrañar sin guía la filmografía de David Lynch o a embarcarse en la lectura de los tres tomos que conforman el manga Wet Moon de Atsushi Kaneko.

Si el primer tomo de Wet Moon es una violenta declaración de intenciones, donde la fuerza autoral mira de frente y con arrogancia a cualquier petición de accesibilidad para el lector. Los tomos dos y tres que continúan la historia del agente Sada no se quedan atrás en cuestión de misterio, belleza y complejidad. Las referencias siguen siendo importantes para Atsushi Kaneko, aunque queda a discreción de cada lector darles mayor o menor medida. Siguen presentes todas esas alusiones al cine primigenio surrealista, desde los intentos artesanales de Georges Méliès hasta el juego psicológico de Luís Buñuel, referencias que no son explicadas en ningún momento y exigen que el lector conozca sus juegos. Evidentemente seguro que a mí se me pasan otras referencias, las cuales por suerte, al igual que las mencionadas, no son necesarias para entender, cosa que es imposible del todo, la trama de Wet Moon. Las declaraciones de amor a los autores ya nombrados, así como a otros como Lynch o Kubrick, están ahí, pero no son para nada el único sustento de Atsushi Kaneko para hacernos explotar la cabeza.

La magia sigue presente en Wet Moon, aunque el thriller aumenta en el segundo y tercer volumen hasta coquetear con el horror, del mismo modo que cierta fantasía se transmuta en ciencia-ficción dura que exige tanto curiosidad por parte del lector como interés. Este es un elemento que el autor repite mucho, la exigencia para con el lector, algo que es de agradecer en estos tiempos modernos. Que nadie espere una lectura sencilla con Wet Moon, ni mucho menos una resolución redonda en su final que cierre todas las incógnitas y grabe sobre piedra las reglas de su universo. Es fácil perderse entre las páginas del manga, tanto por su complejidad como por su belleza estética, siendo responsabilidad nuestra en todo momento encontrar la salida del laberinto, salida que siempre será aparente. Por contra podemos definir que la lectura de Wet Moon nos regala una sensación de trabajo realizado, quizás no la clausura más satisfactoria para los completistas, pero si la suficiente como para saber que nuestro esfuerzo ha tenido su fruto, un fruto al que nosotros debemos darle nombre, forma, color y sabor.

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Por su parte, el dibujo de Atsushi Kaneko sigue siendo impecable, capaz de mantener un estilo sólido y personal en todo momento, con un acabado delicioso de las tintas que funcionan a un nivel superior en blanco y negro. Aunque como buen cómic, al igual que la llegada del cine sonoro dio importancia al sonido, el blanco y negro pretendido por Atsushi Kaneko hace del color una herramienta tan poderosa como narrativa e ideológica. No cabe duda de que Wet Moon pasará a ser una lectura recurrente en mi futuro, aunque alimentado de la necesidad del paso del tiempo para que las teorías se afiancen y el misterio crezca. Pues aunque el hombre haya llegado a la Luna, el satélite no ha perdido su halo de misterio, del mismo modo que aunque creamos conocer el desenlace de las aventuras del agente Sada, aún son muchos los misterios que habitan en Tatsumi, lugar donde la corrupción es ley, la información el bien más escaso y preciado; y donde lo imposible es tan bello como mortal.

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En la luna

WetMoon1 portWet Moon (Atsushi Kaneko). ECC, 2016. Rústica. 272 págs. ByN. 10,95 €

Muybridge no inventó el cine, simplemente colocó varias cámaras en fila y capto de forma aislada el movimiento, viendo las imágenes una tras otras se podía captar el movimiento. El escocés era un científico, para nada un narrador. Con posteridad, los hermanos Lumière tampoco inventaron el cine, levantaron la estructura necesaria para rodar y proyectar imágenes en movimiento, pero la mayoría de las veces no eran más que planos aislados que sorprendían simplemente por conseguir mostrar el movimiento. Los franceses eran empresarios, hasta abandonaron el invento por verlo poco rentable. El verdadero padre del cine no fue otro que Georges Méliès, el cual no era ni científico ni empresario, era un mago que supo ver las posibilidades de la cinematografía en el campo más básico de la narrativa humana, la mentira. El cine permitía el truco final, congelar el tiempo, cambiar la realidad y volver al presente sin que el espectador fuera consciente de ese no-tiempo en el que todo había cambiado.

La leyenda dice que Méliès fue consciente de estas posibilidades al ver una grabación de una toma de una calle, el plano no cambiaba, pero debido a un fallo técnico la cámara no grabó durante unos segundos, los suficientes para que un caballo que cruzaba la calle desapareciera al instante, esfumándose sin dejar rastro. Algo así es lo que le sucede al agente Sada, el protagonista del cómic Wet Moon de Atsushi Kaneko un policía de la ciudad de Tatsumi empeñado en capturar a una sospechosa de asesinato, y descuartizamiento, a pesar de los saltos y huecos que su mente padece, todo fruto de un extraño accidente del que nada recuerda y de un extraño trozo metálico alojado en su cerebro. Atsushi Kaneko opta en esta obra en tres tomos por desarrollar un drama policiaco con fuertes influencias fantásticas, más concretamente bajo la marca del neofantástico de autores como Kafka o Calvino, mostrándonos un Japón de mediados de los años sesenta del pasado siglo lleno de eteriedad y sumido en la fuerza del cambio, con la carrera espacial como telón de fondo.

Wet Moon es un seinen, manga de corte adulto, que exige atención en su lectura, ya que se derrama por los detalles y hace de la repetición y el código sus principales caballos de batalla. Es fácil construir una historia en apariencia críptica, hay muchas copias de David Lynch, pero la mayoría se limitan a la extrañeza aparente sin ser conscientes de que la verdadera fuerza recae sobre el código, sobre conseguir que el espectador desentrañe un idioma desconocido careciendo de diccionario. En muchas de estas obras el código se muestra vacío, carente de sentido y construido con cartón piedra. No es el caso de Atsushi Kaneko, que sin dejar en ningún momento de ser críptico consigue una coherencia absoluta, podemos no entender los detalles que oculta la historia por debajo de la trama principal, pero sin duda escuchamos la música y percibimos su tonalidad. Quizás la obra más cercana a Wet Moon la encontremos en Homunculus de Hideo Yamamoto, otro fresco sobre Japón, sus constantes y contrastes bajo la mirada personal de un artista.

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La trama superior de Wet Moon está perfectamente planteada, con el agente Sada persiguiendo a una fugitiva mientras cae irremediablemente en las redes de la corrupción, todo sin saber muy bien que sucede, pues tan importante es lo que sucede como los actos que protagonizan las lagunas de memoria del personaje, incógnitas tanto para él como para el lector. Pero hay algo más detrás, en lo más hondo, desde un extraño proyecto de investigación aeroespacial hasta la predominancia de la Luna, ese territorio ansiado por todo el mundo. Sólo cabe esperar que los dos tomos restantes estén a la altura de lo que Atsushi Kaneko plantea en el primero, pregunta tras pregunta y respuestas que mutan en dudas. Todos queremos saber que le sucedió a Sada, cómo terminó con esa cicatriz en la cabeza y que hay dentro de su mente, tanto en lo figurativo como en lo literal. Atsushi Kaneko consigue una historia noir en la cara oculta de la Tierra como pocos.

Aunque lo que no se puede olvidar en ningún momento es el trabajo gráfico de Atsushi Kaneko, un dibujo, y sobre todo una tinta, que elevan aún más la calidad de Wet Moon. Aunque el manga tuviera un mal dibujo se podría disfrutar, pero es que el autor consigue un acabado ajeno a las críticas. El trazo de Wet Moon es completamente atemporal, lleno de referencias que van desde el manga más clásico hasta el underground americano y el cómic europeo más comercial. Se podría decir que Atsushi Kaneko dibujó Wet Moon hace cincuenta años para que hoy pareciera moderno, o que está realizado ahora para que en treinta años nadie sepa donde situarlo cronológicamente. Un acabado artístico que redondea aún más la obra, aumentando el misterio, su dureza y su bondad. Capítulos como Cabaret o El confidente son experiencias visuales que todo lector de cómics debería disfrutar, porque la narrativa gráfica no es sólo dibujar viñetas con bocadillos, hay que jugarse el tipo y llevar la obra más allá.

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