Riot Grrrl Spokon

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Slam! (Pamela Ribon y Veronica Fish). Fandogamia, 2018. Rústica, 112 págs. Color, 10€

En Piruetas, Tillie Walden, nos mostraba una faceta del cómic deportivo casi inaudita hasta el momento, de cómo lo emocional puede presidir una actividad física como el deporte puede llevar a transmitir valores que van más allá del esfuerzo y la consecución de metas como un fin en sí mismo. Walden nos trasladaba a un paisaje emocional en el que ella buscaba la medida de sí misma a través del patinaje sin que lo logros fuesen realmente algo importante. Eso nos aporta un tipo de narración que elude por completo los cronotopos impuestos por el spokon puramente masculino basado únicamente en el esfuerzo físico personal, en abandonar todo aquello que no sea relevante para ese deporte y encubrir la competitividad bajo un disfraz de falsa amistad.

Si Piruetas nos enseña otra dimensión del cómic deportivo que no pasa directamente por la victoria de dicha actividad, Slam! pervierte la idea prototípica de la competitividad/amistad dentro de este género. La historia es completamente diferente a lo planteado por Tillie Walden. Aquí nos encontramos con un deporte cercano al planteado por la autora estadounidense, pero en el que el trabajo de equipo es vital para poder competir. El roller derby no es solo un deporta coral sino también un deporte agresivo y violento pero que fomenta los valores de equipo por el nivel de coordinación necesario, no solo dentro de la pista sino también fuera de la misma, las jugadoras se han de conocer a la perfección para poder actuar de manera combinada.

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Las protagonistas de Slam! son Jennifer Chu a.k.a. Knockout y Masie Huff a.k.a. Creok Puedo, dos mujeres estereotipadas en cuestiones de género, la primera centrada en los estudios, es una buena estudiante con buenas notas y constante en el trabajo, la segunda ha basado su vida en una relación de sentimental y cuando esta deja de existir ella se hunde. Aunque suene tópico ambas se encuentran a sí mismas a través de otras en el deporte de equipo han de subir escalafones, empiezan como novatas, freshies en su argot, para ir subiendo poco a poco dejando de lado la idea de la recién incorporada como un superdotada que va a salvar al equipo. A pesar de lo colectivo de este deporte el relato pasa por el relato de formación de las dos protagonistas, que tienen que pasar una primera prueba de autodefinición de sí mismas que consiste en ponerse un nombre de guerra para la competición a partir de ahí ellas mismas deberán encontrar su camino.

El roller derby siempre ha sido escenificado como un deporte para mujeres outsiders, que no encajan en los parámetros establecidos en la sociedad convencional. Pamela Ribon y Veronica Fish plantean un escenario en el que todas las integrantes de los equipos son mujeres integradas en la sociedad, trabajadoras en diferentes ámbitos, pero eso no impide que saquen su rabia en una pista de patinaje. Aparte de todo eso, que es bastante, estamos ante un cómic muy divertido y entretenido que se mete en cuestiones de género sin adoctrinar ni sentar cátedra planteado con total naturalidad las cuestiones de empoderamiento y sororidad como piedra angular de las nuevas sociedades.

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El poder del mitoarco

Archie Vols. 1 y 2 (Mark Waid, Fiona Staples, Annie Wu, Veronica Fish, Thomas Pitilli, Ryan Jampole). Norma Editorial, 2016/2017. Cartoné, 192/160 págs. c/u. Color, 19,95 € y 18,50€

Dentro el ámbito del cómic destinado a grandes masas las grandes cabeceras han sido y son, por lo general, aquellas protagonizadas por superhéroes. Sin embargo, muchas veces se nos escapan todos aquellos lectores de cómics casuales que no están por la cansina labor de seguir el rastro de una cronología seudoépica en la que el mitoarco narrativo ha desaparecido por completo. Todo para convertirse en una sucesión de eventos en los que de manera regular se intercala las aventuras individuales del personaje que da título en cuestión al comic-book.

El mitoarco se construye como un motor narrativo que mueve el relatol con unas constantes mínimas, pero nunca, raramente, se suele resolver. Un ejemplo de libro es la serie El Fugitivo (ABC, 1963-1967) en el que el Doctor Richard Kimble huye como un desesperado, capítulo tras capítulo, de la justicia y de un asesino tras ser acusado falsamente de la muerte de su esposa. En este caso se resolvió con un espectacular episodio final con unos altísimos índices de audiencia. Quizás impuesto por las nuevas narrativas televisivas este modelo parece estar en desuso y en vías de extinción, no se escapan ni los procedimentales. Aunque el ejemplo se refiera a la pequeña pantalla no se escapa ningún medio contemporáneo que intente alcanzar una audiencia mínima para mantener una longevidad aceptable debe utilizar los recursos de la ficción para televisión actual.

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Pues bien, la colección regular finalizó en 2015, con 666 números en su haber, este fin de una estética definida se abría a una más contemporánea, no solo en las formas de vestir de los personajes y la ambientación sino en la definición de los roles, principalmente en los femeninos: Betty y Verónica. Aunque Archie y Reggie siguen siendo personajes predecibles, el primero es torpe y el segundo ladino, Jughead ha sido reescrito como un tipo ciertamente sofisticado dejando de lado cierto tufo misógino que se podría apreciar en la serie clásica. En las nuevas entregas salen ganando ellas, son personajes mucho más profundos, y lo que es más importante, más independientes. Para ellas el amor ocupa un aspecto muy relevante en sus vidas, pero no por ello dejan de acometer proyectos propios independientemente de su relación con los hombres. Aun así, Archie sigue siendo Archie, no ha perdido la esencia que lo ha caracterizado a lo largo de 75 años, podemos cerrar los ojos y coger una de las nuevas entregas al azar y no nos habremos perdido nada.

Archie no aspira a ser una obra maestra del cómic, sino a entretener a una masa lectora considerable. Y en eso es único, ha sabido mantener el espíritu de la serie original desde principio de la década de los cuarenta ajena a cualquier tipo de modas pasajeras, en algunos casos los ha marcado, “Sugar, Sugar” es un ejemplo de ello. En la actualidad a Archie, al igual que muchos otros textos populares, le ha tocado actualizar los arquetipos de género de los que hacía gala, algo que Mark Waid ha sabido solucionar con soltura. El nuevo Archie es un texto actual pero que no ha perdido la esencia. Es divertido, entretenido y chispeante: puro Riverdale.

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