La salud como paradigma cambiante

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Illworld (Elio Quiroga y Francisco de la Fuente). Tyrannosaurus Books, 2015. Rústica. 70 págs. ByN. 11,95 €

Cualquiera que lea mis textos sabe que soy un apasionado del fin del mundo, aunque para ser sincero cada vez defiendo más la idea de que el fin absoluto es un ideal que se enfrenta cara a cara, en una batalla que no puede ganar, contra el cambio de paradigma. Si comparamos mi generación con la de mi padre las diferencias son abismales, más teniendo en cuenta que pertenezco a esos extraños nacidos a mitad de los años ochenta del pasado siglo, descastados temporales. A mí padre le llevó su abuelo a un bar para ver en blanco y negro la llegada del hombre a la luna, mi bisabuelo era guardés y vivía en una choza, mi padre pasaba las vacaciones con él. Mi primo acaba de cumplir seis años y para él una tablet es algo tan cotidiano como para mí el teléfono o el coche. Posiblemente mi generación, y la de mi primo, vivamos peor que justo la que nos precedió, pero no será el fin del mundo, será otro mundo, posiblemente peor.

En cierto sentido, esta es la lectura que extraigo de Illworld, el cómic guionizado por Elio Quiroga e ilustrado por Francisco de la Fuente. En la obra asistimos a una Europa futura que ha sido azotada por una guerra bacteriológica, pero que en lugar de acabar con la población la ha mutado a niveles monstruosos. El viejo continente está poblado ahora por una infinidad de criaturas que en su origen podrían haber sido humanos y que a día de hoy, aún siéndolo, portan desde tentáculos hasta cuernos sin olvidar alas, colas o escamas. En el resto de terrenos la historia es menos fantasiosa, pues la sociedad se ha sumido en una crisis económica que ha dejado a las naciones europeas sumidas en la miseria, sin olvidar las diversas guerras que han asolado el continente, que tampoco han ayudado a la conservación del estado del bienestar. Pero como siempre ha habido clases, Elio Quiroga designa a una clase superior, los sanos, es decir, los millonarios que se mantienen alejados del contagio y las mutaciones gracias a su dinero, su poder fáctico y unos trajes transparentes que les aíslan del mundo físico.

Este derroche de imaginación recuerda por momentos a Terry Gilligan, pero lo cierto es que Elio Quiroga mantiene el universo muy bien conexionado, consiguiendo que los diversos mutantes de diversa índole parezcan lo más orgánico posible. Es meritorio como un trabajo gráfico tan disparado mantiene un realismo en todo momento, más cuando tenemos incluso una invasión alienígena. El argumento podría ser sencillo, por un lado tenemos a los mutantes, ciudadanos de segunda, y por otro a la élite autodenominada como los sanos, entonces llega una invasión de aliens que se alimentan exclusivamente de los mutados, siendo la última línea de defensa Terminal, un grupo de mutados con capacidades suprahumanas. Sin embargo, después todo es más complicado, y Elio Quiroga no tiene mayores problemas en meterse en los terrenos de la crítica social y política, realizando una metáfora sobre la Europa actual proyectada en un futuro tan distópico como cruel.

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Por su parte, el trabajo de Francisco de la Fuente es más que funcional, recordando a los autores más clásicos del género de fantasía y ciencia-ficción pero manteniendo una personalidad propia. Quizás el único problema del arte de Illworld sea la gran cantidad de detalle que Francisco del a Fuente coloca en su trabajo, lo que exige un esfuerzo extra por parte del lector. Es imposible leer rápido Illworld, el trabajo de su dibujante obliga a detenernos pausadamente en cada página, tanto para saborear todos los elementos presentes en la página como para situar la acción principal en un contexto mayor. Cualquier otro autor hubiera empleado posiblemente menos de un tercio de los trazos de Francisco de la Fuente, pero se hubiera perdido esa sensación de agobio y colapso que consigue transmitir en las páginas, un peso más en esa opresiva nueva Europa ideada por Elio Quiroga.

Illworld es un mundo que se encuentra a un paso de distancia, sólo es necesario que uno sirios locos inventen un virus y que la crisis financiera siga su curso, lo de los alienígenas todos sabemos que es cuestión de tiempo. Mientras tanto podemos ir entrenándonos con este cómic, pues al final, los mutantes de Illworld son como tú o yo, personas que han aprendido a vivir con lo que les ha tocado y sabedores de que encima tienen a una élite que ni se merece sus privilegios ni tienen idea de gestionar lo que es de todos al margen del beneficio personal.

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Lo mejor más allá de las fronteras nacionales del 2015

Esta lista no es que sea mala, es que está tan incompleta como dominada por la subjetividad. Aún tengo bastantes cómics amontonados por leer, la mayoría editados en el 2015, e incluso puede que alguno del 2014, y como sé, porque me pasó el año pasado, alguno merecería estar en la lista de lo mejor de este año, pero no lo va a estar porque no lo leeré hasta dentro de algún tiempo. Así que supongo que si alguien hecha en falta algún título es primero porque no me lo he podido leer, y a lo mejor, es posible, porque lo he leído y no ha sido tanto para mí. Pero en fin, estaría feo disculparme, o siquiera dar razones al porqué de un cómic u otro. Son los que son. Son los diez cómics extranjeros que más le han gustado a Barto durante sus lecturas del 2015.

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10. La cólera de Fantomas 1: La guillotina (Oliver Bocquet y Julie Rocheleau)

Los verdaderos protagonistas de esta obra no son Fantomas y sus maldades, si no sus perseguidores, los hombres de bien encargados de acabar con el caos del Príncipe del Crimen. Oliver Bouquet y Julie Rocheleau recrean un París de principios de siglo XX lleno de magia y personalidad, consiguiendo que la ciudad de las luces sea un escenario tan evocador como misterioso, capaz de albergar la mayor belleza y la más repulsiva maldad. Por el momento, el segundo volumen de lo que será una trilogía cumple lo expuesto con anterioridad, lo que puede cerrar un perfecto tríptico sobre la maldad pura y los hombres que la combaten.

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9. Navilandia (Tronchet)

La idea de una dictadura de la felicidad no es un tema que nunca se haya trabajado, pero por suerte, el intento de contar el terror a través de la felicidad por parte de Tronchet se asienta en el humor, lo que lo hace aún más malsano y divertido de leer. Navilandia es un cuento perverso que mezcla la obligatoriedad de la felicidad con la devoción malsana por el calendario, haciendo que la vida se convierta en un círculo vicioso del que no se puede salir, y es que uno se cansa de todo, incluso de ser feliz. Pero no sólo de esto habla Tronchet, pues también tiene espacio para divagar sobre las revueltas sociales y el amor, todo desde el prisma del héroe involuntario que se ve arrastrado a la épica por el simple interés de llamar la atención de una bella mujer.

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8. Mater Morbi (Roberto Recchioni y Massimo Carnevale)

Las historias de Dylan Dog son un perfecto ejemplo de un buen producto comercial, una obra de publicación regular con el único fin de entretener al lector. Mater Morbi consigue este fin sin problemas, pero le añade el valor de tratar un tema tan esquivo al arte como la enfermedad. Todos estamos hartos de ver como la muerte se presenta como un mal necesario, un ente casi seductor depredador de los vivos. Pero mientras la parca es fulminante y poderosa, la enfermedad es lenta, cruel de forma innecesaria y carente de cualquier sensualidad. Recchioni y Carnevale le dan la vuelta a la tortilla, nos muestran la enfermedad de otra forma y obligan a Dylan Dog a luchar contra un enemigo tan macabro como patético, digno de su propia y esquiva belleza, o al menos comprensión.

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7. El botones de verde caqui (Schwartz y Yann)

Hay pocas cosas que me gusten tanto como los juegos dentro de las obras de ficción, con personajes que cambian sus coordenadas existenciales o los creadores que les insuflan vida. En este sentido, El botones de verde caqui era una lectura obligada, tanto por el cariño que tengo por el personaje como los gratos recuerdos que guardo de una ciudad como Bruselas, más cuando la misma está bajo dominación nazi. Pero Schwartz y Yann no se limitan a realizar una buena obra de aventuras bélicas, también crea un extraño entramado dentro de la resistencia, consiguiendo un fresco de personajes buenos pero obligados por las circunstancias a vivir en la mayor desconfianza, como toda buena obra ambientada en la guerra, llena de épica, pero con un regusto tan amargo como triste.

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6. Neptuno (Jean-Yves Delitte)

Jean-Yves Delitte mezcla la influencia del mejor Julio Verne con su talento para el dibujo realista. Poco más se le puede pedir a una obra como Neptuno, aunque por suerte es más lo que ofrece. Una historia llena de imaginación y desprecio al límite, pero llena de un realismo y complejidad cercano a los engranajes de un reloj. Neptuno está llena de aventuras y acción, pero sus parámetros y universo está construido desde una lógica fría, casi matemática, para después calentarse con la furia y bondad de los personajes que la pueblan. En un mundo lleno de steampunk que se limita a la estética vacía y la excusa de la fantasía, es meritorio encontrar una obra que nos recuerda que el género no es más que ciencia-ficción aplicada al pasado.

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5. La isla de las mujeres (Zanzim)

Este año no han faltado las obras que de una u otra forma están relacionadas con la primera mitad del siglo XX, especialmente en su plano más bélico, pero tampoco son pocas las que han utilizado ese marco para hablar de algo completamente diferente. Quizás una de las más llamativas sea La isla de las mujeres de Zanzin, que aunque está centrada en un piloto seductor nato, se vale de dicho personaje para hablar del amor y del cambio en las relaciones entre hombres y mujeres. El piloto seductor puede ser un ejemplo de las nuevas relaciones amorosas donde la caza y la servidumbre dan lugar a los juegos y los sentimientos, un camino que no siempre es sencillo y que obliga a los sacrificios. Por fortuna, Zanzim sabe que habla de amor y tiene un hueco reservado al humor y la ternura.

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4. The Bomb (Steve Mannion)

Este año no han faltado obras que recuperen la esencia de los cómics de terror clásico, autores y obras que han reintentado los años 50 del baby boom americano del siglo pasado desde la óptica actual. Entre ellos sobresale Steve Mansión con su The Bomb, un cómic que es algo más que el lugar de nacimiento de su personaje estrella Fearless Dawn. En las páginas de The Bomb encontramos desde nazis zombies hasta piratas con horribles tatuajes, todo desde la perspectiva personal de Steve Mannion, empeñado en recuperar cierta edad dorada del horror y la cultura popular, una lectura tanto para nuevos lectores, que descubrirán un nuevo universo, como para los más entendidos, que disfrutan con este tributo.

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3. Vil y miserable (Samuel Cantin)

Una de las mejores cosas que hay es amar a un personaje mezquino, pues nos debatiremos en una lucha infernal entre empatizar con su dolor y disfrutar de sus desgracias. Esto es lo que nos regala Samuel Cantin en Vil y miserable un personaje tan ruin como patético, presa de las mayores injusticias pero culpable al fin y al cabo de las mismas. Vil y miserable es la historia de un demonio que vende libros usados en un concesionario de coches de segunda mano, alguien empeñado en conseguir lo mejor de la forma más sencilla y egoísta posible, con la salvedad de que la desgracia siempre llama a su puerta y sus planes de grandeza sólo están a la altura de su mediocridad.

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2. Sunny 1 (Taiyô Matsumoto)

La lectura de Sunny sólo se puede definir como la victoria moral de los derrotados llevada a su máxima potencia. Nos encontramos con una historia sencilla sobre unos niños en una casa de acogida, llena de los sinsabores y alegrías de cualquier niño pero desde el prisma de unos chavales que viven una situación anormal a ojos de la mayoría. En este sentido, hay que alabar el trabajo de Taiyô Matsumoto, que obviando cualquier atisbo de sentimentalismo barato, consigue que una obra llena de contención conmueva a niveles insospechados, haciendo que unas historias simples, que no sencillas, muestren una ternura tan desnuda que duele, todo desde una perspectiva casi anecdótica, casi insustancial, pero llena de profundidad y verdad.

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1. Preciosa oscuridad (Fabien Vehlmann y Kerascoët)

Posiblemente uno de los cómics más bellos y crueles que he leído nunca. Un arma traicionera que se vale de la ternura y la inocencia para desatar el mayor terror y golpear nuestras mentes. Lo que hacen Fabien Kehlmann y Kerascoët no tiene perdón, estos dos nombres ocultan a tres artistas capaces de jugar con lo más sangrado para desmontarlo todo y dejarnos incapaces de reconstruirlo. Una obra que obliga a la relectura instantánea, pues tras la primera nos quedamos con la duda de si hemos leído realmente lo que hemos leído, algo que se confirmará tras volver a recorrer esas páginas llenas de amor y tortura.

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Fearless Dawn (Steve Mannion)

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Fearless Dawn (Steve Mannion). Tyrannosaurus Books, 2015. Rústica. 132 págs. ByN. 16,95 €

No se puede negar que el talento personal de Steve Mannion casa a la perfección con las historias que quiere contar. Su dibujo está puesto al servicio de unos guiones que mezclan la mala baba más actual con el baby boom de los años cincuenta del pasado siglo en Estados Unidos. Todo tiene esa magia de un mundo donde en teoría la tecnología lo podía todo y la felicidad más hedonista se daba bajo la amenaza de un apocalípsis nuclear. Aquí es donde entra en juego su personaje Ferales Dawn, que en su primer recopilatorio en solitario repite estrategias, amigos y enemigos.

Porque es difícil imaginar un cómic de Steve Mannion sin nazis mutantes, los clásicos enemigos de Fearless Dawn, hombres con ideales tan retorcidos como su cuerpo por la ingesta de mutágenos que los transforman en bestias. Amenaza a la que se enfrenta una pequeña pero atlética muchacha, la aspiración romántica de cualquier adolescente lector de cómics, con una alta cantidad de fuerza, decisión y hasta inocencia. El recopilatorio recoge los cuatro primeros números de la colección Fearless Dawn y su especial en el espacio, porque esta chica todoterreno no tiene problemas con enfrentarse a los nazis mutantes incluso más allá de la órbita terrestre.

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Fearless Dawn es una continuación de lo que ya pudimos leer en The Bomb, un regalo para los seguidores de Steve Mannion y de su personaje, o una perfecta oportunidad para que todo aquel que no conozca este universo tan personal entre a disfrutarlo. Estos cinco números tienen tanta acción como humor, con lo que no queda más que esperar la llegada de su continuación, algo que se hace aún más urgente si tenemos en cuenta el final con el que Steve Mannion cierra el volumen, una invitación a continuar la aventura.

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Dinosaurios en el cajón de arena

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Dragonfly (Jim Lawson). Tyrannosaurus Books, 2015. Rústica. 86 págs. Color. 12,95€

Los habitantes al norte de los Pirineos y los Alpes tienen una obsesión declarada por limitar y ordenar las cosas, o puede que seamos nosotros, los mediterráneos, los que tenemos problemas con el orden. Quizás por eso, cuando se han tenido que marcar fronteras, los españoles las han creado anárquicas, como fruto de un paseo sin destino aparente, mientras que los norteños, en especial los anglosajones pero sin desmerecer a los franceses, han preferido tirar de escuadra y cartabón para delimitar el mundo, aunque durante el proceso convirtieran zonas como África en ollas a presión preparadas para el desastre. De prácticas así surgen elementos como los cajones de arena, lo que para cualquier niño es jugar en la tierra imaginándose desde una cocina con pasteles de barro hasta una pista de carreras en el desierto o un planeta desolado a millones de años luz. Mientras aquí el niño sólo necesita una montaña de arena, en sociedades más desarrolladas necesitan delimitar y marcar ese espacio dedicado al infinito de la imaginación.

Esta capacidad de crear universos de posibilidades infinitas en espacios finitos delimitados a la perfección es casi una constante en la cultura popular anglosajona, la que hasta cierto punto es la matriz de toda la cultura popular occidental. Una opción a la que se suma el artista Jim Lawson en su cómic Dragonfly, donde apuesta por un escenario finito y al margen del espacio tiempo donde todo es posible, ya que el mismo, como demiurgo particular, no se coloca ni la más mínima restricción. El propio autor expone que la última intención con Dragonfly es divertirse, algo que se puede apreciar a la perfección tras leer el tomo que recoge las primeras historias de esta historia tan particular. No es la primera vez que defiendo la improvisación como método de desarrollo narrativo, sin olvidar en ningún momento que es una estructura más proclive a los fracasos más desoladores que al éxito. En cierto sentido hay que tener algo de arte para dejarse llevar a la hora de escribir, pues no son pocos los ejercicios que han terminado dando como resultado un despropósito sin sentido.

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Por fortuna, aunque Jim Lawson no se demuestre como un genio de la improvisación, consigue esquivar el fracaso y crear en Dragonfly una historia de juego y diversión con los suficientes andamios para sostener todos los elementos que despliega. La historia de Dragonfly empieza como muchas otras, con una serie de personajes que no se conocen de nada que despiertan en un lugar extraño. En este caso en un universo finito que se asemeja a la Tierra durante el reinado de los dinosaurios. Los personajes principales: Dragonfly/Libélula, una chica inmortal; Ketch, un perro parlante; y John, una tortuga antropomórfica, se ven obligados a recorrer ese mundo cruzándose con los mencionados dinosaurios y algún que otro personaje aún más extraño, como una pareja de alienígenas o un vampiro romántico. Está claro que Jim Lawson lo que quería era jugar dentro de las páginas de Dragonfly, preocupándose más por lo que le apetecía dibujar en cada momento más que por crear una historia compleja dentro de un universo coherente.

Es posible que en números posteriores Jim Lawson otorgue más consistencia a su creación, aunque es improbable, ya que el propio autor ha descartado continuar las aventuras de Dragonfly, en parte por la polémica suscitada debido al parecido de John con las tortugas ninja, serie de la que Jim Lawson fue dibujante durante dos décadas, un parecido que molestó incluso al propio Peter Laird. Sin embargo, esta polémica no ha impedido a Jim Lawson utilizar a John en otros cómics aunque la serie que le vio nacer quedara interrumpida, planteando una enorme cantidad de preguntas que posiblemente nunca tengan respuesta. Aún así, sería absurdo acudir a Dragonfly buscando una cosmología coherente y causativa, pues si algo pretendía ser la obra era divertida, y es un objetivo que queda del todo conseguido. Las preguntas seguirán ahí, pero nadie puede negar que Dragonfly es una perfecta herramienta para pasar un buen rato disfrutando de elementos clásicos de la ciencia-ficción más escapista, con un añadido constante de dinosaurios, y si no te gustan los dinosaurios es que tienes un gran problema.

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El Apocalipsis psicópata que esquivamos

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Broadway (Mike Ratera). Tyrannosaurus Books, 2015. Rústica. 64 págs. ByN. 11,95 €

¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, la novela en la que se basa la película inmortal Blade Runner tiene lugar en 1992, un futuro en el que el hombre mantiene colonias en el espacio profundo. Hace mucho que dejamos de pensar en el futuro como en una realidad imaginable, en parte porque el espacio infinito se ha visto suplantado por el ciberespacio eterno, y porque la cantidad imposible de información que debemos gestionar, nos obliga más a repensar que a imaginar. El videojuego Far Cry Blood Dragon, de 2013, tiene lugar en un 1997 cibernético posterior a una guerra nuclear. La película Turbo Kid, estrenada este verano, presenta otro año 1997 distópico donde la falta de combustible obliga a utilizar las bicicletas como principal medio de transporte. Ya nadie piensa en el fin del mundo, los terremotos en directo y el Estado Islámico se encargan de recordarnos que estamos en equilibrio en un cable de acero sobre pirañas integristas con rayos láser en los ojos y escamas cancerígenas.

Así que se me hace difícil enfrentarme a Broadway, el cómic que Mike Ratera publicó a principios de los noventa del siglo pasado, hace ya más de 20 años. Lo primero que pienso es lo que se parece, no en su trama o universo, pero si en lo más profundo, a ciertas películas de David Cronemberg, uno de mis directores de cabecera, en especial a Videodrome, El almuerzo desnudo y eXistenZ, por ese tratamiento del cuerpo imposible y la mutación como causa y solución de todos los problemas. Es cierto que también tenemos la historia de ultraviolencia de unos psicópatas en un estado de Nevada postapocalíptico, pero al menos para mí eso es lo de menos. Me quedo pensando, sin poder evitarlo, en lo que sucede en la mente de Contestador Automático, un yonqui enganchado a una droga alucinógena que si sigue vivo es por algo tan simple como poder aplicarse la siguiente dosis.

No se puede negar que Mike Ratera tenía las cosas muy claras cuando hace 20 años creo a su personaje Broadway. La chica es la evolución lógica de cualquier Vixen de varias décadas anteriores, una mujer que hace demostración de su libertad a través de la violencia y el sexo, terrenos que tradicionalmente han pertenecido a los hombres. Broadway llena las páginas del cómic homónimo con ingentes cantidades de sexo duro y gore a mansalva, ya que igual le practica una felación a un amante ocasional como que le abre la yugular con un cuchillo de caza. Por si esto no fuera suficiente, los personajes que le acompañan por este Estados Unidos distópico son igual de despreciables, diversas versiones de psicópatas amantes de las violaciones y las masacres, ya tengan excusas tan variadas como ser ex-marines o chavales adolescentes.

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Quien quiera ese gusto por lo ultra encontrará en las páginas de Broadway la cantidad más que necesaria de material para ofender a cualquier bienpensante. Mike Ratera cumple y lo hace a la perfección. Pero cuando he terminado de leer el cómic no me he quedado pensando en lo bruto que ha sido el cómic, es más, para ser sincero Mike Ratera ha conseguido que rompa el tedio inicial por una obra más de guerreros de la carretera de saldo para meterme por completo en la historia de Contestador Automático, una especie de novio, casi limitado a la parte espiritual, de Broadway. La chica dura, la puta de Utah, cumple perfectamente, pero es Contestador Automático quien da una capa más a la obra separándola de sus iguales.

Mike Ratera consigue introducir al lector en Broadway mediante el juego de espejos en el que vive Contestador Automático, narrador casi obligado, testigo casi por exigencia, de la historia de un grupo de forajidos del cuero y la gasolina. Pues Contestador Automático es el foco de la historia, pero también es un náufrago por decisión propia en el mundo de la alucinación. Broadway tiene el subtítulo de Mundo de mierda, y pocas veces una frase tan explícita ha sentado tan bien a una obra de ficción, pues el universo creado por Mike Ratera no presenta ni una sola razón para ser disfrutado por alguien que no sea un depredador carente de empatía. Un infierno sin paliativos, con lo que no es difícil imaginar su gravedad al ver que Contestador Automático prefiere arriesgarse a una semivida drogado lleno de alucinaciones con un inquietante peligro de verosimilitud. Unos pasajes oníricos, en su acepción más oscura, en las que el talento de Mike Ratera se acerca a los límites de la extrañeza para fusionar la violencia postapocalíptica con la metafísica de la nueva carne.

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Tomb of Terror Vol. 2 (Jason Crawley, Mike Hoffman y AA.VV.)

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Tomb of Terror 2 (Jason Crawley, Mike Hoffman y AA.VV.). Tyrannosaurus Books, 2015. Rústica. 220 págs. ByN. 22,95 €

Por suerte para todos los fans del horror, la iniciativa de la revista The Tomb of Terror sigue vigente más allá de sus orígenes, con lo que todos podemos disfrutar de estos macabros placeres iniciados por el guionista Jason Crawley y el dibujante Mike Hoffman, aunque este último no tiene problemas con realizar algún que otro trabajo de autor total, faceta que podemos disfrutar en obras como Madame Tarátula o Cuentos de Hoffman. Aunque en este segundo volumen, que recoge los números del 6 al 10 de Tomb of Terror, la plantilla de autores se dispara, y a pesar de que los dos padres de la criatura son los que siguen acaparando mayor número de páginas, se abre hueco para más talento terrorífico.

Lo mejor que se puede decir de Tomb of Terror 2 es que el nivel medio se mantiene de una forma más que notable, la calidad de las historias contenidas no pegan el común descenso que encontramos en iniciativas parecidas, que parece que tras un inicio lleno de esperanza todo pasa a ser un mero paseo sobre raíles para asistir una y otra vez al mismo chiste. Hecho que tampoco debe hacernos pensar que esta segunda tanda de historias haga de la innovación su mayor virtud, pues en gran medida nos encontraremos paseando por los mismos escenarios comunes del fantaterror y la sci-fi más imaginativa. Tomb of Terror casi puede entenderse como una historia de otro tiempo que ha sido arrancada de sus coordenadas temporales para llegar a nosotros en la actualidad, un elemento que sin duda activará la nostalgia de todo aquel que haya disfrutado durante su adolescencia de los cómics más macabros.

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Debido a esto, quizás se le podría exigir algo más a Jason Crawley y Mike Hoffman, pues al menos el segundo a demostrado con facilidad que es capaz de realizar homenajes a los grandes clásicos añadiendo una nueva capa de modernidad y originalidad. Tomb of Terror 2 es una lectura obligatoria para cualquier fan del terror, un goce adolescente sin límites, más este volumen donde extrañamente la carga erótica ha descendido drásticamente. Quizás la petición de algo más sea un mero capricho, ya que el mercado cuenta con renovadores más que suficientes del cómic de terror y la labor de la cabecera de Jason Crawley y Mike Hoffman cumple a la perfección su labor, entretener con esa deliciosa mezcla de terror y humor negro.

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Tributo a los padres fundadores

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Cuentos de Hoffman (Mike Hoffman). Tyrannosaurus Books, 2015. Rústica. 88 págs. ByN. 12,95 €

La semana pasada escribía un poco sobre el cómic Strange Tales de Steve Mannion, de cómo había intentado dar una visión personal a tres géneros de la cultura más popular, a veces no la más masiva, pero sí la que cuenta con una base tan entregada como desprestigiada por el resto de la sociedad. Mannion conseguía con una historia de fantasía, heredada de forma directa de Dungeons & Dragons y del Heavy Metal, un juego narrativo y conceptual que pasará por alto ante críticos que desprecian como ignoran una vertiente cultural construida a golpes por adolescentes eternos que convertían sus válvulas de escape en su vida, ya fueran cómics, películas de bajo presupuesto, juegos de rol o incluso bandas musicales. Ahora todo es un poco diferente, pero había un tiempo en el que te gustara La guerra de las galaxias no era guay o en el que se reían de ti por verte leer un libro, más si era gordo y la portada la había dibujado un mal discípulo de Frazetta.

Ante esto no puedo sentir más que una complicidad con Steve Mannion, ese extraño orgullo de compartir algo desde antes, de saber que yo podría cruzarme con él y guiñarle un ojo y los dos lo sabríamos. Algo que me ocurre igual con Mike Hoffman, dos autores que la editorial Tyrannosaurus Books me enfrenta en todo momento, como si tuviera que decir si quiero más a mamá o a papá. Por suerte, ambos autores mantienen los suficientes puntos en común como para saltar de uno a otro disfrutando al máximo y al mismo tiempo son más que suficientes las diferencias para que la lectura de ambos sea una experiencia tan única como para no dudar en ningún momento que me encuentro ante una historia de Hoffman o Mannion.

Aunque las coincidencias existen, como es la publicación de Cuentos de Hoffman, un recopilatorio que en cierto sentido recuerda a Strange Tales, aunque Hoffman en lugar de dar una visión personal sobre géneros de la cultura más nerd, lo que hace es centrarse en figuras pertenecientes a dicho submundo. En concreto, Mike Hoffman le dedica una historia al grupo Electric Frankenstein, otra a la actriz y musa Tura Satana, y por último dedica dos cuentos al anfitrión de películas de terror y sci-fi Zacherley. Estas tres narraciones son tres cruces de muy diversa índole con tres entidades que dan una idea de la profundidad y complejidad de esa cultura de consumo rápido y apasionado. Nos encontramos ante tres visiones, casi tres reconocimientos, a la cultura más popular de la segunda mitad del siglo XX en Estados Unidos, elementos que quizás no conozcamos en profundidad o de primera mano, pero que gracias a la magia de la globalización en parte sentimos como nuestros, conociéndoles no si a ellos si a sus hijos y primos.

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Electric Frankenstein es la primera historia de Cuentos de Hoffman, la primera que originó la obligación de la construcción de una antología. La historia nace inspirada por la banda de punk rock del mismo nombre, aunque realmente nos encontramos con una historia protagonizada por un monstruo de Frankenstein en la línea de los Munster y los Addams más televisivos. En realidad tenemos la típica trama de sit-com (cualquiera que haya intentado escribir una sit-com sabe que típica nunca es sinónimo de sencillo o fácil), pasada por el filtro del horror más camp. Frankie está agobiado por que su novia Elsa quiere tener un bebé, con lo que se verá obligado a pedir ayuda al Doctor, a quien tiene encerrado en las mazmorras del castillo. Hoffman hace con su criatura lo que quiere, convirtiéndole en un idiota de buen corazón que quiere solucionar sus problemas de la forma más rápida y sencilla, algo que casi nunca sale bien.

Para la segunda historia, Tura Satana, Mike Hoffman se une a la actriz del mismo nombre, aunque más que actriz quizás deba ser considerada una Vixen, una musa del cine camp, gracias principalmente a sus atributos físicos y su papel en Fast, Pussycat! Kill! Kill!, personaje que sin duda sirvió de inspiración para Madame Tarántula, otro personaje de Hoffman. En esta ocasión Mike Hoffman deja un poco de lado su característico sentido del humor, que une a partes iguales una muy mala baba con una ingenuidad peligrosa en sus personajes, para centrarse en una historia dura y directa, con una Tura Satana en mitad de una disputa por un estercolero en mitad del desierto norteamericano. Quizás lo más curioso de esta historia sea como la moralidad no existe en ningún momento y conceptos como el bien o el mal quedan limitados por el mero punto de vista. Si nos colocamos en el bando de Tura Satana y sus aliados, es por algo tan sencillo como que la historia está contada desde su perspectiva. En cierto que los personajes tienen razones para defender lo que defienden, pero no hay lógica más allá de la velocidad, un disparo aislado o un puñetazo en la boca del estómago.

Por último, Cuentos de Hoffman se cierra con dos historias protagonizadas por Zacherley, un popular anfitrión de un programa de películas de terror en Estados Unidos. Esta figura es inseparable del horror más popular en Norteamérica, con figuras tan conocidas como el Guardián de la cripta, de los cómics de la ECC; o el tío Creepy, de la revista de la Warren; sin olvidar los populares anfitriones televisos como Elvira. He de reconocer que desconocía a la figura de Zacherley antes de leer los cómics de Hoffman, pero lo cierto es que el autor sabe crear dos historias perfectas donde mezcla realidad y ficción, fusionando al presentador con su personaje, lo que da dos hilarantes capítulos del mejor Mike Hoffman, capaz de mezclar el humor más cotidiano y blanco con una crítica feroz y haciendo que el terror más macabro parezca funcionar a la perfección dentro de la realidad diaria.

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