Cicatriz

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Trabajo sucio (Larry Brown). Dirty Works, 2015. Rústica, 240 págs. 21,50 €

Posiblemente la Guerra de Vietnam fue la que implanto en la mentalidad occidental que la guerra era un gran holocausto que en realidad no servía a nada más que a los poderes económicos y políticos. La sociedad estadounidense empezó a ver más allá de un patriotismo rancio que impedía no cuestionar las decisiones de su gobierno; miles de jóvenes se convirtieron en insumisos, otros cientos de miles salieron a protestar por la calle y los medios, por primera vez empezaban a plantear dudas sobre la necesidad de entrar en un conflicto armado con la gente de un país en el cual nadie sabía por lo que realmente se luchaba. Los periódicos llevaban presentes en las guerras desde la Guerra Civil  Americana con las primeras fotos en los campos de batalla tras los enfrentamientos o la de Crimea con la primera corresponsalía fotográfica para cubrir el conflicto, pero no fue a hasta finales del enfrentamiento en Extremo Oriente que las cadenas de televisión, los documentalistas, los cineastas, los fotógrafos, y, sobre todo, las celebridades protestaron contra la actuación del gobierno estadounidense.

Pero después de Vietnam la población de Estados Unidos tuvo que enfrentarse a otro conflicto el de los soldados retornados, tanto aquellos que no estaban aquejados de ningún tipo de problema personal como de aquellos que vinieron con su cuerpo reducido ya sea psicológicamente o físicamente. Quizás la narrativa más conocida de este relato sea Acorralado (Ted Kotcheff, 1982), aunque no podemos olvidarnos de Nacido el 4 de Julio (Oliver Stone, 1989), dos cintas que hablan a diferentes niveles y dentro de unos géneros cinematográficos muy concretos del conflicto interior que sufrió el país y que ponían en tela de duda el reconocimiento hacia aquellos que prestan un servicio a su país. Convirtiéndose en una herida que no acaba de cicatrizar sino que aumenta a lo largo de las décadas con cada guerra.

Larry Brown en su opera prima, de 1989, nos sitúa en un escenario posconflicto no inmediato, han pasado dos décadas desde el final de la guerra, en el que podemos ver  la escabechina que supuso ese enfrentamiento armado para dos personas en concreto. Por un lado está Braiden Chaney un hombre negro que ha perdido todas las extremidades y que lleva 22 años anclado en una cama de hospital. Por otro lado está Walter James un hombre blanco que tiene la cara destrozada por el impacto de un fragmento de bala. Ambas víctimas de Vietnam se encuentran en la habitación de hospital del primero.

El lugar en cuestión se convertirá en el territorio de otro conflicto: el de asumir la realidad y sus consecuencias. Aunque Braiden es consciente de ello, lo real no deja de ser para él una suerte de situación anómala de la cual es capaz de evadirse a través de su imaginación. En su mente es el líder de una tribu, habla con Jesús o hace de ayudante de cazador en la sabana africana, se trata de un método para evadirse del presente. Sin embargo, Walter vive en el pasado en una relación poco satisfactoria con una chica, este es incapaz de superarla no es capaz de entender los mecanismos que mueven a la sociedad contemporánea. Se ha convertido en un ser anacrónico y su compañero de habitación en poco más que un bulto de carne que no desea vivir ningún día más.

El libro se plantea como un relato con cierta aproximación teatral, dos personajes extremos que no entienden que tengan que sobrevivir en las condiciones en las que están. Brown plantea un escenario de ultimátums, Braiden le pide a Walter que lo mate, Walter busca una explicación a su pasado hablando sobre el con Braiden y Diva, hermana de este último y enfermera de ese hospital, vive una vida sumida en el cuidado de su hermano intentando ayudarlo en su vida final. Diva representa los efectos colaterales de la guerra, esta no afecta solo a los combatientes sino a su entorno más próximo expandiendo las cicatrices de los heridos hasta límites insospechados.

Trabajo sucio es un callejón sin salida, desde la primera página se respira un ambiente terminal, ambos personajes coinciden en el momento definitivo de sus vidas; la muerte se huele en cada uno de los recovecos del relato de Larry Brown, porque los dos afectados han llegado a la conclusión de que la vida no es lo que viven sino una extensión de lo que fue.

@Mr_Miquelpg

@lectorbicefalo

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