Clásico de clásicos

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Billy Avellanas (Tony Millionaire) La Cúpula, 2018. Rústica, 112 págs. B/N, 15,50 €

La idea de la obra clásica consiste en un texto que a pesar del paso de los tiempo sigue abrumando a la humanidad, ya sea porque su contemplación o lectura sigue maravillando a la humanidad hasta el punto de ser un referente cultural. También se puede considerar como aquella obra que sigue siendo citada, homenajeada o parodiada en el devenir de la humanidad. Eso mismo se puede aplicar al término nuevo clásico o clásico instantáneo como aquellas obras más recientes que tienen una serie de valores estéticos y discursivos asimilados a los clásicos eternos que se fijan en nuestras retinas. Umberto Eco, en Casablanca o el renacimiento de los dioses (1975) apuntaba a una serie de valores que apuntaban a que se debería considerar un texto de culto, que en muchas ocasiones puede servir para acotar la obra clásica. Estos son: que la obra este amueblada, que sea desmontable y que sea una cita de citas.

Para el cómic que comento hoy me quedo con lo último. El planteamiento de Tony Millionaire en Billy Avellanas sigue ese precepto bajo un seudónimo que podríamos denominar como “clásico de clásicos”. Esta doble acepción, rimbombante por un lado y reiterativa por otro, recoge cierta idea del juego que plantea el autor. Por un lado está el cómic, la obra original de Millionaire, desarrollando un relato que ante todo se mueve por ciertas tendencias del relato infantil escabroso del s. XIX y principios del XX sin beber de los principios del gótico pop al que estamos tan abonados a día de hoy. La idea del cuento es la de un ser creado, en este caso, por ratones, y no por humanos, a partir de deshechos encontrados en la basura para combatir a la mujer que intenta matarlos. De ese espíritu vengativo este ser hereda su carácter, capaz de sentir afecto, pero que básicamente se mueve por el rencor que siente por el mundo que le rodea, por lo que es capaz de reconocer el cariño que una persona manifiesta por el o simplemente darle una paliza sino le gusta su aspecto o su actitud.

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Por ahora hemos hablado del “clásico” que por formulación discurre por los mismos senderos que las narrativas a las cuales podemos darle ese apelativo. Ahora falta el “de clásicos”, ahí retomamos la tercera condición de Eco: una cita de citas. Partiendo de un estilo gráfico más vinculado con relatos del pasado cercano a la ilustración que hace algo más que acompañar al texto; y siguiendo con las citas dentro de este que se constituye como elementos vehiculares en forma de lugares comunes de la narración. Las más evidentes son Pinocho o Pedro Melenas, hasta ciertas influencias del Eduardo Manostijeras de Tim Burton mezcladas con ciertos estilemas de Winsor McCay. O recursos cíclicos en la narración como son la ballena, el Arca de Noé, animales parlantes o niños sabiondos. Eso son los clásicos que no tienen que ser siempre referentes completos sino esos elementos desmontables, recurrentes y constantes que se pueden ver reflejados en diferentes obras pero siempre con el peso del significado que ha tomado a lo largo del tiempo.

Así pues, Billy Avellanas es un libro muy agradecido y valiente llegando a cierta truculencia olvidada en el pasado para el relato infantil. Porque el relato de Tony Millionaire juega a eso, a ser un clásico utilizando todos los elementos que narrativas pasadas le han otorgado y que el autor estadounidense ha sabido administrar muy bien en un relato con personalidad pero ligado a la conciencia cultural colectiva, al menos para los que pertenecemos a cierta generación. El volumen es rico en esa idea de citar pero no se pierde en la referencia eterna. Más bien constituye un homenaje que en realidad esconde un discurso muy personal que destaca por lo persuasivo del mismo. Una joyita que uno no se cansa de releer.

@Mr_Miquelpg

@lectorbicefalo

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