El manifiesto picapiedrista

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Los Picapiedra. Integral (Mark Russell y Steve Pugh). ECC, 2018. Cartoné, 320 págs. Color, 30,50€

Las producciones de Hannah-Barbera tenían la capacidad de hablar en tiempo presente de la sociedad americana, sobre todo en aquellas series en las que las familias eran las protagonistas, y la comedia era el vehículo de transmisión. De ahí que Los picapiedra, la conocida como primera familia de la animación americana estuviese tantos años en antena, concretamente de 1960 a 1966 en la ABC. Siete años reimaginando los sesenta en una edad de piedra dulcificada convertida en una alegoría del consumismo feliz de aquel periodo. A parte de lo entrañable de la serie, de lo icónico de los personajes y lo divertido de las tramas, la serie enseñaba las bases del consumismo y la cultura familiar americana a los jóvenes.

Las subsiguientes series, spinófs actualizaciones, etc. y las dos películas de imagen real que se produjeron, no eran más que explotaciones icónicas o celebraciones de la serie original, pero ninguna conseguía realmente adaptar a los tiempos modernos la serie original. De ahí que el trabajo de Mark Russell y Steve Pugh se realmente tan importante y relevante. Por lo general a pesar de que me encantan estas reescrituras de las series de los sesenta por lo general son todas decepcionantes, beben de los orígenes y la narrativa gira en torno a hacer guiños a los lectores de cierta edad. En esta serie limitada de 12 número pasa todo lo contrario. Los alegres Pedro y Pablo son dos trabajadores de clase media baja a los cuales les ha llegado el momento de replantearse la vida que están viviendo, pero no solo eso, si el sistema es tan justo como parece y el sistema de valores es el adecuado para los respectivos hijos que están criando.

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Si bien el consumismo desmedido era la pauta a seguir los autores de esta reactualización hacen una apuesta por cuestionarlo, pero no como tal. Ese rechazo pasa más por ser una reivindicación animalista que un cese del consumo puro y duro. La parte todo, en ese sentido resulta brillante, los animales como objetos que representan el desmedido abuso de la humanidad en el uso desnaturalizado y masivo de los recursos naturales de la tierra. Pero tiene dos líneas narrativas transversales más, la primera es la laboral, el señor Rajuela es un tipo despiadado, ya en la primera entrega no duda en tratar como cosas a unos homínidos menos evolucionados, estos, perdiendo a uno de sus amigos, se dan cuenta que los bienes materiales no merecen la pena. Junto a esta línea está la política, de ahí consecuencias como las guerras que se hacen para acallar a la opinión pública, y la televisión como un modificador de tendencias ideológicas.

La segunda línea narrativa viene dada por la diatriba ciencia-religión, el primer extremo está protagonizado por un sosias de Carl Sagan que intenta explicar el mundo a través de la ciencia, o mejor dicho de una forma de ver la ciencia. Aunque lo intenta no acaba de explicar toda la existencia. En esta línea, lo más interesante está en la otra punta la religión cambia todo el día de normas y de ritos, el nombre del dios no es fijo, también cambia de manera repetitiva. Los encargados de dicha iglesia, como dos profesionales del marketing buscan la manera de atraer a más gente a su centro. El capítulo más interesante de esta temática tiene que ver con la unión entre personas, siendo el matrimonio representado como una opción minoritaria y nueva frente al libre albedrio. Pero esos no son los únicos temas tratados: la banalización del arte, la gentrificación, la independencia de la mujer, la xenofobia o la homosexualidad son tratados en toda su complejidad.

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¿Qué es pues, Los picapiedra de Mark Russell y Steve Pugh? Pues posiblemente el cómic político de 2018. Capaz de coger los elementos de una serie reconocida por todos los lectores de una generación, subvertirlos completamente y hacer que se mantengan la esencia de los mismos. Dicha reconversión pasa por esa crítica a todo el sistema y no solo eso, sino plantearnos nuestra existencia como especie y como afecta al planeta, dejando de lado el típico humanismo cristiano para llegar a la medula de la cuestión el animalismo y la posesión de objetos como dos claves para entender el mundo de manera diametralmente opuesta. En todo caso cabe destacar la valentía de los dos autores a la hora de hacer este planteamiento desde una de las dos grandes editoriales, los revolucionarios tienen que hablar el mismo lenguaje que el pueblo con los mismos dejes y eso es lo que hacen Mark Russell y Steve Pugh con maestría, sin hacer alardes y siendo sinceros.

@Mr_Miquelpg

@lectorbicefalo