Spain is Pain #336: Juegos de identidad

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El lago (Mayte Alvarado). Spiderland/Snake, 2017. Grapa, 24 págs. B/N, 10€

El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde de Robert Louis Stevenson, Vértigo de Alfred Hitchcock o la recientemente estrenada Quién te cantará de Carlos Vermut, indagan en diferentes vertientes de la construcción binaria de la personalidad. Si bien la primigenia obra de Stevenson nos habla de esa idea de la complementariedad del bien y del mal tanto las obras de Hitchcock como Vermut se trata de investigaciones sobre la personalidad como una elaboración que tiene que ver más con las expectativas creada sobre uno mismo o sobre otra persona.

En El lago Mayte Alvarado nos habla de esos juegos de identidad en un relato breve en el que muestra sus virtudes como narradora y dibujante. Pero aquí el espacio juega un papel importante, un lago al anochecer. Las aguas nocturnas están asociadas a los flujos de transformación y al poder mostrar las otras caras del yo, pero también está asociado en semiótica como un espacio femenino de cambio. Aquí el lago es un lugar de revelación interior y desdoblamiento de la persona. La protagonista entra con cierto recelo a un lago en el que se nos muestra la fiereza de la naturaleza peces devorándose unos a otros. Una vez ella entra dentro del lago nada a través de unas algas y una se quiere asemejar a ella.

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El conflicto se establece cuando la copia, o lo que suponemos como tal intenta hacerse con la vida de la humana. ¿Naturaleza versus humanos? O simplemente cambio interior disfrazado con cierto toque de sci-fi terror en un viaje subacuático en el que las formas dispersas de las algas toman formas de la anatomía humana. El juego de contrastes forma/fondo y entre la protagonista y su pretendida copia, la ausencia de diálogos y acotaciones textuales hace que todo el peso recaiga en lo visual. Lo cual le permite jugar a la autora con los claroscuros, los tonos grises, pero sobre todo con el blanco y negro. Al igual que la obra anterior de la autora se trata más de un trabajo de sugerir que de mostrar y narrar, de imaginar a los espacios y a los personajes que de describirlos. Lo que viene a ser sumergirse en el relato y rebuscar por ahí hasta que cada uno encuentre su respuesta.

 @Mr_Miquelpg

@lectorbicefalo

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Spain is pain #319: Los imprescindibles de 2017.

Entre finales de diciembre y principios de enero llegan las listas de lo mejor del año de la misma forma que millones de turistas se tiran a las playas en el mes de agosto. Las listas como se sabe son subjetivas y vinculadas a gusto del que las hace. No tienen por qué ser ni un grandes éxitos ni compuestas por aquellos título que venden más. Esta en concreto está integrada por aquellos títulos que considero fundamentales dentro del panorama nacional. Este año me han salido 12 títulos que considero imprescindibles para entender el cómic español en 2017, pues eso.

1.- Fragmentos seleccionados (Apa-Apa Cómics) de Andrés Magán

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En Fragmentos seleccionados Andrés Magán da un gran paso a la hora de crear no-historias más complejas valiéndose de las herramientas que ha utilizado hasta el momento, creando un suspense no vinculado al género narrativo sino que apunta directamente a las expectativas de un lector que tiene ante sí una obra que se despliega como abierta. Magán es un autor único y brillante, de los pocos capaces de hacernos abrir más los ojos para meternos de lleno en lo que desarrolla en cada una de sus propuestas.

2.- Nuevas estructuras (Apa-Apa Cómics) de Begoña García-Alén

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Nuevas estructuras funciona en torno a lo poético, lo sugerido y lo minimal. Las focalizaciones interpelan al lector para que forme parte del relato, para ello no hay personajes definidos solo personajes en sombra, silueteados y sugeridos. Una acción convencional como es el construir una casa se convierte en un mcguffin perfecto para que nosotros como lectores empecemos a reconsiderar nuestra experiencia como tales. Obra fundamental e imprescindible para entender el nuevo cómic.

3.- El ruido secreto (Spiderland/Snake) de Roberto Massó / Zona Hadal (Fosfatina) de Roberto Massó.

No acabo de decirme por ninguno de los dos trabajos de Massó, un autor que resulta enigmático aun en las narrativas más sencillas como sucede en Zona Hadal o partir de un elemento único y desglosarlo hasta crear un relato complejo tal y como ocurre en El ruido secreto. En cualquier caso, dos obras muy diferentes entre sí que sirven para entender a uno de nuestros autores más inquietos.

4.- Cosmonauta (Astiberri) de Pep Brocal

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Cosmonauta de Pep Brocal es ciencia ficción, sí; pero es ante todo una reflexión del devenir humano, de ahí que no se pierda en una construcción estereotipada de universo narrativo. Es seria y crítica con la humanidad emitiendo un juicio sobre la misma, pero a su vez guarda en su interior un sentido del humor muy propio. El autor no solo explota al máximo las metáforas visuales sino que le da, como debe ser, un carácter protagonista al lenguaje visual, sencillo con personalidad propia pero sin perderse en alardes visuales a pesar de las maravillosas páginas dobles que podemos encontrar a lo largo del relato. Cada obra de Pep Brocal es una sorpresa que debemos de leer muy atentamente.

5.- Encuentros cercanos (La Cúpula) de Anabel Colazo

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La obra de Anabel Colazo me fascina desde hace unos cuantos años. Ya en El cristal imposible nos mostraba una historia de dobles matices en lo que nada es lo que parece. En su último trabajo bajo el disfraz de lo paranormal nos ofrece un relato sobre la percepción de la realidad y el enfrentamiento entre las diferentes realidades. Una delicia.

6.- La deuda (La Cúpula) de Martín Romero.

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Para mi una de las grandes sorpresas del año, un trabajo sobre la no necesidad de ser un triunfador en la vida, la vida en solitario y posiblemente en fracasar sobre todo lo que uno se propone siempre y cuando uno lo intente. El protagonista del relato es una de tantas personas que no le salen las cosas y que en cierta manera demuestra lo falso que es intentar llevar una vida basada solo en la apariencia social.

7.- Tíbiris (Trilita Ediciones) de Arnau Sanz

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Las obras de Arnau Sanz son siempre muy personales, tanto que o bien habla de si mismo o de sus familiares más allegados. En este caso narra a través de la memoria de sus abuelos, dos personas que entre comida y comida nos explican la dura vida de la posguerra y del tío de la abuela. Como siempre Sanz sabe dónde darle a uno sin ser un sentimentaloide ni ser morboso, un equilibrio en el que este autor se mueve como nadie.

8.- Catálogo para Bunkers (Astiberri) de Jordi Pastor y Marcos Prior

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Una de esos trabajos que parece que pasan desapercibidos pero que mejor hablan sobre como debemos cuestionar la información a día de hoy. La posverdad es el subtexto a través del cual se construye un relato en el que cuando se sabe a ciencia cierta que los enunciados en los cuales creemos no son ciertos es ya demasiado tarde.

9.- Conociendo al Jari (Fulgencio Pimentel) de José Ja Ja Ja

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Esta vez el autor de Culto Charles deja de lado el cripticismo de su obra previa para adentrarse en los caminos de una narrativa mínima y misteriosa. El relato que compone la presente obra para de la autodescripción de un personaje que no deja de ser una construcción de sí mismo a partir de la visión que intenta ofrecer al mundo, a partir de ahí todo es polisemia pura en una obra que permite al lector realizar todo tipo de interpretaciones sobre Jari, un personaje enigmático como pocos.

10.- Febrero para galgos (Entrecomics Cómics) de Peter Jojaio

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La adolescencia como un momento de ruptura con todo en el que puede pasar de todo. Jojaio nos trae una pequeña fábula sobre la violencia y el aislamiento en esas edades; en una obra en el que la estética de lo bello se confunde con las escenas más cruentas que busca ir más allá de la mera violencia por la violencia y la moraleja que suele acompañar a estos relatos.

11.- La balada de Jolene Blackcountry (Autsaider Cómics) de Víctor Puchalski

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El último trabajo de Puchalski es sencillamente alucinógeno, es como cuando en esas películas de conquista de territorios inhóspitos el explorador occidental se encuentra con un indígena solitario y este le induce al trance con una droga potentísima. En este trabajo nos encontramos dos planos de lectura: el real, que se lee a simple vista, y el astral, impreso con tintas fluorescentes. Todo para conseguir una experiencia de lectura única y realmente psicotrópica.

 

Spain is Pain # 312: Decoupage

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El ruido secreto (Roberto Massó). Spiderland/Sanke, 2017. Rústica, 64 págs. 2 tintas, 14 €

Por mucho que pese a las nuevas generaciones una de las coreografías más importantes de la historia del cine es la ejecutada por Loïe Fuller en los inicios del séptimo arte. Esta la ejecutaba delante de la cámara como un simple ejercicio para mostrar la capacidad de captar el movimiento sin nada alrededor o como parte de un microrrelato que servía como excusa para que la bailarina mostrase su técnica. Posiblemente Serpentina sea su danza más conocida, en la última década muchos Vj’s la han utilizado de manera simplona y arrítmica, pero, siempre hay uno, el baile de Fuller no necesitaba de música, y sigue sin necesitarlo, esta brotaba de las ondulaciones de los grandes volantes que componían el vestido. Eso es uno de los grandes paradigmas de ese cine primitivo y mudo que buscaba mostrar la importancia de transmitir sonido a través del silencio.

Creo que ese es uno de los principios conceptuales que Roberto Massó formula en El ruido secreto y que quizás mejor recoja la intención de la coreógrafa de apreciar los movimientos por si mismos, ya que ahí esta la esencia de su danza. Serpentina es el punto de partida de un relato casi mudo, en el que el autor decide desglosar los movimientos de la bailarina anónima que protagoniza el volumen a modo de decoupage cinematográfico. Empezamos por un plano general de situación, el escenario de un teatro en el que se va a desarrollar una ficción dentro de otra, para luego cerrar a un plano entero de la protagonista para luego centrarse en cada uno de las viñetas/fotogramas, poniéndolas en pausa para así poder ver las transformaciones. De ahí ver las mutaciones de los volantes: fuego, mariposas, serpientes, flores… estas reivindican la capacidad de la bailarina para crear con su movimiento, no solo música sino también una localización.

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Cuando la artista y el autor nos invitan a salir del marco que supone el escenario del teatro, un terreno ficcional acotado, lo hace a través de lo recreado en la primera parte del relato, la bailarina se adentra por los lugares producidos por la sinestesia de sus movimientos: una selva antediluviana, una gruta que parece recoger todos los temores del mundo, o una sala de espejos imposibles. Aquí se manifiestan como localizaciones extraídas de ese cine inicial que tenía que recoger toda idea que buscasen transmitir los realizadores en un plano en el cual se sintetizase todo aquello que deseaban contar. Es como si se tratase de resumir un género narrativo a través de un plano único. Massó aprovecha ese recurso a la perfección, vuelve a desglosar en otro sentido, los escenarios sugeridos en las primeras páginas a partir de diferentes los diferentes sujetos en los que se convierte la bailarina se convierte pasan a ser localizaciones diegéticas, la parte por el todo; las flores y la mariposa se refieren a la selva y las montañas a unas grutas que alojan unas figuras chinescas siniestras que son otra vez la manifestación de los miedos internos que empujarán más tarde a la bailarina a escapar y a acabar su baile figurativo.

Pero todo esto quizás no sean más que suposiciones, la obra de Roberto Massó está muy abierta para ser releída desde diferentes focos. Si en Medieval Rangers apostaba por una narratividad acotada a los círculos de la imaginería religiosa abierta totalmente a una lectura interpretativa y en Zona Hadal por un relato leve que nos invitaba a navegar por una liturgia con tintes científicos, en El ruido secreto el punto de partida es otro: una viñeta en la que la bailarina empieza a bailar. Y eso quizás sea mucho más sugerente que contarnos algo apoyado en el texto y en una narrativa de tres actos. Todo se inicia en el teatro con una bailarina en solitario y se cierra igual, el resto es fruto de nuestra imaginación, filtrada a través de la del autor. Los espacios generados por la danza juegan a cierta bidimensionalidad característica de ese medio en ese momento, y si me permiten con cierto regusto a El gabinete del doctor Caligari (Robert Wiene, 1920) donde la puesta en escena nos cuenta más que lo que sucede en primer plano. El ruido secreto pone de manifiesto los rasgos autorales de Massó: inquietud por la línea y las formas, personajes anónimos a los que el lector debe aportar parte de su experiencia personal para completarlos y un dibujo concreto pero que en conjunto se convierte en misterioso y complejo.

@Mr_Miquelpg

@lectorbicefalo