Lo mejor más allá de las fronteras nacionales del 2015

Esta lista no es que sea mala, es que está tan incompleta como dominada por la subjetividad. Aún tengo bastantes cómics amontonados por leer, la mayoría editados en el 2015, e incluso puede que alguno del 2014, y como sé, porque me pasó el año pasado, alguno merecería estar en la lista de lo mejor de este año, pero no lo va a estar porque no lo leeré hasta dentro de algún tiempo. Así que supongo que si alguien hecha en falta algún título es primero porque no me lo he podido leer, y a lo mejor, es posible, porque lo he leído y no ha sido tanto para mí. Pero en fin, estaría feo disculparme, o siquiera dar razones al porqué de un cómic u otro. Son los que son. Son los diez cómics extranjeros que más le han gustado a Barto durante sus lecturas del 2015.

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10. La cólera de Fantomas 1: La guillotina (Oliver Bocquet y Julie Rocheleau)

Los verdaderos protagonistas de esta obra no son Fantomas y sus maldades, si no sus perseguidores, los hombres de bien encargados de acabar con el caos del Príncipe del Crimen. Oliver Bouquet y Julie Rocheleau recrean un París de principios de siglo XX lleno de magia y personalidad, consiguiendo que la ciudad de las luces sea un escenario tan evocador como misterioso, capaz de albergar la mayor belleza y la más repulsiva maldad. Por el momento, el segundo volumen de lo que será una trilogía cumple lo expuesto con anterioridad, lo que puede cerrar un perfecto tríptico sobre la maldad pura y los hombres que la combaten.

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9. Navilandia (Tronchet)

La idea de una dictadura de la felicidad no es un tema que nunca se haya trabajado, pero por suerte, el intento de contar el terror a través de la felicidad por parte de Tronchet se asienta en el humor, lo que lo hace aún más malsano y divertido de leer. Navilandia es un cuento perverso que mezcla la obligatoriedad de la felicidad con la devoción malsana por el calendario, haciendo que la vida se convierta en un círculo vicioso del que no se puede salir, y es que uno se cansa de todo, incluso de ser feliz. Pero no sólo de esto habla Tronchet, pues también tiene espacio para divagar sobre las revueltas sociales y el amor, todo desde el prisma del héroe involuntario que se ve arrastrado a la épica por el simple interés de llamar la atención de una bella mujer.

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8. Mater Morbi (Roberto Recchioni y Massimo Carnevale)

Las historias de Dylan Dog son un perfecto ejemplo de un buen producto comercial, una obra de publicación regular con el único fin de entretener al lector. Mater Morbi consigue este fin sin problemas, pero le añade el valor de tratar un tema tan esquivo al arte como la enfermedad. Todos estamos hartos de ver como la muerte se presenta como un mal necesario, un ente casi seductor depredador de los vivos. Pero mientras la parca es fulminante y poderosa, la enfermedad es lenta, cruel de forma innecesaria y carente de cualquier sensualidad. Recchioni y Carnevale le dan la vuelta a la tortilla, nos muestran la enfermedad de otra forma y obligan a Dylan Dog a luchar contra un enemigo tan macabro como patético, digno de su propia y esquiva belleza, o al menos comprensión.

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7. El botones de verde caqui (Schwartz y Yann)

Hay pocas cosas que me gusten tanto como los juegos dentro de las obras de ficción, con personajes que cambian sus coordenadas existenciales o los creadores que les insuflan vida. En este sentido, El botones de verde caqui era una lectura obligada, tanto por el cariño que tengo por el personaje como los gratos recuerdos que guardo de una ciudad como Bruselas, más cuando la misma está bajo dominación nazi. Pero Schwartz y Yann no se limitan a realizar una buena obra de aventuras bélicas, también crea un extraño entramado dentro de la resistencia, consiguiendo un fresco de personajes buenos pero obligados por las circunstancias a vivir en la mayor desconfianza, como toda buena obra ambientada en la guerra, llena de épica, pero con un regusto tan amargo como triste.

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6. Neptuno (Jean-Yves Delitte)

Jean-Yves Delitte mezcla la influencia del mejor Julio Verne con su talento para el dibujo realista. Poco más se le puede pedir a una obra como Neptuno, aunque por suerte es más lo que ofrece. Una historia llena de imaginación y desprecio al límite, pero llena de un realismo y complejidad cercano a los engranajes de un reloj. Neptuno está llena de aventuras y acción, pero sus parámetros y universo está construido desde una lógica fría, casi matemática, para después calentarse con la furia y bondad de los personajes que la pueblan. En un mundo lleno de steampunk que se limita a la estética vacía y la excusa de la fantasía, es meritorio encontrar una obra que nos recuerda que el género no es más que ciencia-ficción aplicada al pasado.

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5. La isla de las mujeres (Zanzim)

Este año no han faltado las obras que de una u otra forma están relacionadas con la primera mitad del siglo XX, especialmente en su plano más bélico, pero tampoco son pocas las que han utilizado ese marco para hablar de algo completamente diferente. Quizás una de las más llamativas sea La isla de las mujeres de Zanzin, que aunque está centrada en un piloto seductor nato, se vale de dicho personaje para hablar del amor y del cambio en las relaciones entre hombres y mujeres. El piloto seductor puede ser un ejemplo de las nuevas relaciones amorosas donde la caza y la servidumbre dan lugar a los juegos y los sentimientos, un camino que no siempre es sencillo y que obliga a los sacrificios. Por fortuna, Zanzim sabe que habla de amor y tiene un hueco reservado al humor y la ternura.

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4. The Bomb (Steve Mannion)

Este año no han faltado obras que recuperen la esencia de los cómics de terror clásico, autores y obras que han reintentado los años 50 del baby boom americano del siglo pasado desde la óptica actual. Entre ellos sobresale Steve Mansión con su The Bomb, un cómic que es algo más que el lugar de nacimiento de su personaje estrella Fearless Dawn. En las páginas de The Bomb encontramos desde nazis zombies hasta piratas con horribles tatuajes, todo desde la perspectiva personal de Steve Mannion, empeñado en recuperar cierta edad dorada del horror y la cultura popular, una lectura tanto para nuevos lectores, que descubrirán un nuevo universo, como para los más entendidos, que disfrutan con este tributo.

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3. Vil y miserable (Samuel Cantin)

Una de las mejores cosas que hay es amar a un personaje mezquino, pues nos debatiremos en una lucha infernal entre empatizar con su dolor y disfrutar de sus desgracias. Esto es lo que nos regala Samuel Cantin en Vil y miserable un personaje tan ruin como patético, presa de las mayores injusticias pero culpable al fin y al cabo de las mismas. Vil y miserable es la historia de un demonio que vende libros usados en un concesionario de coches de segunda mano, alguien empeñado en conseguir lo mejor de la forma más sencilla y egoísta posible, con la salvedad de que la desgracia siempre llama a su puerta y sus planes de grandeza sólo están a la altura de su mediocridad.

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2. Sunny 1 (Taiyô Matsumoto)

La lectura de Sunny sólo se puede definir como la victoria moral de los derrotados llevada a su máxima potencia. Nos encontramos con una historia sencilla sobre unos niños en una casa de acogida, llena de los sinsabores y alegrías de cualquier niño pero desde el prisma de unos chavales que viven una situación anormal a ojos de la mayoría. En este sentido, hay que alabar el trabajo de Taiyô Matsumoto, que obviando cualquier atisbo de sentimentalismo barato, consigue que una obra llena de contención conmueva a niveles insospechados, haciendo que unas historias simples, que no sencillas, muestren una ternura tan desnuda que duele, todo desde una perspectiva casi anecdótica, casi insustancial, pero llena de profundidad y verdad.

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1. Preciosa oscuridad (Fabien Vehlmann y Kerascoët)

Posiblemente uno de los cómics más bellos y crueles que he leído nunca. Un arma traicionera que se vale de la ternura y la inocencia para desatar el mayor terror y golpear nuestras mentes. Lo que hacen Fabien Kehlmann y Kerascoët no tiene perdón, estos dos nombres ocultan a tres artistas capaces de jugar con lo más sangrado para desmontarlo todo y dejarnos incapaces de reconstruirlo. Una obra que obliga a la relectura instantánea, pues tras la primera nos quedamos con la duda de si hemos leído realmente lo que hemos leído, algo que se confirmará tras volver a recorrer esas páginas llenas de amor y tortura.

@bartofg
@lectorbicefalo

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Carrusel de reseñas #1

Empezamos el año con una entrada dedicada a varios títulos de diferente pelaje en un grupo de reseñas breves, concretamente: Fugazi Music Club de Marcin Podolec, Cazadores de sueños de Neil Gaiman y Yoshitaka Amano, El libro de Sarah de Vicente García y, Green Arrow de Kevin Smith y Phil Hester.

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Fugazi Music Club (Marcin Podolec) Spaceman Books, 2015. Cartoné, 192 págs. Color, 24€

Marcin Podolec es un gran desconocido por estos lares, así que a modo de introducción podemos decir que ha publicado para la editorial American Top Shelf y en 2011 logró con su álbum “Czasem”, con guión de Janusz Gregory, el Premio a Mejor Cómic Polaco del año por la Asociación Polaca del Cómic. Fugazi Music Club es el primer título publicado de este autor polaco en nuestro país. Se trata de un relato sentimental de corte documental que narra la historia de una de las salas de conciertos más importantes de Polonia. La historia se inicia cuando a principio de los noventa un grupo de amigos decide crear un pub para escuchar música y reunir a fans de los Doors en un par de convenciones. La cosa va creciendo hasta el punto que compran un cine y le dan forma a la sala de conciertos Fugazi, por la que pasaran los artistas polacos más importantes del momento así como otros grupos internacionales. El relato narra el sacrificio de los gestores de la sala, los problemas que tuvieron con algunos mafiosos y el afán de superación por crear algo propio. El carácter documental Fugazi Music Club hace que sea una delicia para aquellos amantes de la música deseosos de conocer nuevos grupos más allá de nuestras fronteras.

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Cazadores de sueños (Neil Gaiman y Yoshitaka Amano) Ecc, 2015. Rústica, 136 págs. Color, 15€

Mi gusto por la cultura tradicional japonesa hace que esta obra sea mi favorita de Gaiman. Se trata de un libro breve, ilustrado por Yoshitaka Amano, en el que el autor inglés recrea/inventa una falsa leyenda japonesa. En esta una zorra y un tejón, animales que según la tradición popular japonesa tienen la capacidad de transformarse, acuerdan expulsar a un monje que vive en un templo solitario. Ambos lo no intentan pero no consiguen echarlo, no obstante la zorra se enamora del monje. Esta escucha como unos seres intentan matarlo a través de un sueño, la zorra intentará evitarlo poniéndose en contacto con Sandman. El relato juega con los topos de lo japonés haciéndose pasar por un relato popular japonés cuando en realidad no lo es apoyándose en las ilustraciones de Amano, que a pesar de huir del tradicionalismo pictórico nipón, sigue guardando similitudes que recuerdan a los grabados con los que estamos tan familiarizados. Un título recomendable para los fans de Gaiman, pero sobre todo para los que no los son.

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El libro de Sarah – La fortaleza del tiempo (Vicente García) Dolmen, 2015. Rústica, 511 págs. 17,9 €

De la mano de Vicente García nos llega un relato de fantasía con protagonista adolescente. Sarah es una chica que vive en Londres y que descubre que esta realidad en la que vivimos no es la única y que existen tantas como las creadas por los grandes escritores. Sarah resulta ser la elegida para detener la destrucción continuada de otras realidades, para ello es transportada a la Fortaleza, un mundo nexo que conecta las diferentes realidades, en la cual se le enseñará una serie de disciplinas necesarias para combatir a un enemigo desconocido. La cosa se complica cuando la protagonista no es la única Sarah que ha desfilado por la Fortaleza, existen otras tantas Sarahs en otras realidades. La fortaleza del tiempo es el primer título de lo que parece ser como mínimo una trilogía o una saga literaria. La amplitud del espacio narrativo desarrollado hace pensar que este libro tendrá continuación en un futuro próximo. El buen uso de los estereotipos y de los lugares comunes ayudan a que el lector se meta en la historia de manera rápida; por otro lado la utilización de personajes de otras ficciones, como secundarios, plantea una serie opciones narrativas muy jugosas.

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Green Arrow (Kevin Smith y Phil Hester) Ecc, 2015. Cartoné, 384 págs. Color, 35 €

Oliver Queen vuelve de la muerte y se encuentra un panorama que no entiende y al que se tiene que acostumbrar. El viejo rico liberal se encuentra que contra todo aquello que lucho no ha servido de mucho; de hecho su eterna pelea contra el mundo se convierte en una lucha consigo mismo que por tratar de entender su posición en la sociedad. El cineasta Kevin Smith crea un relato íntimamente ligado a la continuidad DC, incluso demasiado para aquellos que no conocen demasiado la cronología de este universo. Por otro lado la acción recae completamente sobre el dialogo más que en los actos de los personajes. Aunque el paso del tiempo no le ha sentado muy bien al dibujo sigue siendo una buena introducción al personaje para conocerlo a pesar de tener que tener conocimiento del universo DC y de las bromas que se despliegan a lo largo del la historia. No se trata de un Green Arrow pop para todos los públicos, por lo que se trata de un volumen que se ha de coger con ganas de querer entender a este personaje y su desarrollo como tal.

 @Mr_Miquelpg

@lectorbicefalo

Futuro reciente

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IAN (Integral) (Fabien Vehlman y Ralph Meyer). Spaceman Books, 2015. Cartoné, 208 págs. Color, 35€

No nos engañemos, el futuro ya está aquí. La intersección entre realidad y tecnologías futuras se vive en el presente. No hace falta irse muy lejos para ver como las herramientas de acceso a contenidos informativos han evolucionado en los últimos 15 años. Recientemente, este fin de semana pasado, he asistido a algunas conferencias del EBE (Evento Blog España) en las que se hablaba del pasado en función de las expectativas que se han creado en los últimos años, la conclusión obtenida es la misma que tuve tras ver la hiperclasista Her (Spike Jonze, 2013): el futuro hipertecnológico será tan solo para unos pocos. En el uso de tecnologías futuribles convivirán diferentes tecnologías al mismo tiempo, no todos será tan unificado como se nos suele mostrar.

En esa onda de representación opera IAN, título compuesto por cuatro álbumes, en el que el primero se diferencia completamente del resto de la colección. IAN es un androide con una inteligencia artificial emocional y que aprende a través de su experiencia con los humanos, con la característica que el crecimiento intelectual se corresponde con el de la edad que tiene el robot en ese momento. Vehlman y Meyer plantean un universo muy diferenciado entre estas cuatro obras. El primer álbum, titulado “El mono eléctrico”, define alguna de las pautas sociales en las el ser artificial protagonista va a tener que desarrollar sus habilidades, sin embargo, se sitúa en un género completamente diferente al del resto de volúmenes. “El mono eléctrico” es un relato de aventuras y acción a través del cual se inicia la socialización de IAN con un grupo de operaciones especiales en una misión de rescate en Siberia.

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Si bien el emplazamiento de un protagonista de este tipo parece encajar en el género de la primera aventura es en las tres siguientes, “Lecciones oscuras”, “Blitzkrieg” y “Metanoia”, ubicadas no tanto en la aventura futurista tal cual sino en las disquisiciones morales que surgen a partir de la construcción de un individuo de este tipo. La acción se desarrolla en Los Ángeles, un crisol de culturas pero también de clases sociales que están a punto de reventar el statu quo. En mitad de eso se encuentra IAN con una mentalidad cuasi infantil en cuanto a la percepción del bien y del mal, perseguido por la sociedad a la que debe proteger. En este contexto IAN se convierte en un ser maldito tanto por parte de los luditas como de aquellos creyentes de alguna fe lo consideran una aberración.

IAN es ante todo una aventura emocionante de un ser que trata de sobrevivir a algo que no comprende: los humanos. Aunque también su inconsciente, que no puede controlar, se convierte en su enemigo. De ahí parte su ferocidad en el combate, nacida de una evolución que él no ha experimentado en primera persona, sino que ha sido implementada en su memoria. Pocos relatos reflejan la frustración en el uso de las tecnologías, no solo mostrando las desigualdades sociales que estas generan sino que parte de un protagonista que no entiende su función en la civilización que habita.  Una historia que se acerca mucho a lo que esta por venir.

@Mr_Miquelpg

@lectorbicefalo

La guerra como el hogar

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Huérfanos 1: El inicio (Roberto Recchioni, Emiliano Mammucari, Alessandro Bignamini y Gigi Cavenago). Spaceman Books, 2015. Cartoné. 352 págs. Color. 35 €

Muchas veces he defendido que la representación fiel del conflicto bélico es imposible. La épica nos ha hecho creer a todos que seríamos el héroe que siempre sobrevive, el que acaba con un pelotón con sólo un cuchillo o el que esquiva la muerte escondiéndose entre los muertos de un fusilamiento colectivo. Nunca pensamos que podemos ser el primero que cae, que podemos estar cruzando una calle en ruinas y morir antes de tocar el suelo, sin que siquiera seamos conscientes de que un francotirador nos ha matado. Todo sin hablar de lo que va más allá de la muerte, desde las torturas hasta las violaciones. La representación de la guerra tendría que ser una obra snuff sin argumento ni cabeza, la simple locura de la barbarie carente de empatía.

Por eso, la mayoría de las obras de ficción ambientadas en mitad de un conflicto bélico se ven obligadas a ser meras metáforas, incluso las más bárbaras se quedan en metáforas sobre la maldad o la crueldad, sin llegar siquiera a rozar el sufrimiento de las víctimas y la monstruosidad de los verdugos. Ya queda a disposición de cada autor la excusa que representa la guerra, ya sea para hablar de la hermandad entre los compañeros, la agonía del represaliado, o cualquier otra vertiente de la existencia humana que se cruce con lo bélico. Así que cuando Roberto Recchioni y Emiliano Mammucari crearon Huérfanos, no fue con la idea de crear una descripción pormenorizada de la guerra, pues en su obra se ve clara la intención de hablar del paso de la infancia a la edad adulta, del compañerismo y del ser humano como peón de un diabólico juego llamado sociedad.

Huérfanos esta pensado como una serie de 12 capítulos, de los cuales ahora mismo podemos leer el recopilatorio Huérfanos 1: El inicio, que engloba las tres primeras entregas de la colección. Roberto Recchioni se encarga de todos los guiones, Emiliano Mammucari es co-creador de la serie y se encarga de dibujar el primer capítulo, siendo sustituido por Alessandro Bignamini en el segundo, y Gigi Cavenago en el tercero. Los tres artistas consiguen que Huérfanos 1: El inicio mantenga una consistencia en el dibujo sin sacrificar sus estilos propios, lo que hace que la obra funcione como unidad pero que se pueda disfrutar del talento único de cada uno. En general, el aspecto gráfico de Huérfanos es deudor de su tierra natal, el cómic popular italiano, aunque con un gusto por un dibujo algo más esquemático, que ayuda al color empleado y enfatiza la vertiente de ciencia-ficción de la obra. Todo sin olvidar el estilo propio de cada uno, que puede optar por un pequeño acercamiento estilístico hacia el manga o el comic-book americano.

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Por su parte, Roberto Recchioni crea una historia compleja y divertida de leer, una de esas obras que dan buen nombre a la cultura popular, siendo capaz de emocionar e invitar a la reflexión y el debate. El guionista ya consiguió asustar y poner sobre la mesa el debate sobre la muerte digna en Mater Morbi. Ahora en Huérfanos entretiene con una historia épica de ciencia-ficción mientras reflexiona sobre la educación y el conflicto bélico. Este ejercicio es de agradecer, aunque como el propio autor defiende, la lectura de los primeros capítulos puede despistar a los lectores, que pueden pensar que se encuentran frente a una historia en dos planos temporales, la formación militar de unos niños supervivientes a un ataque alienígena a la Tierra; y el despliegue de los mismos personajes, ya adultos, en el planeta del que llegó el rayo de energía que casi aniquila a la raza humana. En cierto sentido, Huérfanos puede recordar a otras historias como El juego de Ender de Orson Scott Card, pero aunque la comparación es lícita, no es menos cierto que Roberto Recchioni y Emiliano Mammucari consiguen suficiente autonomía como para reducir cualquier referencia a la categoría de homenaje o coincidencia, haciendo de Huérfanos una historia del todo original.

De momento Huérfanos 1: El inicio funciona casi como una mera presentación de los personajes, tanto en su vertiente infantil como en la adulta, por lo que habrá que esperar a que la obra vaya cogiendo más fuerza para poder tener una idea más concreta de hacia donde nos quieren llevar Roberto Recchioni y Emiliano Mammucari, aunque de momento la ruta es más que prometedora. De momento, lo único que me ha molestado ha sido la infancia del personaje sevillano, aunque es cierto que el uso que los autores hacen de la misma consigue que pase por alto su origen, además, que es una mota mínima en mitad de una obra que de momento me incita a querer devorar los capítulos venideros.

@bartofg
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El mal interior

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Mater Morbi (Roberto Recchioni y Massimo Carnevale). Spaceman Books, 2015. Cartoné. 144 págs. Color y ByN. 20 €

No recuerdo dónde fue exactamente, ni siquiera si fue en un museo concreto o en una exposición itinerante, si soy sincero no llego ni a recordar el tema exacto de la exposición, pero recuerdo la pieza. Era una enorme gráfica que representaba el crecimiento de la raza humana a través del tiempo. Una gigantesca proyección geométrica que iba creciendo más y más rápido, casi una necesidad física de llenar el vacío, de expandirse. Una subida sin límite, sin dudas ni temores salvo un pequeño diente que marcaba lo que debería ser una ecuación casi fractal. En la Edad Media la línea ascendente caía sin remisión, se desplomaba de forma perceptible la población humana. Es cierto que a los pocos centímetros volvía a crecer con fuerzas renovadas, sin miedo a nada esta vez, sin fuerza humana o espiritual capaz de detener ese impulso. Pero durante un momento, un instante en nuestra historia como humanidad, fuimos menos que antes, nos detuvimos, trastabillamos y por un segundo vislumbramos de forma real, como entidad biológica, nuestra propia extinción.

Ese diente mortal en la estadística de nuestra expansión fue algo trivial, carente de toda épica, fue la enfermedad, la peste negra. La muerte estúpida y ciega. Ni las mayores masacres de nuestra historia reciente como las dos guerras mundiales fueron capaces de dejar su impronta en esa gráfica de nuestro crecimiento, los hombres se han matado entre sí de forma mucho más lenta de la que se reproducían. Pero la enfermedad no es épica, no es bella, nadie la percibe como una fuerza destructora de mundos, los cuatro jinetes del Apocalipsis son la Victoria, la Guerra, el Hambre y la Muerte; ni siquiera se le dedicó una montura a la única dama con el poder de matarnos a todos. Por suerte existen historias como Mater Morbi, un volumen dentro de la larga historia del personaje Dylan Dog creado por Tiziano Sclavi, un símbolo del mejor cómic popular italiano. Aunque en su volumen 280 fueron el guionista Roberto Recchioni y el dibujante Massimo Carnevale los encargados de tomar las riendas de este investigador de lo oculto y enfrentarlo a un mal para el que por ironías de la propia existencia no existen curas.

En Mater Morbi vemos como Dylan Dog es atacado por una extraña enfermedad que parece no tener diagnóstico claro, lo que obliga a los médicos a enfrentarse al misterio de la forma más directa. Una vez que Dylan Dog entra en el escenario médico, el guión de Roberto Recchioni fluctúa entre realidad y fantasía de una forma cuidada y matemática que en todo momento da la sensación de arbitraría e improvisada. En realidad no tenemos ningún villano en la historia, pues la enfermedad se muestra más como un campo de batalla que como alguien a batir. El único enemigo visible como tal es la madre de la enfermedad, Mater Morbi, una figura que mezcla el mal puro sin conciencia con la fragilidad de los caprichos más infantiles. Incluso los propios sanitarios encargados de tratar a Dylan Dog son meros peones obligados a moverse según los inexistentes límites de la moral médica. Tras leer el tomo, no cabe duda de que cada cual ha actuado dejándose llevar tanto por lo que es como por lo que pensaba que debía ser. Se podría defender que Mater Morbi es una versión refinada de la fábula de la rana y el escorpión, un juego de espejos donde el bien y el mal no existen como tal, dándose la acción por el simple choque de voluntades contrapuestas.

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Los referentes están claros y no hace falta señalarlos, desde el cine de David Lynch hasta los videojuegos de survival horror japonés, con esa atmósfera asfixiante y putrefacta. Pero lo cierto es que aunque puede que Recchioni y Carnevale se hayan valido de dichas fuentes, el propio tema que tratan es anterior, y aunque el juego referencial parezca heredado, lo cierto es que la referencia última, el origen de todo, es la propia enfermedad. El hospital como lugar vacío y aséptico donde anida la muerte más dura y menos bella, ese lugar donde nadie quiere estar y los tubos de plástico y los pitidos mecánicos toman el lugar de las espadas y los gritos de batalla. Nadie quiere morir en una cama de hospital dejando como recordatorio el sonido de calzado cómodo chocando contra un suelo limpio de gérmenes. Por eso no se puede decir que Roberto Recchioni recicle referentes, pues juega al mismo nivel, se introduce en el corazón de la bestia, donde nadie quiere estar y obliga a Dylan Dog a enfrentarse a su propio cuerpo que le devora desde dentro.

La lectura de Mater Morbi es inquietante y deja al lector intranquilo, sabedor de que uno sabe cuando entra en un hospital pero jamás puede saber ni cuándo ni cómo abandonará dicha instalación. Sensación que queda ampliada gracias al arte de Massimo Carnevale, empeñado en crear el hospital más insalubre posible y en poblarlo con las mayores aberraciones que la imaginación pueda provocar sobre el cuerpo humano. Sin duda, Carnevale crea uno de los ejemplos recientes más poderosos de la Nueva Carne en Mater Morbi, un escenario de terror y horror puro que se va expandiendo, luchando contra el ser humano. Todo esto sin olvidar lo absurdo de la propia historia, ese genial diálogo entre Recchioni y el lector sobre la propia naturaleza de la medicina y el control sobre el propio cuerpo, ese delicado momento en el que se debe seguir luchando a costa de todo, incluido el propio paciente, o más bien se debe uno rendir ante la clemencia para a través de los cuidados paliativos dejar al paciente que se marche.

@bartofg
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El juego de los vivos

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Preciosa oscuridad (Fabien Vehlmann y Kerascoët). Spaceman Books, 2015. Cartoné. 96 págs. Color. 22 €

A la hora de narrar lo más importante es jugar con las expectativas del receptor. Esto es importante tanto por querer darle lo que espera como para engañarle a plena vista. En este sentido el género cumple un papel básico, pues ayuda al espectador a saber qué tiene que esperar de una narración, dándole unos andamios sobre los que asentar lo que el narrador quiere contar. Aunque claro, puede que el narrador sea más un demoledor que un albañil, que juegue a derivar esos andamios, a ser posible con la mayor de las violencias y sin que el paciente beneficiario se lo espere, de la forma más inesperada y cruenta.

Esto no se limita a coger cualquier historia y convertirla en un baño de sangre, no se trata simplemente de hacer un Juego de tronos, si no a demostrar lo voluble y peligroso de las expectativas, haciendo visible que esos pilares de acero realmente no son más que papel mojado. El videojuego Gone Home es un perfecto ejemplo de este proceder. En el mismo nos ponemos en la piel de una chica que vuelve a su casa tras un largo viaje, un hogar vacío que debemos recorrer para reconstruir los acontecimientos recientes de su familia y los anteriores inquilinos. La propia puesta en escena nos invita a esperar el mayor de los horrores: sótanos donde se han invocado demonios, áticos llenos de muñecas poseídas y cadáveres en los armarios. Nada más lejos de la realidad, sin embargo somos incapaces de no asustarnos cuando abrimos la puerta al sótano, la cual hemos estado buscando durante horas mientras la lluvia golpea con violencia las ventanas y las continuas fluctuaciones de luz nos obligan a palpar las paredes en busca de una salida.

Pero pocos juegos he visto entre mis consumos culturales recientes como el desplegado en Preciosa oscuridad, obra del guionista Fabien Vehlmann, trabajando en la escritura junto a Marie Pommepuy, autora de la idea original, más el acabado artístico de Kerascoët, pseudónimo tras el que se esconden los dibujantes Marie Pommepuy y Sébastien Cosset. En este punto me gustaría defender que la lectura de Preciosa oscuridad es ante todo una experiencia única para el lector, un viaje sin retorno que obliga a la relectura y al cuestionamiento tanto del propio lector como de la narración en el sentido más amplio. Nadie debería acercarse a Preciosa oscuridad sabiendo lo que Fabien Vehlmann y Kerascoët han perpetrado para él, autores que casi pueden considerarse terroristas culturales en el sentido más valiente, bello y aterrador del término. La obra es una tabula rasa en el sentido más arquetípico, una ruptura total en la que todo debe morir para después renacer, quizás mejor o peor, pero en todo caso diferente.

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Con este fin en mente, el guión de Preciosa oscuridad juega con las expectativas más básicas del ser humano, incluso más allá de la narración. Es cierto que a primera instancia se puede defender que Fabien Vehlmann juega con los estereotipos de los cuentos de hadas para subvertirlos, pero no es menos verdad que al final lo que hace es pervertir el universo seguro que el lector ha construido tras una vida consumiendo productos culturales. Fabien Vehlmann se atreve a jugar incluso con lo más sagrado, con cuestiones básicas más allá del bien y del mal, destrozando cualquier horizonte de posibilidades sin dejar lugar no para la justicia, si no para la simple dignidad. Los cruces con obras como El señor de las moscas o Funny Games son más que obvias, pero Preciosa oscuridad va más allá, pues su mundo no es una desviación, no es el colapso de un universo, es el propio génesis de una realidad enferma donde la bestialidad toma el papel de la ternura. Nos encontramos con un mundo de pura fantasía que responde al darwinismo social más atroz, un reino donde los ángeles son tiburones. Si Lars Von Trier defiende que su Anticristo es un mundo creado por el diablo y no por Dios, Preciosa oscuridad es un mundo de pura fantasía creado por el vacío.

Todo esto se levanta no sólo gracias al talento de un guión sin fisuras y que en todo momento se niega a hacer la más mínima concesión, ya que hay que darle la misma importancia al trabajo gráfico de Kerascoët, quienes debido a la propia naturaleza de la obra se ven obligados a trabajar a dos niveles bien diferenciados. Por un lado observamos un dibujo naturalista con un acabado que hace de la verosimilitud su mayor baza, una búsqueda del realismo que más de una vez debe enfrentarse a escenas delicadas y perturbadoras. Por el otro tenemos la representación de la fantasía que entra en ese realismo cotidiano, una recreación que utiliza diversos estilos para dar vida a la enorme cantidad de posibilidades que la propia imaginación acepta. Por suerte, los dos dibujantes salen victoriosos de su intento, haciendo que dos formas de representación tan contrapuestas funcionen de forma orgánica y mecánica, consiguiendo que el lector acepte sin la menor duda la cohabitación de dos realidades tan antagónicas.

Las seis primeras páginas de Preciosa oscuridad, su prólogo, son una declaración de intenciones, un puñetazo que el lector no se espera en ningún momento y que le deja totalmente desorientando, tanto en lo emocional como en lo moral. A partir de ahí la apuesta no hace más que subir al mismo tiempo que lo hace el sufrimiento del lector, quien no tiene más remedio que seguir leyendo página tras página, Preciosa oscuridad sólo puede leerse de un tirón, para terminar sin saber muy qué ha leído. La única opción entonces es volver a leer el cómic desde la primera página.

@bartofg
@lectorbicefalo

La gloría de los vencidos

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El oro y la sangre 2 (Maurin Defrance, Fabien Nury, Merwan y Fabien Bedouel). Spaceman Books, 2015. Cartoné. 128 págs. Color. 25 €

Los juegos de rol, los de papel y lápiz, tienen un valor que los videojuegos jamás conseguirán: si el personaje muere no hay vuelta atrás, puedes estar tres, cinco o diez años jugando con un personaje, con toda la conexión emocional que eso supone, y una mala decisión puede acabar con su muerte. Nada más, lo guardas en el cajón de los personajes muertos y te haces uno nuevo. En los videojuegos basta con cargar una partida guardada, ya casi ni eso, pues la mayoría tiene la opción automática de volver a un par de minutos atrás en el juego cada vez que mueres. Esto hace que la épica en los juegos de rol, hojas fotocopiadas (en la actualidad impresas), tenga mucho más peso, pues el crecimiento del personaje, su camino hacia su misión vital, hacia la gloria, pueda terminar en cualquier momento, tras cualquier esquina, convirtiéndose en un recordatorio de lo que pudo ser. Un proceso que se vuelve casi lunático si pensamos que cuando termina una aventura siempre se puede iniciar otra con el mismo personaje, lo que hace de la muerte el único fin posible del mismo.

Esto es quizás lo que sucede en el segundo volumen de El oro y la sangre, que recopila los tomos tres y cuatro de la edición francesa, los que cierran la historia del pirata corso Léon y el aristócrata Calixte. Cuando hablábamos del primer volumen de la saga, El oro y la sangre 1, lo describíamos como una fantasía adulta dentro de los límites de la imaginación juvenil más febril, el deseo escapista de cualquier joven: la aventura, el peligro, las mujeres, la gloria. Sin embargo, los guionistas Maurin Defrance y Fabien Nury han llevado toda esta fantasía hasta los últimos confines en la segunda mitad de su historia de dos piratas franceses durante la Guerra del Rif. Por suerte, los guionistas no han optado por darle una capa de betún de realidad a la narración, haciendo que los héroes de repente sean falibles y todo le salga mal. Más bien nos encontramos con una evolución trágica de la historia llena del romanticismo más clásico, no por nada al final nos encontramos con una historia que mezcla un paisaje exótico, el nacionalismo y la tragedia, tres de los ingredientes más importantes del romanticismo clásico. Si consideramos que un drama es una historia de sufrimiento que acaba bien y una tragedia una narración de la misma índole pero que acaba mal, El oro y la sangre es una tragedia pura. Pero como las buenas tragedias, esta obra está llena de belleza y esa rara esperanza que nace de la derrota.

Quizás lo más llamativo de El oro y la sangre 2 sea la ruptura entre los dos amigos, no en el sentido de final de la amistad, si no de la separación de ambos buscando su metal vital. Por un lado tenemos a Léon Matilo que se convierte en un señor del hampa en Tánger. En cierto sentido el corso sigue prestando servicio a los rebeldes del Rif, pero siempre y cuando pueda llevarse una importante tajada económica mientras disfruta de parrandas sin fin en su palacete particular. Por su parte, Calixte Prampéand se entrega a la deriva romántica definitiva, el aristócrata incapaz de soñar durante la primera mitad de su narración se ha convertido totalmente en un soñador sin límites. Siendo uno de los principales líderes militares de los rebeldes del Rif, Calixte se convierte al islam bajo el nombre de Khalil al Islami, entregando su corazón al sueño de la República del Rif y a Anissa, una rifeña esculpida en piedra. Se podría defender que estas son las evoluciones lógicas de los personajes, Léon siempre ha soñado con ser alguien importante y Khalil no ha querido más que entregar su vida a algo mayor que el mismo.

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Sin embargo, o quizás porque así debía ser, los sueños de los protagonistas están destinados a durar poco y en parte a ser responsables de su caída. La República del Rif, como la lógica y los libros de historia nos han enseñado, estaba destinada a ser un sueño efímero, más al enfrentarse a dos potencias coloniales como España y Francia, que aunque al principio tuvieran poco que hacer contra las técnicas de guerrilla de los rifeños, estaban destinadas a conseguir una victoria aplastante por la simple superioridad de sus tropas y su tecnología. Aunque nadie debe desanimarse por la crónica de una derrota más que previsible, pues la propia historia de los dos piratas franceses está llena de suficientes puntos de luz, de una luz brillante y cegadora, como para que su épica no se vea empañada por una simple derrota final. Marin Defrance y Fabien Nury consiguen llenar un espacio histórico, la colonización a principios del pasado siglo, de una belleza salvaje propia del romanticismo del siglo XVIII.

Por su parte, el dibujo de Fabien Bedouel y Merwan continúa la misma línea que en el primer volumen, con esas líneas angulosas y los sombras densas, algo que se puede considerar casi como cierto feísmo que ayuda a dar intensidad emocional a la narración, con una intensidad cinética que no se detiene en ningún momento, haciendo que la lectura sea más rápida sin posibilidad de reposo ni para los héroes ni para el lector. En resumen, el trabajo de Marin Defrance, Fabien Nury, Fabien Bedouel y Merwan crea una gran tetralogía sobre la aventura y la gloría, la cual casi puede entenderse como un díptico desde la aventura casi adolescente al margen de cualquier responsabilidad, hasta la gloria del derrotado cuyo heroísmo es innegable simplemente por el hecho de haberse enfrentado a lo imposible.

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