Spain is pain #347: la experiencia como obsesión

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La sangre extraña (Sergi Puyol). Apa-Apa Cómics, 2019. Cartoné, 120 págs. Color, 19 €.

Muchas veces pecamos de querer encontrarle una explicación a todo, sobre todo en el mundo del arte, concretamente el del arte moderno. Interpretar, pensar, o querer darle un significado a aquello que vemos en función de nuestra visión del mundo olvidando que muchas veces el arte en cualquiera de sus formas pasa más por la experiencia que nos proporciona. Todo ello que el background cultural de cada uno de nosotros se convierte en un pasaporte que nos puede hacer vivir la obra de maneras muy diferentes, y aun así no llegar a entenderla en su totalidad o por el contrario creer que se llega a la medula planteada por el artista. Si podemos poner un ejemplo de alguien que plantea ese tipo de creaciones es David Lynch, sobre todo en sus últimas obras; encontramos cientos de artículos y libros intentando hacer lecturas milimétricas, escudriñando en los planos, en las frases o en el significado de algún movimiento de cámara. Pero la obra del realizador estadounidense está planteada no tanto para ser entendida como para ser disfrutada como una experiencia visual que debe ser disfrutada tanto durante el visionado como días después.

Arnaldo, el protagonista de La sangre extraña tiene un encuentro extraño cuando se dirige al supermercado, un hombre entra en trance y recita una frase enigmática. Una amiga le dice que pertenece a un relato corto, el mismo que da título al trabajo de Sergi Puyol, de Mijail Sholojov. Arnaldo, parado y holgazán profesional. Se obsesiona con el asunto y pasa una temporada intentando desentrañar las palabras del tipo del supermercado, posiblemente porque su vida se basa en el distanciamiento con las personas y no focalizar su vida en ningún aspecto productivo. El planteamiento del personaje por parte de Puyol es sencillo y eso encierra cierta complejidad en una segunda lectura de la obra. Arnaldo es un tipo influenciable, en su experiencia la praxis pasa por la subjetividad y por no abrirse a otras influencias que cuestionen su tesis inicial y que le den lugar a otras visiones para resolver el enigma planteado inicialmente.

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Sin embargo, teniendo en cuenta los devenires ideológicos con los que nos enfrentamos en esta segunda década del siglo XXI me sugiere otro tipo de lecturas. Arnaldo es una representación de esta sociedad cada vez más individualizada y hedonista que busca autocomplacerse y la autoindulgencia buscando respuestas que les ayuden a explicarse a sí mismo y sus puntos de vista. Pero podemos trasladar todo esto al mundo de las ideologías en un mundo cada vez más complejo, cada vez con más información disponible para entender lo que somos y a donde nos dirigimos, pero que cada vez necesita respuestas más sencillas a problemas complejas. Un cambio de paradigma, las personas al servicio de la ideología rompiendo con el principio de cuestionamiento de lo extraño.

Sergi Puyol en La sangre extraña nos da una lección sobre estos temas, pero sobre todo en el planteamiento narrativo. Arnaldo vive en un estado de conciencia solipsista, él es el único que cree que es capaz de interpretar lo que le rodea, solo cuando acepta una visión externa, cuestionamiento, puede enfocar el misterio y encontrarse con la solución. Para ello dota al relato de una estructura impecable, en el que no todo son respuestas, pero con el halo de extrañeza que siempre rodea las obras de este autor. Todo ello contribuye a una lectura que atrapa, en la que en cierto momento todo parece un macguffin que no va a tener una resolución concreta pero que juega con las expectativas del lector. Para eso Puyol reinventa algunos de los rasgos del thriller, pero dejando de lado el suspense y el misterio tradicional en pos de un relato psicológico trasladado al exterior del personaje. En definitiva, una de las lecturas obligatorias de este año.

@Mr_Miquelpg

@lectorbicefalo

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Spain is Pain #277: l’avant-garde, mon ami, l’avant-garde

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Hoodo Voodo (VVAA) Fosfatina, 2016. Rústica, 192 págs. Color, 30€

Las vanguardias artísticas son de por si elitistas ya sea  por cuestiones de acceso a la obra, de lo circunscrita que esta sea un circulo creativo u otro, incluso en ocasiones por el conocimiento que el espectador tenga de la obra del autor en cuestión. En todos los casos supone una ruptura con las formas más tradicional de cualquier arte, la ruptura implica un compromiso tanto por parte del autor, al cual se le “pide” que explique su obra tal como este entienda que tiene que hacerlo y a una audiencia que se involucre con la obra, no solo a un nivel de investigación, anterior o posterior, sino de dar su punto de vista aportar desde su background cultural que le permita asumir dicha ruptura, en cierta forma cerrarla. Y es que en las vanguardias la necesidad de entender una obra no tiene por qué ser precisamente obligatorio encontrarle un sentido. En gran medida porque este se abona cada vez más a implementar una distancia más larga entre forma y fondo, y a pesar de ello la mente humana se ve abocada de manera compulsiva a crear una narrativa a todo aquello que observamos o se plantea a nuestro alrededor.

En el ámbito del cómic la experimentación sobre la forma del relato es inherente al medio desde sus inicios. Las viñetas como forma de expresión estaban abonadas a rehacer cualquier hallazgo previo para llegar a una forma consensuada de estructuración y de pautas lingüísticas. Una vez establecido lo que el noveno arte va a ser, la experimentación, entiéndase como vanguardia, consiste en pervertir, transformar, rehacer todo aquello planteado como canon, o importar/exportar de/a otros artes para encontrar confluencias discursivas en las que ambas formas textuales se enfrentan

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En el caso de Hoodo Voodo se nos plantean otras cuestiones, pero la principal consistiría en definir que es el cómic de vanguardia. De hecho todo el volumen procura trazar una definición de esta tendencia del noveno arte. Sin embargo, gran parte de los integrantes de esta generación son autores que no se caracterizan por haber sido lectores asiduos de cómics o como mínimo alejados de los tebeos mainstream. Muchos vienen de los estudios de Bellas artes o de disciplinas, como la arquitectura, que en apariencia parecen alejadas de todo rasgo comiquero. Es decir, las nuevas direcciones que debe tomar el cómic  como tal viene dado en esencia por personas que tratan de buscar confluencias, encontrar a través de su experiencia personal, intelectual y cultural una definición propia del noveno arte, y que en la mayoría de ocasiones va  a partir desde fuera de este. A estas alturas aunque pueda ser considerado como algo estéril, podemos plantear otra duda ¿la vanguardia debe ser considerada como tal cuando es generada por autores del propio medio o cuando lo es por artistas ajenos a este?

Las editoriales como Fosfatina nos ayudan a resolver en parte esta pregunta, la publicación seriada de este cómic plantea otra escena muy diferente a la que estamos acostumbrados. Como esencia, y quizás como buque insignia, de su línea editorial Hoodo Voodo se erige como un ejemplo de las diferentes vertientes de ese nuevo cómic, inquietante e intrigante, que nos proporciona la oportunidad de hacer una panorámica global no solo a modo de catálogo de autores, sino también de formas de aproximación a todas las formas de interacción viñeta. Podemos encontrar historietas anarrativas en las que se realiza un acercamiento puramente estético pero en las cuales podemos encontrar evoluciones en ese apartado, pseudonarrativas, en las que una trama mínima busca da pie a la investigación sobre el personaje, puntos narrativos cero, otras en las que la forma es la clave para acceder al texto, etc. Aquí cabe todo, pero no cualquier cosa; los autores que participan en este volumen colectivo son: Roberto Massó, Andrés Magán, María Ramos, Nacho García, Begoña García-Alén, José JaJaJa, Alexis Nolla, Julia Huete, Los Bravú, Santi Z., Cynthia Alfonso, Óscar Raña, Conxita Herrero, Martín López Lam, Alejandro Gaudino, Ana Galvañ, Irkus M. Zeberio, Sergi Puyol, Roberta Vázquez, Cristina Daura y Luis Yang. Sin duda los más representativo y a tener en cuenta en este momento.

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En resumen, Hoodo Voodo es la mejor oportunidad para conocer el nuevo cómic nacional, un trabajo editorial impecable acompañado de dos imprescindibles introducciones de Octavio Beares y Gerardo Vilches que ponen el punto de partida necesario para poder abordar un volumen con la actitud necesaria para ser lo pretendido en un inicio. Esté título hace gala de ser una introducción a esta forma de entender las viñetas, pero que en ningún momento lo hace fácil. Está pensado para aquellos lectores más valientes, los que quieren que las páginas le den algo más que un texto ordenado cronológicamente, los que son capaces de deshacerse de las estructuras mentales de los tres actos y generar nuevas dinámicas de acción entorno a la estructura de la página. Es, en definitiva, uno de los títulos más imprescindibles de lo estos años y de los próximos, un punto de partida que nos permitirá con el tiempo evaluar el estado de nuestras viñetas. Imprescindible.

@Mr_Miquelpg

@lectorbicefalo

Spain is Pain #209: Los límites del sexo.

rubor1Rubor (VVAA) La Cúpula, 2015. Rústica, 148 págs. Bitono, 17,50 €

Lo erótico está copando la cultura de masas, lo que durante años se ha denominado como softcore se ha reconvertido en un valor seguro dentro de la industria cultural, alejado, por su contenido y por el target de audiencia al que inicialmente va destinado, del estigma del mal gusto y de lo explícito. Es lo que de la mano de 50 sombras de Grey se ha denominado como “porno para mamás”, un cuento de princesas clásico salteado con escenas de sexo a la mínima oportunidad. Quizás la clave para esta consolidación sea un público objetivo deseoso de enfrentarse a nuevas experiencias lectoras, todo en una época en el que en las redes sociales se censura cualquier tipo de contenido que contenga un mero desnudo, aunque carezca de significado sexual, mientras que la violencia es tolerada como contenido viral.

En España si alguien ha sabido marcar bien la diferencia entre la utilización del sexo con orientación erótica, y también pornográfica, o como puro revulsivo ha sido desde La Cúpula, y esa vertiente se ha marcado siempre a través de sus dos publicaciones más destacables y añoradas: Kiss Comix y El Vibora. Si en la primera el sexo y sus consecuencia se descubre a través de un amplio abanico de posibilidades, variantes, y alguna que otra parafilia, en El Víbora, una revista por la que han pasado los mejores nacionales e internacionales (y que todavía lloramos su desaparición), el sexo se utiliza para remover conciencias, fuera de su contexto y ensuciarlo, dicho de otra forma para tocar los cojones.

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El término medio entre estas dos publicaciones supone un difícil equilibrio que ha venido de la mano de la misma editorial. Se trata de Rubor, una obra colectiva coordinada por Jordi Pastor en el que se agrupa lo más representativo del panorama actual, y ningún habitual del (trans)género erótico, en el que se le da una pequeña vuelta de tuerca para mantenerse en el límite entre lo explícito y lo provocativo, mostrando pero no como un fin sino como un medio pero sin perder el perfil narrativo de las obras meramente eróticas, y a la vez tomando distancia del soso erotismo mainstream para las masas. Posiblemente el punto fuerte, y lo que lo hace más interesante es la aproximación puramente personal que estos autores hacen a este tipo de narrativas dándoles un matiz desprejuiciado alejado de los tópicos de lo erótico dejando de lado una visión puramente heterocéntrica de diversión para machos abriéndose a otros públicos, buscando y plasmando lo natural del sexo a través de un color rojizo que simula al rubor cuando nuestro cuerpo reacciona para hacer evidente aquello que nosotros queremos evitar.

El fragmento que mejor define este título es “La gran aventura sexual” de Corominas donde la evolución de la sexualidad a lo largo de los años se hace patente con el cambio de géneros y orientaciones sexuales de los personajes, todo a través de un estilo neblinoso que ayuda hacer dichos tránsitos entre periodos narrativamente más factibles. Jordi Pastor aporta una historia en dos partes en las que en una muestra la visión de ella (una artista) y en la otra la de él (un modelo con mucha imaginación), en el que la excitación sucede en la imaginación de ambos. En “Metodología Medina” de Sergi Puyol y “La fotografa” de Alexis Nolla estos autores aportan una visión chabacana, no del sexo y la interpretación que hacen estos, de los personajes que protagonizan sus historias, gente frustrada incapaz de reconocerse a sí mismos. “Hueco” de Marcos Moran es una pieza sobre el vouyerismo sin complejos, el del lector,y el autor, que nos lo proporciona, una trabajo minimalista que abre el volumen de forma muy adecuada.

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El resto de trabajos circulan entre las situaciones inesperadas que conducen al sexo como el encuentro de una chica con un hombre foca en “Selkie Man” de Candela Ferrández, o “La jardinera y el cazador” de Carmen Segovia, en la que una desconocida va a una casa pedir ayuda y se encuentra con sus propietarios que tienen una manera muy particular de entender la hospitalidad. Lo puntual en la pieza de Gabrielle Piquet y en “Melvin” de Artur Laperla, en la primera dos perros se “enamoran” y en la segunda el baile de seducción del tal Melvin. La inevitable relación entre la gastronomía y erotismo explicada con todo tipo de detalles en “Las recetas del Sr. Gourdmand” de Danide sobre los deleites de un gourmet del sexo y la comida, o “Spaghetti y Marisco” una ensoñación sexual en torno a la comida de Giulia Sagramola. Y el juego metatextual e icónico a cargo de Martín Pardo en “Manual básico de prevención de riesgos sexuales” en el que juega con la estética de los manuales de riesgos laborales aplicándolos al ámbito sexual.

Es difícil escoger uno de los fragmentos que componen este título, el trabajo de coordinación es impresionante, a pesar de la variedad en las formas de contar y en las estéticas el conjunto es más bien redondo, en cierta manera circular un juego en el que la obras se complementan y refuerzan la voluntad coral del volumen. El encargo es difícil, ser erótico sin ser porno ni caer en la ñoñez del softcore, pero manteniendo el interés por el contenido sexual sin que este sea al cien por cien evidente y no ser el único motivo de la lectura. Rubor es un trabajo difícil por lo liminal de la propuesta que puede extrañar a muchos pero que sin embargo contentará a otros tantos.

@Mr_Miquelpg

@lectorbicefalo