Tan normal que ofende


Ordinary (Rob Williams y D’Israeli). Grafito Editorial, 2017. Rústica. 104 págs. Color. 16 €

Hay algo que todos debemos de tener más o menos claro, algo que no acepta ningún tipo de discusión, los superhéroes ni existen ni se les espera. A día de hoy la ciencia, sobre todo la que trabaja en el terreno militar, ha creado exoesqueletos con los que un soldado puede cargar con media tonelada mientras lanza granadas desde su espalda, pero no es muy probable que de aquí a poco alguien consiga hacerse invisible o volar sin ayuda técnica. Y en el caso de que estos dotados existieran no es que optaran demasiado por robar bancos o salvar el día, más bien les veríamos en algún reality o en su propio canal de YouTube. Al fin y al cabo no serían más que personas extraordinarias altamente valoradas por las empresas de relaciones públicas.

Así que está bien jugar con los superhéroes y los superpoderes para hablar de otras cosas. Los ejercicios de héroes realistas pueden ser muy interesantes, con algunos ejemplos más que notables, pero al final la inmensa mayoría terminan convirtiéndose en relatos de psicópatas cuya excusa moral es que se entrenan mucho y sus víctimas se limitan al hampa y otros criminales. Lo divertido al final es convertir al superhéroe en una metáfora más dentro del gran juego de la ciencia-ficción a la hora de hablar de nosotros y de ahora. Como bien ocurre en el cómic Ordinary de Rob Williams y D’Israeli, la enésima historia de un tío sin superpoderes en un universo donde hasta la abuela de tu amigo de desviación curricular es capaz de doblar vigas de acero como si fueran bloques de plastilina.

Ordinary comienza como tantas otras historias con una pandemia global que provoca las más diversas mutaciones en todos los seres humanos. Lo curioso es que la parte médica está escrita de una forma más o menos coherente por Rob Williams, lo que le da una base de realismo bastante interesante, pero cuando se trata de ver los diversos superpoderes con los que cuenta cada mutado, la imaginación de Rob Williams se dispara, dándonos las mutaciones más variadas posibles, desde un clásico hombre metálico hasta un reportero cuya cabeza ha sido suplantada por una cámara de televisión. Así tenemos desde los poderes más clásicos hasta las metáforas visuales más imaginativas, algo que sin duda agradecen los lápices de D’Israeli, que se permiten jugar enormemente, plantándonos desde referencias a la cultura popular hasta caprichos personales que llenan cada página de dinamismo y sensación de maravilla.

Pero no nos confundamos, Ordinary no es una historia de “cómo mola, todos somos superhéroes”, más bien nos encontramos con un relato de “todo el mundo es potencialmente un arma de destrucción masiva”, así que las muertes y las desgracias se cuentan por millares. Y en medio de todo tenemos a Michael Fisher, un fracasado en el más amplio sentido de la palabra, uno de esos personajes que hay que ser valiente para escribir, pues no hay absolutamente nada que le salve, obligando al lector a empatizar con el personaje por lo que le pasa, pero jamás por sus actos. Michael Fisher no es un hombre con mala suerte, es un cobarde vago experto en arruinarse la vida por mera cutrez, no tiene las excusas de la mala suerte o la estupidez, ni siquiera es malvado, simplemente es un mezquino que nadie quería como familia política. Un idiota que encima, en mitad del evento más extraño y fantástico de la historia humana, se queda sin poderes.

Como es lógico, la historia ni se queda ahí, Rob Williams crea dos tramas condenadas a encontrarse, por un lado, Michael Fisher recorre media Nueva York en busca de su hijo, más obligado por quienes le rodean que por un sincero amor paternal; mientras que al mismo tiempo, una científica trata de descubrir que ha sucedido para revertirlo, más que nada para evitar el fin del mundo. Como es lógico, la solución de todo se encuentra en el único infeliz que no ha obtenido poderes. De este modo tenemos una más que entretenida trama de aventuras, llena de acción y peripecias, con un protagonista héroe para su desgracia, mientras el mundo colapsa ante las entidades todopoderosas que hace unas horas repartían el correo o dormitaban ante la televisión. Ordinary es el cómic que más o menos tienes en la mente sin habértelo leído, pero con el fantástico dibujo de D’Israeli y un guión que va mucho más allá de lo que crees, con un protagonista atípico al límite de lo tolerable viviendo la aventura de su vida, para su desgracia y para nuestro enorme disfrute.

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