Tengo diez años y…

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Los cuadernos de Esther. Historias de mis 10 años (Riad Sattouf). Sapristi, 2017. Cartoné, 60 págs. Color, 15,90€.

Hace unos días en la entrada dedicada a Febrero para galgos de Peter Jojaio aventuramos las dificultades actuales para dibujar un relato sobre una infancia feliz, así a secas. Los espacios de la infancia han sido profanados por la tecnología, esto lo invade todo y nos solo eso, sino que tiene la capacidad de borrar todo rastro del pasado. El presente contemporáneo se narra en función de dos parámetros: presente y futuro. El pasado es cosa de viejos lo mismo que el día de ayer. Posiblemente sea tratar con excesiva lógica el devenir de una niña de 10 años pero sí que se manifiesta en el volumen analizado en esta entrada una deriva de las formas sociales y de la cultura que me hacen sentir, muy a mi pesar, más apocalíptico que integrado.

Dejando de lado la sensación que me causa la lectura de este volumen Riad Sattouf me parece que el autor se ha enmarcado en un experimento autoral y social más que interesante. La idea del creador francés parte de un encuentro que acaba fascinando a este. Sattouf establece una conversación con Esther, una niña hija de unos amigos suyos, y a partir de ahí este decide narrar las peripecias de esta en su entorno más inmediato: la escuela y el hogar familiar. La idea de Sattouf es entrañable y ambiciosa, este va a narrar, o al menos tiene la intención de hacerlo, 8 años de la vida de Esther, de los 10 a los 18 en 8 álbumes. Una idea que puede llegar a convertirse en el relato que nos haga entender a una generación.

Esto último es posible gracias a la omnipresente tecnología que beneficia la interconectividad y que no discrimina contenidos por edad. Esther representa a una generación que ha nacido con internet y que ni se plantean la posibilidad de una vida sin los contenidos en red, más bien supeditan sus interés culturales a estos. Eso plantea una vida real, u offline como ya dicen algunos, dependiente de lo virtual, algo que para la generación de la protagonista es ya imprescindible.

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Sattouf utiliza la inocencia del personaje para hablarnos de todo aquello que no cambia. La perspectiva de la infancia permite una distancia para hablar de todo ello, principalmente y lo que creo que es más interesante es el plantear una sociedad multicultural como la francesa en la que los modelos a imitar por los prepúberes son principalmente descendientes de migrantes, al igual que los referentes culturales de esta generación. Se plantea una diferencia entre el origen de los mismos que se soluciona redefiniendo la terminología, es decir los eufemismos al servicio de la convivencia. Los niños conviven a parte de la diferencia, de hecho los descendientes de franceses son los que buscan una identidad propia ya que sus compañeros descendientes de foráneos presumen de la suya.

Las cuestiones de género también se ponen manifiesto en los juegos de las niñas: mamas y papas, orfanato, modelos, etc. Nos habla de cierto condicionamiento que nace del cuidado extremo que tiene la familia sobre ella, la niña va a un centro educativo privado y el hijo va a un colegio público. Ese sobreproteccionismo paternalista puede apuntar hacia cierto dirigismo centrado en la actitud de la niña. El autor francés no deja de lado la oportunidad para hablar de la violencia en las aulas y la dificultad de la integración de algunos alumnos.

El primer volumen de Los cuadernos de Esther es un título que en esencia es tierno y que nos hace esbozar una sonrisa en cada página por lo entrañable de la protagonista. De tras de todo eso nos encontramos las dificultades del ser humano para encajar y la construcción de un yo que funcione con el resto de la comunidad, en el que la violencia y la discriminación son moneda de cambio. Esto nos obliga a hacer un análisis profundo sobre el condicionamiento de género en occidente. Dicho todo eso y dejando lado el trasfondo textual del relato esta primera entrega, podemos encontrar una idea transversal: cada infancia es única y se construye bajo los condicionantes sociales y culturales de un momento determinado de la historia. Ninguna es mejor que otra y a través de esta creamos nuestro imaginario personal que nos ayudará a desarrollarnos como adultos. Eso sí Riad Sattouf nos hace recordar lo complicados que son esos años en lo que todo es tan nuevo y a la vez tan viejo.

Más sobre Riad Sattouf en el blog:

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Paja’s Fever

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Manual del pajillero (Riad Sattouf). La Cúpula, 2016. Rústica, 84 págs. Color, 9,90 €

Los libros de autoayuda tienen un doble perfil peligroso si por un lado podemos verlos como un punto de apoyo, realmente no he leído nunca ninguno y se me hace difícil pensar que realmente valgan para algo. Por otro creo que son fácilmente parodiables, reescribirlos optando por la vertiente perversa para poder tanto reírse de los autores de la obra y aunque no lo pretendan, o si, a los lectores a los que va destinada. El cómic, como no, siempre ha utilizado ese recurso, jugar con los dobles matices para reconvertir ese tipo de lecturas, muchas de carácter moralizador, en todo lo contrario.

Manual del pajillero más que una obra sobre la masturbación es una guía sobre el infierno de la adolescencia para aquellos que no son populares durante ese periodo. Juega a ser un pequeño libro de autoayuda que mantiene una conversación directa con el personaje principal. El narrador es el libro en abstracto que observa como sus comentarios hacen mella en el protagonista un adolescente apocado pero voluntarioso que trata de salir del círculo en el que Onan lo tiene preso. Para ello el autor/libro/narrador realizará un análisis de la adolescencia y de cómo el deseo pulula entre chicos y chicas durante ese periodo.

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El tebeo en cuestión trata de normalizar el acto de la masturbación en la adolescencia como parte del crecimiento y como parte fundamental para superar las posibles frustraciones sexuales del momento. Si bien en El playboy de Chester Brown todo cristalizaba hacia una forma de entender la relación con el propio cuerpo, Sattouf juega a la baza de lo lúdico y de superación de ese momento concreto. Mientras que el narrador establece una conversación con el protagonista, aunque en la mayoría de ocasiones este no hace más que bromear creándole falsas expectativas, en la que el planteamiento gira en torno a las dificultades que plantea el contexto en el que vive el protagonista.

En Manual del pajillero Riad Sattouf opta por aligerar el drama de la adolescencia y convertirlo todo en algo más lúdico.  Sin embargo, se trata de un tebeo destinado a un target de edad bastante más joven que el que está aporreando las teclas. A pesar de ello no deja de despertar cierta, llamémosle, nostalgia de la adolescencia que puede ser un periodo maravilloso o un infierno dependiendo del grupo en el que nos sitúen. En parte de eso trata esta obra, la importancia de los contextos, aunque independientemente de estos el autor hace una lectura crítica hacia estos que no deja de ser un visión optimista hacia los más desfavorecidos en esas edades.

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El detalle cómo juicio

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El árabe del futuro Vol. 2 (Riad Sattouf). Salamandra, 2015. Rústica con solapas. 160 págs. Color. 19 €

En la entrada que se le dedicó a la primera entrega de El árabe del futuro se apuntaba a una triple perspectiva desde la cual se narraba el relato: desde el de la madre del protagonista, la del padre y la del niño. Tres visiones que resumen tres percepciones sobre el mismo hecho: una mirada europea, otra árabe y la del niño que está a medio camino de ambas. Dichas variaciones sobre un mismo tema en forma de relato gráfico nos proporciona una visión bastante particular sobre la multiculturalidad en las sociedades contemporáneas en las cuales se manejan términos como inserción o inmersión cultural.

Este tomo transcurre en su práctica totalidad en Ter Maaleh, cerca de Homs, con un interludio en Francia que pone en perspectiva el escenario sirio, al menos para los lectores occidentales. En cierta manera una de las perspectivas de la interculturalidad es tratar de conocer una cultura a partir de la propia buscando las diferencias a partir de lo común. Para ello el personaje del niño gana protagonismo para hablarnos de la inmersión en una cultura ajena para él, la madre y, parece que por parte del padre, que lleva muchos años fuera de del país y más que entender su propia cultura la justifica.

El periodo narrado es el que va desde 1984 a 1985, los primeros años de escuela de Riad en el sistema educativo sirio. Se produce una mayor focalización en el punto de vista infantil que en la de los progenitores y en cierta manera repercute en mostrar la cultura siria a través del detalle. El niño nos permite fijarnos en los valores patriarcales que imperan en dicha cultura, una formación al servicio del estado, lo vacuo de la ostentación del padre, por ser doctor, y de sus vecinos poderosos. Pero la perspectiva de los padres se revaloriza cuando entra en juego cuestiones más complejas, como los crímenes de honor, ahí tiene más peso la opinión de la madre y la indecisión del padre sobre cómo enfrentarse a dicha situación.

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Nos encontramos con un Hafez el Asad omnipresente, pero desaparecido, que domina toda la escena social, política y militar y unos enemigo, los judíos, que se convierten en un concepto abstracto sobre los que verter todo el odio del pueblo. Con tales ideas peregrinas se construye el relato de reafimación de un pueblo devastado y totalmente lastrado por cierta idea de un nacionalismo impostado, que es cómo se muestra a los ojos de ese niño.

Esta segunda entrega de El árabe del futuro es una obra fluida que nos habla de la infancia del autor, pero también de cómo enfrentarse a lo desconocido en otras culturas, la importancia de las varas de medir y de cómo se enfrentan las diferentes sociedades y sistemas de valores. Sattouf nos ofrece un título inevitable que marca las pautas de la narración biográfica, de la que a pesar de ser su propia historia mantiene cierta distancia como narrador, dejando de lado una escritura sancionadora dejando al propio lector el juicio de valor.

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El presente a través del pasado

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El árabe del futuro (Riad Sattouf). Salamandra, 2015. Rústica con solapas. 160 págs. Color. 19 €

Allá por principios del siglo XXI la aparición de Persépolis de Marjane Satrapi supuso un hito dentro del cómic a nivel mundial. Pocas veces antes habíamos podido ver desde dentro la evolución histórica reciente de un país árabe, concretamente Irán, explicado por uno de sus ciudadanos y sin los juicios de valor o esa idea redentora o de superioridad que muchas veces podemos ver en obras de occidentales que intentan mostrarnos las vicisitudes de un país de oriente medio. Satrapi consiguió atrapar a millones de lectores hablándonos de como la historia, la de la Revolución Islámica se imponía no solo en lo político, pero sobre todo en lo social hasta el punto de cambiar la forma de vida, el día a día de las familias, todo visto desde el punto de vista de una niña que va creciendo con una serie de contradicciones y el sistema que la rodea.

No he podido evitar tener un déjà vu con la lectura de El árabe del futuro de Riad Sattouf. Aunque este relato goza, por el contexto histórico actual, de una perspectiva que el trabajo de Satrapi no tuvo en aquel momento. El contexto geográfico y el periodo histórico es el mismo pero el punto de vista es completamente diferente aquí nos encontramos con una triple visión del mundo árabe de finales de los 70 y principios de los 80: la de la madre del niño, una mujer francesa que acompaña a su marido primero a Libia y luego a Siria, esta es mostrada como bastante pasiva solo en determinados momentos da su opinión sobre el sistema de valores que regían, y rigen, a estos países; por otro lado está el punto de vista del padre, un árabe que se ha educado en Francia que reniega de la actitudes más bárbaras de sus compatriotas pero que en el fondo está muy arraigado a su tierra; y en tercer lugar el niño, el propio Riad que se manifiesta en la voz de un niño explicando sus vivencias personales, carentes de juicios de valor, pura exposición que nos sirve a lector en bandeja para que nosotros saquemos nuestras propias conclusiones.

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El árabe del futuro se divide en dos grandes bloques narrativos con tres interludios, que viene determinados por el flujo del relato. Abdel, un sirio que está cursando estudios universitarios en Francia, conoce a Clementine, tras sacarse el doctorado, no consigue trabajo en la nación galo por lo que empieza a probar en otros países y le aceptan primero en Libia y luego en Siria. Los interludios suceden en Francia a nivel de prólogo, interludio y coda en los que un color azul, casi turquesa, esta omnipresente. En cambio para Libia utiliza un amarillo, casi oro, y para Siria un color rosado. Pero dentro de esas tonalidades con las que colorea la realidad libia y siria distingue los elementos autoritarios o que provienen del poder con otros colores, en el caso de Libia es el verde, que lo mismo vale para representar a Gadafi o los plátanos que el gobierno distribuye a modo de racionamiento. En el caso de Siria es el color rojo, pero la línea que traza entre el poder y el pueblo es mucho menor, sirve para representar a Hafez el Asad y para los signos autoritarios vinculados a una forma de vida. Pero sin estar vinculado al prejuicio del autor sino a la percepción de una sociedad.

A pesar de que Satouff es uno de los “grandes desconocidos” del cómic francés tiene a sus espaldas grandes trabajos entre los que destaca Pascal Brutal, editado en España por Norma, es también uno de los valores más seguros entre los autores de las ultimas hornadas. En El árabe del futuro despliega lo mejor de su narrativa al servicio de una historia personal, pero muy abierta que se vale de un sentido gráfico con dejes muy cercanos a la caricatura que nos aproximan a un relato más bien duro, en el que la percepción de la realidad vista a través del prisma de un niño puede estar muy cerca a la incomprensión, pero que a nosotros nos es muy útil para entender la realidad de un momento complejo como el que estamos viviendo ahora mismo. Estamos no solo ante una de las obras del año, la obra de Satouff es un clásico contemporáneo e inmediato, que no viene a sustituir los libros de historia, pero si a complementarlos a hablarnos de un periodo desde la microhistoria, de los usos y costumbres de los franceses, lo libios y los sirios de aquel momento, algo que sin duda nos acerca a los lectores a empatizar con un gran relato de manos de un gran autor.

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