Spain is Pain #331: Into the Night I See…

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The Black Holes (Borja González) Reservoir Books, 2018. Cartoné, 120 págs. Color, 16,90 €

En su obra anterior, La reina Orquídea, Borja González empezaba a experimentar con las resonancias entre espacio y tiempo presente y pasado en una misma línea narrativa. Todo con algunas influencias de ciertos aspectos provenientes del relato gótico de la sociedad inglesa del siglo XIX. En esa obra, espacio, tiempo y personajes conformaban una triada en la que una obra pictórica constituía una puerta entre lo real del universo ficcional. En este trabajo era un cuadro el que provocaba una evocación en la protagonista que le permitía adentrarse en otro, pero con las limitaciones espaciales de la obra pictórica.

The Black Holes es una continuación sobre algunas de las temáticas iniciadas en La reina Orquídea. En primer lugar, nos encontramos con dos mundos, o dos momentos históricos conectados por textos y momentos. en este caso letras musicales, y para acabar un universo poblado por mujeres. Dos mundos, pasado y presente, 1856 y 2016. En el primero nos encontramos con una definición de la femineidad que ya encontramos en la obra de Jane Austen en el que el valor de las mujeres es igual al de las habilidades aprendidas: coser, tocar algún instrumento, escribir, etc. una visión constreñida del ser humano que hace que aquellas que quieran salirse de la línea marcada sean o reconducidas o expulsadas de esa estructura. Teresa es una de esas mujeres que tienen la necesidad de tener una voz propia a partir de esas cosas que ha aprendido para ser una “mujer de provecho” para el sistema. Su pasión es escribir relatos góticos. Por otro lado, Gloria, Laura y Cristina, tres adolescentes que intentan formar un grupo punk a partir de los extraños textos que escribe una de ellas.

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La música y el halito de libertad conectaran a estas mujeres, y un momento concreto del día: la noche. La hora de las brujas como un espacio incierto que nos permite acceder a otras dimensiones o percibir aquello que no se puede ver a simple vista. La oscuridad amparada con la luna y un pequeño lago. En semiótica la noche pertenece a la mujer y las aguas nocturnas emanan algo de malignidad, pero también dan lugar a encuentros ajenos a la realidad. Es en ese espacio en mitad de la noche donde se produce un intercambio que cambiará la vida de estas. Todas las mujeres que aparecen en el relato buscan sus sitios, pero resulta ser que ninguna está donde cree que tiene que estar. Por su lado Teresa puede dejar volar su imaginación y Laura puede ir disfrazada de aquello que desea ser. Dicha combinación hace que ellas se conjuguen en ese paradigma de tiempo y espacio.

The Black Holes es un descubrimiento para el gran público, pero su labor como contador de historias de Borja González se remonta ya a unos cuantos años, desde la época de la editorial Los ninjas polacos a la de El verano del cohete siendo en esta última donde se publica la anteriormente mencionada La reina Orquídea. Es ahí donde empieza a cristalizar un tipo de narrativa permanente que trasciende del hecho de la lectura. El juego entre periodos históricos diferentes, roles eternos y el papel importante de la cultura en sus obras buscan una gran puesta en abismo que convierte la lectura en experiencia. The Black Holes tiene partes iguales de ciencia ficción y de lo gótico, de clasicismo narrativo y experimentación y en lo estético, al igual que en obras precedentes, un sentido de la puesta en escena hipnótico que contrapone cierto barroquismo del pasado con líneas más sencillas lo cual hace de la lectura toda una experiencia. A pesar de que todavía quedan unos cuantos meses para que se cierre el año estamos ante una, sino la, de las obras de 2018 y posiblemente una de las más interesantes de finales de esta década.

@Mr_Miquelpg

@lectorbicefalo

 

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Hay una muchachita nueva en el mainstream

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Que alguien se acueste conmigo, por favor (Gina Wynbrandt). Reservoir Books, 2017. Rústica, 144 págs. Bitono rosa/azul, 14.90 €

Parecía que la gran revolución tecnológica con la que se iba a abrir el siglo XXI, hija del determinismo tecnológico, iba a ser una fuente de mejora y evolución del ser humano. Con lo que no contábamos era con los millenials y cómo iban a acoger una serie de innovaciones que tan solo hacer veinte años tan solo aparecían en la ficción futurista. Eso ha devenido, en cierta manera, a una llegada de la tecnología a los terrenos más insospechados, existen aplicaciones para las chorradas más inútiles que nos podamos imaginar, y entre estos está el sexo. Ligar con expectativas de follar ya pasa, para según que generaciones por la pantalla de un móvil. Esto implica cierta necesidad de un intermediador tecnológico como forma de llegar a todo, es decir, la necesidad de algo para conseguir otra cosa. Lejos de argumentar que los nuevos medios tecnológicos van a acabar con la interacción interpersonal, en algún sentido la incrementan pero de otra manera, llegando al punto de hablar más pero nos comunicamos menos.

Volviendo al tema de los ligues a través de aplicaciones creo que existen dos relatos que explican como nadie como están cambiando las cosas en este ámbito: el primero es “First Date”, cuarto capítulo de la segunda temporada de Master of None, y el segundo es “Love Me Tinder”, segundo capítulo de la serie Hot Girls Wanted: Turned On. Ambos exponen desde dos vértices, uno la ficción y otro el documental, el nuevo paradigma relacional de nuestros tiempos, al menos en occidente. El ordenador, los smartphones y las tablets como elementos intermediadores para las relaciones humanas creando cierta relación de dependencia. La pantalla digital ya no solo nos entretiene sino que nos ayuda a crear relaciones donde no las hay.

Quiero entender, o ver, que uno de los dos grandes temas que Gina Wynbrandt trata en Que alguien se acueste conmigo, por favor es ese. La idea de poder enamorarse de alguien mediando las redes. Da igual que sea un amor de ficción, platónico o real el sexo mediado a través de la tecnología constituye el leit motiv del relato. Gina, una veinteañera, se desdibuja y se reafirma a través de un amor platónico por Justin Bieber, a ligar por redes sociales y a vivir aventuras sexuales a través de juegos online. El texto constata que Gina es una kidult, quizás no tanto por voluntad propia sino por una simplificación de los valores aplicados a las nuevas generaciones en el que ser adulto y maduro parece más bien un defecto que una virtud.

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Sin embargo, la autora trata un segundo subtexto y es el de la representación del cuerpo de la mujer apartándose de los cánones de belleza femeninos preestablecidos en los albores del siglo XXI. El camino transita primero por no verse mal a una misma enfrentarse al mundo con todo, no solo el físico sino las formas sociales. Gina, personaje, no es un ejemplo de comportamiento social, pero tampoco importa, en cierta manera está emparentada con Meg de Hechizo Total en el que la idea de la estereotipia femenina desaparece definiéndola en oposición al mainstream. En ese sentido, y parafraseando a Benjamin, la microestructura va por delante de la macroestructura, y aunque antes o después esta la devore, la regurgite y lo escupa a su antojo. Y en algún momento concreto sucederá con estos nuevos modelos.

La importancia de reflejar la carencia de la relevancia del cuerpo femenino como prototipo sexual parte del capítulo en el que a Gina se le aparece Kim Kardashian para enseñarle a sacar lo mejor de sí mismo. Sí, pura apariencia, la Kardashian es la cúspide de las celebrities que son estrellas por no hacer otra cosa que llevar una vida focalizada en el hedonismo. Pero mostrar el hedonismo femenino como una forma de feminismo es una de las cotas que están favoreciendo la constitución de un nuevo feminismo. Es decir, el cuerpo de la mujer tiene significado por y para ella misma y no en relación con el hombre o la sexualidad hacia este.

En definitiva, Que alguien se acueste conmigo, por favor es una obra ideal para entender los recovecos de lo millenial. Para poder hurgar en el corazón de la nueva generación de ciudadanas occidentales. Giddens, en una afirmación radical, decía que el ordenador y lo digital habían venido a destruir la cultura del libro y lo canónico tal como lo habíamos conocido hasta ahora. Pero la cultura se ha convertido en algo tan irrelevante para la mayor parte de la población que las tecnologías digitales se han convertido en un elemento transformador de la vida social, las relaciones, el acceso a las mismas y sobre todo de la amistad. Gina Wynbrandt apunta a todo eso desde una perspectiva personal bordeando la autobiografía y la fantasía, hibridando el testimonio personal con el generacional.

@Mr_Miquelpg

@lectorbicefalo

Wir sind die Barbaren (Nosotros somos los barbaros)

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El club de la lucha 2 (Chuck Palahniuk y Cameron Stewart) Reservoir Books, 2016. Cartoné, 288 págs. Color, 21,90 €

La adaptación cinematográfica es posiblemente la última película generacional más potente de las últimas décadas no solo contenido sino cómo creció hasta convertirse en un film de culto. Tras un paso por cines discreto, para el tipo de producto que era, adquirió el estatus cultual en el mercado de video de alquiler. La adaptación llevada a cabo por Fincher parecía necesitar en aquel momento un visionado individual, que llevase a cierta reflexión interior sobre la condición humana, aunque todo apunta hacia una revisión de la masculinidad, en la actualidad. Sin embargo, el realizador falló a la hora de captar el carácter renovador que Chuck Palahniuk buscaba en su novela. El director estadounidense apuntaba a un punto catártico en el que la liberación de los humanos pasaba por la utilización de la violencia para deshacerse de los sistemas de control bancarios, entre otros, para conseguir la emancipación del sistema capitalista (aunque esto último no quedaba nada claro).

La tesis de esta adaptación pasaba por una descripción de la violencia como el único sistema de cambio de modelo social. La parte mala de todo esto pasa por obviar que cualquier sistema basado en la imposición de la violencia conduce al totalitarismo. La obra original de Palahniuk apuntaba a otros valores, destruir para construir una nueva civilización, partir de cero y cazar en las ruinas de Rockefeller Plaza. La obra de Palahniuk tenía más tintes de manifiesto político que la película que se quedó tan en la superficie que muchos espectadores quedaron atrapados en el “resplandeciente” discurso del macho dominante que construye su masculinidad a golpes y se somete a una jerarquía preestablecida. Pura cultura del macho alpha para inadaptados sociales que no saben crecer en los nuevos sistemas de valores. La jerarquía era algo que también se le escapó a Fincher, este omitía de manera deliberada dos aspectos del relato original: el mecánico y el momento en el que Tyler Durden deja de ser el líder del proyecto estragos para otorgar el mando a la masa. El mecánico es un tipo normal que aparece, más o menos a mitad de la novela, que asume todas las tesis de Durden como propias siendo la representación en carne y hueso de estas, de hecho, por momentos, parece otro desdoble del narrador. En cuanto al segundo rasgo supone uno de los momentos álgidos de la novela, en el que, ni siquiera, todos aquellos que forman el club de la lucha seminal, reconocen la autoridad del líder por orden suya. La disolución de la jerarquía es una las ideas más peligrosas inscritas en este libro.

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La pregunta es ¿quedaba algo más por contar? Siempre resulta tentador que una obra de este tipo siempre suscita dudas sobre la evolución de los personajes a un contexto histórico y tan cambiante como el actual. El club de la lucha 2 podría haber sido muchas cosas, desde un remake actualizado a una prolongación pura y dura, pero ¿de qué?. En principio debería de ser del libro ya que la esencia de la adaptación del mismo es una continuación de la obra original. Sin embargo, tiene algunos tics que nos recuerdan directamente a la película, y es que en cierta manera la adaptación ha eclipsado en popularidad, y como referente al título de Palahniuk.

Esta segunda parte juega a ser una prolongación/ metarrelato que reflexiona sobre la vigencia de un icono como Tyler Durden, reducido a la esencia del capitalismo más básico y brutal. En este título el narrador/protagonista de las versiones anteriores está casado con Marla, tiene un hijo, pero sigue llevando a Durden en su interior, que es liberado por un psicólogo en periodos cortos para que este pueda seguir liderando el proyecto estragos. Un apocalipsis casero que, esta vez sí, busca reconducir, y reconfigurar, el pestazo a heteropatriarcado que echa la adaptación cinematográfica. Si por un lado Marla es utilizada a nivel instrumental para dicha reestructura, por otro, tras esa supuesta apertura y queriendo mantener el nivel de polémica de su opera prima, Palahniuk opta por abrir el club de la lucha a enfermos terminales de todo tipo, pero como fuerza de choque, al estilo de los antiguos kamikazes japoneses. La función utilitaria de estos personajes supone en busca de esa transgresión forzada queda bastante fuera de lugar como estética de la radicalidad y de la crueldad y puede suponer una serie de lecturas un tanto preocupantes. No es lo mismo inculcar la desobediencia en un periodo histórico que en otro.

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Quizás sea mucho más interesante el metatexto de la obra en la que el autor estadounidense intenta reflejar el valor de El club de la lucha original. ¿Es Tyler Durden un virus? Si, seguramente lo sea pero no en la medida en la que el autor la pretende. Como se ha indicado más arriba el libro era trascendental en su momento evitando la postmodernidad a golpe de reduccionismo en la polisemia de un texto que en más de una ocasión apuntaba a manifiesto. Pero Tyler Durden sigue ahí, todos somos anarquistas en potencia y ahora si tenemos las herramientas para ver arder el mundo. Los barbaros somos todos desde aquellos que ponen bombas hasta los que consumimos productos de empresas que explotan a niños en el tercer mundo. Aunque eso queda muy lejos de lo que quizás Palahniuk debería haber explicado en este cómic. El otro factor que valora es su posición como autor dentro de la obra como narrador que maneja los hilos, posiblemente no a su antojo sino del modo que él cree que es lo que gusta a sus lectores.

Una de las conclusiones que se puede extraer tras la lectura de El club de la lucha 2 es que Palahniuk agotó, en gran medida, lo que tenía que contar a partir de su cuarto libro. Las nuevas aventuras de Durden juegan en gran medida hacer una valoración sobre el texto en general y su repercusión en la cultura contemporánea. Palahniuk entiende que explicar el mundo de hoy día pasa por la transmodernidad, el discurso de lo global lo absorbe absolutamente todo, incluso en lo emocional. No podemos entender la emancipación del ser humano a nivel local, ese es uno de los puntos a favor del relato. En cuanto a lo narrativo el relato está abocado desde un primer momento a un callejón sin salida, pero eso es lo de menos.  Chuck Palahniuk y Cameron Stewart esbozan una reflexión sobre el presente a través del pasado porque posiblemente las dudas existenciales ya no sean las mismas, ni tampoco lo que necesitamos que nos diga un escrito tenga que estar en la misma onda, de ahí que el valor revolucionario de la obra sea menor.

@Mr_Miquelpg

@lectorbicefalo