El universo en un instante

gran guerra portadaLa Gran Guerra (Joe Sacco). Penguin Random House, 2014. Cartoné. 16 págs. B/N. 23,90 €

El tiempo es una de las mayores incógnitas a la que nos enfrentamos, ya sea en algo tan cotidiano como nuestro día a día o algo que busque una gran transcendencia como querer organizar por etapas el devenir de la raza humana. Al fin y al cabo el tiempo sólo existe si lo observamos desde fuera, si somos capaces de tomar un punto de referencia y darle una duración exacta a los instante, sólo así habrá una diferencia entre el 27 de enero de 1984 y el 14 de abril de 1985, en cualquier otro caso, esos dos grupos de 24 horas no tendrán la más mínima relación, pudiendo estar separados por algo más de un año o por más de 30 millones de segundos. Pero así es el hombre, ha de organizarlo todo, pues al final es necesario saber que pasó el 11 de septiembre del 2011 del mismo modo que podamos explicar en que consistió la Baja Edad Media. El tiempo es útil, o al menos su codificación y medida, porque nos permite conocer y reflexionar el pasado y organizarnos de cara al futuro.

Así que no es de extrañar que hayan sido mucho los autores que han tratado de atrapar periodos del tiempo para poder explicarlos, ya fueran siglos, años, días o minutos. Un poderoso ejemplo de este tratar de dominar el tiempo lo encontramos en el documental soviético Un día en la guerra realizado en 1942 por Mihail Slutsky. Para realizar el documental, más de 200 cámaras realizaron diversas tomas por toda la Unión Soviética durante el 13 de junio de 1942, posteriormente todo el metraje fue montado para intentar mostrar el zeigest de una única jornada del enfrentamiento entre la URSS y la Alemania Nazi. Pero al igual que esa obra trataba de condensar un día de la existencia de todo un país, también se realizaban otras producciones que cerraban el espectro territorial pero ampliaban el temporal, casos como el documental Leningrado en Guerra, realizado el mismo año por el famoso Roman Karmen, quien recogió y transmitió toda la intensidad y atrocidad de la Batalla de Leningrado. Al final los autores, directores en este caso, trataban de dar sentido al tiempo, de decir que tal día o tal compendio de días o semanas tenían un significado.

Esto mismo es lo que ha intentado hacer, y podemos decir que con un resultado más que positivo, el autor y periodista Joe Sacco con La Gran Guerra, quizás una de las reflexiones más puras y desnudas sobre la Primera Guerra Mundial, aquel conflicto llamado a terminar con todas las guerras. Pero Joe Sacco no opta por realizar una densa obra en la que exponer todo el largo y complejo proceso del conflicto, sino que se centra en una única batalla, en un único día de la misma, e incluso en sólo uno de los bandos. De esta forma sólo somos testigos de la primera jornada de la Batalla del Somme en Francia, centrándonos en ese 1 de julio de 1916, un enfrentamiento que se alargaría hasta mediados de noviembre, sesgando la vida de decenas de miles de súbditos de los imperios británicos y alemanes. Joe Sacco nos acompaña de la mano, casi literalmente, a lo largo de esa jornada en la que los británicos lanzaron millones de obuses mientras recorrían kilómetros de trincheras llenas de barro y una zona en tierra de nadie donde la muerte campaba a sus anchas.

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Para esta labor, Joe Sacco aceptó una propuesta de su editor, con lo que en lugar de ser un cómic lleno de páginas, viñetas y bocadillos, La Gran Guerra es una única ilustración de más de siete metros de largo donde al modo de los tapices medievales la historia fluye en una única línea que avanza inexorablemente en el tiempo y el espacio, desde la preparación de la batalla hasta el entierro de los muertos. Este despliegue técnico de Joe Sacco, con una línea clara y negra que no deja lugar a la duda, mantiene una avance seguro hacia la destrucción más caótica, pues mientras durante la preparación de la batalla las figuras son perfectamente reconocibles dentro de su disciplina; tras pasar por el humo y el caos de la batalla, donde la metralla desdibuja a los hombres; nos volvemos a encontrar un mundo nuevamente reconocible pero esta vez atrapado en el caos de los heridos y los muertos. Mientras que el inicio y el final de La Gran Guerra se podría leer como un cómic bélico francobelga clásico, su parte central, sin recurrir a la fantasía, se convierte casi en una representación del infierno, un caos donde no sabemos si las explosiones las provocan los obuses que caen del cielo o si son originadas desde el corazón de la tierra.

Pero si algo distingue La Gran Guerra de Joe Sacco más allá de su apuesta formal, es sin duda la óptica elegida, pues mientras la mayoría de los textos bélicos tratan de generar un juicio de valor respecto a la contienda, ya sea alabando la heroicidad de un bando, remarcando la maldad del otro, o subrayando el absurdo del conflicto, Joe Sacco opta por mostrarnos los hechos de la forma más objetiva posible. Asistimos a la mayor masacre sufrida por el ejercito británico sin siquiera ver a uno solo de sus enemigos. En cierto sentido somos como el General Douglas Haig, testigos mudos del horror que se presenta ante nuestros ojos. Afortunados quienes tengan una pared de siete metros libres para colgar La Gran Guerra y simplemente observarla, devorarla con los ojos y perderse en las trincheras.

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Viejo corazón y nueva mente

toxico 001Tóxico (Charles Burns). Random House Mondadori, 2011. Cartoné. 64 págs. Color. 17,90€

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La colmena (Charles Burns). Random House Mondadori, 2013. Cartoné. 64 págs. Color. 17,90€

En el prólogo de la edición española de Señores del caos, Javier Calvo defiende la idea de que el black metal fue la última vanguardia artística, algo lógico si comparamos el devenir de estos jóvenes noruegos con los actos de los surrealistas en París, en cierto sentido, la juventud de Luís Buñuel en París poco tiene que envidiar a la quema de iglesias de Varg Vikernes. Pero no sólo murieron las vanguardias durante los noventa, ya que en la misma época nos encontramos al que quizás ha sido el último movimiento artístico articulado y transversal, la nueva carne. Desde principios de los ochenta hasta los últimos coletazos del siglo, autores como David Cronemberg, Clive Barker o Charles Burns crearon un corpus artístico y filosófico donde el humanismo más extremo se convertía en un charco de sangre a los pies del futuro. Pero tanto el black metal como la nueva carne, e incluso otras tendencias igual de interesantes, como el cyberpunk, no tardarían mucho en morir. El presente se comió el futuro, los smartphones tomaron el papel de los implantes cibernéticos, el porno amateur se convirtió en la expresión máxima del cuerpo humano, y Lady Gaga, por alguna extraña circunstancia, es considera extrema y provocativa.

Pero del mismo modo que De Mysteriis Dom Sathanas de Mayhem sigue siendo un disco que tiene mucho que decir, la lectura de Agujero Negro de Charles Burns es un acto obligatorio para cualquiera que quiera saber que significa ser humano, cambiar y sobrevivir a pesar de su propio cuerpo. Aunque no se debe olvidar que más allá de Agujero Negro, Charles Burns tiene una notable, aunque no muy numerosa, producción artística. En este sentido, la actual trilogía que está  desarrollando, la cual se inició con Tóxico en 2010, para continuar con La colmena en 2012, y cerrarse este otoño con Cráneo de azúcar, de próxima publicación en el mercado español, es un perfecto ejemplo. Afortunadamente para cualquier lector conocedor de la obra de Burns, la trilogía iniciada con Tóxico mantiene por un lado suficientes elementos como para seguir recorriendo el universo personal de su autor, sin dejar de lado nuevas propuestas e ideas que expanden su discurso.

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La historia de Doug, un joven aspirante a artista, se engloba dentro de la iconografía más pura de Charles Burns y la nueva carne, pero yendo un paso más allá haciendo constancia de que el cuerpo no es la única fuente de problemas, incluyendo la mente en ese discurso. Hasta ahora, el cuerpo se había vendido en la obra de Burns como un obstáculo, como un lastre que impedía que la mente, donde realmente residía el ser humano, pudiera expandirse. En Tóxico y La colmena no encontramos eso, pues en este caso la mente es lo problemático, no como peso muerto, sino como un laberinto de espejos y humo que no nos deja avanzar. Así que si el cuerpo nos lastra y la mente nos engaña, ¿en qué podemos confiar?

La estructura de Tóxico y La colmena es tremendamente simple, chico conoce a chica, sin embargo, al jugar con planos superpuestos y utilizar la elipsis como herramienta continua, el lector se encuentra en una carrera continua a la búsqueda de respuestas. Todos queremos saber que pasó exactamente entre Doug y Sarah o por qué Doug tiene ese vendaje en la cabeza y qué es ese mundo donde un álter ego mezcla de Doug y Tintín intenta sobrevivir. Por desgracia para nosotros, cada respuesta nos presenta dos o tres preguntas nuevas, lo que va complicando cada vez más el relato, añadiendo más y más capas a la historia. Cuando una escena parece arrojar algo de luz entre Doug y Sarah, nos damos cuenta de que lo que realmente sucede es que se abre un gran interrogante sobre la relación del protagonista y su padre. Como es lógico, este desarrollo puede desembocar o en una resolución de todos los conflictos o en una amalgama de caos donde todo quede abierto. La resolución total es difícil conociendo la obra de Charles Burns, aunque seguramente no sea necesaria, ya que si aprendemos algo con el camino transitado en Tóxico y La colmena, es que todos tenemos problemas del mismo modo que todos desconocemos las respuestas.

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A falta de conocer el tercio final de la obra de Charles Burns, es difícil decir a que altura quedará su trabajo, ya que aunque de momento el recorrido es un tour de force fuera de toda duda, queda por saber que gusto final dejará Cráneo de azúcar. De momento no se puede negar que las varias líneas que se abren al rededor de Doug presentan un recorrido de lo más estimulante, desde su vida como joven artista y amante hasta su existencia como reflejo oscuro de Hergé, donde la línea clara francobelga se aúna con un universo tan incierto como asfixiante. En cierto modo, la trilogía de Charles Burns es un paso más en el desarrollo de la nueva carne del mismo modo que lo fue la película eXistenZ de Cronemberg, pues aunque la ruptura del cuerpo físico esté cada día un poco más alejada del imaginario colectivo, la fractura y descomposición de nuestra mente, y por hende de nuestro mundo, es un pulso cada día más fuerte y seguido.

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