Body is…

gorda

Gorda (Moyoco Anno). Ponent Mon, 2017. Cartoné, 264 págs. B/N 22  €

No hace falta más que mirar la prensa contemporánea de este país, o de cualquier otro, para ver como el sesgo de la mirada sobre la mujer apenas ha cambiado, sino que se ha recrudecido. No hace falta mirar tanto la prensa deportiva nacional, la prensa (pseudo)seria nacional o internacional, solo hace falta revisar la portada del Daily Mail en pleno Brexit y la posibilidad sobre otro referéndum soberanista en Escocia, poniendo el acento en las piernas de las presidentas, o cualquier comentario de las políticas nacionales sobre su aspecto por encima de su labor, o comentarios que ensalzan la dependencia de la mujer explicitando como las novias de los deportistas más famosos son “paseadas” por estos. Eso nos puede llevar a pensar que todavía existe muchas personas, y los medios lo hacen patente, que contemplan a la mujer bajo una perspectiva unidimensional: su cuerpo.

El cuerpo como un objeto o cosa que puede ser poseído y administrado por el hombre, y como medio de aceptación social. El cuerpo representa una acumulación de estrategias en su más profundo sentido, tal y como acotan Haraway y Harvey, el concepto de armas de mujer no escapa de esa idea de estrategias definidas a través de la historia. En Gorda, Moyoco Anno, sigue la máxima de la estrategia del cuerpo como algo preestablecido socialmente en un entorno laboral japonés. Los trabajadores (en general) de una oficina sesgan a sus compañeras de trabajo en función del físico y estas, entre ellas mismas, actúan de la misma manera. La autora redefine la idea del cuerpo como campo de batalla, pero en el que la fuerza de lo intelectual vinculado a lo social puede convertir a la protagonista en un ghetto en sí misma. Ella misma define la imposibilidad de salir de esa burbuja en el que la dependencia hacia otras personas se convierte en el motivo principal de sus acciones.

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La historia de Gorda es la de Noko Hanazawa una mujer con sobrepeso que vive en un entorno seguro. El problema viene cuando gana algún kilo de más, eso despierta sus inseguridades personales y revela una dependencia extrema hacia su novio, un tipo que está con ella solo porque puede manejarla a su antojo. La culpabilidad por el acto de comer, pero la crueldad se revela en el momento en que es rechazada por su físico dentro de su entorno laboral. Esta empieza a sufrir mobbing laboral, es acusada de errores que no ha cometido ella, y una compañera que se supone que encarna las virtudes de la belleza femenina es la encargada de hacerle la vida imposible aparte de acostarse con el novio de Noko.

El camino que hace la protagonista va desde una obesidad más que considerable a sufrir una anorexia, arrastrarse detrás de su novio a pesar de ser conocedora de su infidelidad, la degradación laboral a la adoración de un hombre mayor que le hace entender que es bella a pesar de su peso. Todo un viaje que transcurre en casi 300 páginas en las que Noko al final parece encontrar cierta felicidad a pesar de ser vista como imperfecta por el resto de la sociedad, y casi por sí misma. Dicho esto no se trata de un texto con moraleja, sino de una panorámica sobre los entornos laborales cerrados y las dinámicas a través de las cuales deben de transitar las mujeres en la actualidad, que por lo que parece deben de ser primero un físico y luego un intelecto. Para ello Anno nos muestra a una protagonista débil, por la que posiblemente no vayamos a sentir ninguna lástima, ya que ni ella misma es capaz de emanciparse de esa estructura social heteropatriarcal que todavía domina en los países más civilizados. Tanto Noko como sus compañeras, compañeros, superiores y pareja son algo que todavía existe en el presente a pesar de parecer que sus comportamientos parecen extirpados  del relato contemporáneo que es la historia.

@Mr_Miquelpg

@lectorbicefalo

El honor del débil

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La República de la Lucha (Nicolas de Crécy). Ponent Mon, 2016. Rústica. 220 págs. ByN. 20 €

El mundo se construye sobre dípticos enfrentados que despliegan en sus intersecciones infinitos que nos dejan habitar un universo de libre albedrío. Entre lo bello y lo feo, lo bueno y lo malo, vamos moviendo gradientes como piezas de una maquinaria de vapor para ajustar nuestras válvulas internas e intentar sobrevivir. La mayoría de las veces se plantea uno de los dos extremos maniqueos como el ideal, con lo que lo esperable es orientar nuestra vida hacia dicho extremo: alejarnos de lo feo para alcanzar lo bello; dejar atrás lo malvado y alcanzar lo bondadoso; y sobre todo huir de las debilidades para habitar sin la más mínima duda el reino de las fortalezas. Porque al final todo se resume es ser fuerte, en ser capaz de actuar y soportar los embates del destino con la mayor presteza posible, para lo cual se debe de tener un cuerpo atlético y sano, una mente sagaz y rápida, así como un corazón justo y amable.

Lo que sucede es que dicha aspiración es tan admirable como inalcanzable, pues muy difícilmente conseguiremos alcanzar la excelencia en todos los campos existenciales que habita un ser humano. Ante esto podemos seguir luchando por ser mejor, por alcanzar lo óptimo, o bien resignarnos y tratar de ser felices como buenamente podamos. También tenemos una tercera opción, elegir la debilidad como valor positivo, considerar la flaqueza como un elemento que enaltezca aún más la victorias, por pírricas que sean éstas. Y esto es lo que hace precisamente Nicolas de Crécy en La República de la Lucha, una historia que mezcla las tradiciones más clásicas del manga y el cómic europeo para hablarnos del martirio de los débiles y la gloria de la derrota. Un canto no ya al diferente, si no directamente al inferior.

La República de la Lucha surge como un encargo a Nicolas de Crécy por parte de una revista de manga japonesa que buscaba tener un autor de bande dessinée entre sus páginas. El experimento resultó más que positivo debido a la implicación que Nicolas de Crécy deja en sus páginas, un intento sincero por encontrar los nexos de unión entre Francia y Japón, no sólo desde el punto de vista de la historieta, si no de las propias culturas nacionales, mezclando incluso sus mitologías y cultura criminal. El pequeño Mario es un vendedor de pianos perteneciente a una extirpe de mafiosos oriundos de Sicilia, familia criminal liderada en la actualidad por su sobrino, un delincuente bastante precoz. Mario se conforma con vender pianos junto a su amigo, un pingüino que toca el piano, aunque lo que realmente quiere es tener una vida con una luchadora de lucha libre perteneciente a la República de la Lucha, una organización supuestamente atlética pero controlada por los mafiosos, que se valen de los luchadores como matones y soldados.

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Y es en este distancia conceptual, entre el pequeño y débil Mario y los fuertes y aguerridos mafiosos y luchadores, donde Nicolas de Crécy desarrolla las ideas más interesantes de La República de la Lucha. Básicamente, Mario es un mártir, tanto por destino como por elección, que se enfrenta a un universo violento premiado con todas las fortalezas menos la búsqueda del bien, elemento que queda reservado a Mario a cambio de carecer de cualquier otro atributo positivo, tanto físico como mental, viéndose reducido a la culminación total de la debilidad. Mario no es sólo pequeño, cegato y feo; también es cobarde y no demasiado listo; quedándose lo positivo resumido a su bondad, la cual varias veces se enfrenta a su falta de valor. Así que aunque Nicolas de Crécy crea un universo atípico lleno de surrealismo, el conflicto último es tan cercano como la búsqueda de la lucha por un lugar en el mundo y la aceptación. Ya otra cosa es que se consiga.

Por un lado tenemos a los luchadores al servicio de la mafia y por otro a una cohorte de fantasmas, o yokais japoneses, que se empeñan en ayudar a Mario a pesar de su reticencia. Así como lectores sólo podemos sentarnos en primera fila y disfrutar de las desventuras de Mario enfrentado a su propia familia y con unos aliados que hacen de la debilidad su mayor fuerza. Por momentos sentiremos lástima por Mario, del mismo modo que no podremos evitar despreciarlo un poco, pero al final seguro que nos identificamos con él en algún momento, como víctimas de la zozobra del libre albedrío, siempre al límite de la duda. Nicolas de Crécy construye un relato rápido, que sabe cuando detenerse para dar más detalle a una figura y por contra cuando correr y limitarse a bosquejar, todo con un blanco y negro desangelado que aumenta la atmósfera de La República de la Lucha hasta un clímax final tan atronador como silencioso.

@bartofg
@lectorbicefalo