Gotham Central – Momentos decisivos (Ed Brubaker, Greg Rucka, Chuck Dixon, Judd Winick, Steve Lieber, Joe Giella, Dick Giordano, Brent Anderson, Paul Pope, Cliff Chiang y Graham Nolan)

gotham_central_momentos decisivosGotham Central – Momentos decisivos (Ed Brubaker, Greg Rucka, Chuck Dixon, Judd Winick, Steve Lieber, Joe Giella, Dick Giordano, Brent Anderson, Paul Pope, Cliff Chiang y Graham Nolan). ECC, 2016. Cartoné. 224 págs. Color. 22 €

 

Tras el cierre de la serie Gotham Central en el cuarto volumen recopilatorio, asistimos ahora a una especie de tomo especial que a pesar de presentarse como el quinto volumen de la serie realmente presenta historias anteriores fuera de dicha colección. La construcción de los universos superheróicos es compleja y a veces es complicado saber que pasó antes o después o si algo que pasó continúa formando parte del pasado del personaje o se ha eliminado completamente de su cronología. Por suerte, obras como Gotham Central permiten disfrutar sin más de una buena serie policiaca, lo que elimina preocupaciones sobre continuos temporales, aquí lo que tenemos es serie negra pura y dura. Es cierto que ninguna de las tres historias recopiladas en Momentos decisivos llega al espléndido y espectacular nivel de Gotham Central, pero es innegable que son buenas historias que se dejan leer y enriquecen el universo del hombre murciélago, quizás no su conocimiento enciclopédico pero si su carácter mitológico, que al final es lo importante, que somos lectores y no contables.

La miniserie de cinco números que da nombre al tomo, Momentos decisivos, nos muestra cinco momentos de la relación entre Batman y James Gordon, con mayor importancia para el policía que para el justiciero. Greg Rucka, Ed Brubaker y Chuck Dixon pretenden dar más profundidad a esta relación que casi podría definirse como amistad a lo largo de cinco puntos donde vemos lo mejor y lo peor de ambos personajes. Quizás quede algo descolgado el capítulo de Chuck Dixon protagonizado por la figura de Azrael, lo que por momentos abandona el cuento mitológico para caer en la mera crónica histórica del murciélago de Gotham. Pero es respetable el trabajo de los tres guionistas. Aunque si hay una historia que merezca ser recordada en Gotham Central: Momentos decisivos esta es Voces perdidas, la historia de Josie Mac, la agente de la ley creada por Judd Winick y Cliff Chiang, personaje que después pasaría a engrosar las filas de la Unidad de Crímenes Mayores en Gotham Central. Guionista y dibujante, crean una perfecta historia negra, tan dramática que termina siendo trágica y el final a pesar de ser positivo es totalmente insatisfactorio y tan amargo como rabioso.

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El tomo se cierra con un número único escrito por Chuck Dixon y dibujado por Graham Nolan, quizás el más flojo del recopilatorio, pero con un sabor a clásico y un humor cáustico que lo convierten en el postre perfecto para el atracón que es Momentos decisivos. El último tomo no es Gotham Central, pero es una lectura complementaria que no sienta mal, un recorrido más en lo que significa Batman gracias a la visión que de él tienes las fuerzas de seguridad, esas mujeres y hombres que sin superpoderes se lanzan a mantener el orden y la ley en una ciudad devorada por la locura y la violencia.

Gotham Central 1: En el cumplimiento del deber

Gotham Central 2: Payasos y lunáticos

Gotham Central 3: De patrulla por el infierno

Gotham Central 4: Corrigan

Gotham Central 5: Momentos decisivos

Gotham Central 6: Agente herido

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Lo mejor del 2014 allende las fronteras

El pasado sábado Miguel nos daba su lista particular de las mejores obras nacionales del 2014, así que ahora me toca a mí añadir algo de orden y coherencia a todos los volumenes que durante el pasado año llegaron a las estanterías. Al igual que mi compañero, mi lista es totalmente subjetiva, debería aspirar a que las obras con mejor guión, dibujo y narración gráfica llenaran la lista, pero lo cierto es que al final no es así. En la lista pongo lo que más me ha gustado de lo que he leído durante todo el 2014, que leer no es lo mismo que conocer, así que si hay alguien que se pregunta por qué obras como L’Amour o Cowboy Henk no están en la lista, se debe a que aún no me las he leído. Cosa que supongo que no tardaré en subsanar. Del mismo modo, si faltan algunas otras obras que han hecho tambalear a los amantes del cómic, es porque personalmente no me han gustado. Esto no me preocupa en lo más mínimo, pues la única intención que tiene la lista es resaltar algunas obras que en mi humilde opinión debería leer y disfrutar todo el mundo, que la memoria tiende a ser frágil y después perdemos joyas entre la niebla.

Como parece que las listas de números dispares están de modo, aquí van los 10 cómics extranjeros que más han gustado a Barto durante el 2014.

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10. No puedes besar a quien quieras de Sandrine Revel y Marzena Sowa
Que fácil es realizar una obra sobre la infancia en un entorno hostil, más si le añadimos ese halo mágico y abstracto del amor puro y la búsqueda de la libertad. Pues no, no es para nada fácil, es algo tremendamente difícil, pues es fácil ceder al sentimentalismo más pueril y al maniqueísmo más simple. Sin embargo, Marzena Sowa sabe centrarse en una historia pequeña y emotiva para dejar que la situación política y social simplemente se cuele en las rendijas. El dibujo de Sandrine Revel no se queda por detrás, pues haciendo de la contención un valor positivo consigue que la ternura sea más directa que la violencia. Una historia pequeña que con un simple bosquejo explica perfectamente lo que era la infancia en la Polonia comunista.

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9. Manabé Shima de Florent Chavouet
Un vago bueno para nada visita una pequeña isla del mar interior de Japón. El turista parece más preocupado por descansar y beber cerveza que por hacer cualquier tipo de turismo. Sin embargo, nos encontramos con la contradicción de que dicho turista tiene alma de etnógrafo y entre paseo sin rumbo y tarde en el bar crea un fresco tan sentimental como científico. Manabé Shima es un estudio tanto de la población de una pequeña isla japonesa como del propio acto de observar de su autor, un canto humanista que mezcla la guía de viajes con la sociología y la psicología. La fascinación de occidente por oriente suele centrarse en la curiosidad y la diferencia, mientras que Florent Chavouet opta más por buscar puentes y lugares comunes, consiguiendo acercar culturas de una forma emotiva y humorística al margen de cualquier pedantería o relativismo.

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8. Bandette de Paul Tobin y Colleen Coover
Para mí una de las sorpresas más agradables del año y un nuevo recordatorio de que las ideas preconcebidas no son un atajo. Bandette puede parecer un cómic para niños, o jóvenes adultos, sin más, pero lo cierto es que esconde mucho más. Cuando el cinismo prácticamente a ahogado a la ironía, es agradable encontrar un cómic donde la inteligencia llena cada página y encima está dedicado para todos los públicos. El trabajo de Paul Tobin y Colleen Coover no se queda sólo en su particular mezcla del cómic americano y francés, a niveles tanto narrativos como visuales, sino en la presentación de unos personajes que dan un nuevo valor a la palabra carisma. La ladrona Bandette es un regalo para cualquier lector, una inyección de buen humor y dinamismo. Bandette se ríe contigo, te guiña un ojo y se despide con una voltereta tras besarte en la mejilla, siempre dejándote con ganas de más.

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7. Aquel verano de Jillian Tamaki y Mariko Tamaki
Volvemos a hablar de la melancolía en la lista, aunque esta vez cambiamos comunismo por capitalismo e infancia por adolescencia. La historia de Aquel verano será compartida por la inmensa mayoría de los lectores, aunque no hayan veraneado en la playa ni se parezcan en lo más mínimo a Rose ni nunca hayan tenido una amiga como Windy. El valor de la obra de las primas Tamaki se encuentra en ese campo tan difícil de hablar de lo más general explicando lo más concreto, centrándose en un caso particular hasta el límite para contarnos algo que hemos vivido todos. Probablemente cualquiera sería capaz de escribir algo como Aquel verano, pues basta con elegir aquel verano adolescente que nos marcó y simplemente explicarlo, pero difícilmente se conseguiría una coherencia y lucidez en el relato como en el del cómic de Jillian y Mariko Tamaki. Una zambullida autoconsciente en la felicidad blanca y la tristeza gris.

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6. Battling Boy de Paul Pope
Nadie pone en duda que El momento de Aurora West es la leche, pero antes de que la precuela se comiera a la obra madre, existía un pequeño chaval semidiós dispuesto a aporrear monstruos. He de reconocer que el paso del tiempo me ha hecho valorar mucho más la obra de Paul Pope, y aunque sigo reconociendo algunos pequeños defectos, cada vez estoy más convencido de sus aciertos y su potencial. Battling Boy es un puñetazo en la cara a la inmensa producción de cómic de entretenimiento, una muestra más de la decadencia de Marvel y DC. Paul Pope no escribe y dibuja para adultos con gustos infantiles, crea un cómic netamente juvenil lleno de acción y humor para que los chavales lo flipen. Nos encontramos con una obra que los adultos debemos leer pidiendo permiso a los chavales, un cómic que entretiene y además trae algo más.

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5. Solanin de Inio Asano
Lo que hace Inio Asano en Solanin es muy simple, nos presenta unos personajes y los pone a andar, creando una historia coherente e interesante, básicamente a lo que aspiraría cualquier autor. Pero no contento con esto, justo en la mitad del cómic, el autor implosiona la historia para llevarla en un nuevo sentido más complicado y difícil, haciendo que un buen comienzo tenga un desenlace impresionante. El planteamiento de Solanin no deja de ser la intranquilidad de alguien que estrena la edad adulta y no termina de estar a gusto a pesar de haber conseguido todo lo que la sociedad le decía que era la felicidad. Aunque el autor, hasta cierto punto cruel, coge esa queja de su protagonista la pervierte para darles razones reales para sufrir. En cierto sentido, Inio Asano conjuga el punto de vista del adolescente rebelde tardío con el adulto responsable para crear un texto lleno de tristeza y esperanza.

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4. Hulka de Charles Soule y Javier Pulido
Hulka es quizás el principal ejemplo de cómo las editoriales clásicas deben dejar lastre atrás, olvidando cronologías caducas y grandes temas adultas contadas por niños. Charles Soule actualmente escribe la colección de los Inhumanos, demostrando que puede crear un cómic tan genérico como cualquiera, reservando el verdadero arte para la abogada verde. Hulka es un cómic de abogados con superpoderes, la entrada del mundo real en la Nueva York de los Vengadores y los 4 Fantásticos, lo que visualiza lo absurdo de los superpoderes. Es cierto que este ejercicio no es nuevo, contando con antecedentes incontestables como X-Statix, pero el hecho de que el propio Charles Soule ejerza como abogado y Javier Pulido de rienda suelta a un dibujo tan personal, convierte Hulka en un auténtico acontecimiento. Esto es realmente un cómic para adultos, una obra inteligente y que supone un reto real para el lector.

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3. El bus de Paul Kirchner
La nada y el todo, una obra que podría definirse como un tratado filosófico en base a chistes blancos y bromas tontas. Es difícil hablar de la obra de Paul Kirchner porque habría que explicar lo inexplicable, pero básicamente lo que hace el autor es reflexionar sobre absolutamente todo de la forma más aséptica posible. Este recopilatorio es sin duda una de las mejores obras publicadas durante el pasado año, una de esas sorpresas editoriales que solucionan una deuda que muchos ni sabíamos que teníamos. la lectura de El bus se puede tomar de forma sosegada, dándole tiempo, o consumirla de una sola vez, sabiendo que en tal caso nuestro cerebro va a recibir un estímulo que nos dejará con una sonrisa en la cara y una sensación de incomodidad en el cerebro.

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2. Gyo de Junji Ito
Dicen que hacer llorar es muy sencillo y hacer reír bastante más difícil. No sé dónde colocaría yo la dificultad de asustar, pues el miedo es más personal que la tristeza o la risa, mucho más. En todo caso no se me ocurren muchas personas que puedan quedar impasibles ante la lectura de Gyo, un cómic de horror cósmico donde lo que no puede ser y el olor toman el mando. Gyo no es una obra excesivamente terrorífica, ya que más bien debería considerarse opresiva y desesperante, un sumar continuo donde los personajes se van ahogando en la putrefacción sin que puedan hacer absolutamente nada por evitarlo. Sin duda, una obra que para mí al menos se quedará mucho tiempo dando vueltas en la trastienda de mi cerebro, tanto por las escenas más realistas y viscerales como por las concesiones de Junji Ito al lirismo, momentos en los que demuestra que con lo más macabro es capaz de crear poesía.

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1. Hechizo total de Simon Hanselmann
Para mí lo mejor del año, el mejor cómic en varios años, es sin duda la selección más subjetiva de la lista. Quizás podría discutir mejor la valía de las otras obras seleccionadas, pero con el cómic de Simon Hanselmann posiblemente tendría más problemas. La calidad de Hechizo total es innegable, pero se me hace harto complejo separar las virtudes intrínsecas de la obra del diálogo que la misma plantea conmigo y con mi generación. Ser un texto generacional puede ser peligroso, pues la obra se puede reducir a flor de un día, pero algo me dice que eso no pasará con Hechizo total, sé que volveré una y otra vez al cómic del mismo modo que tengo que considerar amigos íntimos a personas que veo como mucho un par de veces al año. Lo que ha hecho Simon Hanselmann no tiene nombre, ha escrito el chiste más divertido y triste del mundo, un canto de esperanza para una juventud derrotada.

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El último héroe libertario

BATMAN_A_O_100Batman año 100 (Paul Pope). Debolsillo, 2014. Rústica. 200 págs. Color. 14,95 €

El problema de la ideología es que todos pensamos que hemos llegado a la nuestra a través del razonamiento y la reflexión libre mientras que los demás, aquellos que no coinciden con nosotros, han terminado llegando a sus propias conclusiones a partir de la estupidez y el dejarse llevar por mentes carismáticas pero equivocadas. Es así de sencillo y no hay más. Con esto no vamos a defender el relativismo absoluto, pero si vamos a señalar que mientras la defensa de las ideas sea más pasional que reflexiva, el otro será antes un tonto que alguien con ideas complementarias. Este proceder llega a límites absurdos en el campo del arte, donde muchas personas se niegan a aceptar la innegable calidad de una obra simplemente por la animadversión ante la ideología del autor.

La deriva histórica de España ha marcado de forma muy clara a los creadores y a las líneas de pensamiento, haciendo que buena parte de la creación se sienta más atraída hacia un extremo que hacia el otro, extremo que puede que no haya hecho mucho por la cultura, pero al menos no ha sido tan claramente destructivo como su oponente. Así que a veces la gente no sabe como reaccionar ante autores de reconocido talento pero que se alejan completamente del estereotipo del autor de izquierdas, no por ello siendo menos comprometidos. Un caso paradigmático es el del director de cine Clint Eastwood, quien se define como un libertario extremista, hasta el punto de rozar el anarquismo capitalista. Pero claro, tampoco faltan autores así en el cómic, siendo un ejemplo claro, tomado por muchos casi como una parodia, Frank Miller, aunque obras como Batman año 100 de Paul Pope no se alejan mucho de esa visión libertaria del universo. El error es principalmente del lector, quien ante un texto digamos marxista ve a un creador comprometido y reflexivo, mientras que ante una obra libertaria se empeña en buscar la ironía, buscando siempre la excusa, minimizando la implicación ideológica de la obra.

Pero no nos engañemos, Frank Miller está muy convencido de lo que dice y se limita a usar la expresión artística como vehículo de su ideario. Ocurre exactamente lo mismo con Paul Pope, quien en su Batman año 100 realiza una crítica directa, un ataque sin concesiones, al estado totalitario, pero no defendiendo la revuelta social, sino el poder único del individuo, defendiendo a Batman no como un catalizador que derive en una revuelta social, sino como un individuo que se basta y sobra para enfrentarse a un estado alienante que no tiene problemas en maltratar a sus ciudadanos, si es que los habitantes de ese Estados Unidos futuro merecen tal apelativo. Paul Pope simplemente transmite su ideología, o simplemente la misma se cuela en su obra de ficción. Texto que ante todo es divertido, intenso y coherente, muy coherente, sin hacer ninguna concesión buenista. En Batman año 100 existen los daños colaterales porque las víctimas eligen ser víctimas, ya sea por su adhesión a un sistema injusto o por la aceptación de su papel como cordero ante los opresores.

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En cierto sentido, el Batman de Paul Pope es equiparable a ciertas representaciones de los villanos de un Batman más clásico, especialmente a sus recientes adaptaciones cinematográficas. Al igual que el Joker o el Bane de Nolan, el Batman de Pope es un agente del caos, pues la sociedad futurista del cómic no es más que una proyección de los miedos libertarios actuales. Mientras que la izquierda teme una sociedad sin estado al servicio de megacorporaciones, la derecha se asusta ante un estado tan fuerte que esté por encima de cualquier iniciativa privada, tanto individual como colectiva. Evidentemente esto no es nada nuevo, es una idea que siempre ha estado ahí, poblando la cultura popular, una corriente a la que Paul Pope se suma con un cómic de calidad sobresaliente. Batman año 100 es el superhéroe norteamericano llevado un paso más allá, parecido a El regreso del señor de la noche de Frank Miller pero cambiando la espectacularidad operística por una acción más directa y cruda.

Del trabajo gráfico de Paul Pope poco se puede decir que no sea positivo. Es cierto que el autor cuenta con un estilo muy personal, lo que puede crear predisposición hacia filias y fobias por parte de los lectores, aunque pocos argumentos pueden existir para criticar el trazo de Paul Pope más allá de la subjetividad. El dibujo de Paul Pope consigue llenar de epicidad cualquier viñeta, cargando cada línea con una potencia cinética que parece a punto de explotar. Paul Pope es uno de esos pocos artista capaces de insuflar vida al dibujo estático, haciendo que sus figuras salgan de la página. Este acabado está presente en todas sus obras, como la juvenil Battling Boy, pero lo cierto es que casi funciona mejor en Batman año 100, ya que cierta suciedad en su trazo mejora la sociedad futura distópica, haciendo que la ciudad y las fuerzas que la controlan sean aún más despreciables y aterradoras. Aunque por suerte contamos con Batman, un héroe que no va a permitir que nadie le aplaste, dispuesto a luchar por su libertad cueste lo que cueste.

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Buscando nuevos retrolectores

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Battling Boy (Paul Pope). Debolsillo, 2014. Rustica. 15 x 21 cm. 208 págs. Color. 14,95 €

La ciencia ficción y la fantasía siempre han mantenido barreras bastante claras hasta que un determinado momento éstas han caído, dando lugar primero a una hibridación y posteriormente a una conquista sin concesiones por parte de la fantasía. A la ciencia ficción se le permite mantener su estética, pero los temas pertenecen por ahora al terreno más fantástico y heroico. Quizás la última batalla tuvo lugar con el ciberpunk o la nueva carne, desgraciadamente la sociedad decidió ir más rápido que los visionarios, haciendo totalmente innecesario cualquier oráculo o hipótesis sobre pasado mañana, pues el futuro ya no existe.

La fantisificación de la ciencia ficción tiene su mayor exponente en el steampunk, la cabeza de cartel de los llamados retrofuturos. Como ya no podemos imaginarnos futuros creíbles, jugamos con pasados y presentes alternativos. La duda por lo incierto es tan grande que no podemos más que fantasear sobre que hubiera pasado si la industria a vapor aún fuera la predominante o si los nazis hubieran ganado la Segunda Guerra Mundial. Básicamente es una fascinación por los tiempos pasados pero otorgándoles más posibilidades, pensar en lo que pudiera haber hecho el detective Philip Marlowe si a su clásico sombrero fedora le añadiéramos una pistola de rayos.

Este ejercicio es básicamente lo que Paul Pope lleva a cabo en su obra Battling Boy, recogiendo la estética y puesta en escena de los primeros cómics de superhéroes, como el primitivo Batman de Bob Kane, pero dándole una pátina juvenil mucho más actual. Battling Boy transcurre en un mundo donde los gorros de aviador de la Segunda Guerra Mundial conviven sin problemas con zapatillas Converse o pantalones vaqueros de pitillo, una deliberada y consciente amalgama donde la reconstrucción de un pasado futuro se pone al servicio de la aventura más directa y descarada.

Esto podría considerarse al mismo tiempo un acierto mayúsculo y un error obvio. Paul Pope trata de crear una obra de puro disfrute juvenil, algo que enganche realmente con los adolescentes, hastiados de las complejas y superadas narraciones de Marvel y DC. Sin embargo, aunque Battling Boy es innegablemente un universo fresco y actual, bebe quizás demasiado de los cómics de los años 30 y 40 del pasado siglo, desdibujando en más de un sentido la línea que separa una obra joven inspirado en lo clásico, y un producto que apela en exclusiva a la memoria, con códigos totalmente caducos. La hibridación siempre es complicada, y aún más si la mezclamos con la reconstrucción temporal, y la obra de Paul Pope se balancea entre un acierto total de una renovación para los nuevos consumidores culturales del siglo XXI y una curiosidad para lectores del siglo XX.

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Battling Boy es una historia arquetípica, que no afortunadamente tópica, donde el hijo de un dios debe pasar su rito de madurez en una ciudad asediada por monstruos, Arcopolis, urbe que para más inri acaba de perder a su mayor héroe, el aguerrido Haggard West, la última defensa ante las bestias del inframundo que acosan la ciudad de noche, secuestrando niños o devorando vehículos. Como es lógico, el Chico Batallador está lejos de ser un héroe perfecto en el inicio de sus aventuras, pues sin cambio no hay historia, así que el primer tomo de la nueva obra de Paul Pope es poco más que una presentación de sus personajes principales: el Chico Batallador, joven héroe de poderes míticos; Aurora West, heredera del hasta hace poco único héroe de la ciudad; así como los monstruos y ciudadanos de Arcopolis.

Quizás sea pronto para opinar sobre la evolución de Battling Boy, ya que al primer volumen de momento sólo le seguirá una precuela, The rise of Aurora West, dibujada en este caso por el de sobra conocido David Rubín. Lo ideal sería una profundización en el universo de Arcopolis y un desarrollo más profundo de los personajes, pues hasta ahora, al margen de grandes escenas de batallas, sólo sabemos que el Chico Batallador quiere ser cualquier cosa menos un héroe, que Aurora West odia al nuevo héroe que quiere suplantar a su padre, que los ciudadanos y funcionarios de Arcopolis fluctúan entre la estupidez y la corrupción, y que los monstruos desean el mal por el mal. Por suerte los cimientos de la mitología de Battling Boy son lo suficientemente fuertes y abiertos para gestar una obra juvenil y de aventuras de gran calidad, ya que su lectura aislada no es más que una larga introducción, muy atractiva pero que pide una continuación inmediata, la cual esperemos que no tarde en llegar.

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