Spain is Pain #318: el sistema.

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Larson (Javi de Castro). Modernito Books, 2017. Rústica, 176 págs. B/N, 17,50€

La televisión o por extensión el medio audiovisual es un contexto lo suficientemente fuerte para generar historias de gloria y fracaso, como escenario puede llegar a ser tan épico como los deportes no de élite como el fútbol. La televisión tiene un elemento que lo convierte en central: estar en el del salón de todas las casas ocupando el espacio que antes ocupaba el fuego a tierra. Eso ha dado lugar a que en el último medio siglo lo que suceda en esta se convierta en parte de las anécdotas familiares, principalmente los concursos, tanto de habilidades como de conocimientos que en el último lustro se han revalorizado como unos contenidos capaces de acumular cuotas de audiencia más que interesantes y, sobre todo, fieles.

La cultura estadounidense popular es básicamente de carácter audiovisual, en cierta manera sino inventaron todo lo que podemos ver por un televisor lo mejoraron o lo perfeccionaron. Para ellos el conocimiento del medio es tan intrínseco a su día a día que el imaginario popular colectivo con respecto al medio se remonta a la década de los sesenta convirtiéndose en una parte sólida y estable de su propia cultura. En su último trabajo Javi de Castro explora el periodo de oro de los concursos estadounidense a través de un caso paradigmático de un concursante que supo reconocer el sistema de funcionamiento del juego y derrotar a los creadores del concurso. Yendo un poquito más allá de la representación de un momento mítico de la televisión, los concursos siempre han sido como un coto vedado de participación del espectador en el que puede interactuar, pero siempre dentro de unos cauces, Michael Larson se puso en el mismo nivel que los productores para poder derrotarlos.

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En Larson, el homenaje que le hace el autor leonés le hace al medio, la tele deja de ser una experiencia mágica para mostrarnos la construcción de la misma. El productor del programa intenta entender el mecanismo real del concurso, no el impuesto a los participantes, ni tampoco el escénico. Estas reglas tan solo las ha entendido Michael Larson un tipo de persona para la cual la televisión como generadora de contenidos ha sido creada. Es un personaje con una expectativa laboral y de futuro pobre que se vuelca con el aparato electrónico, no tiene nada más que hacer. El deseado espectador pasivo es aquel que consigue golpear en las entrañas del sistema. Pero Larson no es un tipo revolucionario, sino uno que ve una oportunidad de triunfar con aquello que conoce de su día a día. Pero la fama de la tele es efímera para los participantes, aparecen en número limitado de programas, pero y luego desaparecen en la maraña de imágenes. La vida del protagonista después del concurso tiene cierto gusto agridulce que pasa desde el reconocimiento de la gente a ser un fugitivo sin muchos planes para el futuro.

Javi de Castro se marca, como de costumbre, un trabajo impecable en el que se permite en algunas páginas el experimentar con la composición de la misma poniendo diferentes elementos en un solo plano diseccionando la entrega del concurso en el que participo Michael Larson. Por otro lado, es muy de agradecer que no entre en cuestiones excesivamente técnicas sobre el funcionamiento de patrones, ni el funcionamiento de un programa en directo de manera que no resta importancia ni al personaje ni al relato. Larson es por el momento la obra más larga de un autor que se mueve muy bien en el cuento corto y que empieza a encontrar cada vez más cómodo en el formato novela gráfica. En definitiva, un volumen que hará las delicias de los seguidores de este autor y de aquellos interesados en la historia de la televisión antes del advenimiento de internet.

@Mr_Miquelpg

@lectorbicefalo

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Spain is Spain #258: sin pena

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Que no, que no me muero (María Hernández Martí y Javi de Castro) Modernito books, 2016. Rústica, 168 págs. Color, 19,50€

Lupe es una mujer cercana a los cuarenta, que tiene la vida más o menos organizada hasta que le detectan un cáncer de mama. A partir de ahí el relato podría tomar una serie de desvíos: por un lado se podía haber decantado por lo lastimero, el porqué del castigo divino, etc. Podría haber sido un cuento sobre la dignidad de la enferma por encima de la injusticia de un sistema que no cumple su parte. Pero no, Que no, que no me muero, no opta por ninguna de las vías clásicas para la ficción sobre enfermedades.  Evita de pleno el relato maniqueo de bien y mal y por supuesto el lastimero.

La guionista opta por una serie de microrrelatos, un total de 32, que recorren las etapas por las que Lupe pasa por su enfermedad. Pero no se trata solo de la historia de ella sino de la de aquellos que la rodean, los cambios y una misma. Pero sobre todo por la fuerza que va adquiriendo el personaje página tras página, que lejos de desfallecer y convertirse en un personaje patético se convierte en el motor de los que la rodean. Aunque el carácter de la protagonista se pueda confundir muchas veces con el amargor que supone el tratamiento de esta enfermedad no es más que su carácter. Lupe no busca posibles causas kármicas a su situación, ni el perdón de la gente.

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Página tras página podemos ver como el proceso no homogeniza, a cada enfermo le afecta de una manera diferente, no solo en lo físico sino a nivel intelectual, cada uno es diferente , y la mala leche que destila Lupe es única. Se agradece a lo largo del volumen evitar la moralina fácil, buscar la lágrima o construir un personaje que de lástima sino a una persona un tanto cabrona.

Me da la sensación que pocos autores como Javi de Castro hubiesen sido capaces de plasmar los recursos literarios propuestos en el relato. Algo que ya hemos podido ver en trabajos anteriores suyos y que se convierte en una especialidad del autor: desglosar el espacio visual del relato y desfragmentar la acción dentro del encuadre. El autor se sirve de estas técnicas para apuntar a la evolución de Lupe, un personaje que apuesta por seguir con su vida independientemente de la opinión de aquellos que le quieren hacer comer remolacha. Una obra que María Hernández Martí escribe con un buen punto de mala leche, el necesario para sobrevivir hoy día.

@Mr_Miquelpg

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