La gloría de los vencidos

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El oro y la sangre 2 (Maurin Defrance, Fabien Nury, Merwan y Fabien Bedouel). Spaceman Books, 2015. Cartoné. 128 págs. Color. 25 €

Los juegos de rol, los de papel y lápiz, tienen un valor que los videojuegos jamás conseguirán: si el personaje muere no hay vuelta atrás, puedes estar tres, cinco o diez años jugando con un personaje, con toda la conexión emocional que eso supone, y una mala decisión puede acabar con su muerte. Nada más, lo guardas en el cajón de los personajes muertos y te haces uno nuevo. En los videojuegos basta con cargar una partida guardada, ya casi ni eso, pues la mayoría tiene la opción automática de volver a un par de minutos atrás en el juego cada vez que mueres. Esto hace que la épica en los juegos de rol, hojas fotocopiadas (en la actualidad impresas), tenga mucho más peso, pues el crecimiento del personaje, su camino hacia su misión vital, hacia la gloria, pueda terminar en cualquier momento, tras cualquier esquina, convirtiéndose en un recordatorio de lo que pudo ser. Un proceso que se vuelve casi lunático si pensamos que cuando termina una aventura siempre se puede iniciar otra con el mismo personaje, lo que hace de la muerte el único fin posible del mismo.

Esto es quizás lo que sucede en el segundo volumen de El oro y la sangre, que recopila los tomos tres y cuatro de la edición francesa, los que cierran la historia del pirata corso Léon y el aristócrata Calixte. Cuando hablábamos del primer volumen de la saga, El oro y la sangre 1, lo describíamos como una fantasía adulta dentro de los límites de la imaginación juvenil más febril, el deseo escapista de cualquier joven: la aventura, el peligro, las mujeres, la gloria. Sin embargo, los guionistas Maurin Defrance y Fabien Nury han llevado toda esta fantasía hasta los últimos confines en la segunda mitad de su historia de dos piratas franceses durante la Guerra del Rif. Por suerte, los guionistas no han optado por darle una capa de betún de realidad a la narración, haciendo que los héroes de repente sean falibles y todo le salga mal. Más bien nos encontramos con una evolución trágica de la historia llena del romanticismo más clásico, no por nada al final nos encontramos con una historia que mezcla un paisaje exótico, el nacionalismo y la tragedia, tres de los ingredientes más importantes del romanticismo clásico. Si consideramos que un drama es una historia de sufrimiento que acaba bien y una tragedia una narración de la misma índole pero que acaba mal, El oro y la sangre es una tragedia pura. Pero como las buenas tragedias, esta obra está llena de belleza y esa rara esperanza que nace de la derrota.

Quizás lo más llamativo de El oro y la sangre 2 sea la ruptura entre los dos amigos, no en el sentido de final de la amistad, si no de la separación de ambos buscando su metal vital. Por un lado tenemos a Léon Matilo que se convierte en un señor del hampa en Tánger. En cierto sentido el corso sigue prestando servicio a los rebeldes del Rif, pero siempre y cuando pueda llevarse una importante tajada económica mientras disfruta de parrandas sin fin en su palacete particular. Por su parte, Calixte Prampéand se entrega a la deriva romántica definitiva, el aristócrata incapaz de soñar durante la primera mitad de su narración se ha convertido totalmente en un soñador sin límites. Siendo uno de los principales líderes militares de los rebeldes del Rif, Calixte se convierte al islam bajo el nombre de Khalil al Islami, entregando su corazón al sueño de la República del Rif y a Anissa, una rifeña esculpida en piedra. Se podría defender que estas son las evoluciones lógicas de los personajes, Léon siempre ha soñado con ser alguien importante y Khalil no ha querido más que entregar su vida a algo mayor que el mismo.

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Sin embargo, o quizás porque así debía ser, los sueños de los protagonistas están destinados a durar poco y en parte a ser responsables de su caída. La República del Rif, como la lógica y los libros de historia nos han enseñado, estaba destinada a ser un sueño efímero, más al enfrentarse a dos potencias coloniales como España y Francia, que aunque al principio tuvieran poco que hacer contra las técnicas de guerrilla de los rifeños, estaban destinadas a conseguir una victoria aplastante por la simple superioridad de sus tropas y su tecnología. Aunque nadie debe desanimarse por la crónica de una derrota más que previsible, pues la propia historia de los dos piratas franceses está llena de suficientes puntos de luz, de una luz brillante y cegadora, como para que su épica no se vea empañada por una simple derrota final. Marin Defrance y Fabien Nury consiguen llenar un espacio histórico, la colonización a principios del pasado siglo, de una belleza salvaje propia del romanticismo del siglo XVIII.

Por su parte, el dibujo de Fabien Bedouel y Merwan continúa la misma línea que en el primer volumen, con esas líneas angulosas y los sombras densas, algo que se puede considerar casi como cierto feísmo que ayuda a dar intensidad emocional a la narración, con una intensidad cinética que no se detiene en ningún momento, haciendo que la lectura sea más rápida sin posibilidad de reposo ni para los héroes ni para el lector. En resumen, el trabajo de Marin Defrance, Fabien Nury, Fabien Bedouel y Merwan crea una gran tetralogía sobre la aventura y la gloría, la cual casi puede entenderse como un díptico desde la aventura casi adolescente al margen de cualquier responsabilidad, hasta la gloria del derrotado cuyo heroísmo es innegable simplemente por el hecho de haberse enfrentado a lo imposible.

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Esplendor y muerte de la infancia

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Pistuví: El país de los grandes pájaros (Merwan y Bertrand Gatignol). Spaceman Books, 2015. Cartoné. 192 págs. ByN. 20 €

El cómic ha de vivir una lucha constante contra el tópico de ser un medio infantil y adolescente, demasiado simple para consumidores adultos. Un tópico que no sólo es simplista, más allá de lo que suele ser un estereotipo, si no también falso, ya que incluso hoy en día es difícil de encontrar obras para lectores en formación fuera de los clásicos americanos y europeos, siendo quizás el manga el único mercado que de forma industrial apuesta por este público. Incluso sectores que se han dedicado a públicos infantiles hoy lo han abandonado, como es el caso del cómic de superhéroes norteamericano, que pivota entre la deconstrucción autorreflexiva de la postmodernidad y las obras que se limitan a presentar una visión infantilizada de los temas adultos, es decir, construcciones con la complejidad discursiva de un chaval de 12 años pero empeñadas en tratar temas adultos como el terrorismo o la violencia de género.

Pero claro, es lógico que las nuevas generaciones demanden obras nuevas, pues a pesar de la calidad de creaciones como Tintín o Astérix y Obélix, es cierto que estos cómics viven en la actualidad más de la nostalgia que de la llegada de savia nueva. Entonces qué puede encontrar un joven que quiera leer un cómic. Si debiera limitarme a mí opinión personal, defiendo una postura intermedia que enfrente al infante y al adolescente a obras a su nivel moral e intelectual pero sin querer evadir la reflexión y el pulso. En este sentido, cómics como Aquel verano son un ejemplo perfecto, ya que juegan a ambos niveles. El cómic de Mariko y Jillian Tamaki es un ejercicio de melancolía adolescente para cualquier lector adulto, pero al mismo tiempo funciona para cualquier lector adolescente como una muestra de lo que él está viviendo en esos momentos, ya que los debates son en tiempo real, con lo que el adulto reflexiona sobre lo que fue mientras que el adolescente lo hace sobre lo que es.

Pero si retrocedemos hasta la infancia tenemos que buscar obras como Pistuví: El país de los grandes pájaros, de Merwan y Bertrand Gatignol, para encontrar un ejercicio parecido. El cómic nos cuenta la amistad entre Pistuví, un zorro antropomórfico, y Jeanne, una niña amante de la música. Ambos personajes viven en una cabaña en lo alto de un gigantesco árbol y se relacionan con otros extraños individuos como el viento, personificado en una mujer etérea; un enorme anciano-tractor, que recorre el mundo ordenándolo; y unos extraños y descomunales pájaros parlantes con el poder de hechizar a quienes les escuchan hablar. El universo escrito por Merwan y dibujado por Bertrand Gatignol es la recreación perfecta de la imaginación infantil cosificada, no nos encontramos ante ningún juego postmoderno que recree ninguna desviación de una obra infantil previa, el universo de Pistuví y Jeanne es lo que es, algo tan mágico y extraño que sólo puede funcionar bajo las leches inquebrantables de una mente que aún no ha consentido poner límites al mundo. En este universo propio encontramos las lógicas propias de los juegos infantiles ajenas a la física ordinaria pero conocedoras de sus propios límites. El guión de Merwan está compuesto por capítulos cortos, de diferente duración, donde se van dando diferentes pinceladas para crear sus propias historias y dar riqueza y profundidad a la gran narración que subyace a los largo de Pistuví: El país de los grandes pájaros.

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Todo esto se ve reforzado con el arte de Bertrand Gatignol, quién con una simpleza llena de detalles da vida a este universo infantil, haciendo creíble tanto a sus personajes como a los curiosos elementos que les rodean, un lugar donde las reglas son simples pero estrictas, dejando libertad a los jugadores que sólo deben prestar atención a unas pocas normas que son tan flexibles como intransigentes. De este modo el juego es una constante en el cómic, lo que lo hace divertido y ameno de leer, disfrutándose enormemente de las aventuras de sus dos protagonistas. Pero Merwan es capaz de dar un paso más, añadiendo una capa de tristeza a la obra que gradualmente va aumentando hasta llenar de un poso de melancolía la lectura. Esta introducción de la amargura se realiza de forma gradual y orgánica, con lo que no es ningún guantazo para el lector, sino más bien la conclusión lógica de la historia de Pistuví y Jeanne, un destino al que ambos se ven abocados de forma inexorable por el simple hecho de crecer.

La historia evoluciona y crece igual que lo hacen todos los niños, pero Merwan no lleva esta tristeza hasta un campo de desolación sin esperanza, ya que se detiene en la amargura reflexiva en la que los adultos podemos reflexionar sobre el fin del juego y los niños pueden hacer lo propio sobre la propia forma de la imaginación. Merwan no habla sobre los límites de la infancia, más bien se centra en el cambio como parte importante de la misma. Las peripecias de los dos amigos protagonistas no se acaban al final de la historia aunque cambien en gran medida. Quizás sea una lectura demasiado dura para un niño, pero no deja de ser un reto interesante para un adolescente que pivota entre el juego infantil y el mundo de los adultos, un recordatorio de que el cambio no es el fin, si no una puerta a otra realidad. Merwan deja las últimas páginas como una gran pregunta donde todos los personajes ven alteradas su continuidad, obligados a preguntarse sobre la lógica de sus acciones y la posibilidad de iniciar nuevos caminos. El último diálogo entre el viento y el hombre-tractor encierra todo el misterio de Pistuví: El país de los grandes pájaros, con la duda de qué hacer con la libertad y el propio vértigo de plantearse salir de los caminos establecidos.

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Niños grandes, alcohol, armas y mujeres

el oro y la sangre portadaEl oro y la sangre 1 (Maurin Defrance, Fabien Nury, Merwan y Fabien Bedouel). Spaceman Books, 2014. Cartoné. 128 págs. Color. 25 €

Mi abuelo materno nació en 1896 y murió en 1988, cuando yo tenía tres años. Recuerdo estar en su regazo, un hombre tan alto como delgado que me sonreía con inteligencia. Después mi abuela y mi madre se han encargado de contarme historias de su vida. Mi abuela siempre cuenta que era capaz de almorzar copiosamente para después ir a ver a un amigo, autoinvitarse y comerse el solo un pollo asado. Hay otras historias, como la multa millonaria que tuvo que pagar por ocultar a un republicano durante la Guerra Civil. Pero quizás lo que guardo con más cariño es una fotografía de mi abuelo en África, con su uniforme militar mientras luchaba por mantener los intereses coloniales de España en África. Sé que el colonialismo es malo, pero no puedo evitar sentir una sensación de romanticismo y melancolía cuando veo la fotografía de mi abuelo, con su bigote y uniforme militar, mirando indolente a la cámara, pienso en las aventuras que tuvo que vivir, en lo que supuso ser un soldado español durante la Guerra del Rif. Por suerte mi abuelo no murió en el Desastre de Annual.

A medida que avanza la historia, el pasado se va reimaginando creando una nueva lectura romántica e idealizada. Así que mientras obras como La Gran Guerra abogan por mantener fresco el recuerdo de las atrocidades de la I Guerra Mundial, no son pocos los autores que consideran que dicha época ya forma parte de la leyenda y es hora de que los héroes alérgicos a la muerte y adictos al peligro la reinen. Esto es lo que sucede en El oro y la sangre, una historia escrita por Maurin Defrance y Fabien Nury, y dibujada por Merwan y Fabien Bedouel, un moderno cuento de piratas con la I Guerra Mundial y la Guerra del Rif como telón de fondo. Lo primero que hay que dejar claro es que aunque la trama de El oro y la sangre esté anclada en la historia más real, su objetivo principal, por no decir prácticamente el único, es el entretenimiento, pero el entretenimiento de la mejor calidad, poniendo los cuatro autores todo su talento al servicio de contar una historia de acción e intriga de la forma más eficaz posible. Objetivo que tras la lectura del tomo, que recoge las dos primeras entregas francesas de un total de cuatro, no puede más que ser considerado como un éxito sin paliativos.

Maurin Defrance y Fabien Nury apuestan por el localismo más obvio para crear a sus dos héroes, Léon Matilo y Calixte de Prampéand. Aunque ambos son veteranos de la I Guerra Mundial que cruzan sus destinos en las trincheras, sus origenes son dispares pero totalmente complementarios. Léon es un rufián corso afincado en Marsella, alguien que conoce a todas las prostitutas de Francia, siempre tiene un chiste ocurrente pero  que siempre ha estado a las órdenes de alguien. Calixte es un aristócrata parisino siempre dispuesto a hacer lo mejor para su familia, algo que parece chocar con su fondo noble. La unión de ambos personajes crea una simbiosis propia de las buddy movies policiacas de los ochenta. León es incapaz de llevar a cabo sus grandes sueños mientras que Calixte es incapaz de soñar, de modo que el primero pone los ideales y el segundo la energía. Esta combinación produce continuos tiras y aflojas que ayudan al ritmo de la aventura, pues en lugar de avanzar de forma continua, vemos como el destino va poniendo piedras en su camino que ambos amigos sortean con la ambición que nace de su unión.

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En cierto sentido, el destino que Defrance y Nury construyen para Matilo y Prampéand es el propio que todo niño de diez años quisiera tener. El corso quiere abandonar su vida de esbirro en Marsella y el aristócrata no aguanta la presión de su estatus social, con lo que optan por algo san sencillo como hacerse piratas. Durante el primer capítulo, los guionistas se centran en la vida de los dos hombres en las trincheras y en el salto que tras una noche de alcohol y prostitutas les lleva a convertirse en traficantes de armas. El segundo capítulo se centra en su encontronazo con el ejercito colonial francés y su unión a las tribus rebeldes del Rif. Absolutamente nada de lo que planean los dos amigos sale bien, pero cada fracaso significa una apuesta mayor por la aventura y el riesgo, El oro y la sangre es un continuo e infinito caer de la sartén al fuego.

Por su parte, el dibujo de Merwan y Fabien Bedouel parece empeñado en el mismo fin, acelerar el pulso del lector. Un acabado casi bosquejado, lleno de claroscuros y negros, llena de intensidad y dinamismo cada viñeta, algo que se ve acrecentado con el uso de proporciones y perspectivas aberrantes. Léon y Calixte parecen siempre canallas con medias sonrisas, aunque Léon tenga tendencia a congelar su rostro con sorpresa y Calixte sea incapaz de ocultar la determinación en su rostro. En resumen, el trabajo de los cuatro autores crea una obra donde la cimentación en hechos históricos o la recreación gráfica son lo de menos, pues su obra es ante todo acción y diversión. Puede que algunos vean un barniz demasiado masculino en el cómic, pero lo cierto es que hay que saber leer la obra como lo que es, una fantasía adulta basada en la imaginación más infantil, cuando todos aspirábamos ser totalmente libres, dueños de nuestro propio destino y llamados a hacer grandes cosas. Cuando veo la fotografía de mi abuelo no me lo imagino disertando sobre Platón, sino más bien borracho con sus compañeros en una cantina de mala muerte en Marruecos, quizás después de luchar contra tribus rebeldes, y quizás, sólo quizás, de enfrentarse a dos piratas franceses.

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