El Shojo de otra manera

Mariko Tamaki y Rosemay Valero-O'connell- Laura Dean - Cubierta.

Laura Dean me ha vuelto a dejar (Mariko Tamaki y Rosemary Valero-O’Connell). La Cúpula, 2019. Rústica, 304 págs. Bicolor, 29,50€.

El ejercicio que muchas autoras están haciendo en la actualidad de reflejar entornos sociales poblados casi exclusivamente por mujeres es tremendamente refrescante. Si, suena a frase hecha, pero es una realidad que está atrayendo no solo a nuevas lectoras por la forma de contar las cosas, y por ser capaces de mostrar situaciones que estas lectoras pueden entender como muy próximas a su realidad. El caso de Laura Dean me ha vuelto a dejar de Mariko Tamaki y Rosemary Valero-O’Connell ejemplifica como ningún otro título esta nueva tendencia que cada vez gana más adeptos.

Lejos de lo pretencioso trazan una idea de mundo que está muy lejos de lo que estamos acostumbrados a ver en textos mediáticos, pero que recogen influencias de estos. La base del relato es un shojo de libro, tanto por la composición de layout, a veces más canónico y otras un tanto hetereo y fugaz, pero siempre respetando los límites de la viñeta, algo que no deja de ser una occidentalización de la estructura de la página. Por otro lado, está el tema, los amores tóxicos e imposibles. Posiblemente en un shojo canónico el conseguir ese amor imposible se represente como una gran meta a lograr. Aquí es el gran tema, la superación de este tipo de relaciones que no conducen a ningún sitio sino a la propia infelicidad.

Mariko Tamaki y Rosemay Valero-O'connell - Laura Dean - tripa co

En último lugar está la trama que se apoya tanto en el aspecto gráfico de la obra como en el tema como dos pilares que la sustenta de manera impecable. La historia de Laura Dean me ha vuelto a dejar es la de Freddy Riley, una chica que está muy enamorada de Laura Dean, que pasa por ser la más popular del instituto. Tal es la seguridad de esta que no duda en traicionar sentimentalmente a Freddy una y otra vez, con la capacidad de chantajearla para que sigan la relación una y otra vez como si no pasara nada. Freddy es la comparsa de Laura, siempre tiene que estar cuando se la requiere. Esto que podría parecer un relato ñoño de amoríos que no llegan a ningún lado se convierte en una profunda reflexión sobre el amor líquido que se impone en nuestros tiempos: poliamor, amor fraternal o las amistades. Todo como un sustituto de aquel amor binario que siempre ha vendido este tipo de relatos.

Laura Dean me ha vuelto a dejar juega principalmente a plantear una historia de amor con la vida y con los que te rodean más que esa falsa idea de la media naranja, también deja de lado la idea del romance heterosexual como modelo ideal. La normalidad con la que se plantea la relación entre dos mujeres es apabullante. Tanto que ha dejado de lado el cómic de temática gay a un lado, que lo sigue siendo, para aspirar a llegar al gran público sin demasiados aspavientos, pero con un relato sólido muy recomendable. Mariko Tamaki y Rosemary Valero-O’Connell crean uno de los relatos que dentro de unos años será considerado como un clásico de esta década, que a día de hoy es imprescindible.

@Mr_Miquelpg

@lectorbicefalo

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Cualquier tiempo pasado

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Aquel verano (Jillian Tamaki y Mariko Tamaki). La Cúpula, 2014. Rústica. 324 págs. Bitono. 24,90 €

Hacer amigos es difícil a menos que te obliguen. Puedes pasarte años sin tener amigos nuevos y el primer día de la universidad, la primera vez que te apuntas a una asociación o durante unas jornadas de puertas abiertas darte cuenta que tienes uno o dos amigos nuevos. Aunque claro, esto es algo que a medida que avanza el tiempo es más extraño. De niño todos los chavales de tu barrio son tus amigos, después, a medida que avanzas en el sistema educativo y profesional, eres más exigente, quizás porque todos nos volvemos más particulares y es más complejo encontrar gente afín. Después está el caso particular de los amigos de las vacaciones, los que muchos llaman los amigos de la playa o el pueblo, gente que veías más bien poco, normalmente sólo una vez al año, pero aún así eran considerados buenos amigos. Lo normal es que se pierdan en el tiempo, que dejes de ir al pueblo de tus abuelos tan seguido o que tus padres vendan o dejen de alquilar ese diminuto apartamento lejos de la primera línea de playa. En mi caso un apartamento en Mazagón a más de un kilómetro de la orilla. Entonces, una rutina de tu vida desaparece de un plumazo, aunque con esto no se puede negar su importancia.

Por eso los amigos de vacaciones, relacionados la inmensa mayoría de las veces con la infancia y primera juventud, son un ente tan extraño como definitorio. Acciones tan importantes como el primer amor o desengaño suelen estar relacionadas con este tipo de amistades, quizás porque los periodos estivales y de asueto son más proclives al sentimentalismo, el autodescubrimiento y la reflexión. Básicamente eso es lo que encontramos en el cómic Aquel verano de Jillian Tamaki y Mariko Tamaki, dos primas que parecen haber destilado sus recuerdos de aquellos veranos lejos de casa hasta crear una obra tan melancólica como pura. Realmente en Aquel verano no sucede absolutamente nada remarcable, si alquiláramos una cabaña en la orilla del lago Awago Beach y observáramos las vacaciones de Rose y Windy, no veríamos más que a dos adolescentes yendo todo el día de sus cabañas a la playa, salteada como mucho con una visita a la pequeña tienda local. Pero el guión de Mariko y el dibujo de Jillian nos mete dentro de la rutina más íntima de las dos chicas para envolvernos con su cosmos privado.

Por suerte, Mariko Tamaki rehuye de los dramas más energéticos y vacíos de la adolescencia, para mostrarnos a Rose y Windy más como unas observadoras que como dos sacos de hormonas preparadas para destrozarlo todo. En realidad, lo único que hacen Rose y Windy es hablar sobre lo que tienen al rededor, sobre sus familias y los habitantes de Awago Beach, con la única salvedad de que realmente hablan más sobre ellas mismas que sobre el ambiente que las rodea. Las discusiones de los padres de Rose o la adopción de Windy no son más que excusas para hablar de la construcción de la psique íntima de cada chica. Incluso el amor platónico de Rose con el dependiente de la tienda, una trama que como es lógico no lleva a ninguna parte ni tiene el más mínimo desarrollo, nos sirve únicamente para conocer a Rose, al margen de la novia embarazada o los problemas laborales. Al final, desde un punto de vista egoísta, somos testigos de la vida de dos chicas jóvenes, colocándose totalmente el foco en la vida de unas chicas que ese verano ni besan a nadie ni tiene la primera menstruación. Una apuesta valiente de Mariko Tamaki que se resuelve con una victoria tanto formal como temática.

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Del dibujo de Jillian Tamaki poco se puede decir además de su perfecta adaptación al tono de la historia. Una línea suave y un acabado en bitono son las únicas herramientas que la artista necesita para volver a llenarlo todo de una melancolía que por fortuna nunca desborda de sentimentalismo. El dibujo es totalmente funcional, aunque se vislumbran algunos aciertos notables como los rostros de los personajes, remarcando especialmente la expresividad de Windy, que parece cobrar vida por momentos; y el dibujo del agua, especialmente a la hora de plasmar a las chicas nadando, con viñetas de gran belleza como cuando Rose rompe la tensión superficial del agua. Poco importa que Rose esté caminando sola por un camino de tierra o que Windy trate de hacer una coreografía de crunk, Jillian consigue mantener todo el acabado gráfico con una simplicidad y entereza envidiables.

Hasta cierto punto se podrían leer Aquel verano de Jillian y Mariko Tamaki como el reflejo capitalista del relato comunista No puedes besar a quien quieras de Sandrine Revel y Marzena Sowa. Al final hablamos de lo mismo, de niños y amor, con la salvedad de que un relato se inscribe en los amplios páramos del ocio y la desidia mientras que el otro se reafirma en las estructuras del orden y el control. Aunque al final ambos terminan con la misma tesis, crecer y el amor son temas difíciles. Puede que Aquel verano sea más eficaz, sobre todo para el lector del bloque capitalista, no sólo por la innegable facilidad de la empatía con los personajes, sino por ese sentimiento tan agobiante de la libertad sin propósito. Todos hemos sido en algún momento Rose, todos hemos deseado algo sin saber porqué y a sabiendas de que no lo vamos a tener. Una tristeza difícil de asimilar, tanto por ser ilógica como por innecesaria.

@bartofg
@lectorbicefalo

Lo mejor del 2014 allende las fronteras

El pasado sábado Miguel nos daba su lista particular de las mejores obras nacionales del 2014, así que ahora me toca a mí añadir algo de orden y coherencia a todos los volumenes que durante el pasado año llegaron a las estanterías. Al igual que mi compañero, mi lista es totalmente subjetiva, debería aspirar a que las obras con mejor guión, dibujo y narración gráfica llenaran la lista, pero lo cierto es que al final no es así. En la lista pongo lo que más me ha gustado de lo que he leído durante todo el 2014, que leer no es lo mismo que conocer, así que si hay alguien que se pregunta por qué obras como L’Amour o Cowboy Henk no están en la lista, se debe a que aún no me las he leído. Cosa que supongo que no tardaré en subsanar. Del mismo modo, si faltan algunas otras obras que han hecho tambalear a los amantes del cómic, es porque personalmente no me han gustado. Esto no me preocupa en lo más mínimo, pues la única intención que tiene la lista es resaltar algunas obras que en mi humilde opinión debería leer y disfrutar todo el mundo, que la memoria tiende a ser frágil y después perdemos joyas entre la niebla.

Como parece que las listas de números dispares están de modo, aquí van los 10 cómics extranjeros que más han gustado a Barto durante el 2014.

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10. No puedes besar a quien quieras de Sandrine Revel y Marzena Sowa
Que fácil es realizar una obra sobre la infancia en un entorno hostil, más si le añadimos ese halo mágico y abstracto del amor puro y la búsqueda de la libertad. Pues no, no es para nada fácil, es algo tremendamente difícil, pues es fácil ceder al sentimentalismo más pueril y al maniqueísmo más simple. Sin embargo, Marzena Sowa sabe centrarse en una historia pequeña y emotiva para dejar que la situación política y social simplemente se cuele en las rendijas. El dibujo de Sandrine Revel no se queda por detrás, pues haciendo de la contención un valor positivo consigue que la ternura sea más directa que la violencia. Una historia pequeña que con un simple bosquejo explica perfectamente lo que era la infancia en la Polonia comunista.

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9. Manabé Shima de Florent Chavouet
Un vago bueno para nada visita una pequeña isla del mar interior de Japón. El turista parece más preocupado por descansar y beber cerveza que por hacer cualquier tipo de turismo. Sin embargo, nos encontramos con la contradicción de que dicho turista tiene alma de etnógrafo y entre paseo sin rumbo y tarde en el bar crea un fresco tan sentimental como científico. Manabé Shima es un estudio tanto de la población de una pequeña isla japonesa como del propio acto de observar de su autor, un canto humanista que mezcla la guía de viajes con la sociología y la psicología. La fascinación de occidente por oriente suele centrarse en la curiosidad y la diferencia, mientras que Florent Chavouet opta más por buscar puentes y lugares comunes, consiguiendo acercar culturas de una forma emotiva y humorística al margen de cualquier pedantería o relativismo.

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8. Bandette de Paul Tobin y Colleen Coover
Para mí una de las sorpresas más agradables del año y un nuevo recordatorio de que las ideas preconcebidas no son un atajo. Bandette puede parecer un cómic para niños, o jóvenes adultos, sin más, pero lo cierto es que esconde mucho más. Cuando el cinismo prácticamente a ahogado a la ironía, es agradable encontrar un cómic donde la inteligencia llena cada página y encima está dedicado para todos los públicos. El trabajo de Paul Tobin y Colleen Coover no se queda sólo en su particular mezcla del cómic americano y francés, a niveles tanto narrativos como visuales, sino en la presentación de unos personajes que dan un nuevo valor a la palabra carisma. La ladrona Bandette es un regalo para cualquier lector, una inyección de buen humor y dinamismo. Bandette se ríe contigo, te guiña un ojo y se despide con una voltereta tras besarte en la mejilla, siempre dejándote con ganas de más.

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7. Aquel verano de Jillian Tamaki y Mariko Tamaki
Volvemos a hablar de la melancolía en la lista, aunque esta vez cambiamos comunismo por capitalismo e infancia por adolescencia. La historia de Aquel verano será compartida por la inmensa mayoría de los lectores, aunque no hayan veraneado en la playa ni se parezcan en lo más mínimo a Rose ni nunca hayan tenido una amiga como Windy. El valor de la obra de las primas Tamaki se encuentra en ese campo tan difícil de hablar de lo más general explicando lo más concreto, centrándose en un caso particular hasta el límite para contarnos algo que hemos vivido todos. Probablemente cualquiera sería capaz de escribir algo como Aquel verano, pues basta con elegir aquel verano adolescente que nos marcó y simplemente explicarlo, pero difícilmente se conseguiría una coherencia y lucidez en el relato como en el del cómic de Jillian y Mariko Tamaki. Una zambullida autoconsciente en la felicidad blanca y la tristeza gris.

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6. Battling Boy de Paul Pope
Nadie pone en duda que El momento de Aurora West es la leche, pero antes de que la precuela se comiera a la obra madre, existía un pequeño chaval semidiós dispuesto a aporrear monstruos. He de reconocer que el paso del tiempo me ha hecho valorar mucho más la obra de Paul Pope, y aunque sigo reconociendo algunos pequeños defectos, cada vez estoy más convencido de sus aciertos y su potencial. Battling Boy es un puñetazo en la cara a la inmensa producción de cómic de entretenimiento, una muestra más de la decadencia de Marvel y DC. Paul Pope no escribe y dibuja para adultos con gustos infantiles, crea un cómic netamente juvenil lleno de acción y humor para que los chavales lo flipen. Nos encontramos con una obra que los adultos debemos leer pidiendo permiso a los chavales, un cómic que entretiene y además trae algo más.

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5. Solanin de Inio Asano
Lo que hace Inio Asano en Solanin es muy simple, nos presenta unos personajes y los pone a andar, creando una historia coherente e interesante, básicamente a lo que aspiraría cualquier autor. Pero no contento con esto, justo en la mitad del cómic, el autor implosiona la historia para llevarla en un nuevo sentido más complicado y difícil, haciendo que un buen comienzo tenga un desenlace impresionante. El planteamiento de Solanin no deja de ser la intranquilidad de alguien que estrena la edad adulta y no termina de estar a gusto a pesar de haber conseguido todo lo que la sociedad le decía que era la felicidad. Aunque el autor, hasta cierto punto cruel, coge esa queja de su protagonista la pervierte para darles razones reales para sufrir. En cierto sentido, Inio Asano conjuga el punto de vista del adolescente rebelde tardío con el adulto responsable para crear un texto lleno de tristeza y esperanza.

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4. Hulka de Charles Soule y Javier Pulido
Hulka es quizás el principal ejemplo de cómo las editoriales clásicas deben dejar lastre atrás, olvidando cronologías caducas y grandes temas adultas contadas por niños. Charles Soule actualmente escribe la colección de los Inhumanos, demostrando que puede crear un cómic tan genérico como cualquiera, reservando el verdadero arte para la abogada verde. Hulka es un cómic de abogados con superpoderes, la entrada del mundo real en la Nueva York de los Vengadores y los 4 Fantásticos, lo que visualiza lo absurdo de los superpoderes. Es cierto que este ejercicio no es nuevo, contando con antecedentes incontestables como X-Statix, pero el hecho de que el propio Charles Soule ejerza como abogado y Javier Pulido de rienda suelta a un dibujo tan personal, convierte Hulka en un auténtico acontecimiento. Esto es realmente un cómic para adultos, una obra inteligente y que supone un reto real para el lector.

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3. El bus de Paul Kirchner
La nada y el todo, una obra que podría definirse como un tratado filosófico en base a chistes blancos y bromas tontas. Es difícil hablar de la obra de Paul Kirchner porque habría que explicar lo inexplicable, pero básicamente lo que hace el autor es reflexionar sobre absolutamente todo de la forma más aséptica posible. Este recopilatorio es sin duda una de las mejores obras publicadas durante el pasado año, una de esas sorpresas editoriales que solucionan una deuda que muchos ni sabíamos que teníamos. la lectura de El bus se puede tomar de forma sosegada, dándole tiempo, o consumirla de una sola vez, sabiendo que en tal caso nuestro cerebro va a recibir un estímulo que nos dejará con una sonrisa en la cara y una sensación de incomodidad en el cerebro.

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2. Gyo de Junji Ito
Dicen que hacer llorar es muy sencillo y hacer reír bastante más difícil. No sé dónde colocaría yo la dificultad de asustar, pues el miedo es más personal que la tristeza o la risa, mucho más. En todo caso no se me ocurren muchas personas que puedan quedar impasibles ante la lectura de Gyo, un cómic de horror cósmico donde lo que no puede ser y el olor toman el mando. Gyo no es una obra excesivamente terrorífica, ya que más bien debería considerarse opresiva y desesperante, un sumar continuo donde los personajes se van ahogando en la putrefacción sin que puedan hacer absolutamente nada por evitarlo. Sin duda, una obra que para mí al menos se quedará mucho tiempo dando vueltas en la trastienda de mi cerebro, tanto por las escenas más realistas y viscerales como por las concesiones de Junji Ito al lirismo, momentos en los que demuestra que con lo más macabro es capaz de crear poesía.

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1. Hechizo total de Simon Hanselmann
Para mí lo mejor del año, el mejor cómic en varios años, es sin duda la selección más subjetiva de la lista. Quizás podría discutir mejor la valía de las otras obras seleccionadas, pero con el cómic de Simon Hanselmann posiblemente tendría más problemas. La calidad de Hechizo total es innegable, pero se me hace harto complejo separar las virtudes intrínsecas de la obra del diálogo que la misma plantea conmigo y con mi generación. Ser un texto generacional puede ser peligroso, pues la obra se puede reducir a flor de un día, pero algo me dice que eso no pasará con Hechizo total, sé que volveré una y otra vez al cómic del mismo modo que tengo que considerar amigos íntimos a personas que veo como mucho un par de veces al año. Lo que ha hecho Simon Hanselmann no tiene nombre, ha escrito el chiste más divertido y triste del mundo, un canto de esperanza para una juventud derrotada.

@bartofg
@lectorbicefalo