Victoria hasta las últimas consecuencias

talco porTalco de vidrio (Marcello Quintanilha). La Cúpula, 2016. Rústica. 164 págs. ByN. 17,90 €

La envidia es el pecado nacional en España, o al menos eso se dice. Cada vez tiendo a pensar que existen menos las generalidades nacionales y más la estupidez general, así que no sé si somos sólo nosotros o es general ese sentimiento de anhelo por lo que tiene el vecino, de pensar más en lo que el otro posee que en lo que nosotros tenemos. Pero claro, eso es sólo la envidia, el mero sentimiento de querer lo que el otro tiene, cuando en resumidas cuentas el otro nos importa un pimiento, lo que deseamos es su coche, su casa o algo similar, hasta nos valdría tener lo mismo sin que el lo perdiera. Lo malo llega con ese sentimiento más allá de la envidia, cuando no queremos lo que tiene el otro, lo que en realidad deseamos es la carestía del semejante, no importa que nosotros no lo tengamos, lo básico es que quien está enfrente carezca de todo, esté por debajo y sea él el obligado a envidiarnos.

Se me ocurren pocos sentimientos más feos y crueles, pero por desgracia no escasean quienes se alegran única y exclusivamente del mal ajeno, necesitando no tener más, sino que los demás tengan menos. Al final, como todos los pecados, esta crueldad última nace del orgullo, de la capacidad humana no sólo de reconocerse a sí mismo en un espejo, sino de reconocer al otro y odiarlo sin motivo. Por suerte para todos, esta reflexión que lanzo sobre la maldad humana está mucho mejor explicada en Talco de vidrio, el último cómic publicado en España del autor brasileño Marcello Quintanilha. En esta ocasión, y como ya hiciera en Tungsteno, Marcello Quintanilha demuestra que es capaz como pocos de aunar el localismo con el globalismo hasta dar lugar a una aldea global donde el Brasil más urbano es el perfecto ejemplo de la condición humana universal. El autor diseña un viaje por las grandes urbes costeras brasileñas para hablarnos sobre el hombre y sus circunstancias, al igual que hizo Shakespeare recurriendo a monarcas escoceses o adolescentes italianos.

Pero si en Tungsteno Marcello Quintanilha creaba un thriller a plena luz del día, donde el mundo criminal brasileño reinaba sobre sus soleadas calles, en Talco de vidrio el foco se gira hacia la alta sociedad carioca, simplemente para mostrarnos algo tan sencillo como que el dinero no da la felicidad y que los ricos también lloran. Máximas que podrían parecer obviedades, pero que pasadas por el filtro de Marcello Quintanilha dan lugar a un drama tan intimista como intenso, en el que Rosángela, una exitosa dentista, decide llevar su vida hasta las últimas consecuencias porque no tiene muy claro si es feliz. El resumen más escueto de Talco de vidrio podría limitarse en que Rosángela, de clase alta, basa su felicidad simplemente en creerse mejor que su prima Dani, una chica de clase baja que no ha tenido demasiada suerte en nada.

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Estos elementos podrían parecer pocos, incluso demasiado tendentes hacia el sentimentalismo más barato, aunque no bajo la batuta de Marcello Quintanilha, quien orquesta una tragedia personal que baila entre lo enfermizo y lo matemático. Dani no es más que una excusa, al igual que todos los personajes que cohabitan junto a Rosángela, un cuadro abstracto para remarcar la fragilidad y la inconsciencia del concepto de felicidad cuando caemos en el error del cuestionamiento continuo. Tras la aparente anarquía de las primeras páginas de Talco de vidrio, como lectores nos posamos en el interior de la psique de su protagonista, momento de empatía que Marcello Quintanilha aprovecha para jugar con nosotros de forma tan cruel como artística y refinada. Odiamos a Rosángela porque en el fondo no podemos evitar sentirnos un poco reflejados, ya sea por nosotros mismos o por conocidos, queriendo gritar que la felicidad es tan abstracta como queramos. Pero el ser humano es racional y Talco de vidrio es una muestra más del precio que debemos pagar.

Los puñetazos a los sentimientos y pensamientos del lector son continuos por parte de Marcello Quintanilha a lo largo de todo Talco de vidrio, jugando tanto con nuestro deseo de castigo divino para Rosángela, como con nuestra esperanza de redención y paz para ella. Al final el autor elige un desenlace acorde a la obra, a su grandeza e individualidad, cerrando un diálogo atroz entre su protagonista y un narrador que juega a abogado del diablo. Si Tungsteno era bueno, Talco de vidrio es mejor, porque no es lo que esperamos de una historia de Brasil, es una historia de Brasil, llena de vida y emociones, encerradas en el dibujo sencillo y la escala de grises de su autor, una red perfecta para atrapar una historia universal que hace del engaño y los espejos su forma de ser.

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La nieve que arde

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Tungsteno (Marcello Quintanilha). La Cúpula, 2014. Rústica. 188 págs. B/N. 18,50 €

Londres siempre está cubierta por la niebla. En Seattle siempre llueve. Por eso muere gente allí, los malhechores y los asesinos se ocultan entre las sombras, bajo enormes abrigos mojados. El último aliento termina convertido en un vaho blanco y denso, que se pierde en la noche. Los grandes maestros de la serie negra siempre se han ocultado en climatologías adversas, hasta el punto que muchos se han valido en exclusiva de la noche cuando sus héroes habitan climas más benignos. Philip Marlowe puede quejarse profusamente del calor de Los Angeles, pero el grueso de su acción tendrá lugar cuando caiga el sol, las calles se vacíen de gente honrada y la luna hiele las calles y la sangre.

Esta tendencia hacia la estandarización de un género es algo totalmente comprensible, tanto desde el punto de vista del autor como del consumidor. El autor busca que su obra sea rápidamente reconocible por el público, quienes seguramente estén buscando una obra que se parezca a tal o cual que acaban de disfrutar. Por eso, las roturas son tan complicadas, es tremendamente complejo innovar en un género temático pues es difícil llegar a ese punto donde la obra es reconocible aún dentro de los parámetros del género, pero se separa lo suficiente como para alcanzar eso que llamamos originalidad. Esta rotura controlada suele ser más exitosa cuando se mantiene el género pero se aleja de las cronotopias más transitadas.

Tenemos un ejemplo perfecto de la rotura del thriller en el nuevo cine Coreano, donde autores como Na Hong-Jin o Kim Jee-Woon han convertido el martillo es un símbolo de una fuerza imparable. Algo parecido es lo que consigue Marcello Quintanilha en Tungsteno una obra pura de serie negra capaz de romper los esquemas predeterminados del género para transitar los mismos caminos de siempre pero desde una perspectiva y unos parámetros totalmente nuevos. Marcello Quintanilha centra toda la acción de Tungsteno bajo el sol de Salvador de Bahía, concretamente en un turístico fuerte colonial situado en la playa. En este lugar tan concreto se cruzan las vidas de varios personajes conectados por dos pescadores furtivos que lanzan explosivos al mar. La luz y las gafas de sol toman el lugar del frío y las gabardinas para hacer que la entrada en la lectura de Tungsteno sea como mínimo curiosa. Marcello Quintanilha llena el cómic de un costumbrismo brasileño lejos de la visión externa de un turista, dando un nivel superior en la presentación de los personajes.

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Porque ante todo, los personajes de Tungsteno son tan reales como creíbles. En este sentido no hablamos de personajes redondos o complejos, sino de personajes reales. Muchas veces se ha presentado a los héroes de la serie negra como paladines del bien mancillados con algún defecto perdonable a la larga. Pero Marcello Quintanilha huye rápido de policías alcohólicos de buen corazón y granujillas de la calle llenos de humor. Todos los personajes de Tungsteno creen actuar en base al bien, como cualquiera de nosotros, pero todos son unos cabrones egoístas para según que tema, igualmente como nosotros. Así que de entrada puede parecer algo complejo empatizar con cualquier habitante del cómic, porque absolutamente todos tienes defectos imperdonables, defectos que en ningún momento intentan eliminar, pues para más de uno pueden incluso considerarlos hasta virtudes. Pero ante la negación de la empatía llega la comprensión, el entendimiento de unos personajes más reales que complejos.

Aunque por si esta endiablada construcción de personajes fuera poco, Marcello Quintanilha se empeña en contarnos la historia de sus personajes centrada en un solo instante. El autor sabe contar en muy poco toda la carga vital que llevan sus personajes a las espaldas para dar un nuevo nivel de entendimiento a las acciones de sus criaturas. De este modo, aunque el grueso de la acción de Tungsteno no llegue en tiempo diegético a un par de horas, como lectores somos conscientes de todo lo que ha llevado a los personajes hasta ese punto. En la narración también encontramos aciertos propios del medio difícilmente extrapolables a otros, como el salto temporal continuo que permite a Marcello Quintanilha avanzar y retroceder continuamente, haciendo dudar al lector de si algo acaba de ocurrir antes o después de la escena que acabamos de leer.

El dibujo de Marcello Quintanilha también refuerza el valor de serie negra de Tungsteno con una acción y unos gestos propios del thriller más moderno, optando siempre por los encuadres y perspectivas más cinematográficas. Quizás no resalte demasiado en las escenas más estáticas, pero no se puede negar que el autor consigue cargar de movimiento las secuencias de acción, aunque las mismas se alejen de los grandes tiroteos y se centren más en alguna pelea y disparo suelto. Lo que ayuda a incrementar el tono general del cómic, tan localista como interesante. En resumen, Tungsteno es una lectura muy interesante, una obra noir bajo el sol de Brasil pero huyendo de todos los tópicos que desde fuera relacionamos con el gigante sudamericano.

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