Las apariencias engañan

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La isla de las pesadillas (Hideshi Hino) La Cúpula, 2018. Rústica, 204 pags. B/N, 10,50€

Tanto Junji Ito, como Suehiro Maruo o Hideshi Hino basan el concepto de su terror, el de los tres es muy personal y único, en crear ciertas expectativas sobre los personajes a través de las apariencias con la que juega en un primer momento del relato. Cada uno de ellos tiene una serie de personajes arquetípicos, dentro los prototipos personajes nipones y su medida estructura. Lo que diferencia a Hino por encima de los otros dos autores es la visceralidad y lo poético de su trabajo. El dibujo tiene cierta tendencia infantiloide que nos remite a horrores mucho más primitivos, en el que cierta idea poética que ronda todo su trabajo se somete a lo enfermizo en esa relación entre el asco y ese dibujo, en ocasiones, dulce.

La isla de las pesadillas juega principalmente con las dobles apariencias en contextos reconocibles. En “Nuestro querido profesor” nos encontramos con un profesor con un aspecto afable muy querido por lo alumnos, este esconde un secreto que nace en su adolescencia cuando por accidente se come un insecto y empieza a superar su debilidad, a partir de ahí desarrolla una dieta a base de animales vivos y muertos. “Hola señor siluro” otra vez el protagonista es un niño débil que se ve poseído por un dios siluro de su pueblo que le dota de fuerza. En “La niña de los cuentos” la chiquilla en cuestión tiene una apariencia dulce y desprotegida, pero esconde una personalidad perversa que se dedica a espantar con falsos relatos sobre su pueblo a un visitante. “La isla de las pesadillas” es una especie de parábola sobre la sociedad moderna, un náufrago llega a una isla sin recordar quien es, cuando intenta sobrevivir se da cuenta que allí habitan unas bestias antediluvianas que se devoran unas a otras, en cierto momento encuentra un muro al que los habitantes no le dejan traspasar. Estos se deshacen de sus despojos, de bebes deformes y de las personas mayores de las que se alimentan las bestias del exterior. Cuando consigue entrar se da cuenta de que es una sociedad civilizada. En “Sudor frio” un samurái sediento llega a un pueblo y tras la burla de un aldeano decide utilizar su katana con los campesinos. “El cazador” rememora la idea del cazador cazado, un tipo va por una zona nevada y aislada en busca de una presa solo por el placer de abatirlo, pero pierde el conocimiento. Cuando despierta se encuentra a un anciano que lo ha rescatado del frio invernal, este con cara afable y con una gran colección de presas disecadas, pero esa no es su mayor colección sino una de la que el cazador espera no formar. El volumen se cierra con “La sirena” en la que un señor encarga a su súbdito que le traiga una sirena, este se pasa años, cuando vuelve, este explica su historia, pero la sirena no está en la jaula que este ha portado.

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Hideshi Hino plantea esa idea de los dobles matices, historias divididas en dos partes en las que la resolución viene a contravenir en la primera. Las expectativas que nos hemos planteado en las primeras páginas de cada relato no van a tener la resolución que esperamos, se trata de un juego en el que lo macabro, lo extraño y lo bizarro vienen a deshacer ese manido dicho de ‘la primera impresión es lo que cuenta’ en ninguno de los cuentos es realmente así. Existe, aunque de manera más atenuada, esa manera de mostrar la putrefacción del ser humano a través de malformaciones físicas o del alma. La isla de las pesadillas es, también, una colección sobre lo perverso ligado a lo tradicional, a los entornos pequeños y a aquello que no ha sido domesticado por la civilización. Es pues, una obra imprescindible, como todas las suyas, para entender el horror nipón contemporáneo.

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NO means NO

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Cuéntalo (Emily Carroll y Laurie Halse Anderson). La Cúpula, 2018. Rústica, 388 págs. B/N, 26,50 €

Corren unos principios de s. XXI muy raros, para los políticos cualquier tema se convierte en una herramienta para conseguir votos y como piedra arrojadiza. Todo bajo la excusa de formar parte del juego de lo que se han dado a llamar las guerras culturales en occidente. En algunos casos las cosas van mucho más allá de posiciones ideológicas relacionadas al género, lo religioso, orientación sexual, defensa de tradiciones, cuestiones relacionadas con el tema alimentario, cuestiones sociales, económicas o puramente judiciales. Hay factores sociales que tienen que ser tomados en cuenta por cualquier corriente ideológica como base de la convivencia social, y aparte de todo tiene que existir una defensa común para erradicar cualquier tipo de violencia sobre las personas. Y más concretamente aquella que está relacionada con la violencia sexual.

Este mismo año Astiberri publicaba Quiéreme bien. Una historia de maltrato de Rosalind B. Penfold, en el que se narraba una historia de maltrato en primer plano por parte de la misma autora. En esta se veía el proceso del maltrato desde los orígenes desde el detalle a las situaciones insostenibles. Lo mismo sucedía en Poncho Fue de Sole Otero, otra relación que se frustra por un sentido de posesión exacerbado. Emily Carroll y Laurie Halse Anderson nos plantean un tercer aspecto de la violencia de género, la violación pura y dura; basada en la experiencia personal de Laurie Halse Anderson y como adaptación de su libro Speak. Cuéntalo nos habla del año que pasa desde que es violada por un compañero de instituto en una fiesta hasta el momento en que decide hacerlo público. En ese punto la elección de la dibujante se convierte en vital para entender el estado de personaje de Melinda, Emily Carroll nos plantea a nivel visual, y por momentos, una historia de body horror, en la que la protagonista siente tanto horror por la posibilidad de que se le acerque un hombre como por ella misma.

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El relato no se centra tanto en el hecho de la violación sino en las consecuencias personales que acarrea sino en la desidia personal, la incomprensión, y el dejar de quererse a una misma. Pero también los problemas que causa a nivel social, el rechazo del colectivo que no acaba de entender los motivos por los que ella se siente así. De esta manera la guionista plantea un dilema bastante crudo, aparte del acto deleznable de la violación ¿esta no existe hasta que no se cuenta?. Para Melinda no, esta acción no llega hasta al final de la obra, es ahí cuando empieza a darse cuenta de que su posición debe de ser de fuerza, encontrar gente con la que hablar, comprender y reconocer cuales son las actitudes del posible violador que han de hacer saltar las alarmas. Ahí entra en juego el entorno capaz de asimilar su papel a la hora de denunciar ciertas actitudes masculinas por parte del resto de compañeros con los que comparte espacio, los padres, las amistades incluso con los docentes.

Cuéntalo podría haber sido fácilmente un rape and revenge, pero no hubiese sido igual de útil. La importancia de estos relatos en primera persona pasa por dejar de lado cualquier cuestión de género narrativo para aportar fuerza a la historia. Aquí se cuenta todo desde dentro, desde el punto de vista del personaje, la dibujante le da ese matiz de terror cotidiano llevado al propio cuerpo y los cuerpos ajenos. La verbalización del horror se produce con la palabra no, negando, no queriendo, no permitiendo, no consintiendo, no dejando; de hecho, aparece muy pocas veces a lo largo de las casi cuatrocientas páginas para darle relevancia que se merece. Emily Carroll y Laurie Halse Anderson crean un trabajo de esos que todo el mundo debería leer, sobre todo en la pubertad y en la adolescencia, por lo bien que está todo planteado, sin carga ideológica de ningún tipo y por ir directamente al grano.

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Spain is pain #340: el noir de finales de los noventa

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Camaleón (Carlos García “Perro”). La Cúpula, 2018. Rústica, 100 págs. B/N, 13,50 €

El Víbora de finales de los noventa y principios del siglo XXI sigue pasando un tanto desapercibida, sobre todo con respecto a los gloriosos orígenes de la película. Sin embargo, la labor de los editores, que seguían trayendo nuevos autores internacionales y descubriendo ya afianzando a los nuevos valores nacionales. Pero el declive de la revista de cómics, que tan gloriosas fueron durante los ochenta, ya estaba ahí y la influencia de las mismas iba perdiendo fuelle frente al manga como un fenómeno que empezaba a consolidarse y el cómic de superhéroes que empezaba a revitalizar el interés de los lectores.

Por eso sigue siendo necesario hablar de ese periodo y reivindicar las obras publicadas en esos años. Una de estas es Camaleón de Carlos García “Perro” que comparte algunos rasgos con ese underground inicial con el que se funda la revista. En primer lugar, la proximidad de los escenarios del relato; Barcelona sigue siendo una fuente de inspiración para ambientar relatos de género, lo mismo puede ser una ciudad inundada por la luz que plagada de una oscuridad emocional. Y en segundo lugar, sigue investigando en la geografía humana de la sociedad de los bajos fondos; drogas, muertes, sexo, prostitución y degradación moral presiden los bajos fondos, la diferencia con los primeros autores del víbora es el tono. Si en aquellos momentos nos encontramos con todo eso envuelto de un entorno lúdico vinculado a las recientes libertades adquiridas, en Camaleón todo tiene un regusto mucho más oscuro y una desazón interior que hace que el personaje admita la corrupción del sistema y de sus propias acciones sin una pizca de remordimientos.

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Aunque comparta muchos aspectos con ese cómic de antaño la obra de Carlos García “Perro” es por encima de todo una obra de género negro que maneja a la perfección los rasgos de esta manera de contar. Femme fatales esporádicas que capitalizan algunos de las páginas, muertes por resolver que finalmente tienen una resolución más fácil de lo que parece, un grupo de secundarios que rodean al personaje principal dotados de una gran profundad a partir de unos parámetros muy sencillos y un personaje principal que nos sirve a modo de guía en un safari turístico para introducirnos en lo más oscuro de una Ciudad Condal tocada de muerte y alejada de la euforia de los Juegos Olimpicos sufriendo a su manera la crisis de final de milenio.

En ese sentido nos encontramos con una obra brutal como síntoma de la dejadez de los seres humanos tanto por sí mismo como por aquellos que les rodean, la ley de la selva como una forma de supervivencia en un medio urbano. En Camaleón también nos encontramos con algunas resonancias a Alack Sinner de José Muñoz y Carlos Sampayo o Sin City de Frank Miller, tanto en esa mostración sin ningún tipo de parapetos de la violencia, como por la forma de hablar de lo social, así como el mostrar cierto gusto por experimentar con el dibujo. El autor burgalés rechaza la plasmación de la realidad a nivel fotográfico, consigue trasmitir esa suciedad moral con un trazo grueso y desigual en unos personajes que tienen más de lo que arrepentirse, que no lo hacen, que mostrar con orgullo. Camaleón es un título de necesaria revisión, no debemos considerarla como otra obra más de la producción nacional de El Víbora sino como una obra con entidad propia a la que el tiempo no le ha pasado factura, sigue siendo igual de fresca que hace dos décadas y de necesaria revisión.

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“Y los muertos aquí lo pasamos muy bien”

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La danza de los muertos (Pierre Ferrero). La Cúpula, 2018. Rústica, 148 págs. Color, 16,90€

Cada vez más nos encontramos como cómics contemporáneos beben de obras gráficas antiguas, ya sean concretas o inspirándose en épocas o estilos artísticos, beber de obras concretas o incluso realizar cierta ficcionalización. En ese sentido el cómic ha sabido absorber no solo ciertos discursos narrativos desde el cinematográfico al literario, diferentes estéticas, sino que se encuentra desde un ángulo incomparable para acoger cualquier tipo de discurso y hacerlo propio. La idea de Pierre Ferrero es coger los famosos grabados de Hans Holbein de su obra La danza de la muerte. Las danzas de la muerte eran un tipo de relatos recurrentes en las que normalmente se mostraban como la muerte, en forma de esqueleto, invitaba a personas de diferentes estamentos, edades, y condición social a bailar alrededor de las tumbas. Como un recordatorio de lo efímero de la vida y que de la muerte no está a salvo nadie.

Pierre Ferrero quizás lo enfoque desde otro punto de vista, aquí la muerte es todavía más brutal. Un nigromante es el encargado de gestionarla, este quiere ser un emperador del mundo y para conseguirlo debe de hacer crecer su ejército de muertos. Para ello envía a sus secuaces a los cementerios, a.k.a. ciudades con personas vivas, que estos se encargarán de asesinar, luego el nigromante les devolverá la vida convirtiéndose en fieles seguidores. La historia se desarrolla en un momento clave, en el que parece que el rey de los vivos va asestar un golpe estratégico al nigromante, pero este se adelanta y consigue hacerse con todas las tierras.

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Ese sería el cuento central, pero, por un lado, aparte de esta gran narrativa, están Miguelito y Boubaquere, dos muertos que se dedican a rapiñar en los campos de batalla para conseguir algo de dinero para beber, colocarse y pasar una noche con alguna mujer. Participan en las contiendas, aunque en beneficio propio, alejándose de la idea de los muertos que siguen al nigromante ciegamente. Estos dos solo buscan estar tranquilos para fumar marihuana y echar unas risas. Por otro lado, está Pistugrí una superviviente que consiguió huir del ataque de los muertos a su ciudad, esta, en apariencia personaje secundario donde los haya, consigue el dominio de las artes mágicas y reestablecer el orden, aunque en realidad lo que hace es matar a todo aquel que le lleve la contraria.

Pierre Ferrero, elabora un cuento sencillo con resonancias de una obra del siglo XVI, examinando los grabados de Holbein con el trabajo del autor francés encontramos, no similitudes directas, pero si una forma de contar que se parece. Cierta forma de recochineo con el que la muerte trata a los vivos en los grabados reaparece en el trabajo actual. El nigromante y el rey de los vivos parecen ser grandes personajes históricos, pero no dejan de ser seres ridículos cegados por la ambición, ni siquiera los muertos consiguen deshacerse del ego, el orgullo, los vicios, etc. Visualmente es una obra divertida y efectiva, un dibujo con un cierto toque naíf que utiliza colores muy llamativos, que se insertan en los globos a modo de tipografía con vida. Todo recuerda a cómics de finales de los setenta y principios de los ochenta. Es una obra muy divertida y atrevida, y bastante gamberra, pero no nos olvidemos que, a veces, la muerte hay que tomársela a cachondeo.

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Crumb el deslenguado

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Sexo Majara (Robert Crumb). La Cúpula, 2018. Rústica, 84 págs. Color y B/N, 12,50 €

Robert Crumb es ese tipo de autores que necesita ser recuperado a cada momento, la innovación que supuso en su momento, desde finales de la década de los sesenta y todos los setenta hacen de él un creador único. Quizás no tanto por la parte estética sino por lo deslenguado de su discurso personal, por esa parte Crumb es un exhibicionista. No duda en mostrar sus filias y obsesiones sexuales de la forma más natural posible, dicho de otra manera, lo, muchas veces, enfermo se muestra como una forma de libertad creativa.

Sexo majara recoge los tres números de Snatch Comics más materiales aparecidos en otras publicaciones como Jiz Comics, Felch Cumics y The Snath Sampler. Y como no todas y cada una de las páginas de esta recopilación es un canto al sexo, siempre lúdico, divertido, desprejuiciado en el que todo el mundo acepta su rol en este juego que son las relaciones sexuales. Es importante dar a notar que Crumb entiende el sexo, o la forma de entenderlo, como algo natural en el ser humano que no debe de ser negado. Y la sexualidad que en aquellos momentos era entendida como algo meramente del patrimonio de los hombres en estos momentos empieza a descubrirse al gran público, y reconocerse socialmente la riqueza de la sexualidad femenina. Aunque en estas páginas lo que nos encontramos es la idea del sexo según Crumb.

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Todo sea dicho, que en los tiempos que corren un genio como el de Filadelfia posiblemente seria viral pero le costaría pasar la línea de un reconocimiento por parte de los medios. Aunque hoy estamos curados de espantos Crumb sigue siendo rompedor por el desparpajo que muestra su discurso personal sobre el sexo. En este volumen encontramos de todo tipo, pero principalmente dos tipos de hombres el apocado que se aprovecha de sus atributos y el salido que no deja de lado ninguna oportunidad para salirse con la suya; por su parte las mujeres son complacientes pero no en un sentido sumiso, sino como un rol dentro de esta sexualidad, eso si físicamente robustas fuertes y dominantes cuando deben de serlo. Como en cualquier otro caso, siempre que sale algo nuevo de Crumb al mercado merece ser revisado, los clásicos es lo que tienen.

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El nuevo género de la fantasía

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La Sociedad de los Dragones de Té (Katie O’Neill). La Cúpula, 2018. Cartoné, 80 págs. Color, 16,90€

En la última entrada hable de la importancia de saber trabajar los límites y fronteras en las publicaciones destinadas a un público infantil y juvenil para que estas no sean tales. El caso de GenPet es el de una obra que opera dentro de los márgenes canónicos del género de aventuras. Sin embargo, hoy tenemos otra que transita dentro de la fantasía a través de la apertura. Es decir, en vez de encontrarnos un mundo basado en el prisma de la constante lucha entre el hombre y la naturaleza, ya sea en forma de monstruos, batallas épicas o el conflicto eterno de poderes de en reinos fantásticos; la idea es explorar ese tipo de narrativas no desde el conflicto sino desde la fraternidad y el amor.

La Sociedad de los Dragones de Té de Katie O’Neill experimenta en sentido contrario este tipo de universos. Siguen apareciendo personajes de otras especies aparte de la humana, profesiones vinculadas al funcionamiento de estos mundos imaginarios, e incluso usos y costumbres relacionadas con el género y que reconocemos. Pero en la obra de Katie O’Neill se denotan ciertos aspectos que rompen con las normas asociadas a la fantasía, al menos a nivel comercial y que si encontramos de manera más habitual en fan fics, en cuestiones de identidad de género. Empezando por la descripción física de los personajes, los padres de Greta, la protagonista, son intuidos de manera menos marcada por el sexo que en otras obras de este tipo: la madre es alta y fuerte, sin perder los rasgos femeninos, pero el padre es más bien andrógino. La naturalidad con la que desarrolla esta ausencia del género marcada a través del sexo trasciende al resto del relato. Otro tópico que se rompe es el de lo mitológico en el dragón, aquí son pequeños como bonsáis, animales que se han de cuidar durante toda una vida para que den las mejores hojas de té. Unas hojas que procuran una bebida que recoge la memoria de la persona que ha criado al dragón.

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En resumen, La Sociedad de los Dragones de Té es un relato bello como pocos que mira al género narrativo con un nivel de apertura como pocas obras han hecho hasta el momento. De poco importa el pasado y las grandes batallas, aquí juega un papel más importante el amor, no solo hacia otras personas sino por las tradiciones. No solo por el hecho de sentir un afecto hacia estas sino por dotarlas del valor del cariño. Desde la herrería de los padres de Greta al cuidado de los dragones, pasando por las relaciones personales. El amor a las tradiciones como un elemento transformador de la sociedad y de estas mismas. A pocos cómics se le puede aplicar el adjetivo de bonito, en todos los sentidos, La Sociedad de los Dragones de Té de Katie O’Neill es uno de ellos, sin ningún tipo de dudas, y un regalo perfecto para los más jóvenes de la casa, y por supuesto para los padres.

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Kunst macht frei?

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Stroppy (Marc Bell). La Cúpula, 2018. Cartoné, 72 págs. Color, 16,90 €

¿Cómo se hace una crítica de un cómic del que la editorial reconoce la dificultad de realizar una sinopsis? Seguramente ese sea el mayor atractivo de Stroppy de Marc Bell. Empezando por la estructura, cada una de las páginas tiene un encabezado propio, algo que en principio podría apuntar a cierta fragmentación del relato y que tiene como función anunciar lo que va a suceder en las viñetas que siguen en dicha página. Eso le confiere cierta extrañeza a la lectura del volumen, y creedme no es lo más raro que os vais a encontrar si os adentráis en estas páginas, que sirve a modo de anclaje para no perderse en el aluvión de información que puebla cada una de las viñetas.

La línea argumental es sencilla, Stroppy trabaja en una cadena de montaje en los que les pone un cerebro a unos seres amarillos. De repente aparece Sean y le propone que participe en un concurso organizado por los Schnauzers, seres que parecen dominar este mundo. El protagonista se distrae y es despedido. Se obsesiona con el concurso porque supone un premio en metálico. Bueno eso es la trama central sencilla pero que da pie a una serie de discursos visuales y temáticos un tanto curiosos. El aspecto gráfico es el más llamativo, Bell opta por la viñeta abarrotada tanto de texto, a veces realmente intrincados, y visuales. La estética es un tanto naif, formas redondas con personajes y objetos que a veces nos recuerda al tipo de dibujo que podemos encontrar en muchos cuentos infantiles pero que tiene matices del cómic underground más clásico. En ese sentido lo surrealista se da la mano con cierta voluntad rupturista que busca, en cierta manera, es todo como muy onírico, pero enseguida encontramos matices que nos remiten al mundo contemporáneo.

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Es ahí donde posiblemente encontramos referentes que anclan el texto a nuestra realidad. El mundo propuesto por el autor canadiense nos remite a las formas de poder del capitalismo, Stroppy no es solo despedido, sino desahuciado, expulsado de su casa y de su ropa, su incapacidad para mantener el sistema productivo que se le exige llo hace incapaz ante los ojos de su jefe Monsieur Mostacho. Este es un ser déspota que vive rodeado de sirvientes que atienden todos sus deseos, incluso los más banales o aquellos que puede hacer, pero también vive subyugado por Lord Rupert, y todos en general a los schanuzer. Es decir, ninguno es dueño de su destino ni de las decisiones que toma. Pero el relato tiene otra vertiente, la música, y por extensión el arte. Mounsieur Mostacho quiere participar y ganar aduciendo su estatus social como máximo valor de su ingenio como compositor. Stroppy quiere hacerlo por el dinero, pero no tiene el talento, le roba una composición a Clancy el poeta, un amigo suyo, que repudia ese tipo de concursos, pero acaba ganando. El premio es ser recluido para una industria musical que lo exprimirá hasta los topes. Las últimas páginas giran en torno a la música como industria y no como arte sino como un constructo social que debe estar en constante cambio para generar nuevos beneficios a través de nuevas industrias.

La idea de Bell es desarrollar un relato por capas en lo que lo estético recubre como si fuera una fondant una historia de nuestro tiempo que se circunscribe de pleno en la transmodernidad. La globalización asume cualquier discurso por radical, transgresor o alternativo que. Al final no queda claro si los Schnauzer están compuestos de los seres que construye Stroppy, planteándonos una gran cuestión ¿somos nosotros que nos autoimponemos como sistema? A parte de todo eso el trabajo de Marc Bell es complejo y bello por la capacidad de abstraer en un discurso de lo surreal uno sobre la realidad de nuestros días y una crítica feroz al mundo del arte.

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