Terror transnacional

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El hijo del diablo (Hideshi Hino). La Cúpula, 2019. Rústica, 264 págs. B/N, 13,90 €

La capacidad de Hideshi Hino de incorporar cualquier aspecto del terror a su obra es incontestable. Desde aquellos elementos considerados intrínsecamente nipones, como su visión enfermiza de la soledad y la exclusión social en una sociedad que se vanagloria de vivir como una comunidad; a aquellos relacionados con la ficción occidental ya sean vampiros, hombres lobos y zombis. Recubriéndolo todo de ese tour de forcé que al autor japonés sabe darle a sus trabajos. Ese parece ser uno de los motivos del éxito de Hino, somete a los personajes a una tortura continua que nunca acaba para ellos y que satisface el morbo del lector.

El hijo del diablo es una amalgama de todas esas ideas sobre este autor. Por un lado la idea de la maldición inherente a casi todas las culturas, pero esta vez bebiendo de los licántropos europeos, mezclada con la idea del paria social, independientemente de la clase a la que pertenezca, que debe de ser apartado por parte de todos. Ese ostracismo viene en ocasiones impuesto y en otras es una elección de la propia familia. El hijo del diablo narra la historia del hijo del doctor Emma, uno de los más reputados científicos del planeta que vive en el castillo familiar, llamado Inferno. Tras un accidente de coche el hijo fallece pero tras la recomendación de una bruja finalmente consigue resucitarlo matando a otro niño de la misma edad. Es en ese punto en el que se rebela la verdadera naturaleza de la maldición familiar. Daio, el hijo del doctor, tras resucitar se convierte en una bestia sedienta de sangre y a pesar de que el doctor intenta revertir dicha feria de sangre descubre que el hijo es el portador de una maldición por la que se convertirá en hombre lobo.

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En el momento en el que el número de cadáveres empieza a ser un acuciante la policía y la gente del pueblo se solivianta y hacen arder el castillo. Daio, en su forma de hombre lobo muere, pero de su glóbulo ocular desprendido nace un homúnculo que seguirá sembrando el terror. Hideshi Hino se sirve de este ser para abandonar esa vertiente  más fabuladora en favor de ubicarlo en la contemporaneidad japonesa. El nuevo ser sufre las consecuencias de la deshumanización de la sociedad moderna. Su sed de sangre es utilizada por monjes exorcistas, niños crueles y una fantasma. Para al final acabar en el purgatorio de Dante.

En Hino nada es ajeno, ni lo propio de su cultura y tradición ni las ajenas le resultan extrañas a la hora de incluirlas dentro de su imaginario. El hijo del diablo es uno de los mejores ejemplos dentro de su obra, muy nipona en la construcción del relato, con cierta enseñanza moral, pero no dejando de lado una mostración explicita de la crueldad, no solo la gráfica sino también la intelectual; en la que podemos encontrar todo tipo de referencias culturales occidentales, tanto populares como el literarias. Estos aspectos forman parte de un todo que no es ni más ni menos que el universo ficcional de Hideshi Hino. Inevitable, al igual que cualquiera de sus obras, e imprescindible para cualquier lector de cómic de terror que se precie.

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Short Cuts

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Balas perdidas Vol. 3: Otra gente (David Lapham). La Cúpula, 2019. Rústica, 260 págs. B/N,  19,90 €

Lapham define como característica principal de Balas Perdidas las vidas cruzadas de los diferentes personajes. Tanto los recurrentes como de aquellos que tienen mayor protagonismo en los diferentes relatos que componen este fresco de los Estados Unidos de la década de los noventa. Aunque esa acotación temporal es una referencia en la que podemos ubicar principalmente dichos años, pero se define como un cronotopo en el que caben todos los estereotipos y momentos del relato negro, desde el oscuro jolgorio del Hollywood clásico a los espacios áridos que empiezan a poblar este tipo historia a finales de siglo. En Balas perdidas cabe todo eso.

Pero retomando la idea principal, este tercer volumen recopilatorio recoge ambos principios a la perfección, pero sirve, principalmente, para ilustrar la primera. El planteamiento narrativo difiere del de otros volúmenes en el reparto variable de la jerarquía de los personajes. Algunos de estos aparecen como secundarios en los primeros relatos y se convierten en protagonistas en otros, o se inicia su historia y finaliza en otros. Un sistema de relatos entrelazados por unos seres que parecen tener vida propia y que van cambiando en función de donde los sitúe el autor. Pero la idea no es tanto mezclar a unos personajes con otros sino dotarles de vida. Como todos los lectores de Balas perdidas sabemos muchos de estos son individuos que viven una doble vida, por un lado llevan una vida de tipos grises pero en el fondo ansían una vida llena de emociones, mujeres, sexo, drogas, etc. Sin embargo, cuando consiguen lo que quieren se arrepienten ya que no son capaces de revelar su verdadero yo;  enfrentarse, principalmente, a su mujer en dicho desenmascaramiento.

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A diferencia de otros volúmenes de este título en los que Amy Racecar tiene un gran protagonismo, en este su aparición es tan solo anecdótica en un relato sobre intrigas sexuales y asesinatos en el Hollywood de los cuarenta-cincuenta. Posiblemente sea uno de los volúmenes más interesantes de Balas perdidas, el juego que establece no solo con el espacio, el mismo en cada una de las entregas, el cronotopo de la América eterna de la segunda mitad del Siglo XX, y el juego entre personajes que van cambiando su rol en cada una de las historias hace que el lector tenga que hacer una lectura más atenta, volver a capítulos anteriores para hacer encajar todo. Como un crimen sin resolver.

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Esa otra resplandeciente Ciencia Ficción (y 2)

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En un rayo de sol – Segunda Parte (Tillie Walden)- Ediciones La Cúpula, 2019. Rústica, 276 págs. Color, 27,9 €.

En la entrada dedicada al primer volumen de esta obra de Tillie  Walden ponía de relieve la importancia de jugar con los géneros canónicos y reconvertirlos en nuevos modelos para nuevos públicos. Las sagas espaciales suelen presentarse como una especie de Génesis en el podemos consultar cualquier evento de la historia ficcional de ese relato. Walden lo plantea de manera diferente, no existe una necesidad imperiosa por tener que contarlo absolutamente todo; la autora tejana narra brillantemente el pasado a través del presente, como una forma de eco que va tomando fuerza hasta que repercute en la vida de las protagonistas.

En este volumen se incrementa esa sensación de que la autora usa un gatillo emocional para empujar la acción hacia adelante. No existen motivos lógicos por los que Mia decida trasladarse a uno de los lugares más aislados de la galaxia en busca de Grace. Es lo que podríamos denominar como un amor épico más cercano a la fe en una relación que en la creencia en la misma. La escalinata, lugar al que se dirige toda la tripulación, es un lugar fundado por las hermanas Hill que posee notables riquezas naturales y que el resto de imperios galácticos han intentado conquistar, por las buenas y por las malas dicho territorio para al final abandonarlo aislándolo.

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El encuentro entre Mia y Grace es uno de los mejores momentos de la historia y que mejor define la idea de gatillo emocional. Aquí como una esperanza máxima que casi muere pero que al final surge con fuerza. Pero antes de eso se define la idea de lo foráneo, lo extraño. Las Hill definen a todo ser extranjero como enemigo, hasta el punto de convertirse en un precepto para dicha civilización. La irrupción masiva de alienígenas, en este caso la protagonista y sus compañeras de trabajo, obliga a producir un tipo de relación entre los personajes del planeta, nace el cuestionamiento del pensamiento único. También podemos considerar que las Hill adquieren otros valores entorno al amor más allá de los vínculos de sangre. Una riqueza infinita que se expandirá por todo el universo.

La propuesta de enfrentamiento entre culturas sin llegar al conflicto podría resumir el tema de En un rayo de sol; las protagonistas se enfrentan entre ellas dialécticamente, respetando los espacios personales del resto de personajes. Quizás desde esa visión podamos entender ese final feliz en el que todas encuentra su lugar en el mundo, no perfecto, pero en el que ellas se integran a la perfección. Una ciencia ficción optimista para todos los públicos pero que trata temas complejos sobre las relaciones humanas y que busca redirigir el género a otros lugares todavía desconocidos.

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El lugar es el relato

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Balas perdidas 2: en algún lugar del Oeste (David Lapham). La Cúpula, 2019. Rústica, 268 págs. B/N, 19,90 €

La definición de espacios en el relato negro es tan fundamental como trabajar con los personajes prototípicos del género. Desde los rincones más oscuros  o los antros de la ciudad a aquellos pueblos de la América profunda, muchas veces alejados de la oscuridad, que se rigen a partir de sus propias reglas y normas. Este último rasgo puede ser adaptado en función de los parámetros culturales de la localización. De ahí la importancia de crear un espacio que funcione a modo de universo con sus propias normas, que tenga una mitología propia y personal y que los personajes que pueblan esos espacios giren en torno a todos estos elementos.

Para el segundo gran arco argumental de Balas perdidas Lapham nos pone frente a uno de esos espacios inevitables del género negro, el pueblo aislado en mitad de la nada con una población un tanto particular. Es un pueblo que vive alrededor de dos elementos, por un lado una vaca de 5 patas que es la mayor atracción del pueblo y por la que de vez en cuando algún turista se deja caer por ahí; el segundo, es que a pesar de vivir en el interior del oeste estadounidense tienen un paseo marítimo para el día en que la falla de San Andes colapse toda la costa y ellos se queden en primera línea de mar. Elementos que ninguno de los habitantes de Seaside cuestiona.

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El punto es cuando un grupo de personajes, en este caso los protagonistas, llega a ese pueblo huyendo de unos traficantes a los que les han robado un alijo de cocaína. Estos nos servirán al lector de enlace para ver de manera crítica a los habitantes de ese pueblo, pero al ser ellos los foráneos destacarán  en un contexto en el que la perversión local, al ser asumida, resalta de la de este trío de fugitivos. Lapham se apoya en una narrativa cronológicamente fragmentada para relatar diferentes momentos de esa relación entre un pueblo abducido por su propia mentira y un grupo de personajes urbanos que desconfían de sí mismos y que intentan moldear a su nuevo entorno como una forma de protegerse de cualquier amenaza exterior.

Balas perdidas de David Lapham fue en su momento un giro definitivo a ese cómic independiente que bebía de los géneros canónicos pero actualizando algunos de los temas y los estereotipos del mismo. En el caso de este volumen se trata de darle esa importancia a los espacios, renovados, sí, pero respirando del aire decadente de estos lugares, algo que el autor estadounidense retrata a la perfección. Una colección imprescindible en cualquier comicteca.

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El cantar de Aglaé (Anne Simon)

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El cantar de Aglaé (Anne Simon). La Cúpula, 2019. Rústica, 124 págs. B/N, 14 €

Anne Simon nos plantea un relato sobre la intersección de género binario y poder en forma de cuento de hadas. La idea de plantearlo en un mundo fantástico no desdibuja para nada la idea central de la autora. Aun así es un mundo con sus reglas, caben en el espacios mágicos o extraños ajenos a la realidad, animales antropomórficos, seres fantásticos o reglas completamente estúpidas como norma de funcionamiento interno. El cantar de Aglaé  es la historia de Aglaé una oceánida, ser fantástico, que se queda embarazada tras tener un romance con un sireno, su padre la destierra por dicha condición. Cuando llega a una nueva tierra se encuentra con un tirano, un ególatra que ejerce su poder con mano de hierro principalmente con las mujeres. Aglaé se tiene que casar con un director de circo para no morir por decreto. Tras rescatar a sus hijas del tirano lo asesina y se convierte en la nueva reina.

Aglaé como trasunto del feminismo más reformador, secundado por la intelectualidad de Simone, la mano derecha de la reina, que empieza a trastocarse por el simple hecho de gestionar el poder desde un punto de vista individualista y subjetivo. Aplicando en ocasiones un determinismo de género que opera más desde la revancha personal con el género opuesto que cómo una forma de hacer que la sociedad sea más igualitaria. Los vértices de esta idea de ese “cuento de hadas mucho más que feminista” se desliza hacia una crítica feroz y muy acertada del heteropatriarcado. Retratado como un impulso regulador crudo y cruel hacia la mitad de la población. Pero también hacia ciertas visiones de ciertas visiones del feminismo personalistas.

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La idea final del relato y el contexto planteado hace que me plantee una pregunta, ¿no puede la forma ayudar a desdibujar el fondo del texto? Es evidente que la obra juega sin ambages y lo que normalmente aparece como subtexto aquí está en primer plano, sin ningún tipo de recurso narrativo para poder llegar al público. Pero lo que principalmente llama la atención es que el discurso político funciona a la perfección con el cuento de hadas, como si fueran uno. Siendo ese el aspecto más brillante de este trabajo.

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Excusatio non petita…(2)

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Como trate de ser una buena persona (Ulli Lust). La Cúpula, 2019. Rústica, 372 págs. Bicolor, 31€

En muchas de las entradas de este blog se han glosado las bondades del cómic como un medio perfecto para los géneros autobiográficos. Desde el slice of life a la biografía pura y dura la narración grafica aporta una serie de recursos y elementos que favorecen este tipo de relatos. Desde la plasmación de la psique de los personajes a mostrar una relación no figurativa con el entorno y el contexto. Como ya se ha comentado en otras ocasiones, el peligro es caer en la propia hagiografía y en la justificación de los actos de los personajes, que al fin y al cabo no dejan de ser los propios autores.

Posiblemente ese sea el único defecto de este trabajo de Ulli Lust, el buscar justificar sus acciones y sus errores. Esta autobiografía, por otro lado impecable, nos presenta a la propia autora en su juventud. Una mujer joven que intenta progresar a nivel profesional en el mundo de la ilustración de cuentos para niños, con un crio que vive con su abuela y con una relación a dos bandas consensuada por todos. La autora se presenta como una persona independiente que en cierta medida es incapaz de asumir sus errores y no hace más que seguir para adelante en vez de tomar decisiones. Al fin y al cabo la autorrepresentación tiene eso, el poder imaginarse o reinventarse en la ficción tal cual a uno le interese. En ese sentido como lector he tenido la misma sensación que  en Pagando por ello de Chester Brown, una especie de gran excusa expuesta para el lector. En ocasiones encuentro que es una lectura más cercana a la justificación que a la narración de hechos.

Pero al igual que cuando hable de esa obra debemos de distinguir la forma del fondo. Como trate de ser una buena persona revela las grandes dotes de la autora para la narración. Es un texto impecable tanto en el planteamiento visual como en el discursivo. Ella misma se construye como un personaje interesante y caprichoso incapaz de abordar y cerrar ninguno de los frentes que tiene abierto. En primer lugar el trabajo, no prospera como artista y no quiere trabajar para mantener su situación económica. Por otro lado su hijo, vive con la abuela lejos de Viena pero no afronta la posibilidad de que vaya a vivir con ella.

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Por último las relaciones sentimentales, en este caso la columna vertebral de la trama. Por un lado tiene a Georg un hombre más preocupado con el hecho de cagarla con las mujeres que en satisfacerlas a cualquier nivel, y por otro Kim, un hombre de origen nigeriano que vive de manera irregular en el país, que le proporciona todo el placer sexual que ella desea. Se trata de un triángulo amoroso consentido, pero a través del cual empezamos a ver unos cuantos tics sobre la representación de la inmigración en la Europa profunda. Empezando por lo que se ha denominado, por parte de las ideología neoliberales y conservadoras como buenismo. El aceptar intrínsecamente que todo el mundo es bueno y que está libre de “pecado” vs una idea de que todo lo foráneo es malo. El personaje y su entorno se suscriben bajo la primera idea y se representa al resto de la sociedad austriaca bajo el segundo paradigma.

En resumen, Como trate de ser una buena persona puede ser uno de las autobiografías más intensas de los últimos años, posiblemente por la intención de la autora de no distanciarse del personaje ficcionalizado de sí misma. Directa, cruda, y excesiva en los detalles, pero una obra impecable en la forma y con un contenido que abre debates muy interesantes.

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El Shojo de otra manera

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Laura Dean me ha vuelto a dejar (Mariko Tamaki y Rosemary Valero-O’Connell). La Cúpula, 2019. Rústica, 304 págs. Bicolor, 29,50€.

El ejercicio que muchas autoras están haciendo en la actualidad de reflejar entornos sociales poblados casi exclusivamente por mujeres es tremendamente refrescante. Si, suena a frase hecha, pero es una realidad que está atrayendo no solo a nuevas lectoras por la forma de contar las cosas, y por ser capaces de mostrar situaciones que estas lectoras pueden entender como muy próximas a su realidad. El caso de Laura Dean me ha vuelto a dejar de Mariko Tamaki y Rosemary Valero-O’Connell ejemplifica como ningún otro título esta nueva tendencia que cada vez gana más adeptos.

Lejos de lo pretencioso trazan una idea de mundo que está muy lejos de lo que estamos acostumbrados a ver en textos mediáticos, pero que recogen influencias de estos. La base del relato es un shojo de libro, tanto por la composición de layout, a veces más canónico y otras un tanto hetereo y fugaz, pero siempre respetando los límites de la viñeta, algo que no deja de ser una occidentalización de la estructura de la página. Por otro lado, está el tema, los amores tóxicos e imposibles. Posiblemente en un shojo canónico el conseguir ese amor imposible se represente como una gran meta a lograr. Aquí es el gran tema, la superación de este tipo de relaciones que no conducen a ningún sitio sino a la propia infelicidad.

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En último lugar está la trama que se apoya tanto en el aspecto gráfico de la obra como en el tema como dos pilares que la sustenta de manera impecable. La historia de Laura Dean me ha vuelto a dejar es la de Freddy Riley, una chica que está muy enamorada de Laura Dean, que pasa por ser la más popular del instituto. Tal es la seguridad de esta que no duda en traicionar sentimentalmente a Freddy una y otra vez, con la capacidad de chantajearla para que sigan la relación una y otra vez como si no pasara nada. Freddy es la comparsa de Laura, siempre tiene que estar cuando se la requiere. Esto que podría parecer un relato ñoño de amoríos que no llegan a ningún lado se convierte en una profunda reflexión sobre el amor líquido que se impone en nuestros tiempos: poliamor, amor fraternal o las amistades. Todo como un sustituto de aquel amor binario que siempre ha vendido este tipo de relatos.

Laura Dean me ha vuelto a dejar juega principalmente a plantear una historia de amor con la vida y con los que te rodean más que esa falsa idea de la media naranja, también deja de lado la idea del romance heterosexual como modelo ideal. La normalidad con la que se plantea la relación entre dos mujeres es apabullante. Tanto que ha dejado de lado el cómic de temática gay a un lado, que lo sigue siendo, para aspirar a llegar al gran público sin demasiados aspavientos, pero con un relato sólido muy recomendable. Mariko Tamaki y Rosemary Valero-O’Connell crean uno de los relatos que dentro de unos años será considerado como un clásico de esta década, que a día de hoy es imprescindible.

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Bahía Acuicornio (Katie O’Neill)

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Bahía Acuicornio (Katie O’Neill). La Cúpula/Brúfalo, 2019. Cartoné, 104 págs. Color, 17,50 €

En La Sociedad de los Dragones de Té, Katie O’Neill, nos mostraba una de esas reescrituras contemporáneas sobre cuestiones mitológicas. Algo que también podemos apreciar en el tercer volumen de Leñadoras. Las bestias y seres fantásticos de las diferentes leyendas y mitologías siempre se han explicado en masculino, tanto los personajes que deben derrotar a los monstruos, como estos últimos. Pero no solo en el sentido de transformar a esta tipología de personajes populares a personajes femeninos o LGTBIQ+, sino reconvertir estos espacios imaginarios mucho más allá de esos elementos, buscando una integración total. Es lo que Genette denominaría como transposición, no tanto de un texto, pero sí de género, basada en la diversidad que reclama hoy gran parte del público.

Bahía de Acuicornio es ante todo un texto melancólico en el que la nostalgia ayuda a construir un presente sólido y un pasado trágico para los protagonistas, que ayuda a sustentar las relaciones entre ellas. Este trabajo me produce cierto déjà vu con Regreso al mar de Satoshi Kon, no solo por la ambientación de pueblo costero o las relaciones entre personajes, sino por esa manera de entender la lectura utilizando el mar como un gran recurso, no solo estético, también temático.

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Si bien el trabajo de Kon es sobre una despedida, el libro de O’Neill es sobre un reencuentro y un reinicio. Lana vuelve a su pueblo con su padre para ayudar a limpiar la casa familiar, pero allí se encuentra con los recuerdos de su madre fallecida y la fuerza de su tía Mae y el mar como un gran escenario en el que puede pasar cualquier cosa. Lana se encuentra un acuicornio pequeño al que cuida, lo que no sabe la niña es que esos seres están muy ligados al pasado de su familia, concretamente de carácter sentimental con su tía. Esta le cuenta la historia de su romance con Aure, una mujer de las profundidades. Este personaje será vehicular para introducir el tema de fondo que es la conservación de los fondos marinos. Cumplimentando con contenido extra de carácter divulgativo sobre los corales.

Ya en la obra de Katie O’Neill publicada anteriormente por La Cúpula ya aparecían estos temas y en esta la autora le saca un poquito más de punta. Es posiblemente más intenso, los personajes están mejor definidos y los escenarios manteniendo su estética naïf adquieren una vinculación más estrecha con los personajes. Eso sí O’Neill sigue manteniendo ese toque de algodón de azúcar, pero siendo fiel al género fantástico.

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Sweet Hino

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El teatro escalofriante (Hideshi Hino). La Cúpula, 2019. Rústica, 212 págs. B/N, 10,90 €

Comparando la obra de algunos coetáneos a Hideshi Hino, podemos comprobar que existe cierta componente de ternura en sus relatos. No entendiéndolo como una forma de entender el terror no explicita o no especialmente cruenta. Quizás, podríamos decir que, todo lo contrario. La ternura, situada casi siempre en la relación como desde el mundo adulto observamos la infancia y la juventud, como un periodo de crecimiento, aprendizaje y de lo ya sabido. Pero también en las formas en las que la juventud entiende las reglas sociales, ese orden preestablecido que tardamos tanto en aprender.

El teatro escalofriante trata de fondo de la grieta que hay entre mayores y adultos en la comprensión de lo social. Y de paso jugando con esa idea de ternura. En este volumen se recogen cuatro historias que en mayor y menor grado están protagonizadas por niños. Que se enfrentan a la vida en un universo de realismo mágico pero muy cruel. La primera historia es una aproximación al Frankenstein de Shelley pero poniendo de protagonista al mar. Un Doctor Furankenshutain nipón encuentra unos restos marinos no identificables que decide utilizar para su proyecto de crear vida humana a través de restos del mar. La profundidad del mar esta inyectada en la consciencia del nuevo ser. Una especie de homúnculo gigante y poco agraciado. El recién nacido, a pesar de sus proporciones, buscara cual es el propósito de su vida. El segundo relato gira entorno a esa distancia en la percepción de la realidad entre niños y adultos.  Un niño de clase media sufre el síndrome del miembro fantasma, su mano izquierda adquiere conciencia. La mano de Hiroshi empieza a cometer pequeños delitos, a tocar lascivamente el pecho a su madre hasta el punto de matar a otro niño. Una pequeña fábula sobre los cambios en la adolescencia abordado desde un punto de vista familiar.

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En El día que las grullas echaron a volar aborda lo fantástico desde lo naïf, una niña que sufre de una enfermedad que la mantiene constantemente en cama tiene como único entretenimiento hacer grullas de papel, leer cuentos infantiles tradicionales y observar a las grullas que están de paso en su jardín. Solo puede agarrarse a eso para jugar de alguna manera y escapar de la realidad. Un final poético en el que se relaciona la muerte de las grullas con la de la niña y la permanencia del alma de esta en las grullas de papel que elaboraba. Con un tono de cuento infantil, este volumen se cierra con El ogro Gongoro. En el que el protagonista, un ogro bueno, se enamora de la chica más guapa del pueblo, pero esta es ciega y no puede ver su fealdad. Gongoro, de alma cándida, no hace más que ayudar a los humanos ante cualquier problema. Pero el padre de la chica rechaza la propuesta de formalización de la relación y empieza a pedirle sacrificios, que afectan al cuerpo de este, como condiciones para seguir con su hija. El final, sentimentalista donde los haya, nos hace sentir pena y ternura por el ogro traicionado por los humanos.

Este tomo muestra esa otra faceta de Hino, quizás un poco más suave de lo que nos tiene acostumbrado. En este caso lo tenebroso y terrorífico mora tanto en el interior de las personas como en las situaciones en las que los personajes se ven involucrados. En otros casos el autor japonés no se muestra tan afectuoso como en este volumen. Tanto en La isla de las pesadillas como en El niño gusano los protagonistas sufren enfermedades extrañas o son devorados por profesores caníbales. El teatro escalofriante es otro trabajo clave de este autor que maneja como nadie esa idea de manga de terror con raíces mitológicas y costumbristas niponas.

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Las musas

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Fujo (Dave Cooper). La Cúpula, 2019. Rústica, 140 págs. Color, 14,90 €

Un autor en horas bajas, una obra que finalizar y la aparición inesperada de una musa, suele ser una narrativa común cuando se trata de hablar del acto creativo. Aquello de mirar a lo de siempre bajo otra perspectiva o bajo una focalización inesperada para el personaje protagonista, que en estos casos suele ser el creador. Si este es hombre, por lo general se vincula la idea de la obra por finalizar con la vida sin sentido del protagonista. Y en ese punto entra la musa, por lo general una mujer con una apariencia bella con un gran misterio personal, la resolución del cual será la clave para que el creador, muchas veces, acabe la obra o solucione algunos de sus problemas personales. Pero la de ella, la musa/mujer, es una aparición fugaz, tras ella desaparece la creatividad, el amor y la lujuria.

Dave Cooper afronta esta relación simbiótica desde el exceso en la definición gráfica de los personajes. El un artista en horas bajas que recibe una beca que solicitó hace tiempo y que en la actualidad se dedica a ilustrar libros infantiles, es representado como un ser enjuto, inseguro, encerrado en sí mismo y con poca capacidad de socialización. Tras recibir la beca se tiene que poner manos a la obra en ese proyecto de arte erótico intelectual. Pero la musa no llega, la tiene que buscar, sale a la calle, casi mendigando la atención de mujeres que le sirvan de inspiración. Ella, Tina, la inspiración, es una chica joven, nunca sabemos su edad real, tan solo podemos intuirlo, no sabemos a qué se dedica, ni que es de su vida. También se sale de los arquetipos de belleza, tiene sobrepeso, en oposición de la delgadez del artista, es más sociable que este y tiene el ego por las nubes, y a diferencia del hombre tiene las cosas más claras.

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La relación pasa porque Tina escenifique escenas de carácter erótico sacadas de la mente calenturienta de Martin. Poco a poco la relación se va tornando en algo de carácter puramente sexual y sudoroso en busca de eso que el autor denomina el flujo. Una especia de intensidad sexual infinita que no tiene por qué estar relacionada con una relación sentimental clásica. Sino estar en una zona que todo consiste en saciar las ganas de sexo desenfrenado que pueda tener uno. En esa dinámica el tú a tú entre ambos personajes se transforma siendo ella la que domina a Martin creándole una necesidad entorno a ella.

Posiblemente el flujo no sea el planteado por el artista sino por la modelo/musa que toma las riendas de la situación y cuando le ha dado todo a Martin se va para desaparecer. A pesar de los años de la publicación Flujo sigue siendo fresca e intensa y sobretodo absorbente, el dibujo, a veces grotesco, se conjuga a la perfección con su forma de contar, la combinación de cierta estética cute, con el sudor, los lugares anodinos, y unos personajes crudos, sin buscar esa tendencia actual a convertir a todos los personajes en especiales sin posibilidad de definirlos a través de sus acciones sino por sus aficiones. En Flujo todo el mundo habla a través de sus acciones, tanto por su presencia o por su omisión. En definitiva, un trabajo de Cooper que como todos los suyos es digno heredero del underground más clásico, he imprescindible para entender la evolución del cómic de autor en el cambio de siglo.

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