El nuevo género de la fantasía

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La Sociedad de los Dragones de Té (Katie O’Neill). La Cúpula, 2018. Cartoné, 80 págs. Color, 16,90€

En la última entrada hable de la importancia de saber trabajar los límites y fronteras en las publicaciones destinadas a un público infantil y juvenil para que estas no sean tales. El caso de GenPet es el de una obra que opera dentro de los márgenes canónicos del género de aventuras. Sin embargo, hoy tenemos otra que transita dentro de la fantasía a través de la apertura. Es decir, en vez de encontrarnos un mundo basado en el prisma de la constante lucha entre el hombre y la naturaleza, ya sea en forma de monstruos, batallas épicas o el conflicto eterno de poderes de en reinos fantásticos; la idea es explorar ese tipo de narrativas no desde el conflicto sino desde la fraternidad y el amor.

La Sociedad de los Dragones de Té de Katie O’Neill experimenta en sentido contrario este tipo de universos. Siguen apareciendo personajes de otras especies aparte de la humana, profesiones vinculadas al funcionamiento de estos mundos imaginarios, e incluso usos y costumbres relacionadas con el género y que reconocemos. Pero en la obra de Katie O’Neill se denotan ciertos aspectos que rompen con las normas asociadas a la fantasía, al menos a nivel comercial y que si encontramos de manera más habitual en fan fics, en cuestiones de identidad de género. Empezando por la descripción física de los personajes, los padres de Greta, la protagonista, son intuidos de manera menos marcada por el sexo que en otras obras de este tipo: la madre es alta y fuerte, sin perder los rasgos femeninos, pero el padre es más bien andrógino. La naturalidad con la que desarrolla esta ausencia del género marcada a través del sexo trasciende al resto del relato. Otro tópico que se rompe es el de lo mitológico en el dragón, aquí son pequeños como bonsáis, animales que se han de cuidar durante toda una vida para que den las mejores hojas de té. Unas hojas que procuran una bebida que recoge la memoria de la persona que ha criado al dragón.

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En resumen, La Sociedad de los Dragones de Té es un relato bello como pocos que mira al género narrativo con un nivel de apertura como pocas obras han hecho hasta el momento. De poco importa el pasado y las grandes batallas, aquí juega un papel más importante el amor, no solo hacia otras personas sino por las tradiciones. No solo por el hecho de sentir un afecto hacia estas sino por dotarlas del valor del cariño. Desde la herrería de los padres de Greta al cuidado de los dragones, pasando por las relaciones personales. El amor a las tradiciones como un elemento transformador de la sociedad y de estas mismas. A pocos cómics se le puede aplicar el adjetivo de bonito, en todos los sentidos, La Sociedad de los Dragones de Té de Katie O’Neill es uno de ellos, sin ningún tipo de dudas, y un regalo perfecto para los más jóvenes de la casa, y por supuesto para los padres.

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Kunst macht frei?

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Stroppy (Marc Bell). La Cúpula, 2018. Cartoné, 72 págs. Color, 16,90 €

¿Cómo se hace una crítica de un cómic del que la editorial reconoce la dificultad de realizar una sinopsis? Seguramente ese sea el mayor atractivo de Stroppy de Marc Bell. Empezando por la estructura, cada una de las páginas tiene un encabezado propio, algo que en principio podría apuntar a cierta fragmentación del relato y que tiene como función anunciar lo que va a suceder en las viñetas que siguen en dicha página. Eso le confiere cierta extrañeza a la lectura del volumen, y creedme no es lo más raro que os vais a encontrar si os adentráis en estas páginas, que sirve a modo de anclaje para no perderse en el aluvión de información que puebla cada una de las viñetas.

La línea argumental es sencilla, Stroppy trabaja en una cadena de montaje en los que les pone un cerebro a unos seres amarillos. De repente aparece Sean y le propone que participe en un concurso organizado por los Schnauzers, seres que parecen dominar este mundo. El protagonista se distrae y es despedido. Se obsesiona con el concurso porque supone un premio en metálico. Bueno eso es la trama central sencilla pero que da pie a una serie de discursos visuales y temáticos un tanto curiosos. El aspecto gráfico es el más llamativo, Bell opta por la viñeta abarrotada tanto de texto, a veces realmente intrincados, y visuales. La estética es un tanto naif, formas redondas con personajes y objetos que a veces nos recuerda al tipo de dibujo que podemos encontrar en muchos cuentos infantiles pero que tiene matices del cómic underground más clásico. En ese sentido lo surrealista se da la mano con cierta voluntad rupturista que busca, en cierta manera, es todo como muy onírico, pero enseguida encontramos matices que nos remiten al mundo contemporáneo.

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Es ahí donde posiblemente encontramos referentes que anclan el texto a nuestra realidad. El mundo propuesto por el autor canadiense nos remite a las formas de poder del capitalismo, Stroppy no es solo despedido, sino desahuciado, expulsado de su casa y de su ropa, su incapacidad para mantener el sistema productivo que se le exige llo hace incapaz ante los ojos de su jefe Monsieur Mostacho. Este es un ser déspota que vive rodeado de sirvientes que atienden todos sus deseos, incluso los más banales o aquellos que puede hacer, pero también vive subyugado por Lord Rupert, y todos en general a los schanuzer. Es decir, ninguno es dueño de su destino ni de las decisiones que toma. Pero el relato tiene otra vertiente, la música, y por extensión el arte. Mounsieur Mostacho quiere participar y ganar aduciendo su estatus social como máximo valor de su ingenio como compositor. Stroppy quiere hacerlo por el dinero, pero no tiene el talento, le roba una composición a Clancy el poeta, un amigo suyo, que repudia ese tipo de concursos, pero acaba ganando. El premio es ser recluido para una industria musical que lo exprimirá hasta los topes. Las últimas páginas giran en torno a la música como industria y no como arte sino como un constructo social que debe estar en constante cambio para generar nuevos beneficios a través de nuevas industrias.

La idea de Bell es desarrollar un relato por capas en lo que lo estético recubre como si fuera una fondant una historia de nuestro tiempo que se circunscribe de pleno en la transmodernidad. La globalización asume cualquier discurso por radical, transgresor o alternativo que. Al final no queda claro si los Schnauzer están compuestos de los seres que construye Stroppy, planteándonos una gran cuestión ¿somos nosotros que nos autoimponemos como sistema? A parte de todo eso el trabajo de Marc Bell es complejo y bello por la capacidad de abstraer en un discurso de lo surreal uno sobre la realidad de nuestros días y una crítica feroz al mundo del arte.

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 Spain is Pain #332: Paranoidland (Bouman, Fran Fernández, Joaquín Guirao, Miguel Martínez y Nacho García)

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Paranoidland (Bouman, Fran Fernández, Joaquín Guirao, Miguel Martínez y Nacho García) Underbrain y La Cúpula, 2018. Rústica, 240 págs. B/N, 19,90€

Quizás hablar de los fanzines como un medio en el cual se forma una cantera para los que serán futuros autores, y también editores, es algo trasnochado. Si, también valen para eso para foguearse, para medirse con cierta regularidad, tener un contacto más directo con un público más amplio. Pero el fanzine debe de entenderse como un medio en sí mismo, que se circunscribe dentro de un periodo temporal, una estética, cierta perspectiva ideológica o conceptual, no debe existir ese compromiso de convertirse en pro ni de salir del medio.

Es decir, el fanzine como un tipo de publicación que se mueve entre dos aguas no solo como medio sino algunas publicaciones que se encuentran en esa intersección. Paranoidland representa a la perfección esa bipolaridad del fanzine. Publicación ganadora del premio al mejor fanzine en Ficomic 2017 nos recuerda a esa idea de la publicación amateur, aunque ya no tanto, que nos lleva a las revistas que nacieron en la década de los 70 que fueron desapareciendo a lo largo de los 80. Alejados de la idea del ‘zine por postureo y proponiendo relatos por entregas con una periodicidad preestablecida.

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Los autores que llevan a cabo este trabajo en Paranoidland son Bouman, Fran Fernández, Joaquín Guirao, Miguel Martínez y Nacho García, algunos más conocidos que otros como es el caso de Guirao y Nacho García en otros autores muy competentes, muy por encima de la media que nos solemos encontrar en estas publicaciones. Cuatro son los títulos que copan las páginas de esta publicación aparte de las colaboraciones de otros tantos autores que participan con relatos de una o dos páginas. Fran Fernández nos trae Komando: Nucleo Accumbens un relato SF que nos recuerda a las mejores películas de serie B de los ochenta, cierta actitud política, un experimento imposible (cuerpos dentro de cuerpos) y una venganza imposible que hará que los protagonistas encuentren sus límites a la hora de llevarla a cabo. Por su lado, Sitcom infinita de Joaquin Guirao y Nacho García, es uno de los títulos más frescos publicados en los últimos años. Juega con la referencialidad de las series de animación protagonizadas por familias más o menos disfuncionales, pero en este caso ambos autores juegan a llevar hasta el final las elecciones más jodidas tomadas por los protagonistas. En Snufftube, de Bouman, la protagonista es Erika, una niña rata, que pasa las horas viendo vídeos por Internet sin ningún tipo de filtro hasta que le pasan un vínculo donde se puede ver una película snuff de una chica desaparecida. Erika se pondrá a buscarla, con sus dotes de lurker lo que le llevará a un final poco apetecible. Para acabar, Pánico, por ByMartinez, un cuento de vidas cruzadas en la que un par de colegas buscan una bolsa de deporte de la que chorrea sangre, se intentarán meter en una secta, sus chicas se verán involucradas, etc. un clásico narrativo divertido y entretenido.

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Desde La Cúpula desde hace un par de años, y desde Underbrain, desde este, han entendido cierta necesidad de preservar y dar a conocer al gran público los fanzines premiados en Ficomic como una forma de dar a conocer a lo mejorcito del panorama underground. El caso de Paranoidland es un ejemplo paradigmático de un tipo de formato añorado, en el que cabían diferentes relatos, tenían una periodicidad y que las grandes editoriales por ahora no se atreven a reeditar (a excepción de La Resistencia). Pues eso, no tarden en incarle el diente, fanzine nacional del bueno, oiga!!!

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Explorar la extrañeza

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La única voz (Tiziano Angri). Ediciones La Cúpula, 2018. Rústica, 132 págs. B/N, 12,50 €

El cómic como medio parece un intermediario inigualable para explorar la extrañeza en la naturaleza humana. El poder detenerse tanto en las palabras escogidas por el autor así como ver con detalle la viñeta lo que esta contiene, el detalle, los gestos de los personajes y su fisonomía, los escenarios, los trazos elegidos y cualquier recurso de la narrativa gráfica se convierten en vitales para poder transmitir esa idea de los extraño y por extensión del otro. Este último se configura como una visión de lo ajeno de aquello que no somos nosotros y que muchas veces puede ser entendido como una amenaza. Lo que no comprendemos, lo distante se convierte en protagónico y por ello es, a su vez, en normal.

Eso es lo que sucede en la obra de Tiziano Angri, lo raro es lo común, o al menos es lo que está en el primer plano de la narración, y lo normal, aunque mejor sería decir lo convencional. Lo raro son los dos protagonistas Irene y Yuri, que representan ese distanciamiento entre mente y cuerpo de dos maneras diferentes. La primera nacida hombre desea ser mujer y se prostituye para conseguir el dinero para la operación de cambio de sexo. El segundo tiene una disfunción auditiva que le permite percibir sonidos y conversaciones mucho más allá de los límites humanos. Esto le otorga una conexión con el mundo que le impele a buscar una conexión a través de animales muertos.

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Las vidas de ambos están destinadas a encontrarse, pero no en el plano romántico, debemos de recordar que, en el mundo de lo extraño, lo verdaderamente bizarro, no debe moverse por las mismas fuerzas narrativas que lo convencional. Ella sigue haciendo su vida y el con su investigación. Pero en ningún momento existirá una atracción, ni física ni intelectual, no es requerida los raros adoptan la soledad como una opción política más que vital. El juego planteado con el relato se redondea con el aspecto visual, Angri retrata esa extrañeza a través de los rasgos faciales de los personajes, pero no solo de los protagonistas sino de los humanos convencionales. Ella enjuta, mostrando esa bipolaridad cuerpo/mente, el obsesionado, cabezón y con una gran frente.

La voz única es una locura en la que hay que entrar, dejarse llevar y dejarse sumergirse en dos universos unipersonales con una falsa expectativa y es ver la unión de ambos personajes. Esta no solo no se cumple, sino que al final cada uno de ellos sigue con su vida, ambos con su búsqueda dentro de la extrañeza, que en realidad oculta un anhelo de normalidad a través de entenderse a sí mismos, sus cuerpos y sus mentes. La realidad de ambos pasa por dos vértices, una la exterioridad por la que Irene busca vincular su dos partes separadas y la interioridad con la que Yuri intenta encontrar su espíritu guía. Angri logra un cómic interesante en el que es necesario empezar a leerlo sin dejarse llevar por los estereotipos que rodean a este tipo de personajes, solo ver a través de ellos.

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Clásico de clásicos

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Billy Avellanas (Tony Millionaire) La Cúpula, 2018. Rústica, 112 págs. B/N, 15,50 €

La idea de la obra clásica consiste en un texto que a pesar del paso de los tiempo sigue abrumando a la humanidad, ya sea porque su contemplación o lectura sigue maravillando a la humanidad hasta el punto de ser un referente cultural. También se puede considerar como aquella obra que sigue siendo citada, homenajeada o parodiada en el devenir de la humanidad. Eso mismo se puede aplicar al término nuevo clásico o clásico instantáneo como aquellas obras más recientes que tienen una serie de valores estéticos y discursivos asimilados a los clásicos eternos que se fijan en nuestras retinas. Umberto Eco, en Casablanca o el renacimiento de los dioses (1975) apuntaba a una serie de valores que apuntaban a que se debería considerar un texto de culto, que en muchas ocasiones puede servir para acotar la obra clásica. Estos son: que la obra este amueblada, que sea desmontable y que sea una cita de citas.

Para el cómic que comento hoy me quedo con lo último. El planteamiento de Tony Millionaire en Billy Avellanas sigue ese precepto bajo un seudónimo que podríamos denominar como “clásico de clásicos”. Esta doble acepción, rimbombante por un lado y reiterativa por otro, recoge cierta idea del juego que plantea el autor. Por un lado está el cómic, la obra original de Millionaire, desarrollando un relato que ante todo se mueve por ciertas tendencias del relato infantil escabroso del s. XIX y principios del XX sin beber de los principios del gótico pop al que estamos tan abonados a día de hoy. La idea del cuento es la de un ser creado, en este caso, por ratones, y no por humanos, a partir de deshechos encontrados en la basura para combatir a la mujer que intenta matarlos. De ese espíritu vengativo este ser hereda su carácter, capaz de sentir afecto, pero que básicamente se mueve por el rencor que siente por el mundo que le rodea, por lo que es capaz de reconocer el cariño que una persona manifiesta por el o simplemente darle una paliza sino le gusta su aspecto o su actitud.

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Por ahora hemos hablado del “clásico” que por formulación discurre por los mismos senderos que las narrativas a las cuales podemos darle ese apelativo. Ahora falta el “de clásicos”, ahí retomamos la tercera condición de Eco: una cita de citas. Partiendo de un estilo gráfico más vinculado con relatos del pasado cercano a la ilustración que hace algo más que acompañar al texto; y siguiendo con las citas dentro de este que se constituye como elementos vehiculares en forma de lugares comunes de la narración. Las más evidentes son Pinocho o Pedro Melenas, hasta ciertas influencias del Eduardo Manostijeras de Tim Burton mezcladas con ciertos estilemas de Winsor McCay. O recursos cíclicos en la narración como son la ballena, el Arca de Noé, animales parlantes o niños sabiondos. Eso son los clásicos que no tienen que ser siempre referentes completos sino esos elementos desmontables, recurrentes y constantes que se pueden ver reflejados en diferentes obras pero siempre con el peso del significado que ha tomado a lo largo del tiempo.

Así pues, Billy Avellanas es un libro muy agradecido y valiente llegando a cierta truculencia olvidada en el pasado para el relato infantil. Porque el relato de Tony Millionaire juega a eso, a ser un clásico utilizando todos los elementos que narrativas pasadas le han otorgado y que el autor estadounidense ha sabido administrar muy bien en un relato con personalidad pero ligado a la conciencia cultural colectiva, al menos para los que pertenecemos a cierta generación. El volumen es rico en esa idea de citar pero no se pierde en la referencia eterna. Más bien constituye un homenaje que en realidad esconde un discurso muy personal que destaca por lo persuasivo del mismo. Una joyita que uno no se cansa de releer.

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Life is like a big black dick

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Saint Cole (Noah van Sciver). La Cúpula, 2018. Rústica, 116 págs. B/N, 13,50€

El inicio de Trainspotting (Danny Boyle, 1996) y El Club de la lucha (David Fincher, 1999) marcaban ante todo una crítica a la vida preestablecida y planificada de la sociedad occidental del último siglo. Estudiar, sacarse una carrera, buscar un buen trabajo, encontrar pareja, comprar un piso, casarse, tener descendencia y pudrirse delante del televisor viendo cientos de programas estúpidos que bordan un discurso a medio camino entre la alarma social y el divertimento efímero con ciertas ínfulas intelectuales. Ese sería cierta forma de éxito de la añorada por muchos clase media. La fórmula, si es que se le puede denominar como tal puede ser pervertida hasta la saciedad hasta convertirse en un mantra que ocupe todo un espectro social incluso para aquellos que realmente saben que eso no funciona y que no es nada más que eso una forma de anestesia.

Joe, el protagonista de Saint Cole, es, hablando en plata, un puto desgraciado. Vive en un apartamentucho con su pareja con la que ha tenido un hijo no deseado, la madre de esta se ha encajado a vivir con ellos, él trabaja en una pizzería todas las horas que puede y encima tiene problemas con el alcohol. Evidentemente es la otra cara del sueño de la clase media, pero una cara mucho más jodida y por desgracia mucho más común. La vida tal y como se le plantea a este tipo no tiene mucha solución solo seguir para adelante a pesar de la mierda en la que vive. Todo apunta que la única solución es que la tierra se trague sus problemas, literalmente.

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Joe encarna a un nuevo Leopold Bloom en una barriada suburbial de cualquier ciudad estadounidense, en este caso el descenso a los infiernos es inevitable. La vida de este tipo, que porta una perilla a modo de recuerdo de los tiempos de una juventud pretendidamente eternizada e idealizada, es un rechazo constante a su situación cotidiana, bebe antes, durante y después del trabajo como un modo de aguantar eso que se denomina familia nuclear, la suya autoimpuestas y las ajenas, las que tiene que soportar en el restaurante. La familia deconstruida de Joe no es más que esa parte del pastel de la clase media que el solo desea en parte pero que no puede deshacerse de ella al menos no en cuerpo, pero si en alma.

Mr. Chapman, personaje interpretado por el grandísimo humorista Ignatius Farray, tiene una frase que define a la perfección la obra de Van Sciver: “Life is like a big blag dick”. Cuanto más problemática se pone la situación esa polla es todavía más gorda, y Joe no sabe por dónde se la va a meter sabiendo que antes o después va a tener que tragársela. El principal problema de Joe es que no sabe cuándo debe frenar ni cuando cuando bebe, ni cuando le propone sexo a una compañera de trabajo menor o cuando va hasta las trancas de meta y se acuesta con su suegra. Todo un desbarajuste cómico y a la vez que dramático que viene muy bien acompañado de un dibujo sucio y turbio, tanto como la situación, la mente y la forma de actuar de Joe. Solo me resta decir que el estreno de Noah Van Sciver por estos lares va a ser recordado mucho tiempo por la capacidad del autor de elaborar un discurso agrio en el que el mayor triunfo del personaje es ser un deshecho humano.

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Lo mundano

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American Splendor. Los cómics de Bob y Harv (Harvey Pekar y Robert Crumb). La Cúpula, 2018. Rústica, 108 págs. B/N y Color, 17, 50€

Al artista siempre le ha rodeado un aura de unicidad por el que muchas veces la audiencia le supone cierta idea, ya no de superioridad ni santidad, por la que se le atribuye ciertos rasgos de ser una personas cuyas dotes le otorgan unos rasgos que lo alejan de lo convencional. El artista casi nunca es representado como un tipo corriente que se levanta por la mañana va a hacer su trabajo y cuando tiene un rato libre se dedica a su labor artística. En el ámbito del cómic suele ser más raro encontrar ese endiosamiento, aunque en algunos casos existe, pero tampoco se suele mostrar el ejemplo contrario pero hay autores que buscan o representan esa vertiente del artista que lo es por vocación pero que mantiene su modus vivendi, un ejemplo muy claro dentro de nuestras fronteras seria el autor andaluz Juarma; fuera, uno de los autores que nos ocupa hoy, Harvey Pekar.

Pekar, a pesar de que suene muy trillado, es un narrador de lo mundano del día a día del propio guionista, que es él mismo, o  mediante un trasunto suyo. Cuenta sus tribulaciones diarias, que van desde su obsesión por el coleccionismo de discos de jazz a sus ganas de poder vivir de escribir guiones de cómic que otros dibujarán. En ese último recorrido vemos a un tipo obsesivo que roza lo pesado, siempre buscando a alguien que lleve a imágenes sus palabras, pero que sobre todo nos habla de una sociedad que nada tiene que ver con el de aquellas personas relacionadas con la cultura de manera profesional, la fantasía o las metáforas. Lo que nos explica Pekar es la vida, su propia vida y la de aquellos que le rodean.

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Creo que tres de los relatos cortos que componen este volumen ilustrado por Crumb definen a la perfección ese tránsito que va de esa vulgaridad disfrazada de normalidad a través de la rutina diaria que pretende reflejar Pekar. En “Freddy Visits for the Weekend” el autor cuenta como intenta evitar a un amigo suyo que solo busca gorronear a todas sus amistades. Todo contado en un discurso directo sin ambigüedades como si estuviéramos sentados con él en la mesa cuando suena el timbre y Harvey no dice que es su colega que viene a cenar por la cara. Los personajes/personas son conscientes de que posiblemente el guionista vaya a representar la escena en su próxima publicación, pero no cejan en su actitud ni actúan de forma deliberada para ser escritos de otra manera. Su obsesión por el mundo editorial y de la mayor o menor repercusión de su obra se ve plasmada en “American Splendor Assaults the Media”; un soliloquio en el que nos explica su peripecia con los editores del Village Voice en la cual saca su vertiente más psicótica y paranoica. Pero es en “Hypothetical Quandary” se muestra esa doble vertiente de lo mundano y las expectativas de Pekar, medita sobre el cambio que supondría ser reconocido por su trabajo mientras va a comprar unos panecillos recién hechos, el olor a pan recién hechos le supone un golpe de realidad que le pone de nuevo los pies en la tierra.

Este volumen que recopilan las colaboraciones entre Harvey Pekar y Robert Crumb en las que nos encontramos un relato de lo minúsculo de aquello que en principio no tienen importancia. Todo protagonizado por seres anónimos, amigos del guionista, parejas, comerciantes, compañeros de trabajo, etc. Un catálogo de lo mundano y lo rutinario que de la mano de estos dos autores lo convierten en una enciclopedia del día a día y de la sociedad en la que vivimos. Para Pekar no hace falta narrar las grandes historias sino hablar de sí mismo y sus disquisiciones y de paso de su entorno que en muchas ocasiones se parecerá al nuestro.

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