Dos mujeres

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La niña de sus ojos (Mary M. Talbot y Brian Talbot). La Cúpula, 2017.Rústica, 104 págs. Color, 14 €

La labor que están haciendo Mary M. Talbot y Brian Talbot por la visibilización de la mujer en la historia y su influencia en momentos muy concretos de la misma es impagable. Tanto en Sally Heathcote. Sufragista como en La Virgen Roja estos autores destacan la labor de la mujer sin caer en la hagiografía barata. La tesis de partida de Mary M. Talbot es que la historia de la humanidad puede ser explicada a partir de mujeres ejemplares que no dudaron ni un momento de la importancia de la lucha por una emancipación de la mujer, y que esta no debía de ser en solitario sino de la mano de sus compañeros masculinos. Una idea sencilla y que a día de hoy nos parece algo más que evidente; Pero que en los periodos ficcionados por esta guionista parecía algo muy alejado de la realidad.

En ninguna de las dos obras citadas anteriormente el factor personal salía a relucir. La niña de sus ojos responde a esa cuestión tratándose de un relato iniciático. Se trata de un doble biomic que recoge su experiencia vital como mujer que trata de emanciparse de los postulados machistas que la obligan a convertirse en una extensión de la familia. Todo ello ejemplarizado a través de la figura del padre. El reflejo comparativo se establece a través de la vida de Lucia Joyce, la hija del escritor que sucumbe a esa voluntad heteropatriarcal de enmarcar su vida dentro de los patrones que defines a la mujer en la sociedad nuclear burguesa de principios del siglo XX. Ambas vidas, autora y personaje histórico, estructuran el fin de una forma de pensar la manera en el que la mujer es definida desde el machismo.

Por un lado está la hija de James Joyce, Lucía, la cual sufre las idas y venidas del famoso autor dublinés por toda Europa. Esta tiene que aparcar toda su voluntad por las necesidades de este, pero articulado con el discurso del heteropatriarcado a través de su madre. Esta es la que gestiona los valores familiares de sacrificio de la mujer en pos de la familia y del paterfamilias, que queda en un segundo plano en esta gestión del universo nuclear. La mujer, la madre, como alma mater protectora de los valores heteropatriarcales constituye el principal escoyo para la evolución y la emancipación de Lucia, la única, en ese ambiente opresivo que busca crecer como persona a través del baile. De manera paralela Mary escribe sobre su infancia, adolescencia y primera madurez mediada por la sobriedad de su padre un hombre instalado en un continuum masculino que no impide a la hija hallar su camino pero que trata que esta siga el camino predispuesto por él. Las circunstancias de ambas son distintas, los periodos históricos también. Pero cierta idea del condicionamiento de la mujer sobre su futuro personal por parte del hombre permanece en ambos relatos.

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Dos mujeres, dos momentos, dos historias y dos vidas ambas muy diferentes pero muy iguales que nos sirven para entender la necesidad de un cambio radical. Muchos pensamos que ya no hay marcha atrás. Pero este mundo que poco a poco se está convirtiendo en ultraconservador y parece que estamos en un momento clave para decidir entre todos de qué lado va a caer la balanza. Las obras de Mary M. Talbot y Brian Talbot son fundamentales para entender la necesidad de seguir cambiando a través de una toma de conciencia, de que debemos evitar dar una marcha atrás artificial impuesta por una forma de pensar retrograda y fascistoide. Este título, al igual que los dos anteriormente publicados por La Cúpula muestran lo sorprendente que es la historia de la humanidad contada a partir de la experiencia de la mujer, quizás ese es el mejor aliciente: mirar con nuevos ojos nuestra historia contada y explicada mil veces, pero esta vez desde un nuevo foco.

@Mr_Miquelpg

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Excusatio non petita…

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Pagando por ello (Chester Brown). La Cúpula, 2016. Rústica, 304 págs. B/N, 21,90 €

Las confesiones y las excusan siempre esconden cierto sentimiento de culpabilidad, ya sea por los condicionantes sociales o interpersonales hacia las personas con la que estás hablando. El slice of life siempre tiene algo de eso, contar aquello que no se ha explicado a nadie pero a una gran audiencia. Podría parecer que navegaren las propias intimidades, que luego van a ser leídas por otros, deben, o deberían, de tener algún gancho emocional o morboso que enganche al lector, un cebo del cual se pueda desarrollar una historia o convertirlo en  un leit motiv a partir del cual podamos entender las motivaciones y la forma de actuar del autor/personaje. Por lo general exponer las fracturas emocionales o la imposibilidad enfrentarse al mundo suele ser una de las narrativas más comunes en este tipo de relato.

Pero el slice of life tiene una pequeña trampa de la que a veces es muy difícil escapar: una cierta forma del autobombo. La recreación de la propia vida como hipérbole sobre la personalidad propia del creador en torno a la representación de la propia figura. Esto puede suponer una caída hacia dos tipos de tendencias, por un lado una propia de los fan fictions conocida como Mary Sue en la que el escritor se define a sí mismo como imagen de la perfección física y moral en la cual es capaz de sacrificarse por el colectivo. Por otro lado está la autohagiografía, posiblemente mucho más peligrosa, en la que el autor convierte su vida en una pedregal por el que es imposible transitar y que de una manera u otra su fuerza de voluntad se centra en el convencimiento de que sus acciones y convicciones son las correctas y que está autorizado a hacer lo que hace. Mientras que la primera puede constituir un juego más o menos divertido entre autor y lector la segunda tiene cierto punto de establecer ciertas creencias propias en populares.

Y aquí entra en valor de marcar una distancia entre la forma del relato y el contenido del mismo sobre una obra de una autor que me gusta mucho, muchísimo, pero que lanza un discurso que se inserta dentro del neoliberalismo en el que se mueven tan bien las culturas anglosajonas. El autor es Chester Brown que sabe  cómo pocos hablar de su vida, mostrar sus miserias y darnos a conocer todos los matices de su devenir sexual. Pagando por ello parte de una ruptura sentimental en la que la última pareja del autor le comunica a este que le gusta otro hombre hasta el punto en que los tres viven en la misma casa. Brown, autor y personaje, actúa de una forma un tanto peculiar, no siente celos, no tiene cree poseer a su compañera y respeta la libertad de esta. Todo muy loable, durante un tiempo podría parecer que él se convertiría en un ser asexual carente de emoción, a veces impacta ver hasta qué punto lleva el tema de la racionalización de su posición. En cierta manera se podría decir que está narrando un Mary Sue de sí mismo. Sin embargo no es así ya que gran parte del relato nos lleva por otro camino.

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En cierto momento y ante la poca necesidad personal de mantener relaciones sentimentales, pero ante la irrefrenable necesidad de mantener relaciones sexuales, decide contratar los servicios de diferentes prostitutas. Hasta aquí todo más o menos coherente, el instinto puede todos los miedos y prejuicios que este pudiera tener previamente. Sin embargo, a medida que avanza el relato se construye cierto discurso que bordea la autohagiografía en la que Brown se esboza como un putero (así es como se denomina así mismo) ejemplar en el que la costumbre en la contratación de esos servicios no solo reconfigura su vida y economía sino la visión que tiene este negocio.

En el cómic, y en los apéndices, articula un discurso realmente coherente en el que define la emoción y el sentimiento amoroso hacia otras personas como algo que no es más que un condicionamiento cultural de occidente que se ha extendido por todo el globo. El entender que el no necesite cierta vinculación emocional o atractivo personal para mantener relaciones sexuales hace que este  se convierta en una persona muy práctica. Tiene sexo solo a través de la adquisición del mismo y posiblemente en esa justificación articula la necesidad de las páginas de reseñas sobre prostitutas, escribiendo también en ellas, categorizando a las personas por su físico y sus habilidades sexuales. En cierta manera entiendo eso como mirar los dientes de un esclavo para ver en qué estado de salud se encuentra.

A pesar de cierta disconformidad sobre cómo trata y percibe este negocio el aspecto formal del relato es sobresaliente. Brown sabe perfectamente como plantear un cómic-tesis con un sujeto polémico. No solo profundiza a través de su experiencia personal en lo que es el cómic en si sino que a través de apéndices apoya sus opiniones personales en torno a la prostitución. Pagando por ello es un texto necesario para sembrar el debate y poner sobre la mesa ciertos constructos sociales/morales impuestos decantándose por cierta idea de que el dinero lo justifica absolutamente todo. En un polo opuesto podríamos abrir este debate con el documental Whore’s Glory  (2011) de Michael Glawogger (Trailer , Fragmento) en el que se muestra la otra cara de la prostitución que él no quiere mostrar, y trata de manera breve en los apéndices: la esclavitud sexual y el desprecio social. Quizás el tratamiento que hace Brown aparte de ser atractivo tenga un inconveniente, que no pueda ser aplicado a todo el mundo, ni tan siquiera a todo occidente. Aun así este alegato personal, que en ocasiones se puede leer como una justificación de sus actos, es uno de los textos más interesantes que se ha escrito en los últimos años sobre el negocio del sexo.

@Mr_Miquelpg

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Spain is Pain #287: Quinquis y yonkis

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Makoki. Fuga en la modelo (Miguel Gallardo y Juanito Mediavilla). La Cúpula, 2017. Rústica, 80 págs. B/N, 12,50€

El final de la década de los setenta y principio de los ochenta prometía a la población española un reseteo a todos los niveles: político, social, económico, etc. Pero una de las cosas que surgiría de ese periodo es un cambio en el paradigma mitológico popular, si durante unos cuarenta años el orden, el militar, lo adecuado y lo correcto definían, o al menos eso se intentaba imponer, a partir de ese momento los delincuentes pasan a primera plana de los medios comunicación, protagonizan películas y se les dedican canciones. Tras tantos años de ocultamiento la España de los barrios de extrarradio constituyen una mina para todos aquellos que desean reflejar la decadencia de un país en producciones de ficción.

Dos grandes títulos mantienen vivo el espíritu de aquel momento en el que se pone de manifiesto que los héroes construidos para la mayoría de la población no son válidos. Los deshauciados y los que de manera voluntaria han decidido salirse del sistema encuentran en la trilogía de Perros callejeros de José Antonio de la Loma y en Makoki unos referentes de una época cambiante. Si bien en el primer caso el realizador opta por el relato de redención social, polarizando el discurso y siendo maniqueo por ensalzar la delincuencia juvenil a través de mostrar a una sociedad que se desentiende de estas persona; por otro lado la creación de Gallardo y Mediavilla apunta a otras derivas.

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Si en Fuga en la modelo se utilizan los mismos elementos discursivos que en las cintas de de la Loma, un grupo de personas que se han montado su vida en la periferia del sistema, unos representantes del estado que no cumplen con la ley o se exceden con este y una sociedad completamente ausente, ajena a todo y a la que realmente no le importa lo que suceda al mundo. Aquí vemos como Emo, Cuco y el Niñato se bajan al moro a comprar hachis para llevarla hasta la Barcelona de los ochenta. Si bien les resulta fácil adquirir la sustancia estupefaciente el camino de vuelta constituye el verdadero relato, las dificultades y las peripecias de este grupo son el grueso del mismo; este road cómic muestra a la perfección el momento cambiante representado. Como trasfondo el penoso sistema penitenciario español protagonista gracias a delincuentes como El Vaquilla por su fuga.

Las aventuras de Makoki siguen teniendo a pesar de los años, los temas y la forma de tratados una gran frescura. Me gustaría destacar el valor historiográfico de los mismos no solo como historia del cómic español sino por la puesta en escena que disponen Gallardo y Mediavilla. Se trata en definitiva una gran crónica de los ochenta, la otra crónica, alejada de la de sucesos y más vinculada con un nuevo devenir social derivado de la represión de más de cuatro décadas. A eso hay que sumarle lo imprescindible de este volumen como obra  de ficción y como una de las más representativas del cómic underground patrio.

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El artista de la supervivencia

p-cuarenton-2aCuarentón (Joe Ollmannn). La Cúpula, 2016. Rústica. 196 págs. ByN. 17,50 €

Yo juego al rol. Sí, soy de esa gente. Y la pregunta a la que más veces me he enfrentado tras una partida, ya sea por parte de mi madre, mi novia o ente similar es: “¿Has ganado?”, a lo que yo debo responder que no, que en el rol no se gana, que es como la vida, puedes perder pero no ganar. Da igual que seamos investigadores de los años 20 enfrentándonos a los mitos de Cthulhu, vampiros postmodernos o saqueadores de tumbas en planetas olvidados del siglo XXV. Tú juegas hasta que tu muñeco la palma o hasta que te cansas, que es matar al personaje de inanición. Puedes evitar una vez más el fin del mundo, rescatar a los aldeanos o acabar con un complot de una megacorporación, pero después viene otra aventura, y luego otra. No, no ganas, es imposible ganar porque una partida de rol, mientras quieran el máster y los jugadores, es infinita.

Es como la vida, salvo que en la vida no te puedes aburrir de ser un panadero en la Sevilla de la actualidad y pasar a ser un policía en la Barcelona de finales del siglo XIX, te aguantas y sigues jugando. Así que, como habré dicho aquí millones de veces, el realismo tiene esa carga del cierre imposible, de las pequeñas, o grandes cosas, que son vencidas más veces por el tiempo que por la inteligencia humana, el amor o la maldad. Por eso, obras como Cuarentón de Joe Ollmann presentan ante nosotros esos tapices donde la belleza, no necesariamente una belleza estética, se alcanza por la suma de las pequeñas cosas que dan un resultado mucho mayor que que el conjunto mismo de los elementos. Cuarentón es un cómic que habla de la vida, y no necesariamente de la vida como gloria épica, sino de la vida como algo que pasa aunque nosotros mismos no queramos.

En base a lo expuesto, hay que tener en cuenta que Cuarentón no es un cómic bibliográfico en el sentido más clásico del término. Por fortuna, Joe Ollmann sabe que toda autobiografía termina convirtiéndose en mentira, queramos o no terminamos minimizando y exagerando pasajes de la vida para que el propio relato se nos haga menos doloroso a nosotros mismos. Si nadie conoce nuestras mayores miserias no es necesario airearlas a los cuatro vientos. Pero este ejercicio por parte del autor es más inteligente de lo que pudiera parecer. Pues al comunicar que la obra pivota entre la crónica y la fantasía, puede colocar sin miedo los pasajes más desahogados de su existencia sin el miedo al escarnio público, pues el lector sin duda puede pensar que los momentos más vergonzantes y deprimentes son invenciones del autor para añadir interés a su lectura. Yo, como hombre, sé que no es el caso, que la invención posiblemente llegue por otros derroteros, usando la excusa de la no-ficción como escudo para que Joe Ollmann pueda desnudar literalmente su alma con el lector.

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Así que la lectura de Cuarentón se parece enormemente a la liturgia de la confesión, ejerciendo el lector de vicario de Dios ante un arrepentido que se desahoga con dibujos y letras, no buscando la absolución, sino la comprensión por parte del otro. Se podría resumir en un “tío, ¿ves mis cagadas?, a mi me parecen despreciables, pero seguro que tú tampoco estás mucho mejor”. Mal de muchos. Así que la vida familiar y profesional, metafísica, de Joe Ollmann y su alterego protagonista de Cuarentón, funcionan como un fresco humanista donde la vergüenza y el error son los grandes puntos de anclaje que nos igualan a todos. Porque todos nos equivocamos, y si no podemos siquiera reírnos de la mierda que nos pasa nada tiene sentido, porque al final no vamos a ganar.

Sobre el estilo artístico de Joe Ollmann en Cuarentón poco se puede decir más allá de que sabe perfectamente que historia contarla y como desarrollarla. Un dibujo directo al servicio de la trama, como la propia estructura de la página, funcionando con una cuadrícula de nueve viñetas de cemento, sin ningún miedo al abuso de la letra y la palabra. Porque aunque Joe Ollmann sepa narrar perfectamente a través del dibujo, buena parte de las equivocaciones y el humor que gobiernan Cuarentón se consiguen a través de lo que los personajes, principalmente el protagonista, dicen. Problemas que se hubieran solucionado al no enviar un email o elegir otras palabras para explicar una idea. ¿Pero quién puede culpar a Joe Ollmann? Quién no se sienta identificado en sus desgracias es alguien que se niega a conocerse a si mismo, algo que Joe Ollmann se ha atrevido a hacer y encima contándonoslo en un cómic.

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Spain is Pain #281: El boxeador (Manolo Carot y Rubén del Rincón)

El boxeador (Manolo Carot y Rubén del Rincón). La Cúpula, 2016. Cartoné, 208 págs. Bicolor, 29€

Las narrativas deportivas están enfocadas a ensalzar el valor de lo humano por encima de cualquier otra característica. Lo humano no vinculado exclusivamente con el virtuosismo de los deportistas sino en toda su plenitud: las virtudes y los defectos de los protagonistas. El deporte esta pode lo general vinculada a historias de crecimiento personal en el que los esfuerzos de los personajes, por lo general pertenecientes a la clase trabajadora, se dirigen a conseguir una meta que los situe por encima del resto de sus conciudadanos. Por lo que la glorificación del individuo constituye otro ítem de este tipo de historias, de camino conoceremos el presente y, sobre todo, un pasado lleno de motivaciones que les obligan a escoger el camino elegido en forma de deporte.

El boxeo es un tipo de deporte que ayuda a articular a la perfección todos esos rasgos narrativos. Este representa la dureza de crecer en las calles; la fuerza bruta como un elemento intrínseco de los barrios bajos que ayudan a salir de ellos y como manera de mostrar un alejamiento de la debilidad, lo cual sería fatal para el personaje en cuestión. La violencia desaparece cuando entra en escena el deporte pero sigue convirtiéndose en un elemento catártico que provoca cierta atracción de aquellos que intentan canalizar la rabia interior en una dirección concreta.

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El boxeador juega esas bazas sobre la construcción de los personajes en un entorno deportivo, pero matizado a través de dos personajes, cada uno con su relato personal aunque imbricado en el espacio común del barrio y el gimnasio. Por un lado esta Rafa un tipo duro de barrio deseoso de aprender los trucos de este deporte para conseguir ser alguien. Este se caracteriza por tener una gran fuerza bruta, pero también por no saber gestionar sus éxitos en la vida personal por lo que entrará en la cárcel. Por otro lado esta Héctor un chico de clase alta y refinado que tiene un talento natural para ser boxeador; sin embargo, a pesar del éxito que obtiene como profesional en este deporta está mucho más interesado en gestionar correctamente sus relaciones interpersonales que triunfar como deportista.

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Manolo Carot y Rubén del Rincón cuentan, cada uno por su lado la historia de estos dos boxeadores para hacerlos confluir en un combate final que cambiará sus vidas para siempre. Lo que vemos previo a este enfrentamiento es la lucha de ambos por ser ellos mismos. El boxeador es un relato que a pesar de tontear con lo épico y lo emocional prefiere centrarse en la descripción de los personajes en entornos desfavorables para ellos, convirtiéndose los escenarios en un protagonista holístico que empuja a Rafa y a Héctor a tomar las decisiones que toman.

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El personaje como síntoma

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Juliette. Los fantasmas regresan en primavera (Camille Jourdy). La Cúpula, 2016. Rústica, 244 págs. Color, 30 €

Por lo general la construcción de personajes en narrativas de ficción consiste en la reelaboración de una serie de estereotipos sociales combinados con aquellos rasgos que aportan cada uno de los géneros narrativos y que otorgan a los seres que pueblan una ficción concreta de personalidad y profundidad, o al menos así es como debería ser. Hay veces que los personajes son paradigmáticos son un ejemplo de construcción y dialogo con el contexto en el que son creados justo por estar reelaborados de manera diferente a aquella formas creadas a través de la expectativa  y la experiencia de la audiencia.

Luego están personajes como Juliette que pueden ser considerados como estereotipados o como paradigmáticos, sin embargo creo que se le puede otorgar otro apelativo: síntoma. No como indicio de que algo malo va a suceder sino como representación de una situación presente contemporánea. Esta representa ese amor que llega cuando no puede ser, las enfermedades seniles de los progenitores, la impotencia para abordar el presente con un mínimo de coraje y coherencia, ver como todas las personas que te rodean han cambiado tanto que ni tan siquiera los conoces, etc.

Juliette acumula una serie de inseguridades que se ven acentuadas en la visita que realiza a su familia, allí se encuentra de todo menos la seguridad que busca para curar sus males espirituales y emocionales, pero la cosa no hace más que complicarse. Ella representa a la hija pequeña de la familia que se va de casa y de su ciudad natal para buscarse una vida y vuelve muy de vez en cuando. Entre visita y visita las cosas cambian demasiado como para reconocer un entorno abandonado por voluntad propia y con el que no tiene mucho interés por reconciliarse. Juliette vuelve en un estado de ansia, ya no reconoce a su padre que se encuentra en las fases previas del alzheimer (la madre de este ya lo tiene), una madre que tras separarse del marido intenta buscar cierta felicidad a través de diferentes parejas y sobre todo la hermana una mujer trabajadora contemporánea que se ocupa del hogar y tiene un amante con el que solo mantiene una relación puramente física.

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Una vez planteado el escenario parece imposible que la protagonista en su retorno a ese espacio idealizado e idílico planteado de manera soberbia por Camille Jourdy, sembrado de ilustraciones de carácter preciosista a modo de sistema de puntuación para la narrativa principal. En esa rotura del conocimiento previo entra en juego a Polux, un perdedor nato y motivo de las chanzas de sus amigos; se enamora de él pero cierta incapacidad emocional le impide avanzar en esa relación. Esta no consigue curar su malestar, ni reconciliarse con su familia ni ciudad, el síntoma está ahí pero no tiene solución, sus metas personales, desconocidas para el lector, desaparecen como elemento articulador de su infelicidad.

 Juliette. Los fantasmas regresan en primavera es un cómic que plantea la vuelta a los orígenes como una solución a un problema que no lo tiene y que se refleja en un personaje que no deja de ser un mero observador, un mediador del lector que la autora hábilmente sitúa en medio de toda la acción. Nosotros nos vemos reflejados en Juliette, la tensión de la vida moderna y la hiperconexión relacionadas con las grandes ciudades contrasta con la vida real que aquí adopta la forma de pueblo natal y la imperfección en la vida de sus familiares. La separación del hogar nos proporciona a cierta idealización de nuestros orígenes que se ve rota tantas veces como intentamos relacionarnos con estos, y nuestra protagonista lo sufre en sus carnes y vuelve a París sin resolver nada y con una angustia todavía mayor: la de una vida que no sabe cómo vivir.

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Vida, esperanza e imposibilidad

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Sesión de tarde (Jonathan Lara y Stephen Hausdorff). La Cúpula, 2016. Rústica. 148 págs. Bitono. 14 €

Que la vida no tiene puntos de giro es bien conocidos por todos. La llegada del segundo punto de giro, es decir, el comienzo del tercer acto, es un momento curioso para mí, por deformación profesional no tardo en descubrirlos. Así que si la obra que estoy consumiendo no me gusta me alegro porque me acerco al final, si por contra la estoy disfrutando me espanto porque mi gozo presenta fecha de caducidad próxima. Algo que en la vida no me pasa nunca porque nada comienza y termina, la vida, al igual que las frases orales, está compuesta por interrupciones, desviaciones del tema y, sobre todo, improvisaciones. Es complicado, y hasta cierto punto una pérdida de tiempo, tratar de organizar nuestras vidas, especialmente si hablamos de planos personales y emocionales.

Pero claro, ante todo como consumidores de obras narrativas exigimos esa clausura que todo equilibra y cierra. Pero tras el final pasan más cosas, cosas que pocos autores se atreven a explorar. Así que es de agradecer propuestas como Sesión de tarde de Stephen Hausdorff y Jonathan Lara, intento que van más allá del sílice of life porque su trama en sí huye del cierre obvio y natural (es decir, ficticio) para representar verdaderamente la importancia de la vida como suma de momentos desordenados y azarosos que sólo adquieren una lógica con una observación posterior. Isaías, el protagonista de Sesión de tarde, vive una situación personal que lo convierte en carne de cañón para cualquier drama sensiblero: criado por una abuela con la que lleva una década sin hablarse, con una madre muerta y un padre ausente. Pero por fortuna para los lectores, el guión de Jonathan Lara se vale de los momentos puntuales para plasmar resoluciones puntuales, tratando la belleza del humanismo en los pequeños detalles que nadie cuenta.

Isaías se pasea por la Galicia rural de principios de los años ochenta del pasado siglo conduciendo una furgoneta y realizando proyecciones cinematográficas. Como buen estratega, Jonathan Lara encapsula su trama en capítulos, centrando cada uno en una vivencia de Isaías y relacionándolo con una de esas películas proyectadas al aire libre o en casas de la cultura que a día de hoy aún pueblan las pequeñas localidades de España. La trama general existe, es decir, poco a poco vamos conociendo que ha llevado a Isaías a su situación actual y que posibilidades tiene de avanzar. Pero que nadie espere una resolución final en la que el protagonista encuentra la felicidad y consigue a su anhelada familia. El guión de Sesión de tarde es demasiado bueno para ello, y ya desde los primeros compases de la obra queda claro que la resolución total es imposible, sólo podemos ser testigos de la capacidad de Isaías para adaptarse, comprender y perdonar, pero nada más allá de eso. Hay oportunidades que desaparecen en algún momento, tanto en la vida como en el pasado de los personajes de Sesión de tarde.

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Por su parte, el dibujo de Stephen Hausdorff se adapta a la ternura implícita en una historia tan dramática, casi pesimista. Un trazo que recuerda a autores como Craig Thompson o Bryan Lee O’Malley. Un trazo donde la caricatura juega con el drama, consiguiendo que tramas de una dureza que podría llegar a ser pornográfica en otras manos se convierta en costumbrismo mediante la pluma de Jonathan Lara y los lápices de Stephen Hausdorff. De este modo lo que sería un melodrama sensiblero sobre el cambio y el perdón imposible, tanto para Isaías como su contexto histórico, termina siendo una pieza de realismo humanista y cercano, con la misma capacidad para llenar de optimismo la desazón que el neorrealismo italiano, por mantener las referencias fílmicas. Sí algo se pudiera achacar a Sesión de tarde es que mientras esos primeros años ochenta del pasado siglo están más que bien resueltos, no pasa lo mismo con los años de infancia de Isaías, donde quizás se hacia necesaria una mayor representación de esa España franquista de los años sesenta y setenta.

No hace mucho escribía aquí mismo sobre el cómic Daytripper de Fábio Moon y Gabriel Bá, el cual se construye como la antítesis formal de Sesión de tarde. Pues mientras que la apuesta brasileña parte de esos momentos definitorios dentro de una vida excelsa más grande que la propia vida, tratando de comprender y cerrar en una única línea lo que es la existencia humana; la propuesta española obvia cualquier posibilidad de entender la vida como constructo y se limita a observar y buscar la poesía inherente a los detalles. Ambas opciones son aceptables, pero creo que mientras hay cierta épica importada en querer contarlo todo, la belleza se esconde en la aceptación de que no podemos entender nada.

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