Spain is Pain #332: Paranoidland (Bouman, Fran Fernández, Joaquín Guirao, Miguel Martínez y Nacho García)

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Paranoidland (Bouman, Fran Fernández, Joaquín Guirao, Miguel Martínez y Nacho García) Underbrain y La Cúpula, 2018. Rústica, 240 págs. B/N, 19,90€

Quizás hablar de los fanzines como un medio en el cual se forma una cantera para los que serán futuros autores, y también editores, es algo trasnochado. Si, también valen para eso para foguearse, para medirse con cierta regularidad, tener un contacto más directo con un público más amplio. Pero el fanzine debe de entenderse como un medio en sí mismo, que se circunscribe dentro de un periodo temporal, una estética, cierta perspectiva ideológica o conceptual, no debe existir ese compromiso de convertirse en pro ni de salir del medio.

Es decir, el fanzine como un tipo de publicación que se mueve entre dos aguas no solo como medio sino algunas publicaciones que se encuentran en esa intersección. Paranoidland representa a la perfección esa bipolaridad del fanzine. Publicación ganadora del premio al mejor fanzine en Ficomic 2017 nos recuerda a esa idea de la publicación amateur, aunque ya no tanto, que nos lleva a las revistas que nacieron en la década de los 70 que fueron desapareciendo a lo largo de los 80. Alejados de la idea del ‘zine por postureo y proponiendo relatos por entregas con una periodicidad preestablecida.

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Los autores que llevan a cabo este trabajo en Paranoidland son Bouman, Fran Fernández, Joaquín Guirao, Miguel Martínez y Nacho García, algunos más conocidos que otros como es el caso de Guirao y Nacho García en otros autores muy competentes, muy por encima de la media que nos solemos encontrar en estas publicaciones. Cuatro son los títulos que copan las páginas de esta publicación aparte de las colaboraciones de otros tantos autores que participan con relatos de una o dos páginas. Fran Fernández nos trae Komando: Nucleo Accumbens un relato SF que nos recuerda a las mejores películas de serie B de los ochenta, cierta actitud política, un experimento imposible (cuerpos dentro de cuerpos) y una venganza imposible que hará que los protagonistas encuentren sus límites a la hora de llevarla a cabo. Por su lado, Sitcom infinita de Joaquin Guirao y Nacho García, es uno de los títulos más frescos publicados en los últimos años. Juega con la referencialidad de las series de animación protagonizadas por familias más o menos disfuncionales, pero en este caso ambos autores juegan a llevar hasta el final las elecciones más jodidas tomadas por los protagonistas. En Snufftube, de Bouman, la protagonista es Erika, una niña rata, que pasa las horas viendo vídeos por Internet sin ningún tipo de filtro hasta que le pasan un vínculo donde se puede ver una película snuff de una chica desaparecida. Erika se pondrá a buscarla, con sus dotes de lurker lo que le llevará a un final poco apetecible. Para acabar, Pánico, por ByMartinez, un cuento de vidas cruzadas en la que un par de colegas buscan una bolsa de deporte de la que chorrea sangre, se intentarán meter en una secta, sus chicas se verán involucradas, etc. un clásico narrativo divertido y entretenido.

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Desde La Cúpula desde hace un par de años, y desde Underbrain, desde este, han entendido cierta necesidad de preservar y dar a conocer al gran público los fanzines premiados en Ficomic como una forma de dar a conocer a lo mejorcito del panorama underground. El caso de Paranoidland es un ejemplo paradigmático de un tipo de formato añorado, en el que cabían diferentes relatos, tenían una periodicidad y que las grandes editoriales por ahora no se atreven a reeditar (a excepción de La Resistencia). Pues eso, no tarden en incarle el diente, fanzine nacional del bueno, oiga!!!

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Explorar la extrañeza

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La única voz (Tiziano Angri). Ediciones La Cúpula, 2018. Rústica, 132 págs. B/N, 12,50 €

El cómic como medio parece un intermediario inigualable para explorar la extrañeza en la naturaleza humana. El poder detenerse tanto en las palabras escogidas por el autor así como ver con detalle la viñeta lo que esta contiene, el detalle, los gestos de los personajes y su fisonomía, los escenarios, los trazos elegidos y cualquier recurso de la narrativa gráfica se convierten en vitales para poder transmitir esa idea de los extraño y por extensión del otro. Este último se configura como una visión de lo ajeno de aquello que no somos nosotros y que muchas veces puede ser entendido como una amenaza. Lo que no comprendemos, lo distante se convierte en protagónico y por ello es, a su vez, en normal.

Eso es lo que sucede en la obra de Tiziano Angri, lo raro es lo común, o al menos es lo que está en el primer plano de la narración, y lo normal, aunque mejor sería decir lo convencional. Lo raro son los dos protagonistas Irene y Yuri, que representan ese distanciamiento entre mente y cuerpo de dos maneras diferentes. La primera nacida hombre desea ser mujer y se prostituye para conseguir el dinero para la operación de cambio de sexo. El segundo tiene una disfunción auditiva que le permite percibir sonidos y conversaciones mucho más allá de los límites humanos. Esto le otorga una conexión con el mundo que le impele a buscar una conexión a través de animales muertos.

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Las vidas de ambos están destinadas a encontrarse, pero no en el plano romántico, debemos de recordar que, en el mundo de lo extraño, lo verdaderamente bizarro, no debe moverse por las mismas fuerzas narrativas que lo convencional. Ella sigue haciendo su vida y el con su investigación. Pero en ningún momento existirá una atracción, ni física ni intelectual, no es requerida los raros adoptan la soledad como una opción política más que vital. El juego planteado con el relato se redondea con el aspecto visual, Angri retrata esa extrañeza a través de los rasgos faciales de los personajes, pero no solo de los protagonistas sino de los humanos convencionales. Ella enjuta, mostrando esa bipolaridad cuerpo/mente, el obsesionado, cabezón y con una gran frente.

La voz única es una locura en la que hay que entrar, dejarse llevar y dejarse sumergirse en dos universos unipersonales con una falsa expectativa y es ver la unión de ambos personajes. Esta no solo no se cumple, sino que al final cada uno de ellos sigue con su vida, ambos con su búsqueda dentro de la extrañeza, que en realidad oculta un anhelo de normalidad a través de entenderse a sí mismos, sus cuerpos y sus mentes. La realidad de ambos pasa por dos vértices, una la exterioridad por la que Irene busca vincular su dos partes separadas y la interioridad con la que Yuri intenta encontrar su espíritu guía. Angri logra un cómic interesante en el que es necesario empezar a leerlo sin dejarse llevar por los estereotipos que rodean a este tipo de personajes, solo ver a través de ellos.

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Clásico de clásicos

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Billy Avellanas (Tony Millionaire) La Cúpula, 2018. Rústica, 112 págs. B/N, 15,50 €

La idea de la obra clásica consiste en un texto que a pesar del paso de los tiempo sigue abrumando a la humanidad, ya sea porque su contemplación o lectura sigue maravillando a la humanidad hasta el punto de ser un referente cultural. También se puede considerar como aquella obra que sigue siendo citada, homenajeada o parodiada en el devenir de la humanidad. Eso mismo se puede aplicar al término nuevo clásico o clásico instantáneo como aquellas obras más recientes que tienen una serie de valores estéticos y discursivos asimilados a los clásicos eternos que se fijan en nuestras retinas. Umberto Eco, en Casablanca o el renacimiento de los dioses (1975) apuntaba a una serie de valores que apuntaban a que se debería considerar un texto de culto, que en muchas ocasiones puede servir para acotar la obra clásica. Estos son: que la obra este amueblada, que sea desmontable y que sea una cita de citas.

Para el cómic que comento hoy me quedo con lo último. El planteamiento de Tony Millionaire en Billy Avellanas sigue ese precepto bajo un seudónimo que podríamos denominar como “clásico de clásicos”. Esta doble acepción, rimbombante por un lado y reiterativa por otro, recoge cierta idea del juego que plantea el autor. Por un lado está el cómic, la obra original de Millionaire, desarrollando un relato que ante todo se mueve por ciertas tendencias del relato infantil escabroso del s. XIX y principios del XX sin beber de los principios del gótico pop al que estamos tan abonados a día de hoy. La idea del cuento es la de un ser creado, en este caso, por ratones, y no por humanos, a partir de deshechos encontrados en la basura para combatir a la mujer que intenta matarlos. De ese espíritu vengativo este ser hereda su carácter, capaz de sentir afecto, pero que básicamente se mueve por el rencor que siente por el mundo que le rodea, por lo que es capaz de reconocer el cariño que una persona manifiesta por el o simplemente darle una paliza sino le gusta su aspecto o su actitud.

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Por ahora hemos hablado del “clásico” que por formulación discurre por los mismos senderos que las narrativas a las cuales podemos darle ese apelativo. Ahora falta el “de clásicos”, ahí retomamos la tercera condición de Eco: una cita de citas. Partiendo de un estilo gráfico más vinculado con relatos del pasado cercano a la ilustración que hace algo más que acompañar al texto; y siguiendo con las citas dentro de este que se constituye como elementos vehiculares en forma de lugares comunes de la narración. Las más evidentes son Pinocho o Pedro Melenas, hasta ciertas influencias del Eduardo Manostijeras de Tim Burton mezcladas con ciertos estilemas de Winsor McCay. O recursos cíclicos en la narración como son la ballena, el Arca de Noé, animales parlantes o niños sabiondos. Eso son los clásicos que no tienen que ser siempre referentes completos sino esos elementos desmontables, recurrentes y constantes que se pueden ver reflejados en diferentes obras pero siempre con el peso del significado que ha tomado a lo largo del tiempo.

Así pues, Billy Avellanas es un libro muy agradecido y valiente llegando a cierta truculencia olvidada en el pasado para el relato infantil. Porque el relato de Tony Millionaire juega a eso, a ser un clásico utilizando todos los elementos que narrativas pasadas le han otorgado y que el autor estadounidense ha sabido administrar muy bien en un relato con personalidad pero ligado a la conciencia cultural colectiva, al menos para los que pertenecemos a cierta generación. El volumen es rico en esa idea de citar pero no se pierde en la referencia eterna. Más bien constituye un homenaje que en realidad esconde un discurso muy personal que destaca por lo persuasivo del mismo. Una joyita que uno no se cansa de releer.

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Life is like a big black dick

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Saint Cole (Noah van Sciver). La Cúpula, 2018. Rústica, 116 págs. B/N, 13,50€

El inicio de Trainspotting (Danny Boyle, 1996) y El Club de la lucha (David Fincher, 1999) marcaban ante todo una crítica a la vida preestablecida y planificada de la sociedad occidental del último siglo. Estudiar, sacarse una carrera, buscar un buen trabajo, encontrar pareja, comprar un piso, casarse, tener descendencia y pudrirse delante del televisor viendo cientos de programas estúpidos que bordan un discurso a medio camino entre la alarma social y el divertimento efímero con ciertas ínfulas intelectuales. Ese sería cierta forma de éxito de la añorada por muchos clase media. La fórmula, si es que se le puede denominar como tal puede ser pervertida hasta la saciedad hasta convertirse en un mantra que ocupe todo un espectro social incluso para aquellos que realmente saben que eso no funciona y que no es nada más que eso una forma de anestesia.

Joe, el protagonista de Saint Cole, es, hablando en plata, un puto desgraciado. Vive en un apartamentucho con su pareja con la que ha tenido un hijo no deseado, la madre de esta se ha encajado a vivir con ellos, él trabaja en una pizzería todas las horas que puede y encima tiene problemas con el alcohol. Evidentemente es la otra cara del sueño de la clase media, pero una cara mucho más jodida y por desgracia mucho más común. La vida tal y como se le plantea a este tipo no tiene mucha solución solo seguir para adelante a pesar de la mierda en la que vive. Todo apunta que la única solución es que la tierra se trague sus problemas, literalmente.

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Joe encarna a un nuevo Leopold Bloom en una barriada suburbial de cualquier ciudad estadounidense, en este caso el descenso a los infiernos es inevitable. La vida de este tipo, que porta una perilla a modo de recuerdo de los tiempos de una juventud pretendidamente eternizada e idealizada, es un rechazo constante a su situación cotidiana, bebe antes, durante y después del trabajo como un modo de aguantar eso que se denomina familia nuclear, la suya autoimpuestas y las ajenas, las que tiene que soportar en el restaurante. La familia deconstruida de Joe no es más que esa parte del pastel de la clase media que el solo desea en parte pero que no puede deshacerse de ella al menos no en cuerpo, pero si en alma.

Mr. Chapman, personaje interpretado por el grandísimo humorista Ignatius Farray, tiene una frase que define a la perfección la obra de Van Sciver: “Life is like a big blag dick”. Cuanto más problemática se pone la situación esa polla es todavía más gorda, y Joe no sabe por dónde se la va a meter sabiendo que antes o después va a tener que tragársela. El principal problema de Joe es que no sabe cuándo debe frenar ni cuando cuando bebe, ni cuando le propone sexo a una compañera de trabajo menor o cuando va hasta las trancas de meta y se acuesta con su suegra. Todo un desbarajuste cómico y a la vez que dramático que viene muy bien acompañado de un dibujo sucio y turbio, tanto como la situación, la mente y la forma de actuar de Joe. Solo me resta decir que el estreno de Noah Van Sciver por estos lares va a ser recordado mucho tiempo por la capacidad del autor de elaborar un discurso agrio en el que el mayor triunfo del personaje es ser un deshecho humano.

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Lo mundano

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American Splendor. Los cómics de Bob y Harv (Harvey Pekar y Robert Crumb). La Cúpula, 2018. Rústica, 108 págs. B/N y Color, 17, 50€

Al artista siempre le ha rodeado un aura de unicidad por el que muchas veces la audiencia le supone cierta idea, ya no de superioridad ni santidad, por la que se le atribuye ciertos rasgos de ser una personas cuyas dotes le otorgan unos rasgos que lo alejan de lo convencional. El artista casi nunca es representado como un tipo corriente que se levanta por la mañana va a hacer su trabajo y cuando tiene un rato libre se dedica a su labor artística. En el ámbito del cómic suele ser más raro encontrar ese endiosamiento, aunque en algunos casos existe, pero tampoco se suele mostrar el ejemplo contrario pero hay autores que buscan o representan esa vertiente del artista que lo es por vocación pero que mantiene su modus vivendi, un ejemplo muy claro dentro de nuestras fronteras seria el autor andaluz Juarma; fuera, uno de los autores que nos ocupa hoy, Harvey Pekar.

Pekar, a pesar de que suene muy trillado, es un narrador de lo mundano del día a día del propio guionista, que es él mismo, o  mediante un trasunto suyo. Cuenta sus tribulaciones diarias, que van desde su obsesión por el coleccionismo de discos de jazz a sus ganas de poder vivir de escribir guiones de cómic que otros dibujarán. En ese último recorrido vemos a un tipo obsesivo que roza lo pesado, siempre buscando a alguien que lleve a imágenes sus palabras, pero que sobre todo nos habla de una sociedad que nada tiene que ver con el de aquellas personas relacionadas con la cultura de manera profesional, la fantasía o las metáforas. Lo que nos explica Pekar es la vida, su propia vida y la de aquellos que le rodean.

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Creo que tres de los relatos cortos que componen este volumen ilustrado por Crumb definen a la perfección ese tránsito que va de esa vulgaridad disfrazada de normalidad a través de la rutina diaria que pretende reflejar Pekar. En “Freddy Visits for the Weekend” el autor cuenta como intenta evitar a un amigo suyo que solo busca gorronear a todas sus amistades. Todo contado en un discurso directo sin ambigüedades como si estuviéramos sentados con él en la mesa cuando suena el timbre y Harvey no dice que es su colega que viene a cenar por la cara. Los personajes/personas son conscientes de que posiblemente el guionista vaya a representar la escena en su próxima publicación, pero no cejan en su actitud ni actúan de forma deliberada para ser escritos de otra manera. Su obsesión por el mundo editorial y de la mayor o menor repercusión de su obra se ve plasmada en “American Splendor Assaults the Media”; un soliloquio en el que nos explica su peripecia con los editores del Village Voice en la cual saca su vertiente más psicótica y paranoica. Pero es en “Hypothetical Quandary” se muestra esa doble vertiente de lo mundano y las expectativas de Pekar, medita sobre el cambio que supondría ser reconocido por su trabajo mientras va a comprar unos panecillos recién hechos, el olor a pan recién hechos le supone un golpe de realidad que le pone de nuevo los pies en la tierra.

Este volumen que recopilan las colaboraciones entre Harvey Pekar y Robert Crumb en las que nos encontramos un relato de lo minúsculo de aquello que en principio no tienen importancia. Todo protagonizado por seres anónimos, amigos del guionista, parejas, comerciantes, compañeros de trabajo, etc. Un catálogo de lo mundano y lo rutinario que de la mano de estos dos autores lo convierten en una enciclopedia del día a día y de la sociedad en la que vivimos. Para Pekar no hace falta narrar las grandes historias sino hablar de sí mismo y sus disquisiciones y de paso de su entorno que en muchas ocasiones se parecerá al nuestro.

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¿Dónde está Sp4rx?

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SP4RX (Wren McDonald). La Cúpula, 2018. Rústica, 124 págs. Bicolor, 13,90€

Una de las cosas que más nos divierte a los que nos dedicamos a escribir sobre cómic, ya sea de manera profesional o por diversión, es el intentar hallar las referencias de otros autores y obras que el creador de la obra intenta conjugar para crear un discurso propio. En mi caso siempre busco cual es la doble articulación del relato y que recursos ajenos al noveno arte se hallan en cada página. El caso de Sp4rx es uno de esos en los que te encuentras dos grandes referentes uno posible por haber sido un fenómeno de masas y otro, en principio, imposible, por ser un referente nacional.

El primero es sin duda ¿Dónde está Wally? de Martin Handford, esa serie de libros de ilustraciones que están abarrotados llenos de información, pero sin solución de continuidad. En el caso de McDonald todas las páginas esta repletas de información tanto que no cuesta abstraerse y encontrarse como lector recorriendo la viñeta o la página intentando sonsacar a la imagen algo más de información. Para eso se ha valido de un referente que ayude a representar un mundo futuro abarrotado, no solo de personas, sino de robots, y de tecnología presente y obsoleta que sigue funcionando. El planteamiento del relato funciona de esa manera en tanto que dicho abarrotamiento plantea un relato sin fin, es decir, con una continuidad, quizás mucho más ambiental que puramente narrativa.

El segundo referente es Miguel Ángel Martín, principalmente en los planos cortos de los personajes y en las escenas que hay una acción aislada, aunque también encontramos ciertas similitudes en el diseño de arquitectura de la ciudad en la que se desarrolla la acción. Pero con respecto al autor leonés maneja el concepto de existentes narrativos que son todos aquellos elementos que ayudan a construir el universo para hacerlo consistente. En este caso se trata de todos aquellos elementos tecnológicos que aparecen de manera constante en el cómic aquí están diseñados como algo del pasado; sin embargo, se trata de tecnología punta planteando así que la importancia de la tecnología no pasa por su diseño sino por su usabilidad en función de la utilidad.

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En cuanto al relato en general es, en cierta manera, una reescritura de Metropolis de Fritz Lang planteando la estratificación social como elemento disruptor de una sociedad estancada, sin mucho futuro y en el que el sistema que controla el poder, encarnado en la megacorporación Structus, necesitado de más control sobre las clases trabajadoras. Se inventa un sistema de control mental que implanta en el cerebro de las personas el concepto de eficacia social. Una especie de fascismo tecnológico por el que son los propios ciudadanos los que llevan a cargo una purga contra aquellos que no son eficaces. En medio de todo esto nos encontramos Sp4rx un tipo cualquiera, un piratilla tecnológico que se verá metido en una conspiración que busca acabar con la megacorporación que todo lo controla.

Sp4rx no es la enésima reescritura del elegido tecnológico que vendrá a salvarnos de la avalancha digital. Pero si es una historia sobre la familiarización extrema con la tecnología de como poco a poco vamos asumiendo ciertos aspectos vinculados con las nuevas tecnologías que en ocasiones se parecen más a formas de totalitarismo populista que a formas de libertad. El trabajo de Wren McDonald navega entre una visión crítica sobre la expansión de las tecnologías digitales y cierta querencia geek por los avances tecnológicos de implantación inmediata en la sociedad. Es, en definitiva, una obra divertida en lo visual, entretenida de ver y con un planteamiento retórico interesante sobre nuestro futuro, pero también sobre nuestro presente.

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Historia de los barrios

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Pólvora Mojada (Isabel Kreitz y Konrad Lorenz). La Cúpula, 2018. Rústica, 308 págs. Bicolor, 27,90€

La historia de los barrios fluye a fuerza de golpe, pobreza, desgracias, muerte y entremedias algo de felicidad. La historia de los barrios se construye entre la sociabilidad de los habitantes del mismo y la imposición de las estructuras gubernamentales. A medio camino deben de encontrar un espacio para desarrollarse como lugares vitales que juegan con sus propias reglas, no escritas pero conocidas por todos. Dichas reglas están encarnadas en una serie de personas/personajes que regulan con su presencia, fama o reputación, o falta de ella, construyendo los mecanismos sociales del barrio como un ente vivo.

Los barrios han sido fundamentales para entender las sociedades de posguerra en Europa, en estos habitaban tanto la clase trabajadora, les excombatientes que regresaban del frente, los nuevos migrantes que se dirigen a la gran ciudad. Configurando un mapa que está muy alejado de cierto pensamiento impuesto; el barrio constituye un ente vivo que refleja en gran medida la evolución de una población. Porque ¿hasta qué punto los barrios populares están regulados por las leyes y no por las propias normas? En ese sentido estos se construyen bajo un paradigma ideológico de urbanismo social y luego encaminan un recorrido personal como si fuese un ser vivo.

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Pólvora Mojada de Isabel Kreitz, basada en la novela autobiográfica de Konrad Lorenz, es el retrato del barrio obrero  de St. Pauli, uno de los más populares de Hamburgo, justo después de la guerra. Es un espacio dominado por mujeres, muchos hombres murieron en la guerra y otros están ausentes a pesar de vivir allí, así pues la barriada vive en una tensión entre la mujer que gestiona los espacios sociales y familiares y los adolescentes que de alguna manera recuperaran los espacios a su manera reconvirtiéndolos en espacios masculinos con el paso del tiempo. Los hombres que no acaban de encajar en ese lugar tienen una salida fácil: el mar sus oficios.

El recorrido narrativo es ofrecido a través de Kalle un chico que se cría prácticamente en la calle con un padre que no está presente a lo largo del relato pero que cuando llega al hogar este prescinde casi por completo de su entorno más próximo, y una madre retratada como autoritaria que no entiende las necesidades de su cónyuge ni de su hijo. El protagonista nos inicia en un viaje que va de la adolescencia a la mayoría de edad. El ocio de Kalle a través de todo este desarrollo personal nos va dando la medida de cómo se crecía en aquel momento en ese tipo de barriadas y de cuanto costaba ser un niño en ese entorno.

Isabel Kreitz ya mostró su tendencia a utilizar temas muy concretos para articular un discurso de los social en Haarmann que tiene aspectos que lo conectan con Pólvora Mojada de innumerables maneras. Los barrios protagonizan ambos relatos, pero en la última obra opera de manera panorámica, tanto en la descripción como en el tiempo narrado, que permite situarnos en el espacio ficcional que contiene este trabajo. Supone un ejemplo de microhistoria, uno de los grandes retos de los historicistas contemporáneos, en el que el día a día narra la evolución de un barrio y de una ciudad.

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