Life is like a big black dick

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Saint Cole (Noah van Sciver). La Cúpula, 2018. Rústica, 116 págs. B/N, 13,50€

El inicio de Trainspotting (Danny Boyle, 1996) y El Club de la lucha (David Fincher, 1999) marcaban ante todo una crítica a la vida preestablecida y planificada de la sociedad occidental del último siglo. Estudiar, sacarse una carrera, buscar un buen trabajo, encontrar pareja, comprar un piso, casarse, tener descendencia y pudrirse delante del televisor viendo cientos de programas estúpidos que bordan un discurso a medio camino entre la alarma social y el divertimento efímero con ciertas ínfulas intelectuales. Ese sería cierta forma de éxito de la añorada por muchos clase media. La fórmula, si es que se le puede denominar como tal puede ser pervertida hasta la saciedad hasta convertirse en un mantra que ocupe todo un espectro social incluso para aquellos que realmente saben que eso no funciona y que no es nada más que eso una forma de anestesia.

Joe, el protagonista de Saint Cole, es, hablando en plata, un puto desgraciado. Vive en un apartamentucho con su pareja con la que ha tenido un hijo no deseado, la madre de esta se ha encajado a vivir con ellos, él trabaja en una pizzería todas las horas que puede y encima tiene problemas con el alcohol. Evidentemente es la otra cara del sueño de la clase media, pero una cara mucho más jodida y por desgracia mucho más común. La vida tal y como se le plantea a este tipo no tiene mucha solución solo seguir para adelante a pesar de la mierda en la que vive. Todo apunta que la única solución es que la tierra se trague sus problemas, literalmente.

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Joe encarna a un nuevo Leopold Bloom en una barriada suburbial de cualquier ciudad estadounidense, en este caso el descenso a los infiernos es inevitable. La vida de este tipo, que porta una perilla a modo de recuerdo de los tiempos de una juventud pretendidamente eternizada e idealizada, es un rechazo constante a su situación cotidiana, bebe antes, durante y después del trabajo como un modo de aguantar eso que se denomina familia nuclear, la suya autoimpuestas y las ajenas, las que tiene que soportar en el restaurante. La familia deconstruida de Joe no es más que esa parte del pastel de la clase media que el solo desea en parte pero que no puede deshacerse de ella al menos no en cuerpo, pero si en alma.

Mr. Chapman, personaje interpretado por el grandísimo humorista Ignatius Farray, tiene una frase que define a la perfección la obra de Van Sciver: “Life is like a big blag dick”. Cuanto más problemática se pone la situación esa polla es todavía más gorda, y Joe no sabe por dónde se la va a meter sabiendo que antes o después va a tener que tragársela. El principal problema de Joe es que no sabe cuándo debe frenar ni cuando cuando bebe, ni cuando le propone sexo a una compañera de trabajo menor o cuando va hasta las trancas de meta y se acuesta con su suegra. Todo un desbarajuste cómico y a la vez que dramático que viene muy bien acompañado de un dibujo sucio y turbio, tanto como la situación, la mente y la forma de actuar de Joe. Solo me resta decir que el estreno de Noah Van Sciver por estos lares va a ser recordado mucho tiempo por la capacidad del autor de elaborar un discurso agrio en el que el mayor triunfo del personaje es ser un deshecho humano.

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Lo mundano

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American Splendor. Los cómics de Bob y Harv (Harvey Pekar y Robert Crumb). La Cúpula, 2018. Rústica, 108 págs. B/N y Color, 17, 50€

Al artista siempre le ha rodeado un aura de unicidad por el que muchas veces la audiencia le supone cierta idea, ya no de superioridad ni santidad, por la que se le atribuye ciertos rasgos de ser una personas cuyas dotes le otorgan unos rasgos que lo alejan de lo convencional. El artista casi nunca es representado como un tipo corriente que se levanta por la mañana va a hacer su trabajo y cuando tiene un rato libre se dedica a su labor artística. En el ámbito del cómic suele ser más raro encontrar ese endiosamiento, aunque en algunos casos existe, pero tampoco se suele mostrar el ejemplo contrario pero hay autores que buscan o representan esa vertiente del artista que lo es por vocación pero que mantiene su modus vivendi, un ejemplo muy claro dentro de nuestras fronteras seria el autor andaluz Juarma; fuera, uno de los autores que nos ocupa hoy, Harvey Pekar.

Pekar, a pesar de que suene muy trillado, es un narrador de lo mundano del día a día del propio guionista, que es él mismo, o  mediante un trasunto suyo. Cuenta sus tribulaciones diarias, que van desde su obsesión por el coleccionismo de discos de jazz a sus ganas de poder vivir de escribir guiones de cómic que otros dibujarán. En ese último recorrido vemos a un tipo obsesivo que roza lo pesado, siempre buscando a alguien que lleve a imágenes sus palabras, pero que sobre todo nos habla de una sociedad que nada tiene que ver con el de aquellas personas relacionadas con la cultura de manera profesional, la fantasía o las metáforas. Lo que nos explica Pekar es la vida, su propia vida y la de aquellos que le rodean.

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Creo que tres de los relatos cortos que componen este volumen ilustrado por Crumb definen a la perfección ese tránsito que va de esa vulgaridad disfrazada de normalidad a través de la rutina diaria que pretende reflejar Pekar. En “Freddy Visits for the Weekend” el autor cuenta como intenta evitar a un amigo suyo que solo busca gorronear a todas sus amistades. Todo contado en un discurso directo sin ambigüedades como si estuviéramos sentados con él en la mesa cuando suena el timbre y Harvey no dice que es su colega que viene a cenar por la cara. Los personajes/personas son conscientes de que posiblemente el guionista vaya a representar la escena en su próxima publicación, pero no cejan en su actitud ni actúan de forma deliberada para ser escritos de otra manera. Su obsesión por el mundo editorial y de la mayor o menor repercusión de su obra se ve plasmada en “American Splendor Assaults the Media”; un soliloquio en el que nos explica su peripecia con los editores del Village Voice en la cual saca su vertiente más psicótica y paranoica. Pero es en “Hypothetical Quandary” se muestra esa doble vertiente de lo mundano y las expectativas de Pekar, medita sobre el cambio que supondría ser reconocido por su trabajo mientras va a comprar unos panecillos recién hechos, el olor a pan recién hechos le supone un golpe de realidad que le pone de nuevo los pies en la tierra.

Este volumen que recopilan las colaboraciones entre Harvey Pekar y Robert Crumb en las que nos encontramos un relato de lo minúsculo de aquello que en principio no tienen importancia. Todo protagonizado por seres anónimos, amigos del guionista, parejas, comerciantes, compañeros de trabajo, etc. Un catálogo de lo mundano y lo rutinario que de la mano de estos dos autores lo convierten en una enciclopedia del día a día y de la sociedad en la que vivimos. Para Pekar no hace falta narrar las grandes historias sino hablar de sí mismo y sus disquisiciones y de paso de su entorno que en muchas ocasiones se parecerá al nuestro.

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¿Dónde está Sp4rx?

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SP4RX (Wren McDonald). La Cúpula, 2018. Rústica, 124 págs. Bicolor, 13,90€

Una de las cosas que más nos divierte a los que nos dedicamos a escribir sobre cómic, ya sea de manera profesional o por diversión, es el intentar hallar las referencias de otros autores y obras que el creador de la obra intenta conjugar para crear un discurso propio. En mi caso siempre busco cual es la doble articulación del relato y que recursos ajenos al noveno arte se hallan en cada página. El caso de Sp4rx es uno de esos en los que te encuentras dos grandes referentes uno posible por haber sido un fenómeno de masas y otro, en principio, imposible, por ser un referente nacional.

El primero es sin duda ¿Dónde está Wally? de Martin Handford, esa serie de libros de ilustraciones que están abarrotados llenos de información, pero sin solución de continuidad. En el caso de McDonald todas las páginas esta repletas de información tanto que no cuesta abstraerse y encontrarse como lector recorriendo la viñeta o la página intentando sonsacar a la imagen algo más de información. Para eso se ha valido de un referente que ayude a representar un mundo futuro abarrotado, no solo de personas, sino de robots, y de tecnología presente y obsoleta que sigue funcionando. El planteamiento del relato funciona de esa manera en tanto que dicho abarrotamiento plantea un relato sin fin, es decir, con una continuidad, quizás mucho más ambiental que puramente narrativa.

El segundo referente es Miguel Ángel Martín, principalmente en los planos cortos de los personajes y en las escenas que hay una acción aislada, aunque también encontramos ciertas similitudes en el diseño de arquitectura de la ciudad en la que se desarrolla la acción. Pero con respecto al autor leonés maneja el concepto de existentes narrativos que son todos aquellos elementos que ayudan a construir el universo para hacerlo consistente. En este caso se trata de todos aquellos elementos tecnológicos que aparecen de manera constante en el cómic aquí están diseñados como algo del pasado; sin embargo, se trata de tecnología punta planteando así que la importancia de la tecnología no pasa por su diseño sino por su usabilidad en función de la utilidad.

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En cuanto al relato en general es, en cierta manera, una reescritura de Metropolis de Fritz Lang planteando la estratificación social como elemento disruptor de una sociedad estancada, sin mucho futuro y en el que el sistema que controla el poder, encarnado en la megacorporación Structus, necesitado de más control sobre las clases trabajadoras. Se inventa un sistema de control mental que implanta en el cerebro de las personas el concepto de eficacia social. Una especie de fascismo tecnológico por el que son los propios ciudadanos los que llevan a cargo una purga contra aquellos que no son eficaces. En medio de todo esto nos encontramos Sp4rx un tipo cualquiera, un piratilla tecnológico que se verá metido en una conspiración que busca acabar con la megacorporación que todo lo controla.

Sp4rx no es la enésima reescritura del elegido tecnológico que vendrá a salvarnos de la avalancha digital. Pero si es una historia sobre la familiarización extrema con la tecnología de como poco a poco vamos asumiendo ciertos aspectos vinculados con las nuevas tecnologías que en ocasiones se parecen más a formas de totalitarismo populista que a formas de libertad. El trabajo de Wren McDonald navega entre una visión crítica sobre la expansión de las tecnologías digitales y cierta querencia geek por los avances tecnológicos de implantación inmediata en la sociedad. Es, en definitiva, una obra divertida en lo visual, entretenida de ver y con un planteamiento retórico interesante sobre nuestro futuro, pero también sobre nuestro presente.

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Historia de los barrios

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Pólvora Mojada (Isabel Kreitz y Konrad Lorenz). La Cúpula, 2018. Rústica, 308 págs. Bicolor, 27,90€

La historia de los barrios fluye a fuerza de golpe, pobreza, desgracias, muerte y entremedias algo de felicidad. La historia de los barrios se construye entre la sociabilidad de los habitantes del mismo y la imposición de las estructuras gubernamentales. A medio camino deben de encontrar un espacio para desarrollarse como lugares vitales que juegan con sus propias reglas, no escritas pero conocidas por todos. Dichas reglas están encarnadas en una serie de personas/personajes que regulan con su presencia, fama o reputación, o falta de ella, construyendo los mecanismos sociales del barrio como un ente vivo.

Los barrios han sido fundamentales para entender las sociedades de posguerra en Europa, en estos habitaban tanto la clase trabajadora, les excombatientes que regresaban del frente, los nuevos migrantes que se dirigen a la gran ciudad. Configurando un mapa que está muy alejado de cierto pensamiento impuesto; el barrio constituye un ente vivo que refleja en gran medida la evolución de una población. Porque ¿hasta qué punto los barrios populares están regulados por las leyes y no por las propias normas? En ese sentido estos se construyen bajo un paradigma ideológico de urbanismo social y luego encaminan un recorrido personal como si fuese un ser vivo.

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Pólvora Mojada de Isabel Kreitz, basada en la novela autobiográfica de Konrad Lorenz, es el retrato del barrio obrero  de St. Pauli, uno de los más populares de Hamburgo, justo después de la guerra. Es un espacio dominado por mujeres, muchos hombres murieron en la guerra y otros están ausentes a pesar de vivir allí, así pues la barriada vive en una tensión entre la mujer que gestiona los espacios sociales y familiares y los adolescentes que de alguna manera recuperaran los espacios a su manera reconvirtiéndolos en espacios masculinos con el paso del tiempo. Los hombres que no acaban de encajar en ese lugar tienen una salida fácil: el mar sus oficios.

El recorrido narrativo es ofrecido a través de Kalle un chico que se cría prácticamente en la calle con un padre que no está presente a lo largo del relato pero que cuando llega al hogar este prescinde casi por completo de su entorno más próximo, y una madre retratada como autoritaria que no entiende las necesidades de su cónyuge ni de su hijo. El protagonista nos inicia en un viaje que va de la adolescencia a la mayoría de edad. El ocio de Kalle a través de todo este desarrollo personal nos va dando la medida de cómo se crecía en aquel momento en ese tipo de barriadas y de cuanto costaba ser un niño en ese entorno.

Isabel Kreitz ya mostró su tendencia a utilizar temas muy concretos para articular un discurso de los social en Haarmann que tiene aspectos que lo conectan con Pólvora Mojada de innumerables maneras. Los barrios protagonizan ambos relatos, pero en la última obra opera de manera panorámica, tanto en la descripción como en el tiempo narrado, que permite situarnos en el espacio ficcional que contiene este trabajo. Supone un ejemplo de microhistoria, uno de los grandes retos de los historicistas contemporáneos, en el que el día a día narra la evolución de un barrio y de una ciudad.

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Spain #324:¿Dónde nos llevan estas falsas perspectivas?

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¡Cuidado que te asesinas! (Loreno Montatore). La Cúpula, 2018. Rústica, 104 págs. Color, 12 €

Intentar hacer una crítica en función de referencias pretéritas sobre un cómic contemporáneo suele ser algo complejo. Para empezar en los últimos años se ha producido una rotura en cuanto a influencia de generación en generación, internet abre las puertas a reconocer en autores foráneos y remotos una fuente de influencia. Por otro lado, la pobre cultura de reediciones de obras del pasado de la historia del cómic español que se reduce casi exclusivamente a productos Bruguera hace que perdamos ciertas líneas, temáticas y estilos del pasado que permita reconocer una vía directa entre nuestros primeros cómics y los del presente.

Y luego está Lorenzo Montatore, que de manera consciente o inconsciente nos remonta a los autores más interesantes de eso primeros tebeos; cuando estos empezaban a ser un medio que iniciaba su proceso como medio en nuestro país con una pequeña industria detrás. Me ha sorprendido, y agradado, encontrarme con ciertos rasgos de autores como K-Hito y sus páginas, por ejemplo “De como pasan el rato Currinche y D. Turulato” publicadas en Pinocho en los años 20. Un autor que marca un cambio dentro de la escena por el innovador tratamiento de la composición y de la figura. O de Miguel Mihura que simplificó el dibujo, esquematizó la figura humana y llevó el humor al absurdo, en una serie de historietas antológicas, que carecen de personaje fijo y ganan en variedad por eso mismo. Sin olvidar el desparpajo de ese cómix underground que inició cierta recuperación lectora de historietas por parte de adultos.

Si de los dos primeros autores hereda algunas cuestiones estéticas como la simplificación de la figura humana, el humor absurdo tirando a lo amargo y una composición focalizada en los elementos básicos de la escena; de hecho al final del relato cuestiona algunos aspectos compositivos; del underground adopta el viaje callejero, las drogas, la irrupción en locales surrealistas, las referencias tanto musicales como textuales a la cultura popular, como ya hiciera en La muerte y Román Tesoro la anterior obra del autor. A eso hay que sumarle la interferencia e intervención narrativa de la ficción dentro de la ficción como algo disruptivo que encuentra su espacio en la realidad del relato.

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La historia de fondo se mueve por una trama sencilla en la que Centramina, una escritora bloqueada, y Optalidón, se adentran en la noche con el fin de romper con la obstrucción creativa que le impide seguir con la historia que está escribiendo. Mientras que los dos protagonistas inician su odisea personal, que se convierte en un trayecto que empieza en una tienda de desavíos que está abierta todo el día, sigue por garitos imposibles, encuentros con seres/personas que cumplen la función de dirigir a los protagonistas hacia la siguiente fase del cuento para acabar tirada en la calle. Por su lado la ficción dentro de la ficción va tomando cuerpo e introduciéndose en la vida de la protagonista, se introduce viñeta a viñeta en la parrilla de aventuras del viaje de Centramina.

Lorenzo Montatore apunta en una dirección que pocos autores contemporáneos hacen, sus obras son personales y eso se proyecta en los referentes culturales de carácter popular. Como apunta Steven Johnson en Everything bad is good for you estos textos son los más nutritivos, los que tienen más matices y los que nos permiten incorporarlos a nuestra experiencia personal experimentando con ellos. En eso el autor es un maestro no busca ni la referencia, ni el guiño, ni la complicidad del lector; ni tan siquiera son una cita u homenaje, funciona como parte fundamental de la obra como algo personal e intransferible, algo indistinguiblemente propio. ¡Cuidado que te asesinas! es un trabajo único indiscutiblemente personal, vanguardista y underground, pero que en ningún momento huele a batiburrillo sino a obra construido como un todo.

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Spain is Pain #322: El camino como parábola.

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Budapest (Chema Peral). Ediciones La Cúpula, 2018. Rústica, 132 págs. Bicolor, 13,90€

El camino de baldosas amarillas conduce a una ciudad llamada Oz, una urbe cargada de poesía y esperanzas en la que la felicidad que colma a sus ciudadanos está alimentada por una gran mentira, la de un mago que no es tal sino un estafador que se esconde bajo la apariencia de un ser magnánimo. La función de ese camino de baldosas no es tanto conducir a un sitio u otro sino transformar a Dorothy y compañía durante el recorrido para que encuentren en ellos mismo aquello de lo que carecen, así pues, el destino y el lugar de procedencia no están importante como lo que se sitúa en ese amplio espacio intersticial que es el camino.

Roúl Nada, el protagonista de Budapest de Chema Peral, se encuentra pateando un camino que le debe de conducir a Budapest, posiblemente no nuestra Budapest (tan ambicionada por treintañeros en crisis), una ciudad que nadie conoce y en la que toda son promesas. En este caso esta Budapest es un trasunto material del Kurtz de El corazón de las tinieblas. Sobre la ciudad deseada y ambicionada el protagonista centra toda su voluntad de cambio, algo que, evidentemente, se producirá no con la llegada Roúl a sus calles sino con los problemas que va resolviendo durante el camino, enamorándose, huyendo, enfrentándose a situaciones imposibles, solo así puede llegar en condiciones a su Shangri-La particular; su Budapest en la que podrá ser feliz haciendo todo lo que desea.

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La búsqueda de la ciudad viene provocada por el ansia del protagonista por escapar de los traumas de una guerra del pasado, un conflicto paradójicamente llamado Guerra de Paz. Roúl Nada no solo debe abandonar los miedos sino también el odio que alberga por aquellos que fueron sus enemigos, unos invasores que intentaron imponer su fe. Para ello deberá pasar por su territorio, dejar de lado todo tipo de prejuicios y asumir costumbres ajenas para poder liberarse del pasado y encontrar su Budapest. Pero para ello, sin ni siquiera saberlo, se convierte en la pieza principal para anular al enemigo del pasado para siempre, algo de lo que rehuyó en el pasado pero que le resulta inevitable en el presente, no puede escapar eternamente de su misión vital que no solo proporcionara paz real para su pueblo sino también para el mismo.

Eso en el aspecto narrativo, pero es en lo visual con el bitono en azul que consigue que el relato funcione a nivel sinestésico. Con referencias estéticas a las nuevas vanguardias, homenajes a Picasso y ciertas esencias del fauvismo de Matisse. Hace que todo se estructure a dos niveles; en lo narrativo el relato está perfectamente anclado, en lo estético se eleva todo a lo espiritual y aquello que se busca emanciparse de la realidad. Todo unido por un tono definitivamente naif que hace que el mensaje sea algo más crudo, aunque pase de manera más desapercibida. En resumen, Chema Peral se marca una obra larga muy inspirada y valiente en el que todos podemos encontrar referentes o imaginar cual es el subtexto una parábola sobre el significado del camino recorrido y por recorrer.

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Muerte a la nada

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Big Baby (Charles Burns). La Cúpula, 2017. Rústica, 108 págs. B/N, 16,90€

De Los cuadernos de Esther  de Riad Sattouf a Plutona de Jeff Lemire y Emi Lenox pasando por Piruetas de Tillie Walden, Leñadoras de Noelle Stevenson, Shannon Watters, Freezer de Veronica Carratello o Tiempo de canicas de Beto Hernández , son relatos que tienen como elemento central la adolescencia desde diferentes puntos de vista. Todas tienen en común que ha sido publicadas en un periodo de tiempo breve y recientemente, cada una de ellas nos aporta una perspectiva sobre ese momento de la vida que van desde la perspectiva documental, la aproximación de género, la nostalgia o la idealización de esos años por parte de los autores. Pero todas coinciden en elaborar una representación de la adolescencia como un constructo en el que el descubrimiento personal y la necesidad de proyectar la vida interior en una social se convierte en algo fundamental.

En eso difiere Charles Burns en su Big Baby en el que un preadolescente impone su realidad subjetiva a la objetiva, posiblemente por la incapacidad que este tiene para relacionarse con los que le rodean. Este filtra el mundo a través de las ficciones que recrea en su mente y con las que suplanta cualquier atisbo de realidad. El problema que los textos que le sirven para articular el mundo objetivo son los cómics de monstruos y las películas de Serie B lo cual hace que todo se distorsione ante sus ojos, y como no ante los nuestros. Pero eso no sirve de otra cosa que de un medio catalizador para mostrarnos una representación crítica de las urbanizaciones de los extrarradios estadounidenses.

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Burns se centra en los efectos colaterales de la “normalidad” declarándole la muerte a la nada que esta supone. Tony, el niño protagonista, es en esencia un inadaptado social pero que en su visión periférica de su entorno es capaz de captar los elementos que están podridos: los maridos maltratadores, los asesinos de niños, las relaciones sexuales entre adolescentes, etc. Todo lo que rompa con su rutina de fantasía se convierte en algo perverso y sucio, pero también en un misterio que resolver. En ese sentido Tony a pesar de ser un cobardica le puede la curiosidad, el peligro y la posibilidad de una muerte; eso, y el resolver el misterio es lo único que mantiene alerta al protagonista.

En esta edición integral remasterizada se incluyen todas las historias protagonizadas por Tony: Big Baby, La maldición de los hombres topo, La plaga juvenil y Club de Sangre. Relatos publicados originalmente de forma dispersa que mantienen la unidad a partir de la definición de los espacios: oscuros y tenebrosos, incluso el hogar familiar no está exento de un posible horror futuro agazapado en alguna sombra para asaltar a Tony en cuanto llegue la noche. Big Baby es una antología que recoge la esencia de Burns en cuanto al tratamiento del tema central: la vida cotidiana de los americanos y la estandarización de la misma hasta convertirse en una rutina que conduce a la nada un virus mortal que mata la individualidad y la espontaneidad de las personas, y basándose en eso Burns construye metáforas sobre el american way of life como nadie. Bajo esa perspectiva podemos entender el miedo que Tony siente por el mundo exterior.

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