Spain is Pain #296: Delicias nimias (y 2)

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Nimio (VVAA) La Cúpula, 2016. Rústica, 180 págs. B/N 10 €

Hace ya algún tiempo ya dedique una entrada a uno, sino él, de los fanzines más representativos del último lustro. Evidentemente se trata de Nimio, las páginas de este fanzine desprenden, aunque sea un tópico, frescura. Pero sobre todo por una percepción personalísima de los autores al acto de creación de un cómic. El/los relatos principales y transversales apuntan, no a comentar, como hacen muchas de estas publicaciones sino a reflexionar sobre el acto de contar. Esa opción, posiblemente inconsciente por parte de Anabel Colazo, Ferro, Luis Yang, María Ponce y Nuria Tamarit, es parte inherente e imprescindible de las historias que podemos encontrar en las páginas de las diferentes entregas del fanzine.

Ese punto me lleva a la sensación que como lector me ha dejado el último número de Nimio. Por lo general los fanzines nacen de forma insospechada, o al menos eso me gusta creer, y acaban cuando los creadores no tienen el tiempo necesario para poder llevar adelante la publicación. El caso de Nimio ha sido totalmente diferente no solo porque han decidido publicar su última entrega con el buque insignia del cómic underground patrio, sino por lo que se puede respirar a través de las últimas 180 páginas de esta publicación.

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No sé si voy a entrar en algún tipo de paranoia personal o con la relación que suelo establecer con los textos que realmente me gustan. Está claro que esta entrega es una despedida y no lo digo porque se ha anunciado como un último número sino por la conciencia de los autores de que son las últimas aventuras de sus personajes se traspasa a estos de una manera ¿consciente? A medida que uno va  avanzando en la lectura de este volumen se va dando cuenta de la importancia de ver al autor dentro de la obra de ficción, entender como tal que las cosas tienen un final por mucho que queramos que las aventuras de los personajes de Nimio continúen eternamente. Todo es una gran despedida, a una forma de entender el comic como una forma de relacionarse con el mundo.

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A dicha fiesta final no podían faltar algunos de los autores más interesantes del panorama nacional como  Roberta Vázquez, Antonio Hitos, Lorenzo Montatore o Álvaro Ortiz. La idea es hacer un último número que sea memorable y en el que se reivindique el papel del fanzine tanto dentro como fuera de la industria, entendida esta como un estamento inamovible, no solo como una vía de expresión sino también como una manera de expresarse a través de la forma. En cuanto a contenidos los protagonistas de las aventuras que tienen lugar en Nimio son hijos de la iconografía y la mitología personal de cada uno de los autores, haciendo de cada una de las entregas una fiesta de reencuentro de elementos que conocemos o nos suenan de una manera u otra. El subtítulo de este último número es Fantasía Final apuntando a cierta complicidad con el lector que ha estado siguiendo los pasos del fanzine y que espera algo especial en esta entrega algo que los autores cumplen con creces. En fin, echaremos de menos a Nimio.

@Mr_Miquelpg

@lectorbicefalo

Medias naranjas

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Poncho Fue (Sole Otero) La Cúpula, 2017. Rústica, 218 págs. Color, 19,90€

Que las relaciones sentimentales son complejas y difíciles lo sabe todo el mundo. Más todavía cuando las personas buscan una media naranja, tópico que viene a describir la incapacidad de parte de la sociedad para definirse a sí mismo en su integridad a partir de otra persona. O dicho de otra manera las personas parece que llevamos el corazón en la mano esperando que haya alguien dispuesto a cogerlo para hacer con él lo que quieran. No hay nada más que ver la parrilla actual de televisión en la que las relaciones interpersonales, y no el amor copan espacio televisivo y máximas audiencias. Se trata de programas en los que los “protagonistas” solo hablan de cómo le hacen sentir otras personas sin preocuparse si a la inversa existen los mismos problemas.

Esa idea pequeñoburguesa de juntarse con otra persona para crear patrimonio ha devenido en una especie de obligación social de tener pareja. Parece no estar bien visto llevar una vida independiente, sin pareja fija o transitoria, y solitaria. Esto supone una tensión que enfrenta la forma de entender de cómo debían de ser las tradiciones a como son en la actualidad, gracias al menor grado de dependencia económica de las mujeres, y a una concepción más abierta, por parte de estas, a encerrar su vida de manera “forzada” bajo una sola relación.

En Poncho fue, Sole Otero, explora esa convergencia vital que son las relaciones de pareja en la actualidad en una batalla entre la necesidad de estar acompañado y pelear por la independencia personal. Si hay que ponerle un pero a los personajes, Lu y Santi, es que están definidos con trazo gordo, aunque existe cierta necesidad en ello para la elaboración del discurso pretendido por la autora. La relación de ambos surge como por casualidad, sin embargo a medida que avanza el relato vemos que hay cierta predisposición por parte de el a la hora de definir y redefinir de manera continuada los términos de la interacción interpersonal.

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Santi está representado como una persona que llena el espacio, quiere ser todo aquello que él cree que una pareja pueda desear. Pero esa voluntad convierte esa pareja de iguales en una relación paternalista: pasa de querer complacer en todos los sentidos a Lu, a pensar que sabe lo que ella necesita hacer convirtiéndose al final en la imposición de su voluntad a través del chantaje emocional. Por su lado Lu es una mujer apocada que se siente culpable por todo aquello que Santi le dice que no le gusta de ella. La relación se convierte en una pesadilla de la que solo somos conscientes los lectores; Lu no se da cuenta hasta que el relato no está bien avanzado.

Poncho fue es un cuento con moraleja, sencillo y directo. Ahí en parte reside la fuerza de este, en no querer complicar demasiado las cosas y querer contar lo que la autora quiere contar, es decir ir directa al grano sin ningún tipo de aparataje superficial. Para ello se centra en describir a los personajes y su breve entorno. Resulta curioso el juego que establece entre el monologo eterno de Santi cuando en realidad se trata de uno de Lu; pero realizado a través de su compañero masculino. Sole Otero plantea lo mencionado al inicio de esta entrada: la necesidad de considerarse a uno mismo de manera íntegra antes de buscar pareja.

@Mr_Miquelpg

@lectorbicefalo

Dos mujeres

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La niña de sus ojos (Mary M. Talbot y Brian Talbot). La Cúpula, 2017.Rústica, 104 págs. Color, 14 €

La labor que están haciendo Mary M. Talbot y Brian Talbot por la visibilización de la mujer en la historia y su influencia en momentos muy concretos de la misma es impagable. Tanto en Sally Heathcote. Sufragista como en La Virgen Roja estos autores destacan la labor de la mujer sin caer en la hagiografía barata. La tesis de partida de Mary M. Talbot es que la historia de la humanidad puede ser explicada a partir de mujeres ejemplares que no dudaron ni un momento de la importancia de la lucha por una emancipación de la mujer, y que esta no debía de ser en solitario sino de la mano de sus compañeros masculinos. Una idea sencilla y que a día de hoy nos parece algo más que evidente; Pero que en los periodos ficcionados por esta guionista parecía algo muy alejado de la realidad.

En ninguna de las dos obras citadas anteriormente el factor personal salía a relucir. La niña de sus ojos responde a esa cuestión tratándose de un relato iniciático. Se trata de un doble biomic que recoge su experiencia vital como mujer que trata de emanciparse de los postulados machistas que la obligan a convertirse en una extensión de la familia. Todo ello ejemplarizado a través de la figura del padre. El reflejo comparativo se establece a través de la vida de Lucia Joyce, la hija del escritor que sucumbe a esa voluntad heteropatriarcal de enmarcar su vida dentro de los patrones que defines a la mujer en la sociedad nuclear burguesa de principios del siglo XX. Ambas vidas, autora y personaje histórico, estructuran el fin de una forma de pensar la manera en el que la mujer es definida desde el machismo.

Por un lado está la hija de James Joyce, Lucía, la cual sufre las idas y venidas del famoso autor dublinés por toda Europa. Esta tiene que aparcar toda su voluntad por las necesidades de este, pero articulado con el discurso del heteropatriarcado a través de su madre. Esta es la que gestiona los valores familiares de sacrificio de la mujer en pos de la familia y del paterfamilias, que queda en un segundo plano en esta gestión del universo nuclear. La mujer, la madre, como alma mater protectora de los valores heteropatriarcales constituye el principal escoyo para la evolución y la emancipación de Lucia, la única, en ese ambiente opresivo que busca crecer como persona a través del baile. De manera paralela Mary escribe sobre su infancia, adolescencia y primera madurez mediada por la sobriedad de su padre un hombre instalado en un continuum masculino que no impide a la hija hallar su camino pero que trata que esta siga el camino predispuesto por él. Las circunstancias de ambas son distintas, los periodos históricos también. Pero cierta idea del condicionamiento de la mujer sobre su futuro personal por parte del hombre permanece en ambos relatos.

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Dos mujeres, dos momentos, dos historias y dos vidas ambas muy diferentes pero muy iguales que nos sirven para entender la necesidad de un cambio radical. Muchos pensamos que ya no hay marcha atrás. Pero este mundo que poco a poco se está convirtiendo en ultraconservador y parece que estamos en un momento clave para decidir entre todos de qué lado va a caer la balanza. Las obras de Mary M. Talbot y Brian Talbot son fundamentales para entender la necesidad de seguir cambiando a través de una toma de conciencia, de que debemos evitar dar una marcha atrás artificial impuesta por una forma de pensar retrograda y fascistoide. Este título, al igual que los dos anteriormente publicados por La Cúpula muestran lo sorprendente que es la historia de la humanidad contada a partir de la experiencia de la mujer, quizás ese es el mejor aliciente: mirar con nuevos ojos nuestra historia contada y explicada mil veces, pero esta vez desde un nuevo foco.

@Mr_Miquelpg

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Excusatio non petita…

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Pagando por ello (Chester Brown). La Cúpula, 2016. Rústica, 304 págs. B/N, 21,90 €

Las confesiones y las excusan siempre esconden cierto sentimiento de culpabilidad, ya sea por los condicionantes sociales o interpersonales hacia las personas con la que estás hablando. El slice of life siempre tiene algo de eso, contar aquello que no se ha explicado a nadie pero a una gran audiencia. Podría parecer que navegaren las propias intimidades, que luego van a ser leídas por otros, deben, o deberían, de tener algún gancho emocional o morboso que enganche al lector, un cebo del cual se pueda desarrollar una historia o convertirlo en  un leit motiv a partir del cual podamos entender las motivaciones y la forma de actuar del autor/personaje. Por lo general exponer las fracturas emocionales o la imposibilidad enfrentarse al mundo suele ser una de las narrativas más comunes en este tipo de relato.

Pero el slice of life tiene una pequeña trampa de la que a veces es muy difícil escapar: una cierta forma del autobombo. La recreación de la propia vida como hipérbole sobre la personalidad propia del creador en torno a la representación de la propia figura. Esto puede suponer una caída hacia dos tipos de tendencias, por un lado una propia de los fan fictions conocida como Mary Sue en la que el escritor se define a sí mismo como imagen de la perfección física y moral en la cual es capaz de sacrificarse por el colectivo. Por otro lado está la autohagiografía, posiblemente mucho más peligrosa, en la que el autor convierte su vida en una pedregal por el que es imposible transitar y que de una manera u otra su fuerza de voluntad se centra en el convencimiento de que sus acciones y convicciones son las correctas y que está autorizado a hacer lo que hace. Mientras que la primera puede constituir un juego más o menos divertido entre autor y lector la segunda tiene cierto punto de establecer ciertas creencias propias en populares.

Y aquí entra en valor de marcar una distancia entre la forma del relato y el contenido del mismo sobre una obra de una autor que me gusta mucho, muchísimo, pero que lanza un discurso que se inserta dentro del neoliberalismo en el que se mueven tan bien las culturas anglosajonas. El autor es Chester Brown que sabe  cómo pocos hablar de su vida, mostrar sus miserias y darnos a conocer todos los matices de su devenir sexual. Pagando por ello parte de una ruptura sentimental en la que la última pareja del autor le comunica a este que le gusta otro hombre hasta el punto en que los tres viven en la misma casa. Brown, autor y personaje, actúa de una forma un tanto peculiar, no siente celos, no tiene cree poseer a su compañera y respeta la libertad de esta. Todo muy loable, durante un tiempo podría parecer que él se convertiría en un ser asexual carente de emoción, a veces impacta ver hasta qué punto lleva el tema de la racionalización de su posición. En cierta manera se podría decir que está narrando un Mary Sue de sí mismo. Sin embargo no es así ya que gran parte del relato nos lleva por otro camino.

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En cierto momento y ante la poca necesidad personal de mantener relaciones sentimentales, pero ante la irrefrenable necesidad de mantener relaciones sexuales, decide contratar los servicios de diferentes prostitutas. Hasta aquí todo más o menos coherente, el instinto puede todos los miedos y prejuicios que este pudiera tener previamente. Sin embargo, a medida que avanza el relato se construye cierto discurso que bordea la autohagiografía en la que Brown se esboza como un putero (así es como se denomina así mismo) ejemplar en el que la costumbre en la contratación de esos servicios no solo reconfigura su vida y economía sino la visión que tiene este negocio.

En el cómic, y en los apéndices, articula un discurso realmente coherente en el que define la emoción y el sentimiento amoroso hacia otras personas como algo que no es más que un condicionamiento cultural de occidente que se ha extendido por todo el globo. El entender que el no necesite cierta vinculación emocional o atractivo personal para mantener relaciones sexuales hace que este  se convierta en una persona muy práctica. Tiene sexo solo a través de la adquisición del mismo y posiblemente en esa justificación articula la necesidad de las páginas de reseñas sobre prostitutas, escribiendo también en ellas, categorizando a las personas por su físico y sus habilidades sexuales. En cierta manera entiendo eso como mirar los dientes de un esclavo para ver en qué estado de salud se encuentra.

A pesar de cierta disconformidad sobre cómo trata y percibe este negocio el aspecto formal del relato es sobresaliente. Brown sabe perfectamente como plantear un cómic-tesis con un sujeto polémico. No solo profundiza a través de su experiencia personal en lo que es el cómic en si sino que a través de apéndices apoya sus opiniones personales en torno a la prostitución. Pagando por ello es un texto necesario para sembrar el debate y poner sobre la mesa ciertos constructos sociales/morales impuestos decantándose por cierta idea de que el dinero lo justifica absolutamente todo. En un polo opuesto podríamos abrir este debate con el documental Whore’s Glory  (2011) de Michael Glawogger (Trailer , Fragmento) en el que se muestra la otra cara de la prostitución que él no quiere mostrar, y trata de manera breve en los apéndices: la esclavitud sexual y el desprecio social. Quizás el tratamiento que hace Brown aparte de ser atractivo tenga un inconveniente, que no pueda ser aplicado a todo el mundo, ni tan siquiera a todo occidente. Aun así este alegato personal, que en ocasiones se puede leer como una justificación de sus actos, es uno de los textos más interesantes que se ha escrito en los últimos años sobre el negocio del sexo.

@Mr_Miquelpg

@lectorbicefalo

Spain is Pain #287: Quinquis y yonkis

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Makoki. Fuga en la modelo (Miguel Gallardo y Juanito Mediavilla). La Cúpula, 2017. Rústica, 80 págs. B/N, 12,50€

El final de la década de los setenta y principio de los ochenta prometía a la población española un reseteo a todos los niveles: político, social, económico, etc. Pero una de las cosas que surgiría de ese periodo es un cambio en el paradigma mitológico popular, si durante unos cuarenta años el orden, el militar, lo adecuado y lo correcto definían, o al menos eso se intentaba imponer, a partir de ese momento los delincuentes pasan a primera plana de los medios comunicación, protagonizan películas y se les dedican canciones. Tras tantos años de ocultamiento la España de los barrios de extrarradio constituyen una mina para todos aquellos que desean reflejar la decadencia de un país en producciones de ficción.

Dos grandes títulos mantienen vivo el espíritu de aquel momento en el que se pone de manifiesto que los héroes construidos para la mayoría de la población no son válidos. Los deshauciados y los que de manera voluntaria han decidido salirse del sistema encuentran en la trilogía de Perros callejeros de José Antonio de la Loma y en Makoki unos referentes de una época cambiante. Si bien en el primer caso el realizador opta por el relato de redención social, polarizando el discurso y siendo maniqueo por ensalzar la delincuencia juvenil a través de mostrar a una sociedad que se desentiende de estas persona; por otro lado la creación de Gallardo y Mediavilla apunta a otras derivas.

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Si en Fuga en la modelo se utilizan los mismos elementos discursivos que en las cintas de de la Loma, un grupo de personas que se han montado su vida en la periferia del sistema, unos representantes del estado que no cumplen con la ley o se exceden con este y una sociedad completamente ausente, ajena a todo y a la que realmente no le importa lo que suceda al mundo. Aquí vemos como Emo, Cuco y el Niñato se bajan al moro a comprar hachis para llevarla hasta la Barcelona de los ochenta. Si bien les resulta fácil adquirir la sustancia estupefaciente el camino de vuelta constituye el verdadero relato, las dificultades y las peripecias de este grupo son el grueso del mismo; este road cómic muestra a la perfección el momento cambiante representado. Como trasfondo el penoso sistema penitenciario español protagonista gracias a delincuentes como El Vaquilla por su fuga.

Las aventuras de Makoki siguen teniendo a pesar de los años, los temas y la forma de tratados una gran frescura. Me gustaría destacar el valor historiográfico de los mismos no solo como historia del cómic español sino por la puesta en escena que disponen Gallardo y Mediavilla. Se trata en definitiva una gran crónica de los ochenta, la otra crónica, alejada de la de sucesos y más vinculada con un nuevo devenir social derivado de la represión de más de cuatro décadas. A eso hay que sumarle lo imprescindible de este volumen como obra  de ficción y como una de las más representativas del cómic underground patrio.

@Mr_Miquelpg

@lectorbicefalo

El artista de la supervivencia

p-cuarenton-2aCuarentón (Joe Ollmannn). La Cúpula, 2016. Rústica. 196 págs. ByN. 17,50 €

Yo juego al rol. Sí, soy de esa gente. Y la pregunta a la que más veces me he enfrentado tras una partida, ya sea por parte de mi madre, mi novia o ente similar es: “¿Has ganado?”, a lo que yo debo responder que no, que en el rol no se gana, que es como la vida, puedes perder pero no ganar. Da igual que seamos investigadores de los años 20 enfrentándonos a los mitos de Cthulhu, vampiros postmodernos o saqueadores de tumbas en planetas olvidados del siglo XXV. Tú juegas hasta que tu muñeco la palma o hasta que te cansas, que es matar al personaje de inanición. Puedes evitar una vez más el fin del mundo, rescatar a los aldeanos o acabar con un complot de una megacorporación, pero después viene otra aventura, y luego otra. No, no ganas, es imposible ganar porque una partida de rol, mientras quieran el máster y los jugadores, es infinita.

Es como la vida, salvo que en la vida no te puedes aburrir de ser un panadero en la Sevilla de la actualidad y pasar a ser un policía en la Barcelona de finales del siglo XIX, te aguantas y sigues jugando. Así que, como habré dicho aquí millones de veces, el realismo tiene esa carga del cierre imposible, de las pequeñas, o grandes cosas, que son vencidas más veces por el tiempo que por la inteligencia humana, el amor o la maldad. Por eso, obras como Cuarentón de Joe Ollmann presentan ante nosotros esos tapices donde la belleza, no necesariamente una belleza estética, se alcanza por la suma de las pequeñas cosas que dan un resultado mucho mayor que que el conjunto mismo de los elementos. Cuarentón es un cómic que habla de la vida, y no necesariamente de la vida como gloria épica, sino de la vida como algo que pasa aunque nosotros mismos no queramos.

En base a lo expuesto, hay que tener en cuenta que Cuarentón no es un cómic bibliográfico en el sentido más clásico del término. Por fortuna, Joe Ollmann sabe que toda autobiografía termina convirtiéndose en mentira, queramos o no terminamos minimizando y exagerando pasajes de la vida para que el propio relato se nos haga menos doloroso a nosotros mismos. Si nadie conoce nuestras mayores miserias no es necesario airearlas a los cuatro vientos. Pero este ejercicio por parte del autor es más inteligente de lo que pudiera parecer. Pues al comunicar que la obra pivota entre la crónica y la fantasía, puede colocar sin miedo los pasajes más desahogados de su existencia sin el miedo al escarnio público, pues el lector sin duda puede pensar que los momentos más vergonzantes y deprimentes son invenciones del autor para añadir interés a su lectura. Yo, como hombre, sé que no es el caso, que la invención posiblemente llegue por otros derroteros, usando la excusa de la no-ficción como escudo para que Joe Ollmann pueda desnudar literalmente su alma con el lector.

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Así que la lectura de Cuarentón se parece enormemente a la liturgia de la confesión, ejerciendo el lector de vicario de Dios ante un arrepentido que se desahoga con dibujos y letras, no buscando la absolución, sino la comprensión por parte del otro. Se podría resumir en un “tío, ¿ves mis cagadas?, a mi me parecen despreciables, pero seguro que tú tampoco estás mucho mejor”. Mal de muchos. Así que la vida familiar y profesional, metafísica, de Joe Ollmann y su alterego protagonista de Cuarentón, funcionan como un fresco humanista donde la vergüenza y el error son los grandes puntos de anclaje que nos igualan a todos. Porque todos nos equivocamos, y si no podemos siquiera reírnos de la mierda que nos pasa nada tiene sentido, porque al final no vamos a ganar.

Sobre el estilo artístico de Joe Ollmann en Cuarentón poco se puede decir más allá de que sabe perfectamente que historia contarla y como desarrollarla. Un dibujo directo al servicio de la trama, como la propia estructura de la página, funcionando con una cuadrícula de nueve viñetas de cemento, sin ningún miedo al abuso de la letra y la palabra. Porque aunque Joe Ollmann sepa narrar perfectamente a través del dibujo, buena parte de las equivocaciones y el humor que gobiernan Cuarentón se consiguen a través de lo que los personajes, principalmente el protagonista, dicen. Problemas que se hubieran solucionado al no enviar un email o elegir otras palabras para explicar una idea. ¿Pero quién puede culpar a Joe Ollmann? Quién no se sienta identificado en sus desgracias es alguien que se niega a conocerse a si mismo, algo que Joe Ollmann se ha atrevido a hacer y encima contándonoslo en un cómic.

@bartofg
@lectorbicefalo

Spain is Pain #281: El boxeador (Manolo Carot y Rubén del Rincón)

El boxeador (Manolo Carot y Rubén del Rincón). La Cúpula, 2016. Cartoné, 208 págs. Bicolor, 29€

Las narrativas deportivas están enfocadas a ensalzar el valor de lo humano por encima de cualquier otra característica. Lo humano no vinculado exclusivamente con el virtuosismo de los deportistas sino en toda su plenitud: las virtudes y los defectos de los protagonistas. El deporte esta pode lo general vinculada a historias de crecimiento personal en el que los esfuerzos de los personajes, por lo general pertenecientes a la clase trabajadora, se dirigen a conseguir una meta que los situe por encima del resto de sus conciudadanos. Por lo que la glorificación del individuo constituye otro ítem de este tipo de historias, de camino conoceremos el presente y, sobre todo, un pasado lleno de motivaciones que les obligan a escoger el camino elegido en forma de deporte.

El boxeo es un tipo de deporte que ayuda a articular a la perfección todos esos rasgos narrativos. Este representa la dureza de crecer en las calles; la fuerza bruta como un elemento intrínseco de los barrios bajos que ayudan a salir de ellos y como manera de mostrar un alejamiento de la debilidad, lo cual sería fatal para el personaje en cuestión. La violencia desaparece cuando entra en escena el deporte pero sigue convirtiéndose en un elemento catártico que provoca cierta atracción de aquellos que intentan canalizar la rabia interior en una dirección concreta.

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El boxeador juega esas bazas sobre la construcción de los personajes en un entorno deportivo, pero matizado a través de dos personajes, cada uno con su relato personal aunque imbricado en el espacio común del barrio y el gimnasio. Por un lado esta Rafa un tipo duro de barrio deseoso de aprender los trucos de este deporte para conseguir ser alguien. Este se caracteriza por tener una gran fuerza bruta, pero también por no saber gestionar sus éxitos en la vida personal por lo que entrará en la cárcel. Por otro lado esta Héctor un chico de clase alta y refinado que tiene un talento natural para ser boxeador; sin embargo, a pesar del éxito que obtiene como profesional en este deporta está mucho más interesado en gestionar correctamente sus relaciones interpersonales que triunfar como deportista.

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Manolo Carot y Rubén del Rincón cuentan, cada uno por su lado la historia de estos dos boxeadores para hacerlos confluir en un combate final que cambiará sus vidas para siempre. Lo que vemos previo a este enfrentamiento es la lucha de ambos por ser ellos mismos. El boxeador es un relato que a pesar de tontear con lo épico y lo emocional prefiere centrarse en la descripción de los personajes en entornos desfavorables para ellos, convirtiéndose los escenarios en un protagonista holístico que empuja a Rafa y a Héctor a tomar las decisiones que toman.

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