Button Man – Asesino de asesinos (John Wagner y Arthur Ranson)

Button Man: Asesino de asesinos (John Wagner y Arthur Ranson) ECC, 2016. Rústica, 112 págs. Color, 11,50 €

El tercer de los cuatro arcos argumentales de la colección Button Man, en los que John Wagner y Arthur Ransons desarrollaron a su personaje Harry Exton, Asesino de asesinos, nos muestra por primera vez a nuestro querido sicario en una enorme partida del juego de la muerta en la que no quiere participar. En cierto modo, el guión de John Wagner nos recuerda a lo que ya habíamos leído en El juego de la muerte y La confesión de Harry Exton, con un héroe completamente gris que no tiene problemas en recurrir a la violencia más directa y descarnada para mantener una vida tranquila. Aunque no es menos cierto, que esta vez, John Wagner eleva el dinamismo y la tensión hasta el punto de crear uno de los mejores cómic de acción de todos los tiempos, manteniendo los cimientos de su colección pero ampliando horizontes allá por donde puede.

Aunque al final de La confesión de Harry Exton parecía que nuestro héroe era más listo que nadie y se había librado de los millonarios aburridos que contrataban sicarios como modernos gladiadiores, en Asesino de asesinos vemos como ni Harry era tan hábil ni sus medidas de seguridad para mantenerse al margen eran tan resistentes. Así que asistimos a un juego del ratón y el gato en el que todos los sicarios de Estados Unidos se lanzan contra el antiguo militar británico en una carnicería a lo largo de medio país. Todo regado con la violencia que también escribe John Wagner, y con ese humor cáustico que tan bien le sienta a la colección. El lector no empatiza con Harry porque sea más noble, lo hace simplemente porque el foco se coloca sobre él, algo que bien sabe manejar el guionista para recordarnos continuamente que su protagonista no es mejor persona, simplemente más hábil matando gente.

Por su parte, el dibujo de Arthur Ranson se mantiene en el mismo nivel que en los anteriores volúmenes de Button Man, con ese realismo prácticamente fotográfico que tan bien sienta a la serie, añadiendo una capa más de verosimilitud a la trama, tanto es así que incluso en Asesino de asesinos hay un juego metanarrativo sobre la violencia real de los sicarios y su traslación a la ficción como entretenimiento. John Wagner y Arthur Ranson nos siguen entreteniendo con Button Man pero recordándonos en todo momento que la violencia duele y es más real de lo que parece en un telediario, además de subrayando en todo momento que el uso de la misma deslegitima a cualquier héroe en todo momento. Todo con el cruel juego de enseñarnos esa lección entreteniéndonos como nadie.

Button Man: El juego de la muerte
Button Mann: La confesión de Harry Exton
Button Man: Asesino de asesinos

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Button Man – La confesión de Harry Exton (John Wagner y Arthur Ranson)

button_man_vol2_confesionButton Man: La confesión de Harry Exton (John Wagner y Arthur Ranson) ECC, 2016. Rústica, 128 págs. Color, 12,50 €

John Wagner continúo la historia del asesino a sueldo Harry Exton a lo largo de cuatro arcos argumentales, siendo el segundo el recogido en el tomo La confesión de Harry Exton, donde repite con el artista Arthur Ranson para seguir contando la azarosa vida del mercenario adicto a la violencia. Si en el primer volumen se nos presentaba el mundo de los modernos combates de gladiadores, protagonizados por sicarios a las órdenes de patrocinadores acaudalados en Gran Bretaña, el segundo volumen continúa de forma directa, pero llevando el juego mortal hasta el terreno de Estados Unidos de Norteamérica, donde todo es más grande, impactante y moral.

Si algo se debería decir de La confesión de Harry Exton es que John Wagner no cede a lo que todos esperamos de un relato clásico y la carencia de moral sigue primando en su protagonista. El guionista construye un personaje tan creíble como psicótico, pues Harry Exton no es una máquina de matar sin sentimientos, es un hombre con una moral diferente gestada en el campo de batalla, primero como soldado y luego como mercenario. Y es precisamente esta moral desviada, en lugar de la ausencia de cualquier tipo de brújula moral, lo que hace más original al personaje, pues no es ni un animal que otrora fuera un hombre ni es un bárbaro con hambre de sangre, es simplemente alguien que no tiene problemas en matar por dinero cuando hay otros que se prestan a participar en tan terrible juego.

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En principio puede parecer que John Wagner cambia sólo el escenario en Button Man, Estados Unidos por Gran Bretaña, repitiendo el esquema del primer volumen, con Harry Exton aceptando volver a participar en el juego y con un patrocinador que parece esconder algo. Pero la realidad es que el guionista coloca suficientes cambios, y sigue desarrollando la personalidad de su protagonista, como para que la historia siga enganchando e invitando a leer el volumen de una sentada. Todo sin olvidar el discurso de exaltación-crítica a la ultraviolencia más descarnada, un valor ya seguro en la serie que hace sonrojar a cualquier obra de acción actual, pues hay momentos en los que las comparaciones si son odiosas.

Por su parte, Arthur Ranson mantiene en este segundo arco el mismo estilo de dibujo característico, con un realismo de trazo y un control de la anatomía humana que añade aún más veracidad y crudeza a la historia contada. No hay el más leve recurso a la fantasía propia del cómic de superhéreos, todo en Button Man: La confesión de Harry Exton exuda credibilidad hasta el punto de que se nos hace complicado pensar que el juego de la muerte no esté sucediendo realmente a varios cientos de metros de nosotros, con hombres amantes del dinero a ambos lados, los que no tienen nada que perder y lo quieren ganar, y los que manejan los hilos para que la arena siga alimentada de sangre fresca.

Button Man: El juego de la muerte
Button Mann: La confesión de Harry Exton
Button Man: Asesino de asesinos

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Cuando el gatillo emocional no es una metáfora

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Button Man: El juego de la muerte (John Wagner y Arthur Ranson) ECC, 2015. Rústica, 96 págs. Color, 8,95 €

La violencia ficcionalizada es y será siempre un elemento de debate continuo, no sólo sobre la idoneidad de representar o no la violencia, sino del propio grado de lo representado. Lo primero que llama la atención es como lo permitido varía con el tiempo, avanzando en una línea clara hacia la representación total del hecho cruento, donde el tendón y la materia gris van saltando desde los confines de la cultura más minoritaria hasta el primer plano. Puede parecer una exageración, pero escenas de series como CSI o Bones, confeccionadas para una clase media que sólo busca evasión y entretenimiento, pueden competir con las películas más atroces de hace medio siglo. Simplemente nos hemos acostumbrado, hemos ido aceptando cada vez un poquito más, sin que sepamos muy bien si el aumento de la violencia en el centro ha radicalizado los extremos o si la propia radicalización de los extremos es lo que ha ido enviando mayor carga de violencia al centro.

En todo caso, hay algo que jamás se debe olvidar, este aumento de la violencia representada se realiza sólo a un nivel visual, es decir, cada vez la carga es mayor en lo que vemos, la violencia se vuelve cada vez más anatómica y pornográfica, pero no sucede lo mismo con la moralidad, e incluso lo psicológico. Si en buena parte somos capaces de soportar tales cantidades de violencia es por la cosificación de la víctima, e incluso del verdugo, asistimos a un juego visual donde los participantes son engranajes para convertir la biología en una mecánica visual, como sucedía en el Grand-Guignol francés, teatro gore de principios del siglo XX al que siempre terminamos volviendo. Pero nos negamos a ver a la víctima como una persona, y muchísimo menos al verdugo. Sólo basta ver cuales son los actos violentos que causan más revuelo en la ficción, las violaciones, escenas que no son las que más muestran pero si las que más revuelven, porque en las mismas percibimos a la víctima como un ser vivo que está siendo vejado, degradado y agredido a todos los niveles, no sólo el físico, en un acto que destruye tanto su cuerpo como su mente, hasta su propia concepción con ser humano.

Es en estos juegos ficcionales cuando el arte nos demuestra que por mucha sangre que veamos no somos tan duros como creemos, que más que insensibilizados ante la violencia nos colocamos una máscara burda. Y esto no es nuevo, basta leer Button Man: El juego de la muerte, el cómic de John Wagner y Arthur Ranson para ver que cuando la violencia realista, que no creíble, entra en el juego de la ficción. Button Man es una novela gráfica publicada por entregas en la revista británica 2000 AD, a principios de la última década del pasado siglo, un pequeño juego narrativo. Juego porque John Wagner lo que hace es dar el protagonismo a Harry Exton, un mercenario de élite que acepta participar en un juego a vida o muerte para lucrarse. John Wagner es un guionista dotado y lo demuestra con soltura en Button Man siguiendo la máxima de menos es más, eliminando cualquier adorno o añadido que pudiera dar una coartada moral a Harry Exton. Como es lógico, el guionista crea una trama llena de peripecias para que el lector no se aburra, pero en todo momento deja claro que su protagonista es un cabrón despiadado que no tiene ningún problema en matar para conseguir un fin.

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Ahí radica el verdadero potencial de Button Man, Harry Exton no es ni un héroe obligado a usar la violencia para conseguir un fin bueno, ni un psicópata que disfruta aplicando la violencia sobre víctimas inocentes. Harry Exton mata personas igual que un pescadero eviscera una caballa o un mecánico cambia una bujía. Y existen hombres así en nuestra sociedad, racionalizadores de la violencia. Esto crea una condición extraña en el lector de Button Man, pues es complicado empatizar con su protagonista, pero seguimos leyendo porque la trama atrapa por si misma y como lectores deseamos un cierre para su historia, saber que pasa con éste sujeto y con los elementos que pueblan su universo, el cual podemos cometer el error de pensar que es externo o anexo al nuestro, cuando realmente vivimos en el mismo plano de violencia y bondad. John Wagner nos la juega y aceptamos gustosos el engaño, sabedores en el fondo de que esa violencia mercenaria no ocurre en un pasado olvidado ni en un futuro distante.

Pero todo esto no podría haber sido posible sin el dibujo de Arthur Ranson, un trabajo que sólo puede ser definido como demoledor. Pues todo el juego del guión se hubiera caído si un dibujo dentro del estándar del cómic hubiera tomado las riendas. Por fortuna, Arthur Ranson es realista hasta volver la historia dolorosa, hay tanto detalle que todo se vuelve caústico en cualquier acepción del término. Arthur Ranson no tiene necesidad de dibujar imágenes especialmente cruentas o desagradables para plasmar la intención de John Wagner, es más, en cualquier cómic de superhéroes medio actual encontramos más violencia, pero la excusa de la fantasía, del cartón violence que llaman los americanos, acaba con la posibilidad de crítica disfrazándolo todo de juego. En Button Man no tenemos asideros morales o excusas metarreferenciales, es violencia, y como tal no sólo duele, también afecta a lo más profundo de nuestra mente, porque nos guste o no, y como John Wagner y Arthur Ranson nos recuerdan, aún no somos una sociedad de psicópatas desquiciados. Todavía.

Button Man: El juego de la muerte
Button Mann: La confesión de Harry Exton
Button Man: Asesino de asesinos

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Lobo – Gladiadores Antiamericanos (Alant Grant, John Wagner, Cam Kennedy, Kieron Dwyer y Martin Emond)

Lobo_gladiadores_antiamericanosLobo: Gladiadores Antiamericanos (Alant Grant, John Wagner, Cam Kennedy, Kieron Dwyer y Martin Emond). ECC, 2015. Cartoné. 232 págs. Color. 212,50 €

La gente defiende la expresión “no hay huevos” como la apelación última a la acción, incluso a acciones carentes de un beneficio claro al final del camino. Yo prefiero la máxima “¿por qué no?”, ya que hace de la resolución un acto incluso más poético, uno no se lanza hacia delante porque otro le rete, se limita a intentarlo por el simple hecho de que no hay nada de peso que se lo impida. ¿Por qué no escalar el Everest? Realmente algo tan importante como la posibilidad de la muerte no debería ser un mero obstáculo para intentar hacer algo. Más o menos así podemos resumir la política vital de Lobo, un personaje que la mayoría de la veces acepta los retos por la simple razón de demostrarse a si mismo y a nadie más que es capaz de hacerlo.

El tomo recopilatorio Gladiadores antiamericanos recoge tres historias del personaje, dos miniseries que ahondan en el por qué no del personaje y un número especial que busca el humor en la hiperviolencia de su universo. Gladiadores antiamericanos, historia que da nombre al volumen, con guión del padre putativo de la criatura Alan Grant y acompañado de John Wagner, más el dibujo de Cam Kennedy, nos presenta a Lobo participando en una versión futurista de los juegos romanos. No es una idea del todo novedosa, pero los guionistas consiguen hacerla lo más interesante posible, jugando tanto con la violencia más fantasiosa como con una trama de corrupción, así que no faltarán víctimas para Lobo ni excusas para aplicar sus métodos más atroces.

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Gladiadores americanos continúa con Contrato con Dioz, una historia nuevamente de Alan Grant, con dibujos de Kieron Dwyer. En esta ocasión, el hombre debe acabar con una deidad que no permite a sus creaciones y feligreses disfrutar de los placeres más comunes. Sí en la anterior historia Lobo acepta participar simplemente por la diversión de matar gladiadores, en esta ocasión el único motor que necesita es demostrarse a si mismo que es capaz de acabar con un Dios, por suerte la historia se complica y no todo resulta tan sencillo ni para el lector ni para Lobo. Por último, tenemos En la silla, donde Lobo simplemente va a cortarse el pelo, con un guión de Alan Grant plagado de gags y un dibujo de Martin Emond lo suficientemente histriónico como para que la historia sea algo más que un número de relleno sin más.

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