Batman – La secta (Jim Starlin y Bernie Wrightson)

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Batman – La secta (Jim Starlin y Bernie Wrightson) ECC, 2015. Cartoné, 256 págs. Color, 25 €

Gotham City representa como ninguna otra ciudad ficticia la lucha por el poder: lo político contra lo público, los empresarios contra la sociedad y el bien (sic) contra el mal. Esta última batalla es eterna y encarnizada protagonizada principalmente por Batman contra los villanos clásicos de la colección, estos que esperan hacerse con el poder de la ciudad más que derrotar a Batman, este no deja de ser un obstáculo para ese fin. El prototipo es el Joker, un tipo que quiere convertir esta ciudad gótica en su parque de atracciones personal aspirando a sustituir el poder político y todos los estamentos gubernamentales o dicho de otra forma: dar un golpe de estado.

El villano antagonista de Batman en La secta es el diácono Joseph Blackfire una persona aparecida de la nada que ha ganado poder a través de subyugar a los vagabundos de la ciudad. Este incita a sus acólitos a asesinar a los delincuentes de la ciudad lo cual le convierte en una persona popular por ser el único en combatir el crimen de manera efectiva. El poder del diacono Blackfire es literalmente opio para el pueblo, droga a los homeless para poder controlarlos eso incluye a Batman que participa de los ritos sangrientos de limpieza de la ciudad propugnados por este. Batman cae en los infiernos, literalmente, y es rescatado por Robin. Ambos, con el primero recuperado, tendrán que salvar a una ciudad subyugada por la paz proporcionada por Blackfire pero que tiene a la policía y a los políticos en jaque, los primeros por preservar el orden y los segundos por miedo a perderlos. A mitad de camino están los medios de comunicación que lejos de lo que conocemos hoy día guardan cierta sensatez sobre la situación. La secta pasa por ser una de las mejores aventuras del detective de Gotham.

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El volumen se completa con Splash de Ron Marz y Bernie Wrightson, no en vano el volumen está dedicado a este último, que narra un encuentro entre Batman y Solomon Grundy y una última historia coprotagonizada por Batman y La cosa del pantano con guión de Lein Wein. Vamos, lo que se dice un plan perfecto para pasar una tarde noche de verano apreciando la capacidad de Wrightson para adaptarse a diferentes tipos de historias sin perder su propio estilo.

@Mr_Miquelpg

@lectorbicefalo

El fin del universo como excusa

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Odisea Cósmica (Jim Starlin y Mike Mignola). ECC, 2015. Cartoné. 208 págs. Color. 20,50 €

Parece que la forma más refinada de arte, o quizás de contar historias, sea explicar los conceptos más importantes o básicos de forma velada. Esto es lo que en narrativa, en especial en guion, se denomina subtexto, lo que va por debajo que en realidad es más importante que lo que se ve o dice de forma directa. Es tan sencillo como que si un personaje está enamorado o tiene miedo de algo no lo diga de un modo claro, si no que sus acciones y diálogos vayan en apariencia por otro lado pero dejando bien claro que en el fondo lo que le atormenta, le alegra o le empuja a seguir hacia delante es algo mucho más fuerte y obvio pero escondido. De cierta forma, esto obliga a los escritores a ser más originales y presenta al consumidor un relato que en cierto sentido es un juego que le obliga a ver más allá, a participar, dialogar con el relato y sacar sus propias conclusiones.

Esta forma de escritura adquiere niveles muy altos en ciertos géneros, siendo quizás el más excesivo la ciencia-ficción, pues es un género que casi funciona como una metáfora filosófica. La buena ciencia-ficción rara vez habla de cómo serán la vida o los conflictos en el futuro, pues su interés suele estar centrado casi en exclusiva en la propia reflexión sobre el presente, ya sea social o individual. No importa la cantidad de naves espaciales, androides o criaturas alienígenas que encontremos en nuestro relato, al final una buena obra de ciencia-ficción disertará sobre el diálogo entre culturas diferentes, el papel del individuo dentro de un sistema económico particular, el enfrentamiento con la muerte de un ser querido, o infinidad de temas parecidos. La buena ciencia-ficción es ante todo sociología y filosofía disfrazada de aventura o terror. Algo que hace a la perfección Jim Starlin, con obras como Gilgamesh II o La muerte del Capitán Marvel que a fin de cuentas hablan de nosotros mismos en este preciso momento.

Ejercicio que el guionista vuelve a repetir en Odisea Cósmica, una aventura que toma los elementos de space opera del universo DC para mostrarnos una nueva crisis del universo, el cual necesita de sus mejores héroes para no ser destruido. Otra vez. Sin embargo, Jim Starlin vuelve a hacer lo que mejor sabe, convertirlo todo en una gran metáfora sobre la responsabilidad y el heroísmo. Si en Gilgamesh II leíamos la imposibilidad de un superhombre para hacer del mundo un lugar mejor, en Odisea Cósmica vemos diversos casos de hombres dotados enfrentados al mismo mal. Se podría decir que Jim Starlin desgrana los diversos tipos de héroes, desde el guerrero inmisericorde de corte fascista hasta el dios con complejo de mártir, sin olvidar otros esquemas como el arrogante con demasiado poder o el noble carente de habilidades suprahumanas. Lugares comunes que al final no son más que opciones vitales que puede tomar cualquiera a la hora de enfrentarse a un problema que la vida le coloque delante.

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A simple vista vemos como Darkseid, uno de los villanos más poderosos del universo DC se ve obligado a pedir ayuda a diversos héroes para acabar con un mal primigenio capaz de destruir todo el universo. Este esquema clásico de villanos y héroes obligados a colaborar se ha realizado mil veces, pero por suerte Jim Starlin consigue que su resultado sea diferente, no tanto en la trama, que presenta una estructura clásica, sino en el uso y personalidad de los personajes. Es notable como el guionista consigue humanizar a todos los personajes, desde los héroes terrícolas (por nacimiento o adopción) hasta las complejas personalidades de los Nuevos Dioses, valiente creación de Jack Kirby que da un giro inesperado al concepto de deidad en la modernidad, un moderno olimpo que va más allá de la mera actualización temporal.

El guionista consigue destilar a todos los personajes hasta conseguir con muy pocas escenas darles una gran profundidad sin que parezcan parodias de si mismo. Especial éxito consigue con Batman y Superman al colocarlos trabajando codo con codo con dos nuevos dioes, Orión y el Buscador. Las dos parejas funcionan como reflejos, ya que los integrantes poseen capacidades parecidas. Pero mientras Superman y Orion muestran formas diversas de utilizar su poder casi sin límites, Batman y el Buscador consiguen unir sus recursos limitados en busca del éxito. Tanto Superman como Batman se muestran como lo que son, el boyscout de ojos azules y el señor de la noche, pero Jim Starlin consigue que el estereotipo tenga mayor profundidad, un grado más de complejidad que lleva a los personajes más allá del tonto de buen corazón y el amargado vengativo que suelen parecer los personajes en manos de guionistas menos dotados. Todo sin dejar de lado el uso de los demás personajes como Grenn Lantern, el Detective Marciano, Starfire, Lightray o Demon; los cuales tienen algo que decir o aportar a la historia, ya sea sacrificándose por un bien mayor o cargando con las consecuencias de un orgullo desmedido.

Por su parte, no podemos dejar de lado el trabajo de un Mike Mignola que aún no había triunfado con Hellboy pero que ya mostraba un estilo particular. Es curioso como el dibujante aún no ha alcanzado su personalísimo estilo en Odisea Cósmica, con lo que se puede apreciar un dibujo atractivo y dinámico donde se cuelan pequeñas notas que darán lugar a su trabajo posterior. Durante la lectura una puede olvidarse por un instante que está disfrutando un cómic de Mignola, aunque la sensación no durará demasiado, pues cada poco nos salta a la cara un recurso o dibujo que presagia el arte futuro mucho más personal y refinado del artista. En resumen, Mike Mignola hace con su dibujo lo mismo que Jim Starlin con el guión, ambos crean un relato divertido y apasionante que invita a leer la siguiente página para saber qué sucederá, aunque realmente lo más importante, y lo que quedará en nuestra mente, serán las decisiones y los métodos que definan a cada personaje.

@bartofg
@lectorbicefalo

El héroe más triste

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Gilgamesh II (Jim Starlin). ECC, 2015. Cartoné. 200 págs. Color. 19,95 €

La realidad por definición es totalmente antinarrativa, las historias no tienen un planteamiento, un desarrollo y un desenlace, más bien nos encontramos con acciones aisladas que se van relacionando con otras unidades igual de independientes, e incluso aunque uno quiera plantearse un desarrollo vital, o profesional, lo más normal es que el proceso se vea alterado para cancelarse, derivarse o transformarse totalmente. Esa sensación tan placentera de cierre que encontramos en la ficción raramente se encuentra en la vida real, y cuando es así suele ser por un imperativo externo que delimita y edita un hecho real para darle un bonito envoltorio de ficción. No existen los héroes que triunfan y viven felices tras una gran victoria, siempre hay un capítulo más hasta que la muerte irrumpe de la forma más abrupta.

Aunque claro, como consumidores de productos culturales terminamos adquiriendo un piloto automático que nos hace entrar en esos raíles a la hora de disfrutar de una narración, esperando que esa estructura en tres actos se cumpla cada vez desde el detonante hasta el clímax, conformándose un hogar cálido donde la sorpresa llegará por cualquier parte menos por la estructura. Por fortuna algunos autores se enfrentan a lo preestablecido y nos regalan paseos fuera del circuito, aventuras que parecen más increíbles precisamente por entrar en el terreno de lo aleatorio, enfrentando a sus creaciones con la incertidumbre. Un perfecto ejemplo de lo que comentamos lo encontramos en Gilgamesh II del maestro Jim Starlin. El autor más cósmico del cómic popular americano opta en Gilgamesh II por mantener todas sus señas de identidad, con un gusto notable por la ciencia-ficción más ambiciosa y grandilocuente, pero empeñándose de la forma más radical en acabar con las expectativas del lector. En Gilgamesh II nada es como esperamos precisamente porque se acerca más a un desarrollo real que narrativo.

La génesis de Gilgamesh II es más bien sencilla, a finales de los años ochenta del siglo pasado un bebé alienígena llega a la Tierra a bordo de una sonda, aunque en lugar de ser criado por unos granjeros de Kansas todo corazón, es tomado bajo el ala de una pareja de hippies narcotraficantes. 25 años después, en un futuro ya pasado, la Tierra es gobernada por un consejo de multinacionales que han convertido el capitalismo en un sistema político y no sólo económico. Por fortuna para el planeta, el Presidente Ejecutivo de la Tierra es Gilgamesh, ese alienígena que haciéndose pasar por humano gobierna el planeta con inteligencia y fuerza desde Dallas. Aunque nuestro héroe no está solo, ya que mientras él fue criado por unos hippies, otro miembro de su raza ha tenido que crecer sólo en lo más profundo de la selva sudamericana, defendiendo el territorio ante los continuos avances de las multinacionales empeñadas en urbanizar cada centímetro de selva.

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Es en este momento cuando Jim Starlin desata todo su talento, pues comienza a hacer lo último que espera cada lector, optando simplemente por lo más lógico que debería suceder. Sin dejar la base del poema épico Gilgamesh, la lectura de Jim Starlin opta por la épica sin dejar de lado las limitaciones de la lógica y lo mundano. De este modo, Gilgamesh se convierte en aliado de ese Otro que ha crecido en la selva, pues aunque la lógica narrativa invita a que ambos seres superiores se enfrente por el poder, lo normal es que ambas criaturas únicas encuentren el uno en el otro un oasis de fraternidad al no sentirse, por primera vez en su vida, solos. Este es sólo el primer paso en el devenir de Gilgamesh II, pues desde ese momento todo se desarrolla de igual modo, enfrentando continuamente las expectativas que todos tenemos que ese giro de tuerca de Jim Starlin que una y otra vez juega con la simpleza de la vida, haciendo que que la sorpresa sea continua, una sensación de juego tan inteligente como emotivo.

Pues la acción está muy presente en Gilgamesh II, no faltando enemigos como mutaciones casi primigenias en la selva o robots ninjas intentando llevar a cabo algún magnicidio. Pero Jim Starlin sabe mezclar una acción desenfrenada con una tristeza casi desoladora. Gilgamesh y el Otro son hombres de acción, pero también víctimas de su propio ser, sabedores de que no son capaces de todo y de que el fracaso es siempre una opción, pudiendo llegar la derrota desde cualquier origen. Es notable como Jim Starlin vuelve a recurrir a la enfermedad como fin de los héroes, como ya hizo en la muerte del Capitán Marvel, dejando claro que quien a hierro mata también puede acabar sus días en una cama de hospital con decenas de médicos incapaces de revertir una muerte lenta y silenciosa.

Gilgamesh II es una historia de tristeza y heroicidad, donde los protagonistas son tan poderosos como falibles, proyecciones exageradas del concepto de humanidad, enfrentados a los peligros más inimaginables y a los problemas más cotidianos. Hasta cierto punto se podría decir que Gilgamesh II tiene puntos de giro casi anticlimánticos, situaciones donde la épica exige al lector un golpe sobre la mesa sin paliativos, momentos en los que Jim Starlin se niega a complacernos y opta por resoluciones casi melancólicas, tristes y cotidianas. Jim Starlin es uno de los mejores autores que ha dado el cómic norteamericano de superhéroes, posiblemente el mejor en la vertiente cósmica, pero en Gilgamesh II volvió a demostrar que sin dejar de lado la acción hipermusculada es capaz de jugar con las pequeñas acciones de la vida, haciendo de la tristeza y el último e imbatible enemigo al que los héroes deben enfrentarse.

@bartofg
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