Preadolescentes al rescate

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Plutona (Jeff Lemire y Emi Lenox). Astiberri, 2017. Cartoné, 152 págs. Color, 18 €

En los dos últimos años hemos visto como los relatos para adolescentes empiezan a copar todos los medios, incluso en algunos casos se han convertido en todo un fenómeno como ha sucedido con la serie de televisión Stranger Things o su extensión germana Dark; la adaptación de obras literarias para adultos a la gran pantalla, como El juego de Ender o It, remozadas en textos destinados a la ficción adolescente. Evidentemente el noveno arte no ha sido ajeno a ello, de hecho lo podemos considerar como una recuperación de su público primigenio sin tener que recurrir a los personajes de las grandes editoriales estadounidenses una y otra vez. Por aquí han pasado alguno de esos títulos que busca sorprender a esos lectores adolescentes con nuevas propuestas como es el caso de Piruetas de Tillie Walden, Leñadoras de Noelle Stevenson y Shannon Watters, Freezer de Veronica Carratello o Archie de Mark Waid y Fiona Staples; por citar tan solo algunos  trabajos y eso sin olvidarnos de la revitalización de algunos personajes de Marvel, casi todos femeninos, destinados a mujeres adolescentes, preferentemente.

La cuestión es que los adolescentes como público siempre ha estado ahí pero, al menos, en el mundo del cómic parecía que había cierta tendencia a asimilarlo dentro de líneas editoriales preestablecidas. El resultado es la creación de nuevos personajes y nuevas colecciones que tienen como función no solo recuperar a esos lectores/as sino ampliar un target de mercado que no parecía estar muy por la labor de leer cómics, como mínimo occidentales, ya que el manga sí que ha copado ese sector de la audiencia desde hace más de una década. Un ejemplo que podemos considerar como canónico de esos nuevos textos es Plutona de Jeff Lemire y Emi Lenox. Un cómic que se mueve por los parámetros de lo que en la contemporaneidad consideramos como ficción para adolescentes de la que podemos extraer algunos rasgos sobre este tipo de obras: deben de presentar personajes y tramas nuevas, nada de un refrito para que el lector pase a una cronología compleja; personajes protagonistas de la edad de los lectores, padres, docentes, etc. forman parte del contexto más que del relato; un tono serio de discurso que puede desplazarse tanto hacia el drama como a la comedia; y, aunque se podrían apuntar algunos más, una narrativa contenida que no necesita de otros textos en los que apoyarse. Es decir se busca una narrativa plena y contenida sin marear mucho a los nuevos lectores con reboots continuos, eventos sin fin y universos complejos.

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El punto de partida de Plutona es el habitual al de muchas de estas ficciones: cinco chicos preadolescentes que no tienen mucho en común se encuentran en mitad del bosque el cuerpo de la mayor heroína del mundo, cuyo nombre da título al volumen. Estos deciden conservar el secreto como algo que les hace especiales y que une a cinco personas completamente diferentes. El secreto se convierte en un nexo pero también en un nido de desconfianzas, les hace especiales pero también empiezan a experimentar sentimientos como el temor al gran mundo, la posible pérdida de amistad o la codicia. Esta última nace de la desconfianza de uno de los niños que espera sacar algo personal del cadáver de la superheroína mezclando su sangre con la de ella.

En este trabajo Lemire opta por contar con un contexto casi inexistente centrándose en unos personajes sencillos pero muy bien definidos lo cual permite indagar en las motivaciones de los personajes. Por su parte Emi Lenox opta por seguir esa pauta narrativa para elaborar un diseño sencillo y simple pensado para dar protagonismo a los personajes obviando todo aquel aderezo que convierta al texto en barroco. Y aunque el gran tema es y sigue siendo la adolescencia, característica inevitable para una obra de ficción destinada a este público, creo que en el fondo se trata el miedo a lo desconocido, a aquello que viene de fuera. No como un contexto xenófobo sino de desconocimiento del mundo de los adultos, con problemas incluidos, que empieza a echarse encima a estos chicos y chicas. En resumen, obra en principio de trazo sencillo pero que escarbando un poco da mucho de sí.

@Mr_Miquelpg

@lectorbicefalo

Amor en los circuitos

descender-portadaDescender: Estrellas de hojalata (Jeff Lemire y Dustin Nguyen) Astiberri, 2016. Cartoné, 144 págs. Color, 18 €

Mi amigo Manolo es ingeniero, especializado en robótica o algo así, de modo que cuando tengo dudas científico-técnicas le pregunto a él, ahora menos, que vive en Alemania. Hace un tiempo le pregunté un poco sobre robótica, sobre si el problema para tener androides humanoides, que pudieran ser criados o soldados, se debía al hardware o al software. Por lo visto, el problema está en la construcción de los robots, pues velocidad y complejidad de cálculo ya tenemos, el problema es que los servomotores siguen siendo lentos y las baterías no duran todo lo que deberían. Más o menos es lo que entendí mezclando lo que me dijo Manolo con mi conocimiento que se basa más en la ciencia-ficción que en la ciencia real. Así que las mentes robóticas están ya allí, esperando que la tecnología les invente alguna carcasa que les permita tocar el violín, cocinarnos una sopa o apuntarnos con un fusil de asalto.

Así que a menos que nos extingamos o que algún tipo de catástrofe, humana o natural, nos lleve de vuelta al medievo o el neolítico, es simple cuestión de tiempo que los androides campen a sus anchas por las calles, ya sea simplemente cargando bolsas de la compra tras una anciana o fustigando con látigos a unos humanos con números grabados a fuego en la frente. Lo único importante es que al final no estaremos solos, lo que de algún modo será el mayor cambio de paradigma posible desde la extinción de los neandertales y hasta la llegada de los alienígenas. Es curioso como en la ciencia-ficción las razas humanas desaparecen. En las páginas de Descender: Estrellas de hojalata, la primera entrega de la saga galáctica de Jeff Lemire y Dustin Nguyen, tenemos humanos, alienígenas y robots, y los humanos son todos humanos, humis o formas de vida basadas en el carbono. Nadie habla de blancos, negros o asiáticos, diferencias que pierden su valor, pues la nueva diferencia crea nuevos grupos de enfrentamiento.

Con este fin, Jeff Lemire crea un universo rico y complejo, con dos grandes grupos sociales que reaccionaron de forma diferente ante un cataclismo robótico, con las propias criaturas artificiales en medio, víctimas y verdugos por igual. Aunque Jeff Lemire, al menos en los primeros compases de Descender, huye de la épica más excelsa y masiva para mostrarnos la historia de un simple androide, Tim-21, encerrado en un mundo que no conoce y zarandeado por poderes fácticos que lo ven como una mera herramienta. Jeff Lemire es inteligente y juega con Tim-21 la mejor baza que tenía a su alcance, la empatía, haciendo del niño robótico el personaje más humano de la historia, aunque simplemente lo sea debido a su programación, de modo que el lector pueda percibirlo como un niño asustado que lo único que quiere es estar a salvo y volver con sus seres queridos. Así que aunque se crucen diversos personajes de toda índole, Tim-21 es una pequeña chispa humanista en mitad de las intrigas y luchas políticas y militares de un universo al borde del colapso.

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De esta forma, Estrellas de hojalata es una presentación que nos da las pinceladas justas y necesarias primero para entretener y emocionar y después hacernos rogar por más, algo a lo que ayuda el final del tomo. Jeff Lemire sabe jugar con un universo complejo del que cualquier fan de la fantasía espacial querrá saber más, con unos personajes complejos, capaces de sorprender a medida que vamos aprendiendo más de ellos, y una filosofía transhumanista heredera no sólo de la space opera clásica, sino del ciberpunk más puro, y no hablo de la mera estética de implantes, sino de la filosofía humana a través de las almas. Hay algo de Neuromante en Descender: Estrellas de hojalata, al igual que hay algo del remake de Battlestar Galactica a la hora de saber que aunque su principal labor es entretener, dedicar la mayoría del esfuerzo a plantear pregunta tras pregunta, a formar sentimientos y dudas, cuando la labor primaria ha sido resuelta con soltura.

Ni mucho menos se puede dejar de lado el trabajo de Dustin Nguyen, un artista que sabe ilustrar la historia a la perfección, gracias a su trazo personal y a su dominio particular de la narrativa, consiguiendo que una historia puramente tecnológica adquiera un halo aún mayor de fantasía y misterio por el propio dibujo que la representa. Aunque hay que remarcar especialmente el trabajo de Dustin Nguyen en el color Estrellas de hojalata, aunque también se podría hablar de la ausencia del mismo, pues el artista consigue dominar los espacios mediante la predominancia del blanco, el negro y los tonos rojizos oscuros, consiguiendo que estas variedades cromáticas demarquen la predominancia emocional de cada escena. Jeff Lemire y Dustin Nguyen han iniciado un camino largo y trabajamos con Descender: Estrellas de hojalata, pero seguro que merece la pena seguirlos a ellos y a Tim-21 a través de toda la galaxia.

@bartofg
@lectorbicefalo