Historia de los barrios

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Pólvora Mojada (Isabel Kreitz y Konrad Lorenz). La Cúpula, 2018. Rústica, 308 págs. Bicolor, 27,90€

La historia de los barrios fluye a fuerza de golpe, pobreza, desgracias, muerte y entremedias algo de felicidad. La historia de los barrios se construye entre la sociabilidad de los habitantes del mismo y la imposición de las estructuras gubernamentales. A medio camino deben de encontrar un espacio para desarrollarse como lugares vitales que juegan con sus propias reglas, no escritas pero conocidas por todos. Dichas reglas están encarnadas en una serie de personas/personajes que regulan con su presencia, fama o reputación, o falta de ella, construyendo los mecanismos sociales del barrio como un ente vivo.

Los barrios han sido fundamentales para entender las sociedades de posguerra en Europa, en estos habitaban tanto la clase trabajadora, les excombatientes que regresaban del frente, los nuevos migrantes que se dirigen a la gran ciudad. Configurando un mapa que está muy alejado de cierto pensamiento impuesto; el barrio constituye un ente vivo que refleja en gran medida la evolución de una población. Porque ¿hasta qué punto los barrios populares están regulados por las leyes y no por las propias normas? En ese sentido estos se construyen bajo un paradigma ideológico de urbanismo social y luego encaminan un recorrido personal como si fuese un ser vivo.

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Pólvora Mojada de Isabel Kreitz, basada en la novela autobiográfica de Konrad Lorenz, es el retrato del barrio obrero  de St. Pauli, uno de los más populares de Hamburgo, justo después de la guerra. Es un espacio dominado por mujeres, muchos hombres murieron en la guerra y otros están ausentes a pesar de vivir allí, así pues la barriada vive en una tensión entre la mujer que gestiona los espacios sociales y familiares y los adolescentes que de alguna manera recuperaran los espacios a su manera reconvirtiéndolos en espacios masculinos con el paso del tiempo. Los hombres que no acaban de encajar en ese lugar tienen una salida fácil: el mar sus oficios.

El recorrido narrativo es ofrecido a través de Kalle un chico que se cría prácticamente en la calle con un padre que no está presente a lo largo del relato pero que cuando llega al hogar este prescinde casi por completo de su entorno más próximo, y una madre retratada como autoritaria que no entiende las necesidades de su cónyuge ni de su hijo. El protagonista nos inicia en un viaje que va de la adolescencia a la mayoría de edad. El ocio de Kalle a través de todo este desarrollo personal nos va dando la medida de cómo se crecía en aquel momento en ese tipo de barriadas y de cuanto costaba ser un niño en ese entorno.

Isabel Kreitz ya mostró su tendencia a utilizar temas muy concretos para articular un discurso de los social en Haarmann que tiene aspectos que lo conectan con Pólvora Mojada de innumerables maneras. Los barrios protagonizan ambos relatos, pero en la última obra opera de manera panorámica, tanto en la descripción como en el tiempo narrado, que permite situarnos en el espacio ficcional que contiene este trabajo. Supone un ejemplo de microhistoria, uno de los grandes retos de los historicistas contemporáneos, en el que el día a día narra la evolución de un barrio y de una ciudad.

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El asesino social

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Haarmann (Peer Meter y Isabel Kreitz) La Cúpula, 2014. Rústica, 175 págs. B/N 17,90 €

Mientras que los asesinos de masas son los hijos de la rabia, de un momento contenido en el que todo explota en su cabeza; los asesinos en serie son asesinos sociales. Nacen en un momento concreto, son hijos premeditados de la sociedad en la que nacen, las circunstancias en las que ejecutan sus actos los convierten en un puro contexto. Si los asesinos de masas son seres desquiciados incapaces de controlar el rencor que sienten por sus congéneres, los asesinos seriales se manifiestan a través de sus actos.

Lo social en el serial killer se inicia con las ficciones creadas en torno a Jack el destripador, no hay relato de los asesinatos cometidos en Whitechapel que no recreen la misérrima vida de las prostitutas, los locales donde comen y beben, las calles donde ejercen y las habitaciones en las que viven. Esa descripción contextual se acentúa a través de la mitología y las especulaciones sobre la verdadera identidad de este. Trasluce en todos los relatos, no solo lo perverso de los crímenes sino también las diferencias sociales. La posibilidad de que sea alguien de la casa real encubierto por las clases más adineradas. Los crímenes de Jack, en la ficción, constituyen una extensión de la estratificación social de aquel momento.

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Los asesinos en serie siempre han sido utilizados por los medios de comunicación para crear una imagen del mal puro. En Alemania en el periodo de entreguerras y apenas una década antes de la llegada del mal supremo encarnado en la figura de Hitler y sus secuaces, hubo dos criminales que marcaron el paso de la sociedad germana: Peter Kurten y Fritz Haarman. Si el primero fue inmortalizado en el film de Fritz Lang: M, El vampiro de Dusseldorf. El segundo ha permanecido en la memoria de popular de los alemanes de nuestros días. En Haarmann de Peer Meter e Isabel Kreitz nos encontramos con un relato que recurre a la representación del mal como resultado de un contexto histórico, pero no demonizando a un solo personaje, sino a toda una sociedad. Pero va mucho más allá, la estructura del relato se mueve a medio camino del procedimental y el documental histórico. Lo primero puede llevar a engaños, no nos movemos en el ámbito del relato policiaco pero aquí la policía es mostrada como corrupta, en cierta manera como cómplices, ya que Haarmann contaba con el beneplácito de los altos mandos de la seguridad pública de Hannover.

Aunque es en el aspecto documental que esta obra se convierte en fundamental para entender el momento por el que pasaba Alemania por aquel momento y que permite vislumbrar la barbarie consensuada que está por llegar. Tanto el dibujo de Kreitz como la frialdad con la Meter se aproxima a la vida del asesino proporcionan un relato global de la sociedad que es quizás mucho más interesante que el del propio Haarmann. Los individuos que rodean al falso policía son todos culpables, Kreitz esboza la fealdad de una ciudad haciéndolos a todos culpables, los espacios angostos, las puertas cerradas y esa despensa llena de moscas que nos hablan de la podredumbre de una ciudad que abarca desde aquellos que cierran los ojos en favor del negocio como de aquellos que permiten los crímenes y los que llegan a comer carne humana sin preguntarse de su procedencia.

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Si bien Haarmann no es la primera aproximación del guionista alemán al mundo de los asesinos en serie. Es el segundo volumen de una trilogía cuyo primer volumen es Veneno, ilustrado por Barbara Yelin, y el último publicado en 2014 es Vasmers Bruder dibujado por David von Bassewitz (esperamos la reedición del primero y la publicación del tercer libro en España). La obra en torno a Fritz Haarmann se aparta de lo popular ligado al morbo que proporciona la casquería precisamente hablando del pueblo de la microhistoria que lo rodea haciendo dando valor a las pequeñas cosas del día a día y desdibujando la idea del criminal metódico en favor de la representación de lo vulgar en el acto de asesinar. Recoge cierta idea de lo vertido en las narrativas de Jack el destripador, pero centrándose en un sector de la población en un momento concreto de la historia de Alemania diseccionándola de tal manera que no nos sorprende el posterior auge del nazismo y sus nefastas consecuencias.

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