Zenith – Fase Dos (Grant Morrison y Steve Yeowell)

Zenith_Fase_DosZenith: Fase Dos (Grant Morrison y Steve Yeowell). ECC, 2016. Carboné. 128 págs. ByN. 14,95 €

Continúa la aventura en cuatro actos de Zenith, el héroe postmoderno de Grant Morrison que defendió a su manera a la Gran Bretaña, y por extensión a todo el mundo, durante los años ochenta del pasado siglo. Decimos a su manera porque si algo quedaba claro en Zenith: Fase Uno, y continúa muy presente en Zenith: Fase Dos, es como el protagonista de la historia es un superhéroe a pesar de su rechazo, tanto inicial como final, a tener cualquier responsabilidad para con la humanidad. En cierto sentido, el Zenith de Grant Morrison es una crítica al realismo de los superhéroes dándoles aún más realismo, Zenith es lo que Zack Snyder quisiera hacer con Superman pero vaciado de cualquier crítica.

Si en Zenith: Fase Uno nuestro héroe se enfrentaba a una amenaza resucitada de la Alemania Nazi, y dirigida por una raza alienígena, la Fase Dos funciona como una extensión de esta estructura, con un enemigo único al que Zenith deberá dar caza para evitar entre otras cosas la aniquilación nuclear de Londres. Aunque en este caso, Grant Morrison parece querer construir algo más,  y entre la lucha de Zenith con un millonario megalómano introduce elementos de lo que supondremos el peligro mayor en las siguientes fases. Morrison introduce la semilla de un conflicto superior que pone en peligro la existencia de las diversas realidades, entre ellas la que cobija a Zenith, el héroe estrella del rock. Esta búsqueda de épica, de convertir las aventuras de Zenith en algo más es de agradecer por parte del guionista, pero es cierto que se convierte en algo casi secundario, pues el motor de la serie sigue siendo su protagonista y especialmente su personalidad, esos recovecos grises de su moral en los que todos habitamos. Zenith no es más ni menos que cualquier futbolista de élite protagonista de anuncios de colonias y bancos. Un tío que simplemente está ahí creyendo que se lo merece más que nadie, simplemente por su don natural.

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Así que es de agradecer como la historia central de Zenith: Fase Dos continúa con la mezquindad y patetismo de la primera fase. El doctor Michael Peyne y el millonario Scott Wallece tienen todas las papeletas para ser villanos estereotipados de James Bond, pero son igual de humanos, y por tanto para nada maniqueos, que nuestro héroe. Así que nadie espere un clímax final de sacrificio heroico, que no se busquen en las páginas de Zenith los valores absolutos de las tragedias griegas, lo que tendremos es lo peor del ser humano desde un sentido heroico, la parte aburrida y egoísta, cobarde y gris que domina nuestro día a día seamos profesores, albañiles, ministros o superhéroes.

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Animal Man – El origen de las especies. (Grant Morrison y Tom Grummett)

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Animal Man. Vol 2. El origen de las especies (Grant Morrison y Tom Grummett) ECC, 2016. Cartoné, 240 págs. Color, 23€

En la entrada dedicada al primer volumen de Animal Man ya se apuntaban alguna de las pautas discursivas de Morrison en cuanto a poner al servicio de la crónica y la denuncia algo tan comercial e industrial como el cómic de superhéroes. Más o menos todo el que haya leído algo sobre este personaje sabrá que tiene la capacidad de captar los poderes de los animales, absorberlos y proyectarlos en proporciones humanas. Pero eso solo sería una proyección discursiva de dentro del relato, lo mejor de este personaje es aquello que está pensado, y es así en todo momento, de cara al lector. Para este autor esto implica leer al personaje desde la actualidad utilizando los conflictos políticos, raciales y ecológicos para meterlo de lleno en el mundo real.

En un mundo ideal creo que Animal Man sería uno de los héroes más necesarios: humilde, familiar y siempre preocupado por las consecuencias de sus actos. Sus heroicidades no pasan por provocar grandes peleas, ni barullos ni por configurarse como un personaje ególatra que solo piensa en su imagen de cara al público. Buddy toma partido en todo momento sin importarle qué pensarán o que posiciones tomarán los detractores de las causas que defiende. En este volumen se pueden encontrar tres muestras directas de dicha actitud: “La hora de la bestia”, “Con el agua al cuello” y “Consecuencias”. El primer título está dedicado a la lucha contra el Apartheid, este capítulo supone un cambio de dirección en el personaje que junto con la nueva reencarnación de Bwana Bestia deciden dar un giro político. En el segundo caso el protagonista lucha contra los pueblerinos de las Islas Feroe y su irracional matanza anual de delfines y calderones (actualmente protegida por el ejército danés), y en último lugar un relato dedicado al ecoterrorismo apoyado por el propio personaje. El resto del volumen está dedicado a explorar los orígenes del personaje dentro de la complejidad acostumbrada en este autor.

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Animal Man es un título y un personaje típico de finales de los 80 en el que el ultraliberalismo anglosajón arrasó con toda posibilidad de recuperación del estado por parte del pueblo. Pero lejos de ser pesimista apunta a ciertas virtudes de la lucha por los derechos, tanto de los animales como de las personas. No es un cómic inocente, ni le hace falta, en el que la moralina desaparece por completo ante las evidencias de la necesidad de reparación continua que necesita nuestro sistema. Para Buddy no existen dudas morales: para hacer que las cosas cambien hay que mojarse.

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Hiperrealidad y solipsismo (y 2)

Los invisibles vols. 5-7 (Ashley Wood, Cameron Stewart, Chris Weston, Dean Ormston, Frank Quitely, Grant Morrison, Jill Thompson, John Ridgeway, Mark Buckingham, Michael Lark, Paul Johnson, Philip Bond, Rian Hughes, Steve Parkhouse, Steve Yeowell, The Pander Bros., Warren Pleece) ECC, 2015. Cartoné, entre 224 – 288 c/u. Color, entre 22€- 28,50€ c/u.

En el post de la crítica de los 4 primeros tomos recopilatorios de Los Invisibles  se plantearon dos ideas principales para entender la obra de Morrison, o al menos para entrar en ella con buen pie en este título y que dan título a las dos entradas dedicadas a este trabajo. La hiperrealidad hace referencia a como la ficción ha superado a la hora de delimitar espacios físicos, entendemos como ficción toda aquella interpretación de la realidad, desde un relato ficcional ambientado en una comunidad o un mapa o Google Maps que trata que no deja de ser un reflejo del espacio real, pero más completo ya que se complementa con detalles que apuntan a la recreación. Por su lado el solipsismo es un pensamiento que apunta a creer que solo podemos estar seguros de nuestra existencia  y nuestra realidad.

Los invisibles dibujan la realidad pasada y presente a través de ese doble paradigma reutilizando cuestiones recurrentes de la ciencia ficción pero en otro sentido. Por ejemplo el tomo titulado “Contar hasta atrás” tiene como temática transversal los viajes en el tiempo, pero sin ser el eje central de la trama. En este volumen este grupo de terroristas hiperrealistas y solipsistas viajan hasta San Francisco para encontrarse con Takashi un empleado de uno de Mason Lang que está trabajando en una máquina del tiempo. Este punto de partida ayuda a redibujar ideas preconcebidas sobre la obra en en cuestión y sobre el género en si mismo. Robin viene del futuro y King Mob la transporta entre dimensiones, Jack Frost y Lord Fanny consigue un objeto de poder, la mano de la gloria, y King Mob viaja al pasado para descubrir cómo utilizar dicho objeto. No se trata de un brevísimo resumen, si no tratar de esbozar la idea de Morrison de mezclar realidad y ficción y jugar con la coetaneidad del tiempo y el espacio, la lógica y lo irracional y, el poder y la conspiración.

“Besos para el señor Quimper” es un final en falso, los personajes establecen relaciones sentimentales entre ellos Robin con King Mob y Jack Frost con Boy, y en este caso el objeto de deseo de todos los personajes es el Espejo mágico de la Iglesia exterior. Mob destruye al final la mansión de Lang. Tanto este volumen como el anterior son los antecesores de The Matrix en el que los objetos totémicos adquieren relevancia para aquellos conocedores de los mismos. Estos sirven para disolver las fronteras entre realidades y poder jugar con estas.

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El último tomo de la colección “El reino invisible” se trata de una cuenta atrás en la que King Mob y compañía desarrollan un ataque a través de diferentes dimensiones, y en el que lo villanos poderosos del relato aparecen en primer plano compartiendo protagonismo con los personajes que han ido conduciendo esta narrativa a lo largo de estos siete volúmenes. La historia empieza un año después de los hechos sucedidos en el tomo anterior, cada tomo tiene diferentes arcos argumentales en pos de un mitoarco, en este caso evitar que Moonchild sea el huésped de Rex Mundi, una especie de gobernador extradimensional de la Iglesia exterior. Jack Frost utilizado como macguffin durante todo el relato se desquita aquí como personaje y toma consciencia de su rol como salvador de la humanidad. Todos los objetos de poder recopilador convergen en este punto para salvar la Tierra. Pero finalmente tal y como se ha ido prediciendo la tierra llega a su fin el 22 de diciembre de 2012.

Los invisibles sigue siendo una obra capital para entender el cambio de siglo, los finales de los noventa, el auge de la cultura del apocalipsis, las dobles lecturas sobre la violencia publica, la toma de conciencia del fin de la sociedad como la habíamos conocido, el precio a pagar por la estratificación social, etc. En esta obra Morrison no salva a nadie, porque nadie necesita ser salvado, estamos todos perdidos. El fin del mundo fue hace tiempo y aquí seguimos pataleando como recién salidos de la cueva reclamando la centralidad como especie de un planeta que solo entiende de estructuras de poder.

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Animal Warrior

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Animal Man. Vol 1. El zoo humano (Grant Morrison, Chaz Truog y Tom Grummett) ECC, 2016. Cartoné, 240 págs. Color, 23€

A final de la década de los ochenta apenas se podía presagiar la hecatombe que iba a arrasar al cómic de superhéroes comercial en el siguiente decenio. Lo que si sucedió es que se sentaron las bases discursivas para un tipo de cómic que sigue su andadura hasta nuestros días y un tipo de autor que no solo se preocupa por aspectos de canon cronológico, o más bien lo desechan, sino que deciden establecer ciertas narrativas metadiscursivas y de hablar de nuestra realidad en tiempo presente sin olvidar los rasgos de entretenimiento y ficción fantástica que tienen que tener este tipo de textos.

Uno de los autores claves surgidos de ese periodo es sin ningún tipo de dudas es Grant Morrison que con la recuperación de Animal Man empezaba a lanzar un discurso propio sobre este medio. Luego vendrían obras como Doom Patrol, Flex Mentallo, The Invisibles o El multiverso. Todas fundamentales para entender el giro que ha sufrido el cómic comercial en los últimos años. Se convierte en una mezcla de comentario social sobre el momento en el que son publicadas con una intención consciente de trascender de los aspectos más habituales del discurso del cómic reventando algunas formas del mismo.

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En el caso de Animal Man se trata de la recuperación de un personaje  creado por Dave Wood y Carmine Infantino para el Nº180 de Strange Adventures (septiembre de 1965). Cabe decir que el discurso de Morrison es posmoderno, y parte de eso pasa por actualizar no solo las narrativas tradicionales sino por remodelarlas y convertirlas en meta. La reconversión de Buddy Baker pasa por reconvertirlo en un tipo normal con familia que vive en un vecindario convencional de Estados Unidos. El don de Buddy, más que superpoder, consiste en poder absorber las características de un animal concreto y amplificarlo a nivel humano. Morrison pone de relieve los problemas de dicha condición. Animal Man, aparte de ser un novato en todo esto de ser un héroe tiene una serie de prejuicios morales sobre el mundo en el que nos movemos y nos muestra una realidad muy cruda: en algún momento de esta desenfrenada carrera hacia un capitalismo desbocado los animales pasaron de ser fuerza de trabajo a convertirse en cosas.

La concepción animalista de Morrison se descubre en los cinco primeros números de la colección. Los cuatro primeros es una bajada a la realidad de un personaje de ficción, no solo constituyen la presentación del mismo sino las intenciones del autor este se enfrenta a Bwana Bestia un hombre con poderes que intenta salvar a unos simios que son utilizados para investigar con Ántrax, el siguiente número “El evangelio coyote” insiste en esa cosificación de los animales. Las siguientes entregas, sin dejar de lado esa vertiente ahonda más en la inserción de Buddy dentro del universo superheroico de DC, en ir haciéndolo encajar. Pero Animal Man siempre es más que un simple cómic de superhéroes, intenta reflejar el momento implementar cierto valor de crónica, una obra que en sus mejores momentos todavía sigue golpeando conciencias.

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Star Hero

Zenith_Fase_UnoZenith: Fase Uno (Grant Morriston y Steve Yeowell) ECC, 2016. Cartoné, 128 págs. ByN, 14,95 €

Hay una frase que no me canso de repetir, que fuerzo las conversaciones para poder meterla: actualmente en nuestro bolsillo llevamos una capacidad de cálculo superior a la que puso al hombre en la Luna. Cualquier smartphone es más potente que todo el equipo informático que permitió a la raza humana pisar por primera y única vez un suelo no terrícola. ¿Y para que sirve esa potencia? Para hacer fotos a comida, para escribir guarradas y jugar al Angry birds. Con esto no pretendo tomar una postura apocalíptica, si no más bien señalar como el ser humano, en gran medida, ha perdido la capacidad de asombro, dando por hecho que vivimos en la época de las maravillas. Y creo que cada vez se va a más, no puedo explicar de otra forma el tedio con el que un chaval de 12 años se aburre de un drone en par de días.

Esa capacidad de disociación ante lo maravilloso hace que el descubrimiento de las ondas gravitacionales sea una nota al pie en los telediarios o que directamente las personas puedan ver los robots de Boston Dynamics sin saber que algo ha cambiado para siempre, que vivimos en el precipicio dudando, como raza, si saltar a lo más hondo o echar a volar. Pero esto tampoco es nuevo, pues hace ya 30 años vivimos un colapso ante lo maravilloso, una mezcla de duro realismo y frío costumbrismo. Frank Miller y Alan Moore mataron a los superhéroes, convertimos a dioses olímpicos en psicópatas dotados, lo excepcional ya no era maravilloso, si no simplemente estadísticamente extraño, vacío de cualquier magia. Pero estos dos autores no fueron los únicos, y algunos que quizás brillarían más durante la última década del siglo XX ya nos hablaban de la época de la apatía. Un caso a tener en cuenta es la obra Zenith de Grant Morrison y Steve Yeowell, que dentro de la revista 2000 AD nos enseñaron que lo heroico ya era mundano.

Zenith es una colección que se publicó entre 1987 y 1992, el volumen Fase Uno es el primero de cuatro que recogerán las aventuras de Robert McDowell, un dotado, hijo a su vez de superhéroes, que decide usar sus poderes para alcanzar la fama en un mundo que ya no necesita salvadores. En este primer volumen, Grant Morrison nos presenta al héroe menos heroico de Gran Bretaña para seguidamente enfrentarlo a una amenaza, que como no podía ser de otro modo, mezcla la mitología de Lovecraft con las amenazas nazis. No se puede negar que la trama orquestada por Grant Morrison es más que interesante, con unos personajes complejos y unas peripecias llenas de acción, pero sin duda la mayor virtud del guión es la propia fuerza de los personajes y la capacidad que tienen los mismos para no cambiar. Zenith es un niñato cuyo único fin es la fama por la fama, en teoría es un cantante, pero en ningún momento lo vemos componer, grabar o actuar, centrando su tiempo exclusivamente en cultivar la fama y el culto a su persona. Incluso la llegada de la aventura superheroica es vista más como una campaña de marketing que como un intento sincero por salvar el mundo.

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Grant Morrison no tiene necesidad de salvar a ningún personaje, es más, los únicos que acaban positivamente la trama de la Fase Uno son el propio Zenith y todo aquel que ve en la lucha un interés personal, los personajes realmente heroicos, con objetivos desinteresados, están condenados al fracaso o a la más agria de las victorias. No se puede negar que Zenith es una obra hija de su tiempo, enclaustrada a fuego dentro del Reino Unido de Margareth Thatcher. La atmósfera en si recuerda a la primera etapa de Hellblazer, con un Jamie Delano más empeñado en mostrar la miseria moral de un país que las aventuras sobrenaturales del mago John Constantine. Los hombres que vuelan están ahí, incluso los nazis esotéricos, pero Grant Morrison se empeña sin remisión en demostrarnos que hasta un hippy antinuclear puede terminar siendo un político conservador hambriento de sangre.

Por su parte, el dibujo de Steve Yeowell en Zenith es precisamente lo que debe ser, realista y con capacidad para lo asombroso. El dibujante crea un universo totalmente creíble, con unas calles que casi se pueden habitar y unas figuras y rostros llenos de personalidad y matices sin tener que recurrir en ningún momento a la caricatura. Steve Yeowell se mantiene en ese realismo mágico inglés propio de algunas obras de la época, donde la flema británica toma el lugar de la capacidad de asombro latinoamericana. Grant Morrison y Steve Yeowell cuentan en Zenith: Fase Uno el inicio de una saga con un potencial inusitado para la aventura y la acción, pero totalmente alejado de la épica clásica de los cómics, pues tenga poderes o no, Roebert McDowell no deja de ser un veinteañero malcriado por mucha superfuerza que tenga.

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Imaginación y enfermedad

joe_el_barbaroJoe el bárbaro (Grant Morrison y Sean Murphy). ECC, 2015. Carboné. 224 págs. Color. 22 €

La escala puede convertirse por si misma en un valor positivo dentro de una obra, pues la épica es un rodillo enorme que engrandece todo lo que toca. Hasta cierto punto es un elemento peligroso, pues la épica corre rápido a relacionarse con el apartado más fascista del arte: lo masivo. Un gigantesco ejército de miles de guerreros o una bestia de cientos de metros adquiere un valor positivo simplemente por su escala, esa enormidad es bella por si misma, es una especie de síndrome de Stendhal pero prestando atención sólo a la enormidad. Nadie puede negar que El triunfo de la voluntad de Leni Riefenstahl es una obra épica, que empequeñece el alma y nos hace querer ser partícipes de esa masa ordenada y poderosa. Es complicado hacer un ejercicio de separación, pero seguramente, para un turista que viera ese despliegue antes de conocer las atrocidades de la guerra, la Alemania Nazi sería todo un ejemplo de fuerza y voluntad.

Por eso la épica es peligrosa, porque el heroísmo del guerrero es la validación de sus argumentos por la propia fuerza bruta, por su voluntad. Por eso, no son pocas las sociedades y autores que han desmontado al fascismo con el sacrificio, haciendo algo tan sencillo como destruir a sus ídolos para dar a entender que elementos como la justicia o el amor están por encima de su fuerza. De este modo, la voluntad de la épica queda supeditada a la bondad, destinada la mayoría de las veces hacia los más necesitados. Esta es la base de Joe el bárbaro, el cómic escrito por Grant Morrison y Sean Murphy, la historia de un héroe obligado a cruzar diversos reinos de fantasía para desterrar a la oscuridad, contando con la ayuda de innumerables ejércitos, pero obligado a enfrentarse a enemigos de una escala y poder inconmensurable.

Pero si estuviéramos en la enésima aventura de fantasía del bien contra el mal no estaríamos hablando de un cómic de Grant Morrison, pues Joe el bárbaro tiene la peculiaridad de jugar con la escala y el carácter del héroe. En realidad, Joe es un chico diabético que sufre un ataque y necesita con urgencia elevar su nivel de azúcar en sangre. Algo tan sencillo como ir desde su dormitorio a la cocina y beberse una lata de refresco. Pero el guionista opta por jugar y mezclar realidad y fantasía, haciendo que ese pequeño recorrido se convierta en una aventura épica en la que un héroe mítico, el chico moribundo, traiga la paz a varios reinos asolados por una fuerza maléfica empeñada en sumir a toda la creación en una oscuridad absoluta y eterna.

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No es la primera vez que se crea un mundo de fantasía infectado por la realidad, ya que contamos con ejemplos tan clásicos como La historia interminable de Michael Ende, donde elementos como la cuenta atrás están igual de presentes. Pero Morrison añade una capa más, pues Joe no es transportado a un mundo de fantasía donde debe convertirse en héroe, más bien mezcla ambos planos de forma difusa y casi anárquica, siendo para el mundo fantástico el chico de la profecía, aunque nadie sepa muy bien que significa esto. La lectura de Joe el bárbaro puede de este modo ser vista como una simple aventura adolescente donde un chico algo alterado trata de salvar su vida y consigue las fuerzas a través de la fantasía, pero también es una narración sobre la superación del trauma, sobre la propia aceptación y sobre la certeza de que uno mismo es quien construye su propia identidad, proceso donde la locura tiene un papel bastante importante.

Todo esto no podría haberse realizado sin el trabajo de Sean Murphy, un dibujante que consigue mezclar sin problemas realidad y ficción, haciendo que ambos mundos cohabiten el mismo espacio para que los continuos saltos de uno a otro sean lo menos traumáticos posibles, con el consiguiente aumento de la extrañeza. Aunque para esto, el dibujante no se vale de un estilo neutro, pues apuesta claramente por una puesta en escena oscura y tenebrosa, alimentando cada sombra con una posibilidad de caos y muerte. Esta comunión entre guión y dibujo hace que Joe el bárbaro sea una historia épica, en el sentido más fascista, pero al mismo tiempo con unos niveles de tristeza considerables, que nos recuerdan continuamente la aparente futilidad de los actos de nuestro héroe, quien en todo momento hace justicia a su nombre como el chico moribundo. Grant Morrison y Sean Murphy construyen una obra que obliga a la lectura rápida, casi acelerada, pues cada página es una apuesta segura hacia el fracaso, algo que no estamos dispuestos a aceptar, pues al final Joe no deja de ser un chaval que necesita algo de azúcar para no caer en coma.

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Hiperrealidad y solipsismo.

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Los invisibles vols. 1-4 (Grant Morrison, Duncan Fegredo, Jill Thompson, Steve Yeowell, Chris Weston, John Ridgeway, Paul Johnson, Steve Parkhouse, Mark Buckingham, Phil Jimenez, Tommy Lee Edwards) ECC, 2015. Cartoné, entre 112 – 248 c/u. Color, entre 13,50- 24€ c/u.

Dice Baudrillard, más o menos, que el territorio ha dejado de existir y que el único rastro que queda de este es el mapa. Los mapas son una representación de la realidad que no dejan de ser una ficción en torno a una realidad constatable y univoca como es el mundo. Eso nos lleva a otra conclusión la ficción ha superado a la realidad, todo está ficcionado, ya no por parte del orden hegemónico cultural dominante, que también, sino la implantación de las redes sociales en la vida social contemporánea. Desde los filtros de Instagram, los check-ins de Foursquare, los likes de Facebook o la combinación de todos ellos, no dejan de ser una ficcionalización de la realidad de cada uno de nosotros

Los Invisibles de Grant Morrison juega con esos aspectos pero también con el solipsismo, una creencia metafísica por la único de lo que podemos estar seguros es nuestra propia existencia  y que el resto de la realidad es una construcción de nuestros propios estados mentales. Solo que en la obra de Morrison dicha construcción vienen dada por unos terceros: los arcontes. Los Invisibles son un grupo terrorista chamánico que busca hacer trascender a una humanidad dormida de esa realidad creada por dichos seres. El resto de la humanidad es egoísta, solo mira por si misma sin ningún tipo de conciencia de la manipulación a la que se ve sometida.

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El primer tomo de esta colección “Di que quieres una revolución” es a su manera un volumen introductorio, pero no diré típico, en el que se nos introduce a este grupo a través de Dane MacGowan, un chico británico de corte rebelde que se dedica a robar coches y delinquir con sus amigos es recluido en Harmony House, algo más que un reformatorio que es un lugar donde se lava el cerebro a aquellos que entran para que puedan encajar mejor es esa sociedad ficcionada. Se nos presenta también a los invisibles el grupo protagonista de esta historia: King Mob, un brujo moderno versado en el combate cuerpo a cuerpo; Ragged Robin, una bruja telépata; Lord Fanny, una chamán travesti brasileña; Boy una expolicia ducha en artes marciales; y el último en llegar Dane, que es rebautizado como Jack Frost.

Esta primera entrega es la más ambiciosa de todas por la cantidad de referentes históricos, literarios y mitológicos que maneja. Aparte de introducirnos al universo y al grupo a partir de Dane también se nos muestran las dinámicas de acción y las normas de funcionamiento del mismo. Los protagonistas se trasladan de forma astral a la revolución francesa. El periodo escogido no es baladí los invisibles buscan una nueva revolución, que corra la sangre a pesar de todo para que la humanidad pueda trascender y deje de ser una mera espectadora impasible de su propia esclavitud. En paralelo se desarrolla una adaptación en este universo de Las 120 jornadas de Sodoma del marqués de Sade, que a la par es el protagonista invitado en este arco argumental.

El segundo volumen “Apocalipstick” tiene una doble función: por un lado ampliar el universo, mostrando los cimientos bajos los cuales se sustenta y plantear dudas sobre quien es el protagonista del relato. Jack desaparece de escena y se nos narra la vida de Lord Fanny, nacida niño se la educa como niña como para continuar con un linaje de brujas por orden de su abuela. La vida de esta esta sesgada por un rito iniciático con Tezca Tlipoca, un dios conocido como el devorador de almas. Fanny tiene que llevar una vida como prostituta en los ambientes más decadentes hasta que es encontrada por los invisibles. Por otro lado Sir Miles, representante de los arcontes captura, tortura e interroga a King Mob. Las secuelas de esto llegaran hasta el cuarto arco argumental.

La tercera entrega “Entropía en el Reino Unido” se centra en Jack Frost a través de diferentes acciones. Aparte de volver a la trama principal asume su rol dentro del grupo y su papel dentro de la historia del mundo. Pero antes de eso una visita a su madre confirma la situación del mundo y como Jack debe involucrarse en la “salvación” de este. Participará en el rescate de King Mob y Lord Fanny, sanando a este y de paso hace lo mismo con miles. Jack se enfrenta con  la Iglesia exterior derrotándolos. Este arco argumental cierra la primera parte del relato.

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“Infierno en América” abre la segunda parte de las aventuras de los invisibles, King Mob, todavía se está recuperando de la tortura y el resto de personajes han sufrido un cambio en su estética. Este arco es una historia autoconclusiva en la que el grupo asalta una base en la que se guarda la vacuna contra el SIDA. La narrativa de este volumen restringe la amplitud del universo centrándose en narrativas más concretas prescindiendo de lo mitológico.

Los invisibles es ante todo un texto político sobre un cambio social necesario que a lo largo de los siglos se ve ahogado por las “comodidades” del sistema. Grant Morrison escribe una obra para la que el tiempo no le ha pasado muy mal en la que despliega el imaginario de la humanidad para desarrollar una historia sobre los tópicos revolucionarios, en este caso llevado a cabo por unos inadaptados que ni siquiera tienen la conciencia del porqué de la necesidad del cambio. Una obra que es conveniente repasar cada cierto tiempo.

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