Monstruos imposibles

bestiario portadaBestiario (H. P. Lovecraft y Enrique Alcatena). Libros del zorro rojo, 2016. Cartoné. 68 págs. Color. 18,90 €

Si hay algo bonito dentro del pulp es que hablamos de poesía realizada por autores que vivían al límite, no por su vida alocada, sino por la conjunción de una mala economía particular y unas características personales únicas. Robert E. Howard, el autor detrás de iconos viriles como Conan o Solomon Kane, terminó sus días pegándose un tiro en su coche después de que su madre entrara en coma, incapaz de lidiar con una existencia sin su progenitora. Howard Phillips Lovecraft, la mente pensante tras el horror cósmico, vivió una vida azotado por el miedo al otro, el otro en su mayor concepción, pues era un reconocido racista y misógino, sin dejar en ningún momento de ser un clasista en el sentido más rancio del término. Autores atormentados, en el caso del primero consigo mismo y en el del segundo con el mundo, que nos regalaron herramientas, impresas en el papel más barato, con el que expandir la imaginación más allá de los límites clásicos.

En el caso de Lovecraft nos encontramos con la curiosidad de un universo que no escapó sólo de las manos de su creador, sino de la propia literatura. Es complicado encontrar a alguien medianamente interesado en la cultura popular que desconozca a los llamados mitos de Cthulhu, llamados así por la famosa criatura creada por Lovecraft que da nombre a su universo, lo que si es más común es encontrar a aficionados que no han leído al autor de Providence. Esto se debe al gran impacto que ha tenido la obra de Lovecraft en mundos como el cómic, los videojuegos, el cine o especialmente el rol. Los mitos han mutado desde mera literatura de horror a una definición del propio terror que pervive en toda la cultura. Así podemos disfrutar de un libro ilustrado como Bestiario con ilustraciones de Enrique Alcatena, quien reconstruye conceptualmente algunas de las criaturas más conocidas del universo de Lovecraft.

Lo primero que hay que tener claro es que el horror de Lovecraft se basa en la concepción de lo inenarrable, el miedo era tan absoluto en gran parte debido a la imposibilidad de entender y describir lo que sucedía a los personajes de sus relatos. No encontraremos nunca descripciones claras de las criaturas, llegando incluso a contradecirse varias de ellas. Conceptos como masa informe o mezcla de avispa con pulpo y máquina de coser, son comunes en la obra, pegando primero una patada a la mente del lector para que después este rellene los huecos y se imagine a las criaturas como buenamente pueda. Esto podría ser considerado un problema a la hora de ilustrar un Bestiario, pero lo cierto es que nos encontramos casi con un punto a favor del trabajo artístico de Enrique Alcatena, que en lugar de crear representaciones canónicas de las criaturas de los mitos, nos regala interpretaciones personales llenas de los mismos flecos que las obras originales. Las criaturas de Enrique Alcatena fluyen, se pierden y se recrean ante nuestros ojos constantemente.

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Las ilustraciones de Bestiario van acompañadas siempre por extractos de la obra literaria de Lovecraft, sacados de los relatos originales que dieron vida a sus criaturas. Esta forma de enfrentar origen e interpretación ayuda a entender la labor que ha llevado a cabo Enrique Alcatena, pues el artista se ha visto obligado a reinterpretar visualmente descripciones que jamás fueron planteadas para ser ilustradas. Hay que decir que el artista supera con brillantez el reto, regalándonos un mundo híbrido de pesadilla donde los matices se mezclan con las insinuaciones. Una mixtura entre el dibujo infantil, casi prehistórico, con un uso del color singular, que se podría decir de fuera de este mundo, conquistan y seducen nuestra imaginación. En cierto sentido, las ilustraciones de Enrique Alcatena podrían ser las realizadas por un testigo directo del horror cósmico, incapaz de plasmar de forma anatómica lo que presenció, obligándose a tener a mano recursos más de la poesía que de la anatomía en sus retratos robot del horror y el vacío.

Son muchos los que encontrarán utilidad a Bestiario de Lovecraft y Enrique Alcatena, desde los amantes de un buen libro de ilustración hasta los seguidores de los mitos de Cthulhu, desde los lectores de los relatos originales hasta los jugadores de rol que quieran ponerle una posible cara a esos terrores del abismo a los que se enfrentan sabiendo que su victoria es imposible. Bestiario debe ser un libro consumido poco a poco pero de forma continuada, releyendo las imposibles descripciones de Lovecraft y descubriendo la imposibilidad del dibujo de Enrique Alcatena, un intento de traducir lo imposible a nuestros ojos.

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De magos, reyes y sueños rotos

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Merlín (Robin Wood y Enrique Alcatena). ECC, 2014. Rústica. 144 págs. B/N. 11,95 €

Existen algunos mitos que están por encima de la historia, leyendas que incluso hoy en día prevalecen sobre los hechos verídicos en los que se inspiraron. En un tiempo en el que tenemos acceso a cualquier información a un par de clicks de ratón, la magia sigue siendo más fuerte que la piedra. De este modo, es difícil que en algún momento personajes históricos como Carlomagno lleguen a ser más conocidos que otros míticos como el Rey Arturo. Durante parte de los siglos VIII y IX, el imperio Carolingio dominaba todo el centro de Europa, convirtiendo al Rey de los Francos en el Emperador de Occidente y creando una cultura y sociedad que hoy en día conocemos como Edad Media. Durante ese siglo y el posterior, la literatura de lo que hoy es el Reino Unido y Francia se llenó con relatos del Rey Arturo, un rey bretón que durante el siglo VI defendió de las invasiones sajonas las islas británicas. No existe ninguna prueba histórica que demuestre la existencia real de Arturo, su fortaleza Camelot o Merlín, el mago que guió todos los pasos del rey.

La imagen de perfección como monarca de Arturo ha llegado con tanta fuerza hasta nuestros días que el mandato de John F. Kennedy fue conocido como el nuevo Camelot, presentando al Presidente y sus Estados Unidos como una promesa de justicia y libertad en la Tierra. Sin embargo, al igual que el malogrado presidente católico, la historia del rey bretón tiene un final triste y apagado, una luminosa promesa marchita antes de florecer. Esto es precisamente lo que nos encontramos en el cómic Merlín, obra del guionista Robin Wood y el dibujante Enrique Alcatena, quienes nos cuenta una versión tan oscura como plausible del mito artúrico. El Rey Arturo ha tenido cientos de representaciones, desde las que lo convierten en un centurión romano hasta los que lo llevan prácticamente al Renacimiento, sin obviar traslaciones más propias de la ciencia-ficción. Aunque en el caso que nos ocupa, parece que los autores se han documentado rigurosamente para plasmar su obra con una estética y un tono totalmente acorde a la Alta Edad Media, época en la que Merlín y Arturo deberían haber vivido.

El trabajo gráfico de Enrique Alcatena es actual y dinámico, lleno de energía, pero el continuo uso de elementos medievales, tanto dentro como fuera de las viñetas, le otorga a Merlín un poso arcaico, como si viéramos un tapiz medieval que ha cobrado vida, como si esas pequeñas figuras de líneas simples hubieran terminado el movimiento de su espada, como si el caballo hubiera lanzado espuma por la boca y hubiera saltado al galope. Aspecto artístico que se refuerza con el impactante uso del blanco y negro, con unas sombras que añaden un nivel casi surgido de una fantasía gótica. Si existía un dibujo que debiera contar la historia de Merlín, al menos este Merlín puramente medieval, oscuro y triste, no podría ser otro que el de Enrique Alcatena. Existen otras grandes adaptaciones del mito artúrico al cómic, pero en pocas encontraremos un acabado visual que nos traslade al reino medieval de Arturo, a los bosques llenos de sombras de Merlín y a las misteriosas brumas de Ávalon.

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Pero todo ese dibujo no significaría nada sin la historia que Robin Wood fragua en Merlín. El guionista paraguayo de ascendencia australiana toma como punto de partida una interpretación muy purista del mito artúrico. Aún siendo cierto que fusiona y elimina algunos pasajes y personajes para hacer la historia más directa, la mayoría de la historia se encuentra en su guión, contada sin añadir grandes elementos de su cosecha. Aunque lo que es innegable, es que Robin Wood toma partido de forma muy decidida en su narración, no sólo ya tomando como protagonista de la historia a Merlín por encima de Arturo, sino colocando el foco en los elementos más oscuros y pesimistas de la leyenda. Arturo se ha presentado muchas veces como la perfección del gobierno, un tirano ideal tanto en tiempos de guerra como de paz, contando siempre con el sabio consejo de Merlín, un mago de poder y sabiduría fuera de toda duda. Interpretación que Robin Wood desmonta mostrando a Merlín como un hombre cargado de buenas intenciones pero de funestos resultados, un héroe que no duda en colocar los fines muy por encima de los medios sin darse cuenta que condena su propio fin. El resto de los personajes quedan en segundo término, relegados a meras marionetas de Merlín, quien creyendo salvar al reino no hace más que hundirlo.

En cierto sentido, Merlín de Robin Wood y Enrique Alcatena es un ejercicio muy parecido al realizado por Santiago García y David Rubín en Beowulf, pero mientras los segundos se centraban en el valor heroico del mito, en la fuerza más pura y sangrienta; los primeros hacen un estudio sobre las implicaciones del uso del poder. Mientras Beowulf busca la gloria en la sangre, donde sólo puede encontrar victoria y derrota, Merlín se pierde en el control y dominio de todo un reino. Como es lógico, Merlín no puede más que fracasar, por eso no encontramos en Merlín la leyenda de una victoria heroica, sino la historia de un intento, heroico eso sí, pero fracasado. Robin Wood nos habla al mismo tiempo de lo que fue y de lo que pudo haber sido, de como la utopía choca siempre con la realidad sin que esto sea excusa para no intentarlo un poco más, pues al final, Merlín lo único que buscaba era la paz y aunque las intenciones no significan nada, Robin Wood nos muestra la épica de un fracaso.

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