Make inu

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El club del divorcio (Kazuo Kamimura). ECC, 2017. Rustica, 504 págs. B/N, 25 €

La curva M, que consiste en empezar a trabajar entre los 20 y los 24 años, después casarse y dejar de trabajar para dedicarse a la familia y volver al trabajo de nuevo cuando los hijos son mayores, entre los 45 y los 49 años de edad. Sin embargo, a partir de la década de los 90 las mujeres retrasan la edad de casarse en pos de una carrera profesional de acorde con sus estudios, a éstas se les conoce como career woman, aunque también reciben, de manera figurada, el nombre de make inu (perras perdedoras) porque son mujeres que han encontrado la felicidad dedicándose a su trabajo, pero son rechazadas e incomprendidas por la sociedad japonesa.

Dentro de lo que podemos considerar sociedades occidentalizadas en Asia el caso japonés es uno muy especial en el que a pesar de haber avanzado en ciertas cuestiones sociales la mujer sigue cargando con ciertos estigmas. Creo que los dos autores que mejor han sabido representar la situación de la mujer en este país asiático son el realizador Mikio Naruse en el que plantea siempre protagonistas femeninas en entornos básicamente masculinos llegando a tratar, en una temprana posguerra, temas como el aborto en su film La voz de la Montaña (1954).

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El otro es que nos ocupa hoy en esta entrada, Kazuo Kamimura. Este tiene una capacidad de mostrar el enfrentamiento entre la voluntad de la mujer japonesa en la década de los setenta. Yuko es una mujer de 25 años divorciada que regenta un local de acompañantes femeninas, siendo la gran mayoría de estas también divorciadas. El local en cuestión no es un espacio construido a modo del gineceo griego, sino que es un lugar en el que las mujeres intentan sobrevivir emocionalmente al discurso social impuesto de la mujer, por el cual esta se debe de casar tener hijos y cumplir con la dichosa curva M de la sociedad nipona. Pero las mujeres que perviven en este local son algo más que unas supervivientes, han decidido saltarse dichas normas y empoderarse casi por el único camino que les quedaba, explotando su cuerpo. Esa es la única manera que les queda de salir del circuito cerrado del matrimonio planteado como la típica salida que pudiese tener una mujer en ese momento. Kamimura relata la historia de estas mujeres a través de Yuko como una mujer fuerte de cara al público pero con sus debilidades personales en el ámbito más interno: su ex marido, su hija, su madre o el camarero del local con el que tiene un romance atípico; definen a un personaje que a pesar de sus dudas es fuerte y duro que a su vez representa la perseverancia y la constancia japonesa.

El club del divorcio es una obra singular de un momento muy determinado de la historia de un país, la podríamos definir con una temporalidad definida y localista. Lamentablemente no es así el autor hace una obra atemporal y en ese regionalismo anotado en las formas y costumbres de los personajes reside la fuerza para crear unos personajes que se escapan de cualquier límite fronterizo. Yuko son todas aquellas mujeres que en cierta manera deciden salirse de los esquemas planteados para ellas y que escogen un camino, el que sea, en el que puedan ser libres, elegir y aprender de los errores propios. Posiblemente es uno de los mejores mangas publicados en décadas y de lectura obligatoria para cualquier amante del cómic.

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Héléna (Jim y Lounis Chabane)

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Héléna (Jim y Lounis Chabane). ECC, 2017. Cartoné, 160 págs. Color, 16,95 €

El amor como obsesión o el amor hiperromántico parece ser uno de los próximos mitos a redefinir por la sociedad contemporánea. Este, a pesar de la idealización a través de la ficción y la cultura popular, quizás tenga más de obsesión que de enamoramiento. Héléna parte de un planteamiento que cuestiona las vías a través de las cuales una persona se enamora o siente cierta vinculación por otra persona. Pero aquí el punto de partida no es de un sentimiento compartido sino de uno solitario hacia otra persona. El protagonista, Simón, es un hombre entorno a la treintena que ha vivido toda la vida con un sentimiento de enamoramiento obsesivo por Héléna, la cual no recuerda ni su nombre. La compulsión enamoradiza que el protagonista siente por esta mujer le lleva a dejar a la madre de su hijo plantada en el altar.

Pero ¿quién es Simón? un tipo que parece que no ha conseguido nada en la vida, vive desconectado de los padres, incapaz de tener amigos, parece que solo le queda uno, y sin apenas personalidad. En un alarde, casi de reconocimiento de esos aspectos propios decide proponerle a Héléna pagarle a 1.000 € por pasar tres horas por las tardes todos lo jueves, pero sin sexo de por medio. La idea de Simón es que va a convencerla para que ella se enamore de él. Evidentemente el plan falla, ella esta por echar el rato y por el dinero, sin más sentimientos de por medio no accede a enamorarse como el pretende que sea dicho intercambio. La idea transversal de este volumen es bastante clara, el amor es en cierta manera una obligación social y no solo eso, la pareja ha de cumplir una serie de requisitos como si se tratase de una lista de la compra.

 

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Los autores de Héléne parece que quieren construir una oda al amor platónico con vertientes psicopáticas. El lector tiene siempre claro que al final Simón no va a conseguir su objetivo, pero el relato como viaje ficcional esta elaborado como un tour de force para saber hasta donde es capaz de llegar este tipo por conseguir el cariño de una mujer. Bien podría decirse que con el dinero de por medio ella esta jugando con él, pero es el mismo el que se engaña. Jim y Lounis Chabane apuestan por retratar un panorama contemporáneo de las relaciones humanas en las que las personas parecen tener que apagar necesidades propias sin importar las ajenas. Simón es un personaje paradigmático a medio camino entre las antiguas másculinidades y las nuevas, pero que parece dejarse atrapar por las primeras.

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Vampiros Everywhere

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Jóvenes ocultos (Tim Seeley y Scott Godlewski) ECC, 2017. Rústica, 144 págs. Color, 13,50€

El tópico dice que nunca hay segundas partes buenas, eso aparte de no ser una verdad constatada, se trata de una afirmación que tiene que ver más con la perdida de sorpresa sobre la continuación de un texto que sobre la calidad del mismo. En el caso de las continuaciones en cómic de obras que pertenecen a otros medios, por lo general, videojuegos y televisión, buscan alargar el texto primario, pero para un público devoto y que busca expandir la experiencia de la obra original ya sea porque les gusta un personaje en concreto, la relación entre estos o como una simple prolongación diegética de la situación.

El caso del comic que continua la película Jovenes ocultos (Joel Schumacher, 1987) funciona a nivel de prolongación, un texto cerrado que se continua con los mismos personajes a partir de la situación en la que se concluyó el texto primario. Pero en ningún momento nos encontramos con un trabajo que arrastra hasta desgastar la película original sino una segunda parte en toda regla y una utilización de los recursos visuales del film que buscan ampliar el discurso diegético y estético de la historia en la que se basa. Básicamente porque el escenario es muy atractivo, los tres adolescentes protagonista que enganchan, y principalmente por estar basada en una película hecha para entretener y poco más, que por el camino se convirtió en un texto de culto.

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Nos encontramos, pues, a los hermanos Frog, a los, también, hermanos Michael y Sam, Estrella, al abuelo de estos, la gran protagonista, Santa Carla, una ciudad costera de veraneo con un pasado bajo el subsuelo, y, como no, vampiros. La expansión pasa por ampliar el significado de los espacios y mostrar algunos más, pero sobre todo por la reutilización de algunos personajes de la película dándoles un trasfondo más que interesante. Por un lado, el abuelo forma parte de una asociación de cazavampiros y el saxofonista ciclado que aparece en las cintas que también se dedica a matar chupasangres. De ahí surge una historia en la que todos los protagonistas de la película se encuentran de nuevo ampliando el espectro de personajes malignos.

Jovenes ocultos es un regalo para los fans de la película y no solo para estos, también para los nostálgicos del cine comercial de los ochenta. Amplia el universo de una manera brillante hasta convertirse en la secuela perfecta. Tim Seeley y Scott Godlewski montan un artilugio que conecta directamente con la narrativa principal a la vez de ser entretenido y divertido con una óptica difícil de preservar a día de hoy; respeta los tempos narrativos de las pelis de aquel periodo, pero conservando los actuales, por lo que el relato en su globalidad no se resiente. En definitiva: diversión asegurada.

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Ser uno de ellos para no serlo

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Utopías (Shun Umezawa). ECC, 2017. Rústica, 224 págs. B/N, 9,95 €

En dos entradas anteriores dedicas a Shun Umezawa ya pudimos observar la capacidad de este autor japonés para analizar la sociedad japonesa y cuestionar los usos y costumbres de la rígida sociedad japonesa. En Bajo un cielo como unos pantis planteaba una serie de tramas que giran en torno a ciertos topos internos culturales que por desconocimiento en occidente pueden parecer sacados de contexto pero que panorámicamente afectan a todas las sociedades contemporáneas. En los dos volúmenes que componen esta antología tiene como foco aspectos como el nacionalismo exacerbado, la pedofilia, la sexualidad en torno a la adolescencia a través del ideal de colegiala japonesa, desvirtuar las constreñidas reglas de las relaciones interpersonales en Japón, etc. todo un catálogo de  ponerse en el lugar del otro para poder verse a uno mismo con total plenitud.

Aun conociendo los giros del autor la lectura de Utopías, que camina por los mismos senderos que los dos volúmenes publicados anteriormente, sigue “atacando” el orden preestablecido de lo japonés y también a algunas cuestiones de género, relaciones sentimentales, y orientación sexual; pero siempre con un trasfondo orientado a describir el extrañamiento de lo “normal”. Uno de los principales rasgos de la sociedad japonesa y que poco a poco se va imponiendo en occidente, se trata de la cultura de nicho aplicado a los consumos de todo tipo hasta hacerlos convencionales y habituales. En “Los días en los que estuve al servicio de la reina Naomi” en el que las prácticas sadomasoquistas están legisladas hasta el punto que existen dominas que toman a voluntarios durante un tiempo para poder ejercer en el futuro. “Iguales” es el segundo relato este narra la obsesión de una chica por su pareja masculina y su fijación por querer parecerse físicamente a él. Pero es “Cuidado con el tren de tocones” el cuento que puede plantear más reticencias a la hora de ser valorado dependiendo de la perspectiva adoptada. En esta un mangaka que va a hacer una entrega de última hora entra, sin darse cuenta, entra en el vagón destinado a mujeres; estas empiezan a acusarle de mirón y tocón, pero todo bajo la perspectiva del prejuicio. Las mujeres que se encuentran ahí tienen formación, son feministas, parece que son personas reconocidas a nivel social por esta labor y son reivindicativas  ponen a prueba a este hombre para comprobar si este las valora como simples objetos sexuales.

En “Tubo”, “Contención” y “Un mundo conectado” el tema es la sociedad en general. En la primera un soldado tras salir de un coma de 12 años se encuentra con una sociedad que ha cambiado de paradigma de evolución social, en este caso hacia el de la salud, pero hasta un punto extremo. La nueva idea gira entorno a capar al ciudadano obstruir cualquier posibilidad de libre albedrio a través de advertencias en todo tipo de sitios sobre lo perjudicial que puede ser realizar una actividad concreta o utilizar un recurso. El segundo, mucho más sencillo en el planteamiento, trata de una pareja de adolescentes que se gustan pero no se han declarado, pero sucede que en el pueblo en el que residen todo el mundo va corriendo de un sitio a otro sin ningún motivo en concreto. El último tiene como protagonista las redes sociales y la doble vertiente humana de estas, la protagonista por un lado es capaz de expresar sus sentimientos más íntimos en estas, pero no es capaz de decirle a una persona que le gusta.

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Quizás los tres últimos sean los más interesantes. En “Virus del odio” se habla del adoctrinamiento sobre un invento sobrevenido en el que se habla del odio como un virus que se puede transmitir de persona a persona. Esta historia corta pone de manifiesto cierta capacidad de cierto sector del mundo de la ciencia a la hora de crear ideas que no se sustentan en nada. El otro capítulo que investiga sobre la identidad de género es el que se dedica a las relaciones homosexuales, “Sobrevivir coscorrón tras coscorrón” está dividido en dos partes. Se habla de la relación de amor (humor) entre ambos, utilizando el término atolondrado en vez de homosexual o gay haciendo referencia a la posición que estos adoptan durante el coito utilizando un símil de pareja cómica: por un lado está el que recibe la bofetada o la pulla y por otro el que las da o lanza (pasivo/activo). Al igual que la historia corta del vagón de mujeres la perspectiva adoptada en la lectura puede cambiar el juicio sobre la misma. En “Para quién existe la tortuga” un chico tras un intento de practicar el sexo con su novia le lleva a descubrir que el universo es una tortuga que se quedará bocarriba de aquí a millones de años, esto que podría parecer un alivio para la sociedad da lugar a cierto descontrol por parte de la sociedad y un incremento de la carrera militar de diferentes países.

En las tres entradas dedicadas al autor, contando esta, hemos podido apreciar los rasgos autorales de Umezawa, y aunque en un principio puede parecer un texto localista muchos de los temas tratados y situaciones son globales. A pesar de ello, del trasfondo de crítica a algo real, la perspectiva surrealista y cómica de las situaciones nos lleva a uno de las principales características del mangaka, narrar lo propio desde la otredad: ser uno de ellos para ver las situaciones anormales que derivan del comportamiento costumbrista y reglado hasta la saciedad. Shun Umezawa, como ya se dijo en posts anteriores, es un valor a descubrir en nuestras fronteras, puede que las historias nos dejen un regusto amargo en la boca, pero de eso se trata.

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Nihilismo nipón (y 2)

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Bajo un cielo como unos pantis vol. 2 (Shun Umezawa). ECC, 2017. Rústica, 224 págs. B/N, 9,95 €

En la entrada dedicada a la primera entrega de Bajo un cielo como unos pantis vimos la voluntad de este autor de crear controversia a través de unos relatos cortos en el que la provocación y la crítica contra el sistema de valores japonés no viene por la forma sino por un discurso puramente cínico. Umezawa apuesta, básicamente, por tratar unos temas realmente incómodos que van desde la inutilidad de las dinámicas de equipo impuestas culturalmente, la invalidez de un sistema de valores nacionalista anclado en el pasado y una desvalorización de lo idealizado de la vida de los estudiantes de instituto. Sus personajes, por lo breve del relato, podrían ser cualquiera y se podrían ubicar en cualquier país.

En esta segunda entrega este autor sigue desarrollando dichas dinámicas focalizando en distintos aspectos de la sociedad nipona. En “Un día de verano que nunca termina” se pone de relieve el valor de lo dicho y de lo que se debe de callar. En un pueblo una chica extraña le hace creer a un chico que su verano no acaba nunca, el intenta que para el suceda los mismo. La creencia a pies juntillas de una verdad construida como tal no tiene por qué ser cierta es la base de este relato. Uno de los más curiosos de este volumen es “La Shibuya del futuro siglo”, aquí Umezawa nos muestra un Tokyo desolado. La megalópolis ha sido abandonada por toda la población a causa de un cambio de ideología sobre las forma de vida capitalista, ahora los ciudadanos viven en el campo y comen de manera sana. En la ciudad solo viven algunos ancianos y entre estos el protagonista que es visitado por su hijo y su familia. Este ha creado un relato sobre las colegialas como un constructo surgido de las calles de Shibuya, planteado un paradigma por el cual estas no existen sin Shibuya y viceversa. Esta especie de certeza es elaborada como una fábula sobre un viejo verde al cual le falta algo para ser constituido como tal. En cierta manera cierta denuncia sobre ciertos comportamientos recíprocos entre ambos grupos sociales.

El siguiente bloque de acciones se centra en las relaciones interpersonales. En “Mendel”, el cuento más breve del volumen, una pareja decide tener descendencia a pesar de que ella tiene la cara pixelada con una resolución muy baja, se transmite cierta esencia de lo práctico incluso en lo genético a la hora de tener pareja. Las dos últimas historias son las más extensas. En la primera “De madrugada” el tema principal es la rutina y de cómo esta acaba absorbiendo todas las facetas de la vida del protagonista, el cual es un simple trabajador municipal que se dedica a recoger los residuos orgánicos de la ciudad. Nada o casi nada de lo que suceda a su alrededor altera sus planes diarios: come todos los días en el mismo restaurante de comida rápida, las relaciones sexuales cumplen una función instintiva y, ni siquiera, el que su compañero de trabajo se convierta en un asesino altera su ritmo de vida diario. Sasaki lleva una vida completamente funcional útil para la comunidad e inútil para si mismo, la rutina surge como un ancla para la esperanza del día a día.

Pero es el último relato el más jugoso de todos el protagonista de “Seres únicos” es  Hirada un tipo introvertido que parece sufrir un trastorno comunicativo por el que apenas se comunica con las personas que lo rodean. Este parece carente de voluntad en parte causada por la medicación que recibe como tratamiento. No es hasta la aparición de Rui, una vecina de la infancia y excompañera del pasado, que empezamos a descubrir el motivo de la apatía del protagonista: es un pedófilo condenado en el pasado por acosar a una chica. Hirada vive arrepentido y con un sentimiento de culpa eterno,¡ a pesar de sentir ese impulso sexual por las niñas que apaga leyendo roricon y viendo animes del género en cuestión. Rui lejos de escandalizarse anima a Hirada a seguir adelante con su vida. “Seres únicos” tiene una doble focalización crítica, por un lado a través de un ejemplo extremo de excepcionalidad y por otro lado como aquellos tipos de sexualidad, incluidas las de carácter delictivo, tienen una gran variedad de productos de consumo asequibles para todo el mundo.

Los relatos planteados por Umezawa son por lo general incómodos esconden situaciones complejas que se alejan del gag final, a excepción de “Mendel”. Al igual que en el volumen anterior el autor ataca de frente algunos de los tópicos más recónditos de la cultura nipona aquellos que en occidente pueden parecernos más morbosos. El autor despeja todo tipo de dudas sobre cuáles son los frentes sociales sobre los cuales debe de trabajar la sociedad japonesa. En resumen, un volumen imprescindible tanto por el tratamiento de los temas, el planteamiento de los mismo y la soltura con la que el autor maneja la focalización crítica sobre una sociedad concreta.

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Épica y pasado


Marada la mujer lobo (Christ Claremont y John Bolton). ECC, 2017. Rústica. 112 págs. Color. 13,50 €

El pasado es siempre uno de los primeros refugios a las que acudimos, incluso aunque sepamos que su utilidad es básicamente inútil. Es como el alcohol y el frío, aparentemente ayuda a enfrentarnos a lo negativo, pero al igual que la ginebra sólo acelera el proceso de congelación mientras embota nuestros sentidos, el pasado se transmuta en una idealización que sólo sirve para aumentar el malestar del presente a costa de idealizarse a si mismo. Es triste pero es así, vamos olvidando lo malo y nos quedamos sólo con lo positivo, tanto a nivel personal como social. Cada vez son más lo que reniegan de lo dramático del franquismo, personas que ni siquiera lo vivieron de primera mano, para idealizar una forma de vida que ven mejor que la actual. Está claro que la España de los años cincuenta del pasado siglo tenía sus cosas buenas, pero ninguna, ni ninguna suma de las mismas, se puede equiparar al presente.

Por eso el pasado es siempre una trampa, más incluso cuando la idealización se vuelve tan imposible que en lugar de luchar por recuperar lo positivo del pasado lo vemos como un tesoro perdido irrecuperable, algo que pasa a ser leyenda. No hablo aquí de la recuperación del Edén, sino del uso del pasado como herramienta. Pero claro, cualquier tiempo pasado siempre fue mejor es una máxima difícil de combatir. Pensemos por ejemplo en el Imperio Romano, época en la que todos soñaríamos con ser centuriones de la casta más alta o senadores en la capital, con lo que ya estamos negando un papel a la mitad de la población mundial. Aunque tampoco hace falta que nadie se preocupe, con muchísima suerte seríamos esclavos domésticos y con un poco menos trabajadores forzosos en una mina de sal o víctimas en un callejón por un pellejo de vino.

Pero no podemos evitar soñar, no podemos evitar bañarlo todo con una capa de melancolía imposible, la más peligrosa. Y es así como el hombre crea historias como Mirada: La mujer lobo del guionista Chris Claremont y el dibujante John Bolton, una auténtica historia de espada y brujería en los inicios del Imperio Romano. Como es lógico, poco de los guiones de Chris Claremont tienen que ver con lo que realmente sucedía en aquellos años por Europa, el norte de África y Oriente Próximo. Pero no vamos a acusar a Claremont de nada, no es el primer autor que reconstruye el pasado desde una base más o menos fiable, ni yo seré el último lector que disfrute de estas evasiones fantasiosas. Marada es lo que podemos esperar de ella, hija de la Roma Imperial y de los pueblos bárbaros de Europa, una guerrera sin igual que ama y mata mientras recorre todos los confines del mundo conocido, dejando tras de sí una larga lista de amantes, camaradas y enemigos.

Juego al que todos estamos dispuestos a jugar, más si contamos con el dibujo tan académico de John Bolton, que sin dejar de apostar en todo momento por la espectacularidad, es capaz de crear un trazo que nos recuerda a los libros de historia más clásicos, lo que otorga un sello extra de verosimilitud, inventada y heredada, a toda la historia. Marada: La mujer lobo es el perfecto vehículo para vender fantasía como historia, hasta el punto de que los brujos y demonios, nigromancia heredada sin engaños del Conan más clásico, se vuelven plausibles. Quizás toda esa magia existió en aquella época aunque hoy en día haya desaparecido del todo. En cualquier caso poco importa, pues ya sea ante terribles criaturas del averno o aguerridos piratas del Mediterráneo, Marada siempre encuentra la forma de sobrevivir otro día para seguir arriesgando su vida en pos de lo que ella considera bueno y justo.

Así que si hablamos del pasado, Marada: La mujer lobo es una idealización imposible, heredera de un pasado que no existió donde la épica era más escasa de lo que nos gustaría pensar y la miseria campaba a sus anchas por todo el mundo. Así que tomemos esta obra de Chris Claremont y John Bolton como lo que es, una fantasía, algo que nunca ha existido y por cuya perdida no podemos sentir pena, lo que no evita que si podamos sentir la tensión y diversión de sus páginas. Pues aunque eran pocas las mujeres protagonistas del Mundo Antiguo, este pasado ficticio puede ayudar a las mujeres actuales a conocer la posibilidad de protagonizar, ya sea enfrentándose en el mundo real o creando sus propias ficciones. Pues si el pasado es mentira, al menos que tenga utilidad en el presente y nos guíe hacia un futuro mejor.

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Teatro que duele


Deathco 1 (Atsushi Kaneko). ECC, 2017. Rústica. 192 págs. ByN. 8,95 €

Hoy les he puesto por primera vez a una niña de 9 años y a un niño de 7 años el juego Street of Rage, un juego que casi podría ser su padre. Los niños tampoco se han flipado mucho, han terminado picándose y al final se han pegado entre ellos en lugar de atizar a esos punkis que tanto color dieron a la delincuencia callejera de hace más de un cuarto de siglo. Lo que no han tenido demasiados problemas es en pillar el funcionamiento del juego, sabiendo que si un tío te tira un boomerang gigante lo esquivas y que si ves una botella en el suelo sirve para cogerla y partírsela a alguien en la cabeza. Las manzanas te recuperan la vida, como todo el mundo sabe. Al final se han aburrido y me han pedido que por favor les ponga otra vez el juego de Star Wars de Lego.

Aunque yo no he podido evitar pensar en el uso de la violencia no sólo como entretenimiento si no como una herramienta poderosa dentro de la cultura más popular, un lenguaje que rápidamente nos enseña a empatizar y distinguir entre el bien y el mal. El bueno defiende a sus amigos y se limita a devolver los golpes, el malo es un sádico que se contenta con ser un simple generador de sufrimiento. Hasta ahí está todo claro, desde Ulises hasta Adam, Axel y Blaze. Los niños aprenden que la violencia no se usa, salvo como correctivo para alguien que se la merezca, claro. Pero entonces tenemos el problema de los antihéroes, algo realmente básico porque la fascinación por el mal es un elemento presente desde siempre, ya sea porque uno sueña con ser malvado, la menor de las veces, o porque uno sienta curiosidad por esa criatura que se mueve al margen de la moral y cuyos fines competen sólo a él mismo. Sensación que nos puede invitar a entrar en las páginas de Deathco, el manga de Atsushi Kaneko donde la moral queda fuera de la ecuación y el lector es mero espectador de una niña asesina encargada de acabar con la vida de diversos criminales.

Deathco se presenta como un universo muy parecido al nuestro donde un gremio de asesinos se encarga de acabar de la forma más expeditiva posible con criminales de diversa ralea. Este punto de partida no es excesivamente original, la verdad, pero en manos de Atsushi Kaneko es obvio que nos íbamos a encontrar con una obra como mínimo original, lo esperable del autor de la magnífica Wet Moon. Así que como es lógico, tenemos a esos asesinos en largas escenas de lucha y asesinato frente a oleadas de criminales, yakuzas en su mayoría, con el protagonismo de una pequeña niña que se nos presenta como una nueva iteración del asesino perfecto. Con este resumen, Deathco es una obra de acción pura la mar de disfrutable e interesante, con un ritmo endiablado que nos obliga a devorar las páginas y a maravillarnos con la propuesta plástica de Atsushi Kaneko. Pero Deathco esconde muchísimo más, y al igual que Wet Moon era mucho más que un thriller, este manga está a años luz de ser un mero baño de sangre.

Todos esos elementos fascinantes que Atsushi Kaneko empleó en Wet Moon los podemos encontrar en Deathco, algo fantástico si tenemos en cuenta que nos encontramos ante uno de los autores más personales y únicos del panorama japonés actual. Así que tenemos ante todo ese gusto del autor por la revisitación al imaginario surrealista, y con esto no queremos decir que de vez en cuando se cuele algo extraño, lo que encontramos en las páginas de Deathco es una autentica carta de amor al surrealismo más puro de principios del siglo XX, con la creación de un universo propio que al mismo tiempo es cercano y extraño. Tampoco faltan ramalazos de esa literatura de lo extraño que lo acerca a Kafka y Lynch. Pero que nadie se engañe, porque este racimo de referencias no convierten a Atsushi Kaneko en una batidora de referentes, no son más que ejemplos de lo que uno puede encontrarse en sus paginas, a un nuevo integrante de esa corte de autores que exigen un esfuerzo por parte del lector, pues nos obligan a entrar en su mente y jugar con sus reglas, dejando las referencias a nuestro propio mundo en la puerta.

Si hablamos del acabado visual de las páginas de Deathco, no me queda más remedio que confesar mi total carencia de objetividad, pues el trazo de Atsushi Kaneko, y principalmente su entintado, se han colado en mi corazón de forma violenta y absurda, sin pedir permiso, con lo que para mí es ya uno de mis dibujantes favoritos de todos los tiempos, capaz de recordarme a otros grandes autores que admiro, como Charles Burns, pero dueño de una identidad propia que rápidamente me hace reconocer una obra suya. Así que a devorar todo Deathco y cualquier otra obra que se escape del lápiz de Atsushi Kaneko.

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