Nihilismo nipón (y 2)

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Bajo un cielo como unos pantis vol. 2 (Shun Umezawa). ECC, 2017. Rústica, 224 págs. B/N, 9,95 €

En la entrada dedicada a la primera entrega de Bajo un cielo como unos pantis vimos la voluntad de este autor de crear controversia a través de unos relatos cortos en el que la provocación y la crítica contra el sistema de valores japonés no viene por la forma sino por un discurso puramente cínico. Umezawa apuesta, básicamente, por tratar unos temas realmente incómodos que van desde la inutilidad de las dinámicas de equipo impuestas culturalmente, la invalidez de un sistema de valores nacionalista anclado en el pasado y una desvalorización de lo idealizado de la vida de los estudiantes de instituto. Sus personajes, por lo breve del relato, podrían ser cualquiera y se podrían ubicar en cualquier país.

En esta segunda entrega este autor sigue desarrollando dichas dinámicas focalizando en distintos aspectos de la sociedad nipona. En “Un día de verano que nunca termina” se pone de relieve el valor de lo dicho y de lo que se debe de callar. En un pueblo una chica extraña le hace creer a un chico que su verano no acaba nunca, el intenta que para el suceda los mismo. La creencia a pies juntillas de una verdad construida como tal no tiene por qué ser cierta es la base de este relato. Uno de los más curiosos de este volumen es “La Shibuya del futuro siglo”, aquí Umezawa nos muestra un Tokyo desolado. La megalópolis ha sido abandonada por toda la población a causa de un cambio de ideología sobre las forma de vida capitalista, ahora los ciudadanos viven en el campo y comen de manera sana. En la ciudad solo viven algunos ancianos y entre estos el protagonista que es visitado por su hijo y su familia. Este ha creado un relato sobre las colegialas como un constructo surgido de las calles de Shibuya, planteado un paradigma por el cual estas no existen sin Shibuya y viceversa. Esta especie de certeza es elaborada como una fábula sobre un viejo verde al cual le falta algo para ser constituido como tal. En cierta manera cierta denuncia sobre ciertos comportamientos recíprocos entre ambos grupos sociales.

El siguiente bloque de acciones se centra en las relaciones interpersonales. En “Mendel”, el cuento más breve del volumen, una pareja decide tener descendencia a pesar de que ella tiene la cara pixelada con una resolución muy baja, se transmite cierta esencia de lo práctico incluso en lo genético a la hora de tener pareja. Las dos últimas historias son las más extensas. En la primera “De madrugada” el tema principal es la rutina y de cómo esta acaba absorbiendo todas las facetas de la vida del protagonista, el cual es un simple trabajador municipal que se dedica a recoger los residuos orgánicos de la ciudad. Nada o casi nada de lo que suceda a su alrededor altera sus planes diarios: come todos los días en el mismo restaurante de comida rápida, las relaciones sexuales cumplen una función instintiva y, ni siquiera, el que su compañero de trabajo se convierta en un asesino altera su ritmo de vida diario. Sasaki lleva una vida completamente funcional útil para la comunidad e inútil para si mismo, la rutina surge como un ancla para la esperanza del día a día.

Pero es el último relato el más jugoso de todos el protagonista de “Seres únicos” es  Hirada un tipo introvertido que parece sufrir un trastorno comunicativo por el que apenas se comunica con las personas que lo rodean. Este parece carente de voluntad en parte causada por la medicación que recibe como tratamiento. No es hasta la aparición de Rui, una vecina de la infancia y excompañera del pasado, que empezamos a descubrir el motivo de la apatía del protagonista: es un pedófilo condenado en el pasado por acosar a una chica. Hirada vive arrepentido y con un sentimiento de culpa eterno,¡ a pesar de sentir ese impulso sexual por las niñas que apaga leyendo roricon y viendo animes del género en cuestión. Rui lejos de escandalizarse anima a Hirada a seguir adelante con su vida. “Seres únicos” tiene una doble focalización crítica, por un lado a través de un ejemplo extremo de excepcionalidad y por otro lado como aquellos tipos de sexualidad, incluidas las de carácter delictivo, tienen una gran variedad de productos de consumo asequibles para todo el mundo.

Los relatos planteados por Umezawa son por lo general incómodos esconden situaciones complejas que se alejan del gag final, a excepción de “Mendel”. Al igual que en el volumen anterior el autor ataca de frente algunos de los tópicos más recónditos de la cultura nipona aquellos que en occidente pueden parecernos más morbosos. El autor despeja todo tipo de dudas sobre cuáles son los frentes sociales sobre los cuales debe de trabajar la sociedad japonesa. En resumen, un volumen imprescindible tanto por el tratamiento de los temas, el planteamiento de los mismo y la soltura con la que el autor maneja la focalización crítica sobre una sociedad concreta.

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Épica y pasado


Marada la mujer lobo (Christ Claremont y John Bolton). ECC, 2017. Rústica. 112 págs. Color. 13,50 €

El pasado es siempre uno de los primeros refugios a las que acudimos, incluso aunque sepamos que su utilidad es básicamente inútil. Es como el alcohol y el frío, aparentemente ayuda a enfrentarnos a lo negativo, pero al igual que la ginebra sólo acelera el proceso de congelación mientras embota nuestros sentidos, el pasado se transmuta en una idealización que sólo sirve para aumentar el malestar del presente a costa de idealizarse a si mismo. Es triste pero es así, vamos olvidando lo malo y nos quedamos sólo con lo positivo, tanto a nivel personal como social. Cada vez son más lo que reniegan de lo dramático del franquismo, personas que ni siquiera lo vivieron de primera mano, para idealizar una forma de vida que ven mejor que la actual. Está claro que la España de los años cincuenta del pasado siglo tenía sus cosas buenas, pero ninguna, ni ninguna suma de las mismas, se puede equiparar al presente.

Por eso el pasado es siempre una trampa, más incluso cuando la idealización se vuelve tan imposible que en lugar de luchar por recuperar lo positivo del pasado lo vemos como un tesoro perdido irrecuperable, algo que pasa a ser leyenda. No hablo aquí de la recuperación del Edén, sino del uso del pasado como herramienta. Pero claro, cualquier tiempo pasado siempre fue mejor es una máxima difícil de combatir. Pensemos por ejemplo en el Imperio Romano, época en la que todos soñaríamos con ser centuriones de la casta más alta o senadores en la capital, con lo que ya estamos negando un papel a la mitad de la población mundial. Aunque tampoco hace falta que nadie se preocupe, con muchísima suerte seríamos esclavos domésticos y con un poco menos trabajadores forzosos en una mina de sal o víctimas en un callejón por un pellejo de vino.

Pero no podemos evitar soñar, no podemos evitar bañarlo todo con una capa de melancolía imposible, la más peligrosa. Y es así como el hombre crea historias como Mirada: La mujer lobo del guionista Chris Claremont y el dibujante John Bolton, una auténtica historia de espada y brujería en los inicios del Imperio Romano. Como es lógico, poco de los guiones de Chris Claremont tienen que ver con lo que realmente sucedía en aquellos años por Europa, el norte de África y Oriente Próximo. Pero no vamos a acusar a Claremont de nada, no es el primer autor que reconstruye el pasado desde una base más o menos fiable, ni yo seré el último lector que disfrute de estas evasiones fantasiosas. Marada es lo que podemos esperar de ella, hija de la Roma Imperial y de los pueblos bárbaros de Europa, una guerrera sin igual que ama y mata mientras recorre todos los confines del mundo conocido, dejando tras de sí una larga lista de amantes, camaradas y enemigos.

Juego al que todos estamos dispuestos a jugar, más si contamos con el dibujo tan académico de John Bolton, que sin dejar de apostar en todo momento por la espectacularidad, es capaz de crear un trazo que nos recuerda a los libros de historia más clásicos, lo que otorga un sello extra de verosimilitud, inventada y heredada, a toda la historia. Marada: La mujer lobo es el perfecto vehículo para vender fantasía como historia, hasta el punto de que los brujos y demonios, nigromancia heredada sin engaños del Conan más clásico, se vuelven plausibles. Quizás toda esa magia existió en aquella época aunque hoy en día haya desaparecido del todo. En cualquier caso poco importa, pues ya sea ante terribles criaturas del averno o aguerridos piratas del Mediterráneo, Marada siempre encuentra la forma de sobrevivir otro día para seguir arriesgando su vida en pos de lo que ella considera bueno y justo.

Así que si hablamos del pasado, Marada: La mujer lobo es una idealización imposible, heredera de un pasado que no existió donde la épica era más escasa de lo que nos gustaría pensar y la miseria campaba a sus anchas por todo el mundo. Así que tomemos esta obra de Chris Claremont y John Bolton como lo que es, una fantasía, algo que nunca ha existido y por cuya perdida no podemos sentir pena, lo que no evita que si podamos sentir la tensión y diversión de sus páginas. Pues aunque eran pocas las mujeres protagonistas del Mundo Antiguo, este pasado ficticio puede ayudar a las mujeres actuales a conocer la posibilidad de protagonizar, ya sea enfrentándose en el mundo real o creando sus propias ficciones. Pues si el pasado es mentira, al menos que tenga utilidad en el presente y nos guíe hacia un futuro mejor.

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Teatro que duele


Deathco 1 (Atsushi Kaneko). ECC, 2017. Rústica. 192 págs. ByN. 8,95 €

Hoy les he puesto por primera vez a una niña de 9 años y a un niño de 7 años el juego Street of Rage, un juego que casi podría ser su padre. Los niños tampoco se han flipado mucho, han terminado picándose y al final se han pegado entre ellos en lugar de atizar a esos punkis que tanto color dieron a la delincuencia callejera de hace más de un cuarto de siglo. Lo que no han tenido demasiados problemas es en pillar el funcionamiento del juego, sabiendo que si un tío te tira un boomerang gigante lo esquivas y que si ves una botella en el suelo sirve para cogerla y partírsela a alguien en la cabeza. Las manzanas te recuperan la vida, como todo el mundo sabe. Al final se han aburrido y me han pedido que por favor les ponga otra vez el juego de Star Wars de Lego.

Aunque yo no he podido evitar pensar en el uso de la violencia no sólo como entretenimiento si no como una herramienta poderosa dentro de la cultura más popular, un lenguaje que rápidamente nos enseña a empatizar y distinguir entre el bien y el mal. El bueno defiende a sus amigos y se limita a devolver los golpes, el malo es un sádico que se contenta con ser un simple generador de sufrimiento. Hasta ahí está todo claro, desde Ulises hasta Adam, Axel y Blaze. Los niños aprenden que la violencia no se usa, salvo como correctivo para alguien que se la merezca, claro. Pero entonces tenemos el problema de los antihéroes, algo realmente básico porque la fascinación por el mal es un elemento presente desde siempre, ya sea porque uno sueña con ser malvado, la menor de las veces, o porque uno sienta curiosidad por esa criatura que se mueve al margen de la moral y cuyos fines competen sólo a él mismo. Sensación que nos puede invitar a entrar en las páginas de Deathco, el manga de Atsushi Kaneko donde la moral queda fuera de la ecuación y el lector es mero espectador de una niña asesina encargada de acabar con la vida de diversos criminales.

Deathco se presenta como un universo muy parecido al nuestro donde un gremio de asesinos se encarga de acabar de la forma más expeditiva posible con criminales de diversa ralea. Este punto de partida no es excesivamente original, la verdad, pero en manos de Atsushi Kaneko es obvio que nos íbamos a encontrar con una obra como mínimo original, lo esperable del autor de la magnífica Wet Moon. Así que como es lógico, tenemos a esos asesinos en largas escenas de lucha y asesinato frente a oleadas de criminales, yakuzas en su mayoría, con el protagonismo de una pequeña niña que se nos presenta como una nueva iteración del asesino perfecto. Con este resumen, Deathco es una obra de acción pura la mar de disfrutable e interesante, con un ritmo endiablado que nos obliga a devorar las páginas y a maravillarnos con la propuesta plástica de Atsushi Kaneko. Pero Deathco esconde muchísimo más, y al igual que Wet Moon era mucho más que un thriller, este manga está a años luz de ser un mero baño de sangre.

Todos esos elementos fascinantes que Atsushi Kaneko empleó en Wet Moon los podemos encontrar en Deathco, algo fantástico si tenemos en cuenta que nos encontramos ante uno de los autores más personales y únicos del panorama japonés actual. Así que tenemos ante todo ese gusto del autor por la revisitación al imaginario surrealista, y con esto no queremos decir que de vez en cuando se cuele algo extraño, lo que encontramos en las páginas de Deathco es una autentica carta de amor al surrealismo más puro de principios del siglo XX, con la creación de un universo propio que al mismo tiempo es cercano y extraño. Tampoco faltan ramalazos de esa literatura de lo extraño que lo acerca a Kafka y Lynch. Pero que nadie se engañe, porque este racimo de referencias no convierten a Atsushi Kaneko en una batidora de referentes, no son más que ejemplos de lo que uno puede encontrarse en sus paginas, a un nuevo integrante de esa corte de autores que exigen un esfuerzo por parte del lector, pues nos obligan a entrar en su mente y jugar con sus reglas, dejando las referencias a nuestro propio mundo en la puerta.

Si hablamos del acabado visual de las páginas de Deathco, no me queda más remedio que confesar mi total carencia de objetividad, pues el trazo de Atsushi Kaneko, y principalmente su entintado, se han colado en mi corazón de forma violenta y absurda, sin pedir permiso, con lo que para mí es ya uno de mis dibujantes favoritos de todos los tiempos, capaz de recordarme a otros grandes autores que admiro, como Charles Burns, pero dueño de una identidad propia que rápidamente me hace reconocer una obra suya. Así que a devorar todo Deathco y cualquier otra obra que se escape del lápiz de Atsushi Kaneko.

@bartofg
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Depuración interior

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Trágica derrota (Nozoe Nobuhisa). ECC, 2017. Rústica, 192 págs. B/N, 16,95€

El siglo XX japonés es un siglo de renuncias, tanto a su estructura social como en las formas políticas. Un ejemplo de ello es la constitución japonesa actual redactada por el general McCarthur durante el periodo de ocupación militar estadounidense (1945-1952). Dicho texto supuso una imposición política, social y económica de la que Japón, en algunos aspectos ha sabido sacar provecho.  Aunque a nivel emocional esto no facilitó durante muchas décadas depurar, no solo superar la derrota, lo que supuso a nivel individual luchar por y para una sociedad estratificada socialmente en el que los propios ciudadanos eran culpables por no enaltecer lo nipón, por muy estéril que fuese en ese momento. En el relato corto Las algas americanas de Akiyuki Nosaka un joven matrimonio japonés se prepara para recibir a un viejo matrimonio estadounidense en su casa, si bien las intenciones de los primeros son buenas los segundos hacen gala del espíritu del conquistador. Este cuento de 1967 ya refleja que el pueblo al pueblo japonés le faltó algo para poder superar la derrota y la imposición del gobierno de Estados Unidos.

Si bien Hadashi no Gen de Keiji Nakazawa opta por analizar el devenir de Japón desde las explosiones nucleares a través del devenir de un personaje. Pero ni profundiza ni reflexiona sobre la situación en la que queda el país a posteriori. En Trágica derrota de Nozoe Nobusha este opta por la idea de cierta reflexión a posteriori, utilizando a personajes que vivieron no solo la derrota sino las pésimas condiciones en las que vivieron en conflicto, la mayoría de ellos en primera línea del frente. Aunque sigue teniendo carencias en la denuncia de las tropelías cometidas por el ejército imperial a lo largo de todo el pacífico, China y la península coreana.

Sin embargo, el punto de partida del relato coral de Nobusha opta por mostrar otra vertiente, la de los propios compatriotas que tuvieron que sufrir, la salvaje, ideología ultranacionalista que impulsaba cierta idea de auto considerarse los blancos de oriente idea que venía respaldada por el régimen nazi al considerarlos arios de carácter honorario. En el caso de la Segunda Guerra Mundial los ciudadanos de a pie japoneses fueron las primeras víctimas de la conducta criminal imperialista, la cual puso por encima del valor de lo humano políticas bélicas suicidas.

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Nobusha narra lo humano por encima de lo histórico criticando de paso como en muchas ocasiones se ha dejado de lado contar una parte de la historia para acentuar otra. Cada uno de los relatos cortos que conforman este volumen está pensado para mostrarnos cada uno de los aspectos de lo crudo que fue la guerra para los soldados imperiales rasos. En “Kaiten” se explica como un hombre mayor fue adiestrado en el manejo de los torpedos suicidas manejados por soldados y como tras un accidente se genera una deuda que no es capaz de saldar nunca; una referencia a la imposibilidad de recuperar lo perdido durante el conflicto. En “Prisionero” un hombre mayor es incapaz de olvidar como fue obligado a ejecutar a un soldado chino indefenso. Este anciano intenta depurar su culpa llamando la atención de la policía una y otra vez ante la imposibilidad de olvidar dicho momento y el conflicto interior que este le genera. “Hambre” profundiza en una de las situaciones más despreciables vividas durante la guerra del Pacifico: el canibalismo. De cómo en las situaciones extremas los soldados se comían entre ellos y a algunos prisioneros. “Repatriados” es el único relato protagonizado por una mujer y de cómo a esta se le dio un veneno para que en una situación comprometida pudiera tomarlo para evitar el sufrimiento. Esta tras sufrir repetidas violaciones evita tomarlo tan solo considera hacerlo cuando existe la posibilidad se entere de lo sucedido, en este caso la mujer carga con el honor de la familia, que es lo único que le hace considerarse culpable. “Miseria” nos habla de lo cíclico en la desgracia, de como un hombre tras pasar penurias en la guerra y ya de mayor se ve en la calle mendigando una limosna. El volumen se cierra con “Morir en paz” en la que un anciano pescador espera la muerte el tsunami de 2011 tras vivir una vida de remordimiento por no haber muerto de manera honorable en el frente.

Nozoe Nobuhisa denuncia a través de diferentes frentes como el presente y la historia son una gran ola que hace que todo se olvide. Así es como vivieron los supervivientes nipones del conflicto bélico que tuvieron que volver a un país reformado por segunda vez en un periodo de tiempo relativamente corto e incapaz de asumir lo sucedido. La influencia, reconocida, de los grabados de Goya acentúa la idea de lo crudo dejando de lado lo morboso. Esto nos hace pensar en un autor capaz de repensar el sentimiento nipón con cierta idea de mostrar la crueldad como lo hacían los clásicos. Trágica derrota está a la altura de la obra cumbre de Nakazawa, si bien analiza Japón con una intención no de culpabilizar ni señalar sino de mostrar lo sucedido, sin caer en lo lacrimógeno ni en lo fácil.

@Mr_Miquelpg

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Nihilismo nipón

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Bajo un cielo como unos pantis (Shun Umezawa). ECC, 2017. Rústica, 224 págs. B/N, 9,95 €

Shun Umezawa puede ser uno de los nuevos nombres más relevantes en 2017 en cuanto a la publicación de cómic, y más concretamente manga, en España. Bajo un cielo como unos pantis muestra los valores autorales con los que es capaz de combinar la crudeza de la crítica social hacia un Japón decadente que no es capaz de remontar del delirio occidentalista que se ha apoderado del país. Pero quizás lo más me relevante me parece es el cinismo del que Umezawa hace gala. Este no se deja llevar por metáforas huecas y de libre interpretación optando por asestar golpes directos al lector y más concretamente a una sociedad nipona.

De trasfondo a los cuatro relatos que integran esta primera entrega encontramos la caída de los estados nación como un espacio de referencia externo e interno. Estos marcos culturales proveen no solo una tradición en la cual nos podemos parapetar tanto como ciudadanos del propio país como los foráneos podemos interpretar las conductas de los habitantes de un país extranjero. Pero el discurso de la globalización hace que cada vez sean menos necesarios el reconocimiento de dichos marcos de referencia y de los códigos culturales que nos ayudan a interpretar ciertas conductas foráneas.

Umezawa aborda este discurso sobre la desintegración de la sociedad a través de unos relatos asentados no en la situación ni en la trama sino sobre unos personajes al borde de todo. La primera historia, que da título al volumen, se centra en lo que en primera instancia parece un relato típico de acoso en el instituto. Sin embargo, el autor deja de lado la idea de construir personajes débiles y fuertes para, de paso, dejar de lado el retrato maniqueo que suele reflejar este tipo de situaciones. Los tres protagonistas de este cuento son Mikami, un nihilista muy cínico; Hiroshi, un chico que apunta a tener cierta minusvalía intelectual; y Ai, un chico que desea ser mujer y está enamorado del adolescente que lo maltrata. En este caso Mikami constituye el pilar de la historia y del grupo, a través de este el autor establece un discurso anticomunidad. Mikami solo actúa por interés propio y desprecia todas aquellas actividades que tienen que ver con las supuestas bondades del beneficio comunitario. A pesar de ello acepta dentro de su espacio personal a Hiroshi, con el que piensa ir a un país tercermundista para formar un harén y a Ai, dos outsaiders en toda regla.

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En El avance de la gran hambruna de la era Heisei Umezawa retoma a los dos personajes unos años después. Mikami no tiene trabajo fijo y se le ha acabado el subsidio de paro, Hiroshi trabaja en un sexshop y todavía no ha tenido relaciones sexuales. Mientras que el primero mantiene su visión cínica y distante del mundo, Hiroshi encuentra a una mujer con la que tener sexo, pero esta padece el Síndrome de Münchhausen por poder y daña a la hija para ser el centro de atención, aparte de eso es una adicta al sexo y no le importa practicarlo en lugares públicos. El tercero en discordia será el hermano de la mujer en cuestión, este pertenece a un grupo ultranacionalista japonés que reclama tanto la devolución de las islas que están bajo la soberanía de otros países asiáticos, el retorno de japoneses secuestrados por el gobierno de Pyongyang, o la expulsión de coreanos de Japón. Hiroshi con tal de mojar el churro seguirá hacia adelante con esos ideales y se afiliará al grupo en cuestión. Mikami será el que aportará, a su manera, cordura al asunto a través de su inquebrantable individualismo.

En Caos en las aulas presenciamos como durante la pausa para el desayuno en un instituto sucede de todo al mismo instante: una chica da a luz, una pareja tiene relaciones sexuales en la enfermería, otros se pinchan heroína, desamor, acoso escolar, etc. Una microsociedad en el que las normas han sido sustituidas por el instinto de unos adolescentes que ya no entienden la forma de comportarse japonesa como tal. El volumen se cierra con Paisaje con Watanabe en el cual navegamos a través de la memoria de Akemi, una joven prostituta universitaria, que recuerda su relación con Watanabe un chico que no tiene un cuerpo visible. La relación de este con ella es puramente material y sexual, él es violento y carece de empatía por aquellos que le rodean. Akemi creyendo que está desarrollando un sentimiento hacia este se da cuenta que en realidad no lo conoce.

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Shun Umezawa nos da una aproximación cercana, certera y cínica no solo al Japón contemporáneo sino a la evolución social que está teniendo lugar en todo el occidente económico. En este caso la crítica va dirigida a la inutilidad de ampararse en un colectivo formado en torno a unos valores que están desapareciendo a causa de un capitalismo salvaje. Mikami representa la resistencia a través del imperio del yo; el autor reivindica a aquellos que están fuera de los estándares sociales como verdaderos revolucionarios. No existe ningún protagonista del volumen que tengan intención de ‘progresar’ para formar parte de ese Japón enmarcado en la historia ni en el espíritu que define al mismo. Las únicas referencias son aquellas del grupo de ultraderecha que dibuja una ideología antigua incapaz de asumir los nuevos retos que la humanidad requiere. A partir de ahora tendremos que seguir a Umezawa muy de cerca ya que lo que nos tiene que contar es realmente interesante.

@Mr_Miquelpg

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El cuarto mundo Vol. 1 (Jack Kirby).

 

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El cuarto mundo Vol. 1 (Jack Kirby). Ecc, 2017. Cartoné, 400 págs. Color, 35 €

Kirby es posiblemente, y sin el posiblemente, el autor más relevante que ha dado la industria mainstream del cómic. Es una afirmación que nadie o casi nadie podrá rebatir, por algo recibe el apelativo de El Rey. Este autor ha tocado todos los géneros narrativos desde el romántico al de aventuras pasando, por supuesto, por el de superhéroes. Siendo en este último en el que el nivel de experimentación dentro del canon narrativo ha sido mayor. Un ejemplo de esto es El cuarto mundo, un universo narrativo que Kirby recrea dentro del universo de DC sentando las bases para un nuevo evangelio superheroico basado en la eterna lucha entre bien y mal en este caso encarnada en los personajes de Highfather y Darkseid.

Esta apuesta necesitaba de una extensión mayor de lo que estaban acostumbrados tanto editores, autores y lectores. Aunque quizás sean estos últimos los que más agradecieran un relato concatenado a través de diferentes colecciones. La apuesta de DC y Kirby apuntaba a unos desarrollos de personajes y tramas, tanto horizontales como verticales, mucho más amplias, que diesen lugar a la creación de un universo coherente en el que existiese cierta organización espacial de lo explicado. Para ello se crea una trama transversal que recorre colecciones como Jimmy Olsen, el amigo de Superman, Los Nuevos Dioses, Los Jóvenes Eternos y Mr. Milagro lo cual marca cierto paradigma a la hora de presentar nuevos personajes, casi uno por entrega del relato.

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El vínculo con el resto del universo DC parte de una colección que evidentemente no fue un éxito de ventas, era hija de la explotación de productos relacionados con Superman: Jimmy Olsen, el amigo de Superman. Aquí se plantea un punto de partida, Kirby siembra  de existentes esta colección para utilizarla en favor de la historia que nos va a explicar a posteriori, tales como: Morgan Edge, la Zona salvaje, la Zoompista o el Boom tubo entre otros. Es decir, utiliza esta colección para proporcionar un marco que abra la gran narrativa que es El cuarto mundo. Se trata de una maniobra impecable, incluso a nivel mercadotécnico, en la que tres números de dicha colección suponen una apertura que parece que nos va a contar lo mismo de siempre, pero que guarda una sorpresa en su interior. Para ello se sirve de un Superman con cierto protagonismo, pero con cierto carácter instrumental. En este caso interpretando el papel de ayudante, tanto de Jimmy Olsen como de la Legión de repartidores.

Todo eso nos lleva al planteamiento que Kirby hace del universo  que desarrollará a partir de unas narrativas más bien convencionales. La idea es generar un nuevo mundo sin olvidar el viejo, o más bien solaparlo sobre uno ficcional en vías de consolidación. Kirby tenía muy claro que lo principal era contar una historia que no fuese precisamente esclava de una cronología del relato, sino que este diese de si todo lo que pudiese en función de un mitoarco argumental en el que los nuevos personajes fuesen moldeando el global del planteamiento narrativo. Para ello la introducción de nuevos personajes, casi en cada número, hace incrementar el impacto que recibe el lector ante una propuesta cambiante en cada número.

Solo cabe recordar que estamos ante un universo planteado a principios de la década de los 70 cuando DC pretendía dar un golpe en la mesa con el fichaje de Jack Kirby. Si bien en un principio esta nueva forma de plantear la estructura narrativa del ámbito de los superhéroes no caló mucho hemos podido ver como en la actualidad es una de las pautas a seguir y El cuarto mundo un referente imprescindible. La diferencia es que ahora este tipo de relatos compartido en diferentes colecciones son más esclavos de una cronología que generada en función de intereses mercadotécnicos. Pero Kirby es más que eso, no podemos olvidar las soluciones gráficas que proporcionas las splash pages la composición de viñeta y de página, a veces con solo pasar las páginas y ver las soluciones adoptadas por el Rey ya nos vale.

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Button Man – Asesino de asesinos (John Wagner y Arthur Ranson)

Button Man: Asesino de asesinos (John Wagner y Arthur Ranson) ECC, 2016. Rústica, 112 págs. Color, 11,50 €

El tercer de los cuatro arcos argumentales de la colección Button Man, en los que John Wagner y Arthur Ransons desarrollaron a su personaje Harry Exton, Asesino de asesinos, nos muestra por primera vez a nuestro querido sicario en una enorme partida del juego de la muerta en la que no quiere participar. En cierto modo, el guión de John Wagner nos recuerda a lo que ya habíamos leído en El juego de la muerte y La confesión de Harry Exton, con un héroe completamente gris que no tiene problemas en recurrir a la violencia más directa y descarnada para mantener una vida tranquila. Aunque no es menos cierto, que esta vez, John Wagner eleva el dinamismo y la tensión hasta el punto de crear uno de los mejores cómic de acción de todos los tiempos, manteniendo los cimientos de su colección pero ampliando horizontes allá por donde puede.

Aunque al final de La confesión de Harry Exton parecía que nuestro héroe era más listo que nadie y se había librado de los millonarios aburridos que contrataban sicarios como modernos gladiadiores, en Asesino de asesinos vemos como ni Harry era tan hábil ni sus medidas de seguridad para mantenerse al margen eran tan resistentes. Así que asistimos a un juego del ratón y el gato en el que todos los sicarios de Estados Unidos se lanzan contra el antiguo militar británico en una carnicería a lo largo de medio país. Todo regado con la violencia que también escribe John Wagner, y con ese humor cáustico que tan bien le sienta a la colección. El lector no empatiza con Harry porque sea más noble, lo hace simplemente porque el foco se coloca sobre él, algo que bien sabe manejar el guionista para recordarnos continuamente que su protagonista no es mejor persona, simplemente más hábil matando gente.

Por su parte, el dibujo de Arthur Ranson se mantiene en el mismo nivel que en los anteriores volúmenes de Button Man, con ese realismo prácticamente fotográfico que tan bien sienta a la serie, añadiendo una capa más de verosimilitud a la trama, tanto es así que incluso en Asesino de asesinos hay un juego metanarrativo sobre la violencia real de los sicarios y su traslación a la ficción como entretenimiento. John Wagner y Arthur Ranson nos siguen entreteniendo con Button Man pero recordándonos en todo momento que la violencia duele y es más real de lo que parece en un telediario, además de subrayando en todo momento que el uso de la misma deslegitima a cualquier héroe en todo momento. Todo con el cruel juego de enseñarnos esa lección entreteniéndonos como nadie.

Button Man: El juego de la muerte
Button Mann: La confesión de Harry Exton
Button Man: Asesino de asesinos

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