El humano (Lucas Varela y Diego Agrimbau)

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El humano (Lucas Varela y  Diego Agrimbau). Ediciones La Cúpula, 2020. Rústica, 148 págs. Color, 19,50€

Las narrativas post-humanidad van haciéndose más populares mientras que aquellas que abordan el fin del mundo tal cual están tan asumidas que las podemos encontrar entre la producción de tv movies de plataformas como Netflix. Películas como After Earth, Oblivion, las dos sagas de El planeta de los simios, la reciente trilogía animada de Godzilla, nos plantean una visión de un ser humano que busca redención volviendo a un planeta Tierra que han destrozado en el que el rastro de las civilizaciones son cuestiones del pasado. Nos encontramos con una población animal que ha evolucionado y en algunos caso los propios humanos han cambiado. El pasado humano es un resto sin importancia en la memoria del planeta y el hombre vuelve con intenciones de conquistar y reconducir el orden del planeta.

El Humano de Lucas Varela y Diego Agrimbau trata sobre una expedición para investigar el devenir del planeta Tierra. Medio millón de años los humanos vuelven tras un periodo en el que consideran que el planeta se ha reseteado y en el que los humanos de cuño homo sapiens consideran que pueden empezar de nuevo. Y reiniciar a la humanidad. Tras este tiempo, un matrimonio de científicos, June y Robert, deciden volver al planeta para poner en marcha el proyecto. Pero la planificación falla y June desembarca 57 años antes que Robert. La acción se sitúa en el momento en que el equipo de Robert y sus androides llegan al planeta, sin embargo, la narración en vez de decantarse por el relato de conquista del humano decide focalizar en Alpha, una ginoide capaz de saltarse algunas de las leyes de la robótica. El enfoque de este personaje nos permite ver el acceso a la locura del humano cuando ve a su esposa fallecida. En el planeta no hay resto de humanos estos han evolucionado en diferentes especies, que Robert intenta controlar amparándose en su superioridad intelectual, pero ignorando que ya no es un planeta para los humanos.

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El inevitable complejo de Dios que Robert sufre de inmediato le lleva a elaborar un plan, muy humano, para hacerse con el planeta. Dicho de otra manera, a pesar de estar fuera del planeta medio millón de años no se ha aprendido nada.
La reconquista del planeta empieza por un intervencionismo bélico, decide aplicar la ley del más fuerte con el resto de especies, y genético, deja embarazadas a tres hembras de una de las especies que ahora pueblan el planeta. En Qué difícil es ser dios de Arkadi y Borís Strugatski, se plantea un intervencionismo humano que impide que un planeta no pase de la Edad media terrestre sometiéndolo a la voluntad de unos humanos con complejo de dios. Robert, como representación de una parte de la humanidad, nos muestra ese sentimiento liberal que busca apropiarse de todo sin ningún tipo de límite moral o legislativo, pero también se convierte en el propio epitafio de la especie. Lucas Varela y  Diego Agrimbau apuestan por una obra compleja pero mostrada con una sencillez apabullante, trama y tema se conjugan a la perfección y el trazo del dibujo hace que el texto en su globalidad no sea tan crudo como pudiera aparecer en cualquier momento.

@Mr_Miquelpg

@lectorbicefalo

Lo que no pudo ser será

Desierto de metal (Diego Agrimbau y Fernando Baldó). Grafito Editorial, 2017. Rústica. 112 págs. ByN. 15 €

El terreno de la ucronía es siempre un espacio complicado, no es la primera vez que hablamos de dicho concepto y siempre terminamos apelando al mismo peligro, al de plantear una idea de gran calidad que no termina desarrollándose demasiado. Es como si los creadores de ucronías, no todos por suerte, fueran geniales vendedores de humo que tras dar a luz una idea rompedora, de esas tan buenas que no sabemos como es que no se le ha ocurrido a nadie, ponen el automático y nos presentan el desarrollo menos inspirado que se le puede ocurrir a nadie. Es triste pero no es raro encontrarse con una historia con un planteamiento maravilloso que no tarda en abandonarse para desarrollar la enésima historia de rescate imposible o grupo de resistencia contra el poder dictatorial de turno.

Por fortuna, Diego Agrimbau y Fernando Baldó van más allá en su ucronía Desierto de metal, quizás porque en lugar de plantear un universo original y llenarlo de la aventura más previsible, se centran en la composición de dicho cosmos propio, jugando con su génesis y desarrollo temporal. En Desierto de metal tenemos una Segunda Guerra Mundial ucrónica en la que los nazis han conquistado prácticamente todo el globo salvo África, donde una ciudad llena de científicos, sabios y autómatas se resiste al avance nazi. La ciudad de Axedra es una gigantesca construcción de cuerda que alberga a lo más granado de la ciencia y la cultura mundial, fundada en la Edad Media y vagando por el desierto del norte de África desde entonces. Por fortuna, el propio ejercito africano nazi, con Rommel a la cabeza, se ha sublevado contra Hitler, con lo que Axedra cuenta con un poco más de tiempo para prepararse de cara al inevitable enfrentamiento final.

Tras este planteamiento inicial, Diego Agrimbau podría limitarse a mostrarnos una serie de escenas donde los autómatas de Axedra se enfrentan a pistón partido con los nazis, haciendo luchar rinocerontes mecánicos con panzers, todo de cara a una victoria en el último segundo que traería el fin del nazismo y la victoria de la razón y la cultura de los sabios del desierto. Nada más lejos de la realidad. Porque si algo hacen Diego Agrimbau y Fernando Baldó en Desierto de metal es exprimir al máximo su concepto original. De este modo, el cómic está protagonizado por dos soldados desertores alemanes que huyendo de sus compatriotas terminan refugiados en la ciudad mecánica. Desde ese momento, el cómic se convierte en una visita turística a Axedra donde a través de diversos personajes se nos explica tanto el funcionamiento de la ciudad como sus siglos de historia e incluso la filosofía que la gobierna. En un ambiente de guerra extrema, los autores se permiten el lujo de desarrollarnos esa utopía racionalista donde conviven las tres culturas clásicas: la judía, la cristiana y la musulmana. Desarrollo que sin duda ayudó a que la obra ganara el premio de la Fundación Tres Culturas.

Así que quien espere combates entre robots y nazis puede quedarse tranquilo porque las páginas de Desierto de metal cuentan con una buena cantidad de los mismos, aunque quien busque algo más tampoco se va defraudar, quedando posiblemente más satisfecho que quien sólo busca acción y explosiones. Diego Agrimbau construye la trama principalmente a través de conversaciones, con la excusa de los dos extraños en Axedra convierte al lector en un tercer visitante. Conversaciones que por suerte están bien escritas y no crean la sensación de estar leyendo un largo diálogo con dibujos de acompañamiento. Los tiempos están bien calculados y las conversaciones duran lo que deben durar, sin miedo a cortarlas o acudir a la elipsis. En cierto sentido, Helmut y Onur, guiados por Sulmi e Inma, se mueven por Axedra como lo hacían Guillermo y Adso por la abadía de El nombre de la rosa. Todo con el añadido del último tramo del cómic, donde Diego Agrimbau apuesta por sorprender y aunar la épica con un final tan original como sorprendente.

Por último no estaría de más detenerse en el trabajo artístico de Fernando Baldó, que consigue aunar unas figuras humanas realistas, con un toque ligeramente caricaturesco, con unas figuras artificiales igual de creíbles, con un diseño heredero del minimalismo más funcional. A esto hay que añadir un gran trabajo con los grises que dan profundidad al cómic y consigue que el dibujo funcione a diversos niveles. Desierto de metal es un cómic que debiera tomarse como ejemplo a la hora de trabajar con ucronías, dando a entender que lo maravilloso de crear un universo imposibles es poder visitarlo y conocerlo, no simplemente cambiar el fondo para contar la misma historia una y otra vez.

@bartofg
@lectorbicefalo