Once upon a time in Vietnam

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Holy Dragon Imperator (Nguyen My Anh, Nguyen Thanh Phong y Nguyen Khanh Duong). Dibbuks y Amok Ediciones, 2018. Rústica, 160 págs. B/N, 16 €

Esta más o menos claro que el cómic se ha convertido en los últimos años en un gran vehículo para hablar de la historia de los pueblos, no solo por la capacidad de sintetizar que necesita sino porque la vertiente visual del medio nos permite sumergirnos en las estéticas de los diferentes países. A diferencia del cine, que se vale más del icono estereotipado que pueda ser reconocido por todos los públicos, el comic permite profundizar mucho más en estos aspectos. Otro factor que ha favorecido a este medio sobre otros es la llegada a las librerías de multitud de obras de diferentes culturas que nos permiten adentrarnos en su idiosincrasia, por su lado el cine o la televisión son mucho más reticentes a programar obras ajenas al ámbito eurocéntrico.

Si bien el lector español ha podido adquirir y leer obras de casi todo oriente van quedando algunos países que empezamos a descubrir cómo Vietnam. Creo que no hay mejor obra para empezar este recorrido por una nación que en nuestro imaginario está lleno solo de guerra y colonización. Nuestras ficciones es lo que tienen, solo cuentan como importante aquello que protagonizamos nosotros convirtiendo el resto en algo anejo. Holy Dragon Imperator tiene dos factores para valorar su importancia, el primero es Phong, el dibujante, el más importante del país y el que más reconocimientos ha tenido fuera de su país. Es importante que la primera toma de contacto con los cómics vietnamitas se haga con un autor de este tipo, mostrándonos lo mejor y no con alguien que haya tenido un éxito puntual. El segundo factor es el tema de la obra, en este caso la vertiente histórica conectando dos periodos de su historia, presente y pasado.

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El nexo de unión es una niña que sostiene una leyenda griega por la que un tipo determinado de niños almacena en su memoria la historia de todo lo que ha vivido esa comunidad a lo largo de su evolución. La niña protagonista se convierte en el nexo de unión entre el presente y 1279. Por un lado la Vietnam moderna que aúna lo rural y más tradicional y lo urbanita como una especie de occidentalización adaptada que tiene en los centros comerciales su mayor imagen de representación. Una señora mayor que parece lleva buscando desde hace tiempo encuentra a la niña y a su madre, esta desea explorar ciertos momentos de la historia de Vietnam. Concretamente el momento en el que los mongoles intentaban inventar el país. Por medio, o mejor dicho, para narrar ese momento utilizan el secuestro de la hija de un jefe de distrito que está a punto de casarse. Esto despliega una serie de narrativas entorno a las forma de vida de ese momento, la vida en el campo, en la ciudad, cuestiones políticas y de clase social.

Holy Dragon Imperator es un cómic notable que utiliza lo histórico desde la ficción de manera muy amena, nada de recargar datos para comprenderlo todo, como suele suceder las tramas son universales, aunque el contexto no lo sea. En cuanto al dibujo nos encontramos con la evidente influencia el manga, que ha marcado la estética de gran parte de los tebeos de extremo oriente, pero con una identidad propia. Este es el primero de 5 volúmenes, en esta entrega se marca un ritmo moderado de narración que ayuda a profundizar en la lectura y en acostumbrarse a los estereotipos locales. En definitiva, es una obra para aquellos que disfruten tanto explorando nuevas fronteras geográficas del cómic como para aquellos que tengan interés en la historia de países de extremo oriente, pero sobre todo para descubrir una forma de contar y a un gran autor.

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GenPet (Damián y Alex Fuentes)

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GenPet (Damián y Àlex Fuentes). Dibbuks, 2018. Cartoné, 112 págs. Color, 25 €

El cómic infantil y juvenil se basa en ciertas fronteras tanto de carácter temático y estético. En el primer caso el hablar de un tema u otro puede ser complejo, por no decir difícil, y debe de ser tratado a través de un filtro en el que el lenguaje tiene un papel preeminente, y que se tiene que reflejar en un tipo de dibujo muy concreto. Esto último se concreta en dibujos de carácter redondeado y con colores claros. Entre todo eso hay un factor principal: el no tratar a los jóvenes lectores como idiotas. Esa es posiblemente la frontera más importante de todas, equivocarse ahí puede llevar al traste una buena idea.

En GenPet, Damián y Àlex Fuentes, conjugan todos esos elementos tratando temas tan complejos como la corrupción, la violencia, la muerte, y la idea de venganza; pero también trata de la familia, el afecto, el amor y la amistad. Así en principio podría parecer un cóctel harto difícil para este tipo de público, pero la sencillez, que no simpleza, con la que los autores tratan estos temas es ejemplar. Todo esto se articula a través de una historia en la que las nuevas tecnologías y la ingeniería genética juegan un papel importante. Nat, hijo de unos potentados americanos, viaja a China con sus padres para comprar una mascota creada por unos científicos, en el camino de vuelta el padre es secuestrado y el niño, con su nuevo amigo, se pierden.

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A lo largo de los dos volúmenes que componen este integral, el niño crece, madura y empieza a ver que es capaz de resolver problemas por sí mismo, y de paso se enamora. En ese sentido el relato es muy efectivo, por su lado el apartado gráfico es brillante y dinámico, los escenarios son complejos al igual que el trasfondo de los personajes. GenPet es en resumen de esos trabajos más que recomendables para los pequeños, y no tan pequeños, de la casa tanto por el enfoque temático como por lo atractivo del dibujo, que dicho sea de paso, sería una gran serie de animación.

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El Spirou perfecto

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La mujer leopardo (Olivier Schwartz y Yann). Dibbuks, 2018. Cartoné, 128 págs. Color, 22 €.

Dupuis ha entendido muy bien el valor icónico de los personajes que se amparan bajo su paraguas editorial y que para que estos sigan funcionando económicamente de vez en cuando hay que darles un giro, o al menos dejar que ciertos autores revisiten al personaje poniéndolo en situaciones ajenas al canon prefijado. El ejemplo más claro de esto es “Una aventura de Spirou por….” en la que se dan ciertas licencias tanto a nivel estético como narrativo. Algo que aparte de ser que funciona en un aspecto creativo dando oxígeno a unas narrativas longevas permite la entrada de nuevos lectores a la colección regular. Se trata de relatos más cerrados y, por lo general, con menos capacidad de continuidad que los cómics de la franquicia.

De todos los autores que han pasado por esta iniciativa creo que los que más rendimiento le han sacado a Spirou como icono del cómic franco belga son el duo compuesto por Schwartz y Yann, pero eso sí, dotando de continuidad, no narrativa pero si de trasfondo de personajes al relato. En el caso nos encontramos con un relato que continua El botones de verde caqui poniéndonos en antecedentes sobre la situación emocional de este joven trabajador de hotel. Aun así, el elemento de continuidad viene dado por el contexto sociopolítico de una Bélgica que sale del periodo de ocupación nazi. Eso da pie a una lectura sobre el colaboracionismo, el relativismo del gobierno estadounidense con los genocidas alemanes, poner en duda la valía intelectual de Sartre, y hacer referencias visuales a otros personajes del tebeo francobelga.

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En este volumen no solo veremos la Bélgica continental sino la colonial, aquella que fue maltratada por Leopoldo II, allí se desarrollará la segunda parte del relato, en realidad es un segundo álbum que lleva por nombre El señor de las hostias negras. La excusa para tal viaje se inicia en Bruselas cuando la mujer leopardo que da título al volumen inicia la búsqueda de un tótem sagrado para su comunidad que ha sido partido en dos. Por el camino se verán involucrados, como no, Spirou y Fantasio que les llevará Francia hasta toparse con la intelligentsia parisina. En esa primera parte los autores se muestran críticos con una gauche divine alejada por completo de los problemas reales que azotan al resto de conciudadanos. La segunda parte, que transcurre en tierras africanas nos encontramos con un sosias de Mobutu Sese Seko con aspiraciones dictatoriales en toda África a costa de destruir occidente.

La historia cumple por completo con el relato de aventuras, de hecho, podríamos equipararlo con cualquier obra de Haggard en cuanto a emoción y acción. En ese sentido se trata de un relato trepidante que no para en ningún momento y que todavía registra, no sin cierta sorna, el reflejo del racismo inherente en la Europa colonial, sin jugar al típico elemento maniqueo de carácter racista, pero si por la construcción de los personajes nativos. Se representan como sociedades establecidas, las cuales no son juzgadas y si plasmadas por los autores.

La mujer leopardo es uno de los tebeos más emocionantes que he leído en los últimos años, si estuviésemos hablando de cine diríamos que es el blockbuster perfecto. Engancha desde el primer momento, la narrativa está escrita para enganchar al lector, apenas hay tiempos muertos, los personajes tienen la profundidad suficiente y un pasado mucho más allá de la planicie del personaje franquiciado, los secundarios son de lujo y no hacen más que sumar valor al relato, etc… en resumen, que lo tiene todo. A eso hay que agregarle el valor del comentario cultural en la utilización de todo tipo de referentes sin abandonar cierto toque pulp de villano que nos cuenta su plan para destruir el mundo en su primera aparición. El volumen en su conjunto es una maravilla, obra de dos autores en estado de gracia que saben con qué elementos jugar sin perder la esencia de los orígenes.

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Spain is Pain #323: proxémica.

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Siete sitios sin ti (Juan Berrio). Dibbuks, 2018. Cartoné, 112 págs. Color, 18€

Juan Berrio es uno de esos autores que es un secreto a voces, uno de los pocos que sabe mantener un equilibrio, fundamental para la narración, entre los espacios y los personajes. A veces a uno le cuesta decidir en cuál de estos dos aspectos focalizar la lectura. Las localizaciones en su trabajo constituyen quizás el rasgo más importante de su obra, por ahí transitan sus personajes ficcionales, a través de estos podemos saber más de ellos, de su forma de entender el mundo, y como se sienten a través de esa relación con el espacio. Pero es en la proxémica entre estas dos características donde los personajes revelan sus verdaderas intenciones, principalmente hacia ellos mismos.

Sietes sitios sin ti es un relato sobre las ausencias que están presentes en todo momento. Los espacios suponen, o deberían de hacerlo, una superación de estos vacíos que se traducen en una serie de carencias emocionales que se deben de ir sobreponiendose poco a poco. Elena la protagonista articula esta superación a habitar diferentes espacios que le tienen que ir aportando otros tantos estados emocionales. La historia que plantea Juan Berrio es la de una separación de pareja contada desde el punto de vista de ella y de cómo los sitios que habita de manera fija o temporal condicionan un cambio de mentalidad en ella.

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Los grandes ausentes del relato son los hombres; Jorge y un amigo de Elena, el primero no está físicamente, pero todo el mundo le recuerda a Elena su presencia. Este la ha abandonado sin esbozar ningún motivo aparente, simplemente ha dejado de ir a la casa que comparte con la protagonista y esta decide irse a un lugar nuevo que no le recuerde a su pareja. Pero la opción de Elena no es la de recordar eternamente a Jorge, ni idealizarlo; esa hubiese sido la opción más sencilla por parte del autor, crear un relato sobre la memoria del personaje desaparecido para que el lector lo reimagine para encontrárselo en el capítulo final. Aquí aparece como un remedo de la pareja perfecta, atento y con recursos, pero que funcionan más a modo de palanca secreta que abre el corazón de la protagonista más que por un sentimiento real. Por otro lado, el amigo, que quiere conquistar a Elena en ese momento de ruptura, se presenta, también, como una pareja perfecta y atenta. Ambos son un constructo, no una realidad, una idealización de los nuevos hombres nuevos no real sino idealizada por ellos mismos. A pesar de ello Elena sigue con una búsqueda personal a través de los espacios.

Juan Berrio lejos de mostrar un momento crucial en la vida de una persona como algo cargado de rabia o pasional decide dejar fluir la narrativa. Hay cierta languidez en la concepción de los personajes que se conjuga con unos colores apagados unos espacios definidos, pero con una cierta mirada etérea hacia estos para incrementar la sensación de paseo entre las nubes por la que camina Elena. La obra, que al menos en principio, puede parecer que se encamina hacia la tristeza de la persona abandonada se convierte en un camino que conduce a un punto cero de descubrimiento personal. Por el camino nos encontramos con el arte de Juan Berrio un autor de cómics único capaz de hacer que el lector se sumerja en los espacios y navegue con los personajes.

Otras obras de Juan Berrio reseñadas:

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Spain is Pain #321: El tabú eterno

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FRANK. La increíble historia de una dictadura olvidada (Ximo Abadía). Dibbuks, 2018. Cartoné, 48 págs. Color, 16€

La Guerra Civil y sus consecuencias siguen siendo un tema delicado en nuestro país la rotura que se produjo en ese momento no ha sido suturada sino remendada hasta encontrarnos el panorama actual. Normalmente los cómics publicados en España por autores nacionales sobre el conflicto giran en torno a situaciones muy concretas: batallas, personajes anónimos o relatos con forma de reportaje. Pero pocas veces se centra en las personas que protagonizaron el conflicto y mucho menos en la figura del dictador. Franco es la representación univoca de un régimen que enterró a España durante cuarenta años con un sepelio que dura hasta nuestros días. Los totalitarismos se significan a través de los individuos que subyugan a la población y valen tanto para que aquellos acólitos se vanaglorien de sus acciones como para ser objeto de protesta y mofa por parte de todos aquellos que están en contra de este.

Por eso es complicado encontrar un punto en el que hacer una crítica seria, y también dura, en la que no se caiga en lo grotesco y en la descalificación barata. Los datos sobre la persona en cuestión los conocemos, los historiadores, tanto de un lado de otro, se han dedicado a desglosar la vida del dictador en diferentes biografías, y en muchos casos hagiografías. Sin embargo, siempre hace falta tener una perspectiva que se centre en retratar a personajes relevantes, para lo bueno y lo malo, desde la esencia de los mismos para así poder entender y comprender mejor quien era ese individuo en cuestión. Eso no implica ni ser simple ni reduccionista, en todo caso abreviar a través de elementos que definan a través del signo más que mediante la palabra.

Ximo Abadía consigue quedarse en esa naturaleza del personaje en un libro con muy poco texto en el que la imagen construye una idea sobre el dictador que queda al libre albedrio del lector. Eso lo consigue sugiriendo página tras página e imponiendo el símbolo como un medio para erigir un discurso basado en lo puramente visual. Para ello también se ayuda del cuento infantil ilustrado como un formato que le permite contar sin tener que explicar de manera detallada. Todo de manera muy medida: los cuadrados, omnipresentes, para idealizar la mentalidad totalitaria, representar al protagonista como un niño con una gorra militar que siempre le va grande, un uso de los colores que busca acentuar los contrastes dentro de la página y mostrar la parte por el todo a partir del icono (bombas, soldados, personajes anónimos en la sombra, etc.)

Frank es, o tiene la apariencia, de un cuento para niños. Y ahí me surge la duda por lo polivalente de los recursos utilizados por el autor. Vale tanto para niños como para adultos la idea es acercar la historia reciente de España de una manera comprensible, poniendo al lector en la tesitura de entender esta obra como él quiera, reducirla a la mera ficción o ponerla en paralelo con la realidad como parte de esta. Desde un punto de vista adulto podría figurar como un artículo de opinión un tanto cómico, por reducir a un dictador a un niño con una rabieta eterna, pero no exento de cierta voluntad de denuncia que encierra en las últimas páginas: “Y 40 años después se sigue escuchando una palabra enterrada. Libertad”. Aparecen pocos textos en esta obra pero son tan contundentes que cada palabra es un golpe en la mesa. Resumiendo, la obra de Ximo Abadía es espectacular, sincero y certero, con este trabajo abre un frasco de las esencias que parecía muy difícil de destapar en el que podemos ver como se conjuga la amargura con la belleza de la poesía visual.

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Los mitos del Western

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Los Dalton (Olivier Visonneau y Jesús Alonso Iglesias). Dibbuks, 2017. Cartoné, 112 págs. Color, 22€

Para los nacidos antes de mediados de los ochenta el imaginario ficcional estaba arraigado algunos aspectos históricos recreados a lo largo del tiempo como son los romanos, vikingos, piratas y los vaqueros. La imaginación de los niños se alimentaba tanto de los hechos reales como de aquellos relatos que partían de la realidad pasada, así como de todas aquellas historias que la recreaban una y otra vez. De entre todas la que más lejos nos pillaba era la de los vaqueros, por distancia geográfica, que poblaron a sus anchas por el territorio estadounidense. En la exposición La ilusión del lejano Oeste, del museo Thyssen-Bornemisza, se hablaba de la perdida de lo liminal de un territorio que se expande a través de la voluntad humana. En un principio consistió en eso, más adelante se convirtió en una lucha del hombre contra el hombre y de ahí a la creación de las leyendas que ayudaron a construir un país.

Posiblemente a los no estadounidenses nos resultan mucho más atractivos los forajidos del oeste, aquellos que intentaron prolongar los días de conquista cuando el país norteamericano se encaminaba hacia un modo de vida más civilizado. Jesse James, Billy el niño o Clay Allison son algunos de los hombres más conocidos entre estos, quizás nos suene menos la Banda de los Dalton como personajes históricos reales que como los personajes de ficción creados por Morris para su Lucky Luke. Si bien los Hermanos Dalton son los apoyos cómicos de los protagonistas que escenifican a la perfección la vida de los forajidos huyendo una y otra vez de la justicia, la vida de los Dalton, lo reales, fue bastante más trágica. Estos empezaron trabajando como funcionarios de la ley, pero poco a poco y por las crisis continuadas en el nuevo país se fueron decantado por el robo y el atraco.

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La obra de Olivier Visonneau y Jesús Alonso Iglesias trata de representar esa caída en los infiernos que en realidad resulta ser la excusa perfecta para narrarnos la búsqueda de la libertad de unos personajes que viven inmersos en un sistema en el que los ricos, representados por los empresarios del ferrocarril, se aprovechan tanto de los territorios y los indios como los pequeños ganaderos y granjeros, dando lugar a una crisis a principio del último cuarto del siglo XIX. Eso es algo que es conveniente recordar, lo narrado en estas páginas a pesar de ser una interpretación libre de hechos reales, el trasfondo histórico se convierte en un protagonista inesperado. En la primera parte vemos como Frank, ayudante de alguacil es asesinado, esto supone un mazazo para los hermanos que en un principio deciden seguir con la labor de su hermano mayor, pero poco a poco ven que no van a poder prosperar con este tipo de trabajos a lo que hay que sumarle los problemas de clase con la clase alta incipiente. Esta primera parte es mucho más optimista que la primera in, llegando a dar la sensación que en algún momento cogerán un atajo que les conducirá a una redención y una posterior salvación. Algo que podemos ver al final de este primer bloque que no va a suceder. La segunda parte es soberbia; oscura y cruda, pero en ningún momento perdemos de vista la humanidad de los protagonistas: Grattan queda en un segundo plano, pero el binomio resultante entre Bob y Emmet funciona a la perfección. Con estos dos personajes se da rienda a un discurso sobre la esperanza y el futuro y la desazón y la incerteza del mañana.

Pero si por algo brilla Los Dalton es por la utilización de la estereotipia del western sin resultar cansina ni recurrir a los lugares comunes del género. Para los autores hubiese sido muy fácil desarrollar un western crepuscular por el periodo en el que tiene lugar; sin embargo, lo plantean como un relato ambientado en el momento de mayor apogeo del imaginario del forajido. La puesta en escena y los tiroteos son impecables, están en su sitio sin robarle protagonismo a los personajes y al desarrollo de los mismos. Así pues, nos encontramos con un tebeo del oeste en estado puro, perfectamente planificado que hará las delicias de los fans del género y que nos ayudará a conocer un poquito más la historia de las personas que hay detrás del mito.

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El mal que todos llevamos dentro

Camisa de fuerza (El Torres y Guillermo Sanna). Dibbuks, 2017. Cartoné. 112 págs. Color. 16 €

Hace poco leí por internet el argumento de una persona, no recuerdo el post, tweet o vídeo, en el que defendía el uso del término horror en lugar de terror porque el terror tenía que ser terrorífico, es decir, que tenía que dar miedo, lo que dejaba de lado todas las obras que se basan en lo horrible pero cuya función última no es asustar. Yo siempre defiendo el uso de horror sobre terror, aunque al final termino usando los términos de forma indistinta, pero me pareció un argumento más que afortunado. Creo que le di un me gusta o lo puse como favorito y se perdió en la vorágine de la red de redes. En todo caso me pareció más que remarcable, porque si lo reducimos todo al susto, al final lo único que tenemos es una atracción de feria construida en base a personas tras el quicio de la puerta esperando para dar un salto.

Así que prefiero el horror, porque permite continuar con las reglas y elementos del género sin tener que preocuparnos por los golpes de efecto, que siguen pudiendo estar más que presentes. De este modo se lleva a cabo uno de los procesos que más me gustan, la creación de mitología, la confección de un universo propio. Es como si las historias de terror se acabaran cuando mostramos lo que hay entre bambalinas: Fred le quita la máscara al vampiro de turno y nos muestra que es un agente inmobiliario que quiere desalojar a una pareja de ancianos. La magia y el horror se disipan, los sustos nos han alterado pero podemos volver a casa tranquilos. En el horror por contra, el mal es real y nunca es derrotado del todo, en su lugar cada vez lo vamos conociendo más, los tentáculos se alargan y aprisionan nuestra realidad haciéndonos cada vez más pequeños y débiles ante lo que hay al otro lado, viene de más allá del tiempo o se ha escapado de una prisión en otra dimensión.

Ese sentimiento de crecimiento continuo es lo que más me gusta del horror frente al terror, aunque sea una clasificación imperfecta surgida de un tweet furtivo. Y eso es precisamente lo que encuentro en Camisa de fuerza de El Torres y Guillermo Sanna, la promesa de un horror que no decrece, la constatación de una historia que se vuelve más compleja con cada página, haciendo que cada vez sea más complicado escapar de ese horrible cosmos que nos rodea sin que sepamos siquiera que existe. Esta dualidad a dos niveles permite a El Torres crear por un lado un escenario cotidiano donde cimentar su relato, para luego construir una mitología propia donde el horror tiene sus propias reglas y todo funciona de forma muy diferente pero con una coherencia interna inapelable. El planteamiento de Camisa de fuerza es sencillo de entender, una chica, Alex, está encerrada en un manicomio por algo tan simple como haber descuartizado a su hermano gemelo cuando eran pequeños. Frente a ella tenemos al clásico psiquiatra, que también esconde su pasado, empeñado en curar a la joven, frente a la retahíla de doctores que se limitan a drogar a la joven simplemente para que esté tranquila.

El problema, como todo buen lector ya sospechará, es que Alex tenía motivos para descuartizar a su hermano, motivos difíciles de explicar. Y aquí es donde el guión de El Torres coge vuelo y ya no para. Porque siendo sinceros, el valor de Camisa de fuerza no está en su punto de partida, sino en su desarrollo y en las pocas concesiones que se hacen al horizonte de expectativas del lector. En cierto sentido, la historia de Alex es la que hemos visto muchas veces, con un grupo de personas obligadas a creer en lo que no creen a pesar de una gran cantidad de pruebas, pero Alex no es la típica chica que busca que le crean, ella se conforma con conseguir que le dejen hacer su trabajo. Aquí es donde más brilla el guión del cómic, con un personaje tan bien escrito como Alex, una chica cínica y dura pero frágil al mismo tiempo, capaz tanto de soltar one-liners propias de una estrella del cine de acción de los ochenta, como de derrumbarse cuando percibe el fracaso como algo más que una posibilidad. Poco más se debe de contar para que el lector disfrute virginalmente de Camisa de fuerza, sólo remarcar el dominio en el guión de un personaje gris en el sentido más amplio del término, tan real que no cuesta querer o despreciar a Alex según su comportamiento y acciones.

Del trabajo gráfico de Guillermo Sanna remarcar la gran capacidad que tiene para trabajar a dos niveles. La mayoría de las páginas, en un blanco y negro absoluto, hacen que el universo real sea lo más verosímil posible. El hospital psiquiátrico donde ocurre el grueso de la acción es tan verosímil que casi se puede oler el desinfectante y se pueden oír las toses de los pacientes. El espacio está representado de una forma tan creíble que eso sólo consigue que las páginas que podemos llamar rojas sean aún más violentas y oníricas. Guillermo Sanna apuesta por un dibujo más suelto y violento para representar lo que hay más allá de lo visible. Dicen que Camisa de fuerza tiene lugar en el mismo universo que El velo, una obra anterior de El Torres, como resumen de este cómic sólo diré que tengo unas ganas locas de leer la anterior obra y conocer más sobre ese universo que sólo percibimos por el rabillo del ojo.

@bartofg
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