Short Cuts

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Balas perdidas Vol. 3: Otra gente (David Lapham). La Cúpula, 2019. Rústica, 260 págs. B/N,  19,90 €

Lapham define como característica principal de Balas Perdidas las vidas cruzadas de los diferentes personajes. Tanto los recurrentes como de aquellos que tienen mayor protagonismo en los diferentes relatos que componen este fresco de los Estados Unidos de la década de los noventa. Aunque esa acotación temporal es una referencia en la que podemos ubicar principalmente dichos años, pero se define como un cronotopo en el que caben todos los estereotipos y momentos del relato negro, desde el oscuro jolgorio del Hollywood clásico a los espacios áridos que empiezan a poblar este tipo historia a finales de siglo. En Balas perdidas cabe todo eso.

Pero retomando la idea principal, este tercer volumen recopilatorio recoge ambos principios a la perfección, pero sirve, principalmente, para ilustrar la primera. El planteamiento narrativo difiere del de otros volúmenes en el reparto variable de la jerarquía de los personajes. Algunos de estos aparecen como secundarios en los primeros relatos y se convierten en protagonistas en otros, o se inicia su historia y finaliza en otros. Un sistema de relatos entrelazados por unos seres que parecen tener vida propia y que van cambiando en función de donde los sitúe el autor. Pero la idea no es tanto mezclar a unos personajes con otros sino dotarles de vida. Como todos los lectores de Balas perdidas sabemos muchos de estos son individuos que viven una doble vida, por un lado llevan una vida de tipos grises pero en el fondo ansían una vida llena de emociones, mujeres, sexo, drogas, etc. Sin embargo, cuando consiguen lo que quieren se arrepienten ya que no son capaces de revelar su verdadero yo;  enfrentarse, principalmente, a su mujer en dicho desenmascaramiento.

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A diferencia de otros volúmenes de este título en los que Amy Racecar tiene un gran protagonismo, en este su aparición es tan solo anecdótica en un relato sobre intrigas sexuales y asesinatos en el Hollywood de los cuarenta-cincuenta. Posiblemente sea uno de los volúmenes más interesantes de Balas perdidas, el juego que establece no solo con el espacio, el mismo en cada una de las entregas, el cronotopo de la América eterna de la segunda mitad del Siglo XX, y el juego entre personajes que van cambiando su rol en cada una de las historias hace que el lector tenga que hacer una lectura más atenta, volver a capítulos anteriores para hacer encajar todo. Como un crimen sin resolver.

@Mr_Miquelpg

@lectorbicefalo

El lugar es el relato

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Balas perdidas 2: en algún lugar del Oeste (David Lapham). La Cúpula, 2019. Rústica, 268 págs. B/N, 19,90 €

La definición de espacios en el relato negro es tan fundamental como trabajar con los personajes prototípicos del género. Desde los rincones más oscuros  o los antros de la ciudad a aquellos pueblos de la América profunda, muchas veces alejados de la oscuridad, que se rigen a partir de sus propias reglas y normas. Este último rasgo puede ser adaptado en función de los parámetros culturales de la localización. De ahí la importancia de crear un espacio que funcione a modo de universo con sus propias normas, que tenga una mitología propia y personal y que los personajes que pueblan esos espacios giren en torno a todos estos elementos.

Para el segundo gran arco argumental de Balas perdidas Lapham nos pone frente a uno de esos espacios inevitables del género negro, el pueblo aislado en mitad de la nada con una población un tanto particular. Es un pueblo que vive alrededor de dos elementos, por un lado una vaca de 5 patas que es la mayor atracción del pueblo y por la que de vez en cuando algún turista se deja caer por ahí; el segundo, es que a pesar de vivir en el interior del oeste estadounidense tienen un paseo marítimo para el día en que la falla de San Andes colapse toda la costa y ellos se queden en primera línea de mar. Elementos que ninguno de los habitantes de Seaside cuestiona.

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El punto es cuando un grupo de personajes, en este caso los protagonistas, llega a ese pueblo huyendo de unos traficantes a los que les han robado un alijo de cocaína. Estos nos servirán al lector de enlace para ver de manera crítica a los habitantes de ese pueblo, pero al ser ellos los foráneos destacarán  en un contexto en el que la perversión local, al ser asumida, resalta de la de este trío de fugitivos. Lapham se apoya en una narrativa cronológicamente fragmentada para relatar diferentes momentos de esa relación entre un pueblo abducido por su propia mentira y un grupo de personajes urbanos que desconfían de sí mismos y que intentan moldear a su nuevo entorno como una forma de protegerse de cualquier amenaza exterior.

Balas perdidas de David Lapham fue en su momento un giro definitivo a ese cómic independiente que bebía de los géneros canónicos pero actualizando algunos de los temas y los estereotipos del mismo. En el caso de este volumen se trata de darle esa importancia a los espacios, renovados, sí, pero respirando del aire decadente de estos lugares, algo que el autor estadounidense retrata a la perfección. Una colección imprescindible en cualquier comicteca.

@Mr_Miquelpg

@lectorbicefalo

No puedes salvarlos a todos

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Batman: Ciudad del crimen (David Lapham y Ramón Bachs). ECC, 2015. Cartoné. 288 págs. Color. 28,50 €

DC y Marvel no son para nada comparables. Esto quizás se deba a la diferencia de edad de ambas editoriales, o más que a su edad real al momento en el que se implantaron entre el gran público. Pues poco tiene que ver la sociedad de finales de los años treinta y la de principios de los sesenta del pasado siglo. Mientras DC construyó un panteón de modernos dioses, con personajes que parecían identificarse con valores concretos como los dioses griegos; Marvel configuró a seres extraordinarios que sobresalían entre iguales, creaciones que en lugar de ser un ancla atemporal también tenían que soportar los envites de la historia. Después es cierto que ambas editoriales tienen un arquero y un tío que corre muy rápido, del mismo modo que las dos se pierden en sagas y cronologías que parecen tener como único fin expulsar a actuales y potenciales lectores. Pero mientras el Capitán América llora ante los restos de las Torres Gemelas, Batman surca las calles de Gotham, una ciudad que no cambia, inmutable en su oscuridad y criminalidad.

En base a esto, creo que los personajes de DC funcionan mejor en sagas puntuales, en historias construidas como fábulas clásicas puestas al servicio de los grandes relatos que son sus héroes. Narraciones como All Star Superman son un recordatorio de esto, de que Superman es más el reflejo del poder que todos tenemos dentro, esa fuerza descomunal que nos invita a sacrificarnos y ayudar a los demás; así como Batman nos recuerda que el mundo está deseando que fracasemos, algo que terminaremos haciendo por lo que no tenemos más remedio que levantarnos. En cierta medida esto es lo que se recoge de la lectura de Ciudad del crimen, el tomo de Batman que recoge la etapa que el guionista David Lapham realizo sobre el caballero oscuro, todo con la inestimable ayuda de los lápices de Ramón Bachs. David Lapham es sobre todo conocido por su serie propia Balas perdidas donde aúna como pocos la serie negra más pura con el drama más cotidiano, algo que le convierte en el guionista perfecto para Batman, pues no olvidemos que no deja de ser el mejor detective del mundo.

En Ciudad del crimen nos encontramos dos líneas que avanzan de la mano en perfecta armonía: una trama criminal y la reconquista emocional de Gotham. La trama criminal funciona como un tiro, con un Lapham que sabe gestionar la información y el tono a la perfección, consiguiendo un relato de género que nos mantiene pegados al cómic en todo momento: parece que alguien está secuestrando adolescentes embarazadas para matarlas y vender a sus bebés, algo que Batman no está dispuesto a permitir. Pero al mismo tiempo, parece que el cerebro tras la trama criminal es algo más oscuro y misterioso de lo que debería, llegándose a convertir en una fuerza pulsante que quiere hacerse con toda la ciudad en un sentido literal. Este segundo nivel coloca a Batman en un sentido más abstracto en su rol de justiciero urbano, pues no todo se resume en lanzar bombas de humo y atar a los criminales, llegando incluso a tener que redefinir su papel como Batman y su relación con Gotham.

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En cierto sentido, Ciudad del crimen recuerda al cómic The Cult, donde el guionista Jim Starlin juega a un nivel interno con Batman enfrentándolo más al propio Bruce Wayne que a sus enemigos externos. Por si esto fuera poco, David Lapham consigue algo tan difícil como dar humanidad a Batman sin necesidad de romperle la columna vertebral o convertirlo en un psicópata fascista, con algo tan sencillo como el fracaso. La fuerza motriz que mueve Ciudad del crimen no es otra que la culpa, ya que Batman intenta acabar con la red criminal no por salvar a Gotham, si no por purgar el pecado de otras vidas que no ha podido salvar, intentando conmutar errores pasados con victorias futuras. Desgraciadamente, este conteo no es tan eficaz y las vidas que salva Batman no acaban con la culpa, algo que se suma a ese nuevo Gotham que va devorándolo todo, consumiendo la poca humanidad de la ciudad.

Por suerte, David Lapham consigue que la parte más mítica o panteista de Ciudad del crimen no se coma a la trama criminal, que se mantiene perfectamente estable sin caer en ningún momento en las estructuras clónicas del género. Para decirlo claro, David Lapham consigue que lo poético no caiga en la pedantería, ni que lo pragmático esté  vacío de sorpresas. Así que aunque personajes como el Pingüino y Mister Frío pueblen las páginas de Ciudad del crimen, los gadgets imposibles funcionan de forma orgánica con la  corrupción política y ese extraño ente conocido sin más como el Cuerpo. Esto se ve reforzado con el dibujo de Ramón Bachs, que sobre los bocetos de Lapham consigue un acabado realista pero lleno de intensidad, consiguiendo un verismo notable sin tener que descartar los usos dramáticos de las sombras y los colores que un cómic de Batman exige.

Obras como Ciudad del crimen son las que configuran las leyendas de los grandes héroes, consiguiendo que Batman sea más Batman que nunca, y haciendo que el propio personaje sea una extensión de Gotham, un territorio donde el crimen es real, tanto entre los supervillanos como con los rateros y violadores de tres al cuarto. Batman no es la cura de Gotham, es un simple anticuerpo luchando contra una infección quizás demasiado poderosa.

@bartofg
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