Muerte a la nada

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Big Baby (Charles Burns). La Cúpula, 2017. Rústica, 108 págs. B/N, 16,90€

De Los cuadernos de Esther  de Riad Sattouf a Plutona de Jeff Lemire y Emi Lenox pasando por Piruetas de Tillie Walden, Leñadoras de Noelle Stevenson, Shannon Watters, Freezer de Veronica Carratello o Tiempo de canicas de Beto Hernández , son relatos que tienen como elemento central la adolescencia desde diferentes puntos de vista. Todas tienen en común que ha sido publicadas en un periodo de tiempo breve y recientemente, cada una de ellas nos aporta una perspectiva sobre ese momento de la vida que van desde la perspectiva documental, la aproximación de género, la nostalgia o la idealización de esos años por parte de los autores. Pero todas coinciden en elaborar una representación de la adolescencia como un constructo en el que el descubrimiento personal y la necesidad de proyectar la vida interior en una social se convierte en algo fundamental.

En eso difiere Charles Burns en su Big Baby en el que un preadolescente impone su realidad subjetiva a la objetiva, posiblemente por la incapacidad que este tiene para relacionarse con los que le rodean. Este filtra el mundo a través de las ficciones que recrea en su mente y con las que suplanta cualquier atisbo de realidad. El problema que los textos que le sirven para articular el mundo objetivo son los cómics de monstruos y las películas de Serie B lo cual hace que todo se distorsione ante sus ojos, y como no ante los nuestros. Pero eso no sirve de otra cosa que de un medio catalizador para mostrarnos una representación crítica de las urbanizaciones de los extrarradios estadounidenses.

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Burns se centra en los efectos colaterales de la “normalidad” declarándole la muerte a la nada que esta supone. Tony, el niño protagonista, es en esencia un inadaptado social pero que en su visión periférica de su entorno es capaz de captar los elementos que están podridos: los maridos maltratadores, los asesinos de niños, las relaciones sexuales entre adolescentes, etc. Todo lo que rompa con su rutina de fantasía se convierte en algo perverso y sucio, pero también en un misterio que resolver. En ese sentido Tony a pesar de ser un cobardica le puede la curiosidad, el peligro y la posibilidad de una muerte; eso, y el resolver el misterio es lo único que mantiene alerta al protagonista.

En esta edición integral remasterizada se incluyen todas las historias protagonizadas por Tony: Big Baby, La maldición de los hombres topo, La plaga juvenil y Club de Sangre. Relatos publicados originalmente de forma dispersa que mantienen la unidad a partir de la definición de los espacios: oscuros y tenebrosos, incluso el hogar familiar no está exento de un posible horror futuro agazapado en alguna sombra para asaltar a Tony en cuanto llegue la noche. Big Baby es una antología que recoge la esencia de Burns en cuanto al tratamiento del tema central: la vida cotidiana de los americanos y la estandarización de la misma hasta convertirse en una rutina que conduce a la nada un virus mortal que mata la individualidad y la espontaneidad de las personas, y basándose en eso Burns construye metáforas sobre el american way of life como nadie. Bajo esa perspectiva podemos entender el miedo que Tony siente por el mundo exterior.

@Mr_Miquelpg

@lectorbicefalo

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Viejo corazón y nueva mente

toxico 001Tóxico (Charles Burns). Random House Mondadori, 2011. Cartoné. 64 págs. Color. 17,90€

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La colmena (Charles Burns). Random House Mondadori, 2013. Cartoné. 64 págs. Color. 17,90€

En el prólogo de la edición española de Señores del caos, Javier Calvo defiende la idea de que el black metal fue la última vanguardia artística, algo lógico si comparamos el devenir de estos jóvenes noruegos con los actos de los surrealistas en París, en cierto sentido, la juventud de Luís Buñuel en París poco tiene que envidiar a la quema de iglesias de Varg Vikernes. Pero no sólo murieron las vanguardias durante los noventa, ya que en la misma época nos encontramos al que quizás ha sido el último movimiento artístico articulado y transversal, la nueva carne. Desde principios de los ochenta hasta los últimos coletazos del siglo, autores como David Cronemberg, Clive Barker o Charles Burns crearon un corpus artístico y filosófico donde el humanismo más extremo se convertía en un charco de sangre a los pies del futuro. Pero tanto el black metal como la nueva carne, e incluso otras tendencias igual de interesantes, como el cyberpunk, no tardarían mucho en morir. El presente se comió el futuro, los smartphones tomaron el papel de los implantes cibernéticos, el porno amateur se convirtió en la expresión máxima del cuerpo humano, y Lady Gaga, por alguna extraña circunstancia, es considera extrema y provocativa.

Pero del mismo modo que De Mysteriis Dom Sathanas de Mayhem sigue siendo un disco que tiene mucho que decir, la lectura de Agujero Negro de Charles Burns es un acto obligatorio para cualquiera que quiera saber que significa ser humano, cambiar y sobrevivir a pesar de su propio cuerpo. Aunque no se debe olvidar que más allá de Agujero Negro, Charles Burns tiene una notable, aunque no muy numerosa, producción artística. En este sentido, la actual trilogía que está  desarrollando, la cual se inició con Tóxico en 2010, para continuar con La colmena en 2012, y cerrarse este otoño con Cráneo de azúcar, de próxima publicación en el mercado español, es un perfecto ejemplo. Afortunadamente para cualquier lector conocedor de la obra de Burns, la trilogía iniciada con Tóxico mantiene por un lado suficientes elementos como para seguir recorriendo el universo personal de su autor, sin dejar de lado nuevas propuestas e ideas que expanden su discurso.

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La historia de Doug, un joven aspirante a artista, se engloba dentro de la iconografía más pura de Charles Burns y la nueva carne, pero yendo un paso más allá haciendo constancia de que el cuerpo no es la única fuente de problemas, incluyendo la mente en ese discurso. Hasta ahora, el cuerpo se había vendido en la obra de Burns como un obstáculo, como un lastre que impedía que la mente, donde realmente residía el ser humano, pudiera expandirse. En Tóxico y La colmena no encontramos eso, pues en este caso la mente es lo problemático, no como peso muerto, sino como un laberinto de espejos y humo que no nos deja avanzar. Así que si el cuerpo nos lastra y la mente nos engaña, ¿en qué podemos confiar?

La estructura de Tóxico y La colmena es tremendamente simple, chico conoce a chica, sin embargo, al jugar con planos superpuestos y utilizar la elipsis como herramienta continua, el lector se encuentra en una carrera continua a la búsqueda de respuestas. Todos queremos saber que pasó exactamente entre Doug y Sarah o por qué Doug tiene ese vendaje en la cabeza y qué es ese mundo donde un álter ego mezcla de Doug y Tintín intenta sobrevivir. Por desgracia para nosotros, cada respuesta nos presenta dos o tres preguntas nuevas, lo que va complicando cada vez más el relato, añadiendo más y más capas a la historia. Cuando una escena parece arrojar algo de luz entre Doug y Sarah, nos damos cuenta de que lo que realmente sucede es que se abre un gran interrogante sobre la relación del protagonista y su padre. Como es lógico, este desarrollo puede desembocar o en una resolución de todos los conflictos o en una amalgama de caos donde todo quede abierto. La resolución total es difícil conociendo la obra de Charles Burns, aunque seguramente no sea necesaria, ya que si aprendemos algo con el camino transitado en Tóxico y La colmena, es que todos tenemos problemas del mismo modo que todos desconocemos las respuestas.

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A falta de conocer el tercio final de la obra de Charles Burns, es difícil decir a que altura quedará su trabajo, ya que aunque de momento el recorrido es un tour de force fuera de toda duda, queda por saber que gusto final dejará Cráneo de azúcar. De momento no se puede negar que las varias líneas que se abren al rededor de Doug presentan un recorrido de lo más estimulante, desde su vida como joven artista y amante hasta su existencia como reflejo oscuro de Hergé, donde la línea clara francobelga se aúna con un universo tan incierto como asfixiante. En cierto modo, la trilogía de Charles Burns es un paso más en el desarrollo de la nueva carne del mismo modo que lo fue la película eXistenZ de Cronemberg, pues aunque la ruptura del cuerpo físico esté cada día un poco más alejada del imaginario colectivo, la fractura y descomposición de nuestra mente, y por hende de nuestro mundo, es un pulso cada día más fuerte y seguido.

@bartofg
@lectorbicefalo