Fantasía y violencia


We Stand on Guard #1 (Brian K. Vaughan, Steve Skroce y Matt Hollingsworth) Planeta Cómic, 2017. Grapa. 40 págs. Color. 2,95 €

Creo que me arriesgo a ser un pesado. Lo del posible riesgo y la creencia son una mera disculpa, ya que estoy completamente seguro de ser un pesado. Pero es así, para mí no existe heroísmo personal sin fascismo, de igual modo que no existen los héroes colectivos sin comunismo. La heroicidad es algo totalmente ajena al día a día y cuando se da siempre e inexorablemente hace referencia a un estado radical del espectro político. Distinto es si hablamos de sacrificio, que aunque se pueda representar de forma parecida al heroísmo es precisamente su némesis. Y aunque el heroísmo es una gran herramienta artística para hablar de un concepto o admirar una imagen aislada, el heroísmo siempre ganara la partida de la ficción y de la narración. Porque el sacrificio se limita a un gesto noble, del cual podemos estudiar los antecedentes y consecuencias, pero nuestro héroe desaparecerá para entregar su vida a algo mayor, más grande. El héroe heroico por su parte vivirá para luchar otro día, y a ser posible acabar por el camino con todos los enemigos que pueda. No nos engañemos, la violencia vende y gusta, pero si lo hace es porque divierte.

Alguno podrá defender que me equivoco, que un bombero es un héroe que se sacrifica todos los días al margen de la violencia. Eso es totalmente cierto, pero sólo contaremos la vida de un bombero si muere en un incendio, sólo lo convertiremos en un héroe real si realiza el sacrificio último. El héroe que se sacrifica se consume físicamente, el héroe que lucha puede volver a casa, no siempre, aunque traiga secuelas de diverso tipo y no vuelva a ser el mismo. Por eso la mayoría de las narraciones antibélicas se centran precisamente en acabar con el glamour del combate, eliminando esa pátina de heroísmo. Pero aunque una y otra vez seamos conscientes del fascismo inherente al combate, siempre volvemos a seguir a un nuevo héroe, porque divierte, porque entretiene, porque a su modo apela a algo más grande. Esto sucede con el primer número de We Stand on Guard de Brian K. Vaughan y Steve Skroce, una historia llena de violencia y acción, pero sobre todo llena de heroísmo. En las pocas páginas que componen la primera entrega, Brian K. Vaughan nos enseña a personas que luchan y recurren a la violencia, que creen su vida superior a la de otros por los simples hechos de que tienen derecho a la venganza y de que su lucha es justa.

El escenario de We Stand on Guard no podría ser más atractivo, en un futuro, dentro de algo más de 100 años, donde Estados Unidos ha invadido Canadá y una mínima resistencia trata de expulsar al invasor. Poco más sabemos, Brian K. Vaughan escribe un prólogo magistral en unas pocas páginas en las que define sin ningún problema el tono y el pasado de sus protagonistas. El resto del número son un grupo de personas hablando en la nieve y pegándole tiros a unos robots que parecen haberse fugado de Boston Dynamics. Pero claro, Brian K. Vaughan no es un guionista cualquiera y sabe como pocos darle la vuelta a cualquier planteamiento mil veces manido para darnos algo nuevo. En We Stand on Guard lo consigue, con la misma historia contada mil veces es capaz de atraer al lector y hacerle ver que se encuentra ante algo nuevo, la evolución de la serie a lo largo de sus seis números nos dirá si este comienzo tan alentador es reflejo de algo más. En todo caso a mí ya me tiene atrapado con esta historia de enfrentamiento entre dos vecinos.

Por si parte, no podemos dejar de lado el trabajo gráfico de Steve Skroce, artista que ha virado varias veces entre el cómic y el cine, como artista de storyboards, con un estilo que podría definir como perfecto para el cómic de acción sin necesidad de recurrir a ninguna locura a la hora de dibujar o plantear las páginas. El trabajo gráfico de Steve Skroce es sobre todo atractivo, entra por los ojos e invita a seguir leyendo, tampoco podemos negar el papel del color de Matt Hollingsworth en la ecuación. Hasta cierto punto me gustaría que este tipo de dibujo se convirtiera en una especie de standard dentro del cómic más popular, más allá del anquilosado estilo propio de los cómics de superhéroes. Si debiera existir un sistema de representación institucional en el cómic, Steve Skroce debería ser una punta de lanza para llevar el medio al público medio que simplemente quiere buenas historias que leer y no tiene ni ganas ni interés en la cosmología y cronología de tal o cual editorial de superhéroes.

Quedan cinco números de We Stand on Guard, así que toca esperar a ver como Brian K. Vaughan y Steve Skroce terminan esta epopeya heroica. Paper Girls ya tenía un planteamiento demoledor y Brian K. Vagham ha conseguido tenerme atado a su colección todos los meses, así que seamos optimistas. De momento, de lo que pueden estar seguros es de que me tendrán cerca, en la primera línea de combate, atento a lo que sucede con esos valientes guerrilleros canadienses enfrentados al vil ejercito invasor norteamericano.

@bartofg
@lectorbicefalo

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Las niñas que juegan

portada_paper-girls-n01_brian-kvaughan_201603291547Paper Girls #1 (Brian K. Vaughan, Cliff Chiang y Matt Wilson) Planeta Cómic, 2016. Grapa. 48 págs. Color. 2,95 €

Lo más triste del regetón es que bien podrían estar recitando la tabla periódica o la lista de los reyes godos, la gente bailaría igual sus ritmos simples y repetitivos. Pero no, en lugar de eso lo que hacen es lanzar mensajes como mínimo sexistas y misóginos al universo. Mensajes que fuera de toda duda son perjudiciales, dando imágenes tan tristes como chicas jóvenes que bailan al son del machismo más gris, muchas veces en grupos de chicas, mientras recitan las ominosas letras, con el rostro casi en éxtasis, como si vertieran por sus labios los versos de Last blues, to be read some day de Cesare Pavese. Todo bajo la excusa de la festividad absoluta, de la supuestamente inocente diversión. Pero yo no puedo evitarlo, cada vez que soy testigo de esta situación algo hierve dentro de mí, algo me incita a acercarme a esas chicas y preguntarles sin son gilipollas, si no saben que precisamente esta cultura del sexo simplemente las invita al inmovilismo, al utilitarismo social ya no como madres, sino como meros juguetes de consumo rápido. Es la inocencia naïf del amour fou transmutado en ganadería.

En esos momentos no puedo evitar pensar en lo agradecido que estoy con mi madre, en como me transmitió su amor por la ficción, por vivir en las posibilidades, en mi hermana y en su capacidad sin igual para la creatividad, en su capacidad para la feminidad y la sensibilidad artística sin sacrificar un ápice de dignidad y autorespeto. Pienso en lo que me gustan las mujeres que sonríen, no usan pendientes y limitan el maquillaje a un pintalabios rojo. Pienso en como me hubiera gustado que en mi adolescencia hubieran existido chicas como las protagonistas de Paper Girls de Brian K. Vaughan, Cliff Chiang y Matt Wilson. Yo hubiera estado loco por ir al cine con alguna de ellas, jugar a la consola, perder el tiempo con un juego de rol o simplemente darme el lote en algún rincón sucio lleno de escombros. Porque si algo me transmite Paper Girls es unas ganas locas de que todo el mundo lo lea, desde las niñas necesitadas de verdaderos modelos hasta cualquier idiota que crea que los cómics son cosas de tíos. La única pega respecto a Paper Girls es que recurre a los años ochenta del pasado siglo, como si la rebeldía femenina, el girl power adolescente, fuera una rara avis del pasado. Aunque en tal caso esperemos que se trate de un ave fénix.

Aunque si hablamos de temas de género, a nadie debe pillar desprevenido la apuesta de Brian K. Vaughan, que ya demostró ser capaz de controlar un universo netamente femenino en Y, el último nombre, su colección para Vertigo. Aunque en este caso, el guionista se centra en un grupo de chicas repartidores de periódicos en la segunda mitad de los años ochenta, algo así como si la obra estuviera ambientada en la actualidad y versara sobre un futbolista profesional homosexual. En el primer número de la colección, Brian K. Vaughan consigue crear un cosmos propio con tres pinceladas suburbanas, manchas narrativas que podrían parecer una vuelta a los viejos tópicos del cine adolescente de la década prodigiosa, cuando existían realmente productos dirigidos a los adolescentes. Sin embargo, el guión rezuma frescura por todas sus esquinas, así como un planteamiento casi de slice of life cotidiano, tan veraz que es complicado no leer un par de páginas y quedar atrapado entre sus personajes, enganchados a sus peripecias.

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Como se trata de un cómic, no podemos dejar de lado el trabajo gráfico, en este caso del dibujante Cliff Chiang, participe en algunas de las mejores últimas obras de Vertigo, una esencia que parece haber recogido en parte Image para mantener vivo ese cómic como producto cultural masivo alejado de los superhéroes y totalmente consciente de su valor como estrella de la cultura popular. Cliff Chang maneja un estilo casi cinematográfico, cuidando es especial la cantidad de detalle, sabiendo siempre que es necesario para que la historia fluya, huyendo de la sobrecarga pero sin renunciar a una búsqueda estética última de la obra. Tampoco podemos olvidar el trabajo del colorista Matt Wilson, encargado de que Paper Girls sea un cómic redondo en todo su sentido, con un color capaz de crear atmósferas como pocos, consiguiendo un nuevo nivel de lectura narrativa sin sacrificar en ningún momento el realismo. El trabajo artístico de Cliff Chiang y Matt Wilson trabaja como un recuerdo, no es una búsqueda última del realismo, sino más bien la sensación que deja un recuerdo detrás de los ojos.

Así que cuando vea a mí hermana lo primero que haré será regalarle una copia del primer número de Paper Girls, sé que lo va a disfrutar, y sólo espero que como ella sean legión los lectores de la colección, para que Brian K Vaughan, Cliff Chiang y Matt Wilson puedan seguir entreteniendo como pocos sin dejar de ofrecer modelos femeninos tan necesarios como rompedores. Porque al final lo que no evoluciona se estanca, y en algún momento de hace varias décadas las tías de instituto molaban y les daban sopas con ondas a los niñatos, y sinceramente necesitamos volver urgentemente a esa época.

@bartofg
@lectorbicefalo

El rey león vs. la puta guerra.

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Los leones de Bagdad (Brian K. Vaughan y Niko Henrichon) ECC, 2015. Rústica, 168 págs. Color, 15,50€

No hay discurso más político o ideológico que no pretende serlo o como decía nuestro amigo Paco todo el cine es político por acción y omisión. Los ejemplos son más que evidentes, van desde la prensa deportiva a la rosa, a los talents shows o los reality shows, y eso dejando de lado noticiarios y programas de debate. Pero quizás lo más peligroso sean aquellos contenidos destinados a la gente joven y niños.

El rey león es una de las películas de referencia para más de una generación y uno de los referentes culturales más potentes de la cultura occidental contemporánea. Pero tiene un reverso oscuro, un discurso sobre la importancia de la jerarquía que como esta no solo debe ser impuesta, sino que debemos someternos a ella de manera sumisa y sin cuestionarla. La película de Disney habla de la sociedad como un mecanismo en el que los seres humanos no somos más que parte de un engranaje, es decir funcionales: útiles o inútiles.

Hablar de esta película es tan inevitable como hacerlo de Rebelión en la granja de Orwell, en la que el discurso político es más evidente, a la hora de escribir sobre Los leones de Bagdad un hecho real disfrazado de fábula que habla de la condición humana mucho mejor que otros relatos que pretenden hacerlo desde el plano político y social. Tras el bombardeo de la capital iraquí en 2003 por parte del ejército una manada de leones escapa del zoo y se adentra en la ciudad hasta que los soldados americanos los abate. Eso fue noticia en los medios norteamericanos, y creo recordad por aquí también lo fue, dejando de lado las pérdidas humanas. Casi lo mismo que ha sucedido días atrás con la cruel muerte del león Cecil en Zimbabue omitiendo los problemas del país. No hay discurso más animalista que aquel que no pretende serlo.

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Los leones de Bagdad es un discurso en primera persona articulado a través de diferentes personajes a través de los cuales Vaughan hace una de las críticas más crudas que se han hecho en los últimos años a las guerras libertadoras y las consecuencias de estas. Imponer un régimen político por la fuerza desubica los mismo que esos leones a los cuales se les regala una libertad a la que no están acostumbrados, ni siquiera saben cazar su comida, han perdido el instinto más puro, aquel que los hace leones, animales salvajes propietarios de sus propias vidas.

La libertad les adentra en otra selva mucho más inhóspita y feroz que la real: la ciudad creada por los hombres destrozada por otros. Allí son conscientes de la perdida de sus valores ancestrales, viendo como animales salvajes han sido convertidos en mascotas. En ese momento la consciencia les aplasta brutalmente nunca serán lo que deberían haber sido, no lo conseguirán. Esta reflexión transcurre a través de personajes de diferentes edades: Safa, la leona adulta que cree que es mejor estar encerrada y con comida que la libertad; Zill y Noor, que tienen más o menos la misma edad y se mueven entre el miedo y la esperanza por la nueva situación; y Ali el cachorro que solo busca respuestas pero que nadie sabe darle.

Los leones de Bagdad me ha gustado mucho, por la verdad que desprende por ese dibujo panorámico y naturalista que en ningún momento pretende humanizar a los felinos. Vaughan escribe la que posiblemente sea la mejor de sus obras una maravilla atemporal que nos golpea dentro mucho más de lo parece en un título con moralina final: que cada uno saque sus propias conclusiones.

@Mr_Miquelpg

@lectorbicefalo