La mítica Palomar

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Nuevas historias del viejo Palomar (Beto Hernandez). La Cúpula, 2018. Rústica, 112 págs. B/N, 12,50 €

El viejo Palomar es, sin ningún tipo de dudas, una de las localizaciones imprescindibles del cómic contemporáneo. Es un espacio no utilitario como suele suceder en muchos cómics de superhéroes en los cuales son los nuevos Hércules los que escriben la historia de la ciudad en la que acometen sus acciones y con estas escriben la ciudad de las calles. Palomar es un espacio que se mueve entre el misticismo popular y el costumbrismo latino en el cual los personajes son una consecuencia de la tierra misma y de la convergencia de esta con los personajes que la habitan.

Cada entrega de la crónica de Palomar que Beto Hernandez nos relata son una serie de relatos que abundan en la idea de un Palomar mítico capaz de amalgamar ese costumbrismo que se traslada en las relaciones entre los diferentes personajes, y como estos son capaces de absorber nuevas situaciones por extrañas que sean. Uno de los rasgos definitorios de esta población ficticia es que se trata de un matriarcado son las mujeres las que gestionan las cuestiones que abordan a esta sociedad. Pero no es lo único que hace que esta localización lo convierta en mítico; en tiempos en los que la hipertecnología conecta todos los lugares del mundo en Palomar ni siquiera hay teléfono como símbolo de la ciencia, si esto no tiene cabida, las explicaciones de tipo místico se abren camino entre sus habitantes.

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Beto Hernandez apuesta por una gran narrativa en la que poco a poco va añadiendo eventos, introduciendo personajes o explicando su pasado o analizar la personalidad de los habitantes de toda la vida. En este volumen se relatan las primeras aventuras de Tonantzin, la infancia de Gato, se profundiza en la vida de Luba y otros personajes. El autor se sirve de ir insertando mircrorrelatos a la macronarrativa para hacer crecer a los personajes, no para crear una cronología cerrada, como suele suceder con los superhéroes, sino un contexto que tiene más que ver con una idea de ambiente narrativo en el que los personajes son una esencia que crece en el imaginario del lector, que los reconoce como propios y que con el tiempo le cuesta creer que se trata de seres ficcionales y no reales.

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Ciencia ficción costumbrista

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Los hijos del crepúsculo (Gilbert Hernandez y Darwyn Cooke). ECC, 2016. Cartoné, 128 págs. Color, 14,95 €

Los pueblos pequeños son como microcosmos de funcionamiento interno que no se mueven por las reglas generales del resto de la sociedad. La estructura social jerarquizada es mucho más relajada que en poblaciones más grandes y complejas. Las personas son quienes son independientemente del lugar que ocupan en el escalafón social o de su puesto dentro de la comunidad. El policía, la médico, el profesor o la directora del banco son algo más que sus simples cargos y son conocidos por sus defectos, virtudes y por el historial familiar.

Gilbert Hernandez y Darwyn Cooke plantean dicha estructura de mundo para hablarnos de un típico pueblo costero en el que empiezan a tener lugar sucesos paranormales. En esta población todo parece funcionar con regularidad, el sheriff ejerce su trabajo con firmeza pero con cierta pasividad, el panorama no invita, al parecer, a la delincuencia; Tito, una sensual lugareña, es el centro de un triángulo amoroso en el que ella engaña a su marido con Antón, aunque parece ser vox populi. Y también está Bundo, el viejo borracho del pueblo que vive en constante pena por la muerte de su esposa e hijos. Perfiles muy arquetípicos que funcionan en contextos de poblaciones, digamos, paradisíacas.

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Pero en este pueblo aparte de los problemas entre parejas y los sentimientos de culpa empiezan a aparecer unas esferas de luz de las que nadie sabe nada. En las habitaciones de los habitantes, en la playa, en el mar, casas enteras, y con estas empiezan a desaparecer algunos de los lugareños y algunos de los visitantes que se ocupan de investigar que son, de donde vienen, y misión tienen; y quizás lo que es más importante a donde llevan a aquellos que son absorbidos por la luz. Ninguno de ellos recuerda nada pero parece que han sufrido algún tipo de redención, una especie de paz que no son capaces de explicar.

Los hijos del crepúsculo juega con aquellos valores que Beto Hernandez da a sus relatos, unos personajes sólidos en los que la estereotipia es utilizada para que el lector los asimile rápidamente, pero sin abusar de los lugares comunes; la definición de un espacio reconocible en el que dichos protagonistas encajan a la perfección y ese punto de realismo mágico que si en otras ocasiones es más transversal esta vez es mucho más directo. Darwyn Cooke aporta un dibujo de trazo limpio, sencillo que permite vislumbrar a los personajes y la serenidad de ese lugar paradisíaco reflejado en sus rostros. Para ver luego como contrasta la aparición de estos fenómenos paranormales. Estamos ante un relato que principalmente juega a implementar el relato de ciencia ficción, con un ritmo calmado, dentro de una narración costumbrista con unos resultados más que interesantes.

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Hiperdiégesis elíptica

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El día de Julio (Beto Hernandez) La Cúpula, 2016. Rústica, 116 págs. B/N, 12€

La hiperdiégesis narrativa es una técnica por la cual un creador describe un espacio ficcional amplio del cual se describe tan solo una pequeña parte. Pero a partir de un pequeño relato podemos percibir que el universo narrativo es muchísimo más amplio, es lo que Ronald D. Moore define como texturas, definiendo esto último como pautas y elemento que apuntan a una profundidad que no hace avanzar la historia pero profundiza en el universo. La elipsis, técnica más conocida, consistente en la supresión de algunas acontecimientos del relato ya sea por cuestiones de economía narrativa o bien para utilizar dichos eventos a nivel estructural.

El día de Julio  de Beto Hernandez hace gala de ambas técnicas de una manera sublime. Pero yendo por partes, este título nos narra la historia de Julio un hombre que nace en el año 1900 en un pequeño pueblo y que al parecer morirá a final de siglo. La vida del protagonista es la de ser un mero testimonio de la vida de otros y de los cambios sociales que devienen a lo largo de 100 años. Julio es una especie de Shigekuni Honda, el protagonista transversal de la Tetralogía del mar de la fertilidad de Yukio Mishima, participando de manera muy leve en el devenir de las vidas de los habitantes de dicha población.

Julio habita en un pueblo miserable de gente que vive del trabajo del campo y en el que se intuye una breve evolución en la forma de ganarse la vida. No hay señoritos ni terratenientes, pero los personajes que pueblan este título se ven atados a la tierra, pero no de una manera visceral si no instintiva, se agarran a sus raíces pero más como una forma de vida conformista que no pretende más que seguir hacia adelante y perpetuar la especie que como una superación de las generaciones anteriores.

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Quizás debido a eso subyace una de las técnicas mencionadas en el primer párrafo, la hiperdiégesis, aunque en este caso quizás sea más interesante denominarlo como texturas. Dichas texturas se construyen a través de los topos a través de los cuales se elaboran el imaginario popular del pueblo: el hombre que hace desaparecer niños, la mujer que cree que su marido e hijos sepultados por una alud de barro siguen vivos, la mujer que se ofrece como enfermera en todas las guerras, el chico que al que devuelven completamente amputado y que la madre no lo reconoce como tal. Micronarrativas que ayudan a concebir un espacio en off mucho mayor. Atribuyendo, todavía más, un papel meramente testimonial a Julio.

Sin embargo, el gran rasgo de este título es la elipsis, en apenas 120 páginas se narran 100 años de historia, toda una vida narrada a través de la vida de otros. Julio es un personaje estático que ve y deja pasar la vida, ni se enamora, ni se casa, ni tiene hijos; no hace nada en particular, tan solo estar. El día de Julio se enmarca, o se debería, dentro de ese macrouniverso de Palomar en el que la visión que Hernandez tiene del realismo mágico preside la vida de los personajes que en cierta manera se mueven entre cierta ficcionalidad y rasgos apegados a las tragedias diarias de la realidad.

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Errata mitológica

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Errata Stigmata (Beto Hernandez). Fulgencio Pimentel, 2014. Cartoné, 48 páginas. B/N. 17 €

En la construcción de un universo ficcional la mitología es el elemento que mejor la asienta, o dicho de otra manera una mitología bien construida asienta la profundidad de un universo como ningún otro aspecto. Por lo general la creación de una genealogía fantástica ayuda a explicar la realidad de una cultura o en el caso que nos ocupa una ficción construida alrededor de unos personajes y unos hechos que se pueden considerar como míticos. La mitología de la ficción se elabora a través de personajes, llamémosles carismáticos, que no tienen por qué tener una aparición en escena demasiado prolongada, es el caso de Boba Fett en la trilogía original de Star Wars con poco más de dos minutos en pantalla, o Errata Stigmata, que no llega a la cincuentena de páginas del universo de Love & Rockets.

Errata, pese a la brevedad de sus apariciones es capaz de explicar todo un universo ficcional, tan solo a partir de apariciones breves, más bien escasa, pero que guardan la esencia de la representación de una subcreación. Para ello Beto Hernandez dota de gran carisma a través de la estética, elemento canónico que define al personaje, y tan solo una historia que podemos considerar canónica, como tal, del personaje en la cual se nos describe los orígenes del mismo “Tears from Heaven”. En esta vemos el nacimiento de la misma y como el trauma rodea al personaje desde sus inicios, sus padres mueren de forma violenta y son sus acomodados tíos los que se hacen cargo de ella, pero dentro de esa opulencia y tras un tío cariñosos su tía es un ser despótico que le muestra sin tapujos las verdades de la vida. En ese proceso Errata desarrolla una capacidad que aparece cada vez que presencia una injusticia: le salen estigmas en pies y manos. Eso la convierte a los ojos del mundo en un ser especial, aunque sea entre cientos.

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Dicho “milagro” condiciona la vida de la protagonista, pero sobre todo nos sirve a los lectores para poder leer los recovecos del universo de Hernandez. En “Radio Zero” se nos muestra un mundo convulso en el que la sociedad vive de revolución y revolución y en el que Bubbles, una amiga de Errata consigue engañarla para poner un explosivo en una embajada. “Le Contretemps” se acerca a la intimidad de la estigmatizada cuando un estudiante de teología intenta mantener relaciones sexuales con ella. Todo a excepción del relato de la infancia de Errata es periferia narrativa, pero, tan bien construidas que definen a un personaje secundario a través de situaciones mínimas.

Creo que no he dicho nada de Beto Hernandez, la verdad es que puedo añadir poco, pero este Errata Stigmata que reúne las historietas del personaje del mismo nombre dice mucho de un artista que con unos breves rasgos ha construido a uno de los personajes más carismáticos del underground americano. El volumen en cuestión recoge casi dos décadas sobre este personaje que sigue pululando por ahí casada y con unos cuantos hijos, aunque no sabemos si aguantará mucho una situación tan rutinaria o posiblemente si, posiblemente sea lo único que pueda soportar un personaje con una dolencia tan excepcional.

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I was a teenage comic book collector

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Tiempo de canicas (Beto Hernández). La Cúpula, 2014. Cartoné. 17 x 23 cm. B/N. 148 págs. 18,50 €

Hay autores que nunca defraudan, y uno de esos es Beto Hernández, un creador capaz de hablar de un pasado cargado de nostalgia pero alejado de cualquier tipo de penuria. En Tiempo de Canicas (LaCúpula, 2014) aborda la historia de la infancia de su generación a través del crecimiento y descubrimiento intelectual de los personajes, todos ellos adolescentes y preadolescentes cuyos intereses se centran, en el caso de los segundos en el coleccionismo de cómics y cromos, y en el caso de los primeros el descubrimiento del sexo opuesto. Brilla por encima de todo en el caso de las narraciones de los adolescentes de no darle a esos primeros encuentros un tono épico, y digamos sexocentrista que abunda en muchas de estas narrativas, aunque tampoco lo niega.

En este título del autor estadounidense nos encontramos ante todo con un relato sobre el crecimiento y el desarrollo personal de un preadolescente, la historia empieza con Huey jugando a canicas con una niña menor que él y acaba dando un paseo con una chica de su edad y cuestionándose el futuro de su crecimiento intelectual. Es el principio del fin para el Huey niño, nada será igual a partir de entonces, este verá como poco a poco se despega de sus rutinas para ir adquiriendo las de sus hermanos. Estamos pues ante un relato redondo sin traumas en el que la evolución de los personajes es pausada y calmada pero en constante desarrollo.

 Tiempo de canicas es eso, jugar a recordar un periodo en el que los niños se divierten y recrean con cualquier cosa y en el que todavía descubrir es sorprenderse; pero diferente al actual, cuando la información llegaba gota a gota y había que generar el conocimiento a través de las propias lecturas y poco a poco, nada de atracones y de acumulación de datos. Pero quizás sea algo más, el relato se aborda principalmente con la perspectiva de Huey, el hermano mediano de una familia de latinos que viven en una barriada de una gran ciudad; la presencia del hermano menor es testimonial, tan solo rompe los cómics de sus hermanos, es decir, se encuentra en un estado primitivo del entendimiento, busca el juego por el juego; sin embargo, de los otros dos hermanos mayores, uno ya ha abandonado la lectura de cómics como forma de ocio y para el inmediatamente mayor a Huey el cómic está ahí pero empieza a perder algo interés. Huey nos sirve como un mediador perfecto de esa época de cambio.

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De ahí que gran parte de la historia se centre en sus peripecias y en las historias que se desarrollan a través de sus aficiones: las canicas, los cómics y los cromos. Huey nos sirve para mostrar las rarezas y las manías de los niños, las costumbres raras que poco a poco se van dejando atrás: la niña que se traga las canicas, el niño que destroza las figuras de acción para divertirse, u otra chica a la que no le gustan las pelis de monstruos. Pero visto de otra forma ¿no es Huey excesivamente formal? ¿no es él el raro? Me pregunto qué niño cuida los tebeos en exceso, lo cromos y cualquier otra cosa con las que otro crío juega despreocupadamente. No dudo, en que muchos nos veamos reflejados con esa forma de actuar y que quizás nuestros mejores recuerdos estén ligados a la lectura del cómic que a lo largo de los años se convierte en algo de carácter fetichista, y que aparece de manera exacerbada en la actitud de este personaje.

Pero ese también es el motivo por el cual todas las narrativas se centran en él y van perdiendo importancia a medida que se van alejando del rango de edad del protagonista, hasta el punto en el que los adultos desaparecen del mapa convirtiendo el barrio en el que vive el protagonista en una especie de ciudad de los niños en que solo sus necesidades y sus gustos son los que presiden las calles de esa ciudad virtual.

En resumen, Tiempo de canicas es una burbuja en el tiempo otro relato sencillo contado con toda la naturalidad que permite el discurso del cómic  de la mano de uno de los especialistas en este tipo de historias. Que ademas nos servirá para hacer un recorrido por la cultura popular de los 60, no solo los cómics y el cine de monstruos sino también por la televisión y la música.

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