Con el jijí jajá

Una vida en familia tan agradable (Antoine Marchalot). Fulgencio Pimentel, 2016. Rústica. 112 págs. ByN. 19 €

El humor es un tema delicado, no ya por el triste y aburrido, y estéril, e idiota, debate sobre los límites del humor. Lo resumo, no existen, si algo no te hace gracia no es gracioso para ti, evita chistes de ese tipo o humoristas que los usen. En fin, para mí el límite del humor es la indiferencia, que un chiste no me provoque la más mínima reacción. Eso es lo delicado del humor, que existen tantos tipos de humor como receptores, cada cual escoge que le hace gracia y busca ese tipo de humor. A mí me pasa como a todo el mundo, me encanta el humor bestia, el que carece de frenos y parece que el chiste llega antes a la lengua que a la mente cognitiva; también me gusta mucho el humor incómodo, especialmente cuando se relaciona con entornos ajenos al humor o surge como un intento de estirpar cualquier tipo de gracia; y el humor escatológico, me vuelve loco, mejor cuando es lo más simple y gráfico posible.

Lo que no me gusta tanto es el humor azul, un amigo monologuista me dijo que se llamaba así al humor basado en la vida cotidiana y que no ofende, lo típico de “es gracioso porque es verdad”. Cierto, pero sería más gracioso con un comentario que se malinterpretara como un intento de ligue, con una referencia a Hitler bailando, o simplemente con una caca. Así lo veo yo, con lo que consumo muchísimos tipos de creadores de humor, buscando siempre algo que me mueva muy dentro. Así que no podría estar más contento que tras la lectura de Una vida en familia tan agradable de Antoine Marchalot, una obra que para mí recoge el mejor humor posible, uno que se presenta como una creación rápida, casi espontánea, pero que esconde en su interior construcciones y reflexiones que sólo pueden surgir de la mente de un genio, una mente entrenada y bregada en el campo de batalla de lo surreal, lo hiperbólico, lo estúpido y la lucha constante por la emancipación de lo literal.

Lo primero que llama la atención de Una vida en familia tan agradable es el dibujo de Antoine Marchalot. El autor apuesta por un dibujo simple hasta el extremo, compuesto casi en su inmensa totalidad por líneas negras alejadas de cualquier academicismo, así como de cualquier antiacademicismo. Antoine Marchalot parece dibujar con el único requisito de que lo que dibuja se parezca mínimamente al referente real, que un león se reconozca y se distinga de un perro es más que suficiente. Todo esto no a través de un proceso de depuración técnica con el objeto de reducir lo representado a su mínima expresión, más bien con el sano interés de que si para su chiste necesita un león, basta con que el lector perciba, más o menos, que lo que está viendo es un león. Con eso es más que suficiente y la broma puede funcionar. Así que sólo podemos definir el trabajo gráfico del autor como feísta y descuidado para cualquiera que busque una experiencia estética a través del dibujo.

Pero por fortuna, este acabado gráfico no se convierte en ningún momento en algo que haya que perdonar a Antoine Marchalot para disfrutar de su humor, pues bastan pocas páginas para entrar en el universo gráfico propio del autor, lo que confiere una unidad y coherencia superior a Una vida en familia tan agradable que consigue que la infinidad de chistes de una página terminen conexionados como un todo, como elementos que fluyen y se mezclan dentro del mismo universo, ayudando a que los chistes más surrealistas convivan sin ningún problema con chistes de humor negro o con simples juegos de palabras. Todos los personajes de Una vida en familia tan agradable terminan siendo los habitantes de un mundo absurdo y pasado de frenada que se puede entender como una destilación de nuestra propia realidad, un cosmos donde las pequeñas concesiones que hacemos a las buenas maneras y las costumbres terminan gobernando para mostrarnos lo absurdo de la vida humana en sociedad.

Porque si aún no lo he dicho, es mejor aclararlo, como los buenos humoristas, Antoine Marchalot consigue que reflexionemos sobre nuestra propia existencia a través de lo absurdo, pero más allá de la reflexión, consigue que nos riamos como si tuviéramos tres años y viéramos un gato con sombrero y paraguas. De este modo tenemos chistes sobre la vida personal de un tornado, accidentes de tráfico, tonterías sin aparente gracia y chascarrillos; elementos que fluyen como pocas veces hemos visto para terminar riéndonos sin parar, teniendo que dejar el libro un rato sobre la mesa, porque Antoine Marchalot ha hecho un chiste sobre una muerte desagradable o porque uno de sus personajes simplemente ha dicho “classy”.

@bartofg
@lectorbicefalo

Anuncios