Te echo de menos, nena

El-Cambio-EccEl cambio (Ales Kot y Morgan Jeske) ECC, 2015. Rústica, 128 págs. Color, 12,50 €

A veces fantaseaba con el fin del mundo, aún lo hago, como una tábula rasa que hiciera el mundo más sencillo y simple, más manejable. A veces, algunas veces más que otras, cuando la tragedia es romántica y uno no ve el objeto del final, de la última ola contra las rocas, en uno mismo o el otro, no tiene más remedio que destrozar el mundo, reducirlo a cenizas esperando que borrándolo todo, aquello que se interponía entre los dos desaparezca y en ese nuevo vacío caótico y horrible, en esa nada donde sólo existe la supervivencia y la muerte, florezca el amor otra vez, se ahoguen las excusas como gatitos en un río y el amor gobierne la Tierra. Es una fantasía bizarra, querer obligar a la humanidad a volver al neolítico porque culpas a la sociedad, a lo externo, de tu fracaso amoroso. Si yo no puedo ser feliz que arda el mundo, que lleno de quemaduras, escupiendo sangre y medio ciego pueda volver a abrazarte, sentirte tu piel no como en una peli porno, sino como el aleteo de una mariposa blanca.

Al parecer no soy el único que piensa así, no soy el único que necesita un apocalipsis para esquivar la culpa, para pensar que lo perdido puede retornar. Porque como bien defiende Ales Kot en El cambio, el amor y la muerte tienen mucho que ver, aunque para ello un dios primigenio tenga que destruir la ciudad de Los Angeles. En Niños salvajes, Ales Kot atacaba a la sociedad y a nuestro concepto de realidad, nos invitaba de la forma más violenta a plantearnos si algo era realmente de una forma determinada porque realmente debiera ser así. Es un cómic fantástico, lo malo es que pierde valor si lo comparamos con El cambio, pues si en Niños salvajes Ales Kot se atrevía a darnos lecciones, muchas con razón, en esta ocasión lo que hace es desnudar el alma humana buscando no convencer, sino ser absuelto, rogando la mera necesidad de poder vivir, de aceptar.

En la superficie El cambio muestra a varios personajes, donde aparentemente resaltan un rapero, una guionista y un astronauta, tratando de salvar la aniquilación de Los Angeles por el advenimiento de Cthulhu, un dios del mal cuyo plan de acción se resume en destruir la urbe. Sin embargo, en los cómics de Ales Kot no existe ni superficie ni fondo, no es un maestro del subtexto, en su lugar salta de aquí a allá tratando, y la mayoría de las veces consiguiendo, de construir una especie de sinestesia lectora. Los conceptos e ideas se van acumulando de forma continúa, las argumentaciones terminan sin cerrar o comienzan in media res. Esto hace que la lectura de El cambio exija trabajo al lector, pues debe buscar entre la paja, que tiene su sentido, y la propia trama del cómic, tan etérea como fascinante, para hallar más allá otra trama y sentido último que no deja de ser una simple carta de amor de un amante (que se sabe) derrotado. Sí, todavía quedamos quienes escribimos cartas de amor.

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Pero no todo es mérito de Ales Kot, pues si bien el guionista trabaja en un estado de gracia, el dibujo de Morgan Jeske y el color de Sloane Leong son un perfecto caparazón que añade una capa más de significado, ese dibujo aberrante, feísta por momentos, y ese color decadente que en algún momento pudo ser alegre; atrapan ideas que de otra forma se hubieran quedado sin fijar. Es innegable que Ales Kot es el reflejo actual de lo que en otro momento fueron guionistas como Grant Morrison o Peter Milligan, una versión millenial de aquellas mentes rotas que mostraban el camino. Pero si tuviera que comparar El cambio con algo, sólo podría hacerlo con Enigma de Peter Milligan y Duncan Fegredo, otra obra desbordante capaz de retorcer la mente y congelar el corazón del lector, obra donde el dibujo de Fegredo tiene muchísimo que aportar para convertir un cómic en algo más, mismo caso que ahora tenemos con Morgan Jeske.

Así que no puedo más que definir el consumo de El cambio como algo más que una mera lectura, pues posiblemente sea la carta de amor más triste, y llena de monstruos, que uno puede leer ahora mismo, una lectura densa que obliga a prestar atención a lo que se lee, que exige para entregar, como única recompensa, una tristeza amarga y una felicidad primaria, una promesa de que vivir se puede, de que todo se supera, pero de que lo que queda detrás nunca muere y de que el peso de la culpa es el mayor castigo debido a su impronta autoimpuesta.

@bartofg
@lectorbicefalo

[No] es sólo un cómic

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Niños salvajes (Ales Kot y Riley Rossmo). ECC, 2015. Rústica. 64 págs. Color. 6,50 €

Ahora mismo se me ocurren pocas cosas más insoportables que un adolescente resabido. Es algo que odio con toda mi alma, y puedo asegurar que hablo desde la experiencia porque yo era uno de alto octonaje. No leí un cómic de superhéroes hasta llegar a la universidad, hasta entonces todo lo que había consumido era europeo, había leído todo lo que un chico tiene que leer del mercado francobelga, y por si fuera poco, mis lecturas americanas se reducían a clásicos como El príncipe valiente o Flash Gordon. Por si fuera poco, tenía interés en temas como la economía, la antropología o la sociología. Interés no significa que fuera un experto, ni siquiera que tuviera suficientes conocimientos para opinar, pero yo pensaba que sí y soltaba sin problemas mis soluciones perfectas para solucionar el mundo. Encima era un poco feo. Era insoportable.

Ahora veo a adolescentes que eran como yo, que hacen cosas, que dicen cosas, y me enervan, me sacan de quicio. Pero sólo un segundo, sólo un instante, porque de seguido pienso en que esos granos en el culo son lo único que nos salva del apocalipsis. Para mí ya es tarde, he pasado de niñato resabido a adulto pedante, me quedan las quejas, pero los que somos como yo necesitamos un ejercito de chavales inconscientes que nos enseñen a levantar barricadas de neumáticos y meterle fuego. Porque no nos engañemos, los antisistemas cuando crecen cambian los valores por la adrenalina. Nuestro líderes, los precursores de la revolución deberían ser niños expuestos a las ciencias sociales, imberbes que discuten sobre la estética postmoderna y mocosas a las que aún les está creciendo el pecho pero devoran todo lo que tenga que ver con la macroeconomía y el terrorismo internacional.

Esto es lo que hace Ales Kot cuando escribe Niños salvajes, un cómic que debería ser de lectura obligada en todos los institutos, devorado por niños de 15 años, y quienes lo entiendan, quienes tengan capacidades lectoras suficientes, deberían guiarnos al siguiente paso, puede que sea nuestra destrucción o un nuevo paso evolutivo como sociedad. El guión de Ales Kot no esconde sus referencias por ningún lado, entre sus páginas podemos ver al mejor Vertigo de los noventa destilado por el 2.0, Grant Morrison y Warren Ellis pueden estar contentos, Los invisibles y Transmetropolitan entretuvieron a una generación, pero a otra que ha llegado después ha significado una hoja de ruta sobre conceptos como la sociedad o la realidad. Ales Kot nos cuenta en apariencia el asalto de unos chicos armados a un instituto, pero esta historia tiene una epidermis tan fina que la narración lineal de unos hechos se pierde entre la reflexión de unos conceptos superiores. Mientras que Morrison o Ellis se valían de historias al límite para entretener, Ales Kot dinamita cualquier intención de contar una historia, es como si todo Niños salvajes fuera la continuación espiritual de las últimas páginas de Animal Man de Morrison.

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Y que nadie se engañe, que nadie crea que Ales Kot construye un ensayo claro, Niños salvajes no es un manual para la revolución. Es una soflama que hace de la pedantería una herramienta de desinformación, sus personajes no paran de soltar ideas complejas que se mezclan en buscan de la confusión y la anarquía, ideas postmodernas que se alimentan del debate para añadir capa tras capa con el único interés de sobrecargar la capacidad receptora del lector. Ante este panorama está la opción de pensar que Niños salvajes es una sarta de tonterías reunidas en 56 páginas que se vale de la fascinación por las redes sociales y la violencia mediatizada para vender un tebeo. También se puede pensar que Ales Kot es el resultado de dejar a una generación ante la mass media sin la más mínima preocupación, dando como resultado que esos niños dominen la tecnología demasiado pronto y demasiado bien. Que nadie se engañe, hay mucha juventud ahí fuera dormida y sobrepasada por la tecnología, pero muchos otros están por encima de eso, fuera de control y con un peso tremendo en lo que tiene que ser el futuro, y prueba de ello es el propio Niños salvajes.

Aunque no todo es cómo se dice, también hay que entender como se dice, algo que no sería posible en Niños salvajes sin el dibujo de Riley Rossmo y el color de Clayton Cowles. El aspecto gráfico del cómic es un añadido más a su intención moral y política, por esa apuesta por la yuxtaposición y la remezcla, haciendo que la lectura de Niños salvajes sea un continuo de dudas y preguntas. Ales Kot y Riley Rossmo, sin olvidar el trabajo de Clayton Cowles, nos regalan un manifiesto directo y sin miedo a las contradicciones, un juego radical que nos lanza pregunta tras pregunta sobre qué es el cómic, qué es la realidad y qué coño estamos haciendo con nuestras vidas.

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