Textos de siempre para lectores de hoy

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Freezer (Veronica Carratello). La Cúpula, 2017. Rústica, 148 págs. Color, 16,5 €

De un tiempo a esta parte tengo la firme certeza que la producción de ficción contemporánea ya no está hecha para mi habla a un público joven muy concreto que claramente tiene muchísimas menos referencias clásicas que el gran público de mi generación. La cosa no es que sea ni mejor ni peor la cultura popular contemporánea siempre ha generado textos tanto de baja estofa, para ser devorados como si fuesen palomitas, como obras comerciales que son clásicos instantáneos. Sin embargo, en la última década ese flujo continuo de un público que garantizaba un estándar narrativo y cualitativo para que sucediese lo segundo se ha roto. Los millenials como publico han generado desde nuevas formas de consumo cultural en gran parte mediados por los nuevos medios sociales. Las dinámicas clásicas se han dinamitado y existe una necesidad real de crear nuevos contenidos para esta nueva generación y reformular lo que se ha ido haciendo durante el último siglo.

Quizás una de las cosas que me ha sorprendido de Freezer es el enfoque que Verónica Carratello le da al recurrente discurso de la adolescencia. En ese sentido es un relato clásico en el que Mina, una chica de 12 años, parece esperar como agua de mayo la llegada del periodo. Sin embargo, eso que se podría traducir como un ansia explicita, cada vez que va al lavabo comprueba su ropa interior por si hubiese algún rastro de su adultez biológica, se traduce en un miedo tanto a crecer como a quedarse como está. La indecisión de ese periodo de la vida se traduce no solo en ese aspecto, una chica nerviosa con cierta reticencia a las relaciones sociales y cierta incapacidad para entender que es aquello que le rodea, familia y compañeros de clase, pero tolerándolo a modo de resignación.

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Carratello utiliza todos los topos del relato adolescente que van desde la familia que no le comprende pero le quiere a las compañeras de clase que utiliza las excentricidades de los padres de la protagonista para burlarse de ella. En ese sentido los progenitores configuran un entorno atípico en el contexto descrito no son gente acomodada, no malviven pero les cuesta llegara a final de mes ya que viven de la paga de la madre y de los trabajos como actor que le llegan al padre, generalmente para participar en comerciales relacionados con el tránsito intestinal. Pero tras ciertos apuntes de carácter cómico se esconde una familia en la que ninguno de sus integrantes tiene lo que quiere: desde ese crecimiento instantáneo que desea la protagonista, una hija que quiere que su madre hable (la abuela), un padre que no consigue el reconocimiento por su trabajo, un tío que no sabe superar un trauma, un gato llamado Kafka que se intenta suicidar en cuanto sus propietarios se descuidan y un hermano pequeño que solo quiere jugar al último juego de moda.

La propuesta de la autora italiana pasa por mostrarnos un mundo extraño tanto aquel que es cercano a la protagonista como aquel más lejano. Ella erigida como eje central del relato irradia cierta calma, Carratello ha desviado los temores de la adolescencia, que también aparecen reflejados en ella, en el entorno que la rodea dejando la agresividad del mundo exterior a un vecino que no deja de hacer la vida imposible a su familia y las compañeras de clase que no dudan en ridiculizarla a la mínima y sin ningún tipo de excusa. En ese sentido la autora acierta en no demonizar a estos personajes sino en mostrar solo su actitud hacia el resto del mundo. Así pues, Freezer traspasa los tópicos del relato de adolescentes jugando a la alienación de lo externo, definiéndolo como convencional y aislando a la familia protagonista del mainstream social. La familia de Mina lejos de cumplir con los parámetros socioeconómicos dominantes vive a su ritmo y eso tiene riesgos, pero también algunas recompensas.

@Mr_Miquelpg

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Spain is Pain # 308 : contar la historia.

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Arde Cuba (Agustín Ferrer Casas). Grafito editorial, 2017.Cartoné.136 págs. Color, 17€

No hay aspecto más voluble dentro de los cimientos que construyen la humanidad que la historia. Esta es voluble y se reescribe constantemente, ya sea por intereses políticos, sociales, nacionales o simplemente por nuevos hallazgos dentro del campo de la arqueología o la revisión y comparación de documentos de tiempos pretéritos. Las historias nacionales normalmente son elaboradas bajo un foco de construcción antagonista, ellos contra nosotros: nosotros buenos y ellos malos. Pero la bondad con la que se describe los fundamentos de un país no deja de ser un foco telúrico en el que los habitantes de una región definen su relación con la tierra con un trasfondo mágico y por tanto irracional.

Posiblemente en la antigüedad y hasta bien entrado el siglo XIX solo los gobernantes y las personas que ostentaban el poder eran conscientes de la idea del paso de la historia por el papel que ellos, y pocas veces ellas, desempeñaban sobre el territorio. Es a partir de la mitad del XIX y ya bien entrado el siglo XX que los ciudadanos son conscientes de la voluntad de cambio. Aunque por desgracia son los gobernantes y, ahora más que nunca, los mercados los que siguen cambiando la dirección y el estado de las cosas. En todo esto ha jugado un gran papel las revoluciones políticas en las que la sublevación del proletariado jugaba un gran papel. Sin embargo, la idea de clase social ha ido perdiendo fuerza; mientras que las revoluciones de clase han sido siempre verticales de abajo a arriba, que es la única manera de cambiar las cosas, otros tipos de revolución, construidas desde arriba, están dispuestas solo para beneficiar a tan solo unos pocos.

En Arde Cuba Ferrer Casas nos habla de una revolución vertical, de abajo a arriba en la que la transversalidad no existe, eso como tal en los movimientos que pretenden cambiar los cimientos de un país no es más que una falacia. Para que el orden de las cosas cambie es necesario que los de abajo tomen conciencia de la asimetría de su situación personal, laboral, económica y cultural. Castro, Cienfuegos y Guevara supieron ver eso en Cuba y de cómo era necesario instaurar un cambio. El autor de la obra acierta de pleno en situarnos en mitad de la historia a través de Frank Spellman, un trasunto del fotógrafo John McKay para situarnos en las vísperas del cambio político en Cuba. Este va engañado por Errol Flynn con la intención de entrevistar a un Fidel Castro en su cuartel de Sierra Maestra. El fotógrafo nos servirá de intermediario para conocer los actores políticos y económicos que mueven a la isla caribeña.

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El gran acierto del relato es ceñirse a la historia y conjugarlo con lo ficcional para hacer amena la lectura. No se trata de una visión heroica de la revolución sino de una visión en la que se muestran los costes de estos movimientos revolucionarios. La traición constituye uno de los elementos centrales de la narrativa, una vez Spellman consigue convivir con los guerrilleros se da cuenta que la revolución está fragmentada y aunque las luchas intestinas no puedan acabar con el movimiento se cobra vidas por fuego amigo; mientras que el poder es más monolítico: el dictador, la mafia, la industria frutícola y el ejército son solo uno. Es decir, la falsedad de la revolución transversal.

La puesta en escena sigue siendo uno de los puntos fuertes de este autor, tal y como pudimos apreciar en Cazador de sonrisas, eso nos ayuda a situarnos a vivir el relato de otra manera. Ferrer Casas no define los escenarios de manera esquemática sino descriptiva, pero sin ser barrocos, no se comen ni la acción ni a los personajes. Por otro lado, está la mesura a la hora de definir personaje históricos sin que en ningún momento se convierta en una hagiografía. La mesura en este punto es vital ya que esta es una de las miles de historias que podemos contar sobre la Revolución cubana, una de muchas. Está en concreto descrita por dos foráneos que buscan a su manera entender lo que le está sucediendo al mundo en ese momento.

@Mr_Miquelpg

@lectorbicefalo

Elegancia y pasión

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La vida es buena si no te rindes (Seth). Salamandra Graphic, 2017. Rústica, 196. Bitono, 20€

Seth es de ese selecto grupo de autores capaces de hacer entrar el cómic en otra esfera, no es tanto la forma de narrar ni su estética, que también, sino el compromiso personal con el medio. El autor canadiense es capaz de reivindicar el noveno arte como uno de las artes más validas, por la capacidad de llegar a un amplio sector de la población sin ser elitista como las artes de la alta cultura, pero sin rebajar las expectativas propias que tiene el autor a la hora de concebir cada una de sus obras. En esto juegan dos valores que Seth conjuga a la perfección, elegancia y pasión. Seth habla de sí mismo y de lo sus cosas sin que suene a justificación personal de sus actos, algo que sí me parece que sucede con el notable Chester Brown en obras como Pagando por ello. Su vida es el relato, sin embargo, parece existir cierta conciencia por abordar la narración alejándose de ciertas pautas del slice of life.

La vida es buena si no te rindes fue serializada desde 1993 hasta 1996 en la saga autobiográfica Palookaville siendo publicada como un solo volumen el año de su finalización seriada por Drawn and Quaterly. En este relato Seth nos habla de su vida, al percepción que tiene de la misma y la forma de afrontar las relaciones sociales como una metáfora de su pasión por los cómics, aunque a veces parece completamente a la inversa. El conocimiento que tiene de la historieta y su mundo le permite afrontar la vida en su día a día, pero se va dando cuenta de que ciertas aspiraciones aislacionistas no son más que meras fantasías. El autor/personaje vive no es solo siendo un creador sino que también es un arqueólogo de lo imposible, se dedica a buscar en antiguas publicaciones a autores más o menos desconocidos intentando hallar la esencia de su arte.

En este caso se obsesiona por Kalo, un historietista del que no solo no es capaz de encontrar muchas historietas, sino que le es casi imposible hallar referencias sobre su trabajo y su biografia. Seth emprende un trabajo de investigación personal que le lleva a interrogarse por su posición en un mundo que está cambiando, y que sin saberlo se encuentra justo en el abismo de lo que será la revolución de la información a través de internet, con cierta angustia. La búsqueda de la obra de Kalo, de la que haya una decena de viñetas, le hace plantearse una serie de cuestiones que van desde la especulación de la vida de ese dibujante anónimo, que llego a alcanzar una meta que parece inalcanzable para muchos como es publicar en el New Yorker, a si el no poder dedicarse a vivir de ello le supuso una gran decepción.

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Ese declive que supone en Kalo Seth se lo toma como un cuestionamiento de su forma de vida, el autor es una persona que vive en la nostalgia de un pasado ideal además de ser resistente a los cambios sociales y tecnológicos. Creyendo que al no poder vivir de su trabajo como artista se va a convertir en fracasado. Sin embargo, para Kalo fue solo un periodo de su vida, su capacidad para querer ser feliz le hizo seguir hacia adelante formar una familia y tener un trabajo que le gustaba. Ese cambio que tanto rechaza Seth se convierte en un elemento transformador capaz de reconvertir la vida en algo mejor que lo que uno se pude esperar en un principio.

La vida es buena si no te rindes es uno de los cómics más relevantes del siglo XX, y con razón, no solo por la elegancia que podemos apreciar a lo largo de la obra en cuestión sino por mostrar la relación íntima del autor con el arte al que se debe. Eso que podría parecer un canto al cómic solo para lectores de historietas se da la mano con una nostalgia que sigue funcionando dos décadas después de su publicación original. Todo en un periodo en el que los cambios que se avecinan producen a los lectores de cierta edad un vértigo equivalente al que Seth sentía a finales de la década de los noventa. Algo que hace que uno sienta empatía con el autor a medida que lee la desazón que le provoca la desaparición de cualquier aspecto de su deseado e imaginado pasado perfecto.

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Spain is pain #307: ¿Loser?.

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La deuda (Martín Romero). La Cúpula, 2017. Rústica, 228 págs. B/N, 17,50€

El mundo contemporáneo parece que nos impele de manera directa a cierta dictadura de la felicidad: obtener todo lo que deseamos, mil amigos, la facilidad para poder tener una pareja o varias, ser socialmente atractivo, un trabajo creativo o único, etc. Pero en realidad las cosas no son así, las redes sociales han jugado un papel fundamental en la simulación de una apariencia, ya no triunfadora, pero si plena, completa y sin carencias en ámbitos que no siempre tienen que ver con la situación económica. Pero debemos plantearnos una serie de cuestiones: ¿necesitamos estar a la última?, ¿aparentar lo que no somos?, ¿tener mil amigos? o ¿aparentar unicidad en un entorno clónico?

Ser feliz o el diseño conceptual que existe actualmente de esa idea pasa por mostrar una apariencia concreta, sin embargo; no todos somos triunfadores sociales, ni sentimentales, y tampoco en el ámbito laboral. Quizás por ello los libros autoayuda siguen siendo una fuente de ingresos para las editoriales. El coaching emocional lleva ya con nosotros un par de décadas sin que haya servido de mucho y de ahí, quizás, y por la necesidad de una puesta en realidad surgen los libros de antiayuda como The Subtle Art of Not Giving a F*ck: Counterintuitive Approach to Living a Good Life de Mark Manson, El Libro Definitivo de Antiayuda y Desmotivación de Eva García Fornet o Manual de autodepresión: Guía práctica para arruinarse la vida de Julio César Toledo. De estos títulos surgen ciertas ideas como que la vida es dura y no siempre es maravillosa y que la apariencia es solo eso un envoltorio bonito para mostrar algo mediocre.

La deuda de Martín Romero apunta a todos los aspectos comentados anterioremente a través de un personaje pusilánime y vulgar, pero no más que cualquiera de nosotros. Benjamín Castaño es un tipo que no tiene amistades en las que apoyarse, ni un trabajo estable, no tiene pareja sentimental y tiene una deuda económica que le acucia a buscar una solución inmediata a todos sus problemas. A pesar de todo y de no ser solvente económicamente se consuela con “vivir” de sus tristes, y pasados de moda, monólogos humorísticos. Benjamín Castaño es un paradigma de nuestros tiempos un individuo que vive aparte de todo y que carece de esa voluntad de aparentar. Los monólogos aparecen al final de cada capítulo como una ensoñación en la que se puede apreciar que el protagonista no es consciente de su solemne soledad y de su desconexión social.

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Pero es la deuda que tiene Benjamín la que marca el ritmo del relato, este ha contraído una con una misteriosa mujer que le acosa y amenaza constantemente. Para vigilar los pasos de Benjamin esta mujer utiliza a un individuo que no solo va detrás de él sino que va anotando los gastos que el protagonista tiene. La deuda en si misma se encarna en esta persona, todavía más anónima que el propio humorista mediocre, su única función es perseguir a acreedores. Aunque todo cambia en el momento en que Benjamin tiene que volver a su pueblo natal al entierro de un familiar, es allí donde empieza a recuperar su identidad, una muy apartada de aquella que él ha querido crear en la gran ciudad.

Martín Romero apunta en La duda a un cambio en lo estético con respecto a Episodios lunares, obra en la que los espacios dominaban la narración. En el presente trabajo sigue apareciendo algunos de dichas características, principalmente en la descripción de las calles, los interiores de las casas y cualquier tipo de espacio dramático. Este es el elemento definitivo para aislar al solitario Benjamín que no le queda otra que huir de un sitio a otro buscando algo que ni él sabe que es. De ahí que dé la impresión que la deuda no le preocupe mucho, se ha resignado a tener una sombra en forma de cobrador, optando por intentar seguir viviendo dentro de lo que él ha construido como una vida con la que seguro muchos lectores les costará sentirse reconocidos. Podemos considerar que La deuda opera más en el terreno de lo metafórico dejando hasta el último momento trabajar en el plano de la realidad, que al final, como siempre decide aplastarnos y ahogarnos.

@Mr_Miquelpg

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Rebelión en la granja

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Mirror 1. El reflejo de la montaña (Emma Ríos y Hwei Lim) Astiberri, 2017. Cartoné, 176 págs. Color, 19 €

La sociedad humana, en cualquiera de sus vertientes, parece que sufre una irrefrenable voluntad por analizar, estructurar, crear y personalizar todo aquello que le rodea. Se trata de un mecanismo que conduce a la compartimentación y posteriormente a la jerarquización. Cuando el ser humano acaba de hacerlo con los de su propia especie inicia el proceso con otras especies, y tratándose del planeta Tierra nos estamos refiriendo a los animales. Estos aparte de cuestiones alimenticias y culturales (salvajes) son objeto de investigación tanto para su preservación como su explotación, aplicándose la jerarquía del ser superior sobre el inferior. Otra vertiente es la personalización de los animales u otorgarle valores correspondientes a la idiosincrasia humana, estos derivan en gran parte de las mitologías primigenias.

La relación entre humanos y animales es inevitable, en algunos sentidos más allá de los evidentes. El hombre como animal necesita establecer una narrativa condescendiente hacia los que están por debajo de la pirámide alimenticia, ya sea como forma de redimirse o por una necesidad interior que le impide deshacerse de dicha relación. En La rebelión de los simios (J. Lee Thompson, 1972) tras una plaga que extermina a gatos y perros los humanos utilizan a los simios tanto como animales de compañía como de esclavos. La lógica capitalista marca la supervivencia de aquellos seres que son útiles al sistema desestimando al resto.

En la primera entrega de Mirror dicha utilidad viene determinada por la necesidad que los humanos tienen de estos pero llevado a un estadio más elevado. Los humanos llegan a al asteroide de Irzah con la intención de poblarlo, pero antes introducen en el ecosistema a cinco animales que establecen comunicación con el asteroide. Estos adquieren la capacidad de habla y razonamiento constituyendo la única posibilidad de los humanos de establecer un nexo con el territorio que va más allá del entendimiento. Estos son denominados como los guardianes por la capacidad de salvaguardar una relación instintiva con aquello que lo rodea. Desde la llegada efectiva de los humanos estos han utilizado a los guardianes para entender Irzah sin ningún éxito, para ello han experimentado con animales y los han convertido en híbridos.

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La clase dominante ejerce su poder a través de la ciencia, la magia, la alquimia y una violencia basada en una supremacía especista. En este juego de poder impuesto entra en juego Iván, un joven y notable alquimista; Sena, el primer híbrido creado y líder de la rebelión y Kazbek, un capitán alquimista. Iván a pesar de prestar un gran servicio al régimen está en contra de las fórmulas de este por lo que manda a dos híbridos, Zun, nacido como rata pero con forma antropomórfica, y Phinx, una especie de gato salvaje con sangre de los guardianes  en busca de la loba, una de las guardianes originales. A partir de ese punto empiezan a desvelarse las verdaderas intenciones de los humanos hacia el planeta y el papel de mediadores que ejercen los híbridos en este sistema de poder.

Considero Mirror una intrincada fabula compuesta como si fuera parte de la mitología de una cultura perdida de la que no se sabe desde hace siglos. En ese sentido el guion de Emma Ríos es elaborado hasta el punto de funcionar a todos los niveles de universo deseado, desde aquellos más superficiales como es la invención de especies o nombres, o aquellos que tienen que ver con la física del territorio o la prehistoria del relato. En cuanto al dibujo de Hwei Lim apunta también a eso tiene un gusto por relatar visualmente dentro de la tradición oriental de los grabados y la influencia estética de cierta tendencia del manga. Esta primera entrega juega narrativamente a jugar con lo evidente, el discurso que hay en primer plano es de carácter animalista y sobre el poder, pero página a página vemos como los personajes humanos tienen intenciones ocultas, y es que el humano a diferencia de los animales es capaz de mentir, ya sea por un bien mayor o por el peor de los egoísmos.

@Mr_Miquelpg

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Spain is Pain #306: el lector como constructor.

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Nuevas estructuras (Begoña García-Alén). Apa Apa Cómics, 2017. Rústica, 68 págs. Color, 15 €.

En Perlas del infierno Begoña García-Alén optaba por el camino de la abstracción abortando cualquier posibilidad de narración y dejándolo de la mano de desarrollos visuales los microrrelatos que componen dicho volumen.  La puesta en escena de esa obra era mínima y los recursos utilizados giran en torno a una serie de situaciones planteadas para la experimentación. La autora en cuestión busca forzar los elementos estructurales y narrativos del cómic para llevarlo a un terreno propio y personal, y posiblemente un tanto críptico para el lector convencional, en el que la obra final tiene mucho más que ver con una visión formal de la secuenciación gráfica y la investigación sobre los límites del relato que la servidumbre de lo gráfico en función de la narración.

En Nuevas estructuras da un pasito atrás en cuanto a la abstracción y da otro hacia adelante en cuanto a la representación a través del símbolo. Eso sí, en este caso lo narrativo y el relato, aunque sencillo, está presente como un hilo que cose una relación entre imagen y palabra, pero la imagen como una reducción que representa la parte por el todo y que traduce lo propuesto en el texto de manera simbólica. La narración propuesta por la autora consiste en un grupo de arquitectos que se desplazan para construir un anexo a una casa preexistente. Pero el diseñador en cuestión tiene una peculiaridad, sus últimos trabajos han consistido en hacer casas para pájaros.

La historia en cuestión no es ni como empieza ni como acaba sino el planteamiento sinestésico propuesto por la autora en el que la acción y el hecho se ve únicamente representado por el símbolo. Esto viene acentuado por una diagramación funcional de la página que busca resaltar el elemento representado a través de una exaltación de la forma sobre el fondo, poniendo solo de relieve en primer plano a la primera sin más contexto que el lector le quiera dar: unas flechas señalando cada una en una dirección dispuestas en diferentes viñetas para representar que el narrador se ha perdido en un recorrido, una llave tal cual, una puerta, o un martillo dibujados de manera aislada para formular un anclaje con el texto hacia el objeto plasmado en la página.

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En este caso nos encontramos un relato fragmentado por la focalización de los narradores. En “La casa” la persona que encarga la construcción recibe a los arquitectos, este primer capítulo sirve para marcar las pautas del relato y las reglas del juego que establece con el lector. Una vez planteado como tenemos que enfrentarnos a la obra en “El proyecto” vemos el punto de vista de los constructores, la llegada a la casa y la peculiaridad de su obra anterior, en “El sueño” la autora se permite una retícula diferente con viñetas más grande y poner en relación a los diferentes elementos aparecidos en los apartados anteriores junto con elementos de construcción abstractos. El volumen se cierra con “La construcción” focalizando otra vez con la persona que encarga el trabajo, aquí podemos ver como el trabajo en cuestión gira más en torno a las expectaciones que sobre lo planificado. La obra acabada en la ficción es como la que estamos leyendo tiene más que ver con el cumplimiento de las expectativas que nos hemos creado con la lectura de la misma que con como acaba realmente.

Cerrar la obra, como decía Umberto Eco, consiste en “entenderla” en función de nuestro background cultural, pero eso suele suceder con aquellas obras que basan su narración en los géneros. Aquí dicho cierre funciona de manera diferente García-Alén nos ha ido dando todo aquello que forma parte de la construcción final, somos nosotros los que debemos de imaginarnos ese anexo de la casa en función de cómo hemos ido construyendo el relato y su contexto. Nuevas estructuras funciona en torno a lo poético, lo sugerido y lo minimal. Las focalizaciones interpelan al lector para que forme parte del relato, para ello no hay personajes definidos solo personajes en sombra, silueteados y sugeridos. Nosotros debemos poner un escenario que ha sido despiezado y amueblarlo escénicamente a nuestro antojo. En definitiva, una obra llena de misterio en el planteamiento en la que el lector es algo más que un actor pasivo.

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Integración, clase social y arte contemporáneo

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Sadboi (Berliac). Sapristi cómic, 2017. Rústica, 144 págs. Azul y blanco, 16,90 €

Berliac maneja en Sadboi uno de los personajes arquetípicos que ha desarrollado en sus últimos trabajos. Un tipo del que no sabemos que pensar porque somos incapaces de adivinar que se le pasa por la cabeza, se mueve por unas pautas propias ajenas a la sociedad en la que se vive y sus acciones surgen a modo de acto reflejo de lo que se le ocurre en cada momento. Ciertamente podríamos definirlos como nihilistas, aunque en la mayoría de las ocasiones sus acciones repercuten de manera negativa sobre ellos mismos, de una forma o de otra. Pasa con el hijo que muestra apatía por su padre moribundo en Coinpusher, los personajes que recorren los relatos cortos que conforman Seinen Crap actúan de una manera incomprensible para el lector y en la reciente Asian Store Junkies los protagonistas son dos millenials obsesionados por la comida preparada que venden en supermercados asiáticos.

Aun así, con esos puntos de encuentro que podemos hallar a simple vista Sadboi es completamente diferente; mantiene ciertos elementos, pero el enfoque es mucho más actual, concreto y definido. Podemos encontrar referentes sobre los temas de trasfondo en cualquier tipo de noticia en prensa europea poniendo de relieve tres discursos base para establecer un relato crítico sobre la Europa contemporánea: la integración de migrantes no occidentales, el clasismo que surge del tema anterior y una reflexión sobre la función del arte contemporáneo y su función jerárquica.

Sadboi es un adolescente que llego de niño a Europa en una patera hasta llegar a parar al norte del continente, donde es acogido por un programa de protección e integración. El rechazo le lleva a convertirse en un delincuente de baja estofa que tras conocer a un agente de arte se dedica a ser artista. El personaje se convierte en el centro de atención de los medios por ser la imagen pública del programa de integración. Esta como un elemento que intenta borrar sutilmente, y a veces no tanto, pautas y comportamientos vinculados a los social y lo cultural del país de origen del protagonista. La integración, tal y como nos lo muestra el autor es una lobotomía que pretende convertir a Sadboi en un ciudadano ejemplar, más incluso que los locales, se le inculca que debe de seguir las reglas, más que sus conciudadanos, para no llamar la atención. Se busca una construcción para un tipo de persona al que seguramente no se le vayan a dar las mismas posibilidades que el resto. Todo disfrazado de cierta bondad paternalista. En el tramo final del relato Astrid, la encargada de supervisar la evolución de Sadboi dentro del programa, ante la pregunta de este de si ella le quiere a él ella le responde: “¡No te quiero tal y como eres!¡Te quiero tal y como querría que fueras!”. Es decir, se tolera a los extraños en función del nivel de construcción tutelada que nuestra sociedad permita sobre ellos para reformularlos como ciudadanos, que tiene que ser mejores pero que no se les va a permitir llegar a ciertos puestos sociales.

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Eso nos lleva a lo siguiente, el predefinir la clase social a la que debemos pertenecer los individuos. En ese pack que es el proceso de integración vienen incluido otro: situar dentro de una determinada clase social al ciudadano en cuestión. Eso consiste en adjudicarle unos valores de buen ciudadano y un techo de cristal que nunca podrán traspasar. Sadboi en su infancia es dado a diferentes casas de acogida, pero no acaba de encontrar su lugar, existe cierta imposibilidad por asumir valores que le son ajenos. Así pues, el protagonista decide encontrar su sitio convirtiéndose en una persona que contraviene todos los estatutos sociales. Se rebela de la integración asumiendo por completo el rol de un delincuente, contraviniendo las mentes bien pensantes de la izquierda que creen que todos los migrantes son buenos por naturaleza, y dándole la razón a la derecha más radical asumiendo la maldad intrínseca de los foráneos. De manera que Sadboi es una construcción social no ajena sino de sí mismo para el resto, asume su posición social reivindicándola a través de la violencia y el crimen.

Pero el protagonista decide, aunque sea de manera inconsciente, rebelarse también contra eso y dar un salto de clase a través del arte. La alta cultura contemporánea que implica que un autor este detrás para darle valor a la obra en cuestión, pone en la palestra al protagonista dentro de la sociedad en cuestión. El arte moderno le sirve de excusa para intervenir en el estado de las cosas; esto no es baladí, el arte que se vende en galerías está destinado a una clase social concreta y esta le permite a Sadboi adquirir una relevancia funcional para seguir actuando como un delincuente a través de una performance que llega a todos los medios de comunicación y que ayudará a descubrir toda la farsa social elaborada en torno a las formas en que los occidentales permitimos a foráneos de zonas poco privilegiadas acceder a nuestros privilegios.

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Sadboi es en esencia un cabrón porque lo ha decidido el mismo. Berliac opta por no victimizar a un personaje desposeído exonerando al contexto, la sociedad le ha dado las herramientas justas para que pueda ser en lo que se ha convertido, no hay nada más; no es ni un demonio ni el mal encarnado. Entre todo esto nos encontramos con la primera gran obra de este autor, aunque no es nada desdeñable todo lo que ha publicado anteriormente, en el que el apartado gráfico fascinante que está a la altura del relato y el discurso, el trazo limpio acentúa cierta sensación de extrañeza. En definitiva, obra de lectura obligatoria tanto por forma como por contenido de la que seguramente nos acordaremos cuando llegue el momento de las listas.

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