Nuestros miedos ocultos (Fran Krause)

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Nuestros miedos ocultos (Fran Krause). Sapristi, 2017. Rústica, 144 págs. Color, 15,95€

Fran Krause explica al principio de este volumen como el punto de partida del relato consistía en explicar sus miedos irracionales. Si el autor hubiese decidido seguir con esa línea de trabajo posiblemente estaríamos ante un trabajo diferente. Se denota pues la diferencia entre el relato personal e interior con el colectivo y global. La primera opción seguramente hubiese necesitado de un hilo argumental, saber de dónde vienen esos miedos, y eso posiblemente nos llevara a un tipo de slice of life: el autor frente a la hoja en blanco convirtiéndose esta en una confesora implacable. Pero la decisión del autor de no hablar de sus miedos, o no solo de estos, sino también del de los lectores hace que tengamos que dejar de lado la idea de trama argumental por una temática.

Los miedos son básicamente el reflejo, no tanto de aquello que tememos, sino de lo que la sociedad va inculcando. No tanto a un nivel macro como a un nivel micro. Esto es aquello que se nos inculca desde pequeños: desde tradiciones locales o familiares como situaciones próximas a nuestro hábitus. Este como un punto de partida en la conformación de la psique de las personas. Un evento traumático del pasado, un sueño repetitivo o una historia que corre de boca en boca pueden convertirse en un elemento que se inyecte en nuestra psique y convertirse en un miedo imposible de extraer de nuestros pensamientos.

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La decisión de Fran Krause de dejar el peso de lo personal al colectivo repercute en la mostración del origen y motivos de los miedos pero nos acerca a un cuento, o 101 microcuentos, a través del cual podemos explorar la experiencia personal de sentirse reflejado en los miedos de otros. A pesar de la variedad de los mismos podemos trazar una serie de líneas transversales que nos ayudan a encontrar aspectos comunes entre los diferentes microrrelatos. Hay una serie de temas en común: el doble maligno, muertes ridículas, presencias no físicas, el daño que nos pueden realizar terceras personas o tomarse al pie de la letra algunas creencias populares. Es decir todo aquello que escapa de nuestro propio control.

El autor opta, a pesar de lo macabro de algunas experiencias, por un dibujo no naïve pero si con un toque dulce. Esto puede ser tanto para llegar a un público más amplio o dulcificarlas y no basar el relato en algo truculento. Seguro que muchos lectores al igual que yo nos hemos reconocido en algunas de estas historias, lo cual nos puede ayudar, sin faltar el respeto hacia quien padece dichos miedos, a poner en cuestión los nuestros, de donde vienen y porque están ahí. Nuestros miedos ocultos es un relato ameno y divertido. Y que al igual que parte de la comunidad se puede leer, y casi sería lo aconsejable, en grupo, entre amigos y con algún desconocido, comentando cada uno de los miedos.

@Mr_Miquelpg

@lectorbicefalo

 

Ciencia, fantasía y tristeza

Ether: La muerte de la última llama dorada (Matt Kindt y David Rubín) Astiberri, 2017. Cartoné, 136 págs. Color, 16 €

La ciencia-ficción es el mejor mecanismo para hablar de nuestra sociedad, para enfrentarnos a nuestra existencia como grupo de individuos. Es sencillo, lo puedes llevar todo al extremo y convertir la narración en ejemplo de lo que somos o de lo que podríamos ser, tanto para bien como para mal. La fantasía es mejor dejarla como un camino introspectivo, una senda interior en la que definirnos a nosotros mínimos como individuos, pudiendo hablar de cosas tan abstractas como el amor o la perdida sin preocuparnos por la organización política de las naciones o la redistribución de las riquezas. Un príncipe enamorado puede personificar el amor perdido sin que tengamos que caer en discusiones sobre la legitimidad o no no de la monarquía. Nos importa poco lo ideal en la fantasía, tenemos una moral muy simple de buenos brillantes y malos oscuros donde el bien es un constructo que se puede tocar y sentir, donde importa más el sacrificio de un alma pura por el amor de su vida que las condiciones laborales en una mina humana.

Y así llegamos a los grandes estereotipos, una bruja puede representar la redención personal mientras que un androide es más óptimo para personificar la lucha de clases. Varias generaciones de autores se han empeñado en cimentar esta diferencia, desde Tolkien y Asimov hasta Star Wars y Star Trek, fantasía frente a ciencia-ficción, el corazón y los sentimientos enfrentado a la mente y las ideas. Así avanzan los tiempos con seguidores de uno o dos caminos que disfrutan de revisitar iteraciones donde la aventura es tan reconocible que casi parece hogareña. Hasta que los mundos chocan, porque tarde o temprano los mundos tienen que chocar para que todo avance. Hay que agradecer que unos cuantos valientes se atrevan a jugar con lo sagrado y plantearse no sólo que hay detrás de  las cortinas, sino cogerlo y jugar con ello. Lo importante, al final siempre es lo mismo, no hay nada sagrado y el sacrilegio es el único camino hacia la evolución.

Sacrilegio, y mucho, es lo que tenemos en las páginas de Ether de Matt Kindt y David Rúbín, que ya desde su primer volumen, La muerte de la última llama dorada, nos dejan bien claro que no hay nada a lo que afianzarse, su colección es una mezcla tan densa que no sabemos donde empieza la fantasía o la ciencia-ficción, además de dejar muy claro que es imposible saber donde terminan ambos términos más allá de la hibridación. El guión de Ether  de Matt Kindt comienza con un aventurero de nuestro universo, un científico en el sentido más positivista de la palabra, que consigue llegar a un mundo de fantasía donde en lugar de maravillarse y tirar sus cuadernos a un fuego, se remanga la camisa y se pone a trabajar. Esta idea central de Ether, el sabio que desentraña la magia a través del método científico no es nueva, pero pocas veces la habíamos visto con tanta fuerza como en Ether, Boone es un hombre de ciencias hasta la médula, inmune a la maravilla de un universo mágico, pues sabe que no entender algo es mera cuestión de tiempo. Esto hace que el protagonista del cómic pueda llegar a resultar casi molesto, pues en lugar de maravillarse disecciona la magia hasta medirla y comprenderla. Sin embargo, el buen guión de Matt Kindt no deja que caigamos en la simplificación de considerar a su protagonista una cabeza cuadrada sin corazón.

Porque Boone además de ser científico es un ser humano, un hombre condenado y consumido por una obsesión en la que todos nos podemos reconocer en mayor o menor medida, ahí la fantasía; un hombre sólo y derrotado a pesar de contar con todas las victorias morales y sacrificios que le exigiría nuestra sociedad, ahí la ciencia-ficción. Pues ante todo, Ether es una historia con un poso de tristeza, con una anhelante búsqueda de la redención aunque su protagonista no lo sepa. En esa encrucijada reside el mayor acierto de Matt Kindt con Ether, un cómic donde tenemos el juego obvio del cruce de fantasía y ciencia-ficción con los ropajes de una investigación criminal, La muerte de la última llama dorada casi es un procedimental donde se busca saber quién mató a quién, pero sobre todo tenemos la radiografía de un hombre que antes que cualquier otra cosa es humano.

Por su parte, del trabajo gráfico de David Rubín poco se puede decir que no se haya dicho ya, algo que se va convirtiendo en una molestia con cada nueva obra que leo de él, porque no puedo decir más que su trazo, visión y narrativa son el perfecto vehículo para este gran cómic que busca aunar el gusto por lo espectacular para la masa con la proyección más personal. El dibujo de David Rubín funciona en casi cualquier obra, se convierte en un vehículo que no molesta en ningún momento o género, pero al mismo tiempo es fácilmente reconocible y apreciable. Además se nota que esta colección se crea en gran medida a cuatro manos, Rubín es una fuerza creadora de la naturaleza y se nota que gran parte del universo de Ether sale de sus entrañas, con un dibujo que como pocos consigue aunar dramatismo épico con sentido del humor, con esa genialidad que lo mismo te ríes que te pone el vello de punta.

Así que nos encontramos ante un cómic de esos que entretienen, de los que se leen de un tirón mientras motas y notas van cayendo en tu mente, todo para saber que al terminar la lectura hay algo más escondido entre sus páginas. Yo seguiré leyendo Ether, no porque quiera entender como funciona la magia o cual es la relación de la misma con nuestro mundo, sino porque necesito acompañar a Matt Kindt, David Rubín y Boone hasta el final de su camino, para saber si ese hombre entre dos mundos es capaz de conocerse a sí mismo y en la medida hablarme a mí sobre lo que es ser un hombre, sobre lo que es vivir.

@bartofg
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Spain is Pain #298: jefes finales.

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Mundo Extraño (Vicente Montalbá) GP Ediciones, 2017. Rústica, 228 págs. B/N, 16€

Creo que en la actualidad no existe ningún medio mejor, o que este sacándole más réditos al viaje del héroe que el videojuego. El proceso de construcción del mito a través de un personaje a través de la construcción del mismo mediante pruebas y obstáculos. Y es que la gran mayoría de títulos, incluso los simuladores deportivos, recogen la idea del mérito adquirido como un valor sólido para crear personajes con más posibilidades de superar no solo a enemigos, pruebas y jefes finales, sino que abre las puertas de mayores posibilidades de exploración del territorio. En cierta, a lo largo de la historia de los videojuegos, la narratividad de los videojuegos va ganando enteros a medida que se crean espacios más amplios de tránsito, lo cuales generan más oportunidades de narrativas propias por parte del usuario en función de los recorridos que este elija para su experiencia de juego.

Por otro lado mientras que hasta hace relativamente pocos años los videojuegos carecían de fundamento de cara a aquellos que no son jugadores habituales, a día de hoy son referencias tan válidas en el tiempo como la de cualquier arte popular. Un reflejo de la importancia de este arte/industria es la publicación de Mundo extraño  de Vicente Montalbá. En este partimos desde cero con un personaje neutro, sin rasgos distintivos que se introduce en un mundo del cual, tanto él como nosotros desconocemos todo, desde su constitución y orografía como por las reglas físicas y sociales que lo rigen. Así pues a partir de Bititor-45, nombre con el que se autobautiza el protagonista, veremos en qué consisten las dinámicas de crecimiento personal y de habilidades de este mundo.

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Cualquier aficionado a los RPG sabrá que este es un punto de partida habitual dentro de ese género videolúdico. Que lo que viene después pasa por reconocer el lugar, familiarizarse con él y empezar una andadura que consiste en ir de prueba en prueba para poder ir adquiriendo habilidades que se muestran en el árbol de experiencia. Y así será el desarrollo de la narrativa de este volumen. El autor pone el acento en narrar desde el punto de vista del personaje, no conocemos la experiencia del resto, a modo de experimento solipsista deja de lado completamente las narrativas paralelas. No sabemos nada de los personajes secundarios cuando desaparecen del lado de Bititor-45, debemos creer a ciegas en que lo que nos cuentan es completamente verdadero.

A estas alturas ya podemos adivinar, o como mínimo intuir, que el público objetivo es el de un tipo de usuarios de productos de entretenimiento electrónico muy concreto. En eso no hay ningún tipo de duda. Pero el autor se desmarca por completo de esas narrativas RPG llevadas al noveno arte en las que el dibujo es pornográficamente descriptivo y barroco en los detalles. Montalbá apuesta por un dibujo que bebe más del underground que de ese tipo de estándar estético y con eso gana puntos en la descripción de un universo que es en esencia chabacano, personajes que solo piensan en follar, comer, matar y beber. Se trata de la supervivencia pura y dura, y esta en situaciones adversas se reduce a lo básico, lo esencial. En definitiva, un cómic de aventuras clásico, divertido y muy entretenido que lleva al lector de la mano a través de un mundo del cual podemos pensar que conocemos todo, pero que en realidad no es así.

@Mr_Miquelpg

@lectorbicefalo

Hay una muchachita nueva en el mainstream

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Que alguien se acueste conmigo, por favor (Gina Wynbrandt). Reservoir Books, 2017. Rústica, 144 págs. Bitono rosa/azul, 14.90 €

Parecía que la gran revolución tecnológica con la que se iba a abrir el siglo XXI, hija del determinismo tecnológico, iba a ser una fuente de mejora y evolución del ser humano. Con lo que no contábamos era con los millenials y cómo iban a acoger una serie de innovaciones que tan solo hacer veinte años tan solo aparecían en la ficción futurista. Eso ha devenido, en cierta manera, a una llegada de la tecnología a los terrenos más insospechados, existen aplicaciones para las chorradas más inútiles que nos podamos imaginar, y entre estos está el sexo. Ligar con expectativas de follar ya pasa, para según que generaciones por la pantalla de un móvil. Esto implica cierta necesidad de un intermediador tecnológico como forma de llegar a todo, es decir, la necesidad de algo para conseguir otra cosa. Lejos de argumentar que los nuevos medios tecnológicos van a acabar con la interacción interpersonal, en algún sentido la incrementan pero de otra manera, llegando al punto de hablar más pero nos comunicamos menos.

Volviendo al tema de los ligues a través de aplicaciones creo que existen dos relatos que explican como nadie como están cambiando las cosas en este ámbito: el primero es “First Date”, cuarto capítulo de la segunda temporada de Master of None, y el segundo es “Love Me Tinder”, segundo capítulo de la serie Hot Girls Wanted: Turned On. Ambos exponen desde dos vértices, uno la ficción y otro el documental, el nuevo paradigma relacional de nuestros tiempos, al menos en occidente. El ordenador, los smartphones y las tablets como elementos intermediadores para las relaciones humanas creando cierta relación de dependencia. La pantalla digital ya no solo nos entretiene sino que nos ayuda a crear relaciones donde no las hay.

Quiero entender, o ver, que uno de los dos grandes temas que Gina Wynbrandt trata en Que alguien se acueste conmigo, por favor es ese. La idea de poder enamorarse de alguien mediando las redes. Da igual que sea un amor de ficción, platónico o real el sexo mediado a través de la tecnología constituye el leit motiv del relato. Gina, una veinteañera, se desdibuja y se reafirma a través de un amor platónico por Justin Bieber, a ligar por redes sociales y a vivir aventuras sexuales a través de juegos online. El texto constata que Gina es una kidult, quizás no tanto por voluntad propia sino por una simplificación de los valores aplicados a las nuevas generaciones en el que ser adulto y maduro parece más bien un defecto que una virtud.

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Sin embargo, la autora trata un segundo subtexto y es el de la representación del cuerpo de la mujer apartándose de los cánones de belleza femeninos preestablecidos en los albores del siglo XXI. El camino transita primero por no verse mal a una misma enfrentarse al mundo con todo, no solo el físico sino las formas sociales. Gina, personaje, no es un ejemplo de comportamiento social, pero tampoco importa, en cierta manera está emparentada con Meg de Hechizo Total en el que la idea de la estereotipia femenina desaparece definiéndola en oposición al mainstream. En ese sentido, y parafraseando a Benjamin, la microestructura va por delante de la macroestructura, y aunque antes o después esta la devore, la regurgite y lo escupa a su antojo. Y en algún momento concreto sucederá con estos nuevos modelos.

La importancia de reflejar la carencia de la relevancia del cuerpo femenino como prototipo sexual parte del capítulo en el que a Gina se le aparece Kim Kardashian para enseñarle a sacar lo mejor de sí mismo. Sí, pura apariencia, la Kardashian es la cúspide de las celebrities que son estrellas por no hacer otra cosa que llevar una vida focalizada en el hedonismo. Pero mostrar el hedonismo femenino como una forma de feminismo es una de las cotas que están favoreciendo la constitución de un nuevo feminismo. Es decir, el cuerpo de la mujer tiene significado por y para ella misma y no en relación con el hombre o la sexualidad hacia este.

En definitiva, Que alguien se acueste conmigo, por favor es una obra ideal para entender los recovecos de lo millenial. Para poder hurgar en el corazón de la nueva generación de ciudadanas occidentales. Giddens, en una afirmación radical, decía que el ordenador y lo digital habían venido a destruir la cultura del libro y lo canónico tal como lo habíamos conocido hasta ahora. Pero la cultura se ha convertido en algo tan irrelevante para la mayor parte de la población que las tecnologías digitales se han convertido en un elemento transformador de la vida social, las relaciones, el acceso a las mismas y sobre todo de la amistad. Gina Wynbrandt apunta a todo eso desde una perspectiva personal bordeando la autobiografía y la fantasía, hibridando el testimonio personal con el generacional.

@Mr_Miquelpg

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Spain is Pain #297: universo unipersonal

La balada de Jolene Blackcountry (Victor Puchalski). Autsaider Cómics, 2017. Rústica, 40 pags. B/N y fotoluminiscente, 15,95€

Mundos posibles, multiversos, universos alternativos y mundos paralelos están por lo general construidos en torno a la extrañeza. Me explico, un ser humano perteneciente a nuestra realidad se ve transportado, descubre o se traslada a otras realidades en forma de mundo. Da igual que estas estén situadas en el plano mental o intelectual, siempre se definirá como una construcción física en la que él/la protagonista pueda comportarse, con reglas ajenas y aprehender las nuevas, como en su realidad de procedencia. Es decir, los mundos se cimentan como un constructo ajeno a nuestros cuerpos, transitamos por ellos al igual que lo podemos hacer por nuestro habitus convencional. Eso implica cargar con todos los prejuicios, conocimientos y costumbres como modo descubrimiento de los nuevos límites territoriales.

Estas narrativas se desarrollan en torno a un descubrimiento vital para él protagonista que debe reconocer que en el fondo ese nuevo espacio que habita se convierte en un nuevo hogar, un nuevo heimat. El heimat como elaboración personal del yo en relación con el mundo inmediato en el cual hemos crecido, aprendido y sentido, como base del nacimiento de las costumbres y tradiciones llevadas a lo personal e individual, pero también en lo comunal. A nivel narrativo y focalizando en el cómic representar la esencia de lo alternativo es algo que realmente está al alcance de la mayoría de autores, pero siempre se mantiene la esencia de lo palpable. Lo cual nos lleva a plantearnos cuales son las pautas para desarrollar otro tipo de universos alternativos.

Victor Puchalski apunta en La balada de Jolene Blackcountry por una solución puramente técnica basada en dimensionar la lectura de su último trabajo en dos planos visuales. Para ello se sirve por un lado del tradicional blanco y negro para mostrarnos el mundo real y asequible, aquel que podemos entender por estar narrado en primer plano. La segunda dimensión viene plasmada por una tinta fotoluminiscente condicionando la lectura del volumen a las condiciones reales de lectura. Podemos leer el cómic que está en primer plano, también aquel que nos obliga y nos implica de manera plena en la lectura, con la luz apagada viendo tinta fotoluminiscente brillar en todo su esplendor.

Surge pues un paralelismo entre la transformación que sufre Jolene, que vive en el plano del blanco y negro, y la Jolene que se convierte en una guerrera a través de la lectura con la tinta fotoluminiscente. En cierta manera como lector nos encontramos con un paralelismo en la construcción de universo paralelo, de carácter unipersonal e interior, y el lector que asume que debe de releer el cómic en esa segunda dimensión planteada. La balada de Jolene Blackcountry es un claro ejemplo de universo paralelo que habita en el mismo espacio que el real, aunque quizás sea mucho más justo decir que tiene lugar dentro de la protagonista, lo cual supone un reto narrativo. Por un lado, dar a entender al lector que está entrando en otra dimensión sin abandonar la principal para ello aparte de la cuestión técnica sitúa ambos planos en la misma página, viñeta e incluso dentro de los cuerpos de los personajes. Por otro mantiene un efecto alucinógeno que ayuda a imaginarse esa acción que se desarrolla en dos planos de la realidad sin pasar por la tradicional narrativa paralela.

La balada está inspirada visualmente en las estética de los mangas de los setenta pero huyendo del homenaje de las narrativas más convencionales del momento. El autor busca crear una experiencia narrativa en la que el lector forme parte de la misma que pasa por leer y releer la obra en ambos planos de realidad. Para lo cual la narrativa se abre a través del cuerpo de la protagonista y se cierra con ella misma. Todo un viaje interior el que vivimos a través de estas páginas que encierran más preguntas que respuestas, y unas cuantas imágenes más que potentes que se quedan grabadas en nuestras retinas. Un ácido emocional que nos hace dudar del aquí y el ahora, demostrando que el blanco de las páginas puede dar mucho de sí.

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Button Man – Asesino de asesinos (John Wagner y Arthur Ranson)

Button Man: Asesino de asesinos (John Wagner y Arthur Ranson) ECC, 2016. Rústica, 112 págs. Color, 11,50 €

El tercer de los cuatro arcos argumentales de la colección Button Man, en los que John Wagner y Arthur Ransons desarrollaron a su personaje Harry Exton, Asesino de asesinos, nos muestra por primera vez a nuestro querido sicario en una enorme partida del juego de la muerta en la que no quiere participar. En cierto modo, el guión de John Wagner nos recuerda a lo que ya habíamos leído en El juego de la muerte y La confesión de Harry Exton, con un héroe completamente gris que no tiene problemas en recurrir a la violencia más directa y descarnada para mantener una vida tranquila. Aunque no es menos cierto, que esta vez, John Wagner eleva el dinamismo y la tensión hasta el punto de crear uno de los mejores cómic de acción de todos los tiempos, manteniendo los cimientos de su colección pero ampliando horizontes allá por donde puede.

Aunque al final de La confesión de Harry Exton parecía que nuestro héroe era más listo que nadie y se había librado de los millonarios aburridos que contrataban sicarios como modernos gladiadiores, en Asesino de asesinos vemos como ni Harry era tan hábil ni sus medidas de seguridad para mantenerse al margen eran tan resistentes. Así que asistimos a un juego del ratón y el gato en el que todos los sicarios de Estados Unidos se lanzan contra el antiguo militar británico en una carnicería a lo largo de medio país. Todo regado con la violencia que también escribe John Wagner, y con ese humor cáustico que tan bien le sienta a la colección. El lector no empatiza con Harry porque sea más noble, lo hace simplemente porque el foco se coloca sobre él, algo que bien sabe manejar el guionista para recordarnos continuamente que su protagonista no es mejor persona, simplemente más hábil matando gente.

Por su parte, el dibujo de Arthur Ranson se mantiene en el mismo nivel que en los anteriores volúmenes de Button Man, con ese realismo prácticamente fotográfico que tan bien sienta a la serie, añadiendo una capa más de verosimilitud a la trama, tanto es así que incluso en Asesino de asesinos hay un juego metanarrativo sobre la violencia real de los sicarios y su traslación a la ficción como entretenimiento. John Wagner y Arthur Ranson nos siguen entreteniendo con Button Man pero recordándonos en todo momento que la violencia duele y es más real de lo que parece en un telediario, además de subrayando en todo momento que el uso de la misma deslegitima a cualquier héroe en todo momento. Todo con el cruel juego de enseñarnos esa lección entreteniéndonos como nadie.

Button Man: El juego de la muerte
Button Mann: La confesión de Harry Exton
Button Man: Asesino de asesinos

@bartofg
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Spain is Pain #296: Delicias nimias (y 2)

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Nimio (VVAA) La Cúpula, 2016. Rústica, 180 págs. B/N 10 €

Hace ya algún tiempo ya dedique una entrada a uno, sino él, de los fanzines más representativos del último lustro. Evidentemente se trata de Nimio, las páginas de este fanzine desprenden, aunque sea un tópico, frescura. Pero sobre todo por una percepción personalísima de los autores al acto de creación de un cómic. El/los relatos principales y transversales apuntan, no a comentar, como hacen muchas de estas publicaciones sino a reflexionar sobre el acto de contar. Esa opción, posiblemente inconsciente por parte de Anabel Colazo, Ferro, Luis Yang, María Ponce y Nuria Tamarit, es parte inherente e imprescindible de las historias que podemos encontrar en las páginas de las diferentes entregas del fanzine.

Ese punto me lleva a la sensación que como lector me ha dejado el último número de Nimio. Por lo general los fanzines nacen de forma insospechada, o al menos eso me gusta creer, y acaban cuando los creadores no tienen el tiempo necesario para poder llevar adelante la publicación. El caso de Nimio ha sido totalmente diferente no solo porque han decidido publicar su última entrega con el buque insignia del cómic underground patrio, sino por lo que se puede respirar a través de las últimas 180 páginas de esta publicación.

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No sé si voy a entrar en algún tipo de paranoia personal o con la relación que suelo establecer con los textos que realmente me gustan. Está claro que esta entrega es una despedida y no lo digo porque se ha anunciado como un último número sino por la conciencia de los autores de que son las últimas aventuras de sus personajes se traspasa a estos de una manera ¿consciente? A medida que uno va  avanzando en la lectura de este volumen se va dando cuenta de la importancia de ver al autor dentro de la obra de ficción, entender como tal que las cosas tienen un final por mucho que queramos que las aventuras de los personajes de Nimio continúen eternamente. Todo es una gran despedida, a una forma de entender el comic como una forma de relacionarse con el mundo.

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A dicha fiesta final no podían faltar algunos de los autores más interesantes del panorama nacional como  Roberta Vázquez, Antonio Hitos, Lorenzo Montatore o Álvaro Ortiz. La idea es hacer un último número que sea memorable y en el que se reivindique el papel del fanzine tanto dentro como fuera de la industria, entendida esta como un estamento inamovible, no solo como una vía de expresión sino también como una manera de expresarse a través de la forma. En cuanto a contenidos los protagonistas de las aventuras que tienen lugar en Nimio son hijos de la iconografía y la mitología personal de cada uno de los autores, haciendo de cada una de las entregas una fiesta de reencuentro de elementos que conocemos o nos suenan de una manera u otra. El subtítulo de este último número es Fantasía Final apuntando a cierta complicidad con el lector que ha estado siguiendo los pasos del fanzine y que espera algo especial en esta entrega algo que los autores cumplen con creces. En fin, echaremos de menos a Nimio.

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