Sweet Hino

Hideshi Hino - El teatro escalofriante de Hideshi Hino - cubiert

El teatro escalofriante (Hideshi Hino). La Cúpula, 2019. Rústica, 212 págs. B/N, 10,90 €

Comparando la obra de algunos coetáneos a Hideshi Hino, podemos comprobar que existe cierta componente de ternura en sus relatos. No entendiéndolo como una forma de entender el terror no explicita o no especialmente cruenta. Quizás, podríamos decir que, todo lo contrario. La ternura, situada casi siempre en la relación como desde el mundo adulto observamos la infancia y la juventud, como un periodo de crecimiento, aprendizaje y de lo ya sabido. Pero también en las formas en las que la juventud entiende las reglas sociales, ese orden preestablecido que tardamos tanto en aprender.

El teatro escalofriante trata de fondo de la grieta que hay entre mayores y adultos en la comprensión de lo social. Y de paso jugando con esa idea de ternura. En este volumen se recogen cuatro historias que en mayor y menor grado están protagonizadas por niños. Que se enfrentan a la vida en un universo de realismo mágico pero muy cruel. La primera historia es una aproximación al Frankenstein de Shelley pero poniendo de protagonista al mar. Un Doctor Furankenshutain nipón encuentra unos restos marinos no identificables que decide utilizar para su proyecto de crear vida humana a través de restos del mar. La profundidad del mar esta inyectada en la consciencia del nuevo ser. Una especie de homúnculo gigante y poco agraciado. El recién nacido, a pesar de sus proporciones, buscara cual es el propósito de su vida. El segundo relato gira entorno a esa distancia en la percepción de la realidad entre niños y adultos.  Un niño de clase media sufre el síndrome del miembro fantasma, su mano izquierda adquiere conciencia. La mano de Hiroshi empieza a cometer pequeños delitos, a tocar lascivamente el pecho a su madre hasta el punto de matar a otro niño. Una pequeña fábula sobre los cambios en la adolescencia abordado desde un punto de vista familiar.

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En El día que las grullas echaron a volar aborda lo fantástico desde lo naïf, una niña que sufre de una enfermedad que la mantiene constantemente en cama tiene como único entretenimiento hacer grullas de papel, leer cuentos infantiles tradicionales y observar a las grullas que están de paso en su jardín. Solo puede agarrarse a eso para jugar de alguna manera y escapar de la realidad. Un final poético en el que se relaciona la muerte de las grullas con la de la niña y la permanencia del alma de esta en las grullas de papel que elaboraba. Con un tono de cuento infantil, este volumen se cierra con El ogro Gongoro. En el que el protagonista, un ogro bueno, se enamora de la chica más guapa del pueblo, pero esta es ciega y no puede ver su fealdad. Gongoro, de alma cándida, no hace más que ayudar a los humanos ante cualquier problema. Pero el padre de la chica rechaza la propuesta de formalización de la relación y empieza a pedirle sacrificios, que afectan al cuerpo de este, como condiciones para seguir con su hija. El final, sentimentalista donde los haya, nos hace sentir pena y ternura por el ogro traicionado por los humanos.

Este tomo muestra esa otra faceta de Hino, quizás un poco más suave de lo que nos tiene acostumbrado. En este caso lo tenebroso y terrorífico mora tanto en el interior de las personas como en las situaciones en las que los personajes se ven involucrados. En otros casos el autor japonés no se muestra tan afectuoso como en este volumen. Tanto en La isla de las pesadillas como en El niño gusano los protagonistas sufren enfermedades extrañas o son devorados por profesores caníbales. El teatro escalofriante es otro trabajo clave de este autor que maneja como nadie esa idea de manga de terror con raíces mitológicas y costumbristas niponas.

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La purga

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Omega Men (Tom King y Barnaby Bagenda). ECC, 2019. Cartoné, 296 págs. Color, 29,50 €

Es curioso como en los últimos años existe una narrativa trasversal que trata el concepto de purga humana como un beneficio social; como si fuera normal pedir ese sacrificio a cualquier ser humano. Desde la franquicia de La Purga, Avengers: Infinity Wars, El cuento de la criada, etc… Parece que llegamos a un fin de ciclo en el que siempre se les pide el favor a terceros, y cada vez con menos disimulo a los ciudadanos que están en riesgo de exclusión o directamente han salido de las estadísticas institucionales. Esa idea, que por ahora es solo un arco argumental de fondo muy utilizado, tan peligrosa de la limpieza social que en ningún caso dudara en mostrar su faceta xenófoba, racista, misógina u homófoba, sin descartar en ningún momento la inclusión de aquellos que profesan un ideario diferente o pertenecer a las clases más bajas de la sociedad.

Omega Men en ese sentido es una obra que muestra de manera descarnada la violencia de los ejecutores, los que deciden quién se queda y quien se va. La puesta en escena es la de un gran conflicto por cuestiones de fe en el sistema Vega. Se trata de un régimen aplastante que no duda en cometer genocidios en busca de acumular poder a través del terror. Pero como en todo sistema hay un contrapoder que lucha desde la clandestinidad, los Omega Men. Un grupo de seres de diferentes planetas y culturas que luchan contra esa teocracia intergaláctica.

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Dicha guerra de guerrillas tiene un gran trasfondo, en este caso el estelárium un componente inherente de los planetas que componen el sistema Vega y que permite que los planetas no colapsen tal y como sucedió con Krypton. La riqueza y el egoísmo del resto de la galaxia condenan a los cinco planetas, a sus civilizaciones y los seres vivos que lo habitan, ya que en sí misma la extracción de este material destruye el planeta. El capitalismo se muestra como una cruel forma de genocidio. Sin embargo, lo más notable del relato es el uso de Kyle Rayner, un Lantern, casi por definición cuando un personaje de este tipo aparece en un relato suele ser para llevar la voz cantante y ser protagonista, aleccionar, liderar y hacer para aquello que se le ha creado. Tom King opta por poner a Rayner en un sospechoso segundo plano, tan sospechoso que en realidad es un protagonista en segundo plano. No se muestra tal como es hasta la mismísima recta final del relato.

Omega Men es ese tipo de relatos que necesitamos para reflexionar sobre la importancia de aquellas ficciones que se atreven a mostrarnos los monstruos abisales del sistema. Es la típica estrategia de la ciencia ficción de hasta mediados de los sesenta, ampliar tanto el foco que los referentes contextuales no se puedan apoyarse en una contemporaneidad estética, pero si temática. El trabajo de King es una parábola para poder hablar de los tiempos de las ideologías feroces provenientes más de lo instintivo que de lo puramente cognitivo. El autor estadounidense, que siempre esta mucho mejor en relatos cerrados que en colecciones abiertas, maneja muy bien los tempos del relato con la estructura de 3×3 viñetas. Es de los pocos dentro de la nueva hornada de autores mainstream capaz de manejar el ritmo y la velocidad de lectura. Resumiendo, Omega Men es un gran relato sobre nuestro presente, desde luego no es alentador pero la visión que maneja el guionista sobre nuestro tiempo es proverbial.

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Spain is Pain #356: ¿el fin de la trilogía de los grandes temas de la humanidad?

Inframundo

Inframundo (Pep Brocal). Astiberri, 2019. Cartoné, 312 págs. Color, 29 €

Pep Brocal es un autor que le gusta tratar los grandes temas de la humanidad en Alter y Walter (2013) nos hablaba de la dualidad del ser humano cuando este tiene que enfrentarse a una situación complicada, en Cosmonauta plantea la idea del último ser vivo que ha de salvar el destino de la especie en un viaje sin final aparente en el que un ser bastante desgraciado no podrá responder el de dónde venimos y el hacia dónde vamos, y para acabar, al menos por el momento, esta especie de trilogía de los grandes temas de la humanidad con Inframundo, el viaje a los infiernos de Amalia.

Uno de los grandes recursos del autor catalán es el saber recoger dos espacios, por lo general uno psicológico u onírico, dicho de otra manera, no real, con la realidad subjetiva del personaje protagonista. Un mundo interior exterior en el que sus personajes han de saber moverse en la fantasía cual Alicia de Carroll. Si en las dos obras anteriormente citadas como lectores éramos conscientes de ese doble rol del espacio y de la divergencia de las reglas de mundo de ambos tipos de realidad; en esta última Brocal integra el espacio fantástico a la realidad del personaje. Las reglas de este universo son de raíz mitológica y literaria, ni más ni menos que Dante, que también aparece en estas páginas. Por lo tanto, la lectura es mucho más universal, más reconocible y palpable, el infierno como parte del background cultural de occidente.

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Amalia, la protagonista, es una mujer que se mueve por inercia y con cierto desprecio por si mismo y las personas que la rodean. Trabaja de portera en el mismo edificio en el que trabajó su madre, vive ahogada por la rutina del trabajo, del espacio y por recurrir a la filosofía de Bruce Lee para encontrar respuestas, tal como hacía su madre. Una rutina rota solo por Dudu, su gato. Cuando va a limpiar el destrozo hecho por su felino tras cazar un pájaro, se cuela en el piso de uno de los inquilinos del edificio y ve como un hombre trajeado y con bombín hace desaparecer al vecino en cuestión dentro de una maleta. Dudu, haciendo gala de su curiosidad gatuna se mete dentro de la maleta. El viaje de Amalia por los círculos del infierno se inicia para rescatar a su mascota, pero la ruta emprendida le llevara más por un desvío a visitar sus propios infiernos y contemplar con desagrado el de otros.

Si el planteamiento gráfico del primer acto de esta historia de más de 300 páginas es apabullante. Si el autor sigue con su concepción de trazo limpio y construcción sencilla de personajes frente a espacios más elaborados visualmente, en esta primera parte nos encontramos con un dibujo mucho más complejo y elaborado para representar a los personajes de la vida real. La segunda y tercera parte es una explosión creativa, viñetas a doble página y a página completa que tienen un aroma de grabado antiguo, con toda la carga simbólica que eso implica. Inframundo es ante todo un viaje al centro de la protagonista que no duda en hacer cualquier cosa para recuperar a su mascota. Pero sigue siendo una obra que sigue incidiendo en las grandes preguntas en este caso sobre las culpas interiores. Nunca me canso de recomendar a Pep Brocal y en este caso es una obligación por ser su trabajo más pleno y completo, en el que cuenta como siempre, pero con un ojo puesto en nuevas formas de contar.

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El joven Alberto (Yves Chaland)

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El joven Alberto (Yves Chaland). Dibbuks, 2019. Cartoné, 80 págs. Color, 25€

La vida de los personajes de secundarios de cómics es extraña. Por lo general, son creaciones bien ubicadas, para ocupar funciones muy concretas dentro del relato. Si están bien escritos se convierten en protagonistas en los momentos en que estos aparecen. Pero si no es así son un estorbo, un escollo que el lector debe de superar para entrar en el juego. En la industria del cómic es muy habitual sacar provecho de esos personajes que brillan en narrativas corales o que son recurrentes dentro del relato seriado. Se les extrae del texto principal y se les amolda en un nuevo contexto, nuevas situaciones, y como no, nuevos personajes recurrentes que deben arropar a ese secundario que ahora es principal, para que este pueda hacer brillar la narrativa total del cómic.

Es una práctica mercadotécnica habitual en la industria del cómic de superhéroes estadounidense, en la francobelga la fama de algunos secundarios como Obélix o Marsupilami son tan populares y queridos como los personajes principales a los que arropan; también encontramos los emancipados como el de los orígenes canónicos del cómic, The Yellow Kid. El caso de El joven Alberto es más parecido a este último, empezó como secundario dentro de la serie Bob Fish, la cual no fue muy longeva, desapareció con el tiempo.

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El joven Alberto debuta en enero de 1982 en Métal Hurlant mostrándonos a un personaje de la calle que es puro lumpen. Funciona a golpe de instinto sin razonar ni meditar ninguna de las acciones que vaya a acometer. La historia se desarrolla en una especie de posguerra en la que Alberto y sus amigos deben de sobrevivir a un periodo de carestía, pero de formación del nuevo espíritu nacional. Chaland nos habla de la sociedad en la que se criaron las personas que en los ochenta configuraban el sistema. Alberto es un anarco-costumbrista, una forma de entender la vida a medio camino entre no hay regla que le valga al personaje, pero atendiendo a un principio de supervivencia aprendido de las formas de vivir de los que le rodean. En muchos casos niños sin posibilidad de prosperar en el futuro.

Pero ante todo es un arribista, pretende tomar provecho de cualquier situación en la que se vea involucrado. Aunque por lo general no le sale bien, es vapuleado constantemente por el destino. A pesar de esa forma de entender el mundo es también un joven fantasioso a medio camino de entre la infancia y una madurez repentina difícil de digerir. El álbum brilla por el humor negro y cínico de Chaland que nos ofrece la imagen de un país preñado de sí mismo. Pero, sobre todo por su forma de narrar visualmente, los encuadres, las composiciones, el uso de los colores, y el imaginario paralelo entre realidad y la imaginación del joven personaje. El joven Alberto es un imprescindible atemporal, como todo lo del maestro Chaland.

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Spain is Pain #355: El hombre del subsuelo

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El Subsuelo (Víctor Solana). GP Ediciones, 2019. Rústica, 184 págs. Color, 18 €

Cuando leo o veo cualquier tipo de texto muchas veces busco esas referencias estéticas, guiños narrativos, un gesto, un movimiento, un encuadre que me ayuden a conectar a la obra en cuestión con otras, y de paso intentar a llegar a tener un conocimiento más profundo de lo que estoy viendo. Supongo que como todo el mundo hace. Buscar un referente literario, cinematográfico o pictórico nos hace pensar en otras posibles influencias de los autores. Un acto de intentar leer o comprender aquello creado por otro a partir de un precepto puramente estético.

En El subsuelo de Víctor Solana hay una serie de influencias que son claras, están ahí para ahorrarnos tiempo en la comprensión del universo ficcional. A nivel literario 1984, Un mundo feliz, y una referencia muy personal, Ciudad revientacráneos. Las influencias cinematográficas pasan por Metrópolis o un Mad Max un tanto enfermizo. Del noveno arte bebe de David Rubín, El Incal o el sacrosanto Akira. A pesar de ello el secreto mejor escondido de las influencias que planean sobre este título es la obra pictórica del mismo autor. Un mundo de retratos colectivos de personas con conos, retratos en primer plano de hombres y mujeres con la cara llena de cinta de embalar, vendas o cables o El hombre del subsuelo. Esta última parece ser la obra seminal que preña todo el imaginario de Santos.

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El retrato es un plano medio corto de un hombre que tiene la cara y el cuerpo cubierto por lo que parecen heces, llevando un cono blanco e interpelando de soslayo al espectador. En el cómic ese personaje se refleja en el capitán que controla la Ciudad Gas para Damabiah, el gran líder que todo lo controla. Este es un déspota que, con la idea de un enemigo exterior constante, implanta un sistema de falso bienestar social en el que controla a su pueblo a través de drogas. Es un mundo carente de esperanza que, enfrentada a los Tribales, que viven fuera de los límites de Ciudad Gas. Estas dos sociedades están separadas por una divergencia teológica; mientras que los tribales creen en un dios que no es visible si no que en un acto de fe hay que creer ciegamente en él, en Ciudad Gas, Damabiah es un ídolo querido y temido a partes iguales. Mientras que unos viven bajo el temor de ofender a su deidad u otros temen convertirse en objetivo del tirano.

La historia que acompaña esta reflexión es la de una elegida, ciega, que tiene la capacidad de hablar con dios, y será la elegida, como Juana de Arco, de hacer caer la tiranía y luchar por la libertad del ser humano. Pero es el apartado gráfico lo que resulta apabullante, todas y cada una de las páginas ofrece resoluciones visuales completamente diferente. Eso implica un uso del lenguaje del cómic que pocos autores tienen, y teniendo en cuenta de que se trata de una primera obra podemos estar delante de uno de los autores más interesantes de la próxima década. El subsuelo guarda ciertas similitudes temáticas con Punk Rock Jesus de Sean Murphy, principalmente la búsqueda y el cuestionamiento de un sistema de creencias religiosas jerarquizado por estamentos que se ponen por encima de las necesidades del ser humano.

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Ero taisho

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Sakura Gari: En busca de los cerezos en flor Vol. 1 (Yuu Watase) ECC, 2019. Rústica, 234 págs. B/N, 9,95€.

El Periodo Taisho (1912 – 1926) es en el que se asienta la cultura occidental en Japón. Si el Meiji fue un periodo convulso, y el que siguió, Showa, fue caracterizado por el militarismo, el Taisho registra un proceso de cambio: partidos democráticos, lucha obrera, sindicalismo, en definitiva, luchas por la igualdad en una sociedad férreamente jerarquizada y que todavía arrastraba ciertos tics de su estructura medieval. Entonces estamos ante un periodo de apertura y cambio que se traslada a una sociedad en la que a pesar de todas las novedades en cuestión de libertades sigue siendo una sociedad cerrada.

Yuu Watase se centra en ese periodo de manera muy astuta para hablar de diferentes temas, quizás más actuales a pesar del periodo representado. La idea de hacer un relato de época inspirados en momentos muy determinados de la historia, parte de cierta idea de trasladar el encanto de lo nostálgico a través de una estética que puede dar pie, según el giro genérico que quiera, a obras que exploren cuestiones más profundas que las planteadas en un primer momento. En Watase el rasgo estético es firme, acompañado de un trazo que se aleja de lo etéreo del Yaoi más convencional.

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Eso le ayuda a crear unos personajes que en su aspecto físico pasan por ser paradigma de la belleza. En este título son Tagami, un chico provinciano que llega a Tokyo con el fin de estudiar, y Saiki Souma, hijo de un importante empresario. Ambos representan esa belleza, con cierto punto femenino. A partir de ahí es todo es una careta, Tagami representa ese Japón que se adapta a las nuevas circunstancias políticas y de puntos de vista sobre el mundo. Llega a Tokyo, paradigma de la modernidad asiática del momento, donde una serie de circunstancias hace que entre a trabajar al serivicio de Souma hijo de un japonés y una occidental que guarda trás de su rostro un ser perverso. Posiblemente se trata de una lectura básica, sin profundizar demasiado, pero está ahí. Souma, el único con sangre extranjera, se dedica a seducir con malas artes a jovencitos japoneses para expandir su zona de influencia.

Tagami muestra esa inocencia con la que se representan las nacionalidades a sí mismas. Souma una sociedad occidental indefinida que busca encontrar su espacio con sus propias reglas sin respetar a los que le rodean. Lejos, o dentro, de ese mismo nivel de lectura, lo que realmente es En busca de los cerezos en flor es una historia de aprendizaje sexual. Tagami caerá en la enrevesada tela de araña tejida por Souma, poco a poco van siendo conscientes de que la belleza sublime de ambos es absoluta, para el nipón como un enigma que debe de resolver y para el foráneo un reto que debe de ser superado. En todo esto Watase muestra su maestría en un relato amoroso que escapa a ciertos tópicos como el tormento o el deseo inenarrable, la relación entre hombres se construye de manera natural sin ningún tipo de acento.  En busca de los cerezos en flor es un trabajo tanto para los fans del autor como aquellos lectores asiduos del Yaoi, pero en este caso con una elegancia que a veces no encontramos en obras del género.

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Spain is Pain #354: travestimiento

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Las cloacas de la cripta (Furillo). Autsaider cómics, 2019. Grapa, 32 págs. B/N, 5€

En algunas de las capas de la personalidad, la mitología, la superstición, y un aspecto que distan mucho de los cánones convencionales, de los monstruos clásicos del terror nos encontramos lo grotesco como algo ridículo y grosero. Algo que ayuda tanto a horrorizarnos como para mofarnos de ellos tanto por su condición como por su aspecto. El monstruo, la bruja, la vampira o el hombre lobo tienen algo de eso, de ridículos, de estar fuera de sitio, de ahí que, posiblemente, causen ese repulsión en el resto de la sociedad algo de lo que apartarnos, catalogar y rechazar. Aquí podríamos entrar en cuestiones de análisis sobre la construcción de la sociedad y la homogenización de las comunidades.

Pero no, aquí vamos a tirar un poco más por Genette, la transformación de textos originales y reconvertirlos a contextos nuevos, en este caso el travestimiento. Furillo opta por esta técnica, aplicar su estilo gráfico para poder desvirtuar el aura del monstruo. Para ello se sirve del formato historia corta de revista de cómic de terror clásico estadounidense, historias con un final moralizante que pretendía sembrar el miedo entre los lectores más jóvenes. El autor convierte ese terror gótico en grotesco para ello hace aparecer la sexualidad de los personajes, mostrando sus más bajos instintos. Para ello se sirve de la desvirtuación de los cuerpos de los personajes: obesidades grasientas, caras embrutecidas, genitales deformados, pero siempre manteniendo los rasgos estilísticos que los definen.

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Ahí es donde se produce el travestimiento, personajes y situaciones reconocibles, sino, como se diría coloquialmente, no entenderíamos el chiste. Las cloacas de la cripta es ante todo un cómic de humor, grueso, pero humor que se mete de lleno en cuestiones escatológicas de ahí la desacralización del mito. Furillo se permite, como en todos sus cómics, a retar a al lector con un tour de forcé de heces, eyaculaciones purulentas, genitales colgones, cuerpos sudorosos y todas la imágenes truculentas del gótico reconvertidas en escenas de putrefacción. Furillo es un maestro en lo suyo en ese humor, en esa representación de los imaginarios y por eso es divertido, chabacano, pero muy divertido.

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