El día triste, asqueroso, nada divertido y realmente malo de Superman (Dave Croatto y Tom Richmond)

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El día triste, asqueroso, nada divertido y realmente malo de Superman (Dave Croatto y Tom Richmond). ECC, 2018. Cartoné, 32 págs. Color, 9,95€.

Una de las especialidades de los autores de MAD es coger a los iconos de la cultura popular, convertirlos en seres humanos corrientes y molientes, darles unas vidas rutinarias y dejarlos que parecen el vecino gritón del 6ºD. Desde los estrenos más populares, a las series de televisión de éxito y, como no, a los superhéroes clásicos del cómic. Superman como superhéroe primigenio no podía ser menos, ya en el número 4 de la publicación satírica Harvey Kurtzman y Wally Wood creaban Superduperman en el que ya se ven alguna de las pautas de la revista a la hora de abordar estas parodias. En primer lugar, cambio de nombre, de Clark Kent a Clark Bent, le sigue cambiarla a un trabajo peor y para acabar convertirlo en su faceta de héroe en un estúpido sin par.

En El día triste, asqueroso, nada divertido y realmente malo de Superman Clark Kent sigue siendo el de siempre, sin ninguna variación, tiene el trabajo de toda la vida y sigue siendo el superhéroe de siempre. El ser un icono de la cultura y salvador varias veces de la tierra no le garantiza absolutamente nada. Va a tener un día horrible, destroza la casa sin darse cuenta, se pone el disfraz del revés, los niños no le hacen caso, se lleva las peores noticias de la redacción y sus amigos de la Liga de la justicia le ningunean. En definitiva, el día de Supes no ha sido nada super. Este título en formato apaisado en principio pensado para un público infantil, esta explicado como un cuento, no desagradará a ningún lector fan del hijo de Krypton, de hecho le provocará alguna sonrisa al ver a su superhéroe predilecto con problemas tan del día a día aplicado a su figura.

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Spain is Pain #342: Sex politics

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Bárbara Maravilla (Marta Alonso Berná). Astiberri, 2018. Cartoné, 160 págs. Color, 17€

El sexo como arma, como instrumento o como herramienta para amedrentar. El sexo a parte de la función reproductiva y lúdica siempre ha jugado un papel importante a nivel político, incluso en los conflictos bélicos. Lo que en el occidente contemporáneo consideramos un valor de diversión, libertad o ególatra puede adquirir otros matices. Hace ya unos años leí sobre un largo conflicto entre varias tribus sudamericanas que duraba años, este se solucionó a través de las mujeres de los jefes de las diferentes tribus ¿Cómo? Ni hablando, ni dialogando, ni nada por el estilo, cada una de las esposas se puso en huelga de sexo hasta que la guerra entre las diferentes comunidades finalizara. Y así fue. El sexo puede convertirse en una herramienta política de primer orden.

Marta Alonso Berná plantea ese principio como un elemento activo que pasa de la esfera puramente personal a la política como un valor activo para poder cambiar y mejorar el mundo. Bárbara es una mujer cargada de manías y complejos, de mediana edad, pero todavía vive con sus padres y su vida se limita a ir de casa al trabajo y del trabajo a casa. Es decir, una Salary Woman, que vive por y para el trabajo, de libro incapaz de salir de su esfera personal por un miedo irracional a todo. Hasta que un día tras beber una bebida energética y cortocircuitarse con un microondas sufre una gran transformación, se convierte en una mujer sexualmente irresistible para los hombres de poder que haya en sus inmediaciones.

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La autora provoca un giro en torno al paradigma del héroe convencional si en lo masculino se construye en torno a la fuerza y cierta imposición de valores de la verdad de una manera muy determinada. Para Bárbara todo pasa, en primera instancia, por encontrarse con un hombre del que ha estado enamorado toda la vida y que ahora está de misionero en Zambia. Ella utilizará ese poder para llegar a ella, pero él la desprecia por su nueva personalidad banal. Bárbara emprende entonces una batalla contra el mundo que pasa en primera instancia por recuperar el orgullo herido, pero más adelante se convierte en un propósito personal arreglar la situación de pobreza en ese país africano. Ella con buenas intenciones desvela lo intrincado y malévolo de la industria farmacéutica, pero también las ataduras de un sistema que no permite hacer modificaciones para intentar arreglar las desigualdades sociales.

Esta reformulación de los superhéroes desde el punto de vista de la economía y la sexualidad se aparta por completo de la superheroína como un reflejo del superhéroe convencional en femenino que ni tan solo personajes como Faith o Mockinbird son capaces de reescribir. Barbara no tiene ningún superpoder excepcional aparte de la atracción sexual que genera en los hombres que gobiernan el planeta. Y ahí nos encontramos con otro punto de este trabajo, todos los que controlan el sistema son hombres que se topan con algo que no pueden manipular el deseo sexual por una mujer concreta. Al igual que las mujeres de las tribus dejaron de tener relaciones sexuales con sus hombres para acabar con la guerra, Bárbara utiliza la idea contraria el sexo y su atractivo sexual como un activo para conseguir sus propósitos. Marta Alonso Berná plantea un divertido cómic de denuncia en el que el trasfondo es conocido por todos, por ello no insiste en discursos vacuos para centrarse en la acción y en la protagonista. A eso hay que sumarle el dibujo ágil y una narración que hace que la lectura sea inmersiva, se lee de una tirada, casi sin tomar aliento. Bárbara Maravilla, es un cómic divertido, entretenido y visualmente llamativo, pero que esconde una profunda crítica al sistema de valores del occidente capitalista.

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El gusto por el detalle, el gusto por lo imperfecto

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El vagabundo del manga (Cuadernos japoneses vol. II) (Igort). Salamandra, 2018. Rústica, 184 págs. Color, 22,50€

En la entrada dedicada al primer volumen de Cuaderno japoneses hablaba de la gran diferencia entre ser turista y un viajero, una divergencia que tenía como elemento central el nivel de inmersión al que el individuo decida sumergirse en un trayecto a un emplazamiento que no es el suyo. El turista solo navega por la superficie de los pueblos que visita, no sale de los guettos creados para los visitantes, estos construidos a imagen de lo que este cree que necesita ver no son más que un espejo deformado de la verdadera cultura. El viajero, a diferencia del turista, se sale de las rutas programadas, deja la superficie para encontrar su propio camino y en parte así mismo. El viajero como una condición emocional del yo.

En el segundo volumen Igort marca un tercer nivel de inmersión, el de aquel que proveniente de una cultura ajena construye una propia a partir del país que la visita. Tan propia que la reconoce como suya, el país lo conoce a la perfección, las formas, la sociedad, la geografía y sobre todo la cultura que trasciende a todo esto. El vagabundo del manga es posible uno de los viajes a Japón más apasionantes hechos en papel. Este tiene como principios narrativos, casi espirituales, la filosofía de Matsuo Basho basada en una vida austera vagabundeando por el territorio. Una especie de pirámide Maslow invertida en la que en la parte más alta no se accede a mayores bienes materiales sino a la menor dependencia de lo material. El segundo principio es El libro de los cinco anillos de Myamoto Musashi, uno de las obras fundamentales del pensamiento marcial japonés.

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Igort conecta ambas filosofías en un viaje al otro Japón, aquel que esta fuera de las guías de viajes convencionales. De hecho, se trata de un recorrido mucho más profundo que surge del conocimiento y de las ganas de perderse en busca de ese país que está desapareciendo a golpe de contracción tecnológica y occidentalización forzada. Para ello se centra tanto en personalidades notorias de la cultura nipona pero también en aquellas personas que mantienen la esencia de ese Japón del periodo Meiji, aquel a través del cual se produjo el cambio definitivo de una sociedad medieval a una modernización occidentalista de carácter capitalista.

En ese sentido el vagabundeo propuesto por Igort es como una balsa en un rio con suaves corrientes, esta irá dependiendo de estas, del influjo del viento y de alguna decisión que tome el remero. Tal como la literatura japonesa clásica el autor italiano llena su relato de esencias y sensaciones de ese Japón que irremediablemente se pierde con cada avance tecnológico y con cada progreso que le haga perder sus raíces culturales más profundas. La globalización y occidentalización del país del sol naciente acusa esos males desde finales del siglo XIX, un camino que en su momento supo ver Mishima manifestando su perdida a través de hacerse el seppuku pocas horas después de enviar a la editorial su última obra La corrupción del ángel, última entrega de la Tetralogía del mar de la fertilidad. Pero es también un viaje terminal, la última visita a Jiro Taniguchi; en ese último tramo la nostalgia sale a flote. El vagabundo del manga es básicamente una obra maestra, uno de los mejores cómics que vamos a leer en años, porque atrapa como pocos, y como pocos llega al lector.

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Spirou y Fantasio Integral 1. Franquin 1946-1950 (André Franquin)

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Spirou y Fantasio Integral 1. Franquin 1946-1950 (André Franquin) Dibbuks, 2017. Cartoné, 208 págs. Color, 29,50 €

Enfrentarse a los orígenes de un personaje muy longevo puede ser algo muy satisfactorio o muy decepcionante. No podemos olvidar que estos son fruto de una cocción que ha llevado años y que han sufrido y tenido que adaptarse a modas, estéticas, y reformulaciones dependiendo del periodo del que estemos hablando. Mucho más cuando se trata de personajes construidos para lectores juveniles mucho más afectados a las modas que los lectores adultos, lo cual hay que tener en cuenta el equilibrio entre adaptarse a los nuevos lectores de cada generación y mantener las esencias. Y todo esto es mucho más difícil cuando hablamos de Spirou.

En este volumen no nos encontramos con un momento intermedio del personaje sino con la primera reformulación del personaje, quizás la más importante y la que lo va a definir durante décadas. Franquin, no creo a Spirou, fue el francés Rob-Vel, pero si fue el que le dio unos rasgos definitivos; de su pluma salen personajes secundarios que se convertirán en recurrentes a través de los años. Pero sobre todo es importante por las formas de contar al personaje, si, a Fantasio también, no solo como este se ha de mover en las aventuras sino también en la utilización del lenguaje físico del botones. Dicho de otra manera las páginas que aquí nos ocupan son algo más que la recopilación se trata de historia del cómic, del autor que le da forma a uno de los personajes más queridos y populares,y que gracias a su labor, y la de los autores que lo siguieron, se ha sabido reinventar sin perder dichas esencias.

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¿Qué nos encontramos en este primer integral? Principalmente relatos muy enfocados al público infantil de la época basado en poner en a Spirou y Fantasio en una serie de situaciones inversemblantes que provoquen gags que diviertan a los más pequeños de la casa. Pero también nos encontramos con una transformación en las narrativas, que pasan de esas historias en busca del gag, lo cual siempre son limitadas, a pequeñas historias con una trama central y que puede tener continuaciones como es el caso de Radar el Robot y Los planos del Robot, o aquellos que formaran parte de la historia del personaje. Algo que veremos en el segundo integral con la aparición de Marsupilami y de Champignac. Aquí, por el momento podemos apreciar esa primera transformación, y de paso ver cómo afectan las modas o los estatutos de los personajes secundarios a través de las épocas. En Spirou sube al ring vemos como existe violencia explícita entre los niños, o tics en la representación racista de personajes de origen africano. Pero eso es en definitivo el signo de los tiempos, y siempre es grato ver como todo eso a cambiado. Lo dicho, Spirou y Fantasio Integral 1. Franquin 1946-1950 es esencial, básico, imprescindible, sin más.

Más Spirou en el blog:

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Spain is pain #341: Poniendo de relieve el relato corto.

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En corto (VVAA). Astiberri, 2018. Cartoné, 112 págs. Color y B/N, 15 €

Como bien dice Rayco Pulido en la contraportada de este volumen cada vez es más difícil encontrar un espacio para publicar para aquellos autores que decidan trabajar relatos cortos. Las revistas comerciales, que parecen ser el lugar natural para este tipo de extensiones son, por decirlo de alguna manera, una anécdota. Ya no tienen la repercusión que tuvieron en las últimas décadas del siglo XX y ya no sirven como una forma de mostrar a los lectores el panorama, tendencias o estado del tebeo. La otra manera es autopublicarse ya sea en papel o en redes, siendo la primera opción destinada a un público muy selecto la segunda, a pesar de la globalización digital tampoco es una garantía para llegar a ese público concreto. En estas dos últimas opciones se echa a faltar la labor del editor, ese intermediario que con conocimiento de causa aportaba a las revistas o antologías de un discurso o una intención muy determinada.

Una tercera opción descartadas las revistas y la autopublicación es por la que han optado a través de En corto, el primer recopilatorio de historieta corta promovido por el Cabildo de Gran Canaria y Astiberri Ediciones como resultado de la convocatoria del Concurso Nacional de Cómic de la Biblioteca Insular de Gran Canaria. Por lo general con los concursos de cómic pueden suceder tres cosas: una que no se publique nada, dos que se publique con una tirada muy limitada y tres, la menos habitual, que se publiquen las obras ganadoras acompañadas de otras que han participado en el concurso y que son notables. En el caso de este título se trata de una oportunidad de tomar el pulso tanto a nuevos autores, como aquellos que ya llevan un tiempo trabajando su arte pero que por lo que sea no han pasado a primeras espadas a pesar de que el trabajo previo de algunos de los autores presentes en En corto es más que interesante. Ya en su momento Astiberri publicó Panorama que resultó un trabajo colectivo que nos mostraba el estado del cómic español de hace unos años; no a modo de catálogo sino como un ariete que mostraba las fortalezas de nuestros autores de historietas.

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En las páginas de En corto nos encontramos desde el formalismo más clásico, a relatos de género, comedia, abstracción que juega con la forma, poéticos o a modo de comentario social. El ganador de la convocatoria, Alejandro Galindo Buitrago, nos presenta “Viento de Levante” una obra que se apoya en el clasicismo estructural a través de una estructura circular. La apuesta de este autor es la esencia del déjà vu mediante un personaje que se levanta en mitad de un pueblo isleño sin saber dónde está y que hace allí. “La señora Rosa” de Elisa Riera Ruiz tiene ecos del trabajo de Paco Alcázar, pero sin el cinismo de este, pero con un toquecito más underground como método de análisis, con humor, de las dinámicas de apego y desapego que existen en la actualidad. “Nunca” de Francisco Bilbao Borja y Mayte Gómez Molina, es una apuesta por la experimentación, hacen un juego con el significado estricto de la palabra enfrentándolo al efecto cognitivo que generan las ilustraciones. “Dromedario” de Sergio Menéndez Vicente y Jorge Arias Megías me recuerda a Otoño de Jon McNaught por el uso de la belleza de la contemplación que se busca en el lector, una historia con una narración de libro perfectamente estructurada.

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 Por su lado Mayte Alvarado Simancas nunca falla, es una de nuestras autoras de cómic más interesantes e importantes del panorama actual; en “El Barco” delinea un relato sinestésico que busca que el lector se sumerja en sus páginas y que sienta las miradas de las protagonistas o el viento que mece la cometa y el trigo. “El Mercedes negro” de Eduardo González Rodríguez es como un viaje a lo desconocido, la apariencia estética es de cómic de género negro, pero realmente nos encontramos con una SF al estilo de La dimensión desconocida sobre el trip de un grupo de amigos. “El semáforo” de Blanca Santamaría Ruano pone en relieve la estupidez animal de las gaviotas con el comportamiento gregario de los humanos. El punto cachondo del volumen lo pone Michel Casado Freire con “Hotter Than the Hindenburg” explicándonos los peligros de responder a un desconocido en una sauna, más allá de eso el estilo gráfico es apabullantemente sencillo y efectivo.

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Laura Pérez Granel, la autora de Naufragos, en su relato corto “Juega” hace una aproximación intimista al cuento de fantasmas, pero a través de las distancias cortas existentes entre el espacio y la protagonista, sin necesidad de mostrar lo obvio. Arnau Sanz siempre pone el foco en la persona; mejor dicho, en los matices de esta. “Selva Negra” no iba a ser diferente, pero esta vez con un cuento que indaga en el género de la supervivencia con unos tipos que se han quedado atrapados en su barco en una zona glaciar, en apariencia todo es amabilidad, pero la crueldad (en algunos) sale como una forma de sobrevivir. “Unamunos” de Iago Araujo Molina tiene como punto de partida el discernir la verdad del yo a través de la percepción personal y ajena, a nivel visual trabaja con el icono con una sencillez extrema. Para acabar con un cuento de tipo social que nos habla del trabajo de un inmigrante, occidental, en Canada; “Working Holidays” de Javier Rodríguez Pinto trata de la desesperación, la incomprensión y la falta posibilidades de las personas, aquí perros antropomórficos, fuera de nuestros contextos sociales, o Heimat como dirían los germanos.

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Lo dicho anteriormente En corto es ese tipo de volúmenes que nos permite hacer una aproximación al cómic actual dentro de nuestras fronteras. Pero no solo eso las historias que lo conforman son entretenidas y apasionantes, pero se apartan también de ese cómic conformista que se acomoda con solo explicar una historia en viñetas. Aquí hay algo más, ganas de contar con la forma, la estructura de la página, el color, el trazo y con todo aquello que le ayude al autor a narrar con la intensidad que este desee aplicar. En resumen, una buena oportunidad para descubrir, o redescubrir, lo que se está haciendo por nuestros lares.

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Mierdas extralargas, drogas y un piso

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Coleguis (Matt Furie). Apa-Apa Cómics, 2018. Rústica, 160 págs. 1 Tinta azul, 17€

Los amiguetes, los coleguitas, la peñuqui, la pandilla, cualquiera de estas palabras viene a definir un grupo de amigos; pero no el grupo de amigos del cole, el trabajo o de la universidad. Si no aquellos con los que seguramente nunca pensabas que te ibas a juntar pero que se convierten en inseparables a pesar de las diferencias y las ofensas que se hacen unos a otros. Pueden ser amistades temporales pero intensas o para toda la vida. En la ficción podemos encontrarlas desde series de televisión que muestran una idea de amistad blanda y forzada como The Big Bang Theory a otras que están más cerca de un grupo de personas que están al borde del abismo como The Young Ones o Bottom.

La idea de Furie es prima hermana de las producciones de la BBC, quizás no tanto por el histrionismo de los personajes, el punki, el hippy, el anarquista y el pijo, que habitaban en una casa cochambrosa y que no dudaban en destrozan por pura diversión. La diferencia con estos Coleguis es la distancia temporal y ciertos cambios en la vida de principios del siglo XXI. Ya sea por las redes sociales, la socialización de las drogas de todo tipo, el humor escatológico a pasado a primer plano y las bromas pesadas están a la orden del día y ese es el día a día de Andy, Brett, Landwolf y Pepe, si la rana utilizada por los supremacistas blancos estadounidense como arma para difundir mensajes de carácter racista y xenófobo a través de memes. Y quizás estos coleguis vivan en esa cultura de la desacralización de algunos temas concretos que durante mucho tiempo han servido para hacer humor para ciertos sectores pero que ahora mismo es utilizado por otros como arma política, y bien que les está funcionando.

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Dejando de lado la doble vida de Pepe, Coleguis funciona como una pieza cómica que bordea ciertos aspectos del costumbrismo cómico mezclado con un punto de cinismo millenial. Los cuatro compañeros de piso se mueven entre un hedonismo y dejadez personal que está presidida por la vida en el microuniverso conformado por un escenario único, el piso en el que habitan, lo cual nos remite inevitablementes a las formas de la sitcom televisiva. No como algo negativo sino como método de construcción de los personajes. Por un lado, el volumen se abre con una breve ficha de personajes para situarnos en los parámetros de cada uno y saber que esperar en cada uno de los gags. Andy es un pasota, Brett es un modernito, Landwolf es un pasado de vueltas y Pepe un prigadete; rasgos sencillos que ayudan a establecer una narrativa episódica basada en el chiste.  Por otro la gran mayoría de relatos son gags breves que funcionan a través de esas personalidades ficticias. Esa definición breve, la común en cualquiera de las variantes de la comedia, funciona también a la perfección en “la historia larga”, cada personaje actúa según los parámetros indicados.

El conjunto se enmarca en eso que podemos denominar como posthumor costumbrista, buscando cierta ligazón con la cultura juvenil de principios de siglo. La desazón el autoconsumo emocional y moral capitalizan el relato. Al no existir condicionantes externos los personajes evolucionan en la medida de las putadas que se hacen unos a otros. Matt Furie elabora una obra que en cierta manera va a contra corriente de lo que sería un texto generacional siendo la transversalidad temporal el elemento más destacable. Destaca el trazo limpio con el que Furie delinea un ambiente preclaro a pesar de lo turbados que estén los personajes por el consumo de estupefacientes. Coleguis es básicamente una obra de humor tranquilamente furioso en el que lo escatológico no funciona a modo de chiste barato sino como parte de una trama en la que los personajes y su construcción son fundamentales, todo dependerá el nivel de empatía que establezcamos con estos y su apatía. Las mierdas extralargas, las drogas y ese piso son tan solo un fondo para que Andy, Brett, Landwolf y Pepe puedan jugar a provocarnos un poco con esa estética de muppets colocados hasta las transcas sin más cosas que hacer que ver la tele y comer.

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¿Quién es el asesino? ¿Por qué lo hace? y ¿Cuál es la conexión con la víctima?

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Killing Morph vol. 1 (Masaya Hokazono y Nokuto Koike). ECC, 2018. Rústica, 200 págs. B/N, 8,95€

Killing Morph parte de convertir en un personaje que vive bajo la presión de un trauma psicológico tras haber presenciado el asesinato de varias personas por parte de un tipo enmascarado que portaba dos cuchillos. La globalización nos permite empatizar mucho más allá de los espacios interpersonales más cercanos y tener empatía por la desgracia ajena de manera que el trauma colectivo se convierte en más colectivo que nunca a base de emojis y likes. Pero no es empatía verdadera, esta te impele a moverte hacia la persona que está sufriendo para consolarla de la mejor manera que sepamos. Clicar sobre un icono no es, ni será nunca, una forma de empatía. Aun así, el trauma colectivo es posible, la sensación de miedo a que nos suceda aquello que le ha pasado a alguien siempre está ahí.

En estas cuestiones de la colectividad, aunque deberíamos de hablar de masas, los autores de manga son verdaderos expertos en crear narrativas en los que la comunidad es recreada a través de una serie de personajes muy reducidos, incluso llegando a centrar toda la personalidad nipona en un personaje. Eso teniendo en cuenta que Japón siempre es citado como el país con menos criminalidad y delincuencia callejera del mundo, la yakuza entraría en otra taxonomía del crimen. Quizás esos dos aspectos hacen de aquellos relatos japoneses que se centran en lo criminal sean tan atractivos. Aquí ese personaje colectivo es Madoka que se encuentra en mitad de la calle cuando un tipo empieza a masacrar a todo el que se encuentra por el camino, y, aunque, en primera instancia el asesino la deja de lado finalmente se dirige a asesinarla antes de que detengan al asesino.

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Madoka representa esa centralidad de la fragilidad del ser humano occidentalizado, que solo está preparado para resolver asuntos realmente intrascendentes del día a día y que no sabe resolver aquellos que realmente son necesarios para salir de una situación complicada. Madoka ha sobrevivido por causas que todavía no han sido desveladas y su trauma empieza a salir a la luz cuando empieza a aparecer la figura del asesino detenido por lugares en los que no debería, incluso lo ve ejecutar a personas en oficinas alejadas de la comisaría. En este caso el trauma de Madoka sale a la luz convirtiéndolo en colectivo, un asesino desconocido, sin aparente relación con los personajes pero que sigue apareciendo por sorpresa para seguir con su matanza allí donde la había dejado y con las personas que estaban presentes. Podemos considerar Killing Morph un relato de investigación criminal puro y duro, con los roles clásicos, víctima, policía, asesino anónimo, y con tres grandes incógnitas que resolver ¿Quién es el asesino? ¿Por qué lo hace? y ¿Cuál es la conexión con Madoka?, una historia sencilla pero muy entretenida.

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