Spain is Pain #305: Navegando por una cartografía de la muerte.

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Zona hadal (Roberto Masso). Fosfatina, 2017. Rústica, 48 págs. Duotono, 12 €

A la hora de hacer una crítica uno tiene que valorar la importancia de desvelar elementos del relato que puedan disuadir, por conocimiento de algunos hechos, de la lectura del título en cuestión. Uno debe de valorar los pros y los contras de destripar los puntos de giro o escenas clave. Eso sería para relatos puramente convencionales en el que se siguen las pautas básicas de los tres actos en el que los puntos de giro están medidos al milímetro. Sin embargo, existen otro de tipo de relatos en el que la trama es un punto de partida y en el que los tres actos se disuelven para centrarse en una forma de contar que tiene que ver más con las sensaciones que causa la lectura que con lo que se está contando.

En Zona hadal Roberto Massó pone de relieve ese aspecto. La historia es bien sencilla: una tripulación de un submarino conduce al vehículo sumergible más allá de la zona abisal para enterrar a alguien. En ese sentido no hay nada más. Pero no hace más que ver la forma en que el autor indaga no solo en la forma sino también en los elementos que intervienen, y reimagina, de la liturgia funeraria. La misión en cuestión se convierte en una exaltación de la técnica en la que se mecaniza un entierro sin olvidar, ni dejar de lado, los aspectos rituales como las salvas de honor o un velatorio protagonizado por unos personajes con túnica que nos impele a pensar que a pesar de la técnica que rodea el entierro lo místico siempre estará presente, algo que al final se reitera modificando a las personas que velan por peces de la zona abisal.

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Como es evidente el relato de Massó es puramente vehicular, lo interesante está en la forma. La interacción de lo técnico de principalmente de la cartografía por la que se orientan los personajes nos lleva a pensar en Baudrillard, accedemos al territorio ignoto y desconocido a través de un mapa que se va reajustando hasta ofrecer una imagen clara para que esta pueda ser recorrida por los sepultureros. Dicha ingerencia narrativa tiene lugar tres veces: la primera, la que narrativamente es más asequible, aparece en las primeras páginas a través de un recorrido a las diferencias estancias del submarino; la segunda cuando Massó decide mostrarnos las imágenes del radar y como los parámetros del mismo se van formando, y la tercera cuando nos muestra un pequeño diccionario de vocabulario gestual para buzos. Algo que me recuerda al diccionario de ondas que Stanislaw Lem inserta en mitad de Solaris.

Dicha interacción entre formas de narrar busca, en cierta manera, mostrar la experiencia de los personajes, dejando de lado cualquier traza de subjetivismo y centrándose en lo estético en lo puramente hierático, algo que ya pudimos ver en Medieval Rangers, que tiene un frio anclaje en el texto. Este ex breve y escueto, pero no le hace falta nada más. Es mecánico cuando se ocupan de cuestiones técnicas y sereno cuando algún personaje muestra algún tipo de emoción.

Roberto Massó sigue en su línea de cómic experimental en el que sugiere más que cuenta y en el que lo narrativo se convierte en un elemento circunstancial, algo mínimo pero necesario, pero omite recovecos y cualquier otro aspecto que distraiga de la experiencia visual que supone cada una de las obras de este creador. La zona hadal es la parte del océano que se encuentra por debajo de la zona abisal, es posiblemente la zona más desconocida del planeta. En eso se apoya el autor para crear un mundo propio en el que la idea de mostrar lo inaudito se convierte en algo secundario frente a la voluntad y la tradición humana de enterrar a sus muertos. Nosotros como lectores nos fascinamos con el viaje, el recorrido, el radar, el submarino y el mar que se va transformando a medida que vamos adentrando cada vez a más profundidad.

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Spain is Pain #304: Lo normal en perspectiva.

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Tibirís (Arnau Sanz Martínez). Trilita Ediciones, 2017. Rústica, 112 págs. Bitono, 16€

A lo largo de las numerosas entradas dedicadas al cómic patrio hemos podido comprobar como el slice of life ha ido ganando como género narrativo. El slice se caracteriza por una reflexión sobre la vida del autor contada en tiempo presente narrada en primera persona y en la que terceras personas no toman el protagonismo muy a menudo. Con eso se corre el riesgo de construir una historia en la que el autor busca cierta complacencia personal frente al público lector, cuando no una justificación a sus actos y de los cuales, en ocasiones, no se muestra muy convencido. Así pues el slice of lice como género con unas pautas definidas busca la complicidad del lector en vez de plantear, tanto una estructura clara en lo narrativo y los subjetivo.

Creo que la clave para entender este género consiste en saber dar voz al resto de personajes la obra, no convertirlo en un monólogo insulso y en la gestión de la memoria de los hechos representados. Ambos elementos constituyen dos rasgos que permiten tanto al lector como al autor encontrar un camino en el que la ficción, como rasgo narrativo, se convierte en un vehículo para articular el discurso y no el puente que justifica todo el relato. Arnau Sanz es posiblemente el autor que mejor ha encontrado el equilibrio entre ficcionar y contar aspectos personales de su vida, todo bajo una estética que nos ayuda a sumergirnos en lo emocional de la viñeta. Tanto en Tito, en la que habla en primera persona; como en Albert contra Albert, en la que explica la relación con su padre; así como en Nacatamal, que narra una breve experiencia personal, nos encontramos las pautas narrativas de su obra.

En Llavaneres ponía relieve el valor de la memoria explicada en primera persona pero dando un gran peso a la forma. Este trabajo recogía rasgos de sus obras anteriores y asienta algunos aspectos de la siguiente: Tibirís. Arnau opta esta vez por narrar a través de la memoria de sus familiares y en encontrar una piedra que sostenga, no solo, todo el relato sino que le da una forma, y sobre todo, un fondo que nos permita entender y situarnos, tanto en el periodo histórico como en la opinión de los personajes.

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Tibirís es el tío de la abuela del autor, un homosexual que vivió su sexualidad como pudo durante la dictadura franquista. En este caso Sanz opta por hacer un papel de intermediario con el lector. Está ahí planteando preguntas y poniendo de relieve algunos aspectos que muchos de nuestra generación tenemos sobre el periodo histórico en cuestión. No es tanto la abuela, el abuelo y el autor que ponen en cuestión la perversidad del termino y la definición de la normalidad. Esta implica cierta idea de bonanza social dentro de unos parámetros estructurados de manera férrea constituyendo un totalitarismo social. Dicha normalidad impuestas por estados, secundada por medios de comunicación y que los ciudadanos ratifican en la calle. El statu quo que nos narra la abuela es terrorífico: la mujer en casa, los curas con caras de perdonavidas, y familias que aceptan el rechazo como un comportamiento convencional.

Lo que hace Arnau Sanz en Tibirís, como en el resto de sus obras, es contar desde las tripas, pero sin dejarse llevar por la rabia o caer en el exabrupto. La forma que tiene de desarrollar los hechos está elaborada de tal manera que esa denuncia viene dentro tanto del relato como en la forma del mismo. Todo tiene como elemento neurálgico la elaboración de la comida, algo tan común y mundano como lo que se narra. La comida constituye central y enfrenta las comidas compartidas de la familia frente a las solitarias a las que se enfrentaba Tibirís. La soledad como una forma de conformarse ante la indiferencia exterior se convierte en una manera de hacerse fuerte e independizarse del pensamiento regulado e impuesto. Arnau Sanz sigue, pues, planteado unos títulos plenos, emocionales y crudos con una sencillez como pocos autores hacen que nos conducen a un cómic íntimo pero capaz de explicarse al mundo con un a claridad meridiana.

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El poder del mitoarco

Archie Vols. 1 y 2 (Mark Waid, Fiona Staples, Annie Wu, Veronica Fish, Thomas Pitilli, Ryan Jampole). Norma Editorial, 2016/2017. Cartoné, 192/160 págs. c/u. Color, 19,95 € y 18,50€

Dentro el ámbito del cómic destinado a grandes masas las grandes cabeceras han sido y son, por lo general, aquellas protagonizadas por superhéroes. Sin embargo, muchas veces se nos escapan todos aquellos lectores de cómics casuales que no están por la cansina labor de seguir el rastro de una cronología seudoépica en la que el mitoarco narrativo ha desaparecido por completo. Todo para convertirse en una sucesión de eventos en los que de manera regular se intercala las aventuras individuales del personaje que da título en cuestión al comic-book.

El mitoarco se construye como un motor narrativo que mueve el relatol con unas constantes mínimas, pero nunca, raramente, se suele resolver. Un ejemplo de libro es la serie El Fugitivo (ABC, 1963-1967) en el que el Doctor Richard Kimble huye como un desesperado, capítulo tras capítulo, de la justicia y de un asesino tras ser acusado falsamente de la muerte de su esposa. En este caso se resolvió con un espectacular episodio final con unos altísimos índices de audiencia. Quizás impuesto por las nuevas narrativas televisivas este modelo parece estar en desuso y en vías de extinción, no se escapan ni los procedimentales. Aunque el ejemplo se refiera a la pequeña pantalla no se escapa ningún medio contemporáneo que intente alcanzar una audiencia mínima para mantener una longevidad aceptable debe utilizar los recursos de la ficción para televisión actual.

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Pues bien, la colección regular finalizó en 2015, con 666 números en su haber, este fin de una estética definida se abría a una más contemporánea, no solo en las formas de vestir de los personajes y la ambientación sino en la definición de los roles, principalmente en los femeninos: Betty y Verónica. Aunque Archie y Reggie siguen siendo personajes predecibles, el primero es torpe y el segundo ladino, Jughead ha sido reescrito como un tipo ciertamente sofisticado dejando de lado cierto tufo misógino que se podría apreciar en la serie clásica. En las nuevas entregas salen ganando ellas, son personajes mucho más profundos, y lo que es más importante, más independientes. Para ellas el amor ocupa un aspecto muy relevante en sus vidas, pero no por ello dejan de acometer proyectos propios independientemente de su relación con los hombres. Aun así, Archie sigue siendo Archie, no ha perdido la esencia que lo ha caracterizado a lo largo de 75 años, podemos cerrar los ojos y coger una de las nuevas entregas al azar y no nos habremos perdido nada.

Archie no aspira a ser una obra maestra del cómic, sino a entretener a una masa lectora considerable. Y en eso es único, ha sabido mantener el espíritu de la serie original desde principio de la década de los cuarenta ajena a cualquier tipo de modas pasajeras, en algunos casos los ha marcado, “Sugar, Sugar” es un ejemplo de ello. En la actualidad a Archie, al igual que muchos otros textos populares, le ha tocado actualizar los arquetipos de género de los que hacía gala, algo que Mark Waid ha sabido solucionar con soltura. El nuevo Archie es un texto actual pero que no ha perdido la esencia. Es divertido, entretenido y chispeante: puro Riverdale.

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Nihilismo nipón (y 2)

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Bajo un cielo como unos pantis vol. 2 (Shun Umezawa). ECC, 2017. Rústica, 224 págs. B/N, 9,95 €

En la entrada dedicada a la primera entrega de Bajo un cielo como unos pantis vimos la voluntad de este autor de crear controversia a través de unos relatos cortos en el que la provocación y la crítica contra el sistema de valores japonés no viene por la forma sino por un discurso puramente cínico. Umezawa apuesta, básicamente, por tratar unos temas realmente incómodos que van desde la inutilidad de las dinámicas de equipo impuestas culturalmente, la invalidez de un sistema de valores nacionalista anclado en el pasado y una desvalorización de lo idealizado de la vida de los estudiantes de instituto. Sus personajes, por lo breve del relato, podrían ser cualquiera y se podrían ubicar en cualquier país.

En esta segunda entrega este autor sigue desarrollando dichas dinámicas focalizando en distintos aspectos de la sociedad nipona. En “Un día de verano que nunca termina” se pone de relieve el valor de lo dicho y de lo que se debe de callar. En un pueblo una chica extraña le hace creer a un chico que su verano no acaba nunca, el intenta que para el suceda los mismo. La creencia a pies juntillas de una verdad construida como tal no tiene por qué ser cierta es la base de este relato. Uno de los más curiosos de este volumen es “La Shibuya del futuro siglo”, aquí Umezawa nos muestra un Tokyo desolado. La megalópolis ha sido abandonada por toda la población a causa de un cambio de ideología sobre las forma de vida capitalista, ahora los ciudadanos viven en el campo y comen de manera sana. En la ciudad solo viven algunos ancianos y entre estos el protagonista que es visitado por su hijo y su familia. Este ha creado un relato sobre las colegialas como un constructo surgido de las calles de Shibuya, planteado un paradigma por el cual estas no existen sin Shibuya y viceversa. Esta especie de certeza es elaborada como una fábula sobre un viejo verde al cual le falta algo para ser constituido como tal. En cierta manera cierta denuncia sobre ciertos comportamientos recíprocos entre ambos grupos sociales.

El siguiente bloque de acciones se centra en las relaciones interpersonales. En “Mendel”, el cuento más breve del volumen, una pareja decide tener descendencia a pesar de que ella tiene la cara pixelada con una resolución muy baja, se transmite cierta esencia de lo práctico incluso en lo genético a la hora de tener pareja. Las dos últimas historias son las más extensas. En la primera “De madrugada” el tema principal es la rutina y de cómo esta acaba absorbiendo todas las facetas de la vida del protagonista, el cual es un simple trabajador municipal que se dedica a recoger los residuos orgánicos de la ciudad. Nada o casi nada de lo que suceda a su alrededor altera sus planes diarios: come todos los días en el mismo restaurante de comida rápida, las relaciones sexuales cumplen una función instintiva y, ni siquiera, el que su compañero de trabajo se convierta en un asesino altera su ritmo de vida diario. Sasaki lleva una vida completamente funcional útil para la comunidad e inútil para si mismo, la rutina surge como un ancla para la esperanza del día a día.

Pero es el último relato el más jugoso de todos el protagonista de “Seres únicos” es  Hirada un tipo introvertido que parece sufrir un trastorno comunicativo por el que apenas se comunica con las personas que lo rodean. Este parece carente de voluntad en parte causada por la medicación que recibe como tratamiento. No es hasta la aparición de Rui, una vecina de la infancia y excompañera del pasado, que empezamos a descubrir el motivo de la apatía del protagonista: es un pedófilo condenado en el pasado por acosar a una chica. Hirada vive arrepentido y con un sentimiento de culpa eterno,¡ a pesar de sentir ese impulso sexual por las niñas que apaga leyendo roricon y viendo animes del género en cuestión. Rui lejos de escandalizarse anima a Hirada a seguir adelante con su vida. “Seres únicos” tiene una doble focalización crítica, por un lado a través de un ejemplo extremo de excepcionalidad y por otro lado como aquellos tipos de sexualidad, incluidas las de carácter delictivo, tienen una gran variedad de productos de consumo asequibles para todo el mundo.

Los relatos planteados por Umezawa son por lo general incómodos esconden situaciones complejas que se alejan del gag final, a excepción de “Mendel”. Al igual que en el volumen anterior el autor ataca de frente algunos de los tópicos más recónditos de la cultura nipona aquellos que en occidente pueden parecernos más morbosos. El autor despeja todo tipo de dudas sobre cuáles son los frentes sociales sobre los cuales debe de trabajar la sociedad japonesa. En resumen, un volumen imprescindible tanto por el tratamiento de los temas, el planteamiento de los mismo y la soltura con la que el autor maneja la focalización crítica sobre una sociedad concreta.

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El género es el medio

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Alack Sinner (José Muñoz y Carlos Sampayo). Salamandra, 2017. Rústica, 704 págs. B/N,39€.

El género suele ser el recurso vehicular a través del cual los relatos toman una forma determinada y que ayudan, de manera definitiva, tanto al creador como a la audiencia en la comprensión del mismo. Suele suceder que el género en sí mismo se convierte en el único motivo por el cual el escritor decide emprender una obra; el género en sí mismo como principio y fin de la creación acentúa topos que no ayudan al lector casual y en ocasiones hace que un aspecto banal del género en cuestión se eternice y perdure cuando en principio, el asunto en cuestión, no tenía tanto fuste. Eso nos lleva a una especie de principio que nos permite entender el género como algo maleable: este no puede evitar ciertos aspectos narrativos vinculados a la trama pero si se puede subvertir bajo los aspectos formales.

De esa manera podemos entender el carácter vehicular del género aplicado al relato de otra forma, de una que se construya bajo los parámetros habituales y constantes del género en cuestión, pero que se abra dejando de lado cierta cerrazón a través de la utilización de los rasgos habituales para que la lectura sea asequible para todo tipo de públicos. En ese sentido la obra de José Muñoz y Carlos Sampayo que se recopila en este volumen es modélico. Alack Sinner es una de las obras fundamentales del noveno arte, es una obra sobre lo social, pero por encima de todo es una obra social; o mejor dicho, es un análisis de la sociedad estadounidense desde mediados de los setenta hasta 2006. Tres décadas de publicación permite no solo crear un personaje complejo con un trasfondo decididamente elaborado sino también convertirlo en un efectivo bisturí que permite diseccionar lo humano y lo divino.

La construcción de Sinner pasa por la prototípica del agente de policía honrado que tiene que salir del cuerpo por motivos ajenos a su comportamiento. Este se convierte en un típico cínico que los autores utilizan para mostrar las desigualdades sociales y de poder y de cómo estas afectan directamente a las personas que pueblan esa ciudad prototípica. Esa es la dinámica aplicada por Muñoz y Sampayo a través de los primeros relatos en los que todo parece realmente casual y que se conduce por los cauces habituales del género. Pero no hay que dejarse engañar en el relato La vida no es una historieta, Baby entra en juego el metarrelato, los creadores del personaje entran en acción con la excusa de inspirarse en el detective para próximas entregas; sin embargo, el verdadero motivo para tan estelar aparición es la crítica directa al sistema de valores impuesto por el establishment estadounidense.

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A partir de ese momento no quedan dudas y lo que en un principio se ha elaborado como un relato de relatos empieza a construirse como una historia episódica, en la que los personajes, las situaciones y los espacios empiezan a convertirse en el background real del personaje. A partir de Encuentro y reencuentros se reinicia la estructura capitular dándose un paso más allá, Alack Sinner deja de ser un personaje atemporal, madura, se hace viejo, mantiene las amantes del pasado, y tiene una hija. A partir de ahí la denuncia política es cada vez más evidente y más consciente tal y como se puede leer en Nicaragua y Norteamericanos. Aun así, el último cuento del personaje, El caso USA, muestra la complejidad que había tras el 11-S poniendo de manifiesto la importancia de los manejos de las cloacas del estado y cómo influye de manera definitiva en la vida de las personas.

Alack Sinner es sin ningún tipo de dudas el volumen integral del año, y uno de los must have de toda la vida que tenemos que tener en nuestra biblioteca, la influencia de este título es tal que podemos encontrar destellos de la misma en la obra de Tardí, Miller, Lapham o Pezzo, pero eso no es lo único es capaz de captar todos los tópicos del negro criminal y hacerlo propios. Por otro lado, la labor de Muñoz y Sampayo en la elaboración del personaje es única, mantienen el arquetipo y lo hacen madurar, pasando de cínico a escéptico. En resumen, una obra maestra que ahora podemos leer del tirón y que, por desgracia, no tienen ningún equivalente en el cómic contemporáneo.

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La historia secreta de Twin Peaks (Mark Frost)

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La historia secreta de Twin Peaks (Mark Frost). Planeta, 2016. Cartoné, 368 págs. 19,50 €

Twin Peaks se estrenó allá por la primavera de 1990 y dejo de emitirse poco más de un año después de su estreno. Realmente no lo hizo falta extenderse mucho en el tiempo para convertirse en una de las series de culto más importantes de la historia de la televisión, y para ello David Lynch, la mente creativa detrás del proyecto, tenía muy claro que para hacer una serie con ese estatus debía de trabajarse desde el primer momento. Para ello no solo se hizo el producto televisivo sino que se desarrollaron dos libros que funcionaban a modo de expansión diegética: Diario secreto de Laura Palmer escrito por Jennifer Lynch, y Mi vida, mis cintas una a ‘autobiografía’ del agente Cooper escrita por Mark Frost. Y posteriormente, tan solo un año después de la finalización de la serie, se estrenó el film Twin Peaks: Fire Walk with me, centrado en los últimos días de vida de la difunta Laura Palmer.

La Twin Peaks de David Lynch tiene mucho que ver con la Derry de Stephen King, son poblaciones que no son meros escenarios, esconden un mal interior que hace que los ciudadanos se comporten con una aparente normalidad. En la serie de televisión Lynch aposto por el relato negro envuelto de una realización muy cercana al canon de las soap operas. Todo ello con una dinámica que buscaba mostrar un lugar idílico para el neófito pero que poco a poco se va convirtiendo en un topo laberíntico en el que los matices de los personajes dibujan una ciudad compleja y áspera. La geografía de la ciudad se convierte en un elemento central en ese esquema que bordea el espacio emocional: el doble R, la serrería, la comisaria, el Gran Hotel del Norte, el lugar donde encuentran a Laura Palmer, las casas de algunos de los personajes, etc., todos con una historia propia. Juegan con la idea del espacio deseado que como un envoltorio cubre la podredumbre que esconde la ciudad.

Los que visitamos esa ciudad en su momento y la revisitamos posteriormente a través de diferentes visionados podíamos adivinar que la historia de la ciudad era un tanto particular. La historia secreta de Twin Peaks trata de esbozar la historia de esta ciudad ficticia, pero alejándose del retrato historicista. Mark Frost opta por mantener una línea cronológica pero no una linealidad en los eventos que considera vitales para entender el background de la ciudad. Para ello construye el relato a modo de juego en el que debemos de adivinar quien redacta el documento que estamos leyendo. El metarelato se construye como un archivo de documentos, recortes de prensa, informes del gobierno, etc. que Gordon Cole nos envía para que sepamos quien se ha ocupado de redactar y compilar todos esos datos y que nosotros conoceremos como el archivero.

Este personaje del que tendremos que intuir su identidad compila documentos que datan desde 1805 cuando los primeros exploradores blancos llegan al territorio que a día de hoy se conoce como Twin Peaks. Pero quizás la maniobra literaria más interesante de este artefacto de geografía ficcional es que inserta la historia de la ciudad dentro de eventos reales e importantes personajes de la historia de Estados Unidos. Entre estos destacan William Clark, Meriwether Lewis, Jeremiah Johnson, Kenneth Arnold, L. R. Hubbard, Nixon o Jack Parsons entre otros. De esa manera Frost crea un continuo que refuerza el frágil puente que existe entre ficción y realidad, elaborando un universo casi anidado.

El libro en cuestión funciona a modo de background de la tercera temporada de la serie, pero para los fans de la serie original se convierte en un libro que nos ayuda a comprender el pasado de todos los personajes, los lazos de unión que existen entre ellos y los motivos por los cuales actúan de dicha manera. Este texto le otorga mayor corporeidad a la ficción, al espacio y a los personajes. Sobre todo a estos últimos, el texto va mucho más allá de las meras fichas de personajes, dando matices sobre la personalidad de los mismos. En definitiva, un regalo para fans y seguidores del universo Twin Peaks, o dicho de otra manera una lectura obligada para todos aquellos que algún día aspiren a comprender parte de lo que sucede en ese territorio de la imaginación que va mucho más allá del concepto de canon que conocemos hoy día.

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Causalidad casual

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Ed, el payaso feliz (Chester Brown). La Cúpula, 2017. Rústica, 268 págs. B/N, 22,50 €

Chester Brown es sin ningún tipo de dudas uno de los valores más sólidos del cómic contemporáneo y es posiblemente de los pocos a los que no se le puede echar en cara ningún pero nada ni en el aspecto narrativo ni en el estético. Aun en obras tan polémicas como Pagando por ello o María lloró sobre los pies de Jesús incluso El Playboy, que no pueden agradar a todos los lectores ambos valores sobresalen por encima del discurso. La evolución del autor pasa de manera evidente desde la transgresión visual, pornográfica, en algunos detalles a ser conceptual basada en los conceptos transversales de cada obra y en el tratamiento de las mismas.

Por eso es siempre refrescante volver a releer las primeras obras de Brown como es el caso de Ed, el payaso feliz. Más aprovechando la edición anotada que recientemente ha publicado La Cúpula; en esta podemos apreciar como el autor lleva, siempre en las esclarecedores notas, sus narrativas hacia lo personal y como estas están vinculadas de manera intrínseca a su forma de ver el mundo a pesar de no tratarse de una obra centrada en lo autobiográfico. Todo lo contrario, en esta obra primigenia encontramos como el autor canadiense va desarrollando una serie de elementos en las primeras páginas, un tanto desconectadas, pero que poco a poco va dándole una forma muy concreta: una narrativa causal construida a partir de casualidades. Construyendo un universo de mundos paralelos que se conectan a través del ojete, si, de un individuo anónimo y los genitales del protagonista.

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Utilizando las herramientas de ciertas narrativas vinculadas a la comedia el relato se construye en forma de un gag detrás de otro generando un gran gag en el cual se explica la desgraciada vida de Ed. El payaso en cuestión, del cual solo vemos los rasgos como tal al principio. En seguida se ve dentro de una trama en la que es acusado de cortarle la mano a un hombre, pero en su huida se encontrará con una chica muerta que resucita constantemente, será atacado por unos pigmeos asesinos, y su prepucio se convertirá en la cabeza de un presidente Reagan de otra dimensión. Es decir, Ed deviene una especie de vórtice de la mala fortuna en un relato en el que se pone de manifiesto lo absurdo del funcionamiento de los estamentos tanto políticos como sociales.

 Con el tiempo Ed, el payaso feliz sigue siendo un cómic que destaca principalmente por su desparpajo y su falta de complejos. Es divertido pero a la vez muy trágico, para ello Brown convierte a su protagonista en un Punching Ball al cual no se corta en arremeter contra él una y otra vez. Otro de los aspectos por los cuales merece ser releído es por el aspecto gráfico, en este volumen podemos ver la evolución estética del autor, de un estilo, por decirlo de alguna manera, más primitivo vinculado al underground más clásico a otro más depurado y definitivamente más reconocible con el que el autor posee a día de hoy. Creo que no hace falte recomendarlo por el valor mismo de la obra, pero como se suele decir en estas ocasiones: una gran oportunidad para aquellos que todavía no han empezado a deleitarse con la obra de este autor canadiense.

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