Bruja, más que bruja

Harrow County: Innumerables Seres (Cullen Bunn y Tyler Crook). Norma Editorial, 2016. Rústica. 152 págs. Color. 17,50 €

Es curioso pero dentro de la cultura popular y de esa Edad Media Fantástica imaginada desde Estados Unidos, no existen los personajes mágicos masculinos seductores. La magia está siempre ligada al bien, la llamada magia blanca, que la hacen hechiceras o hechiceros de buen corazón; o al mal, la conocida magia negra con terribles brujas y brujos demacrados por su propia maldad y sed de destrucción. Entre estos dos extremos, lo que llamaríamos magia sexual estaba recluida a las mujeres, muchas veces, seamos sinceros, como un mal atractivo, representada en esos súcubos que más que demonios eran tías buenas con cuernos y alas de murciélago, que tampoco iban a tratar tan mal al héroe, o al menos iban a provocar unas risitas cómplices. Es cierto que actualmente la fantasía vive una reestructuración que la hace más accesible, y menos ofensiva a las mujeres, pero queda aún mucho camino por recorrer.

Desde un punto de vista más histórico, si hablamos de brujas, muchas veces habría que dejar de lado a las ancianas decrépitas y a las tías macizas que se pasean desnudas por los bosques, y centrarnos más en figuras de poder mágico alternativas a las religiones estatales, centradas sobre todo en el curanderismo y los remedios naturales. Las brujas pasaron de ser chamanes respetadas por la tribu a perseguidas por un nuevo poder religioso-político. Así que en la actualidad la bruja, más si es una mujer joven, es un personaje satanista de gran atractivo físico que disfruta tanto de provocar el mal como del goce físico. Por suerte, algunos autores están empeñados en dar una nueva visión, muchas veces más realistas, de esa relación mítica de la mujer y la magia, con un enorme peso de la propia feminidad de la practicante. Casos tenemos muchos, siendo uno bastante notable el cómic Harrow County, que en su primer volumen Innumerables seres, hace una relectura de la usuaria de la magia desde un punto de vista más justo y realista, dentro de la fantasía, sin dejar en ningún momento de entretener.

El cómic es obra del guionista Cullen Bunn y del dibujante Tyler Crook, quienes apuestan por crear su propia mitología pero bebiendo de las bases más oscuras de Nueva Inglaterra. Harrow County en resumidas cuentas nos narra la historia de Emmy, una adolescente que se acerca a la edad adulta ante la atenta mirada de un padre sobreprotector, todo en el ambiente asfixiante de los Estados Unidos rurales durante la Gran Depresión. Emmy es como cualquier chica de campo de buen corazón, quizás algo inocente y guapa sin saberlo. Pero claro, no podemos olvidar que Harrow County es un cómic de terror, y todo se embarra un poco cuando sabemos que no hace muchos años existía una bruja en la zona, la cual fue aceptada de buen grado gracias a sus poderes curativos, aunque cuando comenzó a hacerse algo molesta, el pueblo decidió acabar con su vida. En el presente de la historia, el pasado de la bruja está muy presente y a nadie se le escapa que hay cierta relación entre Emmy y la hechicera asesinada. En base es una historia de alguien que debe luchar contra su destino maldito, pero realmente nos encontramos con lo contrario, pues no todo es tan simple y Emmy en lugar de buscar la redención trata de averiguar algo tan sencillo como quién es realmente.

El guión de Cullen Bunn maneja sin problemas este proceso identitario de su protagonista, consiguiendo que la información y el descubrimiento fluyan de forma continua, con la necesaria complejidad para que el lector no pierda interés en ningún momento, más el añadido de los justos golpes de guión para volver a atraparnos y ya no dejarnos escapar. Poco a poco vamos conociendo la historia de Emmy, la bruja y los habitantes de Harrow County, un entramado donde todo es más complejo de lo que parece y el gris campa a sus anchas sin dejar espacio a explicaciones maniqueas. Pero no podemos olvidar que nos encontramos ante un cómic de terror, y aunque la estructura sea un perfecto drama, las paredes están manchadas de sangre y se escuchan extraños ruidos en el bosque. Cullen Bunn consigue crear una atmósfera opresiva que se va volviendo más claustrofóbica a medida que avanzan las páginas, consiguiendo que no sepamos que puede ser lo próximo que ataque desde las sombras, una duda comprensible si contemplamos la imaginación del guionista a la hora de configurar su mitología y poblarla de las más terroríficas criaturas.

Por último, no se podría dejar de lado el trabajo gráfico de Tyler Crook, que consigue un resultado final mucho más perturbador gracias a sus lápices, especialmente de su color, pues vira continuamente entre el terror más puro y un dibujo casi infantil, de libro ilustrado de principios del siglo XX. Tyler Crook, ya sea dibujando una joven que llora en el bosque o una criatura desollada, consigue traernos ese recuerdo de libros infantiles donde los temas eran quizás demasiado fuertes para los jóvenes lectores, con esa sensación ya perdida de una obra para niños y adolescentes donde quizás sus creadores se han pasado de frenada en algún punto. Esas obras que todos los fanáticos de la fantasía y el terror reconocemos como nuestras obras seminales en el camino hacia las esquinas más oscuras de la ficción. Innumerables seres es la perfecta carta de presentación de Harrow County, ahora sólo queda seguir las aventuras de Emmy y disfrutar los malos ratos que nos hayan preparado Cullen Buen y Tyler Crook.

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Historias perdidas


La historia oculta: Integral 1 (Jean-Pierre Pécau, Igor Kordey, Goram Sudzuka, Geto y Leo Pilipovic). ECC, 2016. Cartoné. 192 págs. Color. 25 €

El otro día volvía tarde a casa hablando con mi novia sobre las reescrituras históricas como juego. En concreto hablábamos de la inclusión de personajes históricos en tramas inventadas, ya sea haciendo a Leonardo da Vinci miembro de una logia esotérica internacional o mezclando a los nazis con invasiones alienígenas. Yo defendía el todo vale en busca de la diversión, con el añadido de que se podía incluso aprender un poco de historia en la cabeza de adolescentes descerebraos. Ella, un poco más crítica, veía el peligro de mezclar historia y ficción hasta el punto de que muchos consumidores culturales no supieran colocar los límites, dándose casos de algunos sujetos que realmente pensaran que Leonardo da Vinci era una especie de ninja místico en sus ratos libres, o que Hitler llegó a contar con ayuda extraterrestre.

Yo puedo entender dicho miedo, lo entiendo porque lo he llegado a ver en algunas personas que sin entender muy bien de que fuentes beben terminan mezclando churras con merinas en un batiburrillo mental bastante peligros. Aunque después pienso que no es culpa mía, sale mi vena egoísta, y recuerdo todos esos juegos metahistóricos en los que autores se valen de lo que sabemos para sorprendernos con lo imposible, y si son lo suficientemente hábiles, haciendo lo imposible plausible. Con esto en mente, se me hace complicado que alguien pueda pensar que La historia oculta sea un tratado histórico real, y si alguien lo hace pues será culpa del sistema educativo, porque yo personalmente me niego a no disfrutar de obras como la ideada por el guionista Jean-Pierre Pécau y el dibujante Igor Kordey, un mundo de ficción que juega a colarse en los huecos de la historia  registrada para regalarnos una aventura de escala épica.

La trama ideada por Jean-Pierre Pécau, cuyo Integral 1 recoge los cuatro primero álbumes, sigue las vidas de cuatro figuras de gran poder que desde el neolítico han gobernado desde las sombras los designios de occidente. La historia oculta es así una aventura de fantasía donde la magia tiene un peso importante, pero no es menos relevante el papel de la política, ya que los cuatro protagonistas realizan un complicado juego de lealtades a los largo de siglos, cada uno con una proyección diferente de cómo debería ser el mundo. Así que las treguas, traiciones y alianzas son comunes desde el Antiguo Egipto hasta nuestros días, todo impregnado por la personalidad de estos cuatro Arcontes, como se hacen llamar estas figuras de poder. Pécau desarrolla una historia que sólo se puede catalogar como una superproducción en cómic, con las cantidades justas y necesarias de acción y thriller, incluso sentimentalismo y drama, creando un marco que entretiene muchísimo sin resultar en ningún momento vacuo o gratuito.

Quizás la herramienta más hábil de Jean-Pierre Pécau en los guiones de La historia oculta sea su dominio del ritmo, ya que el guionista es capaz de detenerse en momentos concretos para desarrollar tramas muy cortas en el tiempo, para después pegar una patada a su historia y saltar varios cientos de años, explicando de forma rápida cambios en el mundo y las propias relaciones de los Arcontes. Esta estructura añade la cantidad justa y necesaria y de caos narrativo, haciendo la trama mucho más intensa e interesante, pues siempre da la sensación de que lo que vemos como testigos es importante, del mismo modo que en todo momento sabemos que nos estamos perdiendo algo más. Esta sensación es lógica si tenemos en cuenta que La historia oculta relata nada más y nada menos que la historia del mundo, concretamente la del mundo occidental, con lo que es lógico que exista esa sensación de perdernos cosas. Jena-Pierre Pécau consigue así que sus saltos en el tiempo sean interesantes, mostrándonos como durante ese tiempo los Arcontes no se han quedado quietos.

Se podría decir que La historia oculta está realizada mediante instantáneas a lo largo de un periodo de tiempo inconmensurable. Instantáneas que son realizadas por diversos dibujantes, siendo el principal Igor Kordey, aunque cuenta con varios sustitutos a lo largo de la serie, siendo los mismos en el Integral 1 Goram Sudzuka, Geto y Leo Pilipovic, quienes a pesar de sus diferentes estilos consiguen crear una representación única del universo de La historia oculta. El Integral 1 recoge los primeros cuatro tomos de una colección de 34 publicados, los cuales esperemos que lleguen todos al mercado español.

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Tomie 2 (Junji Ito)

Tomie 2 (Junji Ito). ECC, 2016. Rústica. 376 págs. ByN. 13,95 €

Con el segundo volumen de Tomie termina la colección más longeva en el tiempo de Junjji Ito, y quizás la más útil para apreciar la evolución del autor a través del tiempo. Una transformación como autor que se nota primero en el dibujo del japonés, que en más de una década ha jugado con el personaje femenino llevando la desesperación a todo aquel desgraciado que se cruza con ella. Aunque tampoco se pude dejar de lado la evolución como narrador de Junji Ito, que pule tanto las historias que cuenta como el modo de representarlas, volviéndose cada vez más estilizado hasta el punto de con menos ser aún más cruento y desagradable, cosa que sus seguidores agradecemos con una sonrisa de oreja a oreja.

Desde el punto de vista del guión, el segundo volumen de Tomie es una continuación directa de lo que ya vimos en el primer tomo. Tomie es una especie de fuerza destructora de la naturaleza nacida de un crimen pasional que se encarga de destrozar la vida de todo aquel que se cruza con ella. Lo mejor del planteamiento es que no seguimos una evolución cronológica con Tomie, o quizás deberíamos decir las Tomies, en su lugar Junji Ito nos regala retazos de esas esporas de maldad que se liberan por el cosmos trayendo la desgracia de las presas que se sienten atraídas. Cada capítulo marca sin duda un paso más allá en la calidad como escritor de Junji Ito, y aunque pudiera parecer que cada historia es insuperable, la siguiente siempre está como mínimo a la misma altura que la anterior, hasta el punto de que se me hace complicado elegir mi historia sobre Tomie favorita del segundo tomo. Cada nueva interacción con Tomie es una nueva vuelta de tuerca con el personaje que sin dejar siempre de ser el mismo nos muestra cada vez una arista nueva de su locura y obsesión.

En el terreno gráfico, la evolución no se queda atrás como ya hemos comentado, y en este segundo volumen podemos ver a un Junji Ito casi en estado de gracia. El realismo de sus personajes es apabullante, especialmente si prestamos atención a los rostros, donde el padre de Tomie consigue crear con unos pocos trazos unos personajes que parecen totalmente habitar una realidad absoluta. Un realismo que se ve continuamente destrozado por el horror sobrenatural de Tomie, una ruptura que funciona mejor que nunca cuando la criatura vive esos estados entre humana y monstruo, creando escenas dantescas pero plausibles a ojos del lector. Sin duda Tomie es una de las mejores obra de Junji Ito, un personaje que se merece un puesto de honor en la historia del horror como arquetipo a la altura de criaturas como Freddy Krueger o Pinhead.

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¿De qué coño va todo esto?


No tiene gracia (Joaquín Guirao). Libros de autoengaño, 2016. Rústica. 128 págs. Color. 12 €

Yo una vez hice un máster de guión de ficción para cine y televisión, oye, muy contento. A darnos clase venían muchos ponentes más que interesantes, algunos no tantos. Uno de los menos interesantes fue un monologuista de esos que ellos van de canallas, que se creen muy top al límite del humor y son un cuñado en Navidad por mucha camiseta de Bart Simpson que lleven. Una de las claves que nos dio es que los chistes son siempre lo mismo, ya sean un chascarrillo sobre Lepe o una compleja historia dentro de un monólogo de post-humor. La cosa es que tú planteas una idea, la desarrollas en la dirección que espera el público y al final le das una vuelta que nadie se espera. Entonces te ríes, todos se ríen. Fiesta.

Como principio para explicar lo que es un chiste no está mal, salvo que es el mismo proceso que para cualquier ficción. Una historia de terror, incluso una escena aislada, funciona igual, sólo que al final en vez de risas terminas con un susto. Si le metes lágrimas estás en el drama. Así que no es más que reinventar la estructura en tres actos pero diciendo que la teoría es tuya y que sirve para los chistes. Jijí y jajá. Jordi LP estaría orgulloso. La práctica era escribir un monólogo, dijo que todos lo habíamos hecho muy bonito y nos puso a todos un 8, que no es plan de decirle a cada cual en que ha fallado y en que ha acertado, casi que mejor. El caso es que esa explicación sobre el humor no tenía demasiado sentido porque se limitaba al proceso, cuando la magia del humor está en el concepto, en lo que hace gracia. En lo socialmente hiriente, en la patada en los huevos.

Así que con todo esto en cabeza no cabe más que fijarse en trabajos como el de Joaquín Guirao, especialmente en su cómic No tiene gracia, más que nada porque si tiene gracia y mucha. Aunque puede que no por las razones correctas que defendería tu abuela. No tiene gracia es una obra compleja y densa, diría que a veces es incluso hostil con el lector. Es complicado sentarse y leerse de un tirón No tiene gracia, los chistes no fluyen de una página a otra. Puedes leerte una historia, la mayoría de una sola página, y después otra, pero la primera sigue latente en tu cabeza; así que cuando te lees la tercera historia el recuerdo de la segunda vive una cruenta amalgama con la primera y todo se vuelve oscuro y doloroso. Pero te ríes. Pero duele. En una construcción compleja, porque el cómic es ante todo divertido, Joaquín Guirao sabe moverse con el humor y me resulta un escenario complicado imaginarme a alguien que no se parta de risa con sus cómics.

Pero al margen del humor, o quizás gracias al mismo, la reflexión está muy presente en No tiene gracia, con ese buen hacer de “yo dejo esto aquí a ver qué pasa”, ya que no da la impresión en ningún momento de que Joaquín Guirao esté intentando predicar desde ningún púlpito, más bien me da la sensación de que me siento como un afortunado lector que puede mirar por encima del hombro el trabajo de un perturbado inconsciente de su genialidad. Me río y me descojono, después me pongo algo triste y no sé muy bien el porqué, después me siento mal, como con una presión en el pecho, y cuando llevo cuatro páginas tengo que parar a respirar porque Joaquín Guirao me está quitando las ganas de vivir a golpe de risa. No porque las historias sean deprimentes, sino porque funcionan como una especie de reflejo de mis errores personales y los de mi generación, de la inconsciencia de la sociedad en la que vivimos, inconsciencia que se nos presenta como única alternativa ante la nada.

Y si todo lo anterior no fuera suficiente, hay que remarcar la versatilidad gráfica de Joaquín Guirao a lo largo de todo el volumen de No tiene gracia, donde los cambios visuales son constantes, haciendo la obra aún más perturbadora, farragosa y bella. Es innegable que se puede detectar rápidamente un estilo propio por parte de Joaquín Guirao, pero no es menos cierto que los momentos puntuales en los que el uso de la narrativa, el color o el propio trazo, crean nuevos caminos la maquinaria interna del cómic se vuelve aún más compleja y traicionera. No tiene gracia es un cómic que parece un regalo de humor bestia pasado de frenada, pero lo cierto es que es eso y mucho más, es ante todo una pirueta hacia atrás con doble tirabuzón que aterriza sobre tu plexo solar, que es muy bonita de ver cuando está en el aire pero que duele de cojones cuando aterriza en tu pecho.

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Relatos Terroríficos 4 (Junji Ito)


Relatos Terroríficos 4 (Junji Ito). ECC, 2016. Rústica. 144 págs. ByN. 5,95 €

Continúa la edición antológica de todas esas historias cortas realizadas por Junji Ito y que por fin tienen cabida en la estantería de sus seguidores lectores en español. Como hemos dicho ya en todas las reseñas al respecto de Relatos terroríficos, se encuentra de todo, historias mayores y otras quizás no tan buenas. No hay que olvidar que Junji Ito tiene una carrera dilatada y no se puede dar siempre en la diana. Aunque los buenos fans no tenemos problemas en mover un poco la diana y ser indulgentes con el autor, pues no por nada nos ha regalado algunos de los mejores cómics de terror de la historia.

El cuarto tomo de Relatos terroríficos se abre con El pueblo de las sirenas, clásica historia de vuelta al hogar, con el típico giro de que todo parece haber cambiado y que nada marcha bien. La historia tiene un buen planteamiento y un par de giros más que interesantes, además de contar con el añadido de ver una historia de mitología cristiana realizada por un autor japonés. No vislumbra pero se hace más que entretenida y con un final que sube de nivel, lo que siempre es positivo y no lo suficientemente común en el género. Aunque sin duda lo mejor del tomo es la segunda historia, Un desertor en casa, la cual es extraño que no se haya adaptado en alguna serie antológica de terror, pues cuenta con todos los ingredientes necesarios: una atmósfera malrollera, ausencia de personajes buenos, una pizca de humor negro, un giro inesperado al principio de la trama, y un final que te recuerda que es una historia de terror. Un desertor en casa es la unión perfecta del genio de Junji Ito y ese sabor que dejaban las historias de la EC más brillante.

Por último, Relatos terroríficos 4 se cierra con El club de los fumadores y El callejón. La primera es la prueba de que ni los genios siempre aciertan y de que en una antología completista a veces se cuela relleno, tenemos una historia que no termina de arrancar en ningún momento, con un concepto potente que simplemente se esboza, para terminar en un final del todo insatisfactorio. Por suerte, El callejón cierra el volumen con una historia clásica de Junji Ito, con todos los ingredientes que vuelven locos a sus fans y que consiguen contentar a los seguidores del género. El callejón es una muestra de la genialidad de Junji Ito, esas historias tan suyas que demuestran el músculo y el talento de su autor, capaz de redefinir el horror más clásico siguiendo muy de cerca la tradición y los lugares comunes del horror.

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Fantasía y violencia


We Stand on Guard #1 (Brian K. Vaughan, Steve Skroce y Matt Hollingsworth) Planeta Cómic, 2017. Grapa. 40 págs. Color. 2,95 €

Creo que me arriesgo a ser un pesado. Lo del posible riesgo y la creencia son una mera disculpa, ya que estoy completamente seguro de ser un pesado. Pero es así, para mí no existe heroísmo personal sin fascismo, de igual modo que no existen los héroes colectivos sin comunismo. La heroicidad es algo totalmente ajena al día a día y cuando se da siempre e inexorablemente hace referencia a un estado radical del espectro político. Distinto es si hablamos de sacrificio, que aunque se pueda representar de forma parecida al heroísmo es precisamente su némesis. Y aunque el heroísmo es una gran herramienta artística para hablar de un concepto o admirar una imagen aislada, el heroísmo siempre ganara la partida de la ficción y de la narración. Porque el sacrificio se limita a un gesto noble, del cual podemos estudiar los antecedentes y consecuencias, pero nuestro héroe desaparecerá para entregar su vida a algo mayor, más grande. El héroe heroico por su parte vivirá para luchar otro día, y a ser posible acabar por el camino con todos los enemigos que pueda. No nos engañemos, la violencia vende y gusta, pero si lo hace es porque divierte.

Alguno podrá defender que me equivoco, que un bombero es un héroe que se sacrifica todos los días al margen de la violencia. Eso es totalmente cierto, pero sólo contaremos la vida de un bombero si muere en un incendio, sólo lo convertiremos en un héroe real si realiza el sacrificio último. El héroe que se sacrifica se consume físicamente, el héroe que lucha puede volver a casa, no siempre, aunque traiga secuelas de diverso tipo y no vuelva a ser el mismo. Por eso la mayoría de las narraciones antibélicas se centran precisamente en acabar con el glamour del combate, eliminando esa pátina de heroísmo. Pero aunque una y otra vez seamos conscientes del fascismo inherente al combate, siempre volvemos a seguir a un nuevo héroe, porque divierte, porque entretiene, porque a su modo apela a algo más grande. Esto sucede con el primer número de We Stand on Guard de Brian K. Vaughan y Steve Skroce, una historia llena de violencia y acción, pero sobre todo llena de heroísmo. En las pocas páginas que componen la primera entrega, Brian K. Vaughan nos enseña a personas que luchan y recurren a la violencia, que creen su vida superior a la de otros por los simples hechos de que tienen derecho a la venganza y de que su lucha es justa.

El escenario de We Stand on Guard no podría ser más atractivo, en un futuro, dentro de algo más de 100 años, donde Estados Unidos ha invadido Canadá y una mínima resistencia trata de expulsar al invasor. Poco más sabemos, Brian K. Vaughan escribe un prólogo magistral en unas pocas páginas en las que define sin ningún problema el tono y el pasado de sus protagonistas. El resto del número son un grupo de personas hablando en la nieve y pegándole tiros a unos robots que parecen haberse fugado de Boston Dynamics. Pero claro, Brian K. Vaughan no es un guionista cualquiera y sabe como pocos darle la vuelta a cualquier planteamiento mil veces manido para darnos algo nuevo. En We Stand on Guard lo consigue, con la misma historia contada mil veces es capaz de atraer al lector y hacerle ver que se encuentra ante algo nuevo, la evolución de la serie a lo largo de sus seis números nos dirá si este comienzo tan alentador es reflejo de algo más. En todo caso a mí ya me tiene atrapado con esta historia de enfrentamiento entre dos vecinos.

Por si parte, no podemos dejar de lado el trabajo gráfico de Steve Skroce, artista que ha virado varias veces entre el cómic y el cine, como artista de storyboards, con un estilo que podría definir como perfecto para el cómic de acción sin necesidad de recurrir a ninguna locura a la hora de dibujar o plantear las páginas. El trabajo gráfico de Steve Skroce es sobre todo atractivo, entra por los ojos e invita a seguir leyendo, tampoco podemos negar el papel del color de Matt Hollingsworth en la ecuación. Hasta cierto punto me gustaría que este tipo de dibujo se convirtiera en una especie de standard dentro del cómic más popular, más allá del anquilosado estilo propio de los cómics de superhéroes. Si debiera existir un sistema de representación institucional en el cómic, Steve Skroce debería ser una punta de lanza para llevar el medio al público medio que simplemente quiere buenas historias que leer y no tiene ni ganas ni interés en la cosmología y cronología de tal o cual editorial de superhéroes.

Quedan cinco números de We Stand on Guard, así que toca esperar a ver como Brian K. Vaughan y Steve Skroce terminan esta epopeya heroica. Paper Girls ya tenía un planteamiento demoledor y Brian K. Vagham ha conseguido tenerme atado a su colección todos los meses, así que seamos optimistas. De momento, de lo que pueden estar seguros es de que me tendrán cerca, en la primera línea de combate, atento a lo que sucede con esos valientes guerrilleros canadienses enfrentados al vil ejercito invasor norteamericano.

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Prisión XX

Bitch Planet (Kelly Sue DeConnick y Valentine De Landro). Astiberri, 2017. Cartoné. 136 págs. Color. 18 €

El mejor indicativo de como avanza o retrocede una sociedad son los niños, por algo tan sencillo como que los padres se relajan ante los niños mostrándose tal y como son, de este modo el niño aprende por reflejo ante sus progenitores. Es fácil mostrarse como una persona abierta e igualitaria en público, pero si después llegamos a casa y decimos “el negro de mierda éste” o “la puta ésta”, el niño lo va a ver y como mucho podemos aspirar a que sea un hipócrita igual que sus padres. No existirá la verdadera igualdad hasta que esas construcciones mentales se eliminen completamente y el ejercicio de la igualdad sea real, no tenemos igualdad real si los hombres tienen que pararse un segundo y pensar si su comportamiento o comentario es machista. Está bien como ejercicio de cara a la igualdad real, pero la meta aún está lejos.

Por eso digo que los niños son el reflejo real de la sociedad, y queridos lectores, vamos mal. El padre de mi novia se acaba de jubilar, era profesor en un instituto y me dice con lástima en su voz que las nuevas generaciones vienen más machistas que antes, caso especial en las niñas, que parecen haber obviado los avances, ni gratuitos ni sencillos, de sus madres para volver la vista a los modos y prácticas de sus abuelas. Así que es fácil, y necesario abandonar la idea de que la igualdad es ya un hecho incuestionable y que todo marcha de maravilla, un futuro machista es más que posible. Algo así es lo que vemos en el cómic Bitch Planet de Kelly Sue DeConnick y Valentine De Leandro, un futuro donde la humanidad ha alcanzado las estrellas gracias a la más moderna tecnología, pero donde las mujeres siguen necesitando ser guiadas y controladas por el sexo masculino, pues al fin y al cabo no hay nada más bonito que una mujer que se sabe sacar partido y que no se sale de su sitio.

Como es lógico, el guión de Kelly Sue DeConnick para Bitch Planet es tan político como activista, valiéndose de una epopeya espacial y carcelaria para denunciar la hipocresía social que vivimos en nuestros días respecto a la problemática de género. Resumiendo la trama de Bitch Planet nos encontramos con Kamau Kogo, una mujer encerrada en un planeta prisión donde cumplen condenas todas las mujeres no conformes, es decir, que no aceptan las exigencias de la sociedad patriarcal. Como es lógico, Kamau Kogo parece esconder algo en su pasado, buscando información entre las presas y los guardias de la prisión espacial. Por si esto fuera poco, las presas se ven obligadas a participar en el Megatón, una puesta al día del calcio florentino, ese protofutbol que vemos todos los años en los telediarios donde dos equipos numerosísimos se pegan palizas tremendas por hacerse con una bola de cuero. Esta trama, que podría ser perfectamente protagonizada por el Van Damme de los noventa, le vale a Kelly Sue DeConnick para jugar con las historias de explotation y con las mismas piezas narrar una ideología totalmente contraria.

Así que es posible que a algunas personas Bitch Planet les escueza, pero si lo hace es porque el cómic golpea donde debe y nos obliga a reflexionar sobre lo realmente implicados que estamos en un tema tan importante como el feminismo, elimina falsas excusas a las que se agarran los resistentes, no hay lugar ni para defender que la igualdad ya es real ni reducir el ideario de Bitch Planet a esa difusa construcción del feminazismo. Kelly Sue DeConnick escribe una historia feminista de rebeldía y lucha contra la opresión, tanto la física más directa como la social más penetrante. Bitch Planet utiliza a presidiarias, en un futuro y lejano planeta, obligadas a luchar en un deporte ultraviolento, para hablarnos del machismo de aquí y ahora. Quizás el momento donde Bitch Planet explica mejor lo que quiere contar es en su tercer capítulo, dibujado por Matt Hollingworth, cuando Kelly Sue DeConnick nos explica el origen de unos de sus personajes femeninos y nos muestra como ha llegado hasta el planeta prisión. Un capítulo que casi funcionaría como un episodio antológico de series como Más allá del límite.

En resumen, el primer volumen de Bitch Planet es una buena presentación que sin duda deja con ganas de más al lector, no sólo por lo acertado de sus planteamientos ideológicos, sino también por el universo que Kelly Sue DeConnick y Valentine De Leandro muestran antes nuestros ojos poco a poco, como debe de hacerse con un universo tan rico y complejo. Todo sin olvidar que Bitch Planet es un cómic tremendamente divertido y lleno de acción, donde sus protagonistas son mujeres luchando por su libertad con sus actos, actos propios de la mejor película de acción. A lo que hay que sumar el cliffhanger del presente tomo, lo que hace más que necesaria la pronta publicación de la continuación de la serie, porque en Bitch Planet ha pasado mucho pero me da la sensación de que sólo han comenzado a calentar los motores.

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