Invasión planetaria evitada por un estudiante de secundaria


Amazing Fantasy (Stan Lee, Steve Ditko, Jack Kirby, Don Heck y Paul Reinman). Panini Comics, 2016. Cartoné. 416 págs. Color. 39,95 €

La gente no lo suele saber, algo lógico si tenemos en cuenta que es un dato que puede extrañar un poco al consumidor medio, pero cuando más cómics se vendían, los superhéroes casi habían desaparecido de las estanterías de ventas, que solían encontrarse en farmacias y tiendas de desavío. El pico de ventas de superhéroes se alcanzó durante la II Guerra Mundial, cuando la gente disfrutaba de sus héroes, clásicos ahora, dándoles jarabe de palo a las malvadas fuerzas del eje. Pero con los primeros años de la Guerra Fría los lectores, principalmente los hijos del baby boom, se cansaron un poco de los superhéroes y se pasaron a otros géneros como el terror, el rey indiscutible de la década de los cincuenta, y la ciencia-ficción, hasta los cómics de vaqueros o las historias bélicas más o menos realistas vendían más que los tíos en mallas pegando saltos y lanzando rayos.

A día de hoy puede parecernos algo alocado, pero había años que Stan Lee sacaba más pasta escribiendo cómics de chicas aspirantes a secretaria, tratando de copiar el modelo de Archie, que gracias a los superhéroes, si es que aún quedaba alguna colección que se publicara. Todo hasta Comic Code Authority, que todos más o menos conocemos o si no te invito a que investigues un poco y veas como un sólo hombre con la mirada sucia acabó con EC, la mejor editorial de cómics de todos los tiempos. La cosa en resumen era que los cómics se consumían como si no hubiera mañana y de repente el buque insignia había sido destrozado por la liga de madres beatas, con lo que DC y Marvel corrieron a llenar el hueco, huyendo un poco del terror más descarnado y refugiándose en la ciencia-ficción, mezcla muchas veces de la aventura de folletín y la fábula con moraleja más que obvia. Así nacieron cabeceras como Amazing Fantasy, un oasis de creatividad, diversión y defensa del american way of life.

Realmente la colección tuvo tres nombres durante sus 15 números de vida, Amazing Adventures hasta el número 6, Amazing Adult Fantasy del 7 al 14, y Amazing Fantasy durante su último número. El propio Stan Lee se encargó en persona, o al menos firmó sólo él, de los guiones de todos los números, mientras que en los lápices encontramos a gente como Steve Ditko, Jack Kirby Don Heck y Paul Reinman hasta el número 6, para posteriormente encargarse en solitario Steve Ditko de todo el arte hasta el final de la colección. Así que si hablamos sólo de dibujo, tenemos a varios grandes trabajando en Amazing Fantasy, con el trabajo exclusivo, y maravilloso, de Ditko durante 9 números que nos permiten disfrutar de una representación tan pop e histriónica de invasiones alienígenas, desastres nucleares y peligro rojo, tan pegadas a la época y al mismo tiempo tan disfrutables, que no tenemos en ningún momento la sensación de estar realizando un ejercicio de estudio histórico, porque el dibujo es tremendamente bueno, si quieres puedes hacer la prueba de ver el dibujo como algo atrapado en el tiempo, pero yo me veo incapaz de ver como algo caduco estas líneas y colores, no son un ánfora romana tras una vitrina al lado de otras doscientas, es el puñal con el que Marco Junio Bruto asestó el golpe final a Cayo Julio César.

Aunque Amazing Fantasy no se disfruta sólo por el gran trabajo artístico, ya que no podemos dejar de lado los guiones de Stan Lee, los cuales sin duda hay que entenderlos como una producción en serie donde abundan más las ideas en bruto que las narraciones refinadas y pulidas. Pero para ser sinceros, esta fuerza bruta en los guiones de Amazing Fantasy están lejos de ser un problema, ya que pegan totalmente con la fórmula de la colección, mostrándonos escopetazos tras escopetazos de puro genio. Sin dejar en ningún momento el espectro de la ciencia-ficción de su época, con sus monstruos gigantes y robots con sentimientos, Stan Lee crea un corpus casi filosófico donde defiende tanto la paz mundial como el estilo de vida americano, es curioso que pocas veces se habla de los rusos como un enemigo a derrotar, siendo más las veces en las que se los presenta como un elemento necesario para acabar con un peligro exterior que atañe a toda la humanidad.

Así que cualquiera que quiera disfrutar de un dibujo pop más allá de los eternos ochenta, y de unas historias que te hacen disfrutar como un niño de ocho años pero dejándote un poso de reflexión, Amazing Fantasy es tu tomo recopilatorio, historia tan petrificada como viva de los cómics occidentales que recogen el pulso de una época como pueden hacerlo las novelas de Stephen King o el cine de John Carpenter. Además, en el último número puedes leer la primera historia de Spiderman, cuando los superhéroes tenían que colarse entre alienígenas y fantasmas.

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Tan normal que ofende


Ordinary (Rob Williams y D’Israeli). Grafito Editorial, 2017. Rústica. 104 págs. Color. 16 €

Hay algo que todos debemos de tener más o menos claro, algo que no acepta ningún tipo de discusión, los superhéroes ni existen ni se les espera. A día de hoy la ciencia, sobre todo la que trabaja en el terreno militar, ha creado exoesqueletos con los que un soldado puede cargar con media tonelada mientras lanza granadas desde su espalda, pero no es muy probable que de aquí a poco alguien consiga hacerse invisible o volar sin ayuda técnica. Y en el caso de que estos dotados existieran no es que optaran demasiado por robar bancos o salvar el día, más bien les veríamos en algún reality o en su propio canal de YouTube. Al fin y al cabo no serían más que personas extraordinarias altamente valoradas por las empresas de relaciones públicas.

Así que está bien jugar con los superhéroes y los superpoderes para hablar de otras cosas. Los ejercicios de héroes realistas pueden ser muy interesantes, con algunos ejemplos más que notables, pero al final la inmensa mayoría terminan convirtiéndose en relatos de psicópatas cuya excusa moral es que se entrenan mucho y sus víctimas se limitan al hampa y otros criminales. Lo divertido al final es convertir al superhéroe en una metáfora más dentro del gran juego de la ciencia-ficción a la hora de hablar de nosotros y de ahora. Como bien ocurre en el cómic Ordinary de Rob Williams y D’Israeli, la enésima historia de un tío sin superpoderes en un universo donde hasta la abuela de tu amigo de desviación curricular es capaz de doblar vigas de acero como si fueran bloques de plastilina.

Ordinary comienza como tantas otras historias con una pandemia global que provoca las más diversas mutaciones en todos los seres humanos. Lo curioso es que la parte médica está escrita de una forma más o menos coherente por Rob Williams, lo que le da una base de realismo bastante interesante, pero cuando se trata de ver los diversos superpoderes con los que cuenta cada mutado, la imaginación de Rob Williams se dispara, dándonos las mutaciones más variadas posibles, desde un clásico hombre metálico hasta un reportero cuya cabeza ha sido suplantada por una cámara de televisión. Así tenemos desde los poderes más clásicos hasta las metáforas visuales más imaginativas, algo que sin duda agradecen los lápices de D’Israeli, que se permiten jugar enormemente, plantándonos desde referencias a la cultura popular hasta caprichos personales que llenan cada página de dinamismo y sensación de maravilla.

Pero no nos confundamos, Ordinary no es una historia de “cómo mola, todos somos superhéroes”, más bien nos encontramos con un relato de “todo el mundo es potencialmente un arma de destrucción masiva”, así que las muertes y las desgracias se cuentan por millares. Y en medio de todo tenemos a Michael Fisher, un fracasado en el más amplio sentido de la palabra, uno de esos personajes que hay que ser valiente para escribir, pues no hay absolutamente nada que le salve, obligando al lector a empatizar con el personaje por lo que le pasa, pero jamás por sus actos. Michael Fisher no es un hombre con mala suerte, es un cobarde vago experto en arruinarse la vida por mera cutrez, no tiene las excusas de la mala suerte o la estupidez, ni siquiera es malvado, simplemente es un mezquino que nadie quería como familia política. Un idiota que encima, en mitad del evento más extraño y fantástico de la historia humana, se queda sin poderes.

Como es lógico, la historia ni se queda ahí, Rob Williams crea dos tramas condenadas a encontrarse, por un lado, Michael Fisher recorre media Nueva York en busca de su hijo, más obligado por quienes le rodean que por un sincero amor paternal; mientras que al mismo tiempo, una científica trata de descubrir que ha sucedido para revertirlo, más que nada para evitar el fin del mundo. Como es lógico, la solución de todo se encuentra en el único infeliz que no ha obtenido poderes. De este modo tenemos una más que entretenida trama de aventuras, llena de acción y peripecias, con un protagonista héroe para su desgracia, mientras el mundo colapsa ante las entidades todopoderosas que hace unas horas repartían el correo o dormitaban ante la televisión. Ordinary es el cómic que más o menos tienes en la mente sin habértelo leído, pero con el fantástico dibujo de D’Israeli y un guión que va mucho más allá de lo que crees, con un protagonista atípico al límite de lo tolerable viviendo la aventura de su vida, para su desgracia y para nuestro enorme disfrute.

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Ciencia, fantasía y tristeza

Ether: La muerte de la última llama dorada (Matt Kindt y David Rubín) Astiberri, 2017. Cartoné, 136 págs. Color, 16 €

La ciencia-ficción es el mejor mecanismo para hablar de nuestra sociedad, para enfrentarnos a nuestra existencia como grupo de individuos. Es sencillo, lo puedes llevar todo al extremo y convertir la narración en ejemplo de lo que somos o de lo que podríamos ser, tanto para bien como para mal. La fantasía es mejor dejarla como un camino introspectivo, una senda interior en la que definirnos a nosotros mínimos como individuos, pudiendo hablar de cosas tan abstractas como el amor o la perdida sin preocuparnos por la organización política de las naciones o la redistribución de las riquezas. Un príncipe enamorado puede personificar el amor perdido sin que tengamos que caer en discusiones sobre la legitimidad o no no de la monarquía. Nos importa poco lo ideal en la fantasía, tenemos una moral muy simple de buenos brillantes y malos oscuros donde el bien es un constructo que se puede tocar y sentir, donde importa más el sacrificio de un alma pura por el amor de su vida que las condiciones laborales en una mina humana.

Y así llegamos a los grandes estereotipos, una bruja puede representar la redención personal mientras que un androide es más óptimo para personificar la lucha de clases. Varias generaciones de autores se han empeñado en cimentar esta diferencia, desde Tolkien y Asimov hasta Star Wars y Star Trek, fantasía frente a ciencia-ficción, el corazón y los sentimientos enfrentado a la mente y las ideas. Así avanzan los tiempos con seguidores de uno o dos caminos que disfrutan de revisitar iteraciones donde la aventura es tan reconocible que casi parece hogareña. Hasta que los mundos chocan, porque tarde o temprano los mundos tienen que chocar para que todo avance. Hay que agradecer que unos cuantos valientes se atrevan a jugar con lo sagrado y plantearse no sólo que hay detrás de  las cortinas, sino cogerlo y jugar con ello. Lo importante, al final siempre es lo mismo, no hay nada sagrado y el sacrilegio es el único camino hacia la evolución.

Sacrilegio, y mucho, es lo que tenemos en las páginas de Ether de Matt Kindt y David Rúbín, que ya desde su primer volumen, La muerte de la última llama dorada, nos dejan bien claro que no hay nada a lo que afianzarse, su colección es una mezcla tan densa que no sabemos donde empieza la fantasía o la ciencia-ficción, además de dejar muy claro que es imposible saber donde terminan ambos términos más allá de la hibridación. El guión de Ether  de Matt Kindt comienza con un aventurero de nuestro universo, un científico en el sentido más positivista de la palabra, que consigue llegar a un mundo de fantasía donde en lugar de maravillarse y tirar sus cuadernos a un fuego, se remanga la camisa y se pone a trabajar. Esta idea central de Ether, el sabio que desentraña la magia a través del método científico no es nueva, pero pocas veces la habíamos visto con tanta fuerza como en Ether, Boone es un hombre de ciencias hasta la médula, inmune a la maravilla de un universo mágico, pues sabe que no entender algo es mera cuestión de tiempo. Esto hace que el protagonista del cómic pueda llegar a resultar casi molesto, pues en lugar de maravillarse disecciona la magia hasta medirla y comprenderla. Sin embargo, el buen guión de Matt Kindt no deja que caigamos en la simplificación de considerar a su protagonista una cabeza cuadrada sin corazón.

Porque Boone además de ser científico es un ser humano, un hombre condenado y consumido por una obsesión en la que todos nos podemos reconocer en mayor o menor medida, ahí la fantasía; un hombre sólo y derrotado a pesar de contar con todas las victorias morales y sacrificios que le exigiría nuestra sociedad, ahí la ciencia-ficción. Pues ante todo, Ether es una historia con un poso de tristeza, con una anhelante búsqueda de la redención aunque su protagonista no lo sepa. En esa encrucijada reside el mayor acierto de Matt Kindt con Ether, un cómic donde tenemos el juego obvio del cruce de fantasía y ciencia-ficción con los ropajes de una investigación criminal, La muerte de la última llama dorada casi es un procedimental donde se busca saber quién mató a quién, pero sobre todo tenemos la radiografía de un hombre que antes que cualquier otra cosa es humano.

Por su parte, del trabajo gráfico de David Rubín poco se puede decir que no se haya dicho ya, algo que se va convirtiendo en una molestia con cada nueva obra que leo de él, porque no puedo decir más que su trazo, visión y narrativa son el perfecto vehículo para este gran cómic que busca aunar el gusto por lo espectacular para la masa con la proyección más personal. El dibujo de David Rubín funciona en casi cualquier obra, se convierte en un vehículo que no molesta en ningún momento o género, pero al mismo tiempo es fácilmente reconocible y apreciable. Además se nota que esta colección se crea en gran medida a cuatro manos, Rubín es una fuerza creadora de la naturaleza y se nota que gran parte del universo de Ether sale de sus entrañas, con un dibujo que como pocos consigue aunar dramatismo épico con sentido del humor, con esa genialidad que lo mismo te ríes que te pone el vello de punta.

Así que nos encontramos ante un cómic de esos que entretienen, de los que se leen de un tirón mientras motas y notas van cayendo en tu mente, todo para saber que al terminar la lectura hay algo más escondido entre sus páginas. Yo seguiré leyendo Ether, no porque quiera entender como funciona la magia o cual es la relación de la misma con nuestro mundo, sino porque necesito acompañar a Matt Kindt, David Rubín y Boone hasta el final de su camino, para saber si ese hombre entre dos mundos es capaz de conocerse a sí mismo y en la medida hablarme a mí sobre lo que es ser un hombre, sobre lo que es vivir.

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Button Man – Asesino de asesinos (John Wagner y Arthur Ranson)

Button Man: Asesino de asesinos (John Wagner y Arthur Ranson) ECC, 2016. Rústica, 112 págs. Color, 11,50 €

El tercer de los cuatro arcos argumentales de la colección Button Man, en los que John Wagner y Arthur Ransons desarrollaron a su personaje Harry Exton, Asesino de asesinos, nos muestra por primera vez a nuestro querido sicario en una enorme partida del juego de la muerta en la que no quiere participar. En cierto modo, el guión de John Wagner nos recuerda a lo que ya habíamos leído en El juego de la muerte y La confesión de Harry Exton, con un héroe completamente gris que no tiene problemas en recurrir a la violencia más directa y descarnada para mantener una vida tranquila. Aunque no es menos cierto, que esta vez, John Wagner eleva el dinamismo y la tensión hasta el punto de crear uno de los mejores cómic de acción de todos los tiempos, manteniendo los cimientos de su colección pero ampliando horizontes allá por donde puede.

Aunque al final de La confesión de Harry Exton parecía que nuestro héroe era más listo que nadie y se había librado de los millonarios aburridos que contrataban sicarios como modernos gladiadiores, en Asesino de asesinos vemos como ni Harry era tan hábil ni sus medidas de seguridad para mantenerse al margen eran tan resistentes. Así que asistimos a un juego del ratón y el gato en el que todos los sicarios de Estados Unidos se lanzan contra el antiguo militar británico en una carnicería a lo largo de medio país. Todo regado con la violencia que también escribe John Wagner, y con ese humor cáustico que tan bien le sienta a la colección. El lector no empatiza con Harry porque sea más noble, lo hace simplemente porque el foco se coloca sobre él, algo que bien sabe manejar el guionista para recordarnos continuamente que su protagonista no es mejor persona, simplemente más hábil matando gente.

Por su parte, el dibujo de Arthur Ranson se mantiene en el mismo nivel que en los anteriores volúmenes de Button Man, con ese realismo prácticamente fotográfico que tan bien sienta a la serie, añadiendo una capa más de verosimilitud a la trama, tanto es así que incluso en Asesino de asesinos hay un juego metanarrativo sobre la violencia real de los sicarios y su traslación a la ficción como entretenimiento. John Wagner y Arthur Ranson nos siguen entreteniendo con Button Man pero recordándonos en todo momento que la violencia duele y es más real de lo que parece en un telediario, además de subrayando en todo momento que el uso de la misma deslegitima a cualquier héroe en todo momento. Todo con el cruel juego de enseñarnos esa lección entreteniéndonos como nadie.

Button Man: El juego de la muerte
Button Mann: La confesión de Harry Exton
Button Man: Asesino de asesinos

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Gotham Central – Agente Herido (Greg Rucka, Ed Brubaker, Chuck Dixon, Brownwyn Carlton, Devin Grayson, Nunzio DeFilippis, Rick Burchten, Jacob Pander, Arnold Pander, N. Steven Harris, Mike Lilly y Mike Collins)

Gotham Central – Agente Herido (Greg Rucka, Ed Brubaker, Chuck Dixon, Brownwyn Carlton,  Devin Grayson, Nunzio DeFilippis, Rick Burchten, Jacob Pander, Arnold Pander, N. Steven Harris, Mike Lilly y Mike Collins). ECC, 2017. Cartoné. 168 págs. Color. 17,95 €

El recopilatorio de Gotham Central parece continuar la deriva iniciada en el anterior volumen, Momentos decisivos, recogiendo historias que de alguna u otra forma podrían pertenecer a la serie madre centrada en la Unidad de Crímenes Mayores de Gotham City. En este caso nos encontramos con el volumen Agente herido, que recoge una miniserie en siete números publicada a principios de siglo, momento en el que el comisario James Gordon acaba acribillado por la espalda en un mugriento callejón de Gotham, elemento arquitectónico que parece ser bastante común en la ciudad vigilada por Batman.

La curiosidad de Agente herido es que se desarrolló inicialmente en siete colecciones diferentes, dedicando cada una de ellas su número a una parte de la trama. Así cualquier lector que se comprara las grapas Batman 587, Robin 86, Birds of Prey 27, Catwoman 90, Nightwing 53, Detective Comics 754 y Gotham Knights 13, durante marzo del 2001, podía leerse del tirón esta historia realizada por siete equipos creativos diferentes, con la única repetición de Greg Rucka como guionista. Esto hace que Agente herido sea una especie de catálogo de autores de la época que nos permiten asistir a un momento clave en la historia de Batman, Gotham, y muy especialmente del Comisario Gordon, que en buena parte cambiará su estatus hacia el que leemos en la propia serie Gotham Central. Lo bueno que tiene Agente herido es que su lectura es rápida y amena, cualquier fan de Batman disfrutará de una edición cuidada de este extraño experimento editorial, movimientos que siempre son de agradecer.

El problema que tiene Agente herido es que si mientras la serie Gotham Central se puede disfrutar al margen de cualquier cronología, Agente herido exige conocimiento de la historia del murciélago por parte del lector, para saber con qué Robin nos encontramos, quién es esa Batgirl que no habla, o quién demonios es ese tío que habla raro y se hace llamar Azrael. Además, hay que tener en cuenta que no nos encontramos con la mejor trama detectivesca de todos los tiempos, con una historia bastante lineal y que deja pocas sorpresas. Así que en resumen, Gotham Central: Agente herido es más una obra para fanáticos y completistas de Batman, que una lectura policiaca para amantes del género poco preocupados por la tercera encarnación de Robin o las disputas de Batman con Nightwing.

Gotham Central 1: En el cumplimiento del deber

Gotham Central 2: Payasos y lunáticos

Gotham Central 3: De patrulla por el infierno

Gotham Central 4: Corrigan

Gotham Central 5: Momentos decisivos

Gotham Central 6: Agente herido

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El mal que todos llevamos dentro

Camisa de fuerza (El Torres y Guillermo Sanna). Dibbuks, 2017. Cartoné. 112 págs. Color. 16 €

Hace poco leí por internet el argumento de una persona, no recuerdo el post, tweet o vídeo, en el que defendía el uso del término horror en lugar de terror porque el terror tenía que ser terrorífico, es decir, que tenía que dar miedo, lo que dejaba de lado todas las obras que se basan en lo horrible pero cuya función última no es asustar. Yo siempre defiendo el uso de horror sobre terror, aunque al final termino usando los términos de forma indistinta, pero me pareció un argumento más que afortunado. Creo que le di un me gusta o lo puse como favorito y se perdió en la vorágine de la red de redes. En todo caso me pareció más que remarcable, porque si lo reducimos todo al susto, al final lo único que tenemos es una atracción de feria construida en base a personas tras el quicio de la puerta esperando para dar un salto.

Así que prefiero el horror, porque permite continuar con las reglas y elementos del género sin tener que preocuparnos por los golpes de efecto, que siguen pudiendo estar más que presentes. De este modo se lleva a cabo uno de los procesos que más me gustan, la creación de mitología, la confección de un universo propio. Es como si las historias de terror se acabaran cuando mostramos lo que hay entre bambalinas: Fred le quita la máscara al vampiro de turno y nos muestra que es un agente inmobiliario que quiere desalojar a una pareja de ancianos. La magia y el horror se disipan, los sustos nos han alterado pero podemos volver a casa tranquilos. En el horror por contra, el mal es real y nunca es derrotado del todo, en su lugar cada vez lo vamos conociendo más, los tentáculos se alargan y aprisionan nuestra realidad haciéndonos cada vez más pequeños y débiles ante lo que hay al otro lado, viene de más allá del tiempo o se ha escapado de una prisión en otra dimensión.

Ese sentimiento de crecimiento continuo es lo que más me gusta del horror frente al terror, aunque sea una clasificación imperfecta surgida de un tweet furtivo. Y eso es precisamente lo que encuentro en Camisa de fuerza de El Torres y Guillermo Sanna, la promesa de un horror que no decrece, la constatación de una historia que se vuelve más compleja con cada página, haciendo que cada vez sea más complicado escapar de ese horrible cosmos que nos rodea sin que sepamos siquiera que existe. Esta dualidad a dos niveles permite a El Torres crear por un lado un escenario cotidiano donde cimentar su relato, para luego construir una mitología propia donde el horror tiene sus propias reglas y todo funciona de forma muy diferente pero con una coherencia interna inapelable. El planteamiento de Camisa de fuerza es sencillo de entender, una chica, Alex, está encerrada en un manicomio por algo tan simple como haber descuartizado a su hermano gemelo cuando eran pequeños. Frente a ella tenemos al clásico psiquiatra, que también esconde su pasado, empeñado en curar a la joven, frente a la retahíla de doctores que se limitan a drogar a la joven simplemente para que esté tranquila.

El problema, como todo buen lector ya sospechará, es que Alex tenía motivos para descuartizar a su hermano, motivos difíciles de explicar. Y aquí es donde el guión de El Torres coge vuelo y ya no para. Porque siendo sinceros, el valor de Camisa de fuerza no está en su punto de partida, sino en su desarrollo y en las pocas concesiones que se hacen al horizonte de expectativas del lector. En cierto sentido, la historia de Alex es la que hemos visto muchas veces, con un grupo de personas obligadas a creer en lo que no creen a pesar de una gran cantidad de pruebas, pero Alex no es la típica chica que busca que le crean, ella se conforma con conseguir que le dejen hacer su trabajo. Aquí es donde más brilla el guión del cómic, con un personaje tan bien escrito como Alex, una chica cínica y dura pero frágil al mismo tiempo, capaz tanto de soltar one-liners propias de una estrella del cine de acción de los ochenta, como de derrumbarse cuando percibe el fracaso como algo más que una posibilidad. Poco más se debe de contar para que el lector disfrute virginalmente de Camisa de fuerza, sólo remarcar el dominio en el guión de un personaje gris en el sentido más amplio del término, tan real que no cuesta querer o despreciar a Alex según su comportamiento y acciones.

Del trabajo gráfico de Guillermo Sanna remarcar la gran capacidad que tiene para trabajar a dos niveles. La mayoría de las páginas, en un blanco y negro absoluto, hacen que el universo real sea lo más verosímil posible. El hospital psiquiátrico donde ocurre el grueso de la acción es tan verosímil que casi se puede oler el desinfectante y se pueden oír las toses de los pacientes. El espacio está representado de una forma tan creíble que eso sólo consigue que las páginas que podemos llamar rojas sean aún más violentas y oníricas. Guillermo Sanna apuesta por un dibujo más suelto y violento para representar lo que hay más allá de lo visible. Dicen que Camisa de fuerza tiene lugar en el mismo universo que El velo, una obra anterior de El Torres, como resumen de este cómic sólo diré que tengo unas ganas locas de leer la anterior obra y conocer más sobre ese universo que sólo percibimos por el rabillo del ojo.

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Blasfemando sobre el ídolo

Demon de Garth Ennis Volumen 1 (Garth Ennis y John McCrea). ECC, 2017. Cartoné. 296 págs. Color. 29,50 €

Hablar de autoría dentro de los gigantescos cosmos del cómic de superhéroes es como mínimo arriesgado. Tomemos por ejemplo cualquier cómic del encapuchado de Gotham, en todos podemos leer “Batman creado por Bob Kane y Bill Finger”, vale bien, de acuerdo. Si no fuera porque lo de Bill Finger es relativamente reciente. El problema llega cuando vemos elementos tan característicos del universo del hombre murciélago como el batmóvil, Robin o incluso Catwoman, momentos en los que la autoría se pierde un poco y entran en liza labores de dibujantes que pasaban por allí, algún trabajador de administración que aporta alguna idea… Cosa que tampoco estaría tan mal si no tenemos en cuenta las numerosas décadas de historia. En algún momento Dick Grayson pasa de ser el primer Robin a convertirse en Nightwing, que podemos decir que el personaje en sí es creado por Bob Kane y Bill Finger ayudados por Jerry Robinson, pero claro, el concepto de Nightwing se lo debemos a Marv Wolfman y George Pérez. Así que hablamos de diversas autorías que se van solapando como las diversas capas de roca a través de los milenios.

En resumen lo que habría que tener claro es que el párrafo anterior no tiene la más mínima importancia a menos que queramos ser una enciclopedia con patas, lo que te convierte en un experto en cómics igual que es experto en fútbol quien te recita de memoria la alineación del Betis de 1995. Así que si me siento y me leo Demon de Garth Ennis y John McCrea, lo que me estoy leyendo es eso, la interacción de estos dos autores, con sus filias y fobias, con un personaje más o menos secundario y extremadamente particular dentro del universo DC. Demon es el alterego de dos personajes creados por Jack Kirby: el humano Jason Blood, antiguo caballero artúrico; y el demonio Etrigan, rimador del averno. Ambos comparten almas, lo que quiere decir que cuando uno está en el plano terrenal está ocupando el lugar del otro. Al margen de esto poco más hay que saber para disfrutar de los guiones de Garth Ennis y el dibujo de John McCrea.

Porque si Garth Ennis hace algo en la colección Demon es poner en perspectiva al propio personaje, en pocas páginas liquida la historia heredada por el anterior guionista y se dedica a escribir sus propias historias sobre un demonio amante del caos y su tapadera humana en una de las Gotham más sucias que hemos visto. Es tal la independencia de Garth Ennis que en el primer tomo recopilatorio de dos, no aparece en ningún momento Batman, aunque eso sí, aprovecha para crear a un nuevo personaje, Hitman, y recupera una de las creaciones más bizarras del universo DC, El tanque encantado. Elementos y apuestas propias del guionista norirlandés, que jamás se ha mostrado muy amigo del concepto clásico de superhéroes, acercándose siempre al concepto para desvirtualizarlo, cuando no directamente destrozarlo, pervertirlo y señalarlo mientras se ríe.

Así que eso es lo que encontramos en Demon, una historia que nace como una narración con un superhéroe atípico, que en manos de Garth Ennis muta en una trama puramente de horror, con una gran carga del punto de vista del propio mal. El guionista se deja llevar y juega con los elementos que le han hecho famoso: la ultraviolencia y el humor más cafre. Aunque hay que reconocer que mientras otros autores se quedan en la superficie de estos dos elementos, Garth Ennis siempre ha sabido darles la vuelta y colar siempre una reflexión sobre lo extremo, o al menos presentarlo de forma original sin caer en lo gratuito meramente. Aunque para quien le interese que sepa que va a encontrar mucha violencia gratuita. En esta colección, a principios de la última década del siglo pasado, Garth Ennis no había aún alcanzado sus mayores cumbres artísticas, pero Demon es una colección que gustará tanto a los fans más recalcitrantes del chico de Belfast, con elementos tan dispares como la mafia o lo bélico; así como a cualquiera que disfrute una buena historia de género, pues al margen de sus tics hay que reconocer que Garth Ennis sabe escribir.

Junto a los guiones mencionados, en Demon encontramos el arte de John McCrea, quizás junto a Steve Dillon el dibujante que más ha colaborado con Garth Ennis. John McCrea tiene un estilo particular que hace su dibujo fácilmente reconocible, mostrando en Demon un estilo más sucio y anárquico que el de obras posteriores, algo que es de agradecer tanto para poder percibir la evolución del artista como para disfrutar de un dibujo que siendo diferente no es para nada peor que lo que llegaría después. Este John McCrea más sucio y abigarrado es el complemente perfecto para los guiones más sueltos de Garth Ennis, que hacen de Demon una historia sobre todo divertida de leer. Además, no creo que sea necesario repetirlo, pero tenemos un demonio que habla en rimas y un tanque poseído.

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