Credo. Rose Wilder Lane, la feminista libertaria (Peter Bagge)

Credo. Rose Wilder Lane, la feminista libertaria (Peter Bagge). Ediciones La Cúpula, 2020. Rústica, 116 págs. Color, 17,90€

Peter Bagge es uno de los pilares del cómic underground de los noventa y de principios de siglo XX y con el que muchos empezamos a leer ese otro cómic que estaba más allá del imperante comic-book de superhéroes y el manga que empezaba a ser un público mayoritario. Las aventuras de Buddy Bradley tenían un aroma a crónica que no se ha podido apreciar hasta que ha pasado un tiempo. Pero en aquel momento Bagge ya estaba haciendo una labor de recopilación en viñetas del mundo contemporáneo de cómo se vivía apartado de los grandes paradigmas sociales del capitalismo estadounidense.  Unos paradigmas sobre los que el propio autor investigaba a través de pequeñas biografías de los paters del liberalismo salvaje y del subjetivismo más puro.

Es decir, la historia no-secreta del nacimiento del actual espíritu del país de las barras y las estrella. La biografía de Rose Wilder Lane es uno de los mejores ejemplos de la formación espiritual de un país que reniega de cualquier opción de progreso social en busca de igualdad. Wilder Lane es una de las madres junto Ayn Rand e Isabel Paterson, del renacimiento del movimiento libertario de mediados del siglo XX. Un movimiento que aboga por la reducción al mínimo, o casi la abolición, del estado, al cual consideran un obstáculo pernicioso para el desarrollo personal de los individuos. De ahí surge la idea libertaria de que cada individuo debe enfrentarse por sí mismo a la sociedad independientemente de los privilegios adquiridos por el sistema o la desventajas con las que ese mismo sistema lastra a gran parte de la población.

Dejando de lado la crónica como valor de su obra de ficción, aquí opta por una biografía ficcionada en el registro propio del autor. Aunque el trazo de Bagge a veces da la sensación que el tratamiento es un tanto cómico eso no borra en ningún momento el proceso de investigación y documentación sobre el personaje diseccionado. La obra se abre con una exposición por parte del autor sobre los motivos que le llevan a emprender el proyecto. Lo interesante es ver cómo se aparta de la prototípica biografía en cómic en la que tan solo se narran los hechos importantes de la vida del personaje en cuestión. Bagge opta por dotar de una sicología al personaje que le ayuda a desarrollar los monólogos interiores de estos. Consciente de la imposibilidad de abordar una vida en el medio cómic, complementa con unas notas finales el documento para ampliar el conocimiento sobre  Rose Wilder Lane. Lectura recomendadísima tanto por el autor como por el personaje retratado.

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Cecil y Jordan en Nueva York (Gabrielle Bell)

 

Cecil y Jordan en Nueva York (Gabrielle Bell). Ediciones La Cúpula, 2019. Rústica, 160 pags. Color y B/N, 15,50 €

Gabrielle Bell representa la perfección a personajes que podemos denominar como ensimismados en el hedonismo asocial. Seres más próximos a construirse como personajes que como personas. Lo que vulgarmente se conoce como postureo. Un postureo lánguido preñado de pretendida tristeza que hace a los personajes como especiales, falsamente sensibles y con una mirada elitista hacia su entorno. Aun así la autora muestra cierta complacencia hacia estos personajes, los mima, los quiere, no los pone en situaciones complicadas. Los problemas de estos son tan solo los del primer mundo.

Aunque posiblemente lo más atractivo de la obra de Bell no sean los personajes, que lo son por cómo están creados y como discurren por un contexto narrativo. Lo más interesante es la sensación que todos los personajes pueblan el mismo espacio ficcional, no tanto por los lugares en los que habitan los personajes si no por el estado de ánimo que estos transmiten a lo largo de sus relatos. Estos unifican el espacio narrativo de esta compilación de relatos cortos de Bell. Esa especie de languidez y tristeza que predomina el carácter de los personajes crea una sensación de imposibilidad vital de los mismos. Todos aspiran a algo que no saben si realmente quieren, los sueños, las metas y los deseos personales se convierten en una especie de leit motiv continuo acentuado por la imposibilidad de los mismos.

Estas aspiraciones se convierten en una sombra que acompaña a los personajes, los martiriza, no les deja avanzar y los convierte en esclavos de sí mismos. Esto unifica el espacio narrativo, los personajes no tiene que compartirlo pero si respirar el mismo aire en la construcción de los mismos. En ese sentido la autora dota de cierto aire personalista y de proximidad a los personajes y a las situaciones hace que el relato que une a todas las historias cortas que componen el volumen tenga un aire autobiográfico. Gabrielle Bell es en esas lides una de las autoras que mejor representa la desazón de una sociedad que decide vivir apartada de todo, y que se pierden en su propia construcción vital.

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El humano (Lucas Varela y Diego Agrimbau)

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El humano (Lucas Varela y  Diego Agrimbau). Ediciones La Cúpula, 2020. Rústica, 148 págs. Color, 19,50€

Las narrativas post-humanidad van haciéndose más populares mientras que aquellas que abordan el fin del mundo tal cual están tan asumidas que las podemos encontrar entre la producción de tv movies de plataformas como Netflix. Películas como After Earth, Oblivion, las dos sagas de El planeta de los simios, la reciente trilogía animada de Godzilla, nos plantean una visión de un ser humano que busca redención volviendo a un planeta Tierra que han destrozado en el que el rastro de las civilizaciones son cuestiones del pasado. Nos encontramos con una población animal que ha evolucionado y en algunos caso los propios humanos han cambiado. El pasado humano es un resto sin importancia en la memoria del planeta y el hombre vuelve con intenciones de conquistar y reconducir el orden del planeta.

El Humano de Lucas Varela y Diego Agrimbau trata sobre una expedición para investigar el devenir del planeta Tierra. Medio millón de años los humanos vuelven tras un periodo en el que consideran que el planeta se ha reseteado y en el que los humanos de cuño homo sapiens consideran que pueden empezar de nuevo. Y reiniciar a la humanidad. Tras este tiempo, un matrimonio de científicos, June y Robert, deciden volver al planeta para poner en marcha el proyecto. Pero la planificación falla y June desembarca 57 años antes que Robert. La acción se sitúa en el momento en que el equipo de Robert y sus androides llegan al planeta, sin embargo, la narración en vez de decantarse por el relato de conquista del humano decide focalizar en Alpha, una ginoide capaz de saltarse algunas de las leyes de la robótica. El enfoque de este personaje nos permite ver el acceso a la locura del humano cuando ve a su esposa fallecida. En el planeta no hay resto de humanos estos han evolucionado en diferentes especies, que Robert intenta controlar amparándose en su superioridad intelectual, pero ignorando que ya no es un planeta para los humanos.

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El inevitable complejo de Dios que Robert sufre de inmediato le lleva a elaborar un plan, muy humano, para hacerse con el planeta. Dicho de otra manera, a pesar de estar fuera del planeta medio millón de años no se ha aprendido nada.
La reconquista del planeta empieza por un intervencionismo bélico, decide aplicar la ley del más fuerte con el resto de especies, y genético, deja embarazadas a tres hembras de una de las especies que ahora pueblan el planeta. En Qué difícil es ser dios de Arkadi y Borís Strugatski, se plantea un intervencionismo humano que impide que un planeta no pase de la Edad media terrestre sometiéndolo a la voluntad de unos humanos con complejo de dios. Robert, como representación de una parte de la humanidad, nos muestra ese sentimiento liberal que busca apropiarse de todo sin ningún tipo de límite moral o legislativo, pero también se convierte en el propio epitafio de la especie. Lucas Varela y  Diego Agrimbau apuestan por una obra compleja pero mostrada con una sencillez apabullante, trama y tema se conjugan a la perfección y el trazo del dibujo hace que el texto en su globalidad no sea tan crudo como pudiera aparecer en cualquier momento.

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Balas perdidas Vol. 4: Días negros (David Lapham)

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Balas perdidas Vol. 4: Días negros (David Lapham). La Cúpula, 2019. Rústica, 260 págs. B/N,  19,90 €

Uno de los paradigmas con los que mejor se puede explicar Balas perdidas de David Lapham es que todos los personajes pueden caer aun más bajo o que sus orígenes como personajes están localizados en un trauma producido a edades muy tempranas. El contexto histórico que fluye de mediados de los setenta a mediados de los noventa representa la catarsis de la sociedad americana y la violencia. En los setenta esta sale de los espacios marginales a espacios abiertos, going postal, lobos solitarios, asesinatos en masas y cualquiera puede ser el próximo protagonista de un noticiario. En términos posmodernos esa violencia es asumida por gran parte de la sociedad en la década de los noventa, es inherente a la cultura, y más en un momento que se proclaman diferentes apocalipsis al borde del año 2000.

El volumen Días negros nos sitúa en la antesala de la última década del siglo XX. Son los años ochenta en Los Ángeles donde un apocalipsis liberal y conservador llamado Ronald Reagan, estaba arrasando a los más desfavorecidos y dándoles alas a los que siempre han tenido menos escrúpulos a la hora de hacer dinero y acumular poder. En ese desértico panorama moral, que tan solo invita a vivir bajo la ley del más fuerte nos encontramos con los protagonistas de siempre, pero esta vez vamos a conocer la historia de Amy Racecar, sus orígenes y el porqué de su actitud un tanto hierática en el trato con otros personajes. Beth y Amy se refugian en Los Ángeles como hermanas, pero Amy en seguida empieza a hacer su vida. No va a clase, se pasa el día merodeando por la calle y no va al instituto lo que levanta las suspicacias de los vecinos y la policía. Empieza a hacer amistades furtivas, que van desde Bobby, un niño asustadizo, y  a un sospechoso tipo aspirante a artista, en general, que frecuenta locales donde va la juventud.

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El artista no es más que un depredador sexual que secuestra a ambos personajes y la violencia que se ejerce sobre ellos es catártica. Amy se reconvierte y en esta última variación del personaje, la de una chica de pueblo desaparecida hace mucho tiempo. La insistencia del trauma como eje vertebrador de los personajes que constituyen este fresco del noir americano, en mayor o menor grado todos tienes un momento de caída que los marca intelectualmente, en ocasiones convirtiéndolos en personajes ridículos, emocionalmente tarados o con marcas físicas que los definirán el resto de su vida. Esta vez los protagonistas, acostumbrados a lidiar con la delincuencia, se encuentran en una lúgubre incertidumbre. Días negros es, por el momento, el ciclo narrativo más oscuro de Balas perdidas, hasta el punto que llega a sorprender al lector habitual del trabajo de Lapham. Balas perdidas es una de las grandes lecturas que definen el estado de la sociedad estadounidense de finales del s. XX. una crónica a la que se la hecho un vestido entallado a partir del relato negro y criminal. Siempre entretenido y siempre sorprendente. Ese es Lapham.

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La espiral (Aidan Koch)

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La espiral (Aidan Koch). AIA Editorial y Ediciones Valientes, 2020. Rústica, 128 págs. Color, 18 €

Un grupo de personajes que tienen una vinculación en principio poco próximas que confluyen, espacios que se configuran como mínimamente referenciales y funcionan a nivel de código interno, imágenes ancestrales, ríos que confluyen y la idea de espiral. La espiral como un elemento cíclico que nos invita a pensar en los retornos eternos y en cierta restitución del caos pero sobre todo bajo el paradigma sobre el que se apoyan diferentes sensibilidades religiosas, como es nacer, morir y renacer. Pero también es un elemento que aparece en la naturaleza y que ha sido adoptado como elemento estético tanto en el arte como en la cultura popular.

La propuesta de Aidan Koch quizás esté más arraiga a elementos ancestrales. Las espirales a través de diferentes elementos. En primer lugar, antes de hablar de la trama de la obra, es posiblemente más interesante para un poco de atención a la propuesta estética. La espiral, se presenta casi como un work in progres en la que se pueden observar algún borrón, algo que parece que ha sido borrado pero que sigue presento o algún garabato a pie de página. La obra se presenta como un palimpsesto consciente de sí mismo; en el que la obra final es un fiel reflejo tanto de ese resultado acabado, como de las fantasmagorías que no son otra cosa que los restos del pasado de la obra.

En ese aspecto Koch aprovecha ese proceso de trabajo intermedio para dar relevancia al uso del color vinculándolos a un estado emocional perenne de los personajes. Esta aproximación no la hace, tanto, en relación con la psicología de los colores sino en cómo un recurso más conceptual. Estos nunca son sólidos, a veces se salen de los límites de lo coloreable, y otras, el color acaba perdiendo consistencia en el trazo. Haciendo que los personajes acaben diluyéndose no solo en los escenarios sino también por los diálogos diáfanos, no acotados y que no respaldan ninguna trama.

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¿Qué es pues La espiral? Podemos ubicar este título dentro de aquellas obras en las que los espacios son redefinidos y condicionan las acciones de los personajes, en mayor o menor grado. No se trata de espacios construidos narrativamente para convertirse en un obstáculo completo sino como un concepto. Podemos citar trabajos como Nuevas estructuras (Begoña García-Alén, 2017), Pulse Enter para continuar (Ana Galvañ, 2018), Cenit (María Medem, 2018) o Sirio (Martín López Lam, 2016), en los que las localizaciones en los que se desarrollan estos títulos nos ayudan a poder vislumbrar a unos personajes muchas veces en fuga. Son espacios por lo general sobrios en los que los autores sitúan a unos personajes que reaccionan de manera extraña, parece existir una relación de incorporación/resistencia  entre ambos.

La espiral de Aidan Koch busca ese lugar en el que las narrativas en las que la trama no es una línea recta, si no sinuosa que a veces se interrumpe y no te asegura que haya un final sólido. Esta más cercano a eso que denominamos la experiencia lectora, navegar entre las páginas y los colores, los interludios sobre el devenir de los ríos, el inicio del capítulo V en el que la viñeta dejada para el texto desplaza a la imagen de los protagonistas de la conversación. Un título que apunta a esas nuevas formas de contar del cómic contemporáneo.

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