Lo-Fi SF

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30 Millones (Ángel Mosquito y Federico Reggiani). La Cúpula, 2019. Rústica, 144 págs. Bicolor, 17,90 €

El terreno de la ciencia ficción lo-fi suele ser muy agradecido. Trabajar con elementos del día a día para convertirlos en ajenos a lo cotidiano; los objetos adquieren una serie de valores y significados completamente ajenos a aquellos para los que fueron creados. Los vehículos, teléfonos, ordenadores o puertas pueden convertirse en un pasadizo que permite cambiar la condición y el espacio de los personajes que protagonizan el relato. En principio, a nivel de creación supone un alivio, no inventarse ni objetos, ni palabros, ni teorías pelegrinas para explicar funcionamientos extraños; por otro a nivel de lectura es un tipo de ciencia ficción que suele enganchar a un tipo de lector mucho más amplio por lo reconocible de los referentes.

30 Millones de Ángel Mosquito y Federico Reggiani opera en ese sentido, el lugar en el que se desarrolla parte del relato es la Argentina contemporánea en la que Daniel, un tipo del montón, que trabaja arreglando la instalación eléctrica de un viejo instituto descubre gracias a su camello de confianza que consumiendo cierta droga aparecen puertas que le conducen a diferentes espacios, y algunas de estas le llevan al pasado. Si, Daniel es un tipo normal, tan normal que da asco, cuando consigue llegar a los setenta a través de una puerta que se le aparece en los lavabos del instituto se encuentra con una parte de Argentina que lucha contra la opresión del estado. El interés de este no pasa en ningún momento por apoyar a aquellos que buscan una sociedad libre, a pesar de sus métodos, y decide utilizarlos con la información que tiene del presente para quedarse con el rescate de un secuestro. Para ello no dudará en utilizar a todo el mundo que se le cruce en su camino, incluida su familia.

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La idea de mostrar el pasado a través del presente siempre es muy utilitaria, pero en este caso la reflexión es doble, en más de una ocasión los personajes comentan que dicha década es como otro universo, en el que las personas trataban sin tanta mediación tecnológica; eso nos lleva a la segunda reflexión, el trato entre personas configura una relación diferente con el contexto político. En 30 Millones se nos muestra un pasado concienciado mientras que el presente está capitalizado por Daniel, un tipo que no es capaz de sentir mayor empatía que por sí mismo y al que el progreso social parece no importarle demasiado. Ángel Mosquito y Federico Reggiani nos ofrecen una obra que capitaliza lo mejor de la SF lo-fi, utilizando los mínimos recursos posibles para obtener el mejor de los resultados.

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Spain is Pain #362: V.I.L. (Very Important Losers)

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¡Socorro! (Roberta Vázquez). Apa-Apa Cómics, 2019. Cartoné, 100 págs. Color, 19 €

Desde mediados de los setenta el cómic ha sido fiel reflejo del cambio social, primero desde el cómic underground, más adelante lo que se conoce como cómic independiente y ahora más integrado en el ecosistema del noveno arte contemporáneo que abarca desde la producción industrial del cómic de superhéroes y el manga, pero principalmente desde algunas corrientes del cómic de autor. El tebeo, que a nivel de reputación está viviendo un buen momento desde la exposición pública a través de las adaptaciones cinematográficas y televisivas, la repercusión en medios de comunicación o la elevación de este medio como arte a través de exposiciones en museos o la relevancia adquirida por algunos autores.

Todo esto no es ajeno a una idea cada vez más creativos utilizan la viñeta para hablar del presente, de los cambios sociales y de las inquietudes de las nuevas generaciones. De entre todos estos destacan aquellos que utilizan formatos cortos muy directos al igual que vienen impuestos por las nuevas costumbres de los usos de las aplicaciones de redes sociales. El relato fragmentado de uno mismo como leitmotiv del relato social de nuestros días. Se cuenta todo y no se cuenta nada, aunque quizás lo más interesante sea el subtexto.

Contar lo que pasa detrás de esa filosofía del yo fragmentado a través de redes sociales en la era del selfie más allá de lo anecdótico es complejo. Roberta Vázquez consigue captar dichos aspectos en ¡Socorro! Este volumen capta desde su portada, una piedad con dos de los protagonistas de la obra, que ayudan a desacralizar el ego como forma de relacionarse a través de redes. Una vez nos adentramos en el volumen nos encontramos con un zoo de personajes que sinceramente creo que todos podemos reconocer en nuestro entorno de amigos, compañeros de trabajo, familiares, etc. Un grupo de perdedores natos que no hacen más que darse relevancia así mismos y su propia miseria.

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Esta reflexión, más o menos sesuda, no puede ocultar que estamos ante uno de los cómics más divertidos del año. Los personajes son un pimiento neurótico e inútil, una donut feministas con remordimientos sentimentales, unos trozos de pizza muy cínicos, o un pretzel que sirve de sosias de la autora entre otros personajes. Un fresco generacional que apunta a oportunidades perdidas y con un humor que ronda entre lo inesperado y lo explícito en el que siempre se deja en evidencia más al lector que a unos personajes que han emprendido una espiral de automotivación y autojustificación de sus actos demoledora que no hace más que situarlos constantemente en un precipicio emocional.

Quizás el principal referente del que bebe esta autora sea Simon Hanselmann, esta traslada esa sensación de derrota constante de los personajes aunque a estos les importe una mierda. Es así viven con sus fracasos personales, peros los reconvierten en éxito. ¡Socorro! tiene como baza principal a unos personajes desarrollados en trazos cortos, los justos y necesarios para que los conozcamos y para meternos en el relato, nada falsamente trascendental y muy frescos (si, muchos son verduras), con un toque cuqui pero con sabor acido. El formato por el que ha optado Roberta Vázquez puede ser muy flexible y los personajes muy adaptables a otros medios desde videojuegos a animación, pasando por ser mascotas de alguna marca de cereales. Resumiendo, un must have, no hay nada más que decir.

@Mr_Miquelpg

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Terror transnacional

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El hijo del diablo (Hideshi Hino). La Cúpula, 2019. Rústica, 264 págs. B/N, 13,90 €

La capacidad de Hideshi Hino de incorporar cualquier aspecto del terror a su obra es incontestable. Desde aquellos elementos considerados intrínsecamente nipones, como su visión enfermiza de la soledad y la exclusión social en una sociedad que se vanagloria de vivir como una comunidad; a aquellos relacionados con la ficción occidental ya sean vampiros, hombres lobos y zombis. Recubriéndolo todo de ese tour de forcé que al autor japonés sabe darle a sus trabajos. Ese parece ser uno de los motivos del éxito de Hino, somete a los personajes a una tortura continua que nunca acaba para ellos y que satisface el morbo del lector.

El hijo del diablo es una amalgama de todas esas ideas sobre este autor. Por un lado la idea de la maldición inherente a casi todas las culturas, pero esta vez bebiendo de los licántropos europeos, mezclada con la idea del paria social, independientemente de la clase a la que pertenezca, que debe de ser apartado por parte de todos. Ese ostracismo viene en ocasiones impuesto y en otras es una elección de la propia familia. El hijo del diablo narra la historia del hijo del doctor Emma, uno de los más reputados científicos del planeta que vive en el castillo familiar, llamado Inferno. Tras un accidente de coche el hijo fallece pero tras la recomendación de una bruja finalmente consigue resucitarlo matando a otro niño de la misma edad. Es en ese punto en el que se rebela la verdadera naturaleza de la maldición familiar. Daio, el hijo del doctor, tras resucitar se convierte en una bestia sedienta de sangre y a pesar de que el doctor intenta revertir dicha feria de sangre descubre que el hijo es el portador de una maldición por la que se convertirá en hombre lobo.

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En el momento en el que el número de cadáveres empieza a ser un acuciante la policía y la gente del pueblo se solivianta y hacen arder el castillo. Daio, en su forma de hombre lobo muere, pero de su glóbulo ocular desprendido nace un homúnculo que seguirá sembrando el terror. Hideshi Hino se sirve de este ser para abandonar esa vertiente  más fabuladora en favor de ubicarlo en la contemporaneidad japonesa. El nuevo ser sufre las consecuencias de la deshumanización de la sociedad moderna. Su sed de sangre es utilizada por monjes exorcistas, niños crueles y una fantasma. Para al final acabar en el purgatorio de Dante.

En Hino nada es ajeno, ni lo propio de su cultura y tradición ni las ajenas le resultan extrañas a la hora de incluirlas dentro de su imaginario. El hijo del diablo es uno de los mejores ejemplos dentro de su obra, muy nipona en la construcción del relato, con cierta enseñanza moral, pero no dejando de lado una mostración explicita de la crueldad, no solo la gráfica sino también la intelectual; en la que podemos encontrar todo tipo de referencias culturales occidentales, tanto populares como el literarias. Estos aspectos forman parte de un todo que no es ni más ni menos que el universo ficcional de Hideshi Hino. Inevitable, al igual que cualquiera de sus obras, e imprescindible para cualquier lector de cómic de terror que se precie.

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Short Cuts

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Balas perdidas Vol. 3: Otra gente (David Lapham). La Cúpula, 2019. Rústica, 260 págs. B/N,  19,90 €

Lapham define como característica principal de Balas Perdidas las vidas cruzadas de los diferentes personajes. Tanto los recurrentes como de aquellos que tienen mayor protagonismo en los diferentes relatos que componen este fresco de los Estados Unidos de la década de los noventa. Aunque esa acotación temporal es una referencia en la que podemos ubicar principalmente dichos años, pero se define como un cronotopo en el que caben todos los estereotipos y momentos del relato negro, desde el oscuro jolgorio del Hollywood clásico a los espacios áridos que empiezan a poblar este tipo historia a finales de siglo. En Balas perdidas cabe todo eso.

Pero retomando la idea principal, este tercer volumen recopilatorio recoge ambos principios a la perfección, pero sirve, principalmente, para ilustrar la primera. El planteamiento narrativo difiere del de otros volúmenes en el reparto variable de la jerarquía de los personajes. Algunos de estos aparecen como secundarios en los primeros relatos y se convierten en protagonistas en otros, o se inicia su historia y finaliza en otros. Un sistema de relatos entrelazados por unos seres que parecen tener vida propia y que van cambiando en función de donde los sitúe el autor. Pero la idea no es tanto mezclar a unos personajes con otros sino dotarles de vida. Como todos los lectores de Balas perdidas sabemos muchos de estos son individuos que viven una doble vida, por un lado llevan una vida de tipos grises pero en el fondo ansían una vida llena de emociones, mujeres, sexo, drogas, etc. Sin embargo, cuando consiguen lo que quieren se arrepienten ya que no son capaces de revelar su verdadero yo;  enfrentarse, principalmente, a su mujer en dicho desenmascaramiento.

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A diferencia de otros volúmenes de este título en los que Amy Racecar tiene un gran protagonismo, en este su aparición es tan solo anecdótica en un relato sobre intrigas sexuales y asesinatos en el Hollywood de los cuarenta-cincuenta. Posiblemente sea uno de los volúmenes más interesantes de Balas perdidas, el juego que establece no solo con el espacio, el mismo en cada una de las entregas, el cronotopo de la América eterna de la segunda mitad del Siglo XX, y el juego entre personajes que van cambiando su rol en cada una de las historias hace que el lector tenga que hacer una lectura más atenta, volver a capítulos anteriores para hacer encajar todo. Como un crimen sin resolver.

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