La purga

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Omega Men (Tom King y Barnaby Bagenda). ECC, 2019. Cartoné, 296 págs. Color, 29,50 €

Es curioso como en los últimos años existe una narrativa trasversal que trata el concepto de purga humana como un beneficio social; como si fuera normal pedir ese sacrificio a cualquier ser humano. Desde la franquicia de La Purga, Avengers: Infinity Wars, El cuento de la criada, etc… Parece que llegamos a un fin de ciclo en el que siempre se les pide el favor a terceros, y cada vez con menos disimulo a los ciudadanos que están en riesgo de exclusión o directamente han salido de las estadísticas institucionales. Esa idea, que por ahora es solo un arco argumental de fondo muy utilizado, tan peligrosa de la limpieza social que en ningún caso dudara en mostrar su faceta xenófoba, racista, misógina u homófoba, sin descartar en ningún momento la inclusión de aquellos que profesan un ideario diferente o pertenecer a las clases más bajas de la sociedad.

Omega Men en ese sentido es una obra que muestra de manera descarnada la violencia de los ejecutores, los que deciden quién se queda y quien se va. La puesta en escena es la de un gran conflicto por cuestiones de fe en el sistema Vega. Se trata de un régimen aplastante que no duda en cometer genocidios en busca de acumular poder a través del terror. Pero como en todo sistema hay un contrapoder que lucha desde la clandestinidad, los Omega Men. Un grupo de seres de diferentes planetas y culturas que luchan contra esa teocracia intergaláctica.

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Dicha guerra de guerrillas tiene un gran trasfondo, en este caso el estelárium un componente inherente de los planetas que componen el sistema Vega y que permite que los planetas no colapsen tal y como sucedió con Krypton. La riqueza y el egoísmo del resto de la galaxia condenan a los cinco planetas, a sus civilizaciones y los seres vivos que lo habitan, ya que en sí misma la extracción de este material destruye el planeta. El capitalismo se muestra como una cruel forma de genocidio. Sin embargo, lo más notable del relato es el uso de Kyle Rayner, un Lantern, casi por definición cuando un personaje de este tipo aparece en un relato suele ser para llevar la voz cantante y ser protagonista, aleccionar, liderar y hacer para aquello que se le ha creado. Tom King opta por poner a Rayner en un sospechoso segundo plano, tan sospechoso que en realidad es un protagonista en segundo plano. No se muestra tal como es hasta la mismísima recta final del relato.

Omega Men es ese tipo de relatos que necesitamos para reflexionar sobre la importancia de aquellas ficciones que se atreven a mostrarnos los monstruos abisales del sistema. Es la típica estrategia de la ciencia ficción de hasta mediados de los sesenta, ampliar tanto el foco que los referentes contextuales no se puedan apoyarse en una contemporaneidad estética, pero si temática. El trabajo de King es una parábola para poder hablar de los tiempos de las ideologías feroces provenientes más de lo instintivo que de lo puramente cognitivo. El autor estadounidense, que siempre esta mucho mejor en relatos cerrados que en colecciones abiertas, maneja muy bien los tempos del relato con la estructura de 3×3 viñetas. Es de los pocos dentro de la nueva hornada de autores mainstream capaz de manejar el ritmo y la velocidad de lectura. Resumiendo, Omega Men es un gran relato sobre nuestro presente, desde luego no es alentador pero la visión que maneja el guionista sobre nuestro tiempo es proverbial.

@Mr_Miquelpg

@lectorbicefalo

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Spain is Pain #356: ¿el fin de la trilogía de los grandes temas de la humanidad?

Inframundo

Inframundo (Pep Brocal). Astiberri, 2019. Cartoné, 312 págs. Color, 29 €

Pep Brocal es un autor que le gusta tratar los grandes temas de la humanidad en Alter y Walter (2013) nos hablaba de la dualidad del ser humano cuando este tiene que enfrentarse a una situación complicada, en Cosmonauta plantea la idea del último ser vivo que ha de salvar el destino de la especie en un viaje sin final aparente en el que un ser bastante desgraciado no podrá responder el de dónde venimos y el hacia dónde vamos, y para acabar, al menos por el momento, esta especie de trilogía de los grandes temas de la humanidad con Inframundo, el viaje a los infiernos de Amalia.

Uno de los grandes recursos del autor catalán es el saber recoger dos espacios, por lo general uno psicológico u onírico, dicho de otra manera, no real, con la realidad subjetiva del personaje protagonista. Un mundo interior exterior en el que sus personajes han de saber moverse en la fantasía cual Alicia de Carroll. Si en las dos obras anteriormente citadas como lectores éramos conscientes de ese doble rol del espacio y de la divergencia de las reglas de mundo de ambos tipos de realidad; en esta última Brocal integra el espacio fantástico a la realidad del personaje. Las reglas de este universo son de raíz mitológica y literaria, ni más ni menos que Dante, que también aparece en estas páginas. Por lo tanto, la lectura es mucho más universal, más reconocible y palpable, el infierno como parte del background cultural de occidente.

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Amalia, la protagonista, es una mujer que se mueve por inercia y con cierto desprecio por si mismo y las personas que la rodean. Trabaja de portera en el mismo edificio en el que trabajó su madre, vive ahogada por la rutina del trabajo, del espacio y por recurrir a la filosofía de Bruce Lee para encontrar respuestas, tal como hacía su madre. Una rutina rota solo por Dudu, su gato. Cuando va a limpiar el destrozo hecho por su felino tras cazar un pájaro, se cuela en el piso de uno de los inquilinos del edificio y ve como un hombre trajeado y con bombín hace desaparecer al vecino en cuestión dentro de una maleta. Dudu, haciendo gala de su curiosidad gatuna se mete dentro de la maleta. El viaje de Amalia por los círculos del infierno se inicia para rescatar a su mascota, pero la ruta emprendida le llevara más por un desvío a visitar sus propios infiernos y contemplar con desagrado el de otros.

Si el planteamiento gráfico del primer acto de esta historia de más de 300 páginas es apabullante. Si el autor sigue con su concepción de trazo limpio y construcción sencilla de personajes frente a espacios más elaborados visualmente, en esta primera parte nos encontramos con un dibujo mucho más complejo y elaborado para representar a los personajes de la vida real. La segunda y tercera parte es una explosión creativa, viñetas a doble página y a página completa que tienen un aroma de grabado antiguo, con toda la carga simbólica que eso implica. Inframundo es ante todo un viaje al centro de la protagonista que no duda en hacer cualquier cosa para recuperar a su mascota. Pero sigue siendo una obra que sigue incidiendo en las grandes preguntas en este caso sobre las culpas interiores. Nunca me canso de recomendar a Pep Brocal y en este caso es una obligación por ser su trabajo más pleno y completo, en el que cuenta como siempre, pero con un ojo puesto en nuevas formas de contar.

@Mr_Miquelpg

@lectorbicefalo

El joven Alberto (Yves Chaland)

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El joven Alberto (Yves Chaland). Dibbuks, 2019. Cartoné, 80 págs. Color, 25€

La vida de los personajes de secundarios de cómics es extraña. Por lo general, son creaciones bien ubicadas, para ocupar funciones muy concretas dentro del relato. Si están bien escritos se convierten en protagonistas en los momentos en que estos aparecen. Pero si no es así son un estorbo, un escollo que el lector debe de superar para entrar en el juego. En la industria del cómic es muy habitual sacar provecho de esos personajes que brillan en narrativas corales o que son recurrentes dentro del relato seriado. Se les extrae del texto principal y se les amolda en un nuevo contexto, nuevas situaciones, y como no, nuevos personajes recurrentes que deben arropar a ese secundario que ahora es principal, para que este pueda hacer brillar la narrativa total del cómic.

Es una práctica mercadotécnica habitual en la industria del cómic de superhéroes estadounidense, en la francobelga la fama de algunos secundarios como Obélix o Marsupilami son tan populares y queridos como los personajes principales a los que arropan; también encontramos los emancipados como el de los orígenes canónicos del cómic, The Yellow Kid. El caso de El joven Alberto es más parecido a este último, empezó como secundario dentro de la serie Bob Fish, la cual no fue muy longeva, desapareció con el tiempo.

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El joven Alberto debuta en enero de 1982 en Métal Hurlant mostrándonos a un personaje de la calle que es puro lumpen. Funciona a golpe de instinto sin razonar ni meditar ninguna de las acciones que vaya a acometer. La historia se desarrolla en una especie de posguerra en la que Alberto y sus amigos deben de sobrevivir a un periodo de carestía, pero de formación del nuevo espíritu nacional. Chaland nos habla de la sociedad en la que se criaron las personas que en los ochenta configuraban el sistema. Alberto es un anarco-costumbrista, una forma de entender la vida a medio camino entre no hay regla que le valga al personaje, pero atendiendo a un principio de supervivencia aprendido de las formas de vivir de los que le rodean. En muchos casos niños sin posibilidad de prosperar en el futuro.

Pero ante todo es un arribista, pretende tomar provecho de cualquier situación en la que se vea involucrado. Aunque por lo general no le sale bien, es vapuleado constantemente por el destino. A pesar de esa forma de entender el mundo es también un joven fantasioso a medio camino de entre la infancia y una madurez repentina difícil de digerir. El álbum brilla por el humor negro y cínico de Chaland que nos ofrece la imagen de un país preñado de sí mismo. Pero, sobre todo por su forma de narrar visualmente, los encuadres, las composiciones, el uso de los colores, y el imaginario paralelo entre realidad y la imaginación del joven personaje. El joven Alberto es un imprescindible atemporal, como todo lo del maestro Chaland.

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