Spokon melancólico

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Piruetas (Tillie Walden). La Cúpula, 2017. Rústica, 404 págs. Color, 32 €

No soy especialista en deportes, en casi ninguno, mi conocimiento teórico sobre los mismos se basa en lo poco que veo y me comentan. Sin embargo, sí que hay una serie de deportes que me llaman la atención ya sea por la estética que estos desprenden o por el nivel de preparación y concentración que estos requieren, o incluso por exigencia con la que son evaluados por las personas que regulan las competiciones. Las actividades deportivas que se rigen por estas pautas son generalmente aquellas en las que las competiciones de primera división, por decirlo de alguna manera, están protagonizadas por mujeres. La representación de las mismas se mueve en un débil equilibrio entre una representación muy estilizada de los valores femeninos eternos vinculados al cuerpo y una reivindicación de la deportista por el reconocimiento de su trabajo.

Gimnasia rítmica, natación sincronizada o el patinaje, deporte que capitaliza la obra este trabajo de Tillie Walden, son imaginados desde fuera no solo por el resultado final sino por la inversión de tiempo y preparación requerida en periodos de tiempo extensos. Quizás esos sean los rasgos que definen al deporte de elite. En Piruetas  Walden escenifica un espacio narrativo en el que el deporte del patinaje artístico se construye en el leitmotiv de la vida de la protagonista, ella misma. Pero el trabajo en cuestión va más allá del slice of life, tanto por el uso de resortes narrativos que la autora utiliza como unos recursos gráficos que muestran la belleza y la soledad de este deporte.

El relato se centra en los años de formación de la personalidad de la protagonista presididos por la práctica de este deporte. De ahí podemos extraer algunos elementos que ayudan a configurar el caracter del personaje. El primero son las localizaciones: instituto, centro comercial en el que entrena por la tarde, la pista de la mañana, los polideportivos donde va a competir y su casa. Este último es reducido al mínimo común denominador al igual que los padres, no por desatender y no tener interés en la vida de su hija sino por una reducción diegética que apunta a la importancia de la independencia personal por encima de aquello definido por terceros. El resto de espacios son no-lugares que ayudan a señalar el periodo de indecisión de la protagonista; estos lugares de transito se construye bajo la paradoja del lugar reconocido y reconocible, son todos iguales vayas a donde vayas, y por el desdén que Tillie (personaje) muestra por estos a pesar de conocerlos a la perfección y saber ubicarse dentro de estos. En segundo lugar, estarían las amistades, estas se concretan a través de la actividad deportiva; ella tiene muchas compañeras, pero también son competidoras. Encuentra amigas y pareja a pesar de que el entorno no lo facilita. Y en tercer lugar se crea una se denota una distancia entre estilo de vida y la que uno desea. El patinaje capitaliza la vida de la protagonista, es la columna vertebral que organiza su día, desde los madrugones matutinos, las dietas, los fines de semana de competición definen a la perfección de lo que huye Tillie.

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Piruetas es, esencialmente, un relato sobre la adolescencia pero que no se centra en la prototípica desgana de ese periodo de la vida que caracteriza este tipo de obras, sino en las ganas de la protagonista por vivir y dejar de lado aquello que ella considera que no le vale para su momento actual. Las pautas de la autora a nivel estético se conjugan a la perfección con la imagen que tenemos los que no conocemos en profundidad este deporte. Para ello utiliza rasgos característicos del manga para elaborar un discurso elegante y sereno que nos hace pensar en una especie de spokon melancólico. Aunque para pertenecer a ese género la protagonista debería de marcarse unas metas en lo deportivo por las que realizará un sacrificio personal. Pero evidentemente esos rasgos pertenecen a la mentalidad nipona; Tillie Walden marca otra meta para ella misma a través del personaje: saber cuáles son sus necesidades y metas personales, una vez que tiene claro que el deporte de competición como tal no le llena y ya le ha dado todo lo que le tenía que dar decide recuperar su vida.

En definitiva, Piruetas es uno de los títulos más reconfortantes del último lustro sobre la adolescencia y todo lo que le rodea, en este caso un deporte que requiere de sus participantes no solo disciplina sino aparcar aspectos personales de la vida. Ese es el viaje que se muestra en sus páginas con una delicadeza que pocos creadores/as de cómic hacen gala. Por otro lado, nos muestra a un personaje fuerte que ha ido superando todo tipo de pruebas contra otras personas pero que nos revela que la mayor competición es contra una misma. Ese distanciamiento hacia lo competitivo se manifiesta en las representaciones grupales, a pesar de que ella participa en una modalidad coral de competición al final todo se encamina hacia lo individual y por ese camino es el que Tillie se quiere encaminar, no para conseguir logros deportivos y si, quizás, conseguir algo en la vida.

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Spain is Pain # 312: Decoupage

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El ruido secreto (Roberto Massó). Spiderland/Sanke, 2017. Rústica, 64 págs. 2 tintas, 14 €

Por mucho que pese a las nuevas generaciones una de las coreografías más importantes de la historia del cine es la ejecutada por Loïe Fuller en los inicios del séptimo arte. Esta la ejecutaba delante de la cámara como un simple ejercicio para mostrar la capacidad de captar el movimiento sin nada alrededor o como parte de un microrrelato que servía como excusa para que la bailarina mostrase su técnica. Posiblemente Serpentina sea su danza más conocida, en la última década muchos Vj’s la han utilizado de manera simplona y arrítmica, pero, siempre hay uno, el baile de Fuller no necesitaba de música, y sigue sin necesitarlo, esta brotaba de las ondulaciones de los grandes volantes que componían el vestido. Eso es uno de los grandes paradigmas de ese cine primitivo y mudo que buscaba mostrar la importancia de transmitir sonido a través del silencio.

Creo que ese es uno de los principios conceptuales que Roberto Massó formula en El ruido secreto y que quizás mejor recoja la intención de la coreógrafa de apreciar los movimientos por si mismos, ya que ahí esta la esencia de su danza. Serpentina es el punto de partida de un relato casi mudo, en el que el autor decide desglosar los movimientos de la bailarina anónima que protagoniza el volumen a modo de decoupage cinematográfico. Empezamos por un plano general de situación, el escenario de un teatro en el que se va a desarrollar una ficción dentro de otra, para luego cerrar a un plano entero de la protagonista para luego centrarse en cada uno de las viñetas/fotogramas, poniéndolas en pausa para así poder ver las transformaciones. De ahí ver las mutaciones de los volantes: fuego, mariposas, serpientes, flores… estas reivindican la capacidad de la bailarina para crear con su movimiento, no solo música sino también una localización.

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Cuando la artista y el autor nos invitan a salir del marco que supone el escenario del teatro, un terreno ficcional acotado, lo hace a través de lo recreado en la primera parte del relato, la bailarina se adentra por los lugares producidos por la sinestesia de sus movimientos: una selva antediluviana, una gruta que parece recoger todos los temores del mundo, o una sala de espejos imposibles. Aquí se manifiestan como localizaciones extraídas de ese cine inicial que tenía que recoger toda idea que buscasen transmitir los realizadores en un plano en el cual se sintetizase todo aquello que deseaban contar. Es como si se tratase de resumir un género narrativo a través de un plano único. Massó aprovecha ese recurso a la perfección, vuelve a desglosar en otro sentido, los escenarios sugeridos en las primeras páginas a partir de diferentes los diferentes sujetos en los que se convierte la bailarina se convierte pasan a ser localizaciones diegéticas, la parte por el todo; las flores y la mariposa se refieren a la selva y las montañas a unas grutas que alojan unas figuras chinescas siniestras que son otra vez la manifestación de los miedos internos que empujarán más tarde a la bailarina a escapar y a acabar su baile figurativo.

Pero todo esto quizás no sean más que suposiciones, la obra de Roberto Massó está muy abierta para ser releída desde diferentes focos. Si en Medieval Rangers apostaba por una narratividad acotada a los círculos de la imaginería religiosa abierta totalmente a una lectura interpretativa y en Zona Hadal por un relato leve que nos invitaba a navegar por una liturgia con tintes científicos, en El ruido secreto el punto de partida es otro: una viñeta en la que la bailarina empieza a bailar. Y eso quizás sea mucho más sugerente que contarnos algo apoyado en el texto y en una narrativa de tres actos. Todo se inicia en el teatro con una bailarina en solitario y se cierra igual, el resto es fruto de nuestra imaginación, filtrada a través de la del autor. Los espacios generados por la danza juegan a cierta bidimensionalidad característica de ese medio en ese momento, y si me permiten con cierto regusto a El gabinete del doctor Caligari (Robert Wiene, 1920) donde la puesta en escena nos cuenta más que lo que sucede en primer plano. El ruido secreto pone de manifiesto los rasgos autorales de Massó: inquietud por la línea y las formas, personajes anónimos a los que el lector debe aportar parte de su experiencia personal para completarlos y un dibujo concreto pero que en conjunto se convierte en misterioso y complejo.

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