Spain is Pain #306: el lector como constructor.

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Nuevas estructuras (Begoña García-Alén). Apa Apa Cómics, 2017. Rústica, 68 págs. Color, 15 €.

En Perlas del infierno Begoña García-Alén optaba por el camino de la abstracción abortando cualquier posibilidad de narración y dejándolo de la mano de desarrollos visuales los microrrelatos que componen dicho volumen.  La puesta en escena de esa obra era mínima y los recursos utilizados giran en torno a una serie de situaciones planteadas para la experimentación. La autora en cuestión busca forzar los elementos estructurales y narrativos del cómic para llevarlo a un terreno propio y personal, y posiblemente un tanto críptico para el lector convencional, en el que la obra final tiene mucho más que ver con una visión formal de la secuenciación gráfica y la investigación sobre los límites del relato que la servidumbre de lo gráfico en función de la narración.

En Nuevas estructuras da un pasito atrás en cuanto a la abstracción y da otro hacia adelante en cuanto a la representación a través del símbolo. Eso sí, en este caso lo narrativo y el relato, aunque sencillo, está presente como un hilo que cose una relación entre imagen y palabra, pero la imagen como una reducción que representa la parte por el todo y que traduce lo propuesto en el texto de manera simbólica. La narración propuesta por la autora consiste en un grupo de arquitectos que se desplazan para construir un anexo a una casa preexistente. Pero el diseñador en cuestión tiene una peculiaridad, sus últimos trabajos han consistido en hacer casas para pájaros.

La historia en cuestión no es ni como empieza ni como acaba sino el planteamiento sinestésico propuesto por la autora en el que la acción y el hecho se ve únicamente representado por el símbolo. Esto viene acentuado por una diagramación funcional de la página que busca resaltar el elemento representado a través de una exaltación de la forma sobre el fondo, poniendo solo de relieve en primer plano a la primera sin más contexto que el lector le quiera dar: unas flechas señalando cada una en una dirección dispuestas en diferentes viñetas para representar que el narrador se ha perdido en un recorrido, una llave tal cual, una puerta, o un martillo dibujados de manera aislada para formular un anclaje con el texto hacia el objeto plasmado en la página.

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En este caso nos encontramos un relato fragmentado por la focalización de los narradores. En “La casa” la persona que encarga la construcción recibe a los arquitectos, este primer capítulo sirve para marcar las pautas del relato y las reglas del juego que establece con el lector. Una vez planteado como tenemos que enfrentarnos a la obra en “El proyecto” vemos el punto de vista de los constructores, la llegada a la casa y la peculiaridad de su obra anterior, en “El sueño” la autora se permite una retícula diferente con viñetas más grande y poner en relación a los diferentes elementos aparecidos en los apartados anteriores junto con elementos de construcción abstractos. El volumen se cierra con “La construcción” focalizando otra vez con la persona que encarga el trabajo, aquí podemos ver como el trabajo en cuestión gira más en torno a las expectaciones que sobre lo planificado. La obra acabada en la ficción es como la que estamos leyendo tiene más que ver con el cumplimiento de las expectativas que nos hemos creado con la lectura de la misma que con como acaba realmente.

Cerrar la obra, como decía Umberto Eco, consiste en “entenderla” en función de nuestro background cultural, pero eso suele suceder con aquellas obras que basan su narración en los géneros. Aquí dicho cierre funciona de manera diferente García-Alén nos ha ido dando todo aquello que forma parte de la construcción final, somos nosotros los que debemos de imaginarnos ese anexo de la casa en función de cómo hemos ido construyendo el relato y su contexto. Nuevas estructuras funciona en torno a lo poético, lo sugerido y lo minimal. Las focalizaciones interpelan al lector para que forme parte del relato, para ello no hay personajes definidos solo personajes en sombra, silueteados y sugeridos. Nosotros debemos poner un escenario que ha sido despiezado y amueblarlo escénicamente a nuestro antojo. En definitiva, una obra llena de misterio en el planteamiento en la que el lector es algo más que un actor pasivo.

@Mr_Miquelpg

@lectorbicefalo

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Integración, clase social y arte contemporáneo

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Sadboi (Berliac). Sapristi cómic, 2017. Rústica, 144 págs. Azul y blanco, 16,90 €

Berliac maneja en Sadboi uno de los personajes arquetípicos que ha desarrollado en sus últimos trabajos. Un tipo del que no sabemos que pensar porque somos incapaces de adivinar que se le pasa por la cabeza, se mueve por unas pautas propias ajenas a la sociedad en la que se vive y sus acciones surgen a modo de acto reflejo de lo que se le ocurre en cada momento. Ciertamente podríamos definirlos como nihilistas, aunque en la mayoría de las ocasiones sus acciones repercuten de manera negativa sobre ellos mismos, de una forma o de otra. Pasa con el hijo que muestra apatía por su padre moribundo en Coinpusher, los personajes que recorren los relatos cortos que conforman Seinen Crap actúan de una manera incomprensible para el lector y en la reciente Asian Store Junkies los protagonistas son dos millenials obsesionados por la comida preparada que venden en supermercados asiáticos.

Aun así, con esos puntos de encuentro que podemos hallar a simple vista Sadboi es completamente diferente; mantiene ciertos elementos, pero el enfoque es mucho más actual, concreto y definido. Podemos encontrar referentes sobre los temas de trasfondo en cualquier tipo de noticia en prensa europea poniendo de relieve tres discursos base para establecer un relato crítico sobre la Europa contemporánea: la integración de migrantes no occidentales, el clasismo que surge del tema anterior y una reflexión sobre la función del arte contemporáneo y su función jerárquica.

Sadboi es un adolescente que llego de niño a Europa en una patera hasta llegar a parar al norte del continente, donde es acogido por un programa de protección e integración. El rechazo le lleva a convertirse en un delincuente de baja estofa que tras conocer a un agente de arte se dedica a ser artista. El personaje se convierte en el centro de atención de los medios por ser la imagen pública del programa de integración. Esta como un elemento que intenta borrar sutilmente, y a veces no tanto, pautas y comportamientos vinculados a los social y lo cultural del país de origen del protagonista. La integración, tal y como nos lo muestra el autor es una lobotomía que pretende convertir a Sadboi en un ciudadano ejemplar, más incluso que los locales, se le inculca que debe de seguir las reglas, más que sus conciudadanos, para no llamar la atención. Se busca una construcción para un tipo de persona al que seguramente no se le vayan a dar las mismas posibilidades que el resto. Todo disfrazado de cierta bondad paternalista. En el tramo final del relato Astrid, la encargada de supervisar la evolución de Sadboi dentro del programa, ante la pregunta de este de si ella le quiere a él ella le responde: “¡No te quiero tal y como eres!¡Te quiero tal y como querría que fueras!”. Es decir, se tolera a los extraños en función del nivel de construcción tutelada que nuestra sociedad permita sobre ellos para reformularlos como ciudadanos, que tiene que ser mejores pero que no se les va a permitir llegar a ciertos puestos sociales.

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Eso nos lleva a lo siguiente, el predefinir la clase social a la que debemos pertenecer los individuos. En ese pack que es el proceso de integración vienen incluido otro: situar dentro de una determinada clase social al ciudadano en cuestión. Eso consiste en adjudicarle unos valores de buen ciudadano y un techo de cristal que nunca podrán traspasar. Sadboi en su infancia es dado a diferentes casas de acogida, pero no acaba de encontrar su lugar, existe cierta imposibilidad por asumir valores que le son ajenos. Así pues, el protagonista decide encontrar su sitio convirtiéndose en una persona que contraviene todos los estatutos sociales. Se rebela de la integración asumiendo por completo el rol de un delincuente, contraviniendo las mentes bien pensantes de la izquierda que creen que todos los migrantes son buenos por naturaleza, y dándole la razón a la derecha más radical asumiendo la maldad intrínseca de los foráneos. De manera que Sadboi es una construcción social no ajena sino de sí mismo para el resto, asume su posición social reivindicándola a través de la violencia y el crimen.

Pero el protagonista decide, aunque sea de manera inconsciente, rebelarse también contra eso y dar un salto de clase a través del arte. La alta cultura contemporánea que implica que un autor este detrás para darle valor a la obra en cuestión, pone en la palestra al protagonista dentro de la sociedad en cuestión. El arte moderno le sirve de excusa para intervenir en el estado de las cosas; esto no es baladí, el arte que se vende en galerías está destinado a una clase social concreta y esta le permite a Sadboi adquirir una relevancia funcional para seguir actuando como un delincuente a través de una performance que llega a todos los medios de comunicación y que ayudará a descubrir toda la farsa social elaborada en torno a las formas en que los occidentales permitimos a foráneos de zonas poco privilegiadas acceder a nuestros privilegios.

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Sadboi es en esencia un cabrón porque lo ha decidido el mismo. Berliac opta por no victimizar a un personaje desposeído exonerando al contexto, la sociedad le ha dado las herramientas justas para que pueda ser en lo que se ha convertido, no hay nada más; no es ni un demonio ni el mal encarnado. Entre todo esto nos encontramos con la primera gran obra de este autor, aunque no es nada desdeñable todo lo que ha publicado anteriormente, en el que el apartado gráfico fascinante que está a la altura del relato y el discurso, el trazo limpio acentúa cierta sensación de extrañeza. En definitiva, obra de lectura obligatoria tanto por forma como por contenido de la que seguramente nos acordaremos cuando llegue el momento de las listas.

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La nostalgia del icono pop

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El retorno de las Ti-Girls. Dios y ciencia (Jaime Hernandez). La cúpula, 2017. Rústica, 136 págs. B/N, 14,50 €

Algo tiene de maravilloso el universo creado por Jaime Hernandez son sus personajes. La capacidad del autor para crear un grupo de mujeres que con el tiempo podemos considerar como de carne y hueso. Hernandez ha sabido darle un hálito de realidad a sus protagonistas como pocos autores saben hacer. En parte creo que dicho afecto, el que profesamos los lectores por los personajes que pueblan estos relatos, se debe a la longevidad de los mismos. Hay entra en valor el crecimiento de unos personajes que no se han quedado en la edad con la que fueron creados y que han ido creciendo y madurando, y de paso desechando una narrativa indefinidamente diferida. A los personajes les suceden cosas y repercuten en el futuro de las mismas, es decir, tienen memoria.

El retorno de las Ti-Girls es una fantasía supeheróica que encaja en la narrativa de origen. Se plantea como un relato en el que los deseos de algunos personajes, concretamente Angel decide explotar sus poderes. Algo que nos lleva a otro punto de partida, en ese universo tan convencional en el que Maggie regenta unos apartamentos de alquiler, en el que los amores y desamores están en primer plano, pero, sobre todo, las ambiciones personales de ellas son el leit motiv de la narración; parece que hay un gran secreto oculto en algunas de las protagonistas: estas tienen poderes y al parecer existen grupos de heroínas en las que todas las miembros son mujeres. Esto entronca con el trasfondo mitológico de este universo, ya en los primeros números de Locas, la admiración de las protagonistas por las luchadoras de wrestling era palpable.

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Todo esto nos lleva a otro punto mujeres que son referencia para otras mujeres. La mujer como modelo de superhéroe tal y como se plantea aquí es algo que va mucho más allá de la omnipresencia de Wonder Woman como la superheroina total. El deseo de Penny Century es convertirse en una mujer con poderes pero acaba convirtiéndose en una villana y Angel descubre que, posiblemente, hacer de las fantasías una realidad no tiene por qué ser precisamente bueno. Si recordamos los orígenes de Maggie y compañía, estas eran un grupo de jóvenes que se movían en un ambiente punk, se incluían aventuras en las que aparecían cohetes, robots, dinosaurios, etc por lo que esta deriva de género forma parte del imaginario de este mundo, y quizás no solo eso sino que también apunta a la vertiente fantástica del macrorrelato a pesar de que en ocasiones tire por fundamentos narrativos realistas.

En todo caso El retorno de las Ti-Girls tiene ese punto de nostalgia por los comics de antaño y ahí Hernandez juega con el metarrelato. Maggie colecciona todos los tebeos en los que aparecen las heroínas que aparecen en este volumen, pero estas no los pueden leer. Ellas deben de vivir las aventuras para poder ser admiradas por otras personas, dividiendo a la humanidad en dos: los que hacen cosas y los que actúan en relación con los primeros. En cuanto a la vertiente del homenaje nos vamos a encontrar científicos, viejas glorias, versiones malignas de las protagonistas, mitosclásicos de la cultura mexicana, lo pop en los sesenta, pero sobre todo un relato entrañable sobre el valor del icono en la actualidad. Por otro lado, y como siempre repito, es un placer reencontrarse a Maggie, Angel, Penny y a todas a aquellas mujeres que van apareciendo en este universo, ver cómo crecen, como solucionan sus problemas y como muchas veces consiguen, otras no, sus propósitos.

Otras obras de Jaime Hernandez en el Blog:

Locas

Chapuzas de amor

La educación de Hopey Glass

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Spain is Pain #305: Navegando por una cartografía de la muerte.

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Zona hadal (Roberto Masso). Fosfatina, 2017. Rústica, 48 págs. Duotono, 12 €

A la hora de hacer una crítica uno tiene que valorar la importancia de desvelar elementos del relato que puedan disuadir, por conocimiento de algunos hechos, de la lectura del título en cuestión. Uno debe de valorar los pros y los contras de destripar los puntos de giro o escenas clave. Eso sería para relatos puramente convencionales en el que se siguen las pautas básicas de los tres actos en el que los puntos de giro están medidos al milímetro. Sin embargo, existen otro de tipo de relatos en el que la trama es un punto de partida y en el que los tres actos se disuelven para centrarse en una forma de contar que tiene que ver más con las sensaciones que causa la lectura que con lo que se está contando.

En Zona hadal Roberto Massó pone de relieve ese aspecto. La historia es bien sencilla: una tripulación de un submarino conduce al vehículo sumergible más allá de la zona abisal para enterrar a alguien. En ese sentido no hay nada más. Pero no hace más que ver la forma en que el autor indaga no solo en la forma sino también en los elementos que intervienen, y reimagina, de la liturgia funeraria. La misión en cuestión se convierte en una exaltación de la técnica en la que se mecaniza un entierro sin olvidar, ni dejar de lado, los aspectos rituales como las salvas de honor o un velatorio protagonizado por unos personajes con túnica que nos impele a pensar que a pesar de la técnica que rodea el entierro lo místico siempre estará presente, algo que al final se reitera modificando a las personas que velan por peces de la zona abisal.

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Como es evidente el relato de Massó es puramente vehicular, lo interesante está en la forma. La interacción de lo técnico de principalmente de la cartografía por la que se orientan los personajes nos lleva a pensar en Baudrillard, accedemos al territorio ignoto y desconocido a través de un mapa que se va reajustando hasta ofrecer una imagen clara para que esta pueda ser recorrida por los sepultureros. Dicha ingerencia narrativa tiene lugar tres veces: la primera, la que narrativamente es más asequible, aparece en las primeras páginas a través de un recorrido a las diferencias estancias del submarino; la segunda cuando Massó decide mostrarnos las imágenes del radar y como los parámetros del mismo se van formando, y la tercera cuando nos muestra un pequeño diccionario de vocabulario gestual para buzos. Algo que me recuerda al diccionario de ondas que Stanislaw Lem inserta en mitad de Solaris.

Dicha interacción entre formas de narrar busca, en cierta manera, mostrar la experiencia de los personajes, dejando de lado cualquier traza de subjetivismo y centrándose en lo estético en lo puramente hierático, algo que ya pudimos ver en Medieval Rangers, que tiene un frio anclaje en el texto. Este ex breve y escueto, pero no le hace falta nada más. Es mecánico cuando se ocupan de cuestiones técnicas y sereno cuando algún personaje muestra algún tipo de emoción.

Roberto Massó sigue en su línea de cómic experimental en el que sugiere más que cuenta y en el que lo narrativo se convierte en un elemento circunstancial, algo mínimo pero necesario, pero omite recovecos y cualquier otro aspecto que distraiga de la experiencia visual que supone cada una de las obras de este creador. La zona hadal es la parte del océano que se encuentra por debajo de la zona abisal, es posiblemente la zona más desconocida del planeta. En eso se apoya el autor para crear un mundo propio en el que la idea de mostrar lo inaudito se convierte en algo secundario frente a la voluntad y la tradición humana de enterrar a sus muertos. Nosotros como lectores nos fascinamos con el viaje, el recorrido, el radar, el submarino y el mar que se va transformando a medida que vamos adentrando cada vez a más profundidad.

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Spain is Pain #304: Lo normal en perspectiva.

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Tibirís (Arnau Sanz Martínez). Trilita Ediciones, 2017. Rústica, 112 págs. Bitono, 16€

A lo largo de las numerosas entradas dedicadas al cómic patrio hemos podido comprobar como el slice of life ha ido ganando como género narrativo. El slice se caracteriza por una reflexión sobre la vida del autor contada en tiempo presente narrada en primera persona y en la que terceras personas no toman el protagonismo muy a menudo. Con eso se corre el riesgo de construir una historia en la que el autor busca cierta complacencia personal frente al público lector, cuando no una justificación a sus actos y de los cuales, en ocasiones, no se muestra muy convencido. Así pues el slice of lice como género con unas pautas definidas busca la complicidad del lector en vez de plantear, tanto una estructura clara en lo narrativo y los subjetivo.

Creo que la clave para entender este género consiste en saber dar voz al resto de personajes la obra, no convertirlo en un monólogo insulso y en la gestión de la memoria de los hechos representados. Ambos elementos constituyen dos rasgos que permiten tanto al lector como al autor encontrar un camino en el que la ficción, como rasgo narrativo, se convierte en un vehículo para articular el discurso y no el puente que justifica todo el relato. Arnau Sanz es posiblemente el autor que mejor ha encontrado el equilibrio entre ficcionar y contar aspectos personales de su vida, todo bajo una estética que nos ayuda a sumergirnos en lo emocional de la viñeta. Tanto en Tito, en la que habla en primera persona; como en Albert contra Albert, en la que explica la relación con su padre; así como en Nacatamal, que narra una breve experiencia personal, nos encontramos las pautas narrativas de su obra.

En Llavaneres ponía relieve el valor de la memoria explicada en primera persona pero dando un gran peso a la forma. Este trabajo recogía rasgos de sus obras anteriores y asienta algunos aspectos de la siguiente: Tibirís. Arnau opta esta vez por narrar a través de la memoria de sus familiares y en encontrar una piedra que sostenga, no solo, todo el relato sino que le da una forma, y sobre todo, un fondo que nos permita entender y situarnos, tanto en el periodo histórico como en la opinión de los personajes.

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Tibirís es el tío de la abuela del autor, un homosexual que vivió su sexualidad como pudo durante la dictadura franquista. En este caso Sanz opta por hacer un papel de intermediario con el lector. Está ahí planteando preguntas y poniendo de relieve algunos aspectos que muchos de nuestra generación tenemos sobre el periodo histórico en cuestión. No es tanto la abuela, el abuelo y el autor que ponen en cuestión la perversidad del termino y la definición de la normalidad. Esta implica cierta idea de bonanza social dentro de unos parámetros estructurados de manera férrea constituyendo un totalitarismo social. Dicha normalidad impuestas por estados, secundada por medios de comunicación y que los ciudadanos ratifican en la calle. El statu quo que nos narra la abuela es terrorífico: la mujer en casa, los curas con caras de perdonavidas, y familias que aceptan el rechazo como un comportamiento convencional.

Lo que hace Arnau Sanz en Tibirís, como en el resto de sus obras, es contar desde las tripas, pero sin dejarse llevar por la rabia o caer en el exabrupto. La forma que tiene de desarrollar los hechos está elaborada de tal manera que esa denuncia viene dentro tanto del relato como en la forma del mismo. Todo tiene como elemento neurálgico la elaboración de la comida, algo tan común y mundano como lo que se narra. La comida constituye central y enfrenta las comidas compartidas de la familia frente a las solitarias a las que se enfrentaba Tibirís. La soledad como una forma de conformarse ante la indiferencia exterior se convierte en una manera de hacerse fuerte e independizarse del pensamiento regulado e impuesto. Arnau Sanz sigue, pues, planteado unos títulos plenos, emocionales y crudos con una sencillez como pocos autores hacen que nos conducen a un cómic íntimo pero capaz de explicarse al mundo con un a claridad meridiana.

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El poder del mitoarco

Archie Vols. 1 y 2 (Mark Waid, Fiona Staples, Annie Wu, Veronica Fish, Thomas Pitilli, Ryan Jampole). Norma Editorial, 2016/2017. Cartoné, 192/160 págs. c/u. Color, 19,95 € y 18,50€

Dentro el ámbito del cómic destinado a grandes masas las grandes cabeceras han sido y son, por lo general, aquellas protagonizadas por superhéroes. Sin embargo, muchas veces se nos escapan todos aquellos lectores de cómics casuales que no están por la cansina labor de seguir el rastro de una cronología seudoépica en la que el mitoarco narrativo ha desaparecido por completo. Todo para convertirse en una sucesión de eventos en los que de manera regular se intercala las aventuras individuales del personaje que da título en cuestión al comic-book.

El mitoarco se construye como un motor narrativo que mueve el relatol con unas constantes mínimas, pero nunca, raramente, se suele resolver. Un ejemplo de libro es la serie El Fugitivo (ABC, 1963-1967) en el que el Doctor Richard Kimble huye como un desesperado, capítulo tras capítulo, de la justicia y de un asesino tras ser acusado falsamente de la muerte de su esposa. En este caso se resolvió con un espectacular episodio final con unos altísimos índices de audiencia. Quizás impuesto por las nuevas narrativas televisivas este modelo parece estar en desuso y en vías de extinción, no se escapan ni los procedimentales. Aunque el ejemplo se refiera a la pequeña pantalla no se escapa ningún medio contemporáneo que intente alcanzar una audiencia mínima para mantener una longevidad aceptable debe utilizar los recursos de la ficción para televisión actual.

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Pues bien, la colección regular finalizó en 2015, con 666 números en su haber, este fin de una estética definida se abría a una más contemporánea, no solo en las formas de vestir de los personajes y la ambientación sino en la definición de los roles, principalmente en los femeninos: Betty y Verónica. Aunque Archie y Reggie siguen siendo personajes predecibles, el primero es torpe y el segundo ladino, Jughead ha sido reescrito como un tipo ciertamente sofisticado dejando de lado cierto tufo misógino que se podría apreciar en la serie clásica. En las nuevas entregas salen ganando ellas, son personajes mucho más profundos, y lo que es más importante, más independientes. Para ellas el amor ocupa un aspecto muy relevante en sus vidas, pero no por ello dejan de acometer proyectos propios independientemente de su relación con los hombres. Aun así, Archie sigue siendo Archie, no ha perdido la esencia que lo ha caracterizado a lo largo de 75 años, podemos cerrar los ojos y coger una de las nuevas entregas al azar y no nos habremos perdido nada.

Archie no aspira a ser una obra maestra del cómic, sino a entretener a una masa lectora considerable. Y en eso es único, ha sabido mantener el espíritu de la serie original desde principio de la década de los cuarenta ajena a cualquier tipo de modas pasajeras, en algunos casos los ha marcado, “Sugar, Sugar” es un ejemplo de ello. En la actualidad a Archie, al igual que muchos otros textos populares, le ha tocado actualizar los arquetipos de género de los que hacía gala, algo que Mark Waid ha sabido solucionar con soltura. El nuevo Archie es un texto actual pero que no ha perdido la esencia. Es divertido, entretenido y chispeante: puro Riverdale.

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Nihilismo nipón (y 2)

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Bajo un cielo como unos pantis vol. 2 (Shun Umezawa). ECC, 2017. Rústica, 224 págs. B/N, 9,95 €

En la entrada dedicada a la primera entrega de Bajo un cielo como unos pantis vimos la voluntad de este autor de crear controversia a través de unos relatos cortos en el que la provocación y la crítica contra el sistema de valores japonés no viene por la forma sino por un discurso puramente cínico. Umezawa apuesta, básicamente, por tratar unos temas realmente incómodos que van desde la inutilidad de las dinámicas de equipo impuestas culturalmente, la invalidez de un sistema de valores nacionalista anclado en el pasado y una desvalorización de lo idealizado de la vida de los estudiantes de instituto. Sus personajes, por lo breve del relato, podrían ser cualquiera y se podrían ubicar en cualquier país.

En esta segunda entrega este autor sigue desarrollando dichas dinámicas focalizando en distintos aspectos de la sociedad nipona. En “Un día de verano que nunca termina” se pone de relieve el valor de lo dicho y de lo que se debe de callar. En un pueblo una chica extraña le hace creer a un chico que su verano no acaba nunca, el intenta que para el suceda los mismo. La creencia a pies juntillas de una verdad construida como tal no tiene por qué ser cierta es la base de este relato. Uno de los más curiosos de este volumen es “La Shibuya del futuro siglo”, aquí Umezawa nos muestra un Tokyo desolado. La megalópolis ha sido abandonada por toda la población a causa de un cambio de ideología sobre las forma de vida capitalista, ahora los ciudadanos viven en el campo y comen de manera sana. En la ciudad solo viven algunos ancianos y entre estos el protagonista que es visitado por su hijo y su familia. Este ha creado un relato sobre las colegialas como un constructo surgido de las calles de Shibuya, planteado un paradigma por el cual estas no existen sin Shibuya y viceversa. Esta especie de certeza es elaborada como una fábula sobre un viejo verde al cual le falta algo para ser constituido como tal. En cierta manera cierta denuncia sobre ciertos comportamientos recíprocos entre ambos grupos sociales.

El siguiente bloque de acciones se centra en las relaciones interpersonales. En “Mendel”, el cuento más breve del volumen, una pareja decide tener descendencia a pesar de que ella tiene la cara pixelada con una resolución muy baja, se transmite cierta esencia de lo práctico incluso en lo genético a la hora de tener pareja. Las dos últimas historias son las más extensas. En la primera “De madrugada” el tema principal es la rutina y de cómo esta acaba absorbiendo todas las facetas de la vida del protagonista, el cual es un simple trabajador municipal que se dedica a recoger los residuos orgánicos de la ciudad. Nada o casi nada de lo que suceda a su alrededor altera sus planes diarios: come todos los días en el mismo restaurante de comida rápida, las relaciones sexuales cumplen una función instintiva y, ni siquiera, el que su compañero de trabajo se convierta en un asesino altera su ritmo de vida diario. Sasaki lleva una vida completamente funcional útil para la comunidad e inútil para si mismo, la rutina surge como un ancla para la esperanza del día a día.

Pero es el último relato el más jugoso de todos el protagonista de “Seres únicos” es  Hirada un tipo introvertido que parece sufrir un trastorno comunicativo por el que apenas se comunica con las personas que lo rodean. Este parece carente de voluntad en parte causada por la medicación que recibe como tratamiento. No es hasta la aparición de Rui, una vecina de la infancia y excompañera del pasado, que empezamos a descubrir el motivo de la apatía del protagonista: es un pedófilo condenado en el pasado por acosar a una chica. Hirada vive arrepentido y con un sentimiento de culpa eterno,¡ a pesar de sentir ese impulso sexual por las niñas que apaga leyendo roricon y viendo animes del género en cuestión. Rui lejos de escandalizarse anima a Hirada a seguir adelante con su vida. “Seres únicos” tiene una doble focalización crítica, por un lado a través de un ejemplo extremo de excepcionalidad y por otro lado como aquellos tipos de sexualidad, incluidas las de carácter delictivo, tienen una gran variedad de productos de consumo asequibles para todo el mundo.

Los relatos planteados por Umezawa son por lo general incómodos esconden situaciones complejas que se alejan del gag final, a excepción de “Mendel”. Al igual que en el volumen anterior el autor ataca de frente algunos de los tópicos más recónditos de la cultura nipona aquellos que en occidente pueden parecernos más morbosos. El autor despeja todo tipo de dudas sobre cuáles son los frentes sociales sobre los cuales debe de trabajar la sociedad japonesa. En resumen, un volumen imprescindible tanto por el tratamiento de los temas, el planteamiento de los mismo y la soltura con la que el autor maneja la focalización crítica sobre una sociedad concreta.

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