El mal que todos llevamos dentro

Camisa de fuerza (El Torres y Guillermo Sanna). Dibbuks, 2017. Cartoné. 112 págs. Color. 16 €

Hace poco leí por internet el argumento de una persona, no recuerdo el post, tweet o vídeo, en el que defendía el uso del término horror en lugar de terror porque el terror tenía que ser terrorífico, es decir, que tenía que dar miedo, lo que dejaba de lado todas las obras que se basan en lo horrible pero cuya función última no es asustar. Yo siempre defiendo el uso de horror sobre terror, aunque al final termino usando los términos de forma indistinta, pero me pareció un argumento más que afortunado. Creo que le di un me gusta o lo puse como favorito y se perdió en la vorágine de la red de redes. En todo caso me pareció más que remarcable, porque si lo reducimos todo al susto, al final lo único que tenemos es una atracción de feria construida en base a personas tras el quicio de la puerta esperando para dar un salto.

Así que prefiero el horror, porque permite continuar con las reglas y elementos del género sin tener que preocuparnos por los golpes de efecto, que siguen pudiendo estar más que presentes. De este modo se lleva a cabo uno de los procesos que más me gustan, la creación de mitología, la confección de un universo propio. Es como si las historias de terror se acabaran cuando mostramos lo que hay entre bambalinas: Fred le quita la máscara al vampiro de turno y nos muestra que es un agente inmobiliario que quiere desalojar a una pareja de ancianos. La magia y el horror se disipan, los sustos nos han alterado pero podemos volver a casa tranquilos. En el horror por contra, el mal es real y nunca es derrotado del todo, en su lugar cada vez lo vamos conociendo más, los tentáculos se alargan y aprisionan nuestra realidad haciéndonos cada vez más pequeños y débiles ante lo que hay al otro lado, viene de más allá del tiempo o se ha escapado de una prisión en otra dimensión.

Ese sentimiento de crecimiento continuo es lo que más me gusta del horror frente al terror, aunque sea una clasificación imperfecta surgida de un tweet furtivo. Y eso es precisamente lo que encuentro en Camisa de fuerza de El Torres y Guillermo Sanna, la promesa de un horror que no decrece, la constatación de una historia que se vuelve más compleja con cada página, haciendo que cada vez sea más complicado escapar de ese horrible cosmos que nos rodea sin que sepamos siquiera que existe. Esta dualidad a dos niveles permite a El Torres crear por un lado un escenario cotidiano donde cimentar su relato, para luego construir una mitología propia donde el horror tiene sus propias reglas y todo funciona de forma muy diferente pero con una coherencia interna inapelable. El planteamiento de Camisa de fuerza es sencillo de entender, una chica, Alex, está encerrada en un manicomio por algo tan simple como haber descuartizado a su hermano gemelo cuando eran pequeños. Frente a ella tenemos al clásico psiquiatra, que también esconde su pasado, empeñado en curar a la joven, frente a la retahíla de doctores que se limitan a drogar a la joven simplemente para que esté tranquila.

El problema, como todo buen lector ya sospechará, es que Alex tenía motivos para descuartizar a su hermano, motivos difíciles de explicar. Y aquí es donde el guión de El Torres coge vuelo y ya no para. Porque siendo sinceros, el valor de Camisa de fuerza no está en su punto de partida, sino en su desarrollo y en las pocas concesiones que se hacen al horizonte de expectativas del lector. En cierto sentido, la historia de Alex es la que hemos visto muchas veces, con un grupo de personas obligadas a creer en lo que no creen a pesar de una gran cantidad de pruebas, pero Alex no es la típica chica que busca que le crean, ella se conforma con conseguir que le dejen hacer su trabajo. Aquí es donde más brilla el guión del cómic, con un personaje tan bien escrito como Alex, una chica cínica y dura pero frágil al mismo tiempo, capaz tanto de soltar one-liners propias de una estrella del cine de acción de los ochenta, como de derrumbarse cuando percibe el fracaso como algo más que una posibilidad. Poco más se debe de contar para que el lector disfrute virginalmente de Camisa de fuerza, sólo remarcar el dominio en el guión de un personaje gris en el sentido más amplio del término, tan real que no cuesta querer o despreciar a Alex según su comportamiento y acciones.

Del trabajo gráfico de Guillermo Sanna remarcar la gran capacidad que tiene para trabajar a dos niveles. La mayoría de las páginas, en un blanco y negro absoluto, hacen que el universo real sea lo más verosímil posible. El hospital psiquiátrico donde ocurre el grueso de la acción es tan verosímil que casi se puede oler el desinfectante y se pueden oír las toses de los pacientes. El espacio está representado de una forma tan creíble que eso sólo consigue que las páginas que podemos llamar rojas sean aún más violentas y oníricas. Guillermo Sanna apuesta por un dibujo más suelto y violento para representar lo que hay más allá de lo visible. Dicen que Camisa de fuerza tiene lugar en el mismo universo que El velo, una obra anterior de El Torres, como resumen de este cómic sólo diré que tengo unas ganas locas de leer la anterior obra y conocer más sobre ese universo que sólo percibimos por el rabillo del ojo.

@bartofg
@lectorbicefalo

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