Excusatio non petita…

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Pagando por ello (Chester Brown). La Cúpula, 2016. Rústica, 304 págs. B/N, 21,90 €

Las confesiones y las excusan siempre esconden cierto sentimiento de culpabilidad, ya sea por los condicionantes sociales o interpersonales hacia las personas con la que estás hablando. El slice of life siempre tiene algo de eso, contar aquello que no se ha explicado a nadie pero a una gran audiencia. Podría parecer que navegaren las propias intimidades, que luego van a ser leídas por otros, deben, o deberían, de tener algún gancho emocional o morboso que enganche al lector, un cebo del cual se pueda desarrollar una historia o convertirlo en  un leit motiv a partir del cual podamos entender las motivaciones y la forma de actuar del autor/personaje. Por lo general exponer las fracturas emocionales o la imposibilidad enfrentarse al mundo suele ser una de las narrativas más comunes en este tipo de relato.

Pero el slice of life tiene una pequeña trampa de la que a veces es muy difícil escapar: una cierta forma del autobombo. La recreación de la propia vida como hipérbole sobre la personalidad propia del creador en torno a la representación de la propia figura. Esto puede suponer una caída hacia dos tipos de tendencias, por un lado una propia de los fan fictions conocida como Mary Sue en la que el escritor se define a sí mismo como imagen de la perfección física y moral en la cual es capaz de sacrificarse por el colectivo. Por otro lado está la autohagiografía, posiblemente mucho más peligrosa, en la que el autor convierte su vida en una pedregal por el que es imposible transitar y que de una manera u otra su fuerza de voluntad se centra en el convencimiento de que sus acciones y convicciones son las correctas y que está autorizado a hacer lo que hace. Mientras que la primera puede constituir un juego más o menos divertido entre autor y lector la segunda tiene cierto punto de establecer ciertas creencias propias en populares.

Y aquí entra en valor de marcar una distancia entre la forma del relato y el contenido del mismo sobre una obra de una autor que me gusta mucho, muchísimo, pero que lanza un discurso que se inserta dentro del neoliberalismo en el que se mueven tan bien las culturas anglosajonas. El autor es Chester Brown que sabe  cómo pocos hablar de su vida, mostrar sus miserias y darnos a conocer todos los matices de su devenir sexual. Pagando por ello parte de una ruptura sentimental en la que la última pareja del autor le comunica a este que le gusta otro hombre hasta el punto en que los tres viven en la misma casa. Brown, autor y personaje, actúa de una forma un tanto peculiar, no siente celos, no tiene cree poseer a su compañera y respeta la libertad de esta. Todo muy loable, durante un tiempo podría parecer que él se convertiría en un ser asexual carente de emoción, a veces impacta ver hasta qué punto lleva el tema de la racionalización de su posición. En cierta manera se podría decir que está narrando un Mary Sue de sí mismo. Sin embargo no es así ya que gran parte del relato nos lleva por otro camino.

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En cierto momento y ante la poca necesidad personal de mantener relaciones sentimentales, pero ante la irrefrenable necesidad de mantener relaciones sexuales, decide contratar los servicios de diferentes prostitutas. Hasta aquí todo más o menos coherente, el instinto puede todos los miedos y prejuicios que este pudiera tener previamente. Sin embargo, a medida que avanza el relato se construye cierto discurso que bordea la autohagiografía en la que Brown se esboza como un putero (así es como se denomina así mismo) ejemplar en el que la costumbre en la contratación de esos servicios no solo reconfigura su vida y economía sino la visión que tiene este negocio.

En el cómic, y en los apéndices, articula un discurso realmente coherente en el que define la emoción y el sentimiento amoroso hacia otras personas como algo que no es más que un condicionamiento cultural de occidente que se ha extendido por todo el globo. El entender que el no necesite cierta vinculación emocional o atractivo personal para mantener relaciones sexuales hace que este  se convierta en una persona muy práctica. Tiene sexo solo a través de la adquisición del mismo y posiblemente en esa justificación articula la necesidad de las páginas de reseñas sobre prostitutas, escribiendo también en ellas, categorizando a las personas por su físico y sus habilidades sexuales. En cierta manera entiendo eso como mirar los dientes de un esclavo para ver en qué estado de salud se encuentra.

A pesar de cierta disconformidad sobre cómo trata y percibe este negocio el aspecto formal del relato es sobresaliente. Brown sabe perfectamente como plantear un cómic-tesis con un sujeto polémico. No solo profundiza a través de su experiencia personal en lo que es el cómic en si sino que a través de apéndices apoya sus opiniones personales en torno a la prostitución. Pagando por ello es un texto necesario para sembrar el debate y poner sobre la mesa ciertos constructos sociales/morales impuestos decantándose por cierta idea de que el dinero lo justifica absolutamente todo. En un polo opuesto podríamos abrir este debate con el documental Whore’s Glory  (2011) de Michael Glawogger (Trailer , Fragmento) en el que se muestra la otra cara de la prostitución que él no quiere mostrar, y trata de manera breve en los apéndices: la esclavitud sexual y el desprecio social. Quizás el tratamiento que hace Brown aparte de ser atractivo tenga un inconveniente, que no pueda ser aplicado a todo el mundo, ni tan siquiera a todo occidente. Aun así este alegato personal, que en ocasiones se puede leer como una justificación de sus actos, es uno de los textos más interesantes que se ha escrito en los últimos años sobre el negocio del sexo.

@Mr_Miquelpg

@lectorbicefalo

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