Excusatio non petita…

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Pagando por ello (Chester Brown). La Cúpula, 2016. Rústica, 304 págs. B/N, 21,90 €

Las confesiones y las excusan siempre esconden cierto sentimiento de culpabilidad, ya sea por los condicionantes sociales o interpersonales hacia las personas con la que estás hablando. El slice of life siempre tiene algo de eso, contar aquello que no se ha explicado a nadie pero a una gran audiencia. Podría parecer que navegaren las propias intimidades, que luego van a ser leídas por otros, deben, o deberían, de tener algún gancho emocional o morboso que enganche al lector, un cebo del cual se pueda desarrollar una historia o convertirlo en  un leit motiv a partir del cual podamos entender las motivaciones y la forma de actuar del autor/personaje. Por lo general exponer las fracturas emocionales o la imposibilidad enfrentarse al mundo suele ser una de las narrativas más comunes en este tipo de relato.

Pero el slice of life tiene una pequeña trampa de la que a veces es muy difícil escapar: una cierta forma del autobombo. La recreación de la propia vida como hipérbole sobre la personalidad propia del creador en torno a la representación de la propia figura. Esto puede suponer una caída hacia dos tipos de tendencias, por un lado una propia de los fan fictions conocida como Mary Sue en la que el escritor se define a sí mismo como imagen de la perfección física y moral en la cual es capaz de sacrificarse por el colectivo. Por otro lado está la autohagiografía, posiblemente mucho más peligrosa, en la que el autor convierte su vida en una pedregal por el que es imposible transitar y que de una manera u otra su fuerza de voluntad se centra en el convencimiento de que sus acciones y convicciones son las correctas y que está autorizado a hacer lo que hace. Mientras que la primera puede constituir un juego más o menos divertido entre autor y lector la segunda tiene cierto punto de establecer ciertas creencias propias en populares.

Y aquí entra en valor de marcar una distancia entre la forma del relato y el contenido del mismo sobre una obra de una autor que me gusta mucho, muchísimo, pero que lanza un discurso que se inserta dentro del neoliberalismo en el que se mueven tan bien las culturas anglosajonas. El autor es Chester Brown que sabe  cómo pocos hablar de su vida, mostrar sus miserias y darnos a conocer todos los matices de su devenir sexual. Pagando por ello parte de una ruptura sentimental en la que la última pareja del autor le comunica a este que le gusta otro hombre hasta el punto en que los tres viven en la misma casa. Brown, autor y personaje, actúa de una forma un tanto peculiar, no siente celos, no tiene cree poseer a su compañera y respeta la libertad de esta. Todo muy loable, durante un tiempo podría parecer que él se convertiría en un ser asexual carente de emoción, a veces impacta ver hasta qué punto lleva el tema de la racionalización de su posición. En cierta manera se podría decir que está narrando un Mary Sue de sí mismo. Sin embargo no es así ya que gran parte del relato nos lleva por otro camino.

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En cierto momento y ante la poca necesidad personal de mantener relaciones sentimentales, pero ante la irrefrenable necesidad de mantener relaciones sexuales, decide contratar los servicios de diferentes prostitutas. Hasta aquí todo más o menos coherente, el instinto puede todos los miedos y prejuicios que este pudiera tener previamente. Sin embargo, a medida que avanza el relato se construye cierto discurso que bordea la autohagiografía en la que Brown se esboza como un putero (así es como se denomina así mismo) ejemplar en el que la costumbre en la contratación de esos servicios no solo reconfigura su vida y economía sino la visión que tiene este negocio.

En el cómic, y en los apéndices, articula un discurso realmente coherente en el que define la emoción y el sentimiento amoroso hacia otras personas como algo que no es más que un condicionamiento cultural de occidente que se ha extendido por todo el globo. El entender que el no necesite cierta vinculación emocional o atractivo personal para mantener relaciones sexuales hace que este  se convierta en una persona muy práctica. Tiene sexo solo a través de la adquisición del mismo y posiblemente en esa justificación articula la necesidad de las páginas de reseñas sobre prostitutas, escribiendo también en ellas, categorizando a las personas por su físico y sus habilidades sexuales. En cierta manera entiendo eso como mirar los dientes de un esclavo para ver en qué estado de salud se encuentra.

A pesar de cierta disconformidad sobre cómo trata y percibe este negocio el aspecto formal del relato es sobresaliente. Brown sabe perfectamente como plantear un cómic-tesis con un sujeto polémico. No solo profundiza a través de su experiencia personal en lo que es el cómic en si sino que a través de apéndices apoya sus opiniones personales en torno a la prostitución. Pagando por ello es un texto necesario para sembrar el debate y poner sobre la mesa ciertos constructos sociales/morales impuestos decantándose por cierta idea de que el dinero lo justifica absolutamente todo. En un polo opuesto podríamos abrir este debate con el documental Whore’s Glory  (2011) de Michael Glawogger (Trailer , Fragmento) en el que se muestra la otra cara de la prostitución que él no quiere mostrar, y trata de manera breve en los apéndices: la esclavitud sexual y el desprecio social. Quizás el tratamiento que hace Brown aparte de ser atractivo tenga un inconveniente, que no pueda ser aplicado a todo el mundo, ni tan siquiera a todo occidente. Aun así este alegato personal, que en ocasiones se puede leer como una justificación de sus actos, es uno de los textos más interesantes que se ha escrito en los últimos años sobre el negocio del sexo.

@Mr_Miquelpg

@lectorbicefalo

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Spain is Pain #289: el peligro de los bardos.

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Catálogo de Bunkers (Jordi Pastor y Marcos Prior). Astiberri, 2017. Cartoné, 104 págs. Color, 15 €

Post-truth:
Relating to or denoting circumstances in which objective facts
are less influential in shaping public opinion than
appeals to emotion and personal belief. – Oxford Dictionary

Vivimos en una época realmente rara, y aunque suene a tópico la era de la información no solo ha traído la mayor posibilidad de acceder a esta y poder contrastarla sino una fragmentación ideológica y emocional de la misma. No importa lo que digan otros medios, algunos ni siquiera consideran la posibilidad de contrastar un mero titular y ya no digamos una noticia completa. La emoción y la ideología se pone por delante de la razón y la opinión tiene mucho más peso que la verdad tal cual es. Quizás podría parecer que de esto solo somos responsables los ciudadanos, tanto aquellos que consumimos distintos medios de comunicación a nivel informativo como de aquellos que guían su opinión intelectual y política a través de los titulares que todos compartimos en redes sociales. Pero no, los medios, los gatekeepers han entrado a trapo en este juego desde grandes conglomerados con cadenas de televisión en polos ideológicos opuestos, la utilización del clickbait para ganar en métricas de vanidad o portadas meme de algunos periódicos centenario en las que sale el antiguo líder de la oposición con una tortuga ninja.

En 1978 John Fiske y John Hartley, en su clásico Reading Television, hablaban de la función bárdica aplicada a la televisión. Estos consideraban a los bardos como mediadores orales y como los responsables en estructurar y transmitir los mensajes sobre una comunidad en concreto. Estos autores llevaron ese concepto a la televisión convirtiéndola en una mensajera que compila la información desde diferentes fuentes, siendo la audiencia los que deciden si entran en el juego de esta información otorgada. A día de hoy los bardos o gatekeepers se han multiplicado, la fragmentación que procuran los medios digitales y los nichos culturales que se están abriendo hacen que esta no recaiga únicamente sobre los grandes medios, sino sobre muchas otras personas que poco a poco van asumiendo esta condición. Escuchamos y vemos con los que estamos en sintonía, y como no a la larga el no conocer las opiniones de otros. En palabras de Stuart Hall solo nos situamos en un nivel de decodificación hegemónico dominante, lo cual nos incapacita para reelaborar la información a partir de los códigos negociados y opuestos.

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Hablando de la función bárdica y a la estructura social occidental centrada en la familia nuclear, en cualquiera de sus formas pasadas y contemporáneas, los primeros bardos son nuestros padres. Ellos nos ayudan a construir una visión del mundo única y cohesionada basada en la proximidad física y en compartir un espacio vital. A medida que salimos de ese espacio conocemos otros bardos que nos ayudan a estructural nuestro yo social, emocional e ideológico.

Como siempre Marcos Prior con tramas en apariencia sencillas construye una crítica a un mundo dedicado a la contemplación e inacción. Catálogo de bunkers es  un trabajo apoyado en el dibujo de un Jordi Pastor que le otorga cierto tono de ensoñación a un relato que se construye sobre la fe que el escuchador tiene sobre el narrador.

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Eric K. es un fabulador, una persona que construye el mundo que le rodea a él y a su hijo palabra a palabra. El verbo como construcción y justificación previa o posterior al hecho, en este caso asesinatos. El entorno apocalíptico juega en favor de la construcción de un relato propio y sesgado sobre el pasado, y también sobre un presente que el mismo construye día a día en pos de un futuro moldeado a través de sus justificaciones. Podríamos pensar que este tal Eric K. es un cabrón sin escrúpulos que utiliza la información que tiene toda la información sobre los búnkeres para poder asaltarlos, pero me parece que podemos plantearnos otra pregunta: ¿Cuál es el fin de dichos ataques?¿lucrarse o crear en su hijo una imagen de mundo?. Aquí entra otra baza en juego el hijo, Alex, en un principio parece bastante alienado por los actos del hijo, no es un ejecutante de los actos pero si aparenta estar de acuerdo con estos y con lo que le explica su padre. Sin embargo este parece conocer a la perfección que su padre sufre delirios y mata por matar. Podemos suponer que Alex apela a la emoción y al vínculo padre-hijo para adherirse al padre y a sus actos, porque le interesa, porque gracias a él sobrevive o porque no le queda otra opción. El ver esos actos desde otra perspectiva le situaría en el polo opuesto al progenitor y como no en una situación de peligro con respecto a este.

Catálogo de Bunkers es una ficción que nos habla más del presente que de otra cosa. Ese futuro apocalíptico dibujado por estos autores no es más que una representación del fin del mundo ralentizado que estamos viviendo en estos momentos. Solo somos capaces de agarrarnos a aquellos mensajes con los que comulgamos y desgarrarnos con los de ideología opuesta. Esta fragmentación social no existe en las altas esferas, ellos controlan todos los medios y aunque la tecnología nos permite que todos podamos ser bardos, el poder, los medios y los avances tecnológicos  son los que hacen al bardo como tal: la fibra óptica es el nuevo laúd. Solo queremos a quien queremos creer, justificamos nuestro actos, o los de los nuestros, por bárbaros que sean, mi papa es mejor que el tuyo y estamos perdiendo la capacidad crítica día a día. Prior y Pastor nos regalan una obra fundamental para entendernos a todos nosotros en el aquí y el ahora. No dejen de leerla.

@Mr_Miquelpg

@lectorbicefalo

Reescritura del vórtice desde los límites

providence-coverProvidence: El miedo que acecha (Alan Moore y Jacen Burrows). Panini Comics, 2016. Cartoné. 176 págs. Color. 18,95 €
Providence: El abismo del tiempo (Alan Moore y Jacen Burrows). Panini Comics, 2016. Cartoné. 184 págs. Color. 18,95 €

La mitología creada en su día por Lovecraft y sus discípulos campa hoy en día a sus anchas por la cultura popular, viviendo una eterna juventud no sólo en el audiovisual, sino campos tan heterogéneos como los juegos de mesa o los muñecos de acción. Ya hace mucho que conquisto el cine y los juegos de rol, igual que hizo sin demasiados problemas con el cómic. Esto puede deberse en gran medida a que dichos mitos han alcanzado ya el grado de religión minoritaria, casi perdida, una religión que nadie práctica, más o menos, pero que convive con por todo el mundo. Puedes ser ateo, cristiano o musulmán, e igual que vives junto a personas de otros credos, los mitos de Cthulhu están ahí presentes, de forma minoritaria pero creíble. Puede que no conozcas a nadie que practique el satanismo o la wicca, pero son religiones que sabes que existen, difusas y en los márgenes, al igual que puedes concebir seguidores del gran primigenio que habita en el fondo del océano.

Y buena parte de la culpa de esta concepción de los mitos se la debemos a que se diluyan y perviertan, a que se conviertan en cierto modo en una especie de estética y forma de entender la vida, lo que no deja de ser cualquier religión. Podemos ver el último capítulo de True Detective y preguntarnos si lo que vio el detective Rust Cohle estaba sólo en su cabeza o realmente vivió una experiencia religiosa. Poco importa, porque podemos descartar esa realidad como descartamos cualquier religión si somos ateos o todas las demás menos la nuestra si somos creyente. Lo importante es que para él, para su mundo, era plausible. Y del mismo modo que no hacía falta conocer a Lovecraft o saber situar Carcosa en un mapa para disfrutar de True Detective, lo mismo sucedía con el cómic Neonomicon de Alan Moore y Jacen Burrows, porque simplemente todo estaba allí, listo para cualquiera y especialmente presentado para los iniciados.

Sin embargo, en la obra derivativa del Neonomicon, Providence, Alan Moore ha dado un giro de 180 grados respecto al tratamiento que estaba realizando sobre la obra de Lovecraft y acólitos. Si en Neonomicon teníamos una puesta al día de los mitos de Cthulhu obviando la literatura de Lovecraft, es decir, descartando preparaciones pero jugando con los mismos ingredientes, en Providence tenemos variaciones sobre lo ya conocido, podríamos decir que versiones si cambiamos el símil de la cocina por la música. Al menos esto es lo que vemos en los dos tomos publicados hasta ahora: El miedo que acecha y El abismo del tiempo, ambos también dibujados por Jacen Burrows. Del apartado artístico poco se puede hablar más allá del extremo trabajo utilitarista de Jacen Burrows, con lo más cercano que se puede ver en cómic al sistema de representación institucional en el cine, una apuesta inteligente, pues hay pocas jugadas más exitosas que apostar por el realismo más estricto para tratar los horrores más inimaginables.

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Porque si algo caracteriza a Providence es su relación con los textos originales de Lovecraft, los cuales se fusionan con una Nueva Inglaterra realista al menos en lo que atañe a la geografía. Alan Moore vuelve también al marco temporal de Lovecraft, los años 20 del siglo XX, para desarrollar la historia de un periodista obsesionado con la historia oculta de América, lo que le empuja a perseguir un libro de saber arcano y cruzarse continuamente con lo oculto. La gracia del asunto es que cada capítulo de la obra adapta de forma inusual un relato de Lovecraft, mezclando Alan Moore a su personaje propio, el periodista Robert Black, con diversas historias del autor de culto. Referencias que no son necesarias en ningún momento para disfrutar el cómic de Moore, pero que sin duda son imposibles de pasar por alto para el lector medio de los mitos. Un engarce extraño pero que funciona, consiguiendo que la referencia tenga un peso notable y aún así generando un texto que funciona al margen del reconocimiento.

Todo esto tiene éxito en parte porque Alan Moore desarrolla una idea tan rompedora como obvia, la cual ya fue planteada en Neonomicon, el uso del sexo en el mundo de Cthulhu, un tema que no era tratado por Lovecraft de forma directa pero si continuamente de forma indirecta o insinuada. Alan Moore mueve el foco hacia lo que se intuía en los márgenes y poco más, de modo que el horror sexual necesario para el cosmos de Cthulhu se hace visible en las páginas de Providence. Un cómic que en cierta manera reinterpreta y crea un cisma dentro de la religión de los mitos, una herejía si no necesaria cuan menos interesante y entretenida. Puede que dentro de muchos años muchos conozcan una mitología extraña, llena de simbolismo y horror donde el hombre es menos que un peón, carnaza y juguete sexual para dioses amorales, una mitología a través de las páginas mohosas de un tomo de Providence sin que nadie recuerde ya el nombre de Lovecraft. Así que aceptemos a Alan Moore como un hereje y un posible segundo profeta.

@bartofg
@lectorbicefalo

​Son Goku, el héroe de la ruta de la seda nº 4 (Kazuo Koike y Goseki Kojima

Son Goku, el héroe de la ruta de la seda nº 4 (Kazuo Koike y Goseki Kojima). ECC, 2016. Rústica con sobrecubierta, 384 págs. B/N, 13,95.

En entradas anteriores dedicadas a este título ya se comentó la influencia del texto original  a lo largo de la cultura asiática. Se trata de un relato fundacional en el cual se basa miles de relatos, sin tener en cuenta los cientos de adaptaciones como la archiconocida de Akira Toriyama o el mismo sobre la que estamos escribiendo aquí.  En este volumen asistimos a como el Mariscal de los Juncales Celestes se convierte en el cerdo  salido que conocemos de los primeros volúmenes. En volúmenes anteriores vimos como sucede lo mismo con Son Goku. En su travesía tras la transformaciones vemos las penurias que este sufre y como el especismo se ceba con el de mala manera.

Sin embargo, me interesa mucho más atacar un tema en esta breve reseña, y es de la cosificación de los animales como algo que uno de manera transversal todas las culturas de la tierra. El cerdo sufre mil perrerías solo por el hecho de serlo pero nuestro protagonista tiene un elemento que lo convierte en un ser preciado para ser maltratado como forma de entretenimiento. Tras haber ingerido melocotones de un jardín celestial este vuela. Los humanos tras descubrirlo intentan hacerlo volar a su antojo y para ello lo queman, lo ahorcan, lo entierran, y lo que haga falta. El cerdo empieza a dejar el estigma una vez recupera una estima, por decirlo de alguna manera: humana. Se viste como tal y empuña un arma para poder defenderse.

Quizás por todo lo mencionado anteriormente Son Goku, el héroe de la ruta de la seda es una obra interesante tanto por cómo se ejecuta la adaptación, sino también por la manera en que habla de la relación de los seres humanos con los animales y con todo aquello que difiere de la maldita normalidad.

@Mr_Miquelpg

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Relatos Terrorificos 1 (Junji Ito)

junji_ito_relatos_terrorificos_1Relatos Terroríficos 1 (Junji Ito). ECC, 2016. Rústica. 160 págs. ByN. 5,95 €

Con el éxito que está teniendo el re descubrimiento de Junji Ito en nuestras fronteras era lógico que nos terminara llegando el grueso de su producción de historias cortas. Esto puede entenderse como un inteligente movimiento editorial, el autor vende y es comprensible que se quiere poner al alcance de los compradores todo lo editable. Pero por fortuna, en el caso de Junji Ito creo que nos encontramos con una gran oportunidad, pues si en algo reluce su genio es en la creación de pequeñas historias, por su duración, no por su calidad o escala.

Así que no podemos más que alegrarnos de tener entre manos la colección Relatos Terrorificos, que aúna toda la producción corta del mangaka, la cual ha desarrollado en diversas publicaciones. El primer volumen es un ejemplo práctico de lo que encontramos en cualquier obra de Junji Ito, ideas potentes que explotan en el rostro. Con el añadido de que podemos observar la evolución artística del autor, tanto en sus guiones como en su trazo. Siendo sinceros hay que señalar que donde más notable se percibe la mejora de Junji Ito es en su dibujo, que con el tiempo se ha vuelto más conciso para el detalle y exceso para lo grotesco, siendo capaz de fundir el realismo más trivial con la fantasía más abyecta. Unión donde reside su genialidad.

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En Relatos Terroríficos 1 encontramos el relato en dos partes Los escalofriantes hermanos Hikizuri, que bien podría ser un resumen de toda la obra de Junji Ito, una historia gótica con gran influencia del grand guignol y con estructura de chiste, con esos grandes finales a los que nos tiene tan bien acostumbraos. Estructura que se repite en las dos historias que acompañan, La mansión del dolor fantasma y La mujer de las costillas sueltas. Si en la primera historia tenemos una familia de inadaptados clásica del genero, las otras dos rondan más otro tema también muy querido por Junji Ito, la salud, tanto en su vertiente de la enfermedad como de la belleza. En fin, que más Junji Ito siempre es bien recibido y Relatos Terroríficos nos garantiza un suministro continuo de su obra.

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Spain is Pain #288: Despejar la incógnita.

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Los dos amigos (Andrés Magán). Fosfatina, 2016. Periódico, 16 págs. Duotono, 6€

Lo difícil de plantear un relato críptico en cuanto a la narrativa y a la forma es la posibilidad, mayor o menor, que ofrece el autor a un lector predispuesto a plantar delante de sus retinas obras marcadas por el riesgo en todos los aspectos. Como ya hemos podido ir viendo en otras entradas de Spain is Pain ese debate entre forma y fondo y las brechas y los nexos que tienen lugar durante su utilización dan lugar a unos tipos de narrativas de carácter convencional e institucionalizadas, por un lado, y más experimentales, por otro.

En Griza zono  Andrés Magán optaba por un punto de narración cero para sembrar más incógnitas que resolución de tramas en un relato áspero que no daba ninguna facilidad a un lector que se planta delante de la acción sin saber de dónde van o donde vienen. Esta obra constituye uno de los hitos del nuevo cómic patrio. En Los dos amigos el planteamiento del autor es un tanto diferente, primero a nivel estético existe una concreción figurativa en torno a la figura humana; aquí son más reconocibles, tanto en la construcción de la figura como en el fondo. Pero son unas pautas que sirven para para sembrar la extrañeza de la soledad compulsiva.

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Un tipo nos narra en primera persona una experiencia que parece sacada de un sueño húmedo de David Lynch. Este relata cómo cree haber tenido una conversación con un amigo/ser que desaparece cuando intenta mirarlo frontalmente. Los restos que deja de su presencia son misteriosos: una cuerda, unas canicas, una llave, una piedra y un trozo de cristal roto, los restos de aquello que parece ser y puede que no sea. La segunda parte es esa elucubración del personaje narrador vagando y desvaneciéndose por el bosque.

Los dos amigos apunta directamente a una ruptura en la que la narrativa, o los mínimos bajo los cuales se sustenta este relato son una excusa para romper con arquetipos y las estructuras mínimas del mismo. Magán no resuelve el enigma, la ecuación se plantea pero la incógnita sigue ahí, la percepción del personaje es la que nos autor casi no podemos otorgarle la credibilidad debida, en la segunda parte ni siquiera sabemos si es un hecho o una ensoñación del narrador. Los personajes son definidos con un esbozo y nos obliga a una contemplación reflexiva ya contemplar la página tal como el protagonista nos contempla a nosotros. Magán es de lo mejor del panorama nacional y lo demuestra en cada una de sus obras, y Los dos amigos no es una excepción.

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Kathy Austin al servicio de su majestad

namibiaNamibia (Rodolphe, Leo y Bertrand Marchal). ECC, 2016. Cartoné. 256 págs. Color. 26 €

El revisionismo histórico es tan necesario como peligroso, pudiendo caer en cualquier momento en el utilitarismo más parcial. Tenemos un ejemplo perfecto en el feminismo, que de forma más que necesaria se empeña en señalar las grandes figuras femeninas que a lo largo de la historia han sido ignoradas o suprimidas por una sociedad totalmente masculina que reservaba a las mujeres el papel de personas de segundo grado, eso siempre y cuando fueran consideradas personas. Pero no podemos obviar que ese mismo revisionismo puede caer en la manipulación y la propia censura para beneficiar opiniones particulares. De este modo, como existe la trampa, se niega cualquier revisionismo y no se tarda en tildar de manipuladores interesados a cualquier persona que coloque el foco en figuras o pasajes poco iluminados de la historia.

El juego de luces y sombras, la manipulación ideológica del pasado juega malas pasadas a todo el mundo, pues la herramienta se convierte directamente en punto flaco de la argumentación. Por fortuna, siempre nos quedará la ficción, pues si de algo sirve lo inventado es para desde la propia mentira defender ideas obviando cualquier acusación de alteración historicista. Así tenemos por ejemplo Namibia, el segundo ciclo de cómics inaugurado con Kenia, donde la teoría de la conspiración mezcla la ciencia-ficción con el thriller de espías de la forma más divertida posible. No cabe duda que a lo largo del siglo XX han existido una gran cantidad de mujeres a las ordenes de los diversos servicios de inteligencia nacionales, figuras capaces de equipararse sin problemas al propio James Bond sin necesidad de ser meras comparsas sexuales. Así que es fácil defender que la figura protagonista, la espía Kathy Austin, no deja de ser un remiendo de mujeres que existieron durante los primeros y convulsos años de la Guerra Fría, mujeres de moral gris y ciega lealtad al servicio de su país.

Namibia recopila los cinco álbumes del segundo ciclo de la saga Kenia, iniciada con los primeros cinco álbumes de nombre homónimo. Así que más o menos nos podemos esperar una continuación de todo lo que vimos entonces. Aunque con un pequeño cambio en el equipo creativo, Rodolphe continúa como guionista, al que se suma Leo, dibujante de Kenia, para dejar en manos de Bertrand Marchal las labores artísticas de Namibia. Respecto a este cambio artístico hay que decir que Bertrand Marchal cumple su labor de forma más que notable, con un estilo marcado perfectamente dentro de la corriente realista francobelga, recordando bastante al trabajo realizado por Leo en Kenia, que también pudimos disfrutar en Antares. Un dibujo que podría considerarse dentro del cómic lo que es el cine más comercial, un acabado gráfico que una el realismo más frío con una facilidad de lectura incuestionable, todo con la suficiente personalidad para no encontrarnos con un acabado frío e impersonal. Bertrand Marchal  tiene el dibujo perfecto para un cómic de espías, más si este tiene tantos elementos de ciencia-ficción y aventuras.

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Por su parte, el guión de Rodolphe, ahora junto a Leo, continúa la mitología creada en Kenia, con una trama lenta pero segura que en todo momento atrapa al lector. Puede parecer contradictorio decir que una trama es lenta y al mismo tiempo capaz de capturar al lector, pero es un valor positivo que alberga la obra gracias a la gestión de la información. Leo y Rodolphe llenan las páginas de preguntas e incógnitas, las cuales se van respondiendo poco a poco hasta que su resolución trae nuevos enigmas. Habiendo por fortuna la suficiente acción y suspense como para que la información que cae con cuenta gotas nos parezca aún más importante y misteriosa. Esto funciona tan bien que se puede decir que Namibia pierde algo de fuerza cuando se acerca su resolución, la explicación final orquestada por Rodolphe y Leo es totalmente orgánica y no defrauda, pero como lectores podemos echar un poco de menos esa sensación de peligro constante y de vida junto al abismo, no sabiendo muy bien que pasa y tratando de aunar todas las pistas para esquivar el próximo golpe que surja de la oscuridad.

Aunque si algo hay que señalar del buen trabajo como escritores de Rodolphe y Leo en Namibia es la continuación en la creación del personaje de Kathy Austin, un ejemplo perfecto en lo que a construcción de personajes se refiere. Kathy Austin es una auténtica aventurera que aúna la ironía más fina con el corazón más noble, todo sin caer en el estereotipo de Indiana Jones con pecho. Tras la lectura de Kenia y ahora Namibia, vamos conociendo más y más a Kathy Austin, una trabajadora del MI5 encargada de enfrentarse literalmente a lo desconocido con el fin de salvaguardar al Reino Unido en un mundo que comienza a configurarse en dos bloques antagónicos amenazados por peligros más allá de la propia comprensión humana.

@bartofg
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